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Español
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2024-11-13
Words:
4,302
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La apuesta infinita

Summary:

Suna y Atsumu, amigos desde el instituto, se han entretenido haciendo apuestas sobre quién puede rechazar de forma más devastadora a las chicas que se les declaran. Suna, siempre sarcástico y distante, nunca se ha tomado el amor en serio, hasta que, años después, el destino lo pone en una situación bastante común: enamorarse, solo para ser educadamente rechazado. Herido en su orgullo, Suna le cuenta su desventura a Osamu, su mejor amigo, mientras Atsumu, fiel a su naturaleza, se burla de la situación con su habitual desparpajo. Lo que les lleva finalmente a una nueva apuesta.

Notes:

A mí me gusta Suna Rintatro y amo a Miya Atsumu. Me rio de ellos por amor puro y casto.
Esta idea surge de que una chica en tumblr dijo que el único que rechazaría mal seria Suna. Yo digo que Atsumu, Kenma, Sakusa, Komi y Semi tambien. Eso si, jamás me declararía a Tsukushima, ese si tiene pinta de devastador, no te dice que no, te rompe.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

No tengas miedo del mundo,

de la vida o de la muerte,

ten miedo de amar.

 

Es un juego en que se pierde siempre,

un juego triste y solitario

que se juega entre sombras,

donde uno siempre pierde

lo mejor que tiene,

y el amor, ese amor tan grande,

no pasa de ser nada.

 

Mario Quintana- El miedo 

 


 

 

La primera vez que Suna Rintaro había rechazado los sentimientos de una persona fue en parvulario. Sentado en el arenero, solo y dispuesto a construir el castillo de arena más impresionante de aquel patio,  una niña de la clase de las jirafas se le acercó.

Él la miró a duras penas, ignorándola completamente. Era un orgulloso alumno de la clase de los pingüinos y la competencia estaba integrada en aquella guardería.

 

— Rintaro — pronunció su nombre. Ni siquiera se acordaba de cómo se llamaba ella, con su cortina de pelo negro largo cayéndole sobre la cara, llevaba una flor arrancada del parterre de la entrada, que le entregó ante su mirada seria — Me gustas.

Sin molestarse a contestar una sola palabra, tan solo con un “ah”, aquel Suna de apenas cinco años se giró ignorándola por completo, en pos de acabar su proyecto.  Y era en aquel momento, millones de años más tarde cuando la imagen de aquel brazo extendido con un aquella flor se le repetía en la cabeza. 

Un Suna adulto, un hombre hecho y derecho, respiraba hondo diciéndose a sí mismo “Es fácil, puedes hacerlo”. Era tan sencillo como dejar de pensarlo tanto, igual que aquel “Ah” a aquella niña del parvulario.

Levantó la vista y vio a Fukunaga sentado relajadamente en aquel banco. Se sentó a su lado tras saludarle. Llevaban meses viéndose. Él era Suna Rintario, el que en el instituto había cortado cabezas emocionales sin pestañear desde el primer curso. En el último ya no se le declaraban tantas chicas…

— Shohei, oye… — empezó a decir Suna intentando no darle más vueltas de lo necesario. Pero claro si él era el rey del sobrepensamiento. Hablar de aquello, vaya chusta pero si no lo soltaba…— Ya le voy dando vueltas a un asunto y…

Fukunaga le miró con curiosidad. Solian quedar para comentar cuatro cosas, pasar el rato ¿Qué debía estar pensando? “Fukunaga es la clase de tipo que probablemente no piensa en nada. Así de poderoso es su superpoder.” Se dijo a si mismo Rintaro. “Ojalá ser él y que la voz de mi cabeza falleciera”.

Suna tomó aire, no había que darle tantos rodeos. Lo había masticado bastante, casi parecía un chicle.

—Me gustas, tío — dijo al fin sin darle ni una vuelta más. Se sentía como el programa de centrifugado. Solo que en vez de durar quince minutos él llevaba más de mil cuatrocientos cuarenta—. De románticamente, ya sabes…

“Ya está, lerdo, lo has dicho. No te mueres ni nada”.

