Chapter Text
- Mira que te lo dijimos.
Bea arrastraba su maleta a través del marco de entrada de la estación con dificultad, seguida de cerca por Salma y Suzete. Álvaro caminaba delante de todas ellas con la mochila pegada a la espalda y a reventar, buscando en los monitores el número de tren al que sus amigas se tenían que subir.
- Pero ahora ya es tarde, así que deja el tema, coño. – Le respondió Álvaro, girando sobre sí mismo para mirarla. No estaba enfadado, pero sí cansado, y eso empezaba a notarse en su forma de dirigirse a sus amigas. – Que no es para tanto, no va a morirse nadie. – Terminó, dando por zanjado el tema y volviendo a buscar el localizador del tren.
Tras un par de segundos más buscando en silencio, Suzete señaló una de las pantallas y alzó la voz.
- ¡Ese es el nuestro! Plataforma 6. Vamos chicas. – Las tres miraron al de rizos y le sonrieron genuinamente, dejando atrás la ligera tensión anteriormente instalada entre ellos.
– Te avisamos al llegar, pero tú mándanos mensajes todo el rato, ¿eh? Y si te agobias o algo, lo que sea, nos llamas. – Le dijo Bea dándole un abrazo rápido.
- Que síi, mamá. Tranquilas, que solo me quedo aquí dos horas más. Me voy a tomar un café de chill y ya me vuelvo, así aprovecho para elegir qué fotos subo a Instagram. – Le dio un beso en la mejilla y un abrazo a cada una y las empujó un poco en dirección al tren. – Además, vais a agradecer libraros de mí durante un rato.
- Hostia, en eso tienes razón. Una semana con Álvaro Mayo acaba con la paciencia de un santo. – Sonrió burlonamente Salma, empezando a alejarse de él con las manos en alto. – ¡Nos vemos en Madrid!
Todas se despidieron con la mano a la vez que se dirigían al control de seguridad de la estación, dejando a sus espaldas a un sevillano de pie en medio de un rebumbio de la gente. Álvaro esperó un poco a que las chicas desaparecieran de su vista antes de suspirar con fuerza y borrar la sonrisa de su rostro. No le preocupaba quedarse solo 2 horas en aquella estación porque la conocía muy bien, pero, a la vez, se maldecía por no haber cogido los billetes cuando Bea se lo advirtió, a pesar de no ser del todo su culpa.
Sus amigas y él se habían dado unas merecidas vacaciones en un pueblo la Granada rural y, tras una semana llena de buenos momentos y paseos por el campo para conectar con la naturaleza, tenían que volver a la capital española. Allí les esperaban todos los planes que habían dejado aparcados y que no podían seguir retrasando, aunque en el caso de Álvaro iban a tener que esperar un par de horas más. Salma había cogido los billetes para las chicas hacía meses, pero el sevillano había decidido esperar ante la posibilidad de tener que volver antes por culpa de sus prácticas. Al saber que no iba a tener que trabajar esa semana, intentó comprarlos, pero ya estaban agotados; como si de un milagro se tratara, encontró, cuando ya estaba a punto de rendirse, el último asiento libre en lo que quedaba de día. Solo quedaba uno y era en el tren siguiente al que cogían sus amigas, pero, sin duda, era mejor que quedarse en Granada solo una noche más o directamente no ir al viaje, así que no lo pensó más y lo compró. Parecía que le estaba esperando solo a él.
Tras unos segundos allí de pie, divagando en sus pensamientos, pareció volver en sí y recordar que seguía parado en la estación de trenes de Granada, así que optó por girarse y buscar la cafetería de la estación. Al sentarse en una mesa que le pareció linda, pidió un café con leche y un par de sobres de azúcar, sacó su móvil y se dedicó a navegar entre las profundidades de su galería. Había pasado ya un buen rato cuando se aburrió de analizar su cara en todas las fotografías habidas y por haber, así que giró su móvil y lo dejó sobre la mesa para pasar a observar con detenimiento los rostros de la gente que, al igual que él, esperaban en aquella cafetería a que su tren anunciase su salida.
