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porque los fogones son cálidos (duh)

Summary:

Cuando la noche es fría pero sus corazones se mantienen cálidos, la respuesta a su problema debería ser obvia. Desafortunadamente, cuando de trata de sentimientos, ambos no son los más listos.

Notes:

Y desafortunadamente también, amo el Ajawnich buu

Work Text:

Ese día, El Viajero le había propuesto a Kinich unirse a una expedición de exploración, prometiéndole en tono burlón grandes recompensas —si es que encontraban algo—, además de una cálida compañía y la oportunidad de compartir sus dotes culinarias internacionales. Como hombre de Natlan, Kinich estaba más que acostumbrado al terreno y los desafíos que este ofrecía. Al principio, aceptó la oferta únicamente por los beneficios prácticos, pero, si era sincero consigo mismo, había otra razón que lo impulsó a decir que sí. De alguna manera, y pese a todos sus esfuerzos por evitarlo, El Viajero había logrado abrirse paso en su vida y convertirse en su amigo. Admitirlo no era fácil para Kinich, pero la persistencia relajada y la calidez sincera del Viajero habían desgastado la coraza de su indiferencia habitual. Así que, al final, decidió unirse.

Por supuesto, Ajaw no tardó en llamarlo sentimental, mofándose de él por aceptar. Sin embargo, Kinich podía notar que, bajo el sarcasmo y la ironía, Ajaw estaba celoso. Y aunque aquello le habría resultado molesto en el pasado, ahora solo se le hacía… algo tierno. Vergonzoso, sí, pero indudablemente tierno. Y, de alguna manera, cálido. Aunque Kinich no estaba completamente seguro de cómo manejar esos sentimientos aún, estaba empezando a acostumbrarse a ellos. Supuso que así era estar saliendo con alguien. 

…Pero se arrepintió de pensar aquello cuando Ajaw pasó la mayor parte del día molestando al Viajero y, sobre todo, a Paimon más de lo usual. El arrogante dragonzuelo había logrado ser aún más ruidoso de lo normal, lanzando comentarios ácidos sobre su estrategia para buscar tesoros y comparando a Paimon con todo tipo de insectos. Llamarla “Pulga parapléjica” había sido especialmente innecesario.

A pesar de ello, el día fue productivo. Descubrieron un pequeño tesoro, lo dividieron de manera justa y continuaron su camino por el terreno escarpado sin mayores incidentes. Al caer la noche, montaron un campamento. La fogata crepitaba suavemente, su cálido resplandor tiñendo las rocas y los árboles cercanos con tonos anaranjados brillantes. El Viajero y Paimon ya estaban acomodados junto al fuego, acurrucados bajo una manta compartida. Su cercanía era evidente: Paimon se había hecho un ovillo al lado del Viajero, murmurando algo sobre la injusticia de dividir el botín en partes iguales, aunque sin verdadera hostilidad. Ajaw, por otro lado, estaba encaramado en una roca cercana, lanzando miradas de juicio hacia todos. Kinich los observó brevemente antes de desviar la vista.

Sentado con las piernas cruzadas sobre su saco de dormir, Kinich mantenía los brazos firmemente cruzados contra su pecho, como si eso pudiera detener el frío que se colaba a través de su chaqueta. La noche era helada, y aunque trataba de parecer imperturbable, el vaho blanco que salía de su boca lo delataba. El sonido de las quejas de Paimon ya había desaparecido, reemplazado por su respiración tranquila, dejando a Kinich a solas con sus pensamientos… y con Ajaw. Su… pareja. Porque pues eso eran ahora.

Kinich extendió las manos hacia la fogata, permitiendo que el débil calor se filtrara en sus dedos.

Ajaw, cuya proyección brillaba débilmente bajo la luz del fuego, mantenía la mirada fija en las llamas con un aire de desdén teatral. —Qué patético —declaró con voz aguda, cargada de dramatismo—. Depender de míseras llamas y telas para no congelarse. Los humanos son criaturas realmente débiles.

La ceja de Kinich se crispó, pero no mordió el anzuelo. Claro, ya sabía que era mejor dejar que Ajaw hablara hasta cansarse. En lugar de responder, se inclinó un poco hacia atrás y dejó que su mirada se perdiera en las sombras que proyectaba la fogata. El calor de las llamas era tenue, y la brisa helada de la noche se hacía sentir con más fuerza. Sin embargo, no pasó por alto que la pequeña figura de Ajaw también se había acercado al fuego, a pesar de su actitud altiva.

—Tú también tienes frío —señaló Kinich con tono neutral, dejando que su aliento se transformara en una nube blanca frente a él.

Ajaw se irguió indignado, hinchando su pequeña figura con un brillo anaranjado furioso. —¡Nosotros no sentimos frío! —exclamó con indignación—. Soy un Gran Dragón Sagrado, sirviente. Estamos por encima de esas inconveniencias humanas.

—Ajá —respondió Kinich con sequedad, ajustándose más la chaqueta. Lo último que necesitaba era un sermón. Lo que de verdad quería era calor o, mejor aún, dormir. 

