Actions

Work Header

Falling for U (spiderbear)

Summary:

¿Cómo iniciar una conversación con alguien que solo has visto un par de veces? Mientras Roier se debatía entre si era mejor hacerlo de golpe o esperar a que simplemente pasara, para Spreen, era tan sencillo como compartir una taza de café.

Notes:

Dentro de este bonito shipp he conocido a personas incluso mas bonitas, artistas, espectadores y también escritores.

Hablo por muchos cuando digo que escribir no es fácil, ella y yo lo hemos hablado en muchas ocasiones, charlando ideas para iniciar una nueva historia, dándonos ánimo mutuamente para continuar con las actuales, ayudandonos a leer borradores, o a veces con sencillamente estar ahí.

Porque dentro de todo eso, seguimos siendo personas, y me llena de alegria y orgullo poder decir que una gran escritora como Nae es amiga mia.

No solo me ha ayudado mucho en este bonito viaje que es escribir, tambien hemos compartido algunos otros gustos fuera del shipp, otros shipps, juegos y música.

¡Feliz cumpleaños (ya fue pero bienvenida a Ao3 adgsdk) Hoshi_1!

Y sorpresa! Desde el instante que escuché esta canción que me recomendaste no solo se volvió una de mis favoritas, tambien supe enseguida que tenía que hacer algo con ella para ti, ojala poder haberle hecho justicia, no es mucho, pero es trabajo honesto y hecho con todo el cariño del mundo ❤️

Algunos puntos a aclarar sobre esta historia:

1) No permito adaptaciones ni que se resuba en otras plataformas.

2) Se shipean cubitos, no a los streamers

3) Este es un UA (universo alterno) seteado en entorno moderno, en una cafetería. Basada en la canción de "Falling For U" de Seventeen

4) Pido comprensión. Estoy intentando practicar el español que utiliza Spreen para darle mas realismo, pero obvio cometí mil errores jajajajaja. Cualquier critica constructiva es bien recibida <3

5) Amiguitos, esta es una historia de ficción, no nos la tomemos tan a pecho ni nos hagamos problemas 🩷

Sin más, gracias por leer!

Chapter 1: Someone to share trivial hobbies

Chapter Text

La vida de Spreen era bastante tranquila.

Aunque pensándolo bien, quizás "tranquila" no era la mejor palabra para describirla, sobre todo considerando lo caóticas que solían ser sus mañanas. Y esta, por supuesto, no era la excepción.

Quienquiera que haya inventado el botón de "posponer" en los despertadores debió ser un genio... un genio del mal, de esos que son villanos en las películas. Y Spreen era una de sus peores víctimas. No solía darse cuenta de cuántas veces presionaba el maldito botón hasta ver la hora, y hoy, mirando con pánico total los números fosforescentes mientras pateaba las mantas para levantarse de un salto, descubrió que habían sido ocho en total. Nuevo récord.

Maldijo entre dientes mientras corría de un lado a otro juntando todo lo que necesitaba para su magnífico (no) nuevo día en la universidad, haciendo una lista mental mientras iba y venía: Ducha, listo. Ropa, fachera como siempre, listo. Mochila, preparada. Llaves, en el bolsillo. Cuadernos, por desgracia, en la mochila.

Una vez tuvo todo en orden al fin, salió disparado hacia la universidad. El frío aire de finales de otoño golpeaba su rostro con la misma maldita intensidad de una bofetada y se colaba entre sus dedos haciéndole tiritar de dentro hacia afuera. Volvió a maldecir por lo bajo cuando pasó junto a la parada de autobuses; había perdido el suyo y no tenía tiempo para esperar el siguiente. Era una fortuna que su escuela no quedara tan lejos, y llegar a pie, aunque un suplicio total, no era imposible.

No se permitió dejar de correr hasta que estuvo a medio camino. Se detuvo frente a una pequeña cafetería, apoyándose en sus rodillas para recuperar un poco el aire. Algo de tiempo debió ya haber compensado.

Sacó su celular del bolsillo para ver la hora y...

—¡Uy! ¡Cuidado!

