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Cuando Yuri calló en la nieve y dio su ultimo suspiro justo en sus brazos quedó devastado, lloró y gritó todo lo que pudo, aún con eso el cielo no lo escuchó y el cuerpo en sus brazos perdió el color y la temperatura. Yuri le dejó un corazón desolado y dos pequeños niños que cuidar y definitivamente él no puede con esto. Pero tampoco es como que pueda dejar el ultimo deseo de Yuri padeciendo en la nieve junto a ella.
Sus brazos estaban llenos con el peso de los dos recién nacidos, cuando se presentó ante Mephisto. El muy arrogante lo miraba con suficiencia, como si hubiera sabido que iba a volver incluso antes de su fuga — ¿qué te trae por aquí joven Fushimoto? — y aún así tenía el descaro de preguntar — desaste de ellos, yo no tengo nada que ver con esto — sus palabras salieron mecanicamente de su boca. Dejo a los dos niño sobre el escritorio del demoniaco personaje frente a él — oh.... ¿Enserio no tienes nada que ver? Debo recordarte que hace unas horas escapaste con la madre de estos engendros — lo sabe perfectamente, solo tenía la tonta esperanza de que Mephisto se hiciera cargo de esos dos sin más preguntas y le quitara el peso de encima —... Tambien estoy seguro de que sabes que matarán a estos niños si me los entregas... El vaticano piensa que ya no existen, si se enteran que no es verdad sería un gran problema — otra sonrisa cínica se reflejó en Mephisto. Con sus palabras una estaca se clavó en su ya herido corazón, esos dos pequeños inocentes morirían al igual que Yuri. Ellos no son culpables de nada, son solo victimas de todo esto.
Su mente divagó en sentimientos de culpa, convenciendolo de que no podía dejar morir el unico recuerdo físico que queda de Yuri —... Entonces ¿Qué sugieres? — Mephisto arqueó una ceja —te creí mas inteligente. Quiero que los cuides tu, son un peligro inminente y ¡quien mejor para encargarse de ellos que nuestro querido paladin! — sus manos temblaron y sus sistemas se desequilibraron — ¡no puedo hacerlo! ¿No has visto como vivo? Ese ambiente no es el mejor para un bebé, mucho menos para dos — puede que fueran los hijos de la persona que más amó, pero no podría cuidarlos. No pudo cuidar a Yuri y no sabe nisiquiera como cuidar de si mismo — oh... Pues es momento de un cambio ¿no te parece? — el demonio miró cuidadosamente a los niños, quienes eran capaces de dormir incluso con el disturbio entre ellos — aunque si lo miramos bien... Esta bien si solo te encargas de uno — Mephisto tocó suavemente la cabeza de ambos niños — él de cabello blanco es el portador de las llamas azules, pero el otro es un simple niño humano — esto estaba tomando un camino muy retorcido —... Qué quieres decir — miró a Mephisto con toda la seriedad que su conmocion le permitía expresar — tenemos que mantener bajo vigilancia las llamas azules, pero no siento nada demoniaco en este otro niño. Lo mejor será no involucrarlo — pudo entenderlo la primera vez que Mephisto lo insinuó, solo que no podía creerlo — ¿estas hablando de separarlos?... ¡No podemos hacer eso! Es demaciado — a pesar de su desesperación, el hombre frente a el actuba como si estubiera viendo su programa favorito de la tarde —no desesperes, ¿no crees que Yuri hubiera querido que por lo menos uno de sus hijos tuviera una vida normal? con una familia que lo ame y sin espíritus de por medio — estas palabras fueron la segunda estaca a su inducido corazón, sabía que Mephisto solo jugaba con él y aún así la imagen de Yuri hablando sobre criar a sus hijos fuera de todo esto lo hizo creer que probablemente sí, ella sí querría eso.
Apesar de la orden indirecta de Maphisto, quizo tomarse un tiempo antes de cometer su peor pecado. Abandonar a un niño no era un plan comun y mucho menos de su agrado, pero el estúpido de Mephisto tenía razón, o eso creía en su abrumadora situación. Su puesto en el infierno estaba asegurado por separar a dos hermanos, aunque no es como si fuera la persona más santa antes de esto.
Quizo conocer un poco a los dos niños antes de separarlos, talvez queriendo grabar los rasgos de Yukio en su memoria antes de no verlo nunca más. Sus ojos eran azules, aunque no tan electricos como los de Rin, eran tal vez más cálidos. Su rostro tenía pequeños lunares que decoraban su palida piel, se preguntó si aparecerían más a medida que creciera. Eso no importa, no es como si pudiera estar ahí para verlo. Solía llorar constantemente, claro era un bebé, pero su tonto remordimiento le hacía pensar en la casi nula posibilidad de que el pequeño supiera su destino.
Rin era un poco más complicado, gritaba y hacía desastres donde podía, pero había algo en sus ojos que le decía que no era completamente su culpa. Lo sabía con seguridad, ellos no tienen nada que ver con esto. Su cabello pasó de ser blanco a tornarse en un tono casi negro, incluso alejandose del tono castaño de Yukio. Algo curioso es que cada vez que los separaba, aunque fuera por un momento, era como si declarara la guerra. Un total desastre. Pero tendría que aprender a lidiar con el enfado de Rin cuando llegue el momento.