Los segundos parecieron estirarse como aquel chicle mental, que era el cerebro de Suna Rintaro. Se sentía tan patético, que no era capaz de discernir la expresión de Fukunaga. Bueno, no era ninguna, nunca expresaba apenas nada. Como él, que por suerte podía disimular la cara de anormal que sentía que se le pondría si no interpretaba ser alguien tan despreocupado de la vida. En realidad lo era, no se mentía. Pero en aquel instante no lo era…

—Oh —dijo Fukunaga, inclinando un poco la cabeza—. Interesante.

“Gracias Fukunaga, soy un documental de física cuántica”. Suna ya sabía que se le daba mal la comunicación, se esforzaba pero ahí iba. Bueno y quizá Shohei le gustaba porque parecía parecido a él. No lo sabía. “No te mueres ni nada” se repitió.

— Ya, supongo que eso es todo — dijo Rintaro, intentando mantener su voz neutra. Como si ser un documental no le pareciera lo más cool del planeta, irónicamente “Pero ¿Qué esperabas?”.

Fukunaga, en su infinita calma, lo miró directamente a los ojos.

— Me siento alagado, de verdad — dijo con su cara inexpresiva. Sus ojos abiertos, como dos faroles de forma anormal indicaron a Suna lo incomodo que estaba. “Pero como aguanta el tipo, es un tío guay, que me va a matar con la elegancia de un espía británico” —. Ahora mismo tengo una relación monógama, con Kenma, de hecho.

Un ruido imaginario en la cabeza de Rintario, como un hueso roto, pero en realidad era su ego.

 

—Genial, no lo sabía — “Sino de qué iba a estar aquí haciendo el inútil”. Mantuvo su cara inexpresiva. Para una vez que enfrentaba sus emociones y ahí estaba, cagándola a lo grande.

Fukunaga sonrió amablemente. Era el mismo gesto amable que usaría para consolar a alguien que ha perdido el autobús.  

—Lo siento si eso te causa algún problema. No quería incomodarte —añadió Fukunaga con suavidad.

—Nah, que va — improvisar era lo suyo, no tenía que agobiarse tanto—. Solo quería que lo supieras, es que es más fácil soltarlo si lo he dicho, ya sabes.

Suna quería reírse de él mismo, jugando a ser un tío asertivo en las emociones. El Oscar al mejor actor. No quería saltar desde un onceavo, ni mucho menos.

—Guay, ¿vamos a tomar algo? — comentó Shohei como si para él todo fuera algo que había pasado hacía décadas.

—No, creo que… Bueno, que me voy — Suna se levantó del banco, recordándose que aún tenía algo de dignidad en algún bolsillo.

“Te lo mereces, te lo mereces, te lo mereces”. Se repetía en su cabeza, recordando el brazo extendido de aquella chica con una flor en la mano. Y si solo hubiera sido aquella niña, bueno, podría exculparse claro. Pero no, si alguien tenía una lista de crímenes contra enamoradas era él. Aunque todo podía explicarse, y tampoco era el único.

La competición de rechazos, titulada así por Atsumu, empezó el mismo año en el que se conocieron. Todo empezó un día más de aquel mayo en el que se habían conocido. Caminaban por los pasillos de primero de la academia Inarizaki como si fueran lo más. Atsumu de hecho seguramente creía que era el centro del universo, lo hacía siempre y quién le iba a culpar.

A aquel Suna Rintaro de quince años solo le apetecía pasar inadvertido, que le dejaran en paz. Era algo fácil de conseguir al lado de Osamu, pero al lado de Atsumu el asunto chirriaba. Con las manos en los bolsillos y escuchando a medias, su mente divagaba entre la molesta sensación térmica y lo molesta que era su compañera de pupitre. Meticulosa y ordenada, parecía ser capaz de no dejar vivir a nadie.

—Tío, te has fijado —Atsumu señaló con la barbilla hacia adelante, hacia un grupo de chicas que los observaban desde la distancia, riendo y cuchicheando entre ellas—. A ti o a mí, pero nos llega una carta de amor de esas fijo.

Suna suspiró. Él no estaba interesado en cazar en el instituto, luego todo el mundo lo cuchicheaba y era muy pesado.

