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Mi lugar favorito no siempre fue el mismo con el pasar de los años.
Al principio, era el jardín de la casa en Privet Drive.
Desde que tengo memoria, una de mis principales responsabilidades al vivir con mis tíos era cuidar el jardín trasero. Por lo general no podía salir mucho hacia la parte delantera, ya que tía Petunia afirmaba que los vecinos siempre estaban al acecho y podrían verme. Y verme significaba que harían preguntas sobre mí que ni mi tía, ni mucho menos Vernon, deseaban contestar. Pero el jardín trasero estaba rodeado con una cerca de madera que, debido a mi estatura, era perfecta para protegerme de las miradas curiosas mientras mantenía con vida las flores de Petunia.
Tenía que preparar el desayuno, ordenar el cuarto de Dudley (sin tocar ningún juguete) y desempolvar toda la casa antes de dirigirme al jardín para regar las flores, quitar la maleza y asegurarme de que no hubiera ninguna alimaña que pudiera dañar la flora. Este solía ser un trabajo agotador, pero debo admitir que se convirtió en mi refugio preferido. Durante ese tiempo que pasaba afuera, me encontraba completamente solo. Tío Vernon estaba en el trabajo, Dudley en la escuela, y tía Petunia se ocupaba de mantener la casa y el patio delantero impecables. Aunque yo también asistía a la escuela, faltaba con frecuencia, ya que a menudo decían que me enfermaba cuando, en realidad, solo me dejaban realizando tareas domésticas. Sin embargo, ese detalle no me molestaba demasiado. La verdad es que en la escuela me acosaban constantemente (habían niños que les molestaba mi sola existencia), por lo que nunca me sentía seguro allí.
En esos días y los fines de semana, cuando me tocaba ir al jardín trasero, yo era feliz. Estaba solo, sin nadie que me gritara, ni me insultara ni me pegara. No estaba en la oscuridad de mi habitación debajo de las escaleras, y podía escuchar algunas aves cantar si me quedaba lo suficientemente quieto para que ellas no se percataran de mi y se acercarán lo suficiente.
Incluso en invierno, cuando me tocaba salir a quitar el exceso de nieve y reparar la cerca (pues Vernon podía cansarse demasiado si intentaba repararla), aún con el frío violento que me envolvía mejor que el abrigo viejo y agujereado que me daban los Dursley, prefería estar ahí que en cualquier otro sitio.
El jardín trasero de Privet Drive fue mi primer lugar favorito: sentía paz, tranquilidad, seguridad.
Después, mi lugar favorito cambió cuando tenía once años: mi cama en Hogwarts.
Puede parecer ridículo, pero la primera noche que me acosté sobre mi cama y cerré los cortinajes, mi yo de once años pensó que podría morir feliz. Nunca había tenido una cama tan cómoda, ni un espacio al cual llamar mío. Incluso en aquellas primeras vacaciones de verano, cuando los Dursley me dieron la habitación vieja de Dudley, yo seguía creyendo que mi cama en la habitación de Gryffindor era lo mejor del mundo.
Si bien esa primera noche de mi llegada a Hogwarts tuve sueños que rayaban en pesadillas, nada puede borrar la felicidad inicial que sentí antes de dormir. Luego en ese año, si tenía algún mal día, me quedaba la alegría de saber que mi cama me esperaba llegada la noche, y que podía correr las cortinas para encontrar la paz que necesitaba en aquel momento. Incluso en mi segundo año, cuando Hermione me enseñó un hechizo para reducir los sonidos que se filtraban a través de las cortinas cerradas, mi felicidad se multiplicó.
Nunca me importó tener que compartir habitación con los otros chicos pues yo sabía que por lo menos en aquel espacio tenía algo que era mío, y eso no podía cambiar. Creo que los demás se dieron cuenta que me molestaba demasiado cuando uno de ellos subía a mi cama, así fuera para jugar o algo. Y es que aquel era mi lugar favorito, y no quería que nadie más estuviera en él.
Mi cama en Hogwarts fue mi lugar favorito un par de años hasta que, en mi tercer año, conocí a Sirius.
Sirius no fue mi lugar favorito, era solo mi persona favorita, pues yo en ese tiempo no pensé que pudiera catalogar a una persona como un lugar, aunque después entendí mi error.
Cuando conocí la verdad de su encierro y Petigrew, cuando me abrazó por primera vez, sentí que volvía a tener la familia que me habían arrebatado hacía tanto tiempo. Después de que Hermione y yo lo liberamos de Azkaban tuvo que esconderse. Pero un día de verano, una semana antes de iniciar mi cuarto año, Sirius aprovechó que se suponía yo me quedaría solo en casa mientras los Dursley visitaban unos familiares y me llevó a conocer Grimmauld Place. Nunca me dijo cómo se enteró de aquella oportunidad, pero su expresión me hizo entender que no había estado tan lejos de mi como yo creía.
Me llevó a una de las habitaciones y me dijo que sería mía, asegurándome que siempre estaría lista para el momento en que finalmente pudiéramos vivir juntos. Ese día hablamos por horas en aquella habitación, yo recostado en la cama y él sentado en el suelo, riéndonos de algo que no puedo recordar.
Desde ese momento aquella habitación en la que sólo pude estar un par de veces más fue mi lugar favorito, incluso por encima de mi cama en Hogwarts. Soñaba con que yo volvía a aquel cuarto y hablaba con mi padrino sin limite de tiempo, sin tener que regresar a Privet Drive, sin tener que preocuparme por Voldemort.
Aquel era mi lugar favorito hasta que, a finales de mi quinto año, Sirius murió. No puedo describir el dolor tan grande que sentí en esos momentos, ni quiero intentar describirlo tampoco. Cuando volví a Grimmauld Place un tiempo después (pues aún seguía siendo base de la Orden) Dumbledore me explicó que aquella habitación se había cerrado luego de la muerte de mi padrino, y que ni siquiera Kreacher tenía forma de entrar. Tenía el presentimiento de que quizás yo sí podía abrir aquella puerta, de que solo bastaría un toque de mi magia para que cediera y volver a ver la recámara que me pertenecía, pero no lo hice. La verdad era que solo imaginarme lo que había adentro me llenaba de tristeza y odio: por lo que aquel lugar favorito se convirtió en un lugar que odié.
