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Sibyll Trelawney no siempre se equivoca

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Como era habitual, Dumbledore le pidió a Sybill Trelawney que intentara predecir el futuro de todos sus profesores. Aunque la bruja rara vez predecía algo fuera de lo común, un día, al leer el destino de Severus, descubrió que, si se cumplían tres circunstancias, la vida del hombre estaría en grave peligro. Sin embargo, no había motivo de preocupación, ya que esas tres condiciones eran tan improbables que parecía imposible que se cumplieran. ¿O tal vez sí?

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Capítulo Único 

 

—Puedo ver que recibirás una noticia muy sorprendente. 

Minerva tuvo que contenerse para no chasquear la lengua. Albus, sentado tras  su escritorio, la miró severo detrás de sus anteojos pidiéndole que mantuviera la calma mientras Sybill terminaba su trabajo. La subdirectora levantó las cejas, recobró la compostura y esperó lo más tranquila que pudo hasta que su colega de enseñanza terminará de leer su futuro.

No podía evitar  que aquella situación le causara gracia. Albus tenía la costumbre de hacer que Trelawney leyera el futuro a todo el profesorado antes del inicio del ciclo escolar. Había comenzado con aquello como una medida para prever cualquier posible ataque de Voldemort o cualquier posible mal que los acechara.  Sin embargo, la realidad era que, más allá de las predicciones genéricas que podían cumplirse de una forma u otra, como "te enfermarás este año" o "recibirás un gran disgusto", la profesora de adivinación no había logrado predecir nada que realmente valiera la pena.

Aquello no era más que una pérdida de tiempo.

Todo el profesorado llegó a pensar que, con Voldemort derrotado el año pasado, esa insensatez llegaría  a su fin. Pero cuál fue la sorpresa de todos cuando Albus avisó el primer día de clases que debían ir a su oficina uno por uno para la predicción de rutina. 

—Uno nunca sabe lo que pueda suceder— había dicho el director. 

Así fue como, después de la cena, todos los profesores desfilaron uno por uno hacia la oficina de Albus Dumbledore para que Sybill Trelawney les leyera el futuro. Minerva McGonagall solía ser la última en asistir, pero como Severus se había retrasado preparando unas pociones de último minuto, ella ocupó su lugar.

A la maestra de transfiguración le causaba gracia su predicción porque siempre era la misma. Trelawney le decía exactamente las mismas palabras sin variar ni una coma ni un punto desde el primer año que hicieron aquello. Siempre se trataba de una noticia asombrosa que cambiaría el curso de su vida. Minerva sospechaba que Trelawney simplemente no podía ver nada acerca de su futuro, y que le decía lo más simple y genérico que podía ocurrírsele.

Cuando la lectura del futuro terminó, la subdirectora miró a Albus de forma inquisitiva y esté solo se encogió de hombros. 

—Espero que esta información no te turbe demasiado mi querida compañera — dijo Sybill de forma realmente preocupada, creyendo que su predicción habría hecho mella en la subdirectora —. Quizás sea una excelente noticia la que va a llegar a tu vida.

Minerva pensó que una excelente noticia sería que Albus dejara aquella tontería del futuro, pero colocó su sonrisa más imparcial y, diciéndole a los presentes que tenía muchas cosas por hacer, se dirigió hasta la puerta para salir. 

Se había imaginado que Severus estaba en el pasillo esperando su turno, y efectivamente se encontraba ahí, visiblemente de mal humor y con notables ganas de no participar en aquella ridiculez.

—Cuidado, mi querido Severus, estallarás de la emoción.

Severus chasqueó la lengua remarcando su mal humor.

—¿Qué te predijo esta vez?

—Lo mismo de siempre en realidad, una noticia increíble.

—Me gustaría saber qué es lo que me dirá esta vez, siendo que durante todo este tiempo pronosticó mi muerte en manos de Voldemort.

El maestro de pociones se dirigió directamente hacia la puerta sin despedirse, mientras escuchaba los pasos de Minerva descendiendo por las escaleras. 

Cuando Snape entró y cerró la puerta tras de sí,  vio con desdén la conocida escena. Álbus sentado tras de su escritorio, las dos butacas al frente de este,  una siendo ocupada por Sybill, y una mesita de centro mandada a traer para que la bruja pudiese colocar la esfera de cristal que utilizaba para sus artimañas. 

—Severus, toma asiento. ¿Te ofrezco un té? 

Con tono seco el maestro comentó que lo único que quería era acabar con aquella ridiculez y tomó asiento frente a la profesora de adivinación. 

Trelawney comenzó con el conocido ritual: pidió silencio, puso los ojos en blanco y levantó ambas manos alrededor de la esfera para moverlas en todas direcciones. Severus se relajó en su asiento,  sabiendo que tenía que esperar unos minutos antes de que la bruja comenzara a hablar. 

La primera vez que tuvieron que hacer aquello fue en el primer año de escuela de Harry. Siendo que era minúsculo el porcentaje de las predicciones que se cumplían de aquella mujer ninguno le tuvo mucha fé, mucho menos Snape.

Es verdad que aquella primera vez, cuando predijo su muerte en manos de Voldemort, un estremecimiento recorrió su cuerpo. Pero después del minuto inicial entendió que más que una predicción era un hecho concreto. Cuándo aceptó ser el espía de Dumbledore se imaginó que su final sería a manos del mismo señor tenebroso. Así que el hecho de haber sobrevivido la batalla final con solo unos cuantos golpes que tardaron una semana en sanar no solamente le sorprendió, sino que también confirmó su concepto de que aquellas "adivinaciones" no servían para nada. 

El trance de Sybill tardaba alrededor de unos pocos minutos antes de que volviera en sí y comenzará a decir su retahíla de alucinaciones. Por lo que el chillido que profirió la mujer tomó a los dos hombres presentes por sorpresa. La mujer emitió un sonido agudo e incesante con los dientes apretados y crispaba las manos alrededor de la esfera de cristal.

Alarmado, Albus recordó que la última vez que vio una reacción parecida había sido cuando tuvo la visión de Voldemort y el niño que vivió.

La maestra se agitó por unos segundos. Bajó la cabeza y la volvió a subir pareciendo volver en sí. Tomó una gran cantidad de aire como si hubiese estado reteniendo la respiración por un largo tiempo, y miró a Severus con los ojos desorbitados y una expresión asustada.

—Oh, Severus, lo siento mucho. 