— A lo mejor se están riendo de tu cara — se mofó Suna, desde luego que si ellas no, él sí.

—Ja, lo dudo— contestó Atsumu con seguridad y se apoyó contra el cristal de la ventana mirando a aquellas chichas de refilón —. Tú ¿Nunca piensas en cuantas se te van a declarar?

Rintaro se encogió de hombros. Siendo sincero, no estaba interesado ¿Le gustaban las tías o los tíos? Aún no lo sabía. La vida iba sobre la marcha, no se planificaba.

—Da igual. — Atsumu le miró de reojo y le sonrió con aquella sonrisa tan característica de él. Aquel brillo en los ojos, era que había pensado en algo. Todo él era sinónimo de problemas —. Que sea un juego más interesante, ¿Quieres apostar?

Suna le miró con curiosidad. Le hubiera gustado decir que no era competitivo, pero por favor, sí lo era. No era cosa de ganar a todas todas, pero era divertido.

—Es sencillo: el que pueda rechazar de forma más devastadora a cada chica que se le declare... gana. — empezó a explicar Atsumu. Con las manos en los bolsillos de la chaqueta de deporte las levantó y matizó —. La idea es que sea tan duro, que el día de su boda se tenga que decir a sí misma “ Suna Rintaro, mira, me estoy casado”.

Suna hizo una pedorreta apoyándose contra el cristal y mirando a las chicas de refilón.

— ¿Tanto necesitas ser mejor que yo en algo? — Le parecía ridículo hacer aquello, aunque debía admitir que tenía su punto.

Atsumu le devolvió la mirada con aquel cinismo que le caracterizaba.

—Vamos, no seas aburrido ¿No te molesta que revoleteen a tu alrededor como si supieran algo de ti? Y vengan con sus sentimientos basados en qué ¿En qué rematas de puta madre? — Le dio una palmada en la espalda a Suna para convencerlo —. ¿Por qué no hacerles entender de una vez que no somos solo niños guapos?

Rintaro entendía que para Atsumu todo era un desafío, quería ganarle en todo claro. Pero aquello se le hacía cruel… Aunque claro, tenía que admitir que al menos rechazaba a una pava por semana. Y sí, era cansado que solo porque destacara en el deporte se creyeran que sabían quién era.

—Supongamos que acepto ¿Qué pasa si empatamos? — preguntó Suna con curiosidad. Porque asumía, después de dos meses de escuela y considerando que venía de otra prefectura que iba a seguir llamando la atención de las chicas.

—Sobre la marcha tío — se encogió de hombros Atsumu.

— ¿Y el premio?

— ¿Algo mejor que la cara de las chavalas? — Atsumu interpretó una cara bobalicona a punto de llorar.

Una chica de aquel grupo se acercó a ellos en aquel momento. Sostenía un sobre en la mano y se les quedó mirando.

—Venga, me parece que empiezas tú — Asintió Suna mirando a aquella chica de refilón. Se apartó un poco dejándole espacio. Realmente, tampoco era que él supiera cómo rechazar los sentimientos de nadie de forma adecuada, para qué se iba a mentir.

Parecía estar nerviosa, su mirada apenas se centraba. Sus mejillas estaban rojas y enseguida adelantó el sobre hacía Atsumu.

—Miya-kun… verás yo… — la chica parecía tan nerviosa como si fuera a colapsar —. Me gustas, espero que puedas aceptar mis sentimientos yo…

—Que mona — soltó Atsumu volviendo a poner aquella cara cínica. Tomó la carta entre las manos y la miró con suficiencia antes de proceder a romperla sin prestar atención —. Que lastima que yo esté muy por encima de tus posibilidades.

Varios pasos por detrás, Suna pensaba en lo innecesario de aquella teatralidad. La chica parpadeó varias veces, tratando de procesar el golpe, y sin decir una palabra más, se dio la vuelta y se fue, claramente dolida.

Atsumu se acercó a él y soltó un resoplido.

—Es súper fácil.

Suna suspiró. Facilismo, ser el malvado de la película Disney.

El turno de Suna no tardó en aparecer una de aquellas tardes. Una chica que apenas conocía, habían hablado apenas en clase ¿de química? Ni siquiera se acordaba. Se avanzó hacia su lado, mientras él caminaba hacía el gimnasio.