Al fondo de todo, una persona en particular le llamó la atención. Un chico con el pelo oscuro, unos cascos negros y una sudadera también negra miraba con detenimiento y con el ceño fruncido a su ordenador y, a ojos de Álvaro, parecía un hacker de película. Era guapo, muy guapo, pero parecía estresado, y acercársele no era una opción, así que se quedó observándolo en la distancia, viendo como el Sol se le acercaba poco a poco a la piel descubierta de los antebrazos. El chico, como llamado por una fuerza sobrenatural, tuvo que levantar la vista para chocar sus ojos con los de Álvaro y una sonrisa se posó en sus labios, relajando a la vez el resto de su rostro. Álvaro tuvo que reflejar el gesto, un instante antes de volver a trasladar su mirada a la taza de café que descansaba ya fría justo delante de sus manos, ahora agarradas la una a la otra con fuerza. Sintió como la vergüenza le recorría el cuerpo para posarse en sus mofletes, así que, tras ver rápidamente la hora en su móvil, decidió que era momento de volver a las plataformas en busca de su tren y abandonar aquella cafetería.
El tren que Álvaro llevaba ya 2 horas esperando hizo al fin acto de presencia con solo cinco minutos de retraso. Había mandado un par de mensajes a sus amigas después de seleccionar sus fotos favoritas del viaje y leyó un par de artículos con relación al informe de prácticas que debía presentar la semana entrante, pero lo que más había hecho era aburrirse. Por eso agradeció a sus dioses que el tren atravesara el túnel de entrada de la estación como un favor y regalo casi personal.
Tras dejar salir a las personas que acababan su viaje en Granada, fue el primero en poner un pie en su vagón y buscar su sitio, como si fuera a llegar antes a casa si ahora apuraba el paso. Allí, en el vagón 13 de aquel tren, el asiento 26 esperaba en silencio. Levantó su maleta sobre su cabeza para guardarla en su sitio y tomó asiento lo más rápido que pudo, evitando entorpecer el pasillo del vagón. Pasaron un par de minutos hasta que todo el mundo se sentó y anunciaron mediante un molesto pitido el cierre de puertas. Álvaro dejó escapar el aire de la felicidad al ver que nadie había ocupado el sitio de su derecha y que podría estirarse a su antojo. Pasaron unos segundos hasta que el tren comenzó a moverse lentamente y decidió ponerse cómodo posando los gemelos sobre el sitio vacío y dejando caer su cabeza sobre el respaldo. Un ruido a su espalda le llamó la atención y se sacó un auricular para escuchar mejor.
- ¡Perdone! ¿Este es el vagón 13? – Una voz grave hablaba más allá de la puerta de entrada, justo al lado del baño y solo pudo ver de refilón una gran maleta naranja antes de girarse y volver sobre sus asuntos. Ariana Grande era mucho más interesante que una persona perdida por su tren. Tras unos segundos con los ojos cerrados, un dedo le tocó un hombro, sobresaltándolo. Se llevó una mano al corazón y la otra a la oreja para quitarse uno de los cascos.
- Perdón. – Álvaro se atragantó ligeramente con su propia respiración cuando le vio. Levantó la vista y allí los ojos oscuros que había visto en la cafetería una hora antes le sonrieron a contraluz. – Creo que ese es mi sitio. – El desconocido señaló con su cabeza al asiento de la ventana que Álvaro había ocupado con sus rodillas sin despejar sus ojos de los del sevillano. El de rizos analizó como pudo la situación y se levantó trastabillando con los pies del chico, que no pudo evitar una pequeña risa.
- Claro, sí, sí, lo siento, perdón. Pensaba que ya no iba a llegar nadie, pero no he puesto los pies encima, lo prometo. – El otro chico sonrió con ternura y pasó al lado de Álvaro para tomar su asiento. El sevillano se reprendió mentalmente por el nerviosismo que se apoderaba de él por segundos.
