Chapter Text
Suguru Geto POV
El sonido de la alarma hizo que me exaltara tanto que estuve a punto de gritar. ¿O quizás fue la pesadilla que tuve esa noche? No estoy seguro. No suelo recordar a ciencia cierta los sueños de los que sufro. A veces logro recopilar pequeñas imágenes, pero ninguna tiene sentido.
En mis pesadillas a veces veo maldiciones, cosa que tiene sentido, después de todo no he dejado de absorberlas desde que aprendí a controlar la energía maldita. Pero en otras ocasiones las imágenes se vuelven aun mas extrañas. Veo grandes grupos de personas reunidos frente a mí, observándome como si esperaran que algo importante saliera de mi boca. Veo a Shoko regalándome un sonrisa que pretende ser amigable, como si yo no pudiese leer la amargura dibujada en su mirada. ¿Por qué Shoko estaría tan desanimada? ¿Por qué escondería en sus ojos tanta desconfianza hacia mí? Otras veces me observo a mí mismo desde afuera, cabello demasiado largo y una vestimenta lo suficientemente extraña como para lograr que Satoru se burle de mí durante meses.
Y Satoru. Siempre veo a Satoru en mis sueños, pero se convierten en pesadillas cada vez que sus preciosos ojos me observan con tristeza y decepción absoluta, como si yo lo hubiese traicionado de alguna manera, como si no fuese mi mejor amigo, como si la persona frente a mí me quisiera muerto, pero le doliera demasiado verme morir.
—Qué pesadilla.
—¿Tuviste una pesadilla? —La voz de Shoko, a diferencia de la alarma, si logró exaltarme—. ¿Querés que hablemos sobre eso?
—¿Qué? ¡No! ¿Qué estás haciendo en mi habitación?
—¿Desde cuándo yo, tu mejor amiga, no puedo entrar en tu habitación? ¿Qué secretos me estás ocultando, degenerado?
Mi única reacción fue la de soltar un suspiro cargado de frustración al observar la mirada sugestiva de mi amiga, que inspeccionó detenidamente la habitación, como si estuviese buscando algo, o a alguien.
—No tenemos quince años. Somos adultos, y yo soy un profesor y vos se supone que una doctora seria, ¿no te parece que la gente puede pensar mal si te encuentra en mi habitación a esta hora?
—Geto, dale —se burló—, como si alguien fuera a creer que estamos juntos. Estoy muy fuera de tu liga.
—Algún día vas a tener que admitir que soy el número uno en tu lista. —Shoko rodó los ojos con gracia y yo me preparé para recibir una respuesta irónica que lograra enroscarnos en una larga discusión sin sentido. Sin embargo, fuimos interrumpidos por esa voz que captaba mi absoluta atención cada vez que la oía.
—¿Suguru? ¿Estás despierto ya? ¡Vamos! ¡Tenemos una misión muy importante!
Satoru sonaba tan entusiasmado como siempre. Tanto que a veces lograba que me doliera la cabeza con tan sólo escucharlo, pero no esa mañana, no después de recordar que había soñado con sus ojos perturbados y pintados en tristeza observándome como si no me conociera. En días así, el sólo hecho de escuchar su voz hablándome de aquella forma tan cálida y familiar lograba que mi corazón recobrara su ritmo habitual, dejando de lado cualquier tipo de ansiedad producida por aquellas extrañas pesadillas.
—Tu amigo acá no se quiere levantar, vas a tener que hacerte cargo vos porque yo ya no puedo. —Shoko era tan incapaz de no dramatizar como nosotros éramos incapaces de tomarla en serio cada vez que lo hacía, y aun así, supe de inmediato que ambos iban a provocarme un dolor de cabeza después de escucharla decir eso.
—Ah, pobre Shoko. Suguru, ¿por qué le estás dando problemas a una mujer tan ocupada?
—Dudo haberla visto ocupada alguna vez en la vida.