La acción inesperada de la Sybill había inquietado a Severus por un segundo, pero luego, se dio cuenta que  ella lo miraba como siempre hacía cuando volvía a pronosticar su muerte. 

—¿Acaso has visto mi muerte nuevamente? —preguntó con tono grave—. ¿Y esta vez a manos de quién, Trelawney? Te recuerdo que el señor oscuro ya no está entre nosotros.

Antes de contestar ella miró al director por unos segundos, y luego volvió toda su atención a Severus. 

—A manos de Harry, Harry Potter. 

El silencio envolvió profundamente a los presentes. A dos de ellos por la inesperada revelación, y a la tercera porque aún parecía estar tomando aire después de aquella exaltación.

—¿Qué acabas de decir?— fue Severus quien rompió aquella pausa, incapaz de esperar más. 

— No he podido ver mucho, oh…. Está visión ha sido tan extraña que ni yo comprendí lo que estaba viendo. Pero estaba más que claro, Severus, tu vida va a terminar a manos de Harry Potter. Está escrito ya en tu destino. Pronto se van a cumplir tres circunstancias, y después de estas, no habrá vuelta atrás.

—¿Circunstancias?—preguntó Dumbledore inclinándose ligeramente hacia adelante.

Sybill, con manos temblorosas, tomó un sorbo de su taza de té. Cuando pareció que la bebida le devolvió las fuerzas que necesitaba, se aclaró la garganta y comenzó con el relato de su visión sin ser interrumpida por los otros dos presentes. 

—Como bien saben mis visiones no son iguales una de la otra. A veces "veo" un sentimiento futuro, como el dolor o la tristeza, que indican un acontecimiento negativo acercándose. Puede ser que directamente vea el suceso, y no siempre será de la misma manera. Unas veces he visto el futuro desde los ojos del dueño de ese futuro; otras desde los ojos de un tercero. Quizás vea algo de forma nítida, o quizás no. Y eso ha ocurrido contigo, mi querido colega. He visto, entre bruma espesa, que brotaba sangre de tus hombros, y que el atacante se acercaba a ti, y tú mencionabas el nombre del señor Potter. Procuré entender más allá de lo que veía, pero la visión cambió repentinamente y los sonidos del más allá me susurraron que lo que acababa de ver se haría realidad al cumplirse tres circunstancias. Y, entonces, volvieron a mis ojos imágenes, que estaban ocultas por una bruma igual de densa que la anterior, pero era claro para mí que veía tu figura junto a la de nuestro Salvador. La primera circunstancia es que ocurra entre ustedes un contacto físico inesperado, la segunda es que veo a tu persona envuelta en un mar color carmesí, y la tercera es que recibirás una información tan inesperada, que te quedarás sin palabras y sin poder reaccionar.

Severus sintió ganas de reír, no lo iba a negar. Hacía mucho tiempo que no tenía tantas ganas de reír de forma tan abierta, y ni siquiera pudo ocultar la sonrisa que brotó de sus labios. 

—Creo que ha sido suficiente absurdez por una noche —dijo levantándose bruscamente de la silla.

—Severus, —exclamó el director con voz preocupada—. Toma asiento, conversemos sobre esto.

—Creo que escuché suficiente. Iré a arreglar mis pertenencias antes de que el señor Potter se aparezca para reclamar mi cabeza.

Severus salió de la oficina del director, pero escuchó antes de alejarse lo suficiente como Trelawney exclamaba “Dejemosle un momento a solas, seguro tiene mucho en que pensar”.

Severus se dijo a sí mismo que en lo único en que tendría que pensar era la forma de evitar tener que volver a pasar por aquello el próximo año. Por lo menos esperaba que, como otras veces, aquellas predicciones se olvidaran para el día siguiente y todo volviera a una tranquila normalidad.

 

 


 

 

No ocurrió lo que deseaba.

Trewlaney había hecho un pacto inquebrantable sobre que no podía comentar las visiones de un profesor con el resto—a menos que ese profesor estuviera presente—, para salvaguardar un poco la “intimidad” de las predicciones. Pero normalmente eran los mismos profesores quienes le contaban a los demás y se reían entre ellos. 

Como Severus jugó su fachada de espía hasta el final de la guerra, solo McGonagall, que estaba al tanto de su papel en la Orden, le preguntaba acerca de su profecía. Severus pensó que al igual que él, la subdirectora se encontraría aquel cuento hilarante y, al igual que años anteriores, las palabras de Sybill serían olvidadas al siguiente día. Pero no fue así. 

Al principio McGonagall pareció tomarlo con gracia. ¿Quién podría creer que Harry Potter dañaría a Severus Snape? Era de conocimiento público que el joven había abogado intensamente por el maestro de pociones, al igual que Dumbledore, durante los juicios que se llevaron a cabo después de la guerra para castigar a los mortífagos remanentes. Incluso los rumores sugerían que al final la exoneración de todos los cargos sobre Severus se había logrado más para satisfacer al Salvador del Mundo Mágico que por cualquier otra razón.

La incredulidad fue tal que Minerva compartió la profecía con los demás profesores, quienes la tomaron como algo imposible. Sin embargo, a medida que pasaban los días, el rostro de Dumbledore se volvía cada vez más serio y preocupado. Fue entonces cuando los demás profesores empezaron a temer que, tal vez, la predicción de Trelawney podría ser cierta.

Para el final de aquella primera semana Severus no podía tomar sus alimentos en el Gran Comedor sin ser observado de reojo por los demás profesores. Incluso Minerva, sentada a su derecha, lo veía como si en cualquier momento comenzaría a desfallecer por haber ingerido veneno de su copa de jugo. 

Si aquello continuaba de esa forma, no dudaba en que se volvería loco.

 

 


 

 

La batalla final se había llevado a cabo meses después de la graduación del trío de oro y los demás de ese año. Tomó por sorpresa a más de uno, incluso al mismo Snape, quien no había estado al tanto de los planes del Señor Tenebroso si no hasta casi la hora de su ejecución. 

Aquel día, justo un año después, se conmemoraba el aniversario de aquella batalla y la fiesta del Ministerio no se hizo esperar. 

El salón elegido parecía ser demasiado pequeño para la cantidad de personas invitadas. Estaba en un edificio de dos pisos que solía utilizarse para ese tipo de actividades, donde el primer piso era usado para conferencias y el segundo para fiestas. El salón tenía grandes ventanales que daban a varios pequeños balcones distribuidos alrededor de toda la circunferencia. Estaba decorado con guirnaldas, flores, pancartas y tantas cosas juntas y coloridas que Severus se sintió asfixiado por tanto color. De todas formas, a los demás asistentes parecía gustarles o no importarles, ya que hablaban entre ellos con felicidad o recordaban alguna que otra vida perdida.