La observó colocarse el pelo detrás de la oreja y sonreír. En verdad era bonita, pero es que no estaba interesado.

—Suna-kun, hace ya tiempo que me gustas y ¿Querías salir conmigo? — dijo aquello con soltura, sin sonar empalagosa. Casi tenía puntos, pero no.

Él la observó por unos segundos. Debía admitir algo, tenías que ser valiente para declararte. Pero no estaba para tonterías, tenía que ser claro, devastador y directo. No necesitaba florituras como Atsumu.

—No me interesa — dijo con su tono neutro —. No sé qué te ha hecho pensar lo contrario.

 

La observó unos segundos más. Esperaba que nadie los hubiera visto, se sentía mal pero tampoco sabía qué otra cosa podía haber hecho. Había sido muy crudo, lo asumía. La cara de aquella chica se le quedó graba en la retina toda la tarde. Por suerte, su memoria a corto plazo no duraba mucho más.

Los rumores de que era un cuerpo sin alma no tardaron en correrse por el instituto. Atsumu era más desagradable con toda probabilidad. Pero él era el más frio de los dos. Les hubiera gustado contradecirles, pero se sentía de aquel modo. Un pelín culpable, pero en el fondo le daba lo mismo lo que aquellas chicas sintieran. Ni siquiera le conocían de verdad.

El Suna adulto llamó al interfono del tercer piso, puerta tres en el número tres. Era donde vivía Osamu, que le abrió de inmediato a pesar de que no le había avisado que iba. Pero no le sorprendía que apareciera sin más, era más habitual de lo que parecía.

Suna entró sin mirar apenas al Miya y se dejó caer en el sofá boca abajo sin mediar palabra. Con Osamu estaba bien no decir nada, no era de los que se incomodaban con el silencio.

Osamu se sentó en el sofá levantándole las piernas y poniéndolas sobre las suyas con indiferencia.

— ¿Qué te pasa? — preguntó el gemelo al ver que el otro no abría la boca.

Rintaro giró sobre él mismo, no sin darle alguna patada a Osamu. Su cara inexpresiva era la misma de siempre. Pero Osamu sabía ver aquella tensión en su mandíbula tan leve. La palabra frustración no le llegaba ni a la suela de los zapatos para expresar en texto cómo se sentía.

—A ver, no es el gran drama, después de todo me lo merezco — razonó Suna en voz alta antes de soltarlo. Su tono era como el que recitaba las tablas de multiplicar —. Me ha rechazado.

— ¿Fukunaga? —Osamu ya lo daba por hecho, pero preguntó igualmente.

 

Suna arqueó las cejas dando a entender que era evidente.

—¿Qué te dijo?

—Que sale con otro pavo, y nada importante la verdad — Rintaro se tapó la cara con el cojín por unos segundos—. Muy educado, la verdad, sublime.

Se quedaron en silencio durante un rato, sin decir nada. Era fácil. Suna se sentía acompañado en su drama interno al que ni siquiera quería prestar atención. Le había rechazado ¿no? Pues una lloradita y a lo siguiente, que la vida era corta.

—Lo cierto es que no es sorprendente — dijo él pensándolo fríamente. Realmente aunque tenía un sinfín de cosas en común el simple hecho de que le hubiera dejado con tanta elegancia demostraba que no tenían que ver—. Él gestiona bien las emociones, ¿sabes? Yo en eso, ya sabes…

Osamu se encogió de hombros. Sabía que Suna no estaba buscando consuelo. Solo necesitaba sacar lo que tenía dentro. Sus pensamientos desordenados tenían que salir antes de que se amontonaran y generaran caos. Siempre le divertía que lo hiciera con aquel tono exagerado de indiferencia, como si no le importase. Aunque él sabía que sí, que debía dolerle mucho. Rara vez se permitía sentir nada, mucho menos darse el tiempo de comprender por qué sentía aquello.

—Supongo que esto me lo merezco. —Suspiró—. Rechazar gente es fácil, ya sabes. Soy un genio haciéndolo. Pero cuando te lo hacen a ti...