Grimmauld Place se quemó tiempo después, y con la casa también aquella habitación.
Rememorando todo esto, algo que a veces paso por alto vuelve a mí. Quizás porque ni siquiera yo mismo sé cómo explicarlo, ya que nunca supe exactamente cómo me sentí en aquel momento. Fue el mismo año en que conocí a Sirius. En la noche del sauce boxeador, cuando Snape llegó y enfrentó a mi padrino y a Remus, algo me parecía distinto. Aún a día de hoy (han pasado quince años de ese hecho), Hermione sigue reprochándome que ataqué a un profesor y que estuvimos a punto de perder muchos puntos por eso. No sé si no recuerda que ese día fuimos atacados por un hombre lobo, pero su recuerdo más vivo de esa noche parece ser eso.
Por mi parte no es algo de lo que me arrepiento. En aquel momento fue lo único que podía hacer e incluso cuando a día de hoy Hermione lo menciona delante de Snape, yo solo sonrió y me encojo de hombros. Pero no es aquello lo que me hacía (o hace, pues como dije, a día de hoy aun tengo dudas de lo que sentí), estar confundido.
Fue cuando salimos y Remus vio la luna, convirtiéndose en hombre lobo. Snape salió con ganas de matarme (o de quitarnos puntos, como pensó Hermione) pero su decisión cambió cuando vio la amenaza del lobo. Sin dudarlo él se puso frente a nosotros, intentando protegernos con su cuerpo. Y eso fue… fue…
Por haber vivido tanto tiempo con los Dursley yo no estaba acostumbrado a esas muestras de afecto, de protección. Y si bien en esos tres años mis amigos me habían demostrado que se arriesgarían por mí, Snape hasta aquel momento solo me dirigía la mirada para hacerme notar su odio.
Del maestro de pociones no había obtenido más que insultos y muchos puntos menos.
Hermione tuvo a bien recordarme que ya desde mi primer año Snape me había salvado en varias ocasiones, pero yo siempre había sentido que todo aquello había sido por mandato del director. Aquella vez, sin embargo, se sintió tan diferente….
En ese instante en el que tan solo podía ver su espalda sentí...lo mismo que sentí la primera vez que estuve en mi cama de Hogwarts. Por unos breves segundos no pude moverme, pero no por lo que de verdad importaba en aquel momento.
Cuando pensé acerca de ese momento unos días después, preferí convencerme de que simplemente confundí el miedo del momento y la protección de alguien que no esperaba. Eso era mejor que pensar demasiado.
Las clases e interacciones con Snape, sin embargo, no volvieron a ser lo mismo para mi. Yo seguía siendo todo un desastre en su clase, y él seguía insultándome y quitándome puntos, pero yo buscaba en sus ojos algo, aunque no supiera el que.
Luego vino lo de Sirius y no había nada más en lo que pudiera pensar.
Durante mi sexto año sucedió algo que quizás habría cambiado mucho las cosas de ser diferente. Dumbledore me llamó a su oficina una noche de abril durante la cena y, después de invitarme unas galletas de chocolate y té traídos del Timbuktu (aún no se donde queda eso), levantó la mano que todo aquel año había llevado envuelta y me la mostró sin vendaje. Sus dedos se encontraban ennegrecidos, como si estuvieran muertos, y lo que sea que fuera aquello parecía querer avanzar hasta el resto de su brazo.
Aún ante mis muchas preguntas el director no respondió demasiado —nunca lo hacía—. De lo poco que me contó esa noche, solo me pidió que, pasara lo que pasara, confiara en Severus Snape. Debió ver mi cara de molestia ante eso, pues me aseguró que no había hombre en quien confiara más, y que yo también debía confiar en él. Me aseguró también que siempre quiso lo mejor para mí, y que lamentaba si muchas veces no lo había logrado. Supongo que esas palabras debieron darme una idea de lo que sucedería aquel año cuando su cuerpo sin vida cayó en los terrenos de Hogwarts después de que la varita de Snape lanzara la maldición asesina.
Tardé un mes, o quizás más, en convencerme de que lo que había visto no era a Severus Snape asesinando a Albus Dumbledore, sino tan solo uno de los retorcidos planes del director cumpliendose. Incluso después, cuando me enteré que Snape tan solo había terminado con el sufrimiento de Dumbledore y ayudado a Draco en el proceso, no pude más que pensar que tanto el maestro de pociones como yo siempre fuimos las marionetas de una guerra que no daba descanso.
En aquella última reunión con el director éste me había dado un pequeño botón, diciendome que nunca debía separarme de él y que, si en algún momento se calentaba, buscara una habitación que estuviera sola, o un lugar alejado de los demás. A pesar de que todo lo que sucedía me sobrepasaba yo hice caso, y siempre mantuve el botón en mi bolsillo.
Lo mantuve cuando perseguí a Snape a través del bosque después de que acabó con la vida del director, aquella misma noche en la que me enteré que él era el príncipe mestizo. Vi su sonrisa burlona, recibí el hechizo de su varita que me lanzó al suelo, lo vi acercarse y burlarse de mi ingenuidad. En mi cabeza luchaban las palabras del director y mis ganas de matarlo. Y en medio de eso en mi mente cruzó un pensamiento por el cual yo mismo tuve ganas de matarme: quería abrazarlo. Más bien quería que él me abrazara, que me envolviera en sus brazos y me dijera que todo estaría bien. Yo había alzado la mano con mi varita, dispuesto a maldecirlo, pero aquel pensamiento me congeló. Y juro, por quien sea, que por aquel mismo segundo que mis pensamientos me traicionaron, pude ver un brillo diferente en sus ojos. Preocupación, quizás.