Severus habló poco. 

Había llegado junto con McGonagall y Flitwick como representantes de Hogwarts. Albus, siendo el director, no podía ausentarse del colegio si otros tres profesores lo hacían. Sin embargo, a diferencia de él, los otros dos maestros se mezclaron entre la multitud de forma casual.

Severus sintió que ya había hablado con suficientes personas para que su presencia no pasara desapercibida, pero no iba a pasar la noche entera escuchando historias de una guerra que él había vivido. Así que salió a uno de los pequeños balcones abiertos con su ¿quinta copa? ¿Quizás la sexta?

Beber para soportar una de esas estúpidas fiestas no podía ser un pecado.

Dio el último trago a su bebida y miró el vaso, preguntándose si debía perder su cómodo lugar para ir a buscar otro, cuando una voz se escuchó a su espalda.

—Snape, no pensé que viniera.

El aludido se giró, aunque no necesitaba hacerlo para saber de quién era aquella voz. Pese a que hacía un año que no lo veía, no esperaba encontrarlo tan cambiado. Potter se veía... ¿cómo podría describirlo? Se erguía con unas ropas tan elegantes que podrían pertenecer fácilmente a Malfoy. Llevaba el cabello como en su quinto año, aunque menos despeinado. Ya no usaba gafas, lo que hacía que el verde de sus ojos brillara aún más. No tenía el mismo aire pálido y agotado de la última vez que lo vio, la noche de la batalla. Pero lo más desconcertante de todo era su sonrisa.

  Apuesto, maldita sea. Potter se veía apuesto .

—Vine obligado, Potter —dijo, saliendo rápido de su sorpresa—. El director aún conserva el don del convencimiento. 

No era tan obligatorio, en realidad, ya que había cambiado el ser encargado de una salida a Hogsmeade. Aunque odiaba profundamente ese tipo de eventos sociales, prefería estar rodeado de adultos de los que no era responsable en cuanto a su seguridad, antes que tener que acompañar a un montón de adolescentes hormonados a comprar dulces.

El muchacho se pasó una mano por el pelo sin dejar de sonreírle.

—Yo tampoco quería venir, pero me alegra que Hermione me obligara a hacerlo.

¿Por qué Potter le sonreía tanto? ¿Acaso estaba planeando hacerle algo? No, Severus sabía muy bien leer las expresiones de los demás, aquella no parecía ser una sonrisa con un plan por detrás. Parecía sincera, aunque eso le resultaba aún más desconcertante. 

De todas formas, no creía que Potter se atreviera a hacer algo en aquella fiesta, frente a todos. Quizás, si realmente tenía la intención de matarlo, lo haría en algún lugar solitario y luego alegaría que Severus había intentado hacerle daño. Eso sería lo más astuto. Nadie dudaría de la palabra del Salvador del Mundo Mágico; ni siquiera se tomarían la molestia de revisar sus recuerdos. Sin embargo, debía recordar que Potter era un Gryffindor, y los leones solían actuar impulsivamente.

Sacudió esos pensamientos cuando se dió cuenta que no podía temer aquello, por qué entonces estaría creyendo que Sibyll Trelawney tenía razón, y eso era algo que jamás sucedería. Se aclaró ligeramente la garganta. Debía decir algo. 

—¿Y pensaba hacer sufrir a los presentes con su ausencia? Eso no sería muy caballeroso de su parte, Potter.  Considerando que la mitad de los asistentes solo están aquí con el único objetivo de ver su grandeza.

Harry bufó mientras ingresaba más al pequeño balcón. Aquel lugar era demasiado pequeño para que no estuvieran demasiado cerca. Entre ellos había unos escasos dos pasos de distancia. Severus involuntariamente se tensó, aunque intentó que no se notara.

—Lo dice como si me gustará esa atención.

—¿Y no lo hace? 

—Snape, a veces siento que en todos estos años nunca me entendió.— En el silencio que les otorgaba aquel balcón Severus pensó que la mirada de Harry quería contarle más cosas de las que entendía—. Aunque a veces pienso que fue el único que me comprendió. 

Harry se giró cuando alguien mencionó su nombre, y volvió a prestar su atención a Snape mientras hacía una mueca. 

—Parece que debo volver a la acción. 

—Todo un héroe.—respondió Severus tragando con dificultad. ¿Por qué se sentía tan nervioso?

Contrario a lo que había pensado, Harry no se marchó. El Gryffindor dio un par de pasos hacia adelante, acercándose a él. Contra su voluntad, Severus se alertó, temiendo que algo fuera a suceder, pero no tuvo tiempo de reaccionar. El maldito entrenamiento contra el Señor Oscuro había dado demasiados frutos en Potter; era demasiado rápido. Pensó lo peor hasta que sintió unos dedos entre los suyos, quitándole la copa vacía de las manos.

—Yo la llevo—dijo Harry, más cerca de lo que el decoro veía prudente antes de darse la vuelta y marcharse. 

Severus se quedó estático, sintiendo el cosquilleo en sus manos donde los dedos de Harry habían tocado su piel, y escuchando en su mente las palabras de Sibyll repitiendo una y otra vez la primera circunstancia.

 

 


 

 

Cómo el hombre objetivo e inteligente que era comenzó a enumerar las razones por las que aquel simple toque no significaba nada. No era la primera vez que había tocado a Potter desde que lo conociera. No importaba que ninguna otra vez le hubiese provocado tal sensación en su piel. 

El director le preguntó si había tenido algún percance con su niño de oro y, aunque Severus quiso maldecirlo, tan solo le dijo que se habían saludado a la distancia con un asentimiento y que nunca tuvieron oportunidad de hablar. Albus soltó un suspiro y pareció relajarse, decidiendo que quizás Sibyll se había equivocado. 

Dos días después, sin embargo, le llegó una carta en el correo matutino. No tenía sello pero sí estaba firmada con nombre y fecha en una esquina del sobre. Harry Potter, rezaban las palabras. Había sido suficientemente rápido para que ninguno de los demás profesores y en especial Dumbledore con su mirada de halcón vieran quién era el remitente. Pero quizás su reacción había sido demasiado rápida cuando el viejo director con una ceja levantada le preguntó si todo estaba en orden. 

—Correo personal. 

Albus asintió, de todas formas él nunca le había dado demasiados detalles de su vida.