Dejó la frase en el aire, dándole vueltas en su cabeza.

—Un genio malvado si me permites matizar — puntualizó Osamu riéndose y notando como Suna le empujaba vagamente. Tenía razón después de todo.

En aquel momento una risa llegó desde el pasillo. Suna ni siquiera se movió para ver quién era, ya lo sabía.

 

—Ósea ¿Qué te han rechazado, Sunarin? — dijo Atsumu antes de recibir un cojín sobre la cara, cortesía de Rintaro.

—Vete a la calle, lerdo — se quejó Suna.

—Es el karma, perra — puntualizó Atsumu acercándose a su hermano y sentándose sobre el respaldo del sofá.

Suna ni siquiera respondió. En su cabeza se repetía lo mismo que estaba diciendo Atsumu y antes se moría que aguantarle pensando que le daba la razón en algo.

— Además que te diga que tiene novio es como “Tengo a alguien mejor que tú” — continuaba parloteando Atsumu —. Tiene que ser duro eh.

Pero entonces, sin abrir los ojos, Suna habló, su tono plano y directo:

—Sakusa te tiene bloqueado en todas las redes sociales, Atsumu.

Sabía que aquello le iba a doler, pero era aquello o no se iba a callar nunca. Así que por sorprendente que pareciera, lo soltó sin más.

Atsumu se calló de golpe, como si todas las frases ingeniosas del mundo se hubieran agotado. Osamu suspiró, cruzando los dedos de que fuera un día de los buenos para su hermano. Suna tan solo disfrutó de aquel silencio.

—Eso... —empezó Atsumu, tartamudeando un poco. Era un día bueno y no había entrado en cólera—. Eso fue un malentendido, que Sakusa y yo arreglaremos en algún momento.

—Estoy seguro de eso — Suna intentó no mostrar demasiada ironía en su tono. Ya se había llevado su premio, no necesitaba más. Aunque era consciente que de ser al revés Atsumu se cebaría…

Se quedaron en silencio un momento. Finalmente, Suna suspiró y dejó caer la cabeza hacia atrás, mirando el techo de nuevo.

—Todo esto es patético —murmuró.

 

Osamu se rió para sí mismo, pensando en que él tenía una bonita relación con Komori. Era una relación tranquila,fluida de la paciencia y sin declaraciones de amor exageradas. Aunque sabía que Motoya era de los que fantaseaba con pedidas de mano y esas cosas que él haría cuando tocase, de la manera que tocase y sin exagerar en exceso.

—Las emociones son complejas, tío — aseguró Osamu cogiendo una revista de cocina y empezándola a hojear.

El último año de instituto, una de aquellas tardes aburridas en el club de vóley tras regresar de los nacionales. Estirados haciendo el vago sobre las colchonetas, Atsumu lanzaba la pelota al aire repetidas veces sin parar de parlotear. Osamu estaba tirado de lado, con un brazo debajo de su cabeza, relajado como siempre. Ginjima le miraba confundido, mientras Suna miraba el techo con indiferencia.

— Si no fuera porque voy a ser jugador profesional, yo creo que podría ser actor de cine —Continuaba hablando Atsumu—. Mi cara lo vale, aunque me molaría más dirigirlas…

—Si fueran pelis mudas tendrías una oportunidad— Osamu puso los ojos en blanco —. Por no escucharte…

Ginjima empezó a reírse.

—Que graciositos, los celosos…

Suna se incorporó un poco y le miró.

— ¿De qué? —Preguntó Suna con cierto tono irónico y mostrando una sonrisa ladeada— ¿De qué siempre tienes algo insulso que contar? A mí es algo que me fascina.

Atsumu dejó la pelota y miró a Rintaro con una sonrisa fugaz.

—Ahora tengo que decir algo serio — La expresión de Atsumu se intensificó, bajó levemente los parpados y suspiró —. Es importante.

 

Ginjima fue el primero en incorporarse a observar la situación, aunque el tono de Atsumu también hizo que Osamu le mirara. Suna se dejó caer sobre la colchoneta de nuevo ignorándole, pero mirándole de rojo.

—Vamos, rey del drama, cuéntanos — insistió Rintaro.