- Tranquilo, te creo. Yo también pensaba que no iba a llegar, me he echado el sprint de mi vida.
Ahora que lo decía, era verdad que se lo notaba respirar con dificultad y estaba colorado. Muy colorado. No pudo evitar sonreír antes de volver a tomar asiento.
- ¿Te liaste en la cafetería o qué?
- ¿Cómo sabes que estaba en la cafetería? – Le devolvió la pregunta aquel desconocido moreno mientras lo miraba curioso.
Álvaro sabía que acababa de delatarse. Tenía que recoger cable.
- Me suena haber visto allí a un chico con tu sudadera cuando fui a por un café. – Se encogió de hombros fingiendo neutralidad. Al otro le pareció suficiente y dio gracias a Dios por que fuera así.
- Pues sí, era yo. Estaba con el ordenador haciendo un trabajo y cuando me di cuenta tuve que salir corriendo. No sé cuánto le habré dejado a la camarera de propina por las prisas.
Ambos rieron mientras que aquel desconocido que, Álvaro había reparado, tenía también acento andaluz, sacaba de la mochila que llevaba con él un ordenador portátil. El sonido de sus risas fue reemplazado en un segundo por una canción que el sevillano no conocía a todo volumen, sobresaltando a todo el vagón. El audio había escapado del ordenador al encenderlo y había hecho que los dos compañeros de asiento pegaran un bote antes de cerrar la pantalla del portátil y hacerlo callar a la fuerza. Se miraron y soltaron una risita que fue recriminada por una señora un par de asientos por delante.
- Hoy no es mi día, ¿eh? – Le dijo el chico con una sonrisa y la respiración ligeramente alterada por el susto anterior. – Creo que voy a guardar esto y ya seguiré en casa porque a este paso aún me cargo el trabajo entero. – Ambos rieron en bajo otra vez, acercándose un poco de manera inconsciente para escucharse mejor.
- ¿En qué estabas trabajando? Si puedo preguntar, claro. – El moreno escaneó su rostro unos segundos antes de contestar, como meditando si era la mejor de las ideas hablar sobre eso. Algo le hizo pensar que sí lo era.
- En una canción. Un proyecto, más bien.
- ¿Una canción? Era lo último que me esperaba.
- Estoy estudiando audiovisuales y nos han mandado hacer un corto y como me encanta la música y cantar y todo eso pues estoy haciendo una canción para la banda sonora.
- Joder. – Soltó Álvaro sin pensar.
- Es un poco demasiado, lo sé, pero…
- ¿Qué? – Álvaro meneó la cabeza a la vez que arrugaba el cejo y hacía aspavientos con las manos para hacer callar al moreno. – No, no, me encanta. – Al otro chico pareció iluminársele la cara. – A mí también me gusta mucho la música, de hecho, en verano canto en una orquesta y a veces aprovecho para colar alguna composición propia.
- ¿En serio? ¿Dónde? ¿Cómo se llama?
- No la vas a conocer, es pequeñita, se llama Mayo Angels.
- Efectivamente, no me suena, pero la buscaré cuando llegue a casa.
- Ojalá que te guste. – Se quedaron mirando unos segundos a los ojos con una pequeña sonrisa haciéndose hueco desde el fondo de sus entrañas. -Yo quiero saber de tu proyecto. Y escuchar la canción que has compuesto. – Recuperó Álvaro la conversación.
- Por Dios, qué vergüenza… - El moreno le miró inquisitivo y el sevillano abrió los ojos ligeramente.
- Álvaro.
- Álvaro. – Repitió para sí mismo. – Encantado. Yo soy Paul.
- Paul no es un nombre muy andaluz para el acento que tienes.
- Es que me llamo Pablo, pero una estrella necesita un nombre artístico por muy granadina que sea.
Ambos rieron sinceramente y Álvaro pudo continuar.
