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Language:
Español
Stats:
Published:
2024-11-10
Updated:
2024-11-10
Words:
4,180
Chapters:
1/?
Comments:
4
Kudos:
14
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2
Hits:
272

Southern Nights

Summary:

Llevo queriendo leer un fanfic basado en un aesthetic western desde que termine la serie, como nadie me lo dio decidí hacerme una cuenta y publicar mi propia pelicula de Hallmark. No es la primera vez que escribo pero si que publico, por favor tened piedad y paciencia.

Chapter 1: Primer contacto

Chapter Text

El viento entraba cada vez más cálido por la ventanilla de la furgoneta. Había dejado atrás la ciudad hacía horas y adentrarse en la zona más árida del estado de Texas, para después atravesar aquellas colinas kilométricas, siempre habían hecho que Rio se olvidara del tiempo y el espacio. Habían pasado diez años desde la última vez que recorrió el camino al viejo pueblo, su antiguo hogar, el lugar donde se crió como una auténtica sureña; rodeada de caballos, competiciones de rodeo y lazo, tiro al blanco y concursos de baile que organizaban los diferentes ranchos de la zona y sus familias. La última vez que estuvo allí solo fue para recoger algunas cosas de la antigua finca familiar, apenas dos horas de estancia y seis horas de vuelta a la ciudad.

Esta vez, se quedaría más tiempo. Su padre había decidido poner en venta la vieja casa y el rancho de la familia; él ya no era capaz de gestionar todo lo que el rancho conllevaba, toda su atención ahora vertida en el negocio familiar, así que puso en manos de Rio este último trabajo. Ella aceptó sin dudarlo. Echaba de menos el olor a tierra, el aire cálido y el frío de por las noches; y es que como si del desierto se tratase, las zonas de lo más profundo de Texas eran sin duda un paraje inhóspito.

El pueblo se situaba en uno de los valles más extensos rodeados por montañas, en una zona llana y con pocos árboles, pero lo suficientemente amplia para que los caballos y las manadas de búfalos, toros y vacas, pudieran pastar a sus anchas. Al fin y al cabo, era de lo que el pueblo subsistía y de donde sacaba todas sus ganancias en general.

Para cuando Rio se dio cuenta, estaba recorriendo las calles principales con su furgoneta. Allí no pasaba el tiempo en el mejor de los sentidos: los niños seguían siendo niños, corriendo detrás de perros o cualquier juguete que no tuviera delante una pantalla iluminada; la gente paseaba, se miraba a los ojos al hablar, y llegaba un momento en el que había más caballos alrededor de las furgonetas cargando leche o mercancía, que coches recorriendo los pasos y puentes que conducían a las afueras de la ciudad. La zona de los ranchos estaba mucho más apartada, allí por donde empezaba la zona llana y sin árboles, tan solo algunos que recorren los bordes de los grandes terrenos vallados por donde circulaban los coches.

No fue hasta llegar a la puerta de su casa que Rio por fin divisó una cara conocida: la mujer que prácticamente la crió mientras su padre y su madre trabajaban día y noche para sacar adelante el rancho, quien había sido su niñera durante mucho tiempo y la que le enseñó a montar a caballo a los seis años, llevaba el pelo recogido, rizado, y dos mechones blancos caían ahora por los costados de su rostro. Rio no pudo evitar sonreír al bajarse del coche, negando mientras se acercaba al porche de su vieja casa y a la mujer que ahora estaba sentada en las escaleras que subían a la puerta de entrada.

— Lilia, te dije que no tenías que esperarme, que iría yo a tu casa. ¿Cuánto llevas aquí? — La morena hablaba en un tono de reprimenda suave, con una sonrisa tanto en su voz como en su expresión. Llevaba una bolsa, en la cual tenía toda su ropa y efectos personales en una mano, y las llaves del coche en la otra. Dejó el saco en el suelo del porche y abrazó con ambos brazos a la mujer, la cual apretó con fuerza a Rio elevando la cabeza en su hombro.