Spreen levantó la mirada de su teléfono justo en el momento en que un chico castaño saliendo de la cafetería chocó con su hombro izquierdo, una chispa de pánico reflejándose tras sus gafas mientras intentaba balancear una charola con cinco vasos en sus manos. Estuvo a punto de intervenir para ayudarlo y evitar un desastre cuando la puerta volvió a abrirse.

—Te tengo.

De pie detrás del primer chico apareció otro, alto y castaño, sonriendo ligeramente mientras sostenía un par de mochilas sobre su hombro derecho y con el brazo izquierdo rodeaba la cintura del más bajo para mantenerlo en equilibrio. Los vasos dejaron de tambalearse y, con un pequeño suspiro de alivio, el más bajo se giró para mirarlo.

—Gracias, amor.

—¿Seguro que no quieres que los lleve yo, Juan? —contestó el más alto, la preocupación reflejándose en sus ojos claros.

—Seguro, tontito. Tú pagaste, yo los llevo, somos un equipo, ¿recuerdas? —el de gafas le sacó la lengua antes de girarse hacia Spreen—. Perdón, amigo, ¿estás bien?

—Tranca —contestó Spreen, mirando curioso a la pareja frente a él antes de resoplar divertido—. Igual, tené más cuidado con eso, no se supone que lleves más de cuatro vasos ahí.

—Justo lo que dije yo.

Spreen no se perdió el tono entre divertido y de reprimenda con el que el más alto se dirigió al que llevaba la charola, quien hacía todo lo posible para escapar de su mirada penetrante.

Finalmente, el chico de gafas rodó los ojos, liberándose del agarre del contrario, y le presentó la charola.

—Bueno, ya, toma el tuyo si quieres, pero el resto los llevo yo.

Visiblemente satisfecho, el más alto buscó con la mirada antes de tomar un vaso de la charola, el nombre "Cellbit" anotado en perfecta cursiva en este.

—Gracias por convencerlo —el tal Cellbit se dirigió a Spreen esta vez, dedicándole una sonrisa cansada—. Es bastante terco a veces.

—¡Yo no soy terco!

Con una despedida silenciosa, el par comenzó a alejarse entre risas del más alto y reclamos del más bajo. Spreen los siguió con la mirada un momento. "Juan" seguía quejándose de que él solo podía con la tarea en cuestión, pero no hacía nada para zafarse del agarre protector de "Cellbit" en su espalda baja.

La más breve imagen de él y otra persona ocupando el lugar de la peculiar pareja frente a él cruzó su mente antes de que la sacudiera resoplando divertido. Un amor de película, claro. Como si algo así fuera a pasarle a él alguna vez.

¿Lo ven? Mañana caótica, sí, pero vida bastante simple. Quizás "monótona" era la palabra correcta para describirla.

Con sentimientos encontrados, Spreen estuvo a punto de seguir su camino cuando la puerta de la cafetería frente a él se abrió una vez más, un intenso aroma a café llenando sus sentidos.

Miró hacia la pantalla de su celular aún en su mano para confirmar la hora antes de tomar una decisión.

...

Sí, tenía tiempo para un café.

Después de todo, ¿qué es lo peor que podría pasar?

•┈┈┈┈┈┈┈┈┈ ☕︎☕︎

El ambiente dentro del pequeño local era justo lo que Spreen se esperaba de una cafetería en los alrededores de la universidad a las 7 de la mañana: sombrío y desolador.

Rostros de chicos y chicas por igual, marcados por el sueño o por el simple hastío de la vida, haciendo fila para obtener la tan necesaria cafeína para poder sobrevivir un día más. Spreen contó al menos cuatro personas delante de él en la cola para ordenar, así que mientras esperaba su turno, sacó los auriculares de su mochila para colocárselos.

El sonido de conexión con su teléfono hizo que de pronto los murmullos a su alrededor cesaran y fueran reemplazados por su playlist favorita. Soltó un suspiro de satisfacción cuando comenzó una nueva canción.

"Your lipstick stains"

"On the front lobe of my left side brains"

Se perdió un momento mientras escuchaba la conocida melodía: tranquila, pero sin llegar a ser aburrida. Simplemente perfecta. Se entretuvo tamborileando los dedos contra su muslo al ritmo de la canción, con la mirada al suelo y una ligera sonrisa asomándose en sus labios.

