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El primer día de escuela siempre era el más difícil para las familias, ya fuera por el apego de los niños a sus padres, o el mismo caso pero de forma invertida. Algunos chicos lloraban, otros inventaban razones para no asistir y los adultos cedían a la debilidad por sus hijos.
Sin embargo, este caso fue uno más especial que aquellos.
Takuya era un niño pequeño, de complexión delgada y el cabello oscuro perfectamente alisado en toda su cabecita. Tenía una mirada un poco perdida la mayoría del tiempo, pero lo recompensaba con su inteligencia.
Él no era tonto, solo distraído. Eso no quitaba que siempre estuviera atento a las cosas que a él le importaban. A esos mínimos detalles que nadie se molestaba en ver.
Y su primer día de escuela llegó tan pronto que, una vez que tuvo que afrontar la realidad abrazado a las piernas de su madre, comenzó a llorar frente a las puertas del colorido lugar. La mujer eligió aquel sitio en base a las reacciones del niño, y ese sitio fue el que más preguntas suyas recibió, por lo que creyó que sería interesante para él explorarlo.
Al parecer se había equivocado y el pequeño Takuya no estaba listo para comenzar a transitar ese nuevo camino solo. Se le rompió el corazón con cada lágrima que se deslizaba por sus mejillas, ¿sería una buena idea llevárselo a casa por hoy? Podían volver al día siguiente y volverlo a intentar.
—¡Te atrapé! —exclamó un niño, sorprendiendo tanto a la mujer como al menor.
El chico sostenía una pokebola y la apoyaba sobre el cabello de Takuya, mientras mostraba una sonrisa tan brillante como el sol de esa mañana. Era unos centímetros más alto que él, igual de delgado pero su cabello estaba desordenado, y la razón de esto llegó en tacones.
—¡Reiki, te dije que no corras tanto! —dijo una mujer que se detuvo frente a ellos, sosteniendo una mochila y un peluche de dinosaurio. Al ver la escena, pareció avergonzarse. ¿Qué travesura había hecho su hijo? —Mis disculpas, Reiki es un poco hiperactivo en las mañanas —lo regañó sutilmente y el mencionado solo río, aún seguía firme con su captura. Mientras tanto, Takuya había dejado de llorar y veía al otro con curiosidad—. ¿Atrapaste un pokemon, cariño?
“¿Un pokemon? Yo no soy un pokemon.” Pensó Takuya.
Aunque, era cierto que sentía cierta intriga por entender por qué lo había “capturado”. ¿O tal vez solo huía de su madre? ¿Así serían los demás niños? Él no tenía muchas experiencias con niños, sino que solía pasar sus tardes jugando con rompecabezas en la tienda de uno de sus vecinos. No sabía cómo iban a tratarlo, pero tampoco estaba seguro de querer averiguarlo.
—¡Sí! —bajó la mano finalmente y analizó su recompensa—. Es pequeño, bonito y… ¿Por qué lloras? —Reiki ladeó la cabeza, confundido. Takuya se limpió las lágrimas con la manga de su suéter.
—No estoy llorando.
—¿No? —volvió a preguntar.
—No.
—¿Y por qué tu cara es roja? —contraatacó.
—No es roja. Es color piel.
—Pero está roja. Aquí —señaló su mejilla con el dedo índice.
Ambas madres miraban enternecidas el gracioso intercambio entre los niños. Veían el surgimiento de una posible amistad.
Y de pronto, Reiki interrumpió el debate para atrapar la mano ajena—. ¡Vamos a llegar tarde! ¡Sígueme, pokemon! —y comenzó a arrastrar al otro hacia la entrada del edificio.
Todo esto mientras Takuya se quejaba a gritos “¡No soy un pokemon!”
Y la madre de Reiki corría tras ellos con su mochila.