Aunque no estaba dispuesto a aceptar que la profesora de adivinación estaba en lo correcto no abrió la carta. La guardó dentro de un bolsillo de su túnica y cuando llegó la noche se deshizo de ella con un hechizo de incineración. No estaba seguro de que quería decirle Potter, pero tampoco quería saberlo. 

Pensó que si el Gryffindor no obtenía una respuesta, entendería que ese sería su modo de responder. Sin embargo, le llegaron unas cinco cartas más durante el resto del mes, y no abrió ninguna.

De todas formas Severus intentó no pensar más en eso de lo debido, y durante otro mes solo se concentró en sus pociones y sus clases. Y habría seguido así con bastante satisfacción, hasta que el director le pidió un favor. O más bien, le comunicó que Molly Weasley necesitaba un favor. 

Esta vez no pudo negociar del todo con aquel favor, ya que involucraba a Molly Weasley. El problema con la matriarca no era que causara miedo en Snape, para nada; pero sí le provocaba exasperación. La mujer podía ser insistente cuando se le antojaba, y no deseaba que ella se uniera a Potter en su envío incesante de cartas. Así que, aquel domingo, dos meses después de haber experimentado la primera condición, se presentó en la Madriguera a horas de la tarde.

Algunos días antes de la batalla final un puñado de mortífagos atacó a los Weasley. Con más explicaciones o menos, el jardín de Molly había sufrido daños a causa de la magia oscura, resultado de los hechizos que se desataron aquel día. Durante todo el año, Sprout le había estado ayudando a deshacer los hechizos y a restaurar el crecimiento de las flores y las plantas. Los encantamientos eran bastante complicados, por lo que Sprout debía visitar el jardín una vez al mes para renovarlos y asegurarse de que todo estuviera en orden. Aunque la tarea había sido ardua, la profesora de Herbología había realizado un excelente trabajo y pronto solo quedarían unas dos o tres sesiones más. El problema era que, ese fin de semana, Sprout debía visitar a un pariente gravemente enfermo, pero el hechizo necesitaba ser renovado. Dumbledore, a pesar de su vasto conocimiento, era el tercero que más sabía en ese campo, después de Severus, quien poseía un conocimiento superior sobre magia oscura y plantas.

Además, Albus había bajado la guardia con respecto a la predicción de su muerte. Quizás se debió a la mentira de Severus, o tal vez a que Flitwick se cayó por las escaleras después de que la predicción de Sibyll fuera: “ Este será tu año. No habrá ningún tropiezo en tu camino ”. Por lo tanto, no era tan prudente seguir creyendo en la bruja.

Molly lo saludó con la mano mientras él se acercaba a la casa. La mujer estaba vestida con un delantal lleno de tierra sobre su ropa y un sombrero de ala ancha. 

—¡Severus! Querido, gracias por tu amable visita. 

Severus mordió su lengua para evitar hacer algún comentario, pero se asombró enormemente al escuchar silencio en la tan bulliciosa casa.

—Los muchachos fueron a ver un partido de Quidditch —dijo la señora Weasley, notando su sorpresa.

 Eso le alivió. Parte de su reticencia a ir había sido para no encontrarse con Potter. Pero si este no estaba no podría molestarlo. 

Trabajaron por varias horas, lanzando los hechizos que Sprout les había explicado con detenimiento. Cuando terminaron, el sudor corría por su espalda y su mano estaba acalambrada. Combatir contra la magia oscura nunca era sencillo, aunque se tratara de plantas o un jardín. Molly lo invitó a tomar algo fresco en la cocina antes de que tuviera tiempo de decir que se retiraba, y pronto se vio atrapado entre limonadas y pastel de calabaza.

La verdad era que hablar con Molly Weasley no le resultaba un disgusto, ni con Arthur tampoco. Los dos lograban mantener conversaciones fluidas de casi cualquier tema (no de temas oscuros, por supuesto). Así que no le fue difícil seguir hablando acerca de las plantas que estaban intentando salvar o devolver a la vida. Lamentablemente, aquel momento tranquilo no duró mucho y, junto con la puesta de sol, el escándalo llegó a la madriguera. Fred y George, Ginny, Arthur, Ron e incluso Charlie (gracias a Dios no estaba también Bill) entraron a la casa, seguidos por Hermione y, por supuesto, Harry.

Los Weasley hijos lo saludaron con apenas un asentimiento de cabeza, a excepción de Charlie que, como su padre, le tendió la mano. Hermione, por su parte, le saludó con un asentimiento y una sonrisa sincera. Harry parecía congelarse al verlo, aunque solamente él lo notó. El chico había vuelto a usar sus lentes habituales y, aunque no estaba ataviado en unas ropas tan finas como las que había usado en la fiesta, seguía teniendo esa apariencia atractiva.

¿Qué estoy pensando? se preguntó Severus queriendo hechizar su persona en aquel momento. 

Al ver que sobre la encimera había limonada y pastel todos comenzaron a intentar tomar algo, hambrientos y cansados seguramente después del partido. Molly parecía estarles diciendo que tomaran las cosas con calma, pero Severus se tensó.

No logró entender del todo lo último que Molly le decía, porque en ese momento comprendió que la segunda condición de la visión de Trelawney se estaba cumpliendo. ¿No había dicho la bruja que él estaría en un lugar lleno de color rojo? “ la segunda es que veo a tu persona envuelta en un mar color carmesí” fueron sus palabras exactas. Severus había supuesto que se trataba de sangre, pero se dio cuenta de su error al percatarse de que estaba rodeado de los Weasley, todos pelirrojos. Trelawney había dicho que no había logrado ver con claridad, así que no podía ser tomada literal. 

No era que se iba a encontrar dentro de aguas rojas. Ni que sería bañado por su sangre o la de otros. Era que sería arropado por una ola de pelirrojos.

—Debo marcharme— dijo de forma brusca mientras se levantaba, espantando ligeramente a Molly. Al ver la reacción de la mujer intentó recuperar la compostura y carraspeó ligeramente. Los demás seguían discutiendo por el pastel—. Perdí la noción del tiempo y tengo cosas que hacer antes de las clases de mañana.

—Oh, por supuesto, Severus. Deja te acompaño.

—No es necesario.

Severus no esperó más la cortesía de la mujer y cruzó rápidamente la sala de estar, cruzó la puerta y caminó veloz hasta el punto de aparición.

—¡Profesor Snape!