- Genial, estrella, ¿y qué opinas de enseñarme tu canción? O el corto entero, ya que estamos.
Paul pareció meditar unos segundos antes de aceptar con una vergonzosa sonrisa. Sacó su móvil del bolsillo y conectó unos auriculares de cable negros, tendiéndole uno a su compañero y quedándose el otro él.
- De momento, solo la canción. Si te ríes, te juro que no llegas vivo a Madrid. – Álvaro se rio negando con la cabeza y pulsó por él el botón de play, dejándose caer un poco más cerca del otro chico.
Las primeras notas llegaron a su oído envueltas en ecos de una voz grave que lo llenaba todo. La piel de sus brazos se erizó y Paul se dio cuenta, pero decidió fingir que no. Durante toda la canción, el sevillano mantuvo los ojos cerrados, transportándose allí a donde aquella canción quisiera llevarle. Cuando los últimos segundos de música murieron y la nota de voz parecía querer volver a reproducirse desde el principio, Paul fue a pausarla para quitarse el auricular, pero Álvaro fue más rápido y lo frenó, dejando a la nota repetirse. Ninguno dijo nada, no hizo falta. La canción sonó otras dos veces más antes de que el sevillano se quitara su auricular y se girara hacia su derecha para tendérselo a Paul. Vio como el chico le miraba con curiosidad, esperando paciente una opinión sincera que le permitiera mejorar lo que para él aún era un trabajo mediocre.
- Me encanta. – La afirmación cortó el silencio entre ambos como un cuchillo.
- ¿En serio?
- Nene, es increíble. – Le sonrió sincero a la vez que asentía con la cabeza. – Los coros del principio son como entrar en una iglesia. Y el final… El final es absolutamente increíble. Puf, me encanta. Y la letra, el ritmo, todo, pelos de punta, Isabel Pantoja, me encanta, en serio. ¿Cómo la vas a llamar?
- A ver si adivinas.
- ¿Dónde? – El granadino afirmó con la cabeza y Álvaro celebró como un niño pequeño. – ¡Es genial! Tienes que publicarla, yo necesito escuchar esto en casa, enseñársela a todo el mundo, publicarla en Instagram y…
- Echa el freno, Magdaleno. Primero es el proyecto. No puedo publicar una parte y permitir que se haga conocida antes de la entrega. Son condiciones de la universidad.
- Si me la pasas te juro que la gatekeepeo.
- Amore, te conozco de hace veinte minutos.
- Bueno, pero soy de confianza. ¿Qué tal si te mando yo una grabación de las mías? – Álvaro se arrepintió al segundo de dejar salir aquella propuesta por su garganta, pero ya estaba sobre la mesa y los ojos de Paul centellearon con una ilusión que le hizo saber que no habría forma de dar marcha atrás.
- ¿Las tienes en el móvil? Quiero escuchar una. Es igualdad de condiciones.
Álvaro suspiró sacando su móvil y rebuscando entre sus audios uno que fuera lo suficientemente bueno. Intentó alargar la búsqueda lo máximo posible, pero tras unos segundos, ya había elegido.
- Creo que la tengo. ¿Me dejas los cascos? – Paul asintió manteniéndose en silencio, a la vez que se los pasaba rozando sus dedos.
Se acomodaron un poco más cerca que antes y Álvaro pulsó el play con un pulgar tembloroso que ocultó lo más rápido posible. Un piano se hizo protagonista en sus oídos dando paso luego a una voz rasgada que hizo tambalear a Paul. La voz era firme y navegaba por las palabras con una seguridad que parecía haberse esfumado del chico sentado ahora en aquel vagón ante él. La canción que sonaba era dulce, pero la letra estaba clavándose en el corazón del granadino más profundo de lo que admitiría en un principio. Al acabarse, Álvaro fue rápido bloqueando el móvil y casi arrancando el cable de la conexión del audio.
- ¡Eso no vale! ¡Quería escucharla otra vez como hiciste tú!