Spreen se consideraba actualizado en cuanto a música, pero algo que no compartía con muchos era su gusto por algunas canciones viejas. Carre llegaba a decir que eran aburridas y, aunque Robleis no se quejaba, sí que reía cuando el más bajo lo mencionaba.

En su opinión, ambos eran idiotas y poco conocedores del buen gusto. "Hey, Soul Sister", aun con sus ya 15 años de haber sido lanzada, seguía siendo mucho mejor tema que la mayoría de la basura que se producía en estos días. No era su culpa que la gente a su alrededor no supiera apreciarla.

Aunque mentiría si dijera que no sentía un bajón cada vez que, entre risas y bromas sobre él teniendo alma de viejo, sus amigos cambiaban de canción cuando se reunían.

Y quizás era tonto, era un pasatiempo bastante insignificante, pero ¿acaso habría alguien con quién pudiera cantarlas a todo pulmón?

Una mano agitándose frente a su rostro captó su atención. Cierto, el café. Ni siquiera se había dado cuenta de que ya era el siguiente en la fila. En un apuro, retiró un auricular de su oído mientras levantaba la mirada.

—Perdón, no--

El resto de las palabras que iba a decir murieron en sus labios.

—¡Bienvenido! ¿Qué desea ordenar?

La voz animada y la sonrisa del chico del otro lado del mostrador contrarrestaban el lúgubre ambiente del lugar. Era como si en medio de la fría y nublada mañana de otoño, el sol de pronto hubiera salido de entre las nubes a iluminar todo a su alrededor. Spreen relamió sus labios inconscientemente mientras recorría al contrario con la mirada. Cabello castaño cayendo libremente por su frente, ojos grandes y marrones, piel solo un poco bronceada. Todo enmarcado en una silueta de hombros anchos y un aura alegre.

Sin perder la sonrisa, el chico ladeó la cabeza solo un poco, y eso fue suficiente para que Spreen volviera a la realidad. Estaba esperando su pedido. Carraspeó antes de decir lo primero que le vino a la mente:

—Café.

¿Café? ¿En una cafetería? Qué original.

Al menos quince escenarios altamente gráficos de Spreen golpeándose a sí mismo por ser tan pelotudo pasaron por su mente en una fracción de segundo. Estuvo por dar media vuelta, salir por la puerta e irse a esconder debajo de un puente por el resto de su triste y miserable vida cuando el contrario dejó escapar una estruendosa e increíblemente adorable risa que lo hizo cambiar de opinión. Estaba orgulloso de haber provocado esa risa, aun a costa de su propia dignidad.

—Sí, vendemos café —sonrió el contrario, cubriendo su boca—, pero si eres un poquiiiito más específico, puedo prepararte algo especial, capo.

Y terminó guiñándole un ojo.

"Me caso"

Esta vez Spreen sí que se golpeó mentalmente cuando el estúpido pensamiento intrusivo cruzó por su mente. Aclaró la garganta una vez más, rogando que el calor que sentía en sus mejillas y nariz no fuera visible mientras miraba la gran pancarta detrás del chico.

El menú era bastante amplio para ser un lugar tan pequeño. Capuchinos, café helado, incluso había una bebida de calabaza por la temporada. Spreen pudo haberse quedado más tiempo decidiendo qué llevar (y usarlo como excusa para seguir admirando al chico lindo frente a él), pero tenía poco tiempo y, a decir verdad, le esperaba un día de mierda si no conseguía despertar por completo.

—Un americano, sin azúcar. Grande. Para llevar.

Mientras pronunciaba su orden, vio al castaño tomar un vaso de cartón y anotar su pedido sobre este en cursiva.

—¿Me das tu nombre? —agregó sin dejar de sonreír, mirándolo por debajo de sus pestañas.

El pelinegro tragó duro. Alabado sea el señor, logró contener su alegría al recordar que era solo para anotarlo en su pedido y no porque quisiera saberlo en realidad.

—Spreen —contestó, en su voz más varonil posible.

Lo que pasó después de eso fue como una laguna mental para el pelinegro. Tras pagar y esperar apenas unos cinco minutos, estaban gritando su nombre en la barra. Se abrió paso lentamente entre el resto de los clientes hasta la barra solo para encontrarse con el mismo chico del mostrador sonriéndole.