No necesitó girarse para saber a cuál Gryffindor de los presentes le pertenecía aquella voz. Pero se detuvo ante el segundo llamado de su nombre, girando sobre sus talones con el ceño fruncido.

—¿Puedo ayudarle en algo señor Potter?

Harry pareció congelarse en donde estaba, a unos pocos pasos del maestro de pociones.

—Oh, eh, solo me sorprendió que se fuera tan de repente.

¿Acaso quería que le diera tiempo para pensar cómo matarlo?

—No sabía que necesitaba pedirle permiso al Salvador del mundo mágico para retirarme de algún lugar.

—No ha contestado ninguna de mis cartas.

—No estoy obligado a hacerlo.

—¿Está molesto conmigo?—preguntó Harry, confundido.

Severus cortó su comentario, dándose cuenta que cualquier cosa que dijera sonaría estupida. “No, no estoy molesto, solo me gustaría retirarme antes de que sienta unas inmensurables ganas de matarme”. O quizás sí estaba molesto. Molesto porque el muchacho había trabajado bastante en su liberación para acabar con su vida ahora. ¿Era acaso un mal chiste? Pero entonces se dio cuenta que estaba creyendo firme y ciegamente en Sybill Trelawney. 

Y eso no podía ser. 

—¿Podemos hablar un segundo?— preguntó el Gryffindor, sacando a Severus de sus pensamientos. 

Snape quiso responder de forma tajante que no. Para él, no sería extraño negarle una petición a Harry Potter; le resultaba incluso reconfortante cuando todos los demás hacían lo que fuera por cumplir los deseos del muchacho y él simplemente se negaba, sin dar siquiera una explicación. Pero entonces se preguntó si en verdad quería decir que no porque realmente lo deseaba o porque tenía… miedo.

¿En verdad se estaba dejando llevar tanto de esa predicción? Sentía que si daba media vuelta en aquel instante Sybill le habría ganado, y él no podría permitirse aquello.  

—Que sea rápido, Potter.

La sorpresa inundó el rostro del otro por un segundo, como si no creyera que en verdad Severus había aceptado. Pero entonces procedió a morder su labio inferior antes de volver a hablar. 

—Es algo que quería  contarle hace un tiempo, para eso eran las cartas. Está en Grimmauld Place. 

¿Acaso le estaba pidiendo que lo acompañara a Grimmauld  Place? Aquello era algo a lo que se negaría sin dudar diciéndole que no tenía tiempo para desperdiciarlo con el “Niño de oro”, o el hombre de oro, en todo caso. Potter ya no era un niño después de todo.  Pero de nuevo se preguntó a sí mismo si se estaba negando por su propia voluntad o si en serio temía de las advertencias de Trelawney, por lo que aceptó.

Pudo jurar que el muchacho apretó los labios para no sonreír de forma abierta, pero aquello duró apenas un segundo antes de que se le acercara y sacara algo del bolsillo de sus pantalones. Severus tuvo el instinto de sacar su varita, pero pudo controlarlo antes de quedar en ridículo al ver que lo que el muchacho había sacado era tan solo una moneda de plata. 

—Un traslador —explicó mientras levantaba la pequeña moneda—. Supuse que prefería esto a que yo tuviera que ayudarlo a aparecer pues cambie las protecciones y no le será posible aparecer como antes. —Al ver la ceja levantada del pocionista agregó—: La señora Weasley me había dicho que vendría a ayudarla. 

—¿Y estabas tan seguro de que aceptaria?

El Gryffindor mordió su labio inferior mientras sus mejillas se coloreaban. Las alarmas de Severus no dejaban de gritarle que algo extraño estaba sucediendo, pero él no estaba dispuesto a dejarse amedrentar por las palabras de Trelawney. Además, él no era ningún niño. Si Potter intentaba algo él era más que capaz de defenderse. Aunque el hecho de ir a un sitio donde Potter tenía clara ventaja quizás no era una buena idea. O el traslador… ¿y si en verdad lo llevaba a otra locación? Dudó antes de tomarlo e intentó ignorar el cosquilleo en sus dedos cuando sus manos se unieron en la pequeña moneda. Se  dijo a sí mismo que aquello era absurdo mientras sentía el reconocible tirón.

 


 

Por lo menos una cosa era cierta, habian llegado a Grimmauld Place.

Durante la guerra, los mortífagos habían logrado descubrir el sitio y destruir la mayor parte. Pero, según escuchó de Dumbledore mientras hablaba con otros profesores —porque a él no le interesaba ese tema y no le preguntaría de forma directa—, Harry había pedido que le ayudaran a reconstruir el edificio lo más parecido posible al anterior. Habían tenido que reemplazar la mayoría del mobiliario destruido por magia oscura, por lo que el lugar tenía un aspecto más moderno, aunque no demasiado.

Aparecieron justo detrás de la puerta de entrada. Al fondo estaba la cocina, donde tantas veces la Orden se reunió. A un lado de esta, las escaleras llevaban al segundo piso. A la derecha de ese pasillo estaba el salón de estar. El muchacho hizo una seña con la cabeza y empezó a caminar en esa dirección. Severus se dijo a sí mismo que parecería un cobarde si se daba la vuelta en ese instante.

—¿No tienes elfo doméstico, Potter?—preguntó de la nada, sintiendo una ligera gota de sudor recorrer su espalda. Él sabía que Kreacher había muerto durante el ataque al edificio.

—Nunca pensé necesitar otro—dijo mientras se encogía de hombros.

Maravilloso, ni siquiera un elfo doméstico que atestigüe mi muerte. No pudo evitar pensar.

Sentía el peso de su varita a un costado, y sus dedos tensos por tomarla.

La salita tenía una chimenea, unos muebles en colores claros y algo que Severus jamás vio las veces anteriores, una puerta en la pared del fondo. Harry se detuvo frente a esta. 

—Lo encontré unos meses después de la batalla. Dumbledore y yo estábamos haciendo reparaciones en los cimientos y las vigas, y había algo que sentíamos, pero no podíamos ver. Luego descubrimos que había una habitación secreta. Kreacher jamás nos quiso contar por qué era propiedad de algún tatarabuelo de Sirius, creo. O eso dedujo Dumbledore. No creo ni que Sirius estuviera enterado. —Abrió la puerta y se echó a un lado, permitiendo a Severus ver que se trataba de una biblioteca—. Estaba tan bien protegida que ningún libro se vio afectado.

Severus frunció el ceño. Su preocupación realmente no le había dejado pensar en que habría querido el Gryffindor con él, pero en verdad no esperó que fuera enseñarle un cuarto secreto.