Como dijo Mephisto, el pequeño Yukio no presentó ninguna anomalía y decidió despues de dos meses que era el momento, si seguía posponiendo esa tarea un solo día más no sería capaz de dejarlo. Tomó al niño cuando dormían placidente en su cuna. Afortunadamente Rin no despertó, dormía casi como si fuera una piedra. Salió de monasterio y asegurandose de guardar al niño del frío se marchó de allí. Dejaría a Yukio en una institución confiable, una que se encargaba de los niños abandonados para que encontraran una familia lo más rapido posible. Aún era muy pequeño, lo que hacía más probable su pronta adopción.
Llegó al lugar más rapido de lo que quizo y fue recibido por una amable muchacha que lo miraba con compasión — bienvenido señor ¿en que podemos ayudarlo? — se acercó a ella y destapó al niño en sus brazos — yo... — las palabras no salieron de su boca, Yukio permanecía acurrucado sobre él como si fuera el lugar más seguro de la existencia. No podía creer que estaba por abandonarlo. La chica lo miró, una triste sonrisa se presentó en sus labios — no se preocupe, no lo juzgaré por nada — agradecía su comprensión, pero el merecía totalmente ser juzgado — yo... No puedo cuidar de este niño... No puedo darle una buena vida — no sabía con certesa si sus palabras eran verdad, o solo eran el vacío discurso que había preparado desde el primer momento — ¿usted quiesiera dejar a este pequeño con nosotros? — él asintió — esta bien... Necesito que llene este formulario — apesar de afirmar que quiere dejarlo, no lo soltó ni siquiera cuando se le hacía incomodo para escribir.
Empezó a llenar aquel formulario. Nombre, Yukio Okumura. Había decidido ponerles ese apellido a ambos para deslindarlos de él y de Yuri. Fecha de nacimiento, 27 de diciembre. Recordaba ese día como si hubiera pasado ayer. Nombre de la madre, Yuri Egin. Dudó bastante en si poner su nombre, pero no creyó que nadie en el Vaticano se interese por los niños huérfanos. Nombre del padre, se quedó pensando por un momento . Él no era el padre de este niño, pero se reusaba totalmente a poner otro nombre que no fuese el suyo. Su mano se quedo quieta antes de firmar, sintió una presión en ella y levantó la vista. No se dio cuenta hasta ese momento lo borroso que se había vuelto todo — señor... ¿Está bien? — el lapicero temblaba en sus dedos — puede sentarse si necesita un momento — la chica seguía hablando manteniendo la tranquilidad. Él podía escucharla, pero no podía verla. Sus ojos lloraban en contra de su voluntad — no... No, estoy bien — limpió su cara con su brazo libre y con el otro reafirmó su agarre sobre Yukio — ¿puedo hacer algo por usted?... Podríamos brindarle ayuda económica si quisiera conservar a su hijo — ese no era el problema, el quería conservarlo, quería verlo crecer junto a su hermano. Pero eso no era posible, lo mejor era alejarlo de todo —... La unica manera en la que podrías ayudarme es que me asegures que este niño será feliz... Que te lo lleves lo más lejos de aquí y no me digas a donde... No puedo asegurar que no iría a buscarlo — la chica frente a él no dijo nada. Terminó de llenar el formulario entre lagrimas —... ¿Desearía algo más? — dijo la chica recogiendo los papeles recien firmados, los guardó en una carpeta y la marcó con una serie de datos que no eran de su interes.
Aún no quería soltar a Yukio, por lo que entre malabares logró sacar un osito blanco de peluche de su bolso —tengo esto... Me gustaría que él lo conserve— había comprado dos ositos en una pequeña tienda cerca del monasterio, uno blanco y el otro cafe. Le parecía lindo que cada uno de los niños tuviera uno, algo así como algo que los uniera indirectamente. La chica sonrió, una sonrisa llena de pesar que no pudo observar por la borrosidad de sus ojos — está bien, me aseguraré de que el pequeño Yukio no pierda su osito — finalmente tuvo que entregar al niño, sus brazos se sintieron frios cuando la chica lo recibió —está en buenas manos, se lo aseguro — esas palabras calmaron levemente su agitado corazón. Pero cuando Yukio abrió sus grandes ojos y extendió sus manitas hacia él se derrumbó —... Perdoname Yukio... — acarició su cabeza y dejó un tierno beso en su frente. Su mente le repetía constantemente que esto era lo mejor.
Cuando regresó al monasterio, todo estaba en completo silencio. Caminó hacia la habitación y revisó la cuna. Rin estaba despierto y lo miraba fijamente con sus azules ojos, parecía casi querer preguntar ¿dónde está? Aún si Rin pudiera hablar él no podría contestarle nada. Extrañamente no hubo gritos ni "reclamos" talvez incluso Rin sentía lastima por la mala situación. En ese momento decidió dedicarse a la seguridad del pequeño frente a él. Borraría a Yukio de su mente y pensaría en que talvez una amorosa familia lo adoptó y es feliz en cada momento. No tuvo nada que ver con él desde un principio. Simplememte se haría cargo de su parte en este estupido juego demoniaco.