— ¿De verdad pensabas que iba a poder aguantar en mi casa todas estas horas? Llevo desde las ocho de la mañana dando vueltas, igualmente creo que llevo cuarenta años sin despertarme más tarde de las seis de la mañana. He estado limpiando un poco, y lavándote algo de sábanas y mantas para que no tuvieras que hacerlo tu, ya sé lo poco que te gusta. Están tendidas en el patio de atrás. — Lilia era sin duda imparable, y en cuanto el abrazo terminó, la mujer estaba ya casi en la mitad de la cocina explicando todo lo que había hecho desde que había llegado a la casa.

Rio por su parte escuchaba atenta todo mientras atravesaba cada una de las habitaciones y recuerdos desde su niñez hasta su adolescencia; época en la que sus padres tuvieron que mudarse a la capital por deseos de ampliar el negocio de la familia, lo cual fue buena idea economicamente, pero que habia pasado factura con la nostalgia que quedó dentro de ella.

— Te he preparado la habitación de tus padres, no tiene sentido que te quedes en la tuya teniendo una cama el doble de grande en la casa. Además, la habitación de tus padres tiene estufa, y estamos en pleno otoño, ya sabes… Puede que te mueras de calor o que te quedes helada en mitad de la noche. — Lilia hizo una pausa después de haber estado hablando sin parar durante unos segundos y sonrió. — Mirate…

— Por favor, no me digas “cuánto has cambiado” porque cojo la furgoneta y me largo. — Rio señaló con su pulgar la puerta, abriendo los ojos con una mirada en ellos de amenaza.

Lilia se acercó a ella entonces y posó sus manos en ambas mejillas de la contraria, sin borrar la sonrisa leve de sus labios y negó. — Te he visto crecer lo suficiente para saber que no has cambiado en absoluto. Lo que iba a decir es: mírate… Parece que fue ayer cuando entraste por la puerta con cuatro cardenales y cinco arañazos, riéndote como una loca porque sorprendentemente nada te dolía, y ahora… Sigo viendo a esa niña. Crecer está bien, pero está sobrevalorado. Eres la única de los Vidal que aún tiene la mirada de la naturaleza en sus ojos.

Lilia se puso de puntillas y Rio se inclinó ante el gesto de la mayor, quien dejó un beso en su frente y suspirando se apartó de ella. — Bueno… Te dejo para que te acomodes.

Rio dejó los ojos cerrados durante varios segundos al sentir el beso y se quedó mirando al frente, sin poder evitar darle una vuelta en su cabeza a aquella frase. “Eres la única de los Vidal…” Realmente era la única que había querido volver allí, aunque solo fuera para vender lo que les quedaba de memoria de aquel pueblo. Suspirando, observó cómo Lilia salía de la habitación.

— ¡Gracias por todo, Lilia! ¿Qué haría yo sin ti?

— Probablemente, haberte roto la crisma por no saber que nunca tienes que pasar por detrás de un caballo corriendo. — Ambas sonrieron a la vez ante aquel comentario. La mujer salió del cuarto cuando giró sobre sí misma antes de tomar el primer peldaño de las escaleras hacia abajo. — ¡Ah! Por cierto, esta noche hay feria.

— ¿Feria? Pero si las fiestas del pueblo no comienzan hasta finales de mes. — Rio se acercó al marco de la puerta apoyándose sobre él con los brazos cruzados y el ceño fruncido ante su duda.

Lilia negó con la cabeza. — No es por las fiestas, hemos sido campeones regionales de rodeo este año. El rancho ganador ofrece una cena, cerveza y música esta noche.

— ¿Primera noche de vuelta y ya estás incitándome a perder la poca decencia que me queda en este pueblo? — Una sonrisa traviesa se dibujó en la expresión de Rio. Desde luego, Lilia la había visto crecer en todas sus etapas y a través de todas sus situaciones embarazosas en el pasado; la adolescencia, sin duda, fue un punto importante en el que a Rio le quedó claro que esa mujer haría lo que fuera por ella.

— No te rías tanto, ahora que lo pienso, quizás no vayas cuando te diga de qué rancho se trata. — Se miró las uñas con un tono de superficialidad bromista, a Lilia le encantaba pinchar a la gente y más a la gente con la que tenía confianza.

— ¿Y eso por qué? ¿La cerveza es mala? — Rio puso mala cara. — No me digas que es la cerveza de los Odinson. — Negó, mirando hacia otro lado, poniendo aún más mueca de desagrado.