—¿Y eso que tiene que ver conmigo Potter?

—Son libros de magia oscura, según Dumbledore, magia muy oscura. La mayoría son de pociones, plantas y esas cosas. Creemos que el tatarabuelo de Sirius fue un pocionista también.

Al ver su silencio Harry prosiguió mientras cambiaba su peso de un pie a otro.

—Quiero darselos. Bueno, tendrá que leerlos aquí. Están protegidos por magia poderosa, si se intentan sacar de la casa se prenden en llamas y no hay forma de apagarlo sin arriesgarse a ser golpeado por alguna maldición, ya lo intentamos.

¿Acaso Potter le estaba dando una especie de regalo? Porque si era cierto lo que había descrito aquella biblioteca debía de ser un paraíso para él.

—¿Y cómo estaré seguro de que son seguros de leer?— quizás tenían una trampa y moriría de alguna maldición. 

El otro se encogió de hombros.

—No se que tan seguro es leer un libro de magia oscura, pero el director me aseguró que  no le explotaran a nadie en la cara. Puede confirmar con él. —Hizo una pausa, miró a la biblioteca y devuelta a Severus—. Me preguntó si prefería quemarlos todos de una vez o sellar la habitación para no tener que verlos, y le pedí que me dejara pensarlo. Creo que él piensa que yo la sellé por mis propios medios.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—Creí que quizás estaría interesado en los libros. 

—¿Por qué?

Harry miró su desconfianza y levantó las manos.

—Le puedo asegurar que no es algo malo. Quizás podría haberle dicho a Hermione, pero ella está más preocupada por la política que pociones. Si me dice que no está interesado quemaré todos los libros, así que le toca decidir. 

Toda lógica le indicaba que debía dar media vuelta y salir de aquella casa. Pero toda lógica también le indicaba que no debía hacer caso a lo que dijera Trelawney. No podía desaprovechar aquella oportunidad; lo que Harry le estaba presentando era una habitación llena de conocimiento que cualquier otro pocionista desearía tener. No todos los días uno se encuentra con una habitación llena de libros prohibidos. La sección prohibida de la biblioteca de Hogwarts debía de ser una niñería en comparación con aquella habitación. 

Así que aceptó.

Comenzó a ir los domingos en la tarde a través de la Red Flu que tenía en su habitación. Tomaba un libro y se quedaba sentado en la mesita que había en la misma habitación. No deseaba pasearse demasiado por si Potter comenzaba a sentir ganas de acabar con él.

Los primeros domingos el chico simplemente desaparecía de su vista después de un minúsculo saludo. Cuando terminaba con su lectura, o cuando sentía que había leído lo suficiente dejaba el libro en su lugar y salía a través de la red flu sin buscar cómo despedirse.

Después de un par de domingos, sin embargo, Harry se asomó a la biblioteca en un par de ocasiones para preguntarle si le apetecía un té o algunas galletas. Él las rechazó, no porque creyera que estuvieran envenenadas; no.

Dos meses y medio después, algo cambió en su rutina. Esa semana había asignado un ensayo bastante extenso a sus estudiantes y había estado corrigiendo tanto, leyendo letras tan horrorosas, que su vista estaba bastante cansada. Aquella habitación no era la mejor iluminada: no tenía ventanas y dependía de una luz tenue; además, la antigua magia que la protegía impedía que cualquier hechizo de iluminación funcionara, para no dañar los estantes. Recordó que Potter le había dicho que lo único que no debía hacer era sacar los libros de la casa, así que tomó el que estaba leyendo y salió a la sala de estar, que estaba mejor iluminada. Cuando comprobó que el libro no se incineraría ni explotaría en su cara, continuó con su lectura.

Durante la lectura, sin embargo, se dio cuenta de que escuchaba algo. Al principio había creído que Potter se iba de la casa con sus amigos mientras él estaba allí, y que las veces que le había ofrecido comida lo había hecho antes de irse. Pero aquellos sonidos provenían de la cocina. De todas formas, él pensó que quizás ese día el muchacho había preferido no salir y no le dio demasiada importancia.

El domingo siguiente también prefirió volver a leer en la sala de estar, ya que su lectura anterior había sido más confortable. Fue entonces cuando se dio cuenta de que el sonido en la cocina continuaba. Comprendió que, tal vez, la biblioteca era un espacio insonorizado, por lo que no escuchaba ruido, no porque Potter no estuviera en la casa, sino simplemente porque no podía oírlo. Se levantó, mínimamente curioso, y se acercó a la cocina.

Harry estaba parado frente a la estufa esperando a que calentara el agua de una tetera. Sobre la mesa de la cocina había pinturas, pinceles y un lienzo solamente con pintura azul en él. 

El muchacho sintió su presencia y se giró, sorprendido. Llevaba una camiseta gris y unos pantalones deportivos. Haciendo memoria, se vestía con ropas parecidas cada vez que lo recibía o le ofrecía algo. Pensó que quizás el león nunca había salido los domingos.

—Iba a ir a ofrecerle un poco de té— dijo, señalando la tetera. 

Severus no supo qué lo impulsó a asentir y entrar en la cocina. Se sentó en la mesa, sorprendiendo tanto a Harry como a sí mismo. Colocó el libro sobre la mesa e intentó leer, pero en realidad solo observaba al Gryffindor por el rabillo del ojo mientras este buscaba tazas en la encimera sin usar magia.

La mesa de la cocina era pequeña y cuadrada. Tenía espacio para cuatro sillas, pero solo había tres. Harry acomodó las tazas como pudo en el reducido espacio que dejaban el lienzo y las pinturas, y le ofreció azúcar al maestro de pociones.

—¿No es peligroso leer eso en la cocina? Me parece que hay algunos que intentan atacar.

—Quitando su contenido es bastante inocuo. —Respondió negando el azúcar ofrecida—. Hay algunos que atacan, si.  Pero sabré cuál debo de sacar y cuál no. 

Severus tomó un sorbo de su té. Aunque no era de sus favoritos, no podía quejarse demasiado.

—Pensé que los domingos estaría con sus amigos, Potter. 

Harry negó mientras añadía la tercera cucharada de azúcar a su taza. Severus no pudo evitar hacer una mueca.

—Siempre me quedo en casa los domingos, incluso antes de mostrarle los libros. Solo que he intentado quedarme en la cocina o en el segundo piso para no molestarle. 