Yo no lo ataqué, y él se fue. De no ser por el apoyo de Ron y Hermione siento que me hubiera desmoronado fácilmente, pues era todo a veces demasiado para mi. Los días pasaron de una forma tan rápida, que poco recuerdo de los días previos a la boda de Bill. Fue un día feliz mientras duró. Luego vino la noticia de la caída del Ministerio y nuestro escape.
Luego los días se convirtieron en planear, estar alerta, sobrevivir. No tenía demasiado tiempo para pensar en otra cosa que no fuera Voldemort, Horrocruxes o la muerte. Pero, una noche fría, mientras estaba acampando en el bosque de Dean, el botón se calentó. Salí de la tienda de campaña y me alejé lo más posible de mis amigos que ya dormían, y supe que estaba lo suficientemente solo cuando Severus Snape se apareció delante de mí.
Noté que estaba más delgado que aquella última noche que nos vimos. Sus ojeras estaban más marcadas, no llevaba puesta su capa y podía jurar que aquello que manchaba el cuello de su camisa blanca debía de ser sangre. Lo que no sabía es si aquella sangre era de él o de alguien más.
Snape estaba solo a unos pasos, pero ni se movió ni habló. Creo que estaba esperando alguna reacción de mí, quizás que lo atacara. Y si lo hubiese visto antes, mientras aún internalizaba la muerte del director, seguramente lo habría hecho.
—¿Algo que me quiera decir, señor Potter?—preguntó sin moverse de su sitio.
—Dumbledore me dijo que debía confiar en usted. Y eso haré, por ahora.
Fue la primera vez en mi vida que vi al maestro de pociones soltar un suspiro, parecer humano. E incluso entendí que se veía más cansado de lo que nunca lo había visto. Inesperadamente por igual, aquella noche me contó más cosas de las que jamás pensé que haría. Llegué a pensar que Dumbledore le había encargado que lo hiciera después de su muerte, pero la verdad es que creo que Snape simplemente quiso contarme la verdad. Nunca me lo confirmó por más que se lo he preguntado, pero estoy seguro de eso.
Me contó sobre la maldición final de Dumbledore, de los Horrocruxes que faltaban y, principalmente, que yo era uno de ellos. Al igual que cuando Snape nos defendió de Remus, no supe cómo sentirme en aquel momento. No lo había comentado con nadie, pero varias noches el pensamiento de que quizás no sobreviviera a la guerra me mantenía despierto, y eran tantas las veces que pensaba en eso que iba perdiendo el miedo ante ese posible futuro.
Aún así, aquella información me sacó de balance por unos segundos y juro que, de Snape no haberme atrapado, habría caído al suelo de rodillas. Como dije, el pensamiento de una probable muerte no era nuevo en mí, pero ya tenía la confirmación de que yo debía morir para finalizar la guerra.
Algo que sí puedo decir es que en aquella ocasión no hubo tanta confusión en mí con respecto a una cosa: los brazos de Severus Snape. Tardé unos segundos en entender que para detener mi caída, el maestro de pociones me había abrazado fuertemente. Y debo decir que la sensación de seguridad que tuve en aquel momento no la tuve ni en el jardín de los Dursley, ni en mi cama de Hogwarts ni —aunque me avergüence admitirlo— en mi habitación de Grimmauld Place.
El contacto se rompió cuando yo me alejé como si esos brazos me quemaran y le aseguré de que estaba bien. Él se fue poco después de eso, y yo regresé a la tienda junto con Ron y Hermione, pero no pude dormir.
Vi a Snape semanas después, nuevamente de noche y nuevamente lo más alejado posible. Para ese entonces habíamos logrado entrar a Gringotts y destruir la copa de Helga Hufflepuff. Solo nos quedaban tres Horrocruxes: Nagini, un objeto de Ravenclaw que aún no conocíamos, y yo.
Aquella vez él se quedó más tiempo. Los dos de pie en medio de las sombras del bosque. Yo le conté de lo que habíamos hecho y él me dio algunas informaciones. Él hablaba de forma pausada, con su voz grave, como si estuviera pensando en otra cosa. Yo entendía todo lo que me decía, pero debo admitir que no estaba tan concentrado como debía. En mí solo había un pensamiento que ocupaba todo mi ser: volver a estar en brazos de Severus Snape. Di gracias incluso por la oscuridad de la noche que cubrían mi claro sonrojo. En algún momento y sin pensar demasiado yo di un paso hacia delante. El hizo silencio y pude ver a través de las sombras como su expresión cambió, parecía expectante. Yo bajé la vista, asustado, y él se fue.
Cuando volvimos a vernos, habían pasado un par de meses.
Ron había logrado conseguir un poco de información de lo que pasaba mientras nosotros nos ocultabamos, y entre eso había conseguido hablar brevemente con Ginny. Por ella nos enteramos del control sobre Hogwarts, del maltrato de los mortifagos, principalmente de los hermanos Carrow, y de Snape. Ginny siempre fue una chica lista, y más siendo que pertenecía a una de las familias principales de la Orden. Por lo que no fue una sorpresa para mí el hecho de que ella le dijera a su hermano “Creo que Snape nos está ayudando, pero no estoy segura”. Yo le había mencionado a Ron y Hermione acerca de la charla que tuve con Dumbledore antes de morir. Pero no les había contado todos los detalles, por lo que estos no creyeron del todo que el maestro de pociones estuviera defendiendo a los estudiantes de alguna forma en su rol de director.
Pero cuando volví a verlo—mismo bosque, mismo punto, misma oscuridad—, algo me convenció de que Snape estaba intentandolo lo mejor que podía. Aún en la negrura de la noche noté que se encontraba más delgado desde la última vez que lo vi, más pálido y con las ojeras más marcadas. Supongo que yo tampoco debía de verme bien, a juzgar por la mirada que me lanzó en cuanto me vio.
—Señor Potter.
—Profesor Snape.
Aunque ya no fuera mi profesor, me sería difícil llamarlo de alguna otra forma. Y siendo sincero conmigo mismo, creo que nunca le tuve más respeto a Snape que viéndolo de pie en aquel momento, llevando más peso en aquella guerra del que muchos tenían conocimiento.
Me comentó escuetamente algo sobre los planes de Voldemort, pero siendo que hasta aquel momento él había sido el único que realmente se había dignado a hablarme de la guerra más que nadie, yo le estaba agradecido.
—El Horrocruxes desconocido resultó ser una diadema. —Comencé a decirle cuando él hizo silencio—. Ginny la encontró en la torre de Ravenclaw y la destruimos.
Snape había alzado una ceja, y una pequeña mueca parecía volver sus labios en una diminuta sonrisa, pero no supe si era sarcástica o de alegría:—Por eso desapareció la joven Weasley del castillo durante dos días.
—Es una buena chica.
—Supongo que su estima hacia ella es alta, considerando su relación.
Hermione siempre me había dicho que tanto Ron como yo éramos un poco lentos a la hora de captar indirectas. Me lo había dicho porque al parecer yo no había entendido desde un principio las señales de que yo le gustaba a Cho mucho antes de que ésta saliera con Cedric. Pero puedo asegurar de que en aquel momento en el que yo estaba solo con Snape en el bosque de Dean, algo me hizo entender rápidamente lo que él hombre quiso decir.
—No estamos juntos. —Aquella frase brotó de mis labios tan rápido que apenas pude procesarla—. Ella es como mi hermana, jamás la vería de otra forma.
El hombre volvió a levantar una ceja, y juro por Merlín que parecía inquieto. Pero su expresión había adquirido el tono serio que tanto le caracterizaba.
—Tampoco tengo otra novia si eso es lo que piensa. —Aquella fue otra frase que tampoco tuve tiempo de procesar. Pero por alguna razón no quería que se fuera creyendo que yo tenía a alguien especial—. Incluso me di cuenta de que me gustan los chicos.
Snape abrió la boca, tardó unos segundos sin decir nada, volvió a cerrarla y necesitó otros segundos para intentar volver a hablar.
—No le he preguntado eso, Potter. ¿Por qué cree que me interesa?
La verdad era que, desde la última vez que vi a Snape en el bosque, un pensamiento me había rondado tanto la cabeza que había decidido que si mi destino era morir, no debía tenerle miedo a más nada que no fuera eso.
—Voy a morir en esta guerra.
—La mayoría lo haremos, Potter. No se crea especial.
—La mayoría saben que hay probabilidades de morir. Yo estoy destinado a hacerlo. Y usted también, ¿O me equivoco?
—Eso no le incumbe. Absténgase de cumplir su parte, y yo haré la mía.
—Solo quiero pedirle un favor.
Snape parecía molesto, pero no había hecho intento alguno de irse de allí. Quizás eso fue lo que me dio valor para realizar la estupidez más grande que podía hacer hasta el momento.
“Yo solo quiero un abrazo.” Aquello era lo que le quería decir, pero sabía muy bien que si le daba tiempo de entender la situación era probable que aquello que anhelaba no sucediera, por lo que simplemente acorté la distancia entre nosotros y lo abracé. Lo envolví con mis brazos y apoyé mi cabeza en su pecho, siendo que no me había percatado realmente de la diferencia de altura entre los dos hasta aquel momento. Mi corazón latía a mil por hora y, aunque yo estaba seguro de que pronto él me empujaría y, seguramente, me maldeciría, yo estaba feliz. Mis sentidos se llenaban de su aroma y cada parte de mi cuerpo cerca de él me electrificaba. Y, cuando pensé que aquello duraría poco, sentí algo que jamás olvidaré: él construyó mi lugar feliz.
En vez de alejarme sus brazos me envolvieron. Uno envolviendo mi cintura, el otro alrededor de mis hombros, y sentí sus dedos tocar suavemente mi cuello. Una descarga eléctrica me recorrió de pies a cabeza, y el debió notar aquello por que me afianzó más entre sus brazos.
Yo volvía a sentirme en paz, seguro. No quería que ese momento terminara. Me sentí temblar, y no supe si fue por la emoción de aquello, o el miedo de que tendríamos que separarnos. Clavé mis dedos en su espalda para detener los temblores, y me escuché susurrar una disculpa por estrujar su camisa, pero no me alejé. Sentí sus dedos acariciar mi nuca y su voz grave susurrarme algo que no entendí, pero él no se alejaba y era todo lo que me importaba.
Quiero explicar que yo habría sido feliz tan solo con aquello, porque era más de lo que habría esperado. Pero en aquel momento que mi deseo de abrazarlo se estaba cumpliendo, me surgió otro deseo tan fuerte, que no pude frenarlo. Levanté el rostro y él estaba tan cerca de mí que yo podía perderme fácilmente en el oscuro de sus ojos. Y lo besé.
La primera persona a la que besé fue a Parvati Patil, o más bien, ella me besó. Fue algo que me tomó por sorpresa. Al final del baile de los tres magos ella me pidió que la acompañara porque tenía algo que decirme. Me besó rápidamente detrás de un pasillo; un beso rápido que no me dejó reaccionar. Y luego supe que ella solo quería dar también su primer beso y, aunque nuestra cita había sido desastrosa, prefería que fuera conmigo para “aventajar” a su hermana. O algo así mencionó.
La segunda persona que besé fue Cho. El beso con ella no fue rápido ni sorpresivo. Estábamos los dos solos en la sala de los menesteres y la verdad es que ella me gustaba mucho. Ella se acercó, posó sus labios en mi y yo le devolví el beso. Lamentablemente cuando nos besamos no fue lo que esperaba. Quizás estaba entre nosotros el remordimiento de la muerte de Cedric, o quizás fue otra cosa, pero aquello nunca se repitió, y yo no lo extrañé.
La tercera persona fue Ginny. Fue poco antes de la muerte de Sirius. Ella me tomó de la mano, me hizo girarme y me besó. Devolví el beso por un momento, hasta que nos separamos y, después de unos segundos, nos echamos a reír. Ninguno de los dos anheló repetir aquello, y quedamos como debíamos quedar: como amigos.
El cuarto beso fue tres meses después de la muerte de Sirius. A veces me sentía tan consumido por todo que solía subir a la torre de astronomía en las noches a pensar. En más de una ocasión no pensaba, tan solo lloraba. Y fue una noche de esas que Seamus entró y me vio en aquel deplorable estado.
—Así que aquí vienes en las noches. —Mi compañero se colocó a mi lado y, sin avisar, me besó en los labios suavemente—. Es un viejo truco de mi familia para detener el llanto— dijo cuando lo miré sin entender. Luego me enteré que aquello era mentira.
Seamus y yo nos besamos cuatro veces más. Quizás con él descubrí que me sentía mejor besando chicos que chicas, o quizás sólo confirmé lo que sospechaba y tenía miedo de comprobar. Entre nosotros no había más nada que ganas de besarnos, y cuando él me dijo que tenía ganas de salir con una chica de Hufflepuff, prometimos mantener lo que había sucedido en secreto.
Severus Snape se convertía entonces en la quinta persona que yo besaba. No sólo eso, sino que era la primera con la que yo iniciaba el beso. Y puedo decir que su beso fue diferente a cualquier otro.
Cuando junté nuestros labios tuve miedo de que él no respondiera o que me apartará con asco, pues cualquiera de las dos opciones eran posibles. Estaba llevando mi suerte más allá de límites inimaginables, y no podía quejarme si aquello era demasiado para él. Pero sus labios se movieron sobre los míos con rapidez y fuerza, como si estuviera desesperado. Como si él también hubiera anhelado aquello.
No me hice más ideas que entender que él solo me besó de esa manera por la misma razón que yo me atreví a abrazarlo. Ambos sabíamos que íbamos a morir, ambos estábamos solos. Ambos lo necesitábamos.
Pero comprendí y acepté, que los brazos de Severus Snape me daban tanta paz como hacía mucho no tenía. Sentía que ni la guerra, ningún mortifago ni Voldemort podía alcanzarme entre esos brazos.
Su mano sobre mi nuca se adentró más hacia arriba, enredando sus dedos en mechones de mi pelo. Yo tan solo reaccionaba a aferrarme a su camisa, como si de aquella forma pudiese evitar que aquello acabara. Y, después de no se cuanto, la mano que tenía en mi cintura buscó su camino para adentrarse por mi camiseta.
Más allá de los besos yo no había tenido intimidad con nadie. Seamus y yo llegamos a meter la manos dentro de las camisetas del otro la última vez nos besamos, pero eso fue todo. Así que cuando Snape hizo aquel avance, tocando mi espalda con sus fríos dedos, un escalofrío me recorrió al entender lo que podría ocurrir. Aún así no me acobardé. No deseaba irme de este mundo sin probar aquello que había estado anhelando, y era muy seguro que no tendríamos otro momento.
Sentí que él me recostaba en el suelo con suavidad mientras su boca seguía atacando la mía. Sentí su cuerpo colocándose sobre el mío, una de sus manos en mi cintura, la otra acariciando mi cabello. Mis manos parecieron comprender que necesitaban hacer algo más que estar aferradas, y comencé a acariciar su pecho por encima de su camisa.
Protesté cuando abandonó mis labios, pero pronto de mi escaparon suspiros cuando sentí que buscaba mi cuello de forma más calmada pero profunda.
Aún con manos temblorosas logré abrir su camisa, y aunque noté su resistencia, no pudo contener un suspiro cuando mis manos acariciaron su pecho desnudo.
Había escuchado cómo eran las primeras veces de algunos chicos. Todos decían que era algo raro y que, fueras chico o chica, si estabas abajo dolía bastante. Yo no estaba asustado por el dolor. ¿Qué sería más doloroso que morir? Y ya había aceptado ese camino. No me importaba si sentía que ardía en el infierno, no quería ser yo quien rompiera aquel momento. Pero aunque mi mente estuviera preparada, mi cuerpo se tensó cuando Snape desabrochó mis pantalones.
Se separó ligeramente y me miró a la cara, y algo en mi expresión pareció delatarme.
—¿Cuántas veces has hecho esto, Potter?
Pensé en mentirle, pues tenía la corazonada de que él no seguiría de saber la verdad, pero no pude.
—Esta será mi primera vez.
Intenté que mis palabras sonaran convincentes, que él entendiera que aquello era algo que yo deseaba. Snape cerró los ojos, soltó el aire que tenía y bajó la cabeza hasta esconder el rostro en el hueco de mi cuello. Su cuerpo se movió hacia un lado, quedando a mi costado izquierdo. Yo entendí que él no seguiría.
—Quiero hacerlo.
—No puedo arrebatarte algo así—dijo después de un largo silencio. Su voz grave y su aliento que chocaba contra mi cuello me hicieron estremecer.
—Es solo sexo.
—No la primera vez, Potter.
—De todas formas será la única. Moriré pronto. Lo sabe al igual que yo.
En algún punto de esa frase noté que mis ojos se cristalizaban y mi voz se entrecortaba, pero me rehusé a llorar en aquel momento. Sentí que la mano de Snape que estaba en mi cintura pasaba a acariciar mi pecho. Giré el rostro hacia la izquierda y él me miró directamente a los ojos.
—No de esta forma. —Me susurró antes de volverme a besar. Esta vez el beso fue suave, pero cargado de la misma necesidad de un principio.
No entiendo cómo me quedé dormido, pero cuando amaneció yo estaba tendido cerca de la tienda de campaña con mi varita cerca. Convencí a mis amigos de que tan solo había salido por algo de aire y me había quedado dormido sin querer. Por un momento pensé que aquello había sido un sueño, pero aún tenía en mis labios el sabor de los de Snape.
Volví a verlo cuando regresé a Hogwarts. Ver a McGonagall apuntarle con la varita casi me hace saltar en su defensa, pero sabía que aún no era tiempo de que todos supieran que estaba de nuestro lado. Pasaron tantas cosas después de que él escapó que a veces parece un sueño. Dormí una noche más en mi cama de Hogwarts, pero no era lo mismo. Aún en el suelo frío del bosque de Dean me había sentido más seguro, pues había estado entre los brazos de Snape.
Luego inició la batalla.
Cuerpos tendidos en el piso, sangre, gritos. Vi caer a Fred, a Remus y Tonks. Vi caer tantos compañeros que perdí la cuenta. Entonces vi a Snape. Fue casi una corazonada lo que me impulsó a ir al invernadero, a encontrar el cuerpo de mi maestro tendido en el suelo, sangrando. Me arrodillé ante él y sentí que se me escapaba la vida con él. Él me dio unos recuerdos que junté en una pequeña botella. Hermione me instó a realizar unos hechizos que no recuerdo bien, pero me juró que lo mantendría con vida el tiempo posible.
Busqué un pensadero, vi los recuerdos y lloré. Había cosas que ya sabía, pero otras no. Tuve que entender tantas cosas en tan poco tiempo, que sentí náuseas.
Salí en busca de Voldemort, y morí.
O eso parecía, pero Dumbledore me dio la oportunidad de regresar. ¿O fui yo quien decidió regresar?
Luego, Voldemort murió.
La batalla final a veces atraviesa mi mente de una forma nublosa, sin forma. Por lo que me es muy difícil recordar ciertos detalles aunque me esfuerce.
Yo estuve en San Mungo un mes, Severus Snape, cinco. Quisieron encerrarlo en Azkaban tan pronto se puso de pie, pero mi intervención y los testimonios de la Orden lograron que quedará libre de todos los cargos. Durante ese proceso apenas nos veíamos y, cuando lo hacíamos, me devolvía miradas neutras y frases cortas, pero no me dio el beneficio de verlo a los ojos. Siempre parecía esquivo, o que tuviera algún sitio mejor para mirar que mi persona. Y yo pensé que quizás estaba arrepentido de lo que ocurrió entre nosotros. ¿Por qué no estarlo? Ahora que sobre nosotros no había presagio de muerte era lógico que se avergonzara de haber caído tan bajo con el hijo de quién lo hizo sufrir tanto.
Severus Snape volvió a Hogwarts como profesor de pociones. Me enteré que McGonagall le había ofrecido el puesto de profesor de defensa, pero Snape no quiso, y luego supe que era por que las secuelas de la batalla no le dejarían ser un digno oponente, y no estaba dispuesto a perder frente a ningún niño de séptimo si requería enseñar algo.
Por mi parte, durante un tiempo yo no supe qué hacer con mi vida. La idea de convertirme en auror quedó atrás cuando entendí que ya no quería volver a ver sangre en mi camino.
Ron, por su parte, entró a la academia, y debo decir que años después es uno de los mejores aurores que tiene el mundo mágico. Hermione decidió que quería enseñar, y tomó tutorías con McGonagall para, dos años después, convertirse en la nueva profesora de defensa. Por lo menos McGonagall en ese tiempo no solo le enseñó la materia, sino a no ser tan estricta con las lecciones (un poco, por lo menos) por lo que se convirtió rápidamente en una excelente profesora.
Yo tardé casi medio año sin hacer nada. Vivía con los Weasley y pasaba mis días ayudando a Molly y Arthur en lo que necesitarán, en ver revistas de Quidditch e intentar no aburrirme hasta que Ron llegará de sus entrenamientos y me contara todo lo que había hecho.
Me daba un poco de envidia ver que él estaba haciendo algo que le gustará, porque yo también quería encontrar ese algo. Hasta que un día él me preguntó si había pensado en algo para mi futuro.
Estábamos en su cuarto. Yo sentado en la cama y él en el suelo con las piernas cruzadas. Aquella escena me dio un sentimiento de nostalgia y tuve que concentrarme para responder.
—Nada de lo que se me ocurre hacer me gusta.
—¿Y por qué no piensas en las cosas que te gustan y decides hacerlas?
—Por qué no sería algo bueno, ¿O no?
—¿Algo bueno?
—Sí, algo bueno. Cómo tú siendo Auror, o Hermione dando clases. Pensé en quidditch, pero en verdad no quiero jugar como obligación. No soy tan inteligente para ser medimago como Draco y…
Su carcajada cortó mis palabras, y tuvo que respirar hondo antes de hablar.
—Harry, ¿Quien te dijo que esas son cosas “buenas”? ¿Sabes que puedes hacer cualquier cosa que quieras, verdad?
Ron no era tonto como muchs creían, la verdad era que solía ser mucho más inteligente que yo.
Tenía la idea de que el mundo mágico siempre iba a esperar mucho de mi, por lo que yo debía hacer algo que fuera suficiente para ellos. Pero él tenía razón. Ya no había nada que fuera una amenaza para mí, yo podía hacer lo que quería.
Pensé mucho sobre eso, y al final entendí que lo que si había algo que me gustaba y a lo que podría dedicarme eran las flores. Como ya dije, alguna vez mi lugar favorito fue el jardín de los Dursley, y debo decir que hacía un gran trabajo en verdad. Incluso Molly siempre estaba encantada de que yo la ayudará con su jardín, y decía que nunca tenía flores tan bien cuidadas como cuando yo la ayudaba.
Así que se sintió casi natural cuando abrí mi propia floristería. Conseguí con ayuda de un amigo Muggle de Arthur un edificio de dos pisos, en donde podría poner la tienda en la primera planta y vivir en la de arriba. Me di cuenta que necesitaba investigar mucho, pues no era lo mismo que me gustaran las plantas y las flores a ser un experto en ellas. El apartamento tenía además una gran área en la parte de atrás donde yo podía cultivar lo que quisiera con ayuda de un poco de magia.
Año y medio después de aquella conversación con Ron mi negocio funcionaba bastante bien. No negaré que fue un poco complicado, pero me sentía feliz con lo que había logrado, aunque había algo que aún deseaba.
Severus Snape no había pasado a un segundo plano en mi vida, pero entendía que yo para él no era importante y debía aceptarlo. O eso quería, porque cuando Hermione me dijo que le gustaría verme en Hogwarts para enseñarme su oficina y demás, no puedo negar que parte de mí se alegró al saber que podría ver al maestro de pociones, aunque fuera de lejos.
Fue un domingo a la hora de la comida. Mi amiga me esperaba en los límites con una sonrisa y me tomó del brazo en cuanto me vio. ¿Soy un mal amigo si admito que no recuerdo bien la conversación con Hermione aquel día? Tan solo podía pensar que quizás podría encontrarme con Snape, verlo de nuevo. Pero, aunque recorrimos los pasillos hasta la oficina de Hermione, y caminamos un rato cerca del lago, no vi rastros de Snape. Pasé a saludar a la directora siendo que tan poco lo vi. Ambas me ofrecieron quedarme para la cena y, aunque pensé que quizás sería una buena oportunidad para verlo, lo cierto es que aun los estudiantes me observaban como si tuviera tres cabezas, y bajo aquella vigilancia no tendría forma de cruzar ningún saludo con el maestro de pociones.
Me despedí de ambas, y le aseguré a Hermione que no tenía que acompañarme hasta el punto de aparición. Lo que no esperé fue encontrarme a Severus. El acababa de aparecerse un segundo antes de que yo lo hiciera. Tenía una cajita entre las manos con el sello de McBury, una tienda de instrumentos de pociones bastante famosa de Hogsmeade.
Nos quedamos viendo, y sentí que su mirada era más intensa de lo que en verdad quería demostrar. ¿O acaso era solo mi imaginación?
—Tengo una tienda.
Había estado buscando desesperadamente algo que decir para no permitir que se fuera tan pronto. Aunque supongo que debí haber iniciado con un saludo en primer lugar. Él levantó una ceja antes de hablar.
—McGonagall me contó en contra de mi voluntad. Al parecer le está yendo muy bien, Potter.
—¿Sabía que hay muchas flores involucradas en la creación de pociones? Las margaritas, por ejemplo, se utilizan mucho en las pociones contra urticaria.
—¿No cree que eso es algo de lo que tengo conocimiento?
—¿Entonces quisiera ver mi tienda? Ya sabe, quizás haya algo que pueda interesarle.
Si analizo aquella conversación de forma detenida puedo darme cuenta que todo lo que salió de mi boca fueron estupideces. Entiendo que no era la mejor forma, y que me estaba arriesgando demasiado a que Snape me maldijera por el puro atrevimiento de invitarlo tan descaradamente a mi casa. Pero en él pude ver una chispa de algo que no puedo explicar y, para mi sorpresa y felicidad, contestó: —Supongo que podría ir a ver si tiene algo…. interesante.
Tuve que controlar mis nervios para no saltar de la felicidad. Acordamos que iría el sábado en la tarde, cuando se liberará de todos los exámenes y ensayos que debía corregir de la semana. Yo sentí que esa semana tardó una eternidad.
Aunque sabía que él llegaría después de las 5, ese sábado me levanté tan temprano que el sol aún no salía. Me aseguré de que la casa estuviera limpia (como jamás había limpiado) y me cambié de ropa tres veces, porque nada de lo que me ponía me parecía suficiente. ¿Pero por qué estaba tan nervioso? Una parte de mi sabía que quizás podía pasar algo entre nosotros, pero la otra parte, la de la sensatez (y yo nunca he tenido mucha sensatez) me decía que era muy probable que estuviera confundiendo las cosas, y que Snape en verdad solo estaba interesado en las plantas.
De todas formas cuando llegó la hora y él tocó la puerta de la tienda de forma puntual, tuve que frotar mis manos contra mis jeans para limpiar el sudor.
El había ido con unos pantalones negros y una camisa a juego y, aunque no tuviese la capa, se veía tan bien ante mis ojos que sentí que mi playera se veía mal. De todas formas le enseñé todas las flores y plantas que tenía, e incluso el jardín de atrás. Y él, aunque se notaba su resistencia, tuvo que admitir que yo estaba haciendo un excelente trabajo, y que realmente yo podría suplirle de algo que necesitara.
Cuando sentí que el recorrido estaba llegando a su fin le pregunté si tenía ganas de tomar té, pues yo no estaba dispuesto a dejar que su visita se terminara tan pronto. Pensé que el me preguntaría qué para qué, si ya había visto lo que quería, y yo estaba preparado para decirle que necesitaba ayuda con una poción (pero mi estúpida mente se olvidó de pensar que poción diría antes de ese momento), pero él volvió a sorprenderme cuando dijo: —Le acepto su invitación, Potter, si tiene algo más fuerte.
Asentí tan fuerte que sentí que mi cuello se rompería, pero no perdí tiempo y ambos subimos al segundo piso. En la parte superior había una salita de estar, que solo contaba con un sofá, una mesita de centro, una chimenea y una repisa llena de revistas sobre Quidditch y libros sobre plantas, flores y Herbología. También había una pequeña cocina, equipada por la señora Weasley con todo lo necesario, un baño y dos habitaciones. En una de las habitaciones había macetas, equipo de jardinería y otros utensilios. La otra habitación era la mía.
Instalados en la pequeña salita saqué una botella de un whisky irlandés que me había dado Charlie como regalo de mudanza. Solo lo abrí una vez para probarlo, y fue tan fuerte que tuve que beber agua para quitar el ardor de mi garganta. En cambio Severus parecía estar disfrutando la bebida, y la tomaba sin hacer ninguna mueca, contrario a mi.
Nos sentamos uno en cada extremo del sofá y él siguió preguntando acerca de la tienda en general. Yo pregunté acerca de sus clases en Hogwarts, y él se quejó de que cada año los estudiantes parecían competir por hacer explotar más calderos. Quizás debido al Whiskey no noté que yo estaba un poco más en el centro del sofá de lo que debería estar.
No recuerdo cuando cambiamos la conversación a algo más personal, pero en algún momento sentí que ya no había espacio entre nosotros en el sofá, su pierna chocando con la mía, su mano muy cerca de mi muslo sin retirarse. Me incliné más y en la bruma del alcohol podía sentir su aliento chocando contra mi cara. El no se acercaba pero tampoco se alejaba, y yo en aquel momento entendí.
Cuando una sombra de temor cruzó por sus rostro entendí por qué hacía lo que estaba haciendo y entendí por qué me esquivaba durante aquellos meses de juicio. Temía por mi arrepentimiento.
Corté el poco espacio entre ambos y volví a besarlo con el mismo deseo que hace dos años. Él no tardó ni un segundo en responder y de pronto me vi envuelto en sus brazos.
Cuando sentí sus manos colarse debajo de mi camiseta susurré “ mi habitación ”, aunque las palabras brotaron en medio de un jadeo, y en verdad no se como las entendió.
Yo no estaba dispuesto a separarnos, pero él guió el camino entre besos para llegar a la cama. La habitación estaba oscura. Sentí mi espalda tocar el colchón y su cuerpo posicionarse sobre el mío. Una de sus rodillas entre mis piernas, su boca volviendo a encontrar la mía y sus brazos a cada uno de mis costados, volviendo a crear mi lugar feliz.
Es muy extraño cómo cambian las perspectivas dependiendo de la situación. Dos años atrás, cuando estaba seguro de que iba a morir, no me importaba perder la virginidad en el frío suelo de un bosque. Pero ahora no había riesgos a futuro de ningún asesino loco, o eso esperaba. Lo que provocó que mis nervios fueran más grandes esta vez.
Mi camiseta desapareció, abrí los botones de su camisa. Y cuando sus manos desabrocharon mis pantalones mi cuerpo se tensó, así como aquel día en el bosque de Dean.
El me miró y, a través de la luz de la salita que se filtraba por la puerta abierta pude ver la misma expresión que aquella vez. Pero no necesitó poner su duda en palabras para que yo le respondiera lo mismo que aquella noche.
—Esta será mi primera vez — dije con decisión.
—Imaginé que tendrías mucho de donde elegir para esta ocasión.
—Yo ya había elegido a quién hace un par de años, pero esa persona decidió esperar.
Aquella primera vez me dolió, y mucho. Mordí su hombro y creo que clavé mis uñas en su espalda, pero el dolor fue igual de intenso. De todas formas debo decir que el fue tan suave como entiendo le fue posible. Se detuvo varias veces, me besaba las mejillas y acariciaba mi espalda con la dulzura que nunca creí capaz a Severus Snape.
A la mañana siguiente me desperté con dolor en la espalda baja y dudas. El dolor no cedió hasta que no tomé una poción, las dudas se disiparon en cuanto entendí que había despertado entre sus brazos. Levanté la cabeza y vi su rostro parcialmente cubierto por su pelo. Sus párpados temblaron ligeramente y supe que se había despertado.
Ambos parecíamos que esperábamos la reacción del otro, pero Severus Snape me había protegido toda la vida, entendía que era mi turno de seguir hacia delante hasta que él me pusiera un alto. Así que lo besé y él me besó de vuelta.
Mantuvimos lo que teníamos en secreto. De todas formas, le conté a Ron y Hermione unas semanas después de aquella primera noche porque ellos querían saber quién era esa persona especial que me mantenía sonriendo todos los días. Ninguno me creyó al principio, pero después de que entendieron que yo decía la verdad tuvieron reacciones diferentes. Ron casi se desmaya, siendo que tardó un día completo en volver a emitir una palabra. Hermione, por su parte, me dijo “Es algo entendible, tu y él tienen muchas cosas en común”. Siempre pensé que ella y Dumbledore se parecían, ambos sabían demasiadas cosas y uno no entendía como lo hacían.
El resto de los Weasley se enteró en navidad, cuando la señora Weasley me pidió que llevara a mi pareja a la cena de nochebuena, pues era notorio que tenía una. Aunque pensé que su reacción sería parecida a la de su hijo, los dos parecieron más que satisfechos con mi elección. Arthur me dijo que Severus siempre me había cuidado y que estaba seguro que lo seguiría haciendo. Molly dijo que siempre invitaba al maestro de pociones a cenar y este se rehusaba, por lo que ahora no tendría excusa para hacerlo.
Los demás Weasley estuvieron asustados la primera vez que nos vieron, pero pronto se acostumbraron.
Cuando la comunidad mágica se enteró, fuimos noticias por varias semanas. Fue en una ocasión que lo visité en Hogwarts. Quizás me acerqué más de la cuenta. Quizás algún alumno nos vio. El hecho es que la prensa se enteró una noche, y a la mañana siguiente toda revista hablaba de nosotros. Yo estaba acostumbrado a ese tipo de cosas, pero Severus tuvo que soportar por esos días cartas de admiradoras: algunas le pedían que me cuidara, otras le amenazaban de muerte (siendo que no era muy inteligente amenazar a un exmortifago/espía de la Orden de muerte). Pero en su mayoría la especulación más grande fue averiguar cuánto íbamos a durar. La mayoría decía que no pasaríamos del año, quizás dos. Pues nosotros éramos muy diferentes entre sí.
Ocho años después Severus Snape y yo seguimos juntos. Nos mudamos a una casa cerca de Hogsmeade para que él pudiera llegar más fácil a Hogwarts. Yo sigo teniendo mi tienda, e incluso la amplié a la parte de arriba. Hemos atravesado muchas cosas, algunas buenas y otras no tanto. Pero creo que aún nos queda bastante tiempo juntos y eso es lo importante.
Y puedo decir sin miedo a equivocarme, que cuando estoy entre sus brazos es mi lugar favorito en el mundo.
FIN