- Haber sido más rápido, nene. – Paul rodó los ojos, pero los dientes asomaron sobre su labio inferior, apretándolo ligeramente bajo una sonrisa y a Álvaro le costó tragar saliva. – Me da mucha vergüenza enseñar estas cosas, nunca se las enseño a nadie.
- Pues no sé por qué, porque me ha encantado. De verdad te lo digo.
- Gracias. – Le salió casi como un susurro y se hizo pequeño en su asiento.
- Tu voz es preciosa y con el piano, pff… ¿Cómo dijiste? Isabel Pantoja pelos de punta, ¿no? – Álvaro asintió sonriendo de nuevo e irguiéndose un poco de manera inconsciente. – Si la produces, esto es oro para la industria. Vamos, yo la compraría fijo.
- Exagerado. – Esta vez fue Álvaro el que rodó los ojos.
- En absoluto. – Tras unos segundos con las miradas clavadas fijamente el uno en el otro, con las sonrisas colgando de sus caras, Paul carraspeó y Álvaro se revolvió en su asiento, sintiéndose de golpe pesado.
- Voy a ir un momento al baño, vengo ahora.
Se levantó como si el asiento tuviera agujas, rápido y sin mirar atrás, a la vez que sacaba el móvil y trataba de enviar un mensaje a sus amigas. Estaba atacado de los nervios y aprovechó aquel ratito como un remanso de paz para respirar hondo en soledad. El paso de las vías por un túnel le obligó a, tras un par de minutos en el cubículo esperando, rendirse en su intento de comunicación para volver a su asiento. Cuando llegó a su altura, pudo ver que Paul miraba con una sonrisa algún vídeo en su móvil con los cascos puestos, pero en cuanto notó su presencia apagó el dispositivo y se los quitó, en una invitación más que evidente para continuar la conversación.
- ¿Te perdiste o cómo?
- ¿Qué? – Álvaro giró su torso hacia el granadino y se le acercó un poco, a la vez que se sentaba.
- Que si te perdiste buscando el baño. Has tardado mucho.
- ¿Me echabas de menos o qué? – Paul se encogió de hombros aún con la sonrisa burlona en los labios y una corriente eléctrica le atravesó la espina dorsal.
- Si yo estaba muy entretenido aquí, con más espacio y mucha más tranquilidad.
- Ya… - Álvaro negó con la cabeza. – Te veo incomodísimo ahora.
Paul soltó una risa y se destensó un poco, dejando caer su mano en el reposabrazos compartido que dividía los asientos de los dos chicos. Ambos tenían la vista puesta en las manos del otro y jugueteaban con sus propios dedos y anillos como si aquello pudiese aliviar la tensión creada de alguna forma. Paul levantó la cabeza hacia el sevillano.
- ¿Por qué estás cogiendo un tren a Madrid desde Granada? No tienes acento granadino.
- Normal, porque soy sevillano. Mis amigas y yo nos vinimos de vacaciones hace un par de días a un pueblecito de Granada, pero por un problema con los billetes yo he tenido que pillar un tren un poco más tarde para volver a Madrid. Todos estudiamos allí. Y pues este era el último asiento libre en todo el día, así que fue casi un milagro.
- Las coincidencias no existen. – Los ojos de Paul le atravesaban como dardos oscuros.
- Eso dicen. Pero mi tutor del TFG me va a arrancar los pelos cuando vea que no he avanzado nada.
- Anda, ¿TFG?
- Hm… - Asintió el sevillano. – Estoy acabando un ciclo superior de sonido enfocado a audiovisuales. – Paul no pudo evitar abrir los ojos con una ligera sorpresa. – Efectivamente, audiovisuales. Pero bueno, aún no tengo demasiado claro lo que voy a hacer al acabar, si te soy sincero.
- Quizás música… - Dejó caer el pelinegro y Álvaro sonrió con un poco de pena.
- Me encantaría. Pero no es tan fácil. Con la orquesta me conformo de momento.