¿No molestarle? Aquella era su casa después de todo. Severus en verdad no entendía por qué Harry se tomaba tantas molestias con él. Cuando su mente comenzó a girar en torno a planes demasiado elaborados para terminar con su vida, optó por mirar las acuarelas y levantar una ceja. 

—Es solo un pasatiempo. —Rió el otro—. Soy pésimo. 

El maestro no dijo nada y abrió el libro, dando por terminada la conversación. Percibió el nerviosismo de Harry; al parecer, el muchacho no esperaba que él continuara leyendo junto a él. Aun así, Harry siguió pintando. Si entrecerraba los ojos y ladeaba la cabeza, podía encontrar alguna forma en lo que el joven pintaba. De todas formas, no hizo ningún comentario, y cuando llegó la hora de irse, se levantó, colocó el libro en la biblioteca y se marchó.

Los siguientes domingos, por alguna razón que no entendía, volvió a leer junto a Harry en la cocina. Se dijo a sí mismo que la cocina era más iluminada que la biblioteca y más cómoda para tomar anotaciones que la sala de estar, aunque sabía que no era del todo cierto. 

Sentía un extraño deseo de estar con Potter. Desde que el chico tocó sus dedos meses atrás había desarrollado una necesidad peculiar de volver a experimentar esa sensación. Quiso convencerse de que sus sentimientos de cercanía se debían únicamente a la necesidad de vigilarlo, ya que el temor a la predicción había crecido considerablemente, pero eso tampoco le parecía del todo cierto.

Además, las acciones de Potter le resultaban demasiado extrañas. Le sonreía en exceso o parecía ponerse nervioso. Lo había descubierto mirándolo discretamente (aunque Potter no podía ser discreto) mientras pintaba. Y el hecho mismo de que alguien como Potter invitara a su viejo profesor de aquella manera todos los domingos, sin pedir nada a cambio, no tenía sentido. Porque en algún momento Snape pensó que Harry pediría algún favor, algo a cambio, pero nada. 

En aquel momento estaba más que seguro de que el muchacho solo esperaba el momento oportuno para matarlo.

Después de un par de domingos más simplemente no soportó y cerró el libro tan fuerte que asustó a Harry. 

—¿Por qué haces esto? 

Harry lo miró sin entender 

—¿A que…?

—No te hagas el idiota, Potter. ¿Por qué haces todo esto? 

Harry abrió la boca como si quisiera decir algo pero luego la cerró. Severus sintió como la furia lo invadía. ¿Acaso la verdad que planeaba asesinarlo y por eso no tenía ninguna excusa plausible? 

Se levantó con fuerza, haciendo caer la silla al suelo y caminó hasta la sala de estar. Sintió los pasos del más joven a su espalda e intentó ignorarlo pero, antes de que su mano tocará los polvos flu, Harry lo tomó del brazo y lo jaló.

—Me gustas —soltó en cuanto Severus se giró. 

El hombre se quedó estático, no pudo emitir ni un sonido.

Harry apretó su mano sobre el agarre que tenía en el brazo de Severus. 

—Me gustas mucho, demasiado. Me gustas desde antes de salir de Hogwarts, porque yo sentía que eras lo único real que quedaba en mi vida. Me gustaba saber que, aunque parecías odiarme, siempre me cuidabas, porque sí, yo lo sabía. Pensé que era un sentimiento que debía enterrar, que quizás se pasaría con el tiempo, pero no lo hizo. Durante un año no nos vimos, pero te imaginé cada maldito momento. Cuando nos volvimos a ver en la fiesta… Merlín, casi me lanzo a tus brazos. —Harry se había acercado demasiado. Severus se preguntó brevemente cuando había crecido tanto, por que eran casi de la misma altura—. Esa noche iba a quemar la biblioteca, pero pensé que quizás sería una oportunidad de verte, aunque fuera de vez en cuando.

Sus labios estaban apenas a un centímetro uno del otro. Severus sentía el calor del cuerpo de Harry junto al suyo. 

—No pensaba decirte nada, estaba bien así. Pero siempre arruina las cosas, Snape.

Su corazón latía tan fuerte que sentía se le iba a salir del pecho. Las manos de Harry se movieron a sus hombros. 

—Snape, si no me detiene ahora juro que lo voy a besar— susurró Harry. 

Snape no lo detuvo y Harry terminó por inclinarse y juntar sus labios. Severus sintió una corriente que descendió por su espalda al tiempo que los brazos del más joven lo envolvían. No entendió cómo, pero él también terminó por abrazar al otro, una de sus manos enredándose en su cabello. El beso era tan suave, tan profundo, que por un momento no sentía su respiración. ¿Hacia cuanto no besaba de aquella forma? Sus amores pasados jamás lo habían besado así, ni él les había correspondido con tanta intensidad. 

Harry separó sus labios y comenzó a besar su cuello. Por un momento se sintió flotando. Entonces, recordó. Una noticia tan inesperada que no sería capaz de emitir palabra. 

El me gustas   era la tercera condición. 

Severus se tensó por un segundo antes de empujar a Harry hacia el suelo. El chico lo miró con duda en los ojos. Severus no dijo nada; tomó los polvos Flu y atravesó la chimenea hasta su estancia en Hogwarts, cerrándola tras de sí.

 

 


 

 

El lunes, el martes y el miércoles los pasó como si estuviera metido de cabeza debajo del agua. Aún sentía el cosquilleo de los labios de Harry sobre los suyos, y  el recuerdo de esas manos sobre su cuerpo le daba escalofríos. 

Pero la maldita predicción….

Aquello no podía ser lógico. Nada era lógico. Ni Harry Potter deseándolo. Ni una predicción de que este iba a matarlo. Una de las dos cosas debía ser mentira. El problema era saber cuál de las dos. 

Severus se miró al espejo y su rostro marcado por la guerra le gritaba que no había forma de que alguien tan joven y lleno de vida estuviera de verdad enamorado de él. 

Para el jueves, una solitaria nota llegó a él a través de una lechuza nocturna, ni siquiera venía dentro de un sobre. Puedes seguir usando la biblioteca. Yo no te molestaré. 

Maldición. Potter ni siquiera lo culpaba por nada. Él había sido el que había cambiado la rutina para sentarse en la cocina. Él había sido el que lo había increpado y lo había obligado a confesarse. Y Potter  estaba diciendo que no lo iba a molestar. 

¿Eran en verdad reales aquellos sentimientos? Él sabía muy bien que los suyos si eran reales. Su piel ardía de deseo de volver a tocar al Gryffindor, de besarlo. 