Lilia no pudo contener la carcajada. — No, me encargaría expresamente de que ningún barril llegase sano y salvo a su destino. La cerveza es buena, pero el rancho al que tienes que dirigirte esta noche es el de los Harkness.

El silencio que inundó el pasillo dejó claras demasiadas cosas. No para Lilia, ella era consciente de todas ellas, pero sí para Rio, la cual llevaba demasiados años intentando convencerse de la superación de su relación con la hija de los Harkness. Una relación que duró dos años durante su época en el instituto y que para Rio supuso un duro golpe cuando tuvo que llegar a su final. No por motivos que ninguna deseasen.

— Agatha… — El susurro y el nombre cayeron de sus labios como un peso muerto, y pudo notar como se le secó la garganta al pronunciarlo. Hacía tanto que no lo hacía.

Lilia no pudo evitar mirar a la chica que tenía delante con los ojos con los que alguna vez contempló a aquella adolescente que no tuvo control sobre las decisiones de sus padres, y mucho menos sobre su futuro; rota y desesperada por no saber qué hacer.

— Su madre murió hace ya un año. — Confesó.

— ¿Qué…? — La voz de Rio era un susurro, sus brazos cayeron con el peso de la noticia. — Entonces, ¿el rancho-…?

— ¡Oh, ahora es suyo! Agatha lo ha sacado adelante. — La expresión de Lilia mostraba sorpresa y orgullo a la vez. — De manera bastante brillante tengo que admitir. Nadie daba nada por ella, todos pensaron que fracasaría en el intento, pero lo cierto es que ahora es la que más recauda y ayuda al pueblo, sin pedir nada a cambio.

Una leve sonrisa en la comisura de los labios de Rio hizo que Lilia se acercase a ella de nuevo para agarrar una de sus manos y mirarla a los ojos. — Estás de vuelta, Rio. No pases los últimos días que tengas en esta casa haciéndote preguntas cuyas respuestas… Puedes encontrar, y siempre has podido encontrar aquí.

Aquello fue tan directo, y con una mirada tan profunda en los ojos de Lilia, que Rio pudo sentir como sus ojos se humedecieron. Aquella mujer la conocía demasiado bien como para decir aquellas palabras al aire.

Y con aquellas palabras se marchó, dejando a la morena con una sola pregunta.

“...¿Qué me pongo para verla de nuevo?”.

———————————————

Si algo tenían en común todos los del pueblo durante las fiestas, fueran las que fuesen, era la obligatoriedad de unas buenas botas y un sombrero. La gente piensa que estas cosas solo se exigen en las películas o que solo las lleva un tipo muy concreto de gente, pero lo cierto es que es una etiqueta que todo el mundo, especialmente en los pueblos, adora llevar.

Rio había abandonado el pueblo hacía años, pero en casa siempre había tenido un par de botas camperas, ya fuera en la ciudad o, por supuesto y descontado, allí. En cuanto al sombrero, habia heredado el ultimo que tuvo su padre como jefe del rancho: un viejo Cutter de color negro, con un cordon blanco alrededor de la parte que sujetaba la cabeza.

Decidió llegar un poco más tarde, cuando todo el mundo ya llevaba al menos tres cervezas encima y dos filetes de carne en el estómago. Aparcó en una zona un poco más apartada que las demás furgonetas; los demás, por lo que veía en la valla que rodeaba el rancho, habían llegado a caballo, pues estaban todos atados a ella. Rio bajó del coche, vistiendo una camiseta de tirantes con una chaqueta de cuero encima y unos vaqueros cortos. Como Lilia había anticipado, esa noche hacía calor, aunque no sabría distinguir entre el calor y la posibilidad de que sus nervios fueran el motivo de su elevada temperatura corporal.

Caminó hasta el rancho, un camino que conocía demasiado bien. Lo había recorrido mil veces, solo que de esas mil veces, al menos la mitad habían sido de la mano de la persona que había congregado a todos los habitantes del pueblo allí esta noche. No tardó en confirmar que eran los nervios los responsables del calor que hacía esa noche, sin embargo, puesto a que al llegar a la zona donde se celebraba la fiesta, un pinchazo de nostalgia le cerró la garganta y le hizo hormiguear los pies.