—Para tu información —se quejó mi amiga—, llevo mas de treinta horas sin dormir porque estuve trabajando, así que estoy ocupada de verdad.
—¿Las personas no pierden la cordura con la falta de sueño?
—No se puede tener algo que nunca se tuvo —bromeó Satoru, y hasta Shoko comenzó a reír. Quizás mi pobre amiga sí estaba perdiendo la cordura.
—Bueno, —interrumpí—, por mucho que me agrade la idea de quedarnos acá riéndonos de Shoko un rato mas, ¿sobre qué trata esa misión de la que hablaste, Satoru?
—¿No le dijiste nada? —exclamó mi mejor amigo. Shoko se encogió de hombros, como si tratara de justificar que simplemente lo olvidó—. Hirieron de gravedad a un grupo de chicos en un colegio, parece ser que la culpable es una maldición de grado especial, Yaga quiere que investiguemos al chico que la controla.
—¿Un chico que controla una maldición de grado especial? —pregunté con asombro—. ¿Y la usó para matar gente en un colegio?
—Sinceramente, dudo mucho que lo haya hecho a propósito, nadie tiene un control tan exacto sobre algo así siendo tan joven —respondió Shoko—. Tuve la oportunidad de darme una vuelta por el hospital para ver de cerca qué les pasó. No fue muy agradable. Esos chicos estuvieron a punto de morir de una forma horrible, pero me atrevo a decir que fue algo desprolijo.
—Si, porque es sabido que las maldiciones suelen ser muy higiénicas y dulces cuando matan, ¿cierto? —La ironía era tanta en la voz de Satoru que casi pude palparla en el ambiente—. Como sea, tenemos que ir a buscar al mocoso que controla eso y averiguar qué es y de dónde salió. ¿Quién les dice? ¡A lo mejor sumamos un estudiante nuevo!
—¿No son demasiados alumnos en este primer año?
—¿Demasiados? —Satoru parecía hasta ofendido con mi pregunta—. Suguru, por favor, nada es demasiado si tienen a los dos mas fuertes como profesores, ¿cierto?
“Los dos mas fuertes”. Satoru nos había llamado así desde nuestros días en la Tokyo Jujutsu High, cuando aun éramos estudiantes en lugar de profesores. Con el paso de los años, logré por fin acostumbrarme a aquel epíteto que aprendimos a compartir. Y aunque el recuerdo de esos días en los que sentí que Satoru y yo dejábamos de ser un equipo lograban atormentarme de vez en cuando, él siempre aparecía y repetía una y otra vez que éramos los mas fuertes. Ambos. Los dos juntos.
La sonrisa que se dibujó en mis labios fue tan incontrolable como cada dulce sentimiento que él provocaba en mí.
—Bien, vamos a buscarlo entonces —respondí—. Pero primero, ¿podrían salir de mi habitación? Necesito cambiame.
—Ah, cambiate tranquilo, Geto, dudo que puedas sorprendernos.
—¡Afuera! ¡Los dos!
Cuando lo encontramos, el joven —no— el niño, estaba tan pálido y desgarbado que parecía estar al borde de la muerte. Su cabello estaba húmedo a causa del sudor, su cuerpo sufría de leves espasmos y los círculos violáceos debajo de sus ojos nos indicaron que llevaba días, sino mas tiempo, sin dormir correctamente. La imagen tan vulnerable de ese chico hizo que se me revolviera el estómago. Yo no debí haberme visto diferente a él años atrás, cuando la incertidumbre, las dudas y la depresión amenazaron con jugarme una mala pasada.
Aun al día de hoy hay veces en las que me pregunto si yo hubiese sido como ese pobre chico de no haber tenido a mis amigos. ¿Podría haber matado a personas indefensas de esa forma? ¿Y si no supiera lo que significa ser un hechicero? ¿Habría sufrido por poseer un poder tan terrible como el suyo siendo incapaz de comprenderlo?
—Yuuta Okkotsu —llamé—, llevamos un buen rato esperando a que despiertes. ¿Cómo te estás sintiendo?