De todas formas él no fue ese domingo. Le hizo falta, y mucha. Y no la biblioteca. 

Pasó la semana siguiente intentando no pensar en ello, pero nada de lo que hacía le distraía lo suficiente. Toda aquella situación le confundía, y él detestaba sentirse confundido. Deseaba seguir besando a Potter, pero, ¿y si en verdad quería matarlo? Pero seducirlo para luego acabar con su vida sonaba algo demasiado elaborado y estúpido, inclusive para Harry.

Entonces Severus se preguntó si en verdad tenía miedo a aquella predicción, al pensamiento de que Harry quisiera hacerle daño o quizás al pensamiento de que en verdad Harry lo deseaba. ¿Qué demonios había visto el Gryffindor en alguien como él? Severus sabía que no poseía las mejores cualidades para alguien como Harry, y eso probablemente lo había espantado aún más.

Otro domingo sin atreverse a traspasar las llamas verdes. Eran pasadas las 8 de la noche y él estaba de pie frente a la chimenea, sin saber cuántas horas había pasado así, con el cuenco de polvos flu balanceándose entre sus dedos. 

Arrojó los polvos y traspasó las llamas cuando entendió que nunca tuvo miedo de aquella profecía, pues desde el principio lo que temió fue a Potter. Temió su cercanía en el baile de conmemoración de la guerra. Temió las cartas que le enviaba, su sonrisa y lo que pensaba cuando lo veía. Temió por sus propios sentimientos y por la necesidad de tenerlo cerca, aunque se excusaba con que era para tenerlo vigilado.

Cuando sus pies tocaron Grimmauld Place escuchó ruido en la cocina y caminó hasta allá. Harry estaba sentado en la mesita con una taza entre sus manos, el libro que Severus había dejado abandonado dos semanas antes seguía sobre la mesa. Él Gryffindor levantó la vista y sus ojos se iluminaron con esperanza. 

—Snape…

Severus dio un paso adelante, algo en su rostro pareció darle a Harry su respuesta por qué se levantó y caminó hasta él, aunque de forma precavida. Parecía temer volver a alejarlo con su impulsividad. 

Severus acortó los pasos entre ellos y reanudó el beso que tanto anhelaba. Supuso que, si su destino era morir, aquellos labios tenían el derecho a matarlo. 

 

 


 

 

Intentó controlar su respiración, Harry cayó a su lado, jadeando por igual. 

En la bruma del orgasmo no podía recordar cómo habían logrado subir las escaleras sin separarse. Pero estaban en la habitación de Potter, las sábanas revueltas y ambos exhaustos. 

Había tenido sexo anteriormente, sí. Pero aquello, al igual que el beso, no eran comparables con ninguna experiencia pasada. 

Harry se colocó de costado, recostando su cabeza del brazo de Severus. 

—Pensé que no volverías. 

Él mismo había pensado que no volvería.

—Pasaron cosas. 

Harry asintió sin realmente comprender, pero no prosiguió. Probablemente volvería a tocar el tema más adelante, pero no deseaba empujar demasiado su suerte. 

Cuando sus ojos vagaron al hombro de Severus hizo una mueca.

—Lo siento. Creo que debo controlarme. 

Severus giró su cabeza para ver a lo que Potter se refería y vio la marca de una mordida en su hombro. Los dientes le habían hecho suficiente daño para que la piel dejara pasar unas gotas de sangre. También tenía marcas de uñas y sabía que estás también marcaban su espalda. Espera….

¡¿Sangre?!

¿Qué había dicho Trelawney?

He visto, entre bruma espesa, que brotaba sangre de tus hombros, y que el atacante se acercaba a ti, y tú mencionabas el nombre del señor Potter. 

Potter lo había mordido y arañado en los hombros y la espalda, dejándole heridas que se veían rojas. Efectivamente él había gritado el nombre de Potter. Gemido, mejor dicho.

Maldición. 

Sibyll lo había visto en una visión teniendo sexo.

—¿Sucede algo?—preguntó Harry. 

Y él se dió cuenta que su expresión había cambiado. Potter debía estar pensando que lo culpaba por lo de su hombro. Y no quería que pensara eso porque, si aquello se repetía, ansiaba que Harry volviera a arañarlo y morderlo de aquella forma. 

Lo único que encontró para aplacar aquella duda fue volverlo a besar. Se giró sobre su costado para abrazarlo y mordió el hombro del otro, arrancándole un gemido de dolor. 

—Estamos a mano, Potter.  —dijo besando la marca que había hecho.

Harry parecía ofuscarse. Severus, en cambio, no pudo evitar notar cómo el cuerpo de Harry reaccionaba otra vez, la evidencia de su excitación creciendo. Bendita juventud y su inagotable capacidad para recuperar el deseo, pensó con una mezcla de ironía y resignación.

—¿No deberías empezar a llamarme Harry más seguido? —preguntó, apoyando su mano en el pecho de Snape—. Digo, después de todo estamos…— no terminó de hablar y con un dedo señaló entre ambos. 

—Lo pensaré, Potter, lo pensaré. 

Harry soltó un suspiro y se acercó más a él, volviendo a besarle.

 

 


 

Un día de mayo, meses después de aquella primera noche, la noticia de ellos se dio a conocer. Severus sabía que una relación con Potter no podía durar demasiado tiempo oculta, así que no se sorprendió cuando fueron la primicia de casi todos los medios.

—Entonces, Sibyll tenía razón. —le dijo Minerva cuando lo encontró en los pasillos. 

Severus estaba serio, ya había amenazado a la adivina de que recordara que no podía contar acerca de su predicción. Aunque improbable no deseaba que nadie se diera cuenta que, más que una futura muerte, todo encajaba en cuanto a algo más… sexual. Con Albus no podía hacer mucho. 

—Ella dijo que yo moriría. —Respondió a Minerva—, realmente se equivocó. 

—Me refiero a mi. Debo decir que si fue algo inesperado. 

Severus chasqueó la lengua y se alejó, terminando con sus obligaciones del día. Esa noche atravesó la RedFlu y llegó a la sala de Grimmauld Place, donde Harry lo esperaba.

—¿Sabías que Dumbledore habló conmigo a través de la chimenea? —dijo Harry, con un gesto de desconcierto en su  rostro—. Me dijo que, si algún día siento deseos de matarte, busque ayuda. La verdad, no entendí muy bien lo que quiso decir.

Severus se le acercó y lo besó sin responderle.

Quizás si debería hablar con el viejo director después de todo. 

EL FIN