- No deberías. Tienes talento, puedes intentar publicar tus canciones en YouTube. Incluso intentar grabar un “videoclip”. Yo hice uno con un euro, dos chaquetas de Vinted y un sueño y funcionó curiosamente bien, seguro que tú también puedes.
A Álvaro se le escapó la risa en alto y la señora sentada justo delante se giró para chistarles. Amargada, pensaron ambos a la vez, aunque se resignaran a solo rodar los ojos discretamente. Álvaro alcanzó el móvil de su compañero, que descansaba sobre la pequeña mesa que tenía en frente y sonrió triunfante al ver la raya de cobertura que aún sobrevivía. Le pasó el dispositivo a su acompañante antes de continuar.
- Quiero ver ese videoclip. – Paul sonrió contra la pantalla negando con la cabeza mientras tecleaba la contraseña y luego entraba en YouTube.
- Es este. – Le dijo devolviéndole el móvil con el vídeo cargando. – Es un poco largo, pero…
- ¡Joder! ¿Un millón de reproducciones? ¿Pero eres famoso, o qué? – Paul sonrió volviendo a pasarle sus auriculares y negando con la cabeza. Álvaro intentó compartirlos, pero el granadino negó con la cabeza.
- Yo ya la he escuchado mucho.
Álvaro pulsó el play y las palmas empezaron a llegar a sus oídos casi inmediatamente, a la vez que observaba con atención la pantalla. Un Paul rapado le devolvía la mirada y se obligó a no posar sus ojos en los de su compañero de asiento porque sabía que sería demasiado fácil de leer. Los cuatro minutos de canción se le pasaron volando, incluso más rápido de lo que había pensado en un principio, y fue veloz para levantar la vista hasta la de un Paul que le miraba expectante.
- Me cago en la puta. – Le dijo mientras se quitaba los cascos.
- ¿Qué?
- Dices que yo tengo talento, ¿pero tú? Wow. Y sin presupuesto.
- Sí, la verdad es que se nota que no tenía ni medio céntimo. Pero creo que se salvó bastante bien. – Álvaro asintió y guardó silencio unos segundos más, reparando en el nombre del canal que había publicado aquel vídeo.
- ¿Paul Thin?
- Ese soy yo.
- Taaan granadino.
- Tenía 15 años y mucha ambición. – Álvaro se rio y pulsó sobre aquel nombre, redirigiendo la página al canal general.
- ¡Pero si tienes más canciones!
- Sí, bueno… Hago canciones y videoclips en mi tiempo libre y las que más gustan las subo ahí. El público decide cuáles.
- ¿Cómo que el público?
- El de mis streams. – Álvaro subió una ceja inquisitivamente. – Twitch.
- Que también haces streams en Twitch, yo flipo. Eres como un superhéroe, haciendo mil cosas a la vez.
Paul sonrió y se dejó caer contra la ventana, alejando su torso del otro chico en el camino. El sevillano se lo tomó como una señal para hacer lo propio en la dirección contraria, quedando ambos alejados físicamente pero aun conectados mediante los ojos y la risa.
- Me alegro de que te guste.
- ¿Te gustaría que hiciéramos algo juntos? Como una colaboración. – Preguntó Álvaro en un arrebato de valentía repentina. Los ojos de Paul se abrieron, no sabía si de una buena forma o no, pero antes de que pudiera contestar, el sonido de la vibración del móvil del sevillano tirado sobre la mesa les sacó de su burbuja. El nombre de Bea acompañado con un corazón naranja y una flor hizo acto de presencia y Álvaro maldijo un poco a su amiga. Dejó el dispositivo de su compañero y apuró para coger el suyo propio.
- ¿Sí? – Dijo al aceptar la llamada.
- Coño, por fin. Que nos han llegado tus veinte mensajes de angustiado ahora y llevo intentando llamarte como 10 minutos, pero no daba señal. ¿Estás bien?
Álvaro se giró un poco dándole la espalda al granadino, en un intento por que no escuchara su conversación.