—Listo —ensanchó su sonrisa mientras le tendía el vaso por encima de la barra—. Americano grande, sin azúcar. Que lo disfrutes, Spreen.

El frío que Spreen sintió apenas minutos atrás colándose por entre sus dedos fue reemplazado por la calidez del café y aquel roce de dedos.

La vida de Spreen era monótona, pero aquí y ahora, sintiendo un repentino golpe de atrevimiento, le devolvió la sonrisa al castaño antes de desviar la mirada hacia el pin con forma de taza en su delantal.

—Gracias, Roier...

•┈┈┈┈┈┈┈┈┈ ☕︎☕︎

—¿Qué pasa después?... ¡¿QUÉ PASA DESPUÉS?!

Como pudo, Spreen se sacudió a Carre quien estaba ya aferrado a su brazo derecho tras contar su anécdota aquella mañana en la cafetería. Robleis se apiadó de él, pues pronto y sin esfuerzo logró quitárselo de encima.

—Nada, boludo —contestó el pelinegro, jugando con el vaso de café ya vacío entre sus manos—, es todo.

—¡NO! ¡AMIGO! ¡JUSTO EN LO MÁS EMOCIONANTE!

Carre elevó ambas manos al cielo, ignorando las miradas molestas a su alrededor. Tal vez contarles sobre el lindo chico de la cafetería en medio de la biblioteca no había sido tan buena idea.

—Dale, igual me alegra una banda —continuó el más bajo, una gran sonrisa extendiéndose por su rostro—, nuestro Spreen ya es todo un hombre. Finalmente ha sido flechado por cupido.

—¿No estás exagerando? —agregó Robleis, cruzándose de brazos—. Solo lo miró una vez, tampoco es que ya haya decidido que va a casarse con el pibe, ¿no?

Spreen casi se ahoga con su propia saliva ante la mención. Robleis lo miró un segundo, confundido, antes de continuar.

—Aunque que le pidas una cita no estaría mal para empezar.

—¡Banco! —alzó la mano Carre, ganándose otro par de miradas molestas de su alrededor—. Podés hacer como Robleis, tu viste cuanto me estuvo insistiendo hasta que acepté acabar con su sufrimiento y ser su novio.

Robleis le contestó con un golpe en su hombro.

—Pero si fuiste vos quien me insistió, boludo. Si hasta lloraste.

Tenía razón. Spreen sintió un escalofrío recorrer su espalda al recordar lo terriblemente patético que fue Carre durante esos meses, todo hubiera sido mucho más fácil si el pelotudo le hubiera creído desde el inicio, cuando le dijo que Robleis sentía lo mismo, pero no, Carre eligió el camino de la auto humillación. Era una fortuna que Robleis lo quisiera tanto, llegando a encontrarlo adorable.

El más bajo interrumpió sus pensamientos, agitando una mano despreocupadamente en el aire.

—Tú, yo, ¿cuál es la diferencia? El punto es: ¿Te gusta? Ve a por ello.

Spreen rodó los ojos.

—No voy a llegar e invitarlo a salir así sin más, va a pensar que lo acoso o algo. Solo sé su nombre y dónde labura porque paré por café... mejor lo dejo así y ya esta...

Y terminó hundiéndose en su asiento y perdiéndose de nuevo en las bonitas curvas que hacía su nombre escrito por Roier sobre el vaso de cartón, Robleis puso una mano sobre su hombro en señal de apoyo.

—No seas tan duro contigo. Todo empieza con una pequeña interacción. Y tampoco es como que no puedas hacer nada. ¿Y si tratas de investigar un poco más sobre lo que le gusta?

—Uy, es buena esa —Carre intervino—. ¿Y si tienen un pasatiempo en común? ¿Hay algo que te venga a la mente?

Spreen frunció los labios, molesto, ¿estaban sordos? ¿Cómo mierda iba a saber qué le gustaba al castaño si solo lo había visto una puta vez? Pero por muy tonta que pareciera la sugerencia, se encontró a sí mismo considerándola. Golpeó un par de veces el vaso de café contra la mesa antes de que una idea cruzara su mente.

—A ambos nos gusta el café.

—¿Posta?

—Sí... digo, eso creo... trabaja en una cafetería... ¿no?

Silencio.

—Spreen... —habló Robleis, con