El chico levantó la horrorizada mirada, encontrándose con nosotros mientras escribía un “por favor, no me hagan daño” en cada una de sus facciones. Lamentablemente para él, Satoru disfrutaba demasiado de que jugáramos a ser policía bueno y policía malo.
—¿Vos hiciste esto, Yuuta Okkotsu? —Mi mejor amigo levantó lo que parecía ser un cuchillo completamente doblado ante los ojos del chico, sin siquiera esperar a que él fuese capaz de responder a mi pregunta.
—Solía ser un cuchillo —respondió el joven, que parecía encontrarse mucho mas intimidado por la presencia de Satoru que por cualquier cosa que yo fuese a decirle—. Traté de usarlo para suicidarme, pero Rika no me dejó hacerlo.
—Uff, la historia se puso oscura, ¿eh?
—Satoru… —Sus ojos estaban cubiertos por unas extrañas vendas blancas, y aun así, juro que pude verlo rodar los ojos ante mi reprimenda—. Yuuta, entiendo que debés estar muy confundido ahora. Pero necesitamos que hables con nosotros, podemos ayudarte.
—¡Si! —exclamó Satoru—. No por nada somos los mejores profesores, los mas fuertes y, según alguna que otra opinión que para nada es la mía, los mas atractivos.
—Satoru…
—¿Por qué un par de profesores querrían ayudarme?
—Porque, ¿adiviná qué? ¡Vas a empezar en una nueva secundaria! —El entusiasmo de Satoru no pegaba para nada con el ambiente oscuro en el que nos encontrábamos, y mucho menos lograba combinar con el aura de tristeza y soledad que envolvía a ese joven.
—No voy a ir. No quiero herir a nadie. Así que nunca voy a volver a salir. —La voz de Yuuta se escapó de forma desganada a través de sus labios, aunque eso no lo hizo sonar poco determinado. Por el contrario, pude sentir que hablaba en serio. Demasiado en serio considerando que era un niño que ni siquiera parecía llegar a los dieciseis o diecisiete años.
—¿Nunca? —preguntó Satoru—. Te vas a sentir muy solo así.
—Yuuta —llamé, esperando que la templanza en mi voz lograra apaciguar la ironía constante y seguramente inconsciente que siempre descansaba en los labios de mi amigo—, no es necesario que hieras a nadie, y tampoco que te quedes encerrado. Podemos ayudarte con todo lo que te está pasando. Aunque sea difícil creerlo, no sos el primero, ni tampoco el último que sufre por algo así.
—Suguru está en lo cierto —acotó Satoru—. La maldición con la que vivís también puede salvar vidas dependiendo de cómo sea usada. Así que mi consejo para vos es aprender a controlar ese poder. Después podés volverte un ermitaño si todavía querés hacerlo.
El niño aun lucía desconfiado, pero el leve brillo de la esperanza que se pintó en aquellos ojos que minutos antes lucían vacíos me indicó que estaba considerando nuestras palabras. De pronto, un fuerte sensación de calidez golpeó mi pecho, una que no había sentido desde hacía casi diez años atrás, cuando Satoru y yo rescatamos a dos pequeñas niñas de un pequeño pueblo en el que eran maltratadas sólo por ser capaces de controlar la energía maldita. Recuerdo a la perfección el instante en el que vi en sus pequeños ojos el mismo destello de esperanza con el que Yuuta nos observó en el instante en el decidió que permitiría que lo ayudáramos.
—¿De verdad pueden a ayudarme a controlar a Rika?
Estaba a punto de contestarle que sí, que sin lugar a dudas podíamos hacerlo e íbamos a hacerlo, estaba buscando las palabras exactas para terminar de ganarme la confianza del chico. Sin embargo, Satoru fue mas rápido que yo.
—Eso te lo aseguro, Yuuta. Tomá mi palabra, vas a aprender todo lo que necesites de nosotros.
Supongo que aun con aquella hostilidad propia de mi mejor amigo, Yuuta comprendió que existía dulzura, preocupación y, sobre todo, compromiso en las palabras de Satoru. Después de todo, fue él mismo quien discutió con los altos mandos para salvar al chico de la ejecución.
Satoru Gojo POV
Supe desde el primer momento en el que vi a Yuuta que ayudar a ese pobre chico no iba a ser tan fácil como intenté que sonara cuando le prometí que podíamos hacerlo. Ni siquiera sabíamos mucho sobre esa maldición a la que él llamaba Rika, aunque podíamos asumir que se trataba de alguien importante. O al menos eso supuso Suguru, que siempre fue mucho mas intuitivo que yo.
—Satoru. —Mi nombre siempre sonaba como un halago dulce en los labios de Suguru, empujándome fuera de mis pesados pensamientos y devolviéndome a la realidad—. Casi puedo ver el humo saliendo de tu cabeza, ¿qué te preocupa?
—No es que esté preocupado, sólo estoy pensando en Yuuta. Se lo veía muy perturbado. Espero que pueda adaptarse bien a la clase.
—Entonces sí estás preocupado. Te preocupa Yuuta.
—Bueno, sí —contesté—. Me preocupa un poco no saber tanto sobre esa maldición, parece demasiado poderosa. Y siendo honesto, también me preocupa que sus compañeros lo abrumen, sólo lidiar con las mellizas en los dormitorios es demasiado.
Suguru frunció el ceño de inmediato y yo no pude evitar sonreír. Nadie jamás me conoció tanto como él, y aun así, jamás dejó de caer en mis intentos de desviar ciertos temas. Sobre todo cuando insunúo algo que no le agrada sobre sus amadas Mimiko y Nanako.
—No hables de ellas como si fueran a molestarlo. Las mellizas son la mejor compañía posible para un chico como él.
—No te enojes, Suguru —respondí—. Era un chiste, yo también creo que puede ayudarlo mucho su compañía. Pero eso no significa que no vayan a abrumarlo.
—Creo que ya está demasiado abrumado, así que las clases sólo van a ser un poco mas de lo mismo. —La mirada de Suguru, que hasta entonces se había mantenido pegada a mí, se desvió hacia el atardecer, acompañada de un largo suspiro. Esta vez fui yo el que logró ver el humo salir de su cabeza—. ¿Puedo confesarte algo sin que te burles de mí?
—Siempre.
—Yuuta me hizo sentir un poco nostálgico —confesó—. Me recordó a mí mismo hace años. Me hizo preguntarme qué tanto mal hubiese hecho si hubiera estado tan solo como él. Si no los hubiese tenido a ustedes, ¿qué hubiera—
—No importa qué hubiera pasado porque no pasó —lo frené—. Suguru. —El intento por hacer que mi voz sonara tan amable como la suya cuando decía mi nombre fue un desastre, sin embargo, logré llamar su atención. Sus ojos morados me observaron expectantes, listo para escuchar lo que yo tenía para decir, aunque lo cierto es que no había nada en mi mente mas que el recuerdo de mi mejor amigo años atrás, tan decaído y desgarbado que a veces hasta conseguía darme pesadillas—. ¿Por qué te obsesionan tanto los “hubiera”? Nunca estuviste solo, y nunca vas a estarlo. Y Yuuta tampoco tiene que estarlo ahora, no te preocupes, ni por él ni por nosotros.
—No sé si me asustás mas cuando actuás como un nene maniático y caprichoso o cuando te acordás de que sos un adulto y hablás así —respondió con gracia—. Gracias, Satoru.
—Yo no actúo como un nene caprichoso.
—Sí lo hacés.
—Callate.
—¿Otra vez discutiendo ustedes dos?
Yaga, el director de la escuela y nuestro antiguo maestro, interrumpió la conversación antes de que tuviéramos la oportunidad de empezar a discutir de verdad, cosa que debo confesar que me desilusionó un poco. Me gustaba discutir con Suguru y observar cómo las emociones se intensificaban en el brillo de aquellos ojos oscuros y profundos, que parecían incapaces de observar nada mas que a mí.
—Sólo conversando —contestó Suguru—, estamos un poco preocupados por el inicio de clases, tenemos un grupo un poco mas grande de lo común este año.
—Yo no estoy preocupado. Son sólo un grupo de adolescentes, no puede ser tan terrible.
—Como persona que tuvo que enseñarle a un grupo de adolescentes en el que ustedes estaban incluidos, dejame decirte que sí es para estar preocupado. —Me fue imposible comprender si Yaga estaba o no bromeando, pero reí de todas formas.
—Dudo que haya sido tan terrible como querés hacerlo notar —dijo mi mejor amigo—. Siempre fuimos excelentes como alumnos y como hechiceros.
—Siento que tenemos recuerdos muy diferentes de esa época —contestó Yaga—. De todas formas, no es eso sobre lo que quería hablar con ustedes, sino sobre esto. —El director extendió ante nosotros una carpeta. Fue Suguru el primero en reaccionar, observando con mirada curiosa los papeles dentro de ella—. Eso es todo lo que sabemos hasta ahora sobre Yuuta Okkotsu. Aun no tenemos muchos datos sobre su familia o si existe alguna conexión con nuestro mundo, o si simplemente el chico tiene muy mala suerte.
—¿Rika era una humana común y corriente? ¿Ninguna conexión con la hechicería? —Suguru parecía perturbado mientras leía aquellos documentos que Yaga le había entregado, así que inevitablemente despertó mi curiosidad, haciendo que me acercara a él y recostara mi cabeza en su hombro en un afán por leer aquellos papeles.
La respiración de mi mejor amigo se agitó de pronto. ¿Tanto lo habría perturbado la historia de Yuuta? Ciertamente habíamos visto cosas mucho peores en el pasado.
—¿Tuvo que ver a esa chica morir frente a sus ojos y después vivir durante años con una maldición encima? No me sorprende que se vea tan trastornado. —Fue todo lo que pude decir. Suguru despegó su mirada de los papeles y la posó en mí, llena de reproche y severidad, dejando nuestros rostros demasiado cerca. Rogué que el salto incontrolable de mi corazón haya sido inaudible.
—Vamos a hacer todo lo posible por ayudarlo. A todos —prometió Suguru.
—Lo sé. Confío en ustedes.
Yaga quizás confiaba en nosotros, sin embargo los que lucían muy poco convencidos de nuestras capacidades como profesores eran los alumnos de primer año. He de confesar que era un tanto difícil comportarse como un adulto serio y responsable cerca de ellos cuando cualquier cosa que dijeran me hacía reír. Juro que podía oír la voz de Suguru regañándome dentro de mi cabeza de forma constante cada vez que alguna de las mellizas hacia algún comentario que despertaba la risa en su hermana y en Panda, uno de los alumnos que parecía llevarse demasiado bien con ellas.
—Bueno, si no les molesta, sería bueno que le demos inicio a las clases, ¿les parece? —No hacían falta ser un experto en la materia Suguru Geto (aunque yo sí lo era) para comprender que el momento de las risas había llegado a su fin—. Pero antes, nos gustaría presentarles a un compañero nuevo.
—¡Sí! ¡Permitanme presentarles a su compañero nuevo! ¡Aplaudan todos! —Mi entusiasmo no pareció contagiar a casi ninguno de los jóvenes, a excepción de Mimiko, que sí aplaudió con alegría tras oír mis palabras. Y sólo por eso, se coronó como mi melliza favorita. Pero a decir la verdad, mi favoritismo por ellas variaba semana a semana.
—No creo que nadie mas vaya a aplaudir —susurró Suguru con gracia.
—Escuché que el tipo es bastante mecha corta. Y lo último que necesitamos es a otro chico malhumorado e inexperto al que haya que cuidar todo el tiempo. —Maki Zenin y su clásica honestidad. Palabras un tanto irónicas considerando que ella era la única malhumorada de la clase. Juro que incluso Inumaki, un chico que era incapaz de hablar mas que con ingredientes de comida, resultaba bastante mas agradable que ella.
—Salmón —soltó Inumaki. No estoy seguro de qué significa todo lo que dice, pero supe a ciencia cierta que estaba de acuerdo con su compañera.
—Yuuta no es malhumorado, Maki —intervino Suguru—. Es un chico que no la tuvo nada fácil, así que les pedimos por favor que sean amables con él. Creo que la mayoría de nosotros entiende lo que es sentirse solo y perdido en un mundo como este, ¿cierto?
Nanako tendía a responder con un suspiro largo cuando estaba de acuerdo con algo pero no quería admitirlo. Sobre todo cuando Suguru era el que hablaba. Ella siempre estaba de acuerdo, pero era incapaz de decirlo en voz alta. Pensandolo mejor, quizás ella era mi favorita.
El resto de los jóvenes no hizo mas que asentir ante las palabras de mi mejor amigo y colega.
—¡Ya podés entrar!
La energía de Rika llenó el aula en el preciso instante en el que Yuuta entró. Mis instintos me susurraban que lo atacara y supe, por la forma en la que sus ojos se oscurecieron, que Suguru se sentía igual que yo, aun si el chico no representaba ningún tipo de amenaza para nosotros dos. Sin embargo, nuestros estudiantes parecían incapaces de luchar contra sus cuerpos, y en cuestión de segundos, una de las herramientas malditas de Maki se clavó en el pizarrón, justo al lado de la cabeza del chico nuevo.
Inumaki, Panda, Mimiko y Nanako estaban detrás de ella, listos para atacar, como si esperaran que su compañera diera la orden, casi ignorando por completo nuestra presencia o la clara confusión y el terror impresos en el rostro de Yuuta, que parecía rogar porque lo dejaran escapar.
—¿Esto es una prueba? —exclamó Maki con molestia—. ¿No sabés que estás maldito? Porque este es un lugar para aprender sobre maldiciones, no para que las maldiciones caminen como si fuera su casa.
—¿Qué?
—Lo que quiere decir tu compañera —comenzó a explicar Suguru— es que en este lugar vas a aprender sobre maldiciones y cómo exorcizarlas. Chicos, entiendo que hayan reaccionado de esa forma, y de hecho los felicito por haber actuado tan rápido. Pero Yuuta es su compañero y la maldición… —Quizás no haya sido propio de un profesor responsable, pero si fue propio de mí el haber tirado de su uniforme, incitándolo a callar. No es que quisiera que los jóvenes atacaran a su compañero, pero sí me sentí curioso de observar cómo esa maldición podría actuar si no los detenía. Como era usual, Suguru me comprendió de inmediato—. La maldición que tiene es un tanto compleja, deberían comenzar por explicarle cómo funcionan las maldiciones desde ahora.
—¿Todavía no se lo explicaron? —Mimiko frunció el ceño, mas confundida que molesta.
—No exactamente —respondí—. Ah, y por cierto, deberían alejarse de él rápido.
—No vamos a alejarnos hasta que no sepamos… —Lo siguiente que pudimos ver fue que Rika lanzó a los estudiantes a través del salón al grito de “¡no toquen a mi precioso Yuuta!”, provocando que se golpearan contra los bancos y las paredes en el proceso. Suguru pretendía lucir preocupado por ellos, después de todo él sí era un profesor responsable, pero yo pude leer la picardía en su mirada y comprendí que aquello le había causado tanta gracia como a mí.
—Ah sí, olvidamos decirles que Rika, la maldición, está irremediablemente enamorada del chico y lo protege a toda costa —comentó mi mejor amigo—. Así que todos deberían tener cuidado. Dicho esto, Yuuta, bienvenido a Tokyo Jujutsu High School.