- Sí, sí. – Sonrió un poco, aunque su amiga no pudiera verlo. – Solo estaba un poco agobiado, pero todo bien, en serio, dame un minuto. – Tapó el auricular y se dirigió entonces a Paul en un casi susurro. – Voy a salir, vuelvo ahora. – Se dirigió hasta la zona de unión de dos vagones y cerró la puerta, tratando de no molestar a los demás pasajeros. – Vale, ya estoy, ¿me escuchas?
- De momento sí. ¿Qué es eso de te vas a casar? – Álvaro rio en alto sin poder evitarlo.
- Es una tontería. Solo que he conocido a alguien. – Se escuchó un golpe al otro lado del auricular y la voz de su amiga malagueña se hizo hueco.
- Joder, dos horas solo y ¿vuelves con novio? No hay quien te soporte.
- Si no te callas no te voy a contar nada. – Escuchó como Bea le daba un codazo y prosiguió. – Nada, que cuando os fuisteis pensé que la mejor idea sería amenizar la espera tomándome un café. En la cafetería me fijé que había un chaval muy guapo que parecía hacker, pero no me acerqué ni nada, solo lo miré de lejos como si estuviera loca hasta que me pilló.
- Madre de Dios, qué pringao’. – Soltó Salma y Álvaro rodó los ojos.
- El caso es que me pareció muy mono porque me sonrió y no sé, me dio buenas vibes. Y resulta y acontece que es mi compañero de asiento. Hemos estado hablando desde que nos hemos montado y me cae tan bien, chicas, además es super talentoso, estudia audiovisuales en Madrid y tiene una voz… Me llevan preso si hablo de su voz. Canta increíble y…
- ¿Pero le has escuchado cantar? – Escuchó como se cortaba un poco la voz, pero la cobertura pareció recuperarse.
- Sí, me ha enseñado un par de canciones suyas. De verdad, me agobié al principio porque le enseñé una canción mía, pero ya estoy mucho mejor y, de hecho…
- ¿Cómo? Álvaro, se está cortando. – Le dijo una Bea también entrecortada.
- Que le enseñé una canción mía. – El silencio se hizo hueco en el auricular y tras unos segundos preguntó. - ¿Hola? ¿Me escucháis? – Una voz robótica que pudo reconocer como la de Salma le contestó y entendió como pudo antes de que se cortara.
- Será maricón.
Sonrió mientras alejaba el móvil de su oído y miraba la pantalla. La cobertura había desaparecido, así que guardó su teléfono en un bolsillo y se dirigió a su asiento de nuevo, respirando profundamente.
- Perdona, mi amiga estaba preocupada. – Paul le sonrió con ternura, restándole importancia con un movimiento de cabeza y de manos.
- Me encantaría una colaboración. – Aquello dejó a Álvaro congelado durante unos segundos, mientras giraba su cuerpo hacia el otro chico, casi con cautela.
- ¿Qué? – Preguntó Álvaro confuso.
- Que, si la propuesta de antes iba en serio, me gustaría probar a hacer algo juntos. La canción que me enseñaste antes me encantó y creo que lo que yo te he enseñado también te ha gustado, así que quizás encontramos algún punto medio chulo. No sé. – Soltó el granadino de corrido.
La sonrisa no tardó en tomar protagonismo de nuevo en la cara de Álvaro y se contuvo para no abrazar al granadino ahí mismo.
- ¡Claro que iba en serio! – Dio unos pequeños saltitos sobre su asiento bajo la mirada del otro.
- Oleeee. Pues tengo un par de ideas que creo que podrían encajar con lo que me enseñaste antes, pero también podemos hacer algo un poco más movido, rollo lo que te enseñé yo. He pensado que tenemos que incluir piano sí o sí y también…
Y allí, en aquel AVE de Granada dirección Madrid, Álvaro pensó por primera vez que quizás era verdad aquello de que las casualidades no existen.