El rancho estaba impecable, y el patio y el terreno bien cuidados; ahora todo decorado por guirnaldas con luces y unas cuantas mesas donde la gente estaba charlando, riendo, bebiendo y comiendo. El olor a carne a la parrilla y cerveza se mezclaban debajo del manto de la noche, y en el interior del granero una banda interpretaba todas las canciones solicitadas mientras la gente bailaba animada.

Rio paseó entre las mesas saludando a viejos conocidos, una sonrisa y un gesto con la mano para algunos, y abrazos y conversaciones para otros. Fue cuando tuvo un momento de tranquilidad, mientras estaba apoyada en una de las mesas hablando con el hijo mayor de los Odinson, cuando el corazón de Rio se paró para acto seguido comenzar a latir fuerte y rápido.

— No tientes a la suerte, Tony. Ambos sabemos que podría volver a ganar el año que viene, ¿y eso dónde te dejaría a ti y a tu granja de vacas? — Aquella voz era reconocible a millas de distancia para ella: el tono ronco pero fuerte, la risa espontánea pero gritada, con aquel sonido de cerdo incontrolable al coger aire.

— ¿Desde cuándo le faltó respeto a tu finca, Harkness? Solo bromeaba… Enhorabuena de verdad, me alegra y me maravilla lo que has hecho con esto.

Rio se dio la vuelta en dirección al sonido de la risa y la voz inconfundibles para fijar sus ojos en una mujer que sí había cambiado desde la última vez que la vio, pero de alguna manera, poco a poco, sus expresiones y maneras de moverse tan exageradas (algo que sin duda la caracterizaba), hicieron que Rio se diera cuenta de que no había cambiado nada en absoluto. Solo el tiempo había pasado por ella de manera perfecta, a su vez dejando marcas evidentes de esfuerzo y superación.

— ¡Ey, Agatha!, mira quién ha vuelto y se ha presentado a robarnos cerveza. — Thor claramente ya iba perjudicado. Era enorme, pero se ocupaba perfectamente de rellenar bien cada centímetro de él con litros y litros de cerveza.

Rio abrió los ojos en un ademán de amenaza, y cerrando el puño, pegó en el brazo del contrario con la mandíbula apretada. Pero mientras ella estaba en aquella posición, la voz que antes sentía lejos se hizo presente; tan cerca de su espalda que cada centímetro de ella se erizó, casi como una reacción química.

— ¿Robarnos? Thor, no creo que la… “Señorita Vidal” quiera, o se proponga, probar ni una gota de la cerveza de tu rancho. Antes beberíamos el agua de los caballos. — Aquella afirmación provocó una risa colectiva entre aquellos que estaban cerca de la zona de la conversación.

El rubio sonrió, tocándose el sombrero en gesto de “broma captada” y le guiñó el ojo a Rio, la cual aún no se había dado la vuelta, antes de irse a rellenar su vaso. Rio cerró los ojos y se llenó de valor dándose por fin la vuelta.

Encontrarse con aquellos ojos azules mirando directamente a los suyos de nuevo le hizo tragar saliva, a la par que respirar profundo. El sombrero de Agatha era marrón con un cordón negro alrededor y llevaba una camisa negra abotonada hasta el pecho, ligeramente abierta, dejando ver aquel camafeo que ahora, Rio suponía después de la noticia que Lilia le habia dado en las escaleras horas antes, le pertenecia por herencia de su madre.

— Así que… ”Señorita Vidal”, ¿eh? He subido de rango sin darme cuenta, por lo que veo. — El nerviosismo fue bajando según Rio pronunciaba las palabras. Hablar con Agatha siempre había sido fácil y algunas cosas no cambiaban.

La ganadora del rodeo se encogió de hombros con una mueca acompañando al gesto en indiferencia. — Si lo prefieres, puedo llamarte “forastera”, pero no me apetece ser la primera que reciba un botellazo. Tienes una reputación en el pueblo, Vidal. — Su tono era suave, sus palabras surgían con menos nerviosismo que las de Rio, pero ella la conocía. Sabía que Agatha estaba igual de nerviosa que ella en ese momento.

Rio abrió la boca ante la afirmación. — Ni cinco minutos hablando conmigo, ¿y ya estás calumniando sobre mí y mis actos, Harkness? Algunas cosas nunca cambian, por lo que veo. — Llevando el botellín de cerveza a sus labios, Rio se apoyó con el brazo contrario sobre la mesa en la que ya estaba sentada desde antes.

— Así es, algunas cosas nunca cambian. — Agatha soltó aquellas palabras como si estas se quisieran escapar solas de sus labios, pues nada más hacerlo frunció el ceño y se llevó las manos a los bolsillos de sus vaqueros. — No he visto a tu padre o a tu madre, ¿vienen después? — La ahora dueña de aquel rancho se aclaró la garganta, y Rio negó.

— He venido yo, esta vez. Vamos a vender el rancho.

Agatha se mostró sorprendida ante la noticia, incluso parecía que esta la había hecho más efecto de lo que realmente Rio esperaba. — Oh, vaya… Así que-... Vaya… Me entristece, sé lo mucho que significaba el rancho para tu padre y tu madre. — Hizo una pausa intencionada. — Para ti.

El silenció quedó en el ambiente durante unos largos segundos. Aquellos ojos azules fijos en los grandes y marrones de Rio expresaban como ningunos otros a los que la morena hubiera mirado jamás.

Fue por eso por lo que un impulso se apoderó de la “forastera”, el cual le hizo agarrar el camafeo que colgaba del cuello de la contraria. Sin embargo, Agatha no se movió ni un centímetro, como si para ella también fuera normal aquel movimiento, como si los años no hubieran pasado por ellas.

— Siento lo de tu madre… Lilia me lo contó esta mañana. — Sin soltar el camafeo, Rio volvió a mirar a los ojos azules que ahora la contemplaban con sorpresa, pero también con un tono de agradecimiento.

— Gracias… — Susurró ella sin separarse, aún sintiendo cómo el camafeo se elevaba entre ambas. Pero fue Agatha la que terminó el tema al colocarse el pelo, haciendo que Rio apartase la mano y el camafeo cayera en el pecho de la contraria con todo su peso.

———————————————

La noche avanzó rápido, debían de ser las dos de la madrugada cuando empezó a caer el frío de la noche, y la gente que quedaba en el rancho se trasladó dentro del granero. Allí dentro hacía calor; el baile, la gente gritando y el alcohol haciendo su trabajo. Para entonces, Rio había bailado, reído y hablado con todo el mundo. En el pueblo todos estaban contentos de verla, a nivel general. El problema era tener uno o dos pensamientos sobre el verdadero propósito de su vuelta al pueblo cada cinco minutos.

Agatha atendía a todo el mundo como Rio jamás la había visto, pero desde lejos se la notaba cansada, y socialmente agotada. Rio tuvo una idea. Se acercó a la banda y les pidió una canción. Estos asintieron con una sonrisa porque la conocían bien justo antes de empezar a tocar “Down In Mississippi”, lo cual provocó que la gente corriera como loca a la pista de baile mientras Rio se quedó apoyada en una de las vigas que sujetaban el granero, mirando fijamente a Agatha al otro lado de este.

Agatha por su parte, cerró los ojos durante varios segundos y una sonrisa se dibujó en sus labios, levantando la cabeza mientras tocaba con la lengua sus dientes superiores para después buscar con la mirada a la responsable que sabía había tenido la iniciativa de la canción, la cual era una de sus favoritas. No tardó en encontrar aquellos grandes ojos marrones, los cuales la miraban al otro lado de la pista de baile.

“¿Te vas a quedar ahí?” Rio estaba muy lejos de la contraria para que esta la escuchase, pero vocalizó con la suficiente perfección para incitar a Agatha, la cual se deshizo de su sombrero, dejándolo en la mesa más cercana, y se movió el pelo exageradamente como siempre. Rio la contempló subirse a la tarima con el resto de la gente. Pero Agatha no bailó al instante, sino que se dirigió directamente a ella.

— ¡No, Agatha, no! — La expresión de arrepentimiento apareció con una sonrisa sabiendo las intenciones de la dueña del rancho.

— ¿Agatha no? ¿Pides la canción y ahora no? De eso nada Vidal, ¡vamos! — No le dio tiempo a contestar a aquello, Agatha agarró de la mano a la morena y tiró de ella, empezando a bailar el resto de la canción mientras se sujetaba el sombrero.

Ambas rieron puesto a que era una canción muy rápida y difícil, tanto que al terminar tuvieron que ir a pedir algo de beber, sentándose en la mesa donde Agatha había dejado el sombrero antes.

— No vuelvas a pedir esa canción en lo que te queda de vida, a no ser que quieras matarme. — Ambas rieron a carcajadas mientras bebían la cerveza fría y la música seguía. — Veo que después de tantos años, aún recuerdas cómo llevar botas. — Agatha volvió a colocarse el pelo, recostandose en la madera del granero puesto que la mesa estaba pegada a uno de los laterales de este.

— He echado de menos esto tanto como cualquiera que sale de aquí, Agatha… Que tuviera que irme no significa que quisiera, yo no tuve mucha elec-...

— Lo sé. — Agatha la interrumpió en mitad de la frase, pero no lo hizo de mala forma, todo lo contrario. Estaba mirándola fijamente mientras decía aquello, seria. — Sé que no tuviste elección, poco teníamos que decir cuando éramos aún unas crías y la decisión era de tus padres.
“Teníamos, éramos, ambas, las dos, nosotras”, pensó Rio, para después asentir sin decir nada, mirando a la contraria; la cual no había parado de tocar su camafeo desde que Rio lo había agarrado. El silencio se apoderó de la conversación mientras una mano dudosa viajaba haciendo dibujos por el sombrero marrón que no le pertenecía. Gestos que no pasaron desapercibidos ante la mirada de Agatha.

— Agatha… Yo-… — Las palabras y la mano de Rio se vieron acalladas por la melodía que empezó a sonar. Una canción en común no era casualidad, ya que la que la había solicitado sabía lo que hacía. Sin embargo, la de ahora, no era animada, no era rápida. La de ahora trae memorias, la de ahora traía sensaciones en el estómago de las dos, las cuales miraron al unísono al escenario.

Rio no pudo contener la risa. Una risa nerviosa que no pudo parar hasta que se vió acallada por otra, la de Agatha, quien rió tan genuinamente que sus ojos se llenaron de lágrimas genuinas.

— ¿Lo tenías preparado o algo? No puedes decirme que es casualidad. — La castaña sonreía, secándose las lágrimas entre sonidos de su garganta a entremedias de su risa.

— Podría decirte que es magia pero, ¿me creerías? — Rio se encogió de hombros, su expresión era ligeramente seria con un atisbo de sonrisa, mientras la música seguía.

— No, pero ya que vas a vender lo que te ata aquí… Sería maleducado no bailar la que fue nuestra canción, la primera noche de tus últimas en este pueblucho, ¿no crees? —

Aquello salió tan sincero de ella, tan natural y con una sonrisa tan suave, de aquellas que Rio se había pasado años echando de menos, que la morena se levantó ofreciéndole la mano a Agatha. — …Señorita Harkness? — Y una sonrisa traviesa atravesó a Agatha como una flecha sin dolor, de aquellas que Agatha se había pasado años extrañando.

Agatha tomó la mano de Rio levantándose, y mientras se ponía su sombrero y miraba a la contraria, sonrió. — ¿Señorita? — Agatha rió levemente. — Como si no me conocieras Vidal.

Ambas se encaminaron a la pista, el resto de parejas bailaban sin importarle los demás. Rio esperó a que Agatha se pusiera delante de ella, y con un tono de duda que se disipó rápido, rodeó con los brazos la cintura de Agatha mientras ésta rodeaba su cuello con un cuidado caracterizado por la situación y los sentimientos del momento.

No tardaron en dejar caricias en la contraria. Agatha jugó con sus dedos entre los mechones de pelo de Rio, haciendo a esta sonreír sin evitarlo, mientras ella dejaba caricias sobre la espalda de la contraria con una mano y agarraba su cinturón con la otra para mantenerse pegada a ella.
Ambas se sintieron pequeñas, más jóvenes… Más adolescentes, en ese momento. Lo cual dejó a Rio con la segunda pregunta de aquel día.

“…¿Qué cojones estoy haciendo?”