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Psychotic Rui's love song

Summary:

"Kamishiro Rui. Versión 6.0.1

Reiniciando."

O

Parte 3 de mi VocaGoretober.

Work Text:

 

Óxido.

Las manchas rojizas solo pueden ser óxido.

Eso es lo racional. Es un androide, nada más que metal, circuitos y cables. Sistemas neumáticos miniatura que ayudan a mover sus extremidades. Su motricidad fina y gruesa son los de un androide, su programación es la de un androide. Hubo ingenieros diseñando cada parte de él, hubo gente con robots pilotados lo suficientemente precisos como para soldar cada parte con una exactitud micrométrica. Su primer recuerdo fue su registro de pruebas.

Sus primeras palabras fueron "Kamishiro Rui, Registro de pruebas, ensayo uno".

Su mente fue siempre así de fría y distante.

Él es un androide. No debería estar bajo la lluvia, y es por eso que su cuerpo está lleno de óxido.

Es una contradicción andante; un androide y un artista. ¿Dónde empieza y donde acaba cada uno? ¿Dónde reside el componente que lo hace lo suficientemente voluble como para crear? ¿Qué existe en los defectos de su programación y su hardware que pueda, en realidad, llevarlo a sentir? No lo sabe, sus dedos enguantados tiran de su cabello y el dolor se registra con casi un segundo de retraso. Es una falla, como androide y como humano, por eso está aquí, sentado en un callejón, con su querido abrigo multicolor mojado al igual que su pantalón, su cabello púrpura fantasía, la piel sintética. Todo gotea, y sus circuitos deben estarse estropeando con la humedad.

Es la única explicación para su comportamiento errático. Los filtros de aire probablemente fallaron, probablemente su lugar de trabajo se llenó de humedad y por eso...

Por eso...

Desea algo, cualquier cosa que lo saque de esa situación. ¿Por qué tiembla? ¿Por qué su visión está borrosa? Es un androide, lógicamente eso no debería ser posible.

Pero aquí está.

Rompiendo los límites de lo posible, con su programación siendo reescrita por él mismo. El gris de la calle y el gris del cielo no se distinguen del todo, y la lluvia ácida debería estar corroyendo aún más su cuerpo metálico. ¿Tal vez incluso eso no está pasando?

Ya rompió sus límites de programación, ¿Y si sus límites físicos también son reescritos?

La plausibilidad lo hace sentir... Enfermo.

No hay funcionalidad en eso, pero no ha habido un gramo de funcionalidad o racionalidad en sus acciones.

Tal vez si lo hubiera habido, no se estaría oxidando ahora.

Y tal vez no se tendría tanto miedo a si mismo.

---

–¡Ya-hoo, Rui!– la voz lo hace levantar la vista. Su siguiente artilugio queda olvidado en el rincón donde lo dejan juguetear con las máquinas, bajo supervisión. Hay un sonido que en realidad son muchos pequeños sonidos juntos; las piezas mecánicas en sus articulaciones y las piezas neumáticas trabajan para hacerlo levantar la mano, deformando la expresión en su rostro de la serenidad a la sonrisa felina más habitual.

–Ah, Mizuki ¡Qué placer es verte el día de hoy! Pero dime, ¿Qué trae a una brillante fashionista a mi viejo y lúgubre taller?–

Mizuki levanta su pequeño pero confiable maletín de costura. Cualquiera creería que el grupo Ootori se rebajaría a comprar cualquier baratija para sus androides como hacen muchas otras compañías de entretenimiento para abaratar costos, pero no. Sus múltiples androides de actuación son desarrollados y vestidos con la misma calidad, lo que requiere, en realidad contratar mano de obra humana.

Su modista (y en realidad, la de toda su tropa) es Akiyama Mizuki. La mayor hito en el mundo underground del estilo lolita.

O eso fue lo que le dijo a Emu para que la contratara. No es una mentira. Mizuki en realidad sabe lo que está haciendo. Su cuerpo está afilado como una aguja, preparado exclusivamente para diseñar y crear; Rui puede encontrar la similitud entre sus afinidades: ambos creadores, ambos inspirados por una programación que los alienta a seguir creando una y otra vez. No es una afinidad que le desagrade, siente que hay una pequeña conexión que los ata y les permite encajar cómodamente. Un androide programado para crear y una humana con el hambre atroz de la creación artística.

Estaban destinados a compaginar, incluso si es solo cosa de una frívola cantidad de unos y ceros en cúmulos específicos.

Mizuki vuelve a mover frente a él su maletín, lleno de diseños florales y pequeños dibujos reconfortantes.

–¡La jefa dijo que necesitas otro nuevo vestuario para la siguiente obra! Y aquí estoy yo ¡Tu linda y tierna modista para cumplir con hacerte otro disfraz!– Él tararea, eso no puede ser verdad, o no del todo.

Mizuki parece nerviosa. Sus pupilas se ajustan, emiten pequeños sonidos que no son audibles para los humanos, el escáner para medir emociones detecta anomalías que no menciona. En su lugar, su cara se deforma en una sonrisa abiertamente descarada, felina y maliciosa.

–Pensé que tenías mis medidas junto a las de toda la tropa– Mizuki se sienta en una de las tantas sillas que aún ruedan por el lugar para los guardias que estén de turno, hurgando en su maletín que parece tener un espacio infinito, de dónde saca una cinta métrica, hilo, alfileres, agujas y tela. Es sorpresiva la cantidad de cosas que puede tener dentro de un espacio tan reducido.

Tal vez su maletín sea un espacio no euclidiano.

–En realidad, solo quería venir a verte ¿O está mal querer ver a mi androide favorito~?– sonríe. Debe haber una falla en sus mecanismos, es algo que ha pasado últimamente. A veces, mientras habla con Mizuki, sus mecanismos funcionan raro, la programación parece sobreescribirse para dictar acciones irracionales. Ahora mismo, su sonrisa se hace menos amplia, más amigable. El tipo de sonrisa que debería tener en caso de interactuar con niños.

Mizuki es una adulta, esa reacción no tiene sentido alguno.

–¿Hay más androides que frecuentes además de mí? Que descaro de admitirlo tan abiertamente, es un escándalo– Mizuki pifea ante el dramatismo innecesario. Es parte de su programación, el dramatismo está grabado en cada placa y tarjeta. El patrón de comportamiento es una constante. Es consciente de ello, incluso cuando no debería.

Tal vez fue ese el momento en que debió haber sido consciente de que había algo mal.

Tal vez debió ser antes, cuando fue consciente de su condición de androide y las expectativas de esa condición.

Tal vez debió ser antes, cuando le pidió a Emu contratar a Mizuki.

Sea como sea, lo hecho hecho está, y Rui solo puede disfrutar su voz mientras habla de la nueva línea de ropa de su hermana, del nuevo reboot de esa serie que tanto disfruta y de la música original hecha por una de las compositoras del crew de WonderlandxShowtime.

–¿Y sabes? ¡Creo que la música de Kanade es lo suficientemente buena como para ser la música ambiental de esa obra que Tsukasa quiere hacer cuando le hagan la próxima actualización!– sus dedos delgados se enredan en su cintura, o lo que supone que debería ser su cintura. Aún tiene problemas con los nombres, conflictuados constantemente por su estatus como androide.

–¿De verdad? Creo que a nuestra querida Estrella le vendría bien escuchar las composiciones de la señorita K entonces. Se lo diré cuando él y Nene regresen de su mantenimiento– la palabra le genera repelús, piensa en pinzas, en apagados y encendidos, en la remoción de piezas mientras parece que está inconsciente.

Agradece la falta de mantenimiento a su estatus como... ¿Director? ¿Creador? A veces ese estatus se vuelve borroso. No es del todo malo, pero le genera ese sentimiento inusual de ansiedad.

¿Siquiera debería sentir ansiedad?

Ah, tantas preguntas que van a riachuelos más pequeños pero jamás al mar.

–¿Otra vez? Tuvieron una sesión la semana pasada, no creo que sea buena señal que tengan tantas sesiones tan seguido– su cara se deforma en una mueca. Mizuki es orgánica, no hay sonidos perceptibles para otros humanos cuando ella hace muecas: la carne toma una forma u otra, a voluntad de interacciones químicas y eléctricas.

En ese aspecto son parecidos, ¿No? El cuerpo humano solo es una máquina orgánica. ¿O son los androides una suerte de imitador de un sistema orgánico?

Muchos riachuelos, nunca el mar.

–Nene y Tsukasa trabajan mucho y reciben más actualizaciones que yo, es normal que vayan más seguido a revisiones– explica con paciencia. Mizuki vuelve a medir su espalda, como si no conociera las medidas.

Da la ilusión de que creyera que Rui es humano, lo trata como trataría a cualquier otro actor de carne y hueso, pretendiendo que su cuerpo puede cambiar en lapsos de días, semanas, meses o años. Sus uñas pasan con cuidado por la piel sintética de su cuello. No siente por un segundo el contacto; luego la descarga eléctrica manda un pulso que su programación interpreta como un roce ligero. Mizuki lo siente retorcerse bajo su tacto, retirando las manos casi instantáneamente.

–Lo siento, lo siento, fue un accidente– se excusa. Sus dedos lo instan a enderezarse para que Mizuki mida la distancia entre sus hombros y luego la circunferencia de su cuello –¡Oh! Y hablando de accidentes... ¡Me tropecé esta mañana con una de las chicas del equipo de arte!–

–Fufu~ ¿La fashionista descarada tropezando con una pobre chica del equipo de arte? Habría dado una buena suma de dinero por verlo– la humana lo miró de soslayo antes de darle un pequeño empujón.

–¡Tú ni siquiera ganas dinero!– Rui se rió, pero solo pudo sentir los sistemas neumáticos miniatura moviéndose y deformando la piel sintética de su rostro. Por un segundo, se preguntó si eso podía ser considerado una risa –Además, eso fue buena suerte, ¿Sabes? Hemos trabajado juntas un par de veces, pero es la primera vez que hablamos sin tener una de tus obras de por medio–

–Ah, perdone, querida fashionista, por molestarla con mis nimias e intrascendentes obras–

Ella pifeó una vez más, rodando los ojos con diversión antes de darle otro empujoncito que ni siquiera movió su pesado cuerpo.

–Sabes que no es lo que quise decir–

–Eso fue lo que dijiste– Mizuki parece tener una irritación cariñosa ante su tontería, dando otra perorata sobre lo molesto que es Rui.

Si nota o no la forma en que sus dedos doblan el pequeño trozo de metal que había estado trabajando antes, no puede saberlo.

Sigue midiendo, sigue hablando, sigue esperando que Rui escuche.

Ignorando las fallas de Rui.

Ignorando cada circuito que hace que sus dedos se aprieten.

---

Rui no ve a Mizuki más que en simples destellos cuando entra a saludarlo o cuando simplemente pasan por el mismo pasillo cuando Rui sale en búsqueda de Keisuke o Emu para poder solicitar algo.

Es raro. La conducta no es la adecuada para Mizuki.

Mizuki usualmente se queda más tiempo con él, ¿Tiene alguna falla? ¿Algo que la moleste? ¿Hay algo que él pueda arreglar? No lo sabe y es molesto no saberlo. Sus dedos aprietan el tornillo hasta que ya no pueden fijarlo más, recurriendo entonces al desarmador que... ¿Dónde está el desarmador?

Hay un hueco en su caja de herramientas de relojería. Su desarmador de estrella no está donde debería. No es decepcionante, pero sí frustrante, tan frustrante que tiene que dejar hoscamente el pequeño dispositivo en sus manos para no romperlo como pasó antes de esa reparación. Un androide que hace espectáculos no debería sentir frustración, o al menos no por cosas tan nimias como un desarmador extraviado. Debería reportar esto con el área de revisión, tratará de recordarlo para su próxima sesión.

Sus uñas intentan girar en dirección contraria a las manecillas del reloj el tornillo, logrando sacarlo a penas. Sus manos buscan un calibre similar en sus tornillos de cruz o planos, solo para encontrar que ambas opciones no tienen el calibre que necesita. No quiere arriesgarse a terminar barriendo el tornillo por apretarlo con el destornillador de cruz, así que con un suspiro -que no debería ser posible-, se levanta de su escritorio, buscando con la mirada su destornillador, esperando verlo en el piso.

Tampoco está ahí. Por otro lado, hay una pequeña nota rosa chillón pegada en el piso; debe haberse caído cuando se sentó o cuando movió las piezas a la caja que no iba a usar.

Ni siquiera tiene que ojearla para saber que es de Emu. Los brillos en la letra apresurada pero igualmente interesante están ahí, resaltando cada carácter en hiragana y los pequeños dibujos de estrellas alrededor. Sus ojos desenfocan y enfocan de nuevo.

"¡Tomé tu shruck shruck para una emergencia! ¡Lo siento!"

-Emu✨

Y es así que la frustración se lava. Es como si jamás hubiera estado frustrado en primer lugar, lo deja sintiéndose vacío por un momento antes de que por fin haga lo que debería haber hecho desde un inicio. Sus articulaciones emiten un pequeño sonido cuando deja caer su peso. Sabe que es algo inestable para un androide: los androides, al igual que sus referentes humanos, se rigen bajo la física y sobre leyes como la cuadrática-cúbica. Su altura y su peso están desbalanceados, y es difícil que siga funcionando y ejerciendo alguna actividad física sin terminar teniendo algún mínimo desperfecto. No es que importe, no es como Nene o Tsukasa, más pequeños pero más óptimos para una agilidad aterradora en el escenario; Rui es alto, su cuerpo delgado hace el marketing perfecto para las jóvenes que quieren a un novio inteligente, un poco raro y de contextura delgada; la fantasía perfecta para vender en el escenario.

Mizuki lo había elogiado alguna vez por eso mientras medía cada parte de su cuerpo y miraba la piel sintética, libre de cualquier imperfección.

"Cuerpo de modelo" lo había llamado.

Sus dedos habían recorrido la piel de donde deberían estar sus costillas, viendo con interés su caja torácica demasiado delgada. El tacto demorado en sus articulaciones la primera vez que había medido su cuerpo.

¿Por qué recordaba algo tan nimio como un comentario hecho hace tiempo?

Los movimientos de su cuerpo defectuoso lo hacen estremecer, aumentan la frustración sin sentido que no debería estar experimentando. Sus dedos se cierran mecánicamente alrededor de las pequeñas bolsas de tornillos, verificando el calibre para no tener que volver innecesariamente. Cuando termina de verificar los calibres, las cabezas y comprueba que no haya desperfectos, decide por fin emprender el camino de regreso hacia su pequeño estudio.

Sus dedos juegan con las bolsitas de tornillos. La textura es rara, pero sirve lo suficiente como para entretenerlo en el lento y desesperante camino hacia su pequeño taller.

Apenas da algunos pasos antes de volver a detenerse.

–¡Vamos! ¡Enanan!– la risa familiar tarda en ser procesada por su sistema, pero la respuesta es casi instantánea.

Mueve la cabeza rápidamente. Hay un crujido desagradable que viene de su cuello, y supone que es otra cosa que debería reportar.

–Oi, oi, ¡Relájate un poco! ¡Estás haciendo un escándalo!– el regaño estridente viene de una mujer bajita. Mizuki la mira con una sonrisa amplia, los ojos cerrados, los hoyuelos marcados por la fuerza y tensión de su rostro. La mujer tiene las mejillas rosas mientras rueda los ojos con exasperación.

Mizuki tira de sus dedos ligeramente entrelazados.

Ni siquiera notan su presencia, no hay un brillante saludo o un "Hey" dirigido a Rui. No hay nada para él.

Pero eso no es raro, ¿O sí? En realidad es simple: cuando Mizuki sonríe en realidad no puede ver. Es un problema de diseño; sus ojos no están destinados a ver cuando tiene una enorme sonrisa, al igual que los ojos de la gran mayoría de las personas asiáticas. Incluso después del sometimiento a blefaroplastia o epicantoplastia, es difícil que puedan ver cuando sonríen.

Sus dedos sostienen con demasiada fuerza el desarmador de cruz, apretando el tornillo antes de siquiera realizar que ya no está en el pasillo.

Las bolsas de tornillos fueron acomodadas, su escritorio está limpio y la pequeña nota de Emu está guardada donde guarda pequeños detalles como ese.

Intenta buscar en su banco de memoria, algún momento entre su regreso y el momento actual, pero no hay nada. Hay un espacio vacío que no debería estar ahí.

El pequeño dispositivo parece totalmente arreglado, pero eso lo deja en blanco. Intenta una vez más buscar en su banco de memoria, pero no tiene nada.

Lo último que recuerda es a Mizuki.

---

Su última sesión de ajuste y reparación dice que no hay nada anormal en él. Sus reparaciones físicas han sido las habituales: ajustar sus rodillas, ajustar sus manos y volver a analizar su software a pedido del propio Rui.

Todo es totalmente normal.

Eso debe ser una total mentira. Un androide no debería ser capaz de sentir algo como la rabia.

Recuerda haber sentido esa emoción un par de veces antes. La primera fue cuando tuvo un desacuerdo con Tsukasa en su programa beta de interacciones. La personalidad base de Tsukasa y la suya habían sido demasiado incompatibles, y el choque había sido estrepitoso.

La segunda vez había sido cuando su programación de seguridad había fallado. Tsukasa había terminado en reparación por un largo rato luego de una caída que había sido totalmente su culpa. Había escuchado a los ingenieros de software, había pasado tiempo siendo ajustado para que eso no volviera a pasar. Tsukasa le había asegurado que no era su culpa, que no volvería a pasar.

Rui sabía eso, pero eso no se había drenado nunca de su mente.

A diferencia de la creencia popular, los androides tenían réplicas de emociones para poder proteger a los humanos. Las emociones en otros seres no humanos son clave para la empatía, y la formulación incorrecta o la ejecución equivocada podían llevar a una sensación de discomfort o agravar el valle inquietante, pudiendo causar cosas como psicosis, autolesiones, desrealización o despersonalización después de exposiciones prolongadas. En otros escenarios, una falta de empatía y cuidado por los humanos llevaría a algún daño o perjuicio físico con los actores de carne y hueso o los trabajadores del grupo Ootori. Es por eso que su performance debe ser casi perfecta, y para ello es menester el poder imitar las emociones, que la respuesta sea lo más humana posible, sacando la falibilidad humana de su programación.

A opinión de Rui, eso no justifica haberles dado una emoción tan desagradable.

Puede escuchar todos los sistemas que conforman su cuerpo. Sistemas neumáticos, electricidad surcando los cables, sistemas mecánicos que se encargan de dar una rotación y movilidad adecuada a su cuerpo, cada sonido parece amplificado, como una cámara de eco.

El nuevo abrigo hecho por Mizuki le queda perfecto, los arreglos a su cuerpo no han hecho demasiados desperfectos en su figura, y se ha asegurado de que cada parte importante quede cubierta para minimizar daños.

Es ligeramente tranquilizador, un poco de tregua a su inmensa sensación de discomfort de antes.

Al menos por un momento.

Por el rabillo del ojo ve una cabellera rosa que lo hace voltear solo para realizar que no es más que una peluca encajada descuidadamente en un maniquí que está siendo movido. Dos pasos después cree escuchar la risa de Mizuki, solo para dar con una mujer (que no es Mizuki) riendo estridentemente mientras se cuelga del brazo de un compañero que parece querer que se lo trague la tierra. Apenas ha doblado en la primera intersección de las dos que tiene que cruzar para llegar a su taller cuando una tela vista de reojo lo hace girar todo el cuerpo, buscando algún vestido o falda abullonado que venga acompañado de su modista, solo para encontrarse con nada más que un reflejo de luz que se tiñe de un color apenas rosa que rebota en la pared blanca.

«Con que nada malo» refunfuña para sus adentros. Siente que debería haber una voz que respondiera a ello, incluso si la respuesta era sarcástica y seca.

Su programación debe estar mal. Sus dedos se aprietan y puede sentir la presión sobre su piel. Sus uñas no crecen, así que es imposible para él clavarlas en sus palmas, pero desearía poder hacerlo: causarse dolor al menos por un instante para disipar el sentimiento de molestia o el delirio que lo hace ver a Mizuki en lugares donde claramente no está.

¿Cómo pueden decir que no está defectuoso cuando claramente no hay nada racional o funcional en su comportamiento? No puede avanzar dos pasos sin que su cabeza crea haber visto el fantasma de Mizuki, burlándose de él. Está casi seguro de que la mujer está jugando a las escondidas, de que está atrás suyo, constantemente jugando con su percepción.

La idea es estúpida. Su modista tiene mejores cosas que hacer, tiene patrones que coser y trajes que ajustar. No puede darse el lujo de estar jugando a las escondidas y a las atrapadas al mismo tiempo que diseña su ropa. Es una ridiculez.

Decirse eso, por supuesto, no detiene el sentimiento constante de estar persiguiendo y ser perseguido. Mizuki lo acecha en cada rincón y se esconde de su vista cuando él voltea la mirada para atraparla con las manos en la masa.

Es cuando llega a la segunda intersección, mientras voltea violentamente para no ver nada, que decide que eso ha sido todo. En lugar de dirigirse a su taller para intentar calmarse, va en búsqueda de los dos únicos androides que podrían entenderlo.

Kaito, Miku, Tsukasa y Nene se encuentran, actualmente, ensayando la entonación de sus líneas. La recalibración los deja un poco fuera de tono, pero sus cuerpos se adaptan lentamente a su nueva normalidad. Miku y Kaito parecen estar ensayando con la memorización de Miku a lo lejos. La voz proyectada de Tsukasa suena más nítida que nunca, el diseño de sus ojos ha cambiado y hay una fluidez extra en sus articulaciones que le otorga más delicadeza a sus movimientos.

Nene parece más flexible. Levanta una pierna y esta se mueve hasta que su pie está a la altura de sus ojos. Una vez que Tsukasa se calla, Nene proyecta su propia voz de canto: el tono ligeramente nasal se ha ido, y sus expresiones son más suaves que en su actualización pasada.

Ambos se ven más humanos, son las estrellas de las obras, las joyas de la corona. Rui siente que sus manos se han relajado cuando les ofrece unos aplausos pausados pero sinceros (¿Sinceros? ¿Puede un androide siquiera esgrimir sinceridad si se supone que no pueden mentir?). Ambos androides voltean a verlo, claramente sorprendidos de verlo en la sala de ensayos.

–¡Rui! ¡Veo que ha terminado tu sesión de servicio!– la expresión de Nene ya no se arruga ante su voz estridente, y en su lugar, le dedica una sonrisa leve acompañada de un golpecito en el hombro de Tsukasa.

–Y veo que ustedes obtuvieron actualizaciones más óptimas. ¿No es encantador que ahora sean más expresivos?–

–Creo que Tsukasa no necesitaba más expresividad– confiesa Nene, en contraste a su tono solemne, hay una sonrisita burlona dirigida a al rubio. El androide parece ofendido por su insinuación.

–¡Me ofendes, Nene! ¡No puedo creer que tú de todas las personas no aprecies mi expresividad!–

–Eres demasiado ruidoso, sé expresivo en silencio–

–¡Ackh! ¡Eso es un golpe bajo!–

–Bueno bueno, ¿No son encantadoras sus actualizaciones?– hay un "No" seco de Nene que se sobrepone al "¡Sí!" Estruendoso de Tsukasa. –Aunque me parece que nuestra querida diva es más sensible al sonido que antes, ¿Reemplazaron tu sistema de entrada y procesamiento de sonido?–

–Probablemente, escucho más fuerte a Tsukasa que nunca– se queja. Es curioso, un robot que se queja es decididamente divertido, pero...

–¿Eso te molesta?– la pregunta parece confundir a Nene, quien arruga la nariz y frunce el ceño ligeramente, más confundida que molesta.

–¿Sí? Quiero decir, funcionalmente tiene sentido que me moleste. Su voz podría dañar mi sistema de entrada de audio–

Rui asiente, no muy convencido.

–¿Tú tienes alguna actualización interesante?– interrumpe esta vez la estrella, el androide parece entusiasmado, demasiado entusiasmado en realidad.

Duda un momento en responder, dudando sobre si es buena idea mencionar su pequeño problema.

–En realidad, tengo un problema, pero es... Es previo a mi actualización. No han podido encontrar el motivo– Los ojos de ambos se llenan de preocupación, y Rui debe elogiar el buen trabajo de los ingenieros para lograr ese acabado tan... Humano. –Ultimamente he tenido problemas con Mizuki.– sus dedos se aprietan de nuevo, recordando su risa causada por la joven artista que estaba a su lado, hay algo claramente roto dentro suyo que lo obliga a sentirse molesto al respecto –Es... Es... No hemos pasado tiempo juntos últimamente, y yo creo... creo que la veo en todos lados– fiel a sus palabras, cuando Tsukasa se mueve y su cabello degradado también lo hace, siente la necesidad imperiosa de voltear, solo para asegurarse de que no esté ahí. –No sé por qué pasa eso, los ingenieros tampoco tienen idea– Nene le toma la mano, preocupada.

Lo más frustrante es no saber si ella está preocupada o no por él. Es un androide, teóricamente tiene emociones, pero todo... Su programación... ¿No es eso simplemente artificial? Lo que él está sintiendo también es artificial. Es algo que podría detener si quisiera, podría simplemente ignorar cada atisbo de rosa, podría simplemente ir y sentarse en su taller a trabajar en cachivaches para sus programas; podría quedarse con Nene y Tsukasa a practicar y calibrar sus actuaciones y hacer algo de provecho.

Nene es igual que él, ¿No? Solo le toma la mano porque deben preocuparse por el otro, porque hay una hilera de unos y ceros que se extiende durante miles de dígitos que le dicta que deben preocuparse cuando el otro parece descompuesto. Su obsesión con ver a Mizuki en todos lados es poco más que una actuación, es una mentira.

Eso, por alguna razón, lo irrita mucho más y más.

Sus manos se aprietan con fuerza otra vez, la mano de Nene intenta escapar de la suya, el guante se queda en su agarre mientras que la diva lo mira con los ojos abiertos.

Sus dedos se aflojan de golpe. El trozo de tela se cae ante la falta de algo que lo sujete. Los ojos de ambos estén fijos en Rui.

–Rui... ¿Estás...?–

Tsukasa extiende una mano hacia él, retrayéndola en el momento en que Rui levanta la suya propia, logrando detener su intento de compasión.

Atrás de él puede ver algo rosa en movimiento, un listón traslúcido que pertenece a uno de los disfraces de Emu que se mueve con una corriente de aire.

–¡Ah! Lo siento, querida Diva y mi querida Estrella, me temo que mis controles motores no están bien calibrados aún– su mano se abre y se cierra antes de agacharse para recoger el guante. Para tranquilidad de ambos, logra ponerlo en la mano de Nene sin cometer otro error. La androide asiente, sosteniendo su mano con cuidado, como si estuviera dilucidando si hay algo roto en sus articulaciones delicadas o no.

–Creo que deberías ir con los técnicos para que ajusten tu mano. Podrías lastimar a alguien– la advertencia de Nene es recibida con un asentimiento, su sonrisa enmascara cualquier sentimiento indeseado en su rostro. Ella parece más relajada con su respuesta, respondiendo con una sonrisa suave.

–Ciertamente lo haré. Tengan suerte en su práctica, volveré cuando mi mano haya vuelto a la normalidad–

Un par de "adiós" se superponen mientras Rui regresa sobre sus pasos. Camina a zancadas tambaleantes pero veloces. No sabe el porque, es un simple capricho que se da. Su cuerpo se tambalea, sus articulaciones no están hechas para soportar su peso en un acto tan descuidado, así que casi cae en varias ocasiones. Se encuentra esquivando gente que lo mira fijamente o que lo regaña ante sus acciones poco cuidadosas

Hay sonidos, gritos y voces que claman su nombre, todo arremolinándose en su cabeza. Está defectuoso, es un peligro, algo está mal con él. Las miradas son detestables cuando te miran como si fueras a explotar en cualquier minuto, le generan repulsión. Cada ojo fijo en él es otro ojo cuyo alrededor se arruga con miedo o disgusto.

Ahora que toma consciencia, su cuerpo tampoco se detiene. Su taller queda en dirección contraria a la que está yendo, sus pasos no cambian de dirección aunque sabe que puede detenerlos en cualquier momento. Sus manos se aprietan a voluntad, con fuerza.

Hay una puerta entreabierta a la que accede cuando siente que hay alguien atrás suyo pese a que nadie lo persigue. Las miradas han quedado atrás, no hay nadie, pero las voces no se callan. Es como un eco atorado en el rincón de una habitación, rebotando entre las paredes hasta que la voz se disipa.

Su mente es una cámara de eco que le recuerda que está defectuoso.

Defectuoso, muy defectuoso. Tan defectuoso que debería estarse cayendo a pedazos. Tan defectuoso que debería desaparecer en el aire.

Sus ojos perciben rosa, un atisbo que lo hace levantar la mirada de golpe para toparse otra vez con un listón. La tela se desliza por una silla, abriéndose paso hasta un escritorio, dónde la máquina de coser eléctrica descansa.

Oh... Aquí es a dónde huyó.

Listones, maniquíes, bocetos que están perfectamente ordenados en una pantalla.

Es la oficina de Mizuki.

Sus rodillas se tambalean cuando da un par de pasos. El lugar es enorme, amplio, lo suficientemente amplio para trabajar sin toparse cada cinco minutos con un trozo de tela o un maniquí. Hay demasiado de Mizuki por todos lados: telas suaves, adornos ociosos y pequeñas chucherías que le dan algo de personalidad... Pero no hay Mizuki. La silla frente a la máquina de coser está vacía, no está frente a su tableta, no está en ningún lado visible.

–¡Mizuki! ¡Quédate quieta!– Hay un reproche en voz baja. Rui sigue el sonido de risitas y pequeños refunfuños. El pequeño armario de telas junto a los cuatro maniquíes semi vestidos con los nuevos prototipos de trajes de su tropa deja un espacio casi escondido. Rui puede verlo sin necesidad de ser descubierto.

En ese espacio está el familiar color de cabello rosa de Mizuki, acompañado de un color violeta grisáceo que parece marrón en otra mata de cabello.

Puede ver lo sonrojado que está el rostro de Mizuki, su risa tímida escondida atrás de su mano. Hay manchas en su piel, manchas de pintura que son limpiadas con cuidado por la joven.

–Ah... gracias Enanan– sus ojos viajan hacia sus labios, subiendo casi instantáneamente. Rui nota cada cosa errónea en el rostro de Mizuki, cada defecto hecho a base de pequeñas fallas en su cuerpo. Sonríe suavemente incluso cuando parece nerviosa, sus dedos suben para tocar la piel de la mujer frente suyo, incluso cuando intuye que no hay pintura en su rostro; incluso parece a un segundo de desmayarse, de que sus rodillas cedan y ella caiga al suelo, pero aún así respira pacíficamente.

¿Por qué?

¿Cómo es posible que Mizuki pueda verse así? ¿Cómo puede experimentar tanta contradicción y a la vez acercarse a alguien con tanto cuidado? Por un momento le vuelve a la mente su arrebato anterior, sus propias manos lastimando a Nene.

¿Por qué?

Sus dedos le quitan el flequillo del rostro, le despejan la frente con lentitud, como si intentara mantener algo en el aire, evitando disipar la condensación de ese algo que existe a su alrededor.

Mizuki era bonita, hablando en términos objetivos. A Rui siempre le había gustado ver su rostro mientras estaba enfocada en hablar o hacer algo, y sobre todo, a Rui siempre le había gustado verla sonreír.

¿Entonces por qué se sentía tan furioso? ¿Por qué apretaba las manos?

¿Por qué quería desaparecer esa sonrisa?

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

«¿Por qué?»

–¿Rui?–

Su cuerpo no responde. Su vista ya no está fija, tiembla junto a todo su cuerpo, saltándose los mecanismos de estabilización visual.

–¡RUI!–

¿Por qué no puede ver? ¿Por qué todo se siente extraño?

¿Por qué?

---

"Kamishiro Rui. Versión 5.1

Reiniciando sistema.

Error.

Versión 5.1 no ejecutable.

Cargando versión anterior.

Kamishiro Rui. Versión 5.0

Reiniciando sistema.

Error.

Versión 5.0 no ejecutable.

Cargando versión anterior.

Kamishiro Rui. Versión 4.8.1

Reiniciando sistema.

Error.

Versión no ejecutable.

Cargando versión anterior.

Kamishiro Rui. Versión 4.7

Reiniciando sistema.

Error.

Versión no ejecutable.

Cargando versión anterior.

Kamishiro Rui. Versión 4.5

Reiniciando sistema.

Error.

Error.

Error.

Error.

Versión no ejecutable.

Cargando versión de prueba.

Kamishiro Rui. Versión Alpha 4.4.7.

Reiniciando sistema."

–¿Rui?– lo primero que ve cuando abre los ojos es el techo. El procesamiento rudimentario de sensaciones le indica que hay algo acariciando su flequillo. Las terminales de su cabeza registran el tacto de una mano. La complementación de visión y tacto le dicen que una mano con uñas largas le acaricia el flequillo. –Por fin despiertas–

Mizuki. Es Mizuki.

Sus manos lo tocan, su tacto es ligero como el aire, como si temiera romperlo. En lugar de las bromas juguetonas hay cuidado. Mizuki debe haber olvidado que es un androide. Ese comportamiento no es racional.

–Ah, hola, Maravillosa Sastre– sus ojos dejan el techo, centrándose en la persona hincada a su lado. Los patrones faciales de Mizuki indican preocupación, su mano derecha acaricia la muñeca de Mizuki, pausando su rastrilleo sin sentido.

–Tuviste una falla, me asustaste– reclama. –Me alegro que solo haya sido un reinicio, ¿Cómo te sientes?– es una pregunta sin sentido, por ende, Rui le sonríe, dándole una respuesta que igualmente carece de sentido.

–Me siento bien, gracias por preguntar– los patrones faciales de Mizuki pasan de la preocupación al alivio lentamente.

–Bien, Ena fue por los técnicos para ayudarte, ¿Sabes qué pasó?–

Rui lo medita por algunas micras.

–No creo que importe, es un detalle técnico menor de la nueva versión– Mizuki tararea, resignada a su no conocimiento.

–Espero que no le pase lo mismo a Tsukasa o Nene– Rui no se compromete con una respuesta. En su lugar, asiente, intentando levantarse. Mizuki lo ayuda tanto como puede, apenas logrando equilibrar su peso lo suficiente para hacerlo sentarse. Hay un silencio largo, puede escuchar su cuerpo trabajar, y se pregunta por un instante si Mizuki puede escuchar la forma en que cada mecanismo de su cuerpo emite un sonido que se superpone con otros, creando un eco caótico dentro suyo.

Si Mizuki puede oírlo, y si oírlo lo vuelve un simple objeto a sus ojos.

–Me gusta mucho lo que hiciste con mi abrigo– dice de la nada. La racionalidad de su afirmación yace en intentar disipar la incomodidad que la mujer siente.

–No diría que es mi mejor pieza, pero hice algo que creí que podría gustarte– admite. Los rasgos en su rostro se fruncen en lo que su algoritmo de reconocimiento de patrones descifra como vergüenza. –Tu ropa siempre es difícil de hacer, pero si te gusta entonces creo que está bien–

Mizuki está equivocada. Su ropa tiene que tener una funcionalidad atrayente hacia la demografía que necesitan: su personaje apela a mujeres jóvenes y niños. Su ropa debe pasar los estándares de calidad del Grupo Ootori, y debe ser fácil de simplificar en materiales baratos para vender a los niños que asistan a sus obras. El gusto o disgusto de un androide es algo que puede cambiarse y rediseñarse, no es necesario que sea del gusto de Rui, no está bien que ese sea un estándar considerable para su trabajo. Es un...

Error.

Error.

–Y yo le agradezco la consideración, talentosa Sastre– Mizuki sonríe.

Sus dedos vuelven al cabello de Rui.

Error.

Error.

Patrón erróneo detectado.

Patrón facial desfavorable.

Error.

Error.

Error.

Error.

---

Cuando vuelve a moverse, ya no está en la oficina de Mizuki. La información visual inicial le indica que está encerrado, las luces están apagadas y su alrededor está ordenado en un desorden entendido por los técnicos.

Sus ojos no deben acostumbrarse a la oscuridad, no hay oscuridad para él. La ausencia de luz no impide que note que está en el taller de reparaciones. Su cuerpo sin ropa está en una plancha de metal forrada con silicona y el lugar ha sido limpiado por la noche. Puede moverse: sus dedos se mueven, sus articulaciones se mueven, fluidas y correctamente lubricadas.

Nadie esperaba que recobrara sus funciones, según nota. Todo está dispuesto como si simplemente se hubieran ido a la hora de cierre, dejando su reparación para después.

Puede notar que su cuerpo no se está comportando como debería. Los ecos siguen atrapados en su mente, y pese a que su cuerpo parece estar físicamente bien, sus manos tiemblan.

Roto. Debe estar roto.

Y tal vez los ingenieros y técnicos no saben cómo arreglarlo. Tal vez está roto más allá de cualquier reparación humana, tal vez está roto más allá de cualquier comprensión humana.

Pero Rui no es humano.

Tal vez él puede arreglarse.

Incluso con sus manos temblorosas, no puede prescindir de su ropa. La tela está doblada descuidadamente en una silla, su pantalón y su abrigo lo cubren perfectamente pese a que tarda demasiado en ponérselos.

Sus pasos tambaleantes lo llevan a salir del taller. Todo está semi-oscuro, iluminado apenas por las luces que siempre se dejan encendidas en los cruces para facilitar el trabajo de los veladores.

Los pasillos oscuros se extienden, Rui camina con rumbo dudoso, intentando ir a diferentes lados y siempre arrepintiéndose al último segundo, dando la vuelta para cambiar de rumbo. Las voces siguen rebotando en su mente, todo es demasiado ruidoso pese a que el lugar está tan silencioso que puede escuchar sus propios mecanismos trabajar como si fuera una enorme máquina en lugar de un cuerpo compacto. Sus pasos resuenan en la oscuridad, y en cierto punto siente que escucha... Algo. Se asemeja a los sonidos de ambiente oceánicos; olas de agua que se rompen en la arena y generan estática que se mezcla con su cuerpo ruidoso y su mente estruendosa.

Pasa un buen rato deambulando en la oscuridad, dando vueltas en los pasillos de forma repetitiva. Sus zancadas lentas y tambaleantes resuenan, generando ecos en las paredes vaciadas de cualquier forma de vida humana. A veces intenta bajar por las escaleras, pero sus temblores se acrecentan antes de pisar el primer escalón, obligándolo a dar la vuelta para volver a vagar.

Tiembla. Todo tiembla.

Sus sistemas de detección de audio captan algo más cuando recorre el camino de regreso de su tercera vuelta.

–¡Hey! ¡Identifica...! Te...– la voz lo detiene a mitad de pasillo. Probablemente los sensores de movimiento lo alertaron de su caminata nocturna. El hombre parece descolocado al verlo, extrañado. –Tú...¿No estabas fuera de servicio...?– Rui no responde, la pregunta claramente no fue hecha para él, y no tiene el humor o la intención para responder a una pregunta retórica. El hombre se acerca con cautela. Sus manos están tensas, la boca apretada en una línea mientras camina lentamente en su dirección, como si se acercara a algo peligroso o salvaje. Rui figura el como puede verse eso: una figura humanoide, delgada y larga, enmedio de la oscuridad de la noche.

Sus manos se extienden en su dirección, como intentando agarrarlo para llevarlo de regreso al taller. Hay un impulso que lo evita. Las manos de Rui se estiran en su dirección y su cuerpo se encorva. Es más alto y más pesado que el guardia, reducirlo es fácil; su cuerpo emite un golpe sordo cuando se estrella contra el suelo. Su cabeza rebota un par de veces contra el piso, quedándose inmóvil en el acto.

El androide lo mira fijamente un momento.

No quiere que lo molesten más. El hombre aún respira, está, probablemente, solo inconsciente por el golpe.

En su cinturón están su comunicador, una vieja linterna de batería de litio y...

Rui sopesa el artículo en sus manos temblorosas.

¿Por qué sigue temblando? ¿Qué defecto hay en su cuerpo?

Intenta sacudirse una sensación fantasma, es como la sensación de los listones que Mizuki tiende a ponerle a su ropa, un roce ligero que lo hace estirar los dedos en búsqueda de lo que causa la sensación para apartarlo.

Sus manos tiemblan de formas casi violentas, como si reaccionara al ruido en su mente.

Su vista vuelve a enfocarse en el arma.

Sus dedos juegan con ella, intenta quitar el seguro, solo para darse cuenta de que jamás estuvo puesto en primer lugar.

Incluso con la legalización de las armas analógicas para los equipos de seguridad privada, alegando que son lo menos dañino del mercado, debe admitir que esto...

Esto es riesgoso.

Escucha el peso que se asienta en su abrigo cuando la guarda antes de volver a dar vueltas por el piso.

Le toma otras cinco vueltas recordar la existencia del elevador y dos más para usarlo.

Debería ir a su pequeño taller, debería simplemente encerrarse hasta que llegue la mañana siguiente: alguien del equipo de técnicos iría por él, arreglándolo.

Tal vez incluso le darían una nueva actualización, algo que le permitiera no volver a tener ninguna falla.

Contempla la posibilidad, pero no sucede.

Rui baja en el elevador. El piso de creativos lo recibe, oscuro e intransitado. El constante zumbido de las cámaras lo sigue por dónde quiera que va.

A diferencia de los técnicos, los creativos siempre se quedan tiempo extra. Hay pequeñas oficinas que aún emiten luz, conversaciones y monólogos se ahogan en el aire a medida que avanza por los pasillos.

A lo lejos escucha un pomo que se mueve, la puerta rechina y después... Pasos. El repiqueteo, registrado por los micrófonos dentro suyo, lo hace seguir el sonido. El camino es familiar, luces tenues se van apagando entre más se acerca a la zona de confección, hasta que todo está demasiado oscuro como para que un humano pueda ver algo.

Hay una sola puerta abierta. La luz blanca es un indicativo de vida.

Vida. Rui se molesta ante el pensamiento de la vida. La vida le suena como risitas burlonas, como quejas lánguidas que se siguen de la máquina de coser. La vida suena a largas peroratas de todo y de nada.

Sus pasos irrumpen en la oficina vacía. El tumulto en su sistema de procesamiento, ese ruido que creyó que se había disipado, ahora es un silencio sepulcral. No hay... Nada. Un silencio que lo deja apreciar nuevamente la quietud nocturna. Su cuerpo se tambalea mientras toca distraídamente los maniquíes; sus dedos repasan la tela con cuidado, pero el tacto no se registra.

Error.

Error.

Error.

Error.

No importa cuando acaricie cada prenda, cuánto pase los dedos por el metal que debería darle una sensación que se registre como gelidez o el tacto del metal liso.

Pasa también con su propia ropa.

¿Hace cuánto no tiene sensación alguna? Sus registros son inaccesibles, no sabe cuánto tiempo ha estado sin registrar el tacto.

Rui sigue acariciando una y otra vez la ropa, el satén de la ropa de Nene se desliza entre sus dedos, pero no puede sentir el material. El tul rasposo que debería sentir en la falda de Emu no tiene sensación, e incluso la suavidad del pañuelo de Tsukasa es inexistente. Todo carece de textura, temperatura o rigidez.

Aún en la oscuridad puede ver sus manos. La luz que llega desde el área de costura es suficiente para que su mirada recorra cada detalle de su palma lisa. Incluso con su hiperrealismo, carece de huellas dactilares, de grasa o calor, sus uñas se ven demasiado perfectas, pintadas de un color lila claro.

Mizuki alguna vez había mencionado querer pintarlas de otro color. Keisuke lo había impedido, diciendo que el modelo sería dañado por el barniz de uñas. La piel alrededor podría corroerse por pinturas no aptas.

Sus uñas solían tener sensación también, para evitar accidentes como una uña caída por accidente. Sin embargo, no recuerda hace cuánto sintió una punzada bajo sus uñas por picarse con algo, ni tampoco recuerda la última vez que logró sentir la sensación del acrílico en sus dedos.

La uña de su pulgar se entierra bajo la de su índice, pero incluso cuando ejerce presión... No hay nada. No duele, no punza, no hay ningún símil al dolor o la incomodidad, no hay sensación, no hay nada.

Absolutamente nada.

Su pulgar tiembla, cada parte del sistema neumático parece a punto de colapsar, las leyes de Boyle-Mariotte en su máximo esplendor. Cuando su dedo por fin cede, Rui recurre a otra área: sus no-dientes se aprietan en su mandíbula, su cabeza tira y pronto da un rebote contra la nada, su cuello simplemente parece deformarse.

La primera uña cae al suelo. Hay algo interesante en mirar el trozo de acrílico teñido, su dedo no está inflamado, no hay sangre, y lo único que ocurre es que queda una marca del color original de su piel sintética. No hay dolor.

La siguiente uña cae dentro de su propia boca, y a esa segunda se le suma una tercera. El ruido en su cabeza vuelve a hacerse un torbellino; no es difícil arrancarse cada uña, parece que incluso eso aclara un poco su mente.

Pero no lo suficiente. Ni siquiera la vista de las diez uñas logra hacerlo detenerse. Sus manos se frotan contra los maniquíes, intentan sentir las costuras o algo, pero tampoco tiene ningún efecto.

Atrás suyo hay un repiqueteo familiar. Los pasos aumentan de volumen, puede dilucidar la proximidad, pero cuando intenta imaginar algo más abstracto, se encuentra incapaz.

No puede generar ninguna imagen mental.

Error.

Error.

Error.

Error.

Los pasos se detienen.

La puerta hace un click incómodo, frío y metálico cuando se cierra. Rui se queda quieto en la oscuridad.

Todo se ha detenido.

Error.

Error.

Error.

Err-

«¿Por qué?»

Rui mira sus uñas, los trozos de acrílico pintados.

«¿Por qué yo?»

Sus manos no son realistas. Puede ver la diferencia entre su imitación de piel y la piel real. La piel real no es tan elástica, la piel real no... No es tan fría.

«¿Por qué ahora?»

Cada parte de él es falsa, cada parte de Rui es demasiado real como para ser verdadera. Los detalles modelados son simples... Simples...

Imitaciones.

«¿Entonces todo lo que siento también lo es?»

Levanta la mirada. Ojos dorados que miran a través de la oscuridad parcial. Mizuki está ahí, de espaldas, con los audífonos puestos mientras asegura algo en su eternamente viejo tablero de corcho. Incluso sentada en la silla, viendo fijamente algo antes de reír ligeramente, una risita íntima y que nunca ha escuchado, incluso entonces Rui puede concentrarse en lo falsamente real que es Mizuki. Su piel es de un color pálido que deja ver sus venas azules y capilares blancos, su cabello se vuelve ligeramente quebradizo en las puntas, sus uñas tienen pintura que se descascara, con el anillo de calcio sobre ellas, con el suave color rosa que se vuelve blanco cuando deja de pasar la sangre.

Tan imperfecta. Tan irreal. Tan cálida.

«Si todo es falso, ¿Tú también despertarás cuando colapses?»

Ni siquiera volteó ante sus pasos pesados.

No hubo reacción ante el ruido de sus articulaciones.

Ella volteó sobresaltada solo cuando le tocó el hombro.

–¿Rui?– Falso. Falso. Falso. Falso. Falso. Falso. –Creí que...–

No hay respuesta verbal.

Sus brazos pesados la envuelven.

«Si todo es falso, ¿Por qué puedo sentirte? ¿Por qué puedo sentirte solo a ti?»

–Rui... Me estás aplastando–

«¿Por qué puedo sentir tu calidez en mi pecho? ¿Por qué tu voz reverbera a través de mí?»

–¡Rui!–

Sus brazos se aflojaron suavemente, su mano vagó, delineando su columna vertebral.

«¿Quién de los dos no es real?»

Sus ojos se levantan, el tablero de corcho, viejo y analógico respecto a la tecnología actual, lleno de diseños de trajes, de bocetos ociosos e ideas sueltas.

Excepto en el medio.

Alguien le devuelve la mirada, con un ceño fruncido, con mejillas rosas y cabello púrpura oscuro, casi marrón.

Ojos oscuros que brillan en el fondo en rosa.

«¿Por qué tienes que ser real?»

Su mano deja la columna vertebral de Mizuki, se desliza por su cintura antes de subir hasta su mejilla.

Solo un instante.

La mano baja, sus articulaciones chirrían imperceptiblemente cuando hurga en su bolsillo.

«¿Por qué?»

Mizuki sube la mirada, tiembla en su agarre.

«¿Por qué»

El click suena atrás de Mizuki, pero no tiene tiempo de gritar.

Hay una explosión, y luego silencio.

Mizuki no se mueve más.

A diferencia de las dramatizaciones de Tsukasa y Nene, no cae de rodillas. Su cuerpo se queda rígido en sus brazos, su sien gotea.

Rui tiembla otra vez.

Mizuki está tan fría. El calor se drena de su cuerpo demasiado rápido.

¿Por qué hizo esto? ¿Por qué?

–Mizuki...–

No hay respuesta.

–Mizuki–

Su cuerpo está manchado de...

–¡Mizuki!–

Abrazarla no funciona, moverla no funciona.

Nada funciona.

–¿¡POR QUÉ!?–

El cuerpo muerto no le ofrece respuesta.

---

Sien a sien. Su cuerpo rechina, arruinado por la lluvia. La sangre diluida llora por las fibras de su abrigo manchado.

La lluvia ya no se escucha. No puede escucharse a si mismo, los ruidos neumáticos, cada sonido derivado de sus movimientos.

No hay nada.

No siente. No escucha. No huele ni saborea.

No hay nada más que una calle vacía, gris y silenciosa.

Cierra los ojos, esperando que pase, que su dedo ponga fin a esto.

Que su cuerpo caiga al piso, sangrando como el de Mizuki, derramando toda su sangre para liberarlo de este infierno de saberse vivo e inanimado a la vez.

Para ir con ella.

Para por fin estar a su lado.

Click.

El arma se acciona.

De sien a sien. Su cuerpo cae, el charco a su alrededor chapotea.

Abre los ojos.

No hay sangre. No hay nada.

Sigue vivo.

Y ríe. Su cuerpo inmóvil ríe. Ríe a carcajadas, carcajadas que no puede oír, que no puede sentir.

Su vista de lado se estabiliza cuando deja de hacerlo, cuando ha dejado de reír.

Y grita.

Grita con tanto dolor que debería ser humano.

Pero nadie escucha sus gritos.

---

Kamishiro Rui. Versión 6.0.1

Reiniciando.

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