Ajaw, por su parte, pareció complacido con su propia réplica, pero sus ojos pronto se desviaron del fuego hacia Kinich, y luego de vuelta al fuego. Tras un dramático suspiro, se abalanzó de un cabezazo a la muñeca de Kinich, activando el mecanismo del reloj que desencadenaba su transformación. En un destello de sombras y calor, la diminuta figura de Ajaw creció, sus escamas brillando bajo la luz de la fogata mientras asumía su forma completa. Sus enormes alas se desplegaron por un instante antes de plegarse elegantemente a sus costados, su imponente cuerpo sirviendo como escudo contra el frío viento de la noche.

Kinich lo observó en silencio, por un momento ensimismado ante la escena. La luz de las llamas danzaba sobre las escamas obsidianas de Ajaw, resaltando cada curva y detalle de su figura. Su presencia y tamaño eran abrumadores, pero no de una manera amenazante. Más bien, era reconfortante, como estar frente a un océano inmenso e interminable.

El calor que siguió fue inmediato, relajando los hombros de Kinich y calentando sus mejillas ligeramente. El cazador asintió levemente en aprobación. —Nada mal. Serás útil para mantener el fuego encendido.

Ajaw alzó la cabeza con aires altivos. —Obviamente. Solo un ser tan ingenioso como el gran K’uhul Ajaw podría concebir una solución tan elegante. Admitámoslo, estás aún más enamorado de nosotros.

Kinich puso los ojos en blanco, pero no respondió. En lugar de discutir, se recostó en su saco, dejando que el calor se filtrara en sus músculos cansados. El crepitar del fuego y el suave susurro de las hojas al viento eran los únicos sonidos que rompían el silencio.  

Luego de un tiempo, fue Ajaw quien nuevamente rompió el silencio, su mirada desviándose hacia el Viajero y Paimon. Estaban profundamente dormidos, acurrucados bajo su manta. Ajaw arrugó el hocico con desdén. —Asqueroso.

Kinich lo miró de reojo, alzando una ceja. —¿Qué cosa?

Ajaw señaló con una garra hacia ellos. —Eso. Esa forma en que se acurrucan como débiles crías. Patético.

Kinich dejó escapar una risa suave, una rara chispa de diversión en su rostro. —Estás celoso.

Ajaw siseó, indignado. —¿Celoso? ¿Yo? ¿De ellos?

—Sí —respondió Kinich con naturalidad—. No lo piensan tanto. Solo lo hacen. Estás molesto porque no te importaría que nosotros hiciéramos lo mismo.

Ajaw se quedó inmóvil, sus alas temblando ligeramente. —Ridículo —murmuró, apartando la mirada—. No necesito rebajarme a muestras tan triviales.

Kinich dejó escapar un murmullo bajo, sin afirmar ni negar. Había algo irónico en toda la situación. Estaban saliendo. Saliendo. Aún le sonaba raro. Discutían, vivían juntos, se besaban, y ¡vaya que no tenían problemas en rendirse ante el deseo! Pero las cosas simples, como acurrucarse juntos en una noche fría, seguían pareciendo absurdamente complicadas.

Su mirada pasó de su saco de dormir a la imponente figura de Ajaw. Dormir solo esa noche sería más frío, más incómodo. Menos eficiente, razonó. Con un suspiro apenas audible, se puso de pie, sacudiendo las hojas que se le habían pegado en los pantalones mientras se acercaba a Ajaw.

—¿Qué crees que haces? —preguntó Ajaw con un tono afilado, lleno de sospecha.

—Pues dormir —respondió Kinich con calma. Sin esperar respuesta, se metió bajo el enorme antebrazo de Ajaw y se acurrucó contra su pecho. El calor lo envolvió de inmediato, y el ritmo constante del corazón del dragón, firme y cálido, resonaba en su mejilla, relajándolo de una forma que apenas estaba comenzando a comprender. Soltó un leve suspiro, satisfecho.

Ajaw lo observó, avergonzado por un momento. —Tú… ni siquiera pediste permiso.

—No creí que hiciera falta —murmuró Kinich, su voz tranquila pero con un dejo de desafío—. Es lo que hacen las parejas. Además, es práctico. Por el calor.

Ajaw resopló, agitando su cola con indignación. —¿Práctico? Esto… Tú…

—Buenas noches, Ajaw —lo interrumpió Kinich, ya quedándose dormido. Sin esfuerzo, su mano rozó la garra del dragón en una caricia casual pero intencionada. Antes de cerrar los ojos por completo, dirigió una última mirada a Ajaw—suave, desarmante, y demasiado prolongada como para no hacer que el corazón del dragón diera un leve vuelco.

—Y ni te inmutas por el descaro. Tienes suerte de ser nuestra pareja, pequeño saltamontes. —murmuró Ajaw, aunque su voz carecía de mordacidad, como si intentara convencerse a sí mismo de que no era al revés.

Con un movimiento sutil, Ajaw ajustó sus alas y curvó su cuerpo para proteger a Kinich del frío. El calor que brotaba de su pecho se filtraba en los rincones más profundos de su ser, en aquellos lugares donde las palabras nunca alcanzaban.

 

Nunca lo admitiría,

 

pero… esto no estaba nada mal.

 

Y por ahora, era suficiente.