El gemelo rubio se sentó junto a Suna, mirándole desde arriba. Controlaba su cuerpo hasta el último milímetro.

—Rintaro… yo… — moduló su voz, dejando ir un suspiro y pausando dramáticamente su discurso —. Te amo.

Ginjima arqueó las cejas confundido, no sabía discernir si Atsumu estaba siendo sincero o no. Osamu se dejó caer sobre la colchoneta con indiferencia pensado que eran idiotas. Sabía que su hermano estaba exagerando y actuando, no le sorprendía. Había dicho que podía ser actor y estaba tratando de convencerles con aquella interpretación barata.

Rintaro ni se movió. Le miró fijamente, manteniendo su expresión. Se incorporó levemente y extendió la mano, acariciando la mejilla de Atsumu como si fuera a besarle. 

—Si te quisiera o algo te besaría — dijo antes de volver a dejarse caer sobre la colchoneta —. Pero con esa cara de mono, antes beso a Osamu.

­— ¡OHHHHhhh! — soltó Ginjima sin poderlo evitar y empezó a reírse.

—Yo sí que te amo Suna Rintatro — empezó a reírse también Osamu. No se había esperado aquello. Había sido épico —. Directo, devastador y al grano. Creo que ese ha sido tu mejor rechazo hasta ahora.

En aquel momento Atsumu empezó a reírse también, como si él hubiera hecho la mejor broma. Los tres le miraron sorprendidos, estaba claro que estaba sobreactuando, porque siempre se tomaba a mal aquellas situaciones.

—¡Joder Suna! — gritó Atsumu entre risas—. ¡Has sido genial!

 

—Ha sido brillante — le apoyó Gin —. Yo creo que es el mejor rechazo que he oído nunca.

Osamu asintió.

—Joder, no me voy a olvidar de esto en un buen rato— repitióm Atsumu recostándose sobre la colchoneta —. Gin tiene razón, creo que has ganado la apuesta de los rechazos…

Su hermano se levantó y lo miro.

—Tsumu ¿Sigues actuando? — preguntó sorprendido. No solo se había reído de la broma de Suna, si no que ¿le estaba dando la razón a Ginjima?

Los gemelos se miraron, con esas miradas como si se leyeran la mente.

—Algo así Samu — dijo Atsumu arrugando la nariz y con trono indiferente.

De vuelta al presente, el Suna adulto continuaba recostado en el sofá de los Miya. Osamu estaba en la cocina, revisando su lista de la compra cuando vio de refilón volver a Atsumu al comedor.

— ¿Qué pasa? ¿Ya estás planeando tu próximo gran fracaso? —se burló Atsumu, con una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos. Estaba de pie frente a él y le insistió en que se moviera para sentarse a su lado.

Suna se sentó en el sofá y miró al gemelo rubio.

— Oye tío, tú y yo somos expertos en dar calabazas a la gente ¿no? — mencionó Rintaro. El gemelo asintió—. Y sí... ¿Hacemos una nueva apuesta?

Atsumu, a pesar de todo, no pudo evitar interesarse. Apuestas, desafíos, competencias,  eran su lenguaje del amor.

— ¿Qué tipo de apuesta? — mencionó fingiendo desinterés.

—El primero que consiga que alguien no lo rechace... gana.

Los dos se miraron antes de chocar los dedos. En ese caso, no se discutía que se ganaba: El privilegio de ver perder al otro era suficiente.

En aquel momento Atsumu miró de reojo a Suna.

—Tengo que admitirte una cosa — dijo mirando a la puerta de la cocina y bajando un poco la voz. No era que su hermano no supiera lo que iba a decirle, después de todo, Samu había sido siempre su confidente. Porque se podía confiar en Osamu —. La apuesta del instituto… La hice porque me gustabas, era como para que no salieras con nadie, y aquella declaración no fue una broma.

Rintaro le miró sorprendido, apenas arqueando las cejas un poco ¿Cómo no se había dado cuenta? Empezó a reírse por lo bajo.

— ¿Estás timándome ahora? — preguntó Rintaro suspicaz ¿Era aquello una treta para que le pidiera salir y le dijera que no? De Atsumu podía esperarse cualquier cosa—. Me acabo de llevar uno palo ¿te parece ni medio normal?

En aquel momento Osamu sacó la cabeza de la cocina y les miró.

—No te tima, para nada, era un pesado —aseguró el otro gemelo que aunque a lo suyo, efectivamente tenía el odio puesto.

— ¡Cállate! — se quejó Atsumu —. Llama a tu puto novio y déjame vivir.

En aquel momento Atsumu se centró en su teléfono móvil, como buscando algo. Suna le miraba de reojo, repasando eventos en su mente que concordaban con lo que acababa de revelarle ¿Cómo podía no haberse dado cuenta?

—Mira — dijo Atsumu enseñándole el Facebook de Sakusa — Aquí no me tiene bloqueado…

—Pero si no usa esto desde los trece años — empezó a reírse Rintaro. La cara de Atsumu, claramente avergonzada le parecía bastante encantadora.

Pensándolo claramente, lo que decía tenía sentido. En el instituto cuantas veces Atsumu había aparecido de la nada para preguntarle idioteces. En cómo le contaba cosas sin venir a cuento o…

 

— ¿Por qué nunca pensaste en pedirme salir o algo? — preguntó Suna de golpe. Si bien lo había hecho, había sido en un escenario poco adecuado. Delante de personas, en el gimnasio, sin venir a cuento y de una forma teatralizada.

No tenía muy claro que le hubiera dicho que sí de otro modo, pero sí que quizá lo hubiera valorado. Era Tsumu después de todo ¿no? En sí, aquellas cosas parecían categóricas. Ser o no ser, por decirlo de algún modo. Pero el amor no siempre se clasificaba de aquella manera. Después de todo, las emociones y los sentimientos no se podían clasificar. Eran simplemente un proceso químico, pero que variaba en función de cada persona, la intensidad…  

 —Nunca pareciste interesado ¿Lo estabas? — La mirada de Atsumu estaba en la pantalla de su teléfono móvil, revisando aquel perfil de Sakusa en el que literalmente no había nada de nada más allá de falsas felicitaciones de cumpleaños que nadie había contestado por  la última década.

—Quizá no como te hubiera gustado — respondió Rintaro—. Pero al no haberlo hecho en serio, al haber sido una broma absurda todo, no era posible que pasase nada.

— ¿Y crees que no lo sé? — Atsumu puso los ojos en blanco. Por aquello había sido más directo con Sakusa y no había salido nada bien—. Simplemente no se me da bien, cuando es algo más allá de lo físico me bloqueo y nada sale bien.

—Ya…

En aquel momento Osamu salió de la cocina y se los quedó mirando.

—Si os vais a liar, que sea fuera de mi casa — dijo con frialdad al ver como aquellos dos se mantenían deprimidos y con aquellas caras largas en su sofá.

Suna se levantó de sofá y se dirigió a la puerta. Todo era frustrante, lidiar con todo aquello sin más. Pensar en el pasado no tenía sentido.

—Me voy a llorar a otro lado — dijo Rintaro estirándose.

— ¿Quieres ir a comer al McDonnals? — le preguntó Atsumu  ignorando el comentario de su hermano.

— ¿Es una cita? — preguntó Suna arqueando las cejas.

—Sí, claro que sí — dijo con ironía el Miya.

Osamu les abrió la puerta del piso educadamente, quería que se largasen ya. Iba a venir su chico y no quería aguantarles más.

Los dos salieron asumiendo aquellos factores de comunicación no verbal.

—Pero pagas tú — insistió Rintaro.

—Que sí, muerto de hambre…

Notes:

Quizá para todo, no es raro tener miedo o desconectarse de las emociones. Yo hace tiempo descubrí un botón para no sentir, pero luego me pegaba de golpe en la cara cuando lo conectaba y era contraproducente. Así que aunque el amor (no intrinsecamente el amor romantico, sino el amor en si) siempre es un juego de perder, y dios que mal se pasa, también es divertido y te enseña cosas de ti mismo. A estas alturas, más que perder, a mi me da mas miedo herir a otros. Una vida sin rastro karmico es casi imposible, pero se intenta ???
El gran amor de tu vida siempre eres tú mismo.