Chapter Text
Esa era una noche cualquiera.
Bueno, una noche cualquiera para los demás.
Para Rin, no.
No cuando tiene a Isagi encima suyo, devorando cada resquicio de aire que sale de sus labios, susurrándole palabras que lo desarman, caricias que lo derriten entre sus brazos, desnudándolo con esa intensidad que le hace temblar las manos y el cuerpo.
—Mira qué bonito te ves así... —murmura Isagi con una voz baja, casi posesiva.
Sus palabras llegan entrecortadas y entre susurros mientras sus manos se deslizan por su cintura, moldeando la piel de sus muslos, presionando suavemente, y trazando la línea de su espalda. Es una mezcla de fuerza y de ternura. Cada caricia, cada roce, hace que Rin sienta una descarga que lo desarma. Lo besa, profundo, hasta robarle el aire, atrapando los suspiros entrecortados que se escapan cuando el alfa encuentra esos puntos sensibles y los explora hasta que Rin se queda sin aliento.
Isagi se aparta por un instante solo para volver a reclamarlo, sosteniéndolo con fuerza, tan cerca que Rin siente que puede escucharlo respirar, sentirlo latir. No puede procesar cada sensación con claridad; su mente es un remolino, atrapado entre el presente y los recuerdos de lo que los llevó hasta allí, a ese momento en que lo único que existe es el calor de Isagi y el latido en sus oídos.
—I-Is... —intenta decir, pero su voz se quiebra en sus labios—. I-Isagi…
—Shh, está bien… —Isagi le acaricia el cabello con suavidad, sus dedos deslizándose entre los mechones desordenados mientras baja la voz hasta ser apenas un murmullo—. Tranquilo… tu alfa está aquí para cuidarte.
Rin cierra los ojos, dejándose llevar, perdido en una vorágine de emociones. Y entre la bruma de placer y confusión, recuerda esa misma tarde, esa misma sensación de euforia. Recuerda el gol que marcó en la final de la Copa Sub-20, cuando llevó a Japón a la gloria y pensó, aunque fuera por un momento, que por fin lo había logrado, que por fin había alcanzado su propósito. Pero aquella satisfacción ahora le parece incompleta, pequeña. La sensación de tener a Isagi tan cerca, de dejarse llevar por ese sentimiento que se ha negado durante tanto tiempo, lo supera.
—Shh, shh… —Isagi susurra de nuevo, su tono mezclado entre suavidad y un toque de preocupación cuando se da cuenta de que las lágrimas empiezan a deslizarse por las mejillas de Rin—. ¿Por qué estás llorando, Rin?
Rin apenas puede formular una respuesta. ¿Por qué estaba llorando? No lo sabe. Pero en algún rincón de su mente, recuerda cómo estaba hace apenas unas horas, cuando se encontraba solo en su habitación de hotel, abrazándose a sí mismo, con una sonrisa que apenas sostenía, pensando: Lo logré, por fin lo logré .
Recuerda el sonido de la puerta, recuerda haberse levantado y encontrar a Isagi Yoichi allí, de pie, con una sonrisa amplia, genuina, y un brillo en los ojos que parecía necesitar algo más. Y ahora, esa misma necesidad, ese deseo, lo envuelven en esta habitación, en esta cama.
—Ah… uhh… —Rin balbucea, su voz ahogada entre las sensaciones que lo superan, el sonido de piel contra piel, el olor de Isagi apoderándose de todo, colmándolo.
Y, sin embargo, detrás de cada sensación, detrás de cada suspiro, existe una sombra. Rin recuerda, inevitablemente, esos dos años donde Bachira parecía ser una constante al lado de Isagi. Recuerda la incomodidad de ver cómo los chicos de Blue Lock siempre comentaban entre bromas lo perfecta que sería su relación. Recuerda ese día en el que Shidou, con su sonrisa burlona, le preguntó a Isagi en frente de todos cuándo haría oficial lo suyo con Bachira. Y también recuerda la respuesta de Isagi: Todavía no es tiempo .
Rin siente que una punzada le atraviesa el pecho mientras piensa en ello. Recuerda los dos años de ambigüedad, de miradas que no terminaban de decir nada, de encuentros que quedaban en el limbo, de un tira y afloja constante que lo dejaba confuso y sin respuestas. A veces, cuando Isagi estaba tan cerca de él, cuando sus miradas se cruzaban, Rin se permitía pensar, por un segundo, que tal vez todo lo que veía con Bachira no era más que una ilusión, una fachada. Tal vez.
Entonces, Isagi agarra con fuerza su cintura, con esa intensidad que lo deja sin aire, y Rin se siente atrapado entre la necesidad de ceder y la urgencia de correr. En algún momento, sin darse cuenta, sus manos se aferran a los brazos de Isagi como si de ese contacto dependiera su propia estabilidad. Siente los dedos de Isagi en su boca, el calor que lo envuelve, y entonces cree que… es momento de dejarse llevar.
—Ah… Bachira…
Las lágrimas caen en silencio, cada una trayendo consigo el peso de sus propios sentimientos, de esa lucha que ha tenido consigo mismo, del deseo de querer algo que siempre parece escaparse de sus manos. Su pecho se sacude con una mezcla de tristeza, frustración y un amor que no sabe dónde dejar. Isagi no se da cuenta, su ritmo no cambia, pero Rin se siente pequeño.
Se siente vacío.
Conocer a Isagi Yoichi nunca estuvo en los planes de Rin.
Desde el principio, Rin lo consideró un chico pequeño y sin brillo, alguien sin la menor presencia en el campo. Un NPC , un personaje secundario cuyo único propósito sería ayudarlo a avanzar hacia la cima, hacia su sueño de ser el mejor. En su mente, Isagi era alguien insignificante, alguien a quien nunca le dedicaría un segundo pensamiento. Sin embargo, a veces la vida tiene una forma cruel de desmentirnos.
Aquel partido en la Segunda Selección fue el primer giro inesperado. Durante un instante, en medio de aquel encuentro intenso y despiadado, Isagi hizo algo que Rin no había previsto: lo superó. No solo lo venció en una jugada; lo devoró en el campo, tomando control, leyendo el juego como si el balón respondiera a su voluntad. Y en ese instante, Rin sintió algo que nunca antes había experimentado. Una mezcla de frustración y sorpresa, algo que lo dejó inquieto durante días.
Aun así, Rin se dijo que eso era todo, un destello pasajero. Isagi era solo una sorpresa, nada más . Pero con el paso de los días, Rin se dio cuenta de que no podía sacarse de la cabeza a aquel chico de ojos intensos y cabello oscuro. Intentaba convencerse de que era simplemente un análisis de su rival, una táctica para entender cómo vencerlo. Pero era algo más profundo. Algo que no entendía, algo que crecía silenciosamente, cada vez más insistente.
Cuando estaba solo, en las noches en las que intentaba vaciar su mente para concentrarse, la imagen de Isagi volvía a aparecer. Y, sin darse cuenta, comenzó a buscarlo en el campo, a estudiar cada uno de sus movimientos, cada una de sus reacciones. Era una obsesión inexplicable, como si algo en Isagi lo atrajera, como si hubiera un imán invisible entre ellos. Al principio, Rin se enojaba consigo mismo, frustrado por permitir que un simple personaje secundario ocupara tanto espacio en sus pensamientos. Pero por más que lo intentara, no lograba ignorarlo.
A veces, sentía que algo más profundo e instintivo lo empujaba hacia él. Era como si una parte de él, su lado omega, tuviera una especie de respuesta visceral cada vez que Isagi se le acercaba. Una sensación extraña y confusa, una atracción que no tenía sentido. Se recordaba a sí mismo que todos en Blue Lock usaban supresores genéricos y bloqueadores de olor en sus uniformes, diseñados para suprimir cualquier rastro de designación. ¿Cómo era posible que su omega se sintiera así por alguien cuya designación ni siquiera conocía?
Un día, Isagi se le acercó después de una sesión de entrenamiento. Estaban solos, en un rincón del gimnasio. Isagi llevaba una toalla al hombro, su cabello empapado de sudor. Al verlo, Rin sintió ese tirón familiar, una necesidad que apenas alcanzaba a comprender, pero que le resultaba tan irritante como atrayente. Lo observó acercarse con la mirada fría de siempre, como si no tuviera ningún interés en él, como si sus pensamientos no hubieran estado girando alrededor de aquel chico desde hacía semanas.
—Rin —dijo Isagi, su voz serena, pero con ese brillo determinado en sus ojos—. ¿Por qué estás siempre solo? Siempre te quedas a entrenar hasta tarde, siempre te esfuerzas más que los demás. ¿Por qué?
Rin lo miró fijamente, casi sin parpadear. ¿Por qué? ¿Cómo te atreves a preguntar? . Sintió el impulso de ignorarlo, de alejarse, de no darle la satisfacción de una respuesta. Pero algo dentro de él lo hizo hablar.
—¿Y a ti qué te importa? —replicó fríamente, cruzándose de brazos—. No necesito justificarme contigo.
Isagi no se inmutó, aunque Rin notó el destello de curiosidad en su rostro. Pero, para su sorpresa, Isagi no se rindió. Dio un paso más cerca, acortando la distancia entre ellos.
—Tal vez no, pero creo que te esfuerzas tanto porque tienes algo que probar —replicó Isagi, su voz firme—. Y no a ti mismo, sino a alguien más. ¿Quién es?
La pregunta lo tomó por sorpresa, como un golpe en el pecho. Rin sintió que algo se desmoronaba en su interior. No quería pensar en ello, no quería recordar a su hermano, a las palabras que le había dicho la última vez.
—¿Qué sabes tú de eso? —le respondió en un tono amargo, apretando los puños.
Isagi lo observó en silencio, con una mezcla de comprensión y curiosidad. Era como si pudiera ver más allá de la fachada, como si estuviera intentando descifrar el enigma que era Rin. Y por alguna razón, aquella mirada lo desarmaba.
—No sé nada de ti, es cierto —dijo Isagi—. Pero quiero entenderlo. Quiero entenderte, Rin.
Aquellas palabras fueron como una sacudida. Nadie le había dicho algo así antes. Rin sintió su corazón latir con fuerza, una mezcla de emociones encontradas. Era absurdo, porque hasta entonces había visto a Isagi como una herramienta, como un obstáculo, pero en ese momento, sintió una conexión. Su lado omega, esa parte de él que siempre trataba de reprimir, se revolvía con una mezcla de ansiedad y deseo, una atracción inexplicable que trataba de negar.
Se mordió el labio, desviando la mirada, incapaz de soportar la intensidad de los ojos de Isagi.
—No necesitas entenderme, Isagi —le respondió, su voz apenas un susurro—. No tienes idea de lo que dices.
Isagi sonrió levemente, una sonrisa que contenía un desafío.
—Puede ser, pero voy a intentarlo de todos modos —Sus palabras eran suaves, pero firmes, como una promesa.
Rin sintió que su pecho se comprimía. Todo en él le decía que debía alejarse, que Isagi era una distracción, un obstáculo, que no debía dejarse llevar por aquellas emociones. Pero una pequeña, traicionera parte de él quería seguir escuchándolo, quería entender por qué ese chico tan sencillo y aparentemente insignificante lo atraía tanto.
Desde ese día, no pudo dejar de buscarlo. Aunque fingiera no verlo, aunque se mantuviera en su fachada fría y distante, cada vez que Isagi entraba en la habitación, cada vez que lo veía entrenar, algo en su interior se encendía. Comenzó a desear verlo, a desear escuchar su voz, a desear esa conexión que sentía tan inexplicablemente intensa.
Pero.
Rin nunca había prestado demasiada atención a Bachira Meguru, ese chico de sonrisa peculiar y energía vibrante. Desde el primer día, cuando Tokimitsu y Aryu lo habían elegido para el equipo, Rin solo le había dado un reconocimiento superficial. Al principio, Bachira era solo otra persona en el campo. Se escabullía entre los otros, bromeaba y, a veces, se acercaba a él para entrenar, haciéndole preguntas extrañas sobre cómo mejorar su juego o cómo sentir al monstruo en el campo . Rin se limitaba a responder con indiferencia, sin darse cuenta realmente de la insistencia con la que Bachira intentaba acercarse a él.
Pero, con el paso de los días, algo cambió. En específico, con la llegada de Isagi, algo cambió.
Rin comenzó a notar que Bachira no solo buscaba a Isagi, sino que había una cercanía especial entre ellos. Al principio, fue solo una impresión pasajera, un vistazo desde la distancia en los momentos de descanso, cuando veía cómo Bachira se acercaba con total familiaridad a Isagi, apoyándose en su hombro como si fuera la cosa más natural del mundo. En esos instantes, Rin sentía una incomodidad extraña, una punzada que no lograba identificar. En su mente, aquello no era más que una molestia, algo irrelevante, y sin embargo, aquella imagen le provocaba un desagrado inesperado.
Era una tontería, se decía a sí mismo. ¿Por qué debería importarle cómo se comportaran esos dos? ¿Por qué le molestaba ver a Isagi tan cerca de alguien más? Su orgullo, su obstinación, se imponían a cada pensamiento irracional que intentaba invadir su mente. Esto es estúpido. No es más que un NPC. Ambos lo son , se repetía una y otra vez, intentando convencerse.
Pero no podía evitarlo. No podía evitar cómo su pecho se apretaba cada vez que veía a Bachira reír y abrazar a Isagi sin el menor reparo, sin una pizca de duda o contención. Rin notaba esos momentos, y aunque trataba de ignorarlo, su omega interior le pedía que hiciera algo. ¿Por qué están tan cerca? ¿Desde cuándo se conocen? Las preguntas surgían sin permiso, y su orgullo le impedía buscar respuestas. Se sentía estúpido por pensar siquiera en ello. Su lógica le decía que no tenía importancia, que sus relaciones no tenían nada que ver con su misión en Blue Lock , pero cada vez que veía a Bachira recostarse en la cama de Isagi, la misma que compartían para ahorrar espacio, algo dentro de él se tensaba.
Fue en una noche particularmente tensa cuando Rin, sin quererlo, se encontró mirando desde la distancia, observando cómo Bachira se acercaba despreocupadamente a Isagi y se recostaba a su lado, invadiendo su espacio de una manera que le parecía demasiado íntima. Rin sintió una mezcla de incomodidad y rabia contenida, una confusión que lo desorientaba. ¿Por qué lo afecta tanto? ¿Por qué le importa lo que hagan o dejen de hacer esos dos? Se giró y apretó los puños, intentando calmarse, pero su mente no le permitía escapar de aquella imagen.
La voz de su omega interior le susurraba, incitándolo a hacer algo, a confrontar aquella cercanía incómoda, pero su orgullo era más fuerte, y se quedó en silencio, fingiendo que no le importaba. Fingiendo que aquello no era relevante, que sus sentimientos no importaban. Sin embargo, el silencio en el que se obligaba a mantenerse lo hacía sentir más pequeño, atrapado en una red de emociones que no sabía cómo desenredar.
Así pasaron los días, y la incomodidad crecía en su interior, intensificándose a medida que los lazos entre Isagi y Bachira parecían estrecharse. Rin observaba cómo se buscaban el uno al otro, cómo compartían miradas y risas que él no entendía. A veces, sentía que incluso lo ignoraban, como si solo fueran ellos dos en el mundo, como si él no existiera en ese espacio que compartían.
Cuando la Segunda Selección terminó y los equipos que habían pasado se reunieron finalmente, Rin sintió una mezcla de alivio y ansiedad. Por un lado, la posibilidad de distanciarse de Bachira y su constante presencia le daba un respiro, una oportunidad para enfocar sus energías en lo que realmente importaba. Pero ese pensamiento luego se vino abajo cuando los seis mejores de Blue Lock fueron llamados y una cucaracha llamada Shidou Ryusei se le acercó.
Desde el primer instante en que escuchó el “RinRin” burlón de Shidou Ryusei, Rin sintió una punzada de fastidio tan intensa que incluso su omega interior parecía querer esconderse. Shidou no solo era ruidoso y molesto, sino que tenía esa cualidad explosiva, descarada, que hacía imposible ignorarlo. Cada vez que Rin pensaba que tal vez podría concentrarse y dejar pasar las ridiculeces de Shidou, el chico encontraba la manera de perturbar su paz.
— ¡Oye, RinRin! —lo llamaba con esa voz medio provocadora, medio burlona, y Rin contenía las ganas de fulminarlo con la mirada cada vez.
Para su alivio, al menos compartía habitación con el top 5 y top 6 de Blue Lock, quienes eran mucho más tranquilos. La compañía de ambos era, aunque silenciosa, también intrigante, pues ambos siempre parecían estar cuchicheando entre ellos sobre los demás chicos de Blue Lock y hasta sobre los miembros de la Sub-20. Rin, claro, lo encontraba molesto, y si le preguntaran, jamás admitiría que alguna vez se había unido a aquellos chismorreos, aunque fuera solo para dar su propia opinión sobre su hermano.
La Tercera Selección trajo consigo una especie de alivio inesperado. Los partidos, aunque separados con tiempo unos de otros, le daba la oportunidad de ver nuevos rostros, y Rin no tenía que ver constantemente a Isagi y Bachira juntos. Sí, vio a Isagi en un primer partido y a Bachira en uno posterior, pero de alguna forma, el espacio entre los dos le dio cierta tranquilidad. Aún así, el constante zumbido de Shidou, con sus exclamaciones sobre reproducción o lo que sea que fuera eso , sus miradas desafiantes y sus palabras llenas de provocación, lograban mantenerlo tenso y exasperado.
Pero nada de eso se comparó con lo que sintió cuando, al finalizar la Tercera Selección, se anunciaron a los 11 jugadores seleccionados para enfrentar al equipo de la Sub-20 de Japón. Allí, de pie en el gimnasio, Rin escuchó con incredulidad el nombre de Shidou Ryusei como uno de los elegidos, uno de los delanteros seleccionados por su hermano, Itoshi Sae.
¿Sae lo había elegido antes que a él? Rin sintió cómo el orgullo herido le recorría el pecho, un dolor profundo e hiriente que se enredaba con el resentimiento. Su hermano había preferido a ese… idiota caótico , alguien que no seguía reglas, que no respetaba a nadie. En ese momento, el mundo alrededor de Rin pareció desvanecerse; no escuchaba nada más que el eco de aquella selección, el nombre de Shidou junto al de su hermano.
Durante los siguientes días, las sesiones de práctica eran intensas y casi sin descanso, pero cuando tenían algún momento libre, Rin no podía evitar notar la presencia de Isagi, quien parecía haberse convertido en una sombra silenciosa que lo seguía a todas partes. Al principio, Rin intentaba ignorarlo, su resentimiento y orgullo aún demasiado frescos por la decisión de su hermano. Pero Isagi, con su persistencia, no se alejaba, y con el tiempo, Rin empezó a permitirle quedarse a su lado, aunque en su mente aún lo desconcertaba aquella cercanía.
Isagi, en su manera típica, trataba de averiguar lo que había sucedido entre él y Sae, buscando la raíz de aquella tensa relación de hermanos. Aunque Rin apenas le daba respuestas evasivas, su actitud empezaba a suavizarse ante la persistente atención de Isagi. Le aceptaba detalles pequeños, como toallas o bebidas, después de los entrenamientos, y en esos momentos, algo en su omega interior se sentía extrañamente satisfecho. Era absurdo y sin sentido, pero el simple hecho de recibir aquellas atenciones de Isagi hacía que la rigidez en su pecho se aflojara un poco.
Entonces, en una noche de entrenamiento solitario, Rin se encontraba en la sala de pesas. Los demás ya habían terminado su rutina, pero él quería seguir un poco más, intentando canalizar su frustración en el ejercicio. En medio de su concentración, escuchó el sonido de pasos acercándose. Levantó la vista y, para su sorpresa, vio a Isagi entrando a la sala, con una expresión de determinación mezclada con algo de nerviosismo.
— ¿Qué haces aquí, Isagi? —preguntó Rin, un poco molesto por la interrupción, aunque algo en su voz era menos duro de lo habitual.
— Quería… quería hablar contigo, Rin —respondió Isagi, su voz seria, pero con un leve temblor de inseguridad. Rin arqueó una ceja, aunque dejó las pesas a un lado, dispuesto a escuchar.
— ¿Sobre qué? ¿El partido de mañana? —inquirió Rin, cruzándose de brazos. Debería estar concentrado en su propio entrenamiento, no en charlas inútiles, pensó, aunque en el fondo, una parte de él ansiaba escuchar lo que Isagi tenía que decir.
Isagi asintió, aunque su mirada vacilaba entre los ojos de Rin y el suelo.
—Rin, quería preguntarte… ¿cómo te sientes al enfrentarte a tu hermano? Sé que es… difícil. Vi cómo te molestaste cuando lo mencionaron junto a Shidou, y pensé que tal vez... tal vez querrías hablar de eso.
Rin bufó, desviando la mirada.
— ¿Por qué tendría que decirte algo así? —replicó, tratando de sonar frío. Sin embargo, había algo en la preocupación genuina de Isagi que lo desarmaba, haciéndolo sentir más expuesto de lo que deseaba.
—No tienes que decirme nada si no quieres —continuó Isagi, con un tono suave, casi tímido—. Solo quería que supieras que… que aquí estoy, si alguna vez necesitas… no sé, hablar o lo que sea.
Hubo un breve silencio, y Rin se sorprendió de lo que sintió en ese instante. Su omega interior parecía aceptar aquella oferta silenciosa de compañía, como si Isagi pudiera ofrecerle un consuelo que él mismo no sabía que necesitaba. Sus ojos, usualmente fríos, se encontraron con los de Isagi en una mirada que fue más allá de las palabras. En aquel momento, sintió que Isagi comprendía su silencio mejor que cualquier otro.
Fue entonces cuando, sin que Rin se lo esperara, Isagi dio un paso adelante y, en un movimiento torpe y rápido, se inclinó hacia él, rozando apenas sus labios en un beso fugaz. Rin no tuvo tiempo de reaccionar, apenas fue consciente de lo que había ocurrido hasta que Isagi, con los ojos abiertos y expresión de sorpresa, retrocedió, llevándose una mano a la boca, claramente avergonzado.
—Yo… ¡Lo siento! No sé por qué hice eso, perdón, Rin, de verdad… —Isagi balbuceaba, su rostro enrojecido por la vergüenza y su voz quebrada en un tono de arrepentimiento que apenas podía esconder.
Rin se quedó congelado, procesando el momento, su corazón latiendo a un ritmo frenético. Su omega interior estaba en silencio, sorprendido tanto como él, pero de una manera que no podía interpretar. Miró a Isagi, que parecía a punto de salir corriendo, pero no dijo nada, solo se quedó allí, sin saber si lo que sentía era confusión, incomodidad o… algo más.
—Isagi… —comenzó Rin, sin encontrar las palabras, mientras Isagi ya se daba la vuelta, dispuesto a alejarse.
—De verdad, Rin, lo siento… fue una estupidez —repitió Isagi, sin atreverse a mirarlo. Luego, casi en un susurro, añadió—: Solo pensé… pensé que quizá también te sentías… pero fue un error.
Sin esperar una respuesta, Isagi se apresuró a salir de la sala, dejándolo solo en el silencio de aquel espacio que de repente parecía más vacío que nunca.
Rin se quedó allí, inmóvil, el eco de aquel beso aún presente en su piel y en su mente, sus pensamientos desordenados, sin entender realmente lo que acababa de pasar. No podía negar que algo en él se había sentido… ¿aceptado? ¿Querido? Pero, ¿cómo podía permitirse sentir algo así? Empuñó las pesas con fuerza, tratando de despejar su mente, aunque en el fondo, sabía que aquella noche no iba a olvidarse pronto.
Rin había pasado toda su vida tratando de ser alguien a quien Sae reconociera, alguien a quien su hermano mirara como un verdadero oponente, y no solo como su sombra. El haber tenido la oportunidad de enfrentarse a él en ese partido contra la Sub-20 había sido un momento que siempre imaginó, una batalla que definiría su valía frente a Sae. Y cuando, en un momento de gloria, logró superar a su hermano y arrebatarle el balón en esa última jugada, pensó que finalmente era él quien había llegado a la cima.
Pero en el último segundo, fue Isagi quien apareció. Isagi, con su mirada feroz y su instinto insaciable, había sido quien convirtió el gol de oro, el que le dio la victoria a Blue Lock y selló el destino del equipo.
El dolor de ser ignorado, de ser relegado una vez más, lo atravesaba como un puñal. Isagi, el mismo chico que alguna vez había considerado un insignificante don nadie, se había convertido en algo imposible de ignorar. Isagi no solo había sido quien llevó a Blue Lock a la victoria, sino que, para añadir sal a la herida, fue el único a quien Sae reconoció como el futuro del fútbol japonés, el delantero que podría cambiar el país.
No él. No Rin.
Mientras los aplausos y las felicitaciones se daban alrededor de Isagi, Rin se retiró en silencio, dejando que la amargura se mezclara con la humillación. Isagi Yoichi era su rival, se repetía en su mente. Isagi no era alguien con quien quería compartir nada más que la intención de destrozarlo, de superarlo, de demostrarle que él, Itoshi Rin, era el verdadero elegido para llevar el fútbol japonés a otro nivel. En aquel momento, el dolor se transformó en una determinación fría y corrosiva: enterraría a Isagi Yoichi, lo sepultaría en el campo, haría que el mundo lo viera a él, no a Isagi.
O al menos, eso pensó, hasta que llegó el anuncio de vacaciones.
Dos semanas libres, una oportunidad para escapar, aunque sea un poco, de esa presión incesante de Blue Lock. Rin regresó a casa y, sin mucha intención, comenzó a explorar las redes sociales. Fue allí, mientras se deslizaba entre noticias, comentarios y fotos del último partido, que sus ojos se posaron en una publicación que le hizo detenerse.
El mundo a su alrededor pareció detenerse, y por un segundo, el teléfono en sus manos tembló. ¿Isagi era un alfa? Aquella palabra resonaba en su mente con una mezcla de sorpresa y… algo que no quería reconocer como decepción. Un alfa. No un beta, no un omega como él. Rin se había sentido atraído de una manera inexplicable hacia Isagi, algo que había atribuido a la rivalidad, al deseo de superarlo en el campo, de aplastarlo y convertirse en el mejor.
Pero ahora, aquel impulso inexplicable que sentía por Isagi tomaba otro significado, uno que Rin no sabía si estaba listo para enfrentar.
La Liga Neo-Egoísta había sido un campo de entrenamiento y competencia constante, donde los instintos de supervivencia y de rivalidad se intensificaban a cada segundo. Rin, ahora en el equipo francés, mantenía la concentración en cada partido, en cada jugada. Sin embargo, no podía evitar que, de vez en cuando, su mente divagara hacia aquel instante en el que Isagi se le había acercado y le había robado un beso inesperado. El tiempo y la distancia no habían borrado ese recuerdo; al contrario, cada día parecía anclarlo más profundamente en su mente.
Saber que Isagi era un alfa había trastornado algo en él. Era frustrante, confuso, y sobre todo, doloroso en un rincón que Rin no quería admitir que existía. Se negaba a pensarlo demasiado, a analizar ese vacío extraño que le dejaba pensar en Isagi como algo más que un rival. Se dijo a sí mismo que estaba siendo ridículo. Isagi era su rival. Punto. Pero las emociones no obedecían tan fácilmente, y eso lo exasperaba.
Para empeorar las cosas, Shidou no había dejado de fastidiarlo desde el momento en que descubrió que compartían la misma designación. El hecho de que Shidou, Shidou , fuera un omega resultó una sorpresa para todos, y para Rin, aquello había sido casi un golpe a su propio orgullo. ¿Cómo podía compartir algo tan esencial con alguien tan… desquiciado? Y por si fuera poco, Charles, quien también resultó ser un omega, se había unido al comité de tortura que Shidou había improvisado para molestar a Rin sin descanso.
—¡Vamos, RinRin! —Shidou lo provocaba con su usual sonrisa burlona—. ¿No ves que los omegas tenemos que estar unidos? ¡Imagínate qué fortaleza de convivencia podríamos tener!
Rin se cruzaba de brazos, ignorando la invitación cada vez que Charles se acercaba con esa idea loca de formar una especie de “refugio omega” dentro del equipo. Para Rin no era más que una excusa para quedarse bajo montañas de mantas y hablar de cosas que no le interesaban. Además, no veía cómo Shidou podía ser alguien de confianza en ningún contexto. Siempre que lo miraba, sentía un impulso de alejarse; algo en él era incómodo, inquietante.
Karasu siempre observaba con una mezcla de diversión y exasperación, y aprovechaba cualquier oportunidad para hacer comentarios sarcásticos.
—¿No lo vas a admitir, Rin? —le decía, riéndose de sus intentos de esquivar a Shidou y Charles—. En el fondo sabes que te encantaría unirte a su fortaleza omega .
—Cierra la boca —gruñía Rin, deseando que la conversación terminara, mientras Zantetsu a un lado murmuraba incoherencias sobre disciplina y estrategias.
En ese caos, llegó el partido contra Bastard, el equipo de Isagi . Desde el primer segundo en el campo, Rin sintió cómo todos sus pensamientos volvían hacia Isagi. Era como si el peso de todo lo que había estado reprimiendo por semanas se condensara en un solo momento, en el instante en el que se encontraron nuevamente en el campo de juego, frente a frente. Rin podía sentir la intensidad de la mirada de Isagi, una que estaba llena de la misma determinación que vio en aquella jugada en la Segunda Selección.
El partido fue una guerra. El equipo con su emperador alemán , era tan fuerte y coordinado que, a pesar de los esfuerzos de Rin, el equipo francés terminó perdiendo. Al final, cuando el silbato sonó, todo se sentía como un torbellino de emociones encontradas, de pensamientos inconclusos. Shidou y Charles se lanzaron hacia él, uno gritando y otro quejándose, mientras su equipo procesaba la derrota. Rin, sin embargo, tenía la mente en otra parte.
No había hablado con Isagi desde aquel beso. Habían pasado meses, y había enterrado ese recuerdo bajo capas de orgullo, pero verlo allí, al otro lado de la cancha, era suficiente para desenterrar todo de nuevo. Como un eco persistente, el beso volvía a su mente, el roce breve, las palabras de disculpa de Isagi que apenas logró escuchar antes de que el otro chico se marchara.
Rin sintió una mezcla de ira y frustración. Tenía tantas preguntas y tan pocas respuestas. ¿Por qué había pasado eso? ¿Por qué Isagi había hecho algo así, solo para luego alejarse sin decir una palabra?
Y, sobre todo, ¿por qué le importaba tanto?
2021
Se siente vacío.
Cuando finalmente termina, Isagi lo mira, sorprendido por las lágrimas que corren por su rostro. Hay una pregunta muda en sus ojos, pero Rin no le da una respuesta. Solo desvía la mirada, permitiendo que las sombras de sus pensamientos lo abracen, preguntándose si alguna vez será más que eso, más que un instante perdido en la memoria de Isagi Yoichi.
—Ah… ¿fui muy duro? —Isagi es el primero en romper el silencio después de un largo rato, sus palabras casi un susurro mientras ambos permanecen mirándose en un silencio denso—. Lo siento, creo que me emocioné demasiado.
—Mmm… —Rin baja la mirada, enfocándose en el rastro que los une, y sus mejillas se tiñen de rojo cuando se da cuenta de que los rastros ya empiezan a secarse sobre su piel.
—¿Quieres que traiga toallas? ¿O prefieres la ducha directamente? —pregunta Isagi, sus dedos masajeando suavemente el muslo de Rin, notando el leve temblor en su piel.
Rin siente su rostro arder, y no por la intimidad del momento, sino por la vergüenza que le causa admitir que esa fue, de hecho, su primera vez. Y no con cualquier persona, sino con Isagi Yoichi.
—La ducha... está bien… —murmura apenas, sin atreverse a levantar la vista.
Isagi se retira de encima suyo, y Rin no puede evitar dejar escapar un pequeño gemido cuando lo siente salir. Isagi se ríe suavemente, y luego se levanta para abrir la puerta del baño y encender la luz, dejando que el sonido de la bañera llenara el espacio en la habitación.
—Ven —dice al regresar junto a la cama, inclinándose para sostener a Rin por la espalda y las piernas—. Vamos a limpiarnos.
Tal vez Isagi lo sostiene con facilidad porque ha ganado más masa muscular estos dos últimos años, mientras que Rin sigue delgado, o tal vez porque Isagi es un alfa y él, un omega. Sin embargo, Rin se permite descansar en esos brazos que lo llevan a la ducha, con una intimidad que no recuerda haber compartido con nadie más.
El agua tibia cae, llevándose consigo no solo los rastros de su piel, sino también las marcas secas de lágrimas que ni siquiera había notado. Isagi no parece esperar que Rin hable. En cambio, se concentra en enjuagarlo con movimientos suaves y pacientes. Sus dedos recorren cada rincón, limpiando su piel con cuidado, sus manos firmes deslizándose por su interior, frotando sus muslos con agua y jabón, acariciando su cuello y su cabello, hasta que Rin se encuentra relajado, dejándose guiar por el ritmo de las caricias, emitiendo pequeños sonidos de satisfacción.
—Pareces un gatito —se ríe Isagi con ternura cuando Rin cierra los ojos por cuarta vez mientras lo limpia—. Qué lindo eres, Rin.
Rin.
Su nombre, pronunciado con tanta calidez, resuena en sus oídos.
No Bachira.
No otro nombre, solo él. Y eso lo hace dudar, lo hace preguntarse si quizá lo que escuchó antes no fue más que una jugarreta de su mente. Tal vez había estado tan inmerso en sus propios temores que imaginó el nombre que menos quería escuchar. Quizá, solo quizá, Isagi no lo confundió con el amor de su vida.
Es entonces cuando Rin se da cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, su interior está en silencio. Su omega, ese instinto profundo que siempre irradiaba cada emoción con fuerza, parece calmarse, emitiendo una paz tenue pero tangible.
—Bueno, ya está —Isagi interrumpe su pensamiento después de lo que parece una eternidad, sus manos deslizándose por el último rincón de su piel—. ¿Puedes levantarte o quieres que te lleve de vuelta?
—Tráeme ropa limpia —dice Rin al incorporarse, mirándolo con determinación, aunque siente que su voz tiembla un poco—. Y cambia las sábanas, no pienso dormir en ese desastre.
—Está bien, está bien —Isagi sonríe mientras sale de la bañera, agarrando una toalla y envolviéndosela alrededor de la cintura—. ¿Y me prestarías algo de ropa también? La mía no está en condiciones tampoco —Rin asiente, tratando de no mirarlo directamente—. Vuelvo en un segundo.
Isagi sale, y Rin lo observa marcharse, viendo cómo desaparece por la puerta de la habitación. Apenas un instante después, vuelve, con una pequeña pila de ropa limpia que deja frente a la bañera. Es entonces cuando Rin se permite respirar hondo, sintiendo un peso ligero sobre su pecho, una mezcla de confusión y satisfacción, mientras se dispone a prepararse para esa noche, quizá la primera de muchas, con él.
No hablan de ello.
No discuten lo que significa para su futuro, ni si hay siquiera un futuro para ellos. Rin no pregunta nada. No se atreve a abrir la boca, ni cuando las dudas y los miedos lo consumen por dentro.
No le pregunta a Isagi si está realmente en una relación con Bachira.
No le pregunta si eso implica que él está en una relación con Isagi.
Su propia cobardía, un miedo desconocido que lo toma por sorpresa cada vez, lo mantiene callado. Porque, en el fondo, teme la respuesta. Teme que un no significa nada lo destroce. Así que elige quedarse en la sombra, en el silencio cómodo de quien acepta menos de lo que merece por miedo a perderlo todo.
Y mientras tanto, sigue observando desde la distancia. Ve las publicaciones de Isagi y Bachira, las fotos donde están juntos, siempre con esa complicidad que hace que el pecho de Rin se contraiga. Ve cómo la gente comenta, cómo sus amigos les llaman la pareja ideal , el dúo inseparable , cómo todos parecen asumir que ellos dos están hechos el uno para el otro. Cada vez que Isagi y Bachira son el tema de conversación, cada broma que insinúa lo obvio, algo en Rin se rompe un poco más.
Y en esos momentos, se pregunta: ¿Estuvo bien conformarse con tan poco? ¿Realmente tan poco amor tiene por sí mismo?
Esa pregunta lo atormenta durante el primer año. Un año entero de encuentros furtivos con Isagi. Un año de secretos guardados entre paredes de hoteles en Alemania, en París, en Japón. Rin recuerda cada hotel, cada cama diferente, y cada vez que los dos se dejaron llevar, olvidándose del mundo exterior. Esos momentos eran solo de ellos, pero también eran fugaces, efímeros, escondidos en la penumbra. Y cuanto más se encuentra atrapado en ese ciclo, más se da cuenta de lo vacío que se siente.
Para el segundo año, la duda se vuelve una sombra persistente que lo sigue a donde vaya. No puede evitar preguntarse: ¿Por qué no puedo detener esto?
Es un pensamiento que lo atormenta cuando, en una reunión de todo el equipo japonés, ve cómo Isagi y Bachira se toman de la mano frente a todos. Observa cómo Bachira lo mira con devoción y cómo Isagi sonríe, como si el mundo no existiera más allá de esos ojos dorados. La declaración es clara: están juntos, de verdad, y lo están oficialmente. Rin mira desde un rincón, con el pecho apretado y el estómago revuelto, sintiendo un resentimiento hacia sí mismo por no haberlo visto venir, por haber dejado que las cosas llegaran tan lejos.
Y aún así, después de esa noche, no puede detenerse. A pesar de ver cómo Isagi y Bachira se acercan cada vez más, cómo su relación se vuelve pública y conocida, Rin sigue encontrándose con Isagi. Sigue yendo a esos encuentros en habitaciones de hotel, sigue dejándose llevar por los besos de Isagi, por la forma en que sus manos lo recorren y susurra su nombre. Cada vez que está en sus brazos, siente que podría romperse, pero también que no podría estar en ningún otro lugar.
Después del tercer año, Rin empieza a sentir que su cuerpo le pasa factura. Han sido semanas enteras en las que siente náuseas, mareos, una fatiga que nunca había experimentado. Al principio lo atribuye al estrés, a las largas horas de entrenamiento, a la constante presión que su carrera como futbolista le exige. Pero cuando los síntomas persisten, cuando el cansancio y las náuseas se vuelven imposibles de ignorar, comienza a temer lo peor.
Se pasa noches enteras en vela, mirándose al espejo, sintiendo un pánico que no se atreve a poner en palabras. No sabe a quién acudir, no tiene a nadie a quién acudir, y está demasiado avergonzado para compartir su preocupación con Isagi. Hasta que, una tarde, tomando todo el valor que le queda, decide enfrentarse a la posibilidad. Se hace la prueba.
Cuando el resultado aparece frente a sus ojos, siente cómo el mundo se desmorona. El peso de tres años de encuentros clandestinos, de noches en silencio, de aceptar migajas de cariño, se desploma sobre él como un alud.
Está embarazado.
Rin no recuerda cuánto tiempo ha pasado desde que se quedó parado en medio del baño, inmóvil, mirando el test de embarazo en sus manos. Podrían haber sido minutos, horas… o apenas unos segundos. Pero el tiempo no tiene sentido en este momento, porque cada segundo se siente eterno, y su mente no puede entender las dos líneas que se ven tan claras, tan irrevocables en esa pequeña pantalla.
Un estremecimiento recorre su espalda, y respira hondo, aunque el aire parece negarse a llenar sus pulmones. Intenta no dejar que el temblor en sus manos le impida pensar, pero cada pensamiento es un choque directo con una realidad imposible. Al final, suspira bruscamente y se apresura a tomar un rollo de papel higiénico, envolviendo el test con cuidado, asegurándose de que no se asome ni un milímetro. Lo tira en la basura y se queda mirando la papelera como si aún no pudiera desprenderse de la evidencia de ese resultado.
No hay nadie en su apartamento en París. Nadie vendrá, no tiene visitas. Pero se asegura, una vez más, de que el papel esté bien envuelto, como si temiera que esa pequeña máquina reveladora pudiera traicionarlo en cualquier momento.
Parpadea, y de alguna forma, sin recordar cómo, se encuentra tirado en el piso del pasillo, con la espalda apoyada contra la pared, las piernas dobladas bajo su cuerpo, y su mano sobre su pecho. Su respiración es entrecortada, y el techo blanco parece una presencia que lo observa en silencio.
Positivo.
Las palabras flotan en su mente, como si su significado fuera ajeno. Es tan ajeno que casi le parece irreal, como si alguien más fuera quien estuviera pasando por esto. Alguien más… pero no él.
No sabe cuánto tiempo permanece así, respirando cada vez más rápido, el pecho subiendo y bajando en un ritmo acelerado y doloroso. La sensación se va haciendo más opresiva, como si estuviera siendo aplastado desde dentro. Finalmente, con un movimiento impulsivo, se levanta de un salto, sin detenerse siquiera cuando un mareo se apodera de él. Su cabeza palpita, pero no se permite sentir nada más que urgencia, la necesidad de confirmar, de tener una certeza que pueda sostener en medio de su caos mental.
Sus dedos buscan el teléfono, temblorosos pero decididos, mientras abre la página web de un hospital cercano. Busca rápidamente, repasando con la mirada opciones que apenas lee, hasta que encuentra una prueba de embarazo de calidad médica, la más precisa y cara que pueda encontrar.
No puede arriesgarse a ir a un hospital, no puede dejar su nombre en ningún historial ni permitir que nadie lo vea o comente. Y, desde luego, no se dejará convencer solo por la prueba barata que compró en una farmacia de esquina. Necesita una confirmación irrefutable.
Al final, cuando la compra está hecha, el vacío en su mente comienza a llenarse nuevamente, aunque con un peso sofocante. A ciegas, vuelve al pequeño salón de su departamento, tirándose en el sofá sin preocuparse por encontrar una posición cómoda, simplemente dejando que su cuerpo caiga sobre los cojines. Intenta dormir, porque sabe que pensar en ello solo empeorará las cosas. Pero incluso cerrar los ojos se siente como una condena, y cada segundo se vuelve un pulso de ansiedad que recorre su cuerpo.
¿Qué va a hacer si es cierto? ¿Qué se supone que haga?
Unas horas después, se da cuenta de que su omega ha estado completamente callado, inmóvil dentro de él. No hay ese susurro cálido que suele consolarlo en otras situaciones, esa pequeña presencia que intenta darle algo de paz. Su omega también está en shock. Lo siente, como un eco lejano que se aleja de su mente.
Su omega sabe que está embarazado.
Sabe que, de alguna forma, todo esto tiene que ver con Isagi Yoichi.
Esa ausencia, ese silencio, ese vacío que se siente en su pecho y su vientre, es diferente a todo lo que ha experimentado antes. Es un silencio que se adentra profundamente en él, que parece gritar en su mente, y que en el fondo sabe que es una respuesta de resignación. Porque, desde esa vez en la que lo llamó por otro nombre, su omega siempre se ha callado cuando se trata de Isagi. Y eso lo hace sentir un dolor que no puede explicar, una mezcla de tristeza y resentimiento que apenas logra contener.
Rin se lleva una mano al pecho, presionando con fuerza como si pudiera aplacar el dolor. Pero no hay consuelo, no hay paz. Está solo, completamente solo en este apartamento vacío, en esta ciudad que ni siquiera siente como su hogar.
Y en algún lugar de su mente, se pregunta si acaso merece esto. Si todo este tiempo ha estado aferrándose a una ilusión, a una mentira en la que él mismo decidió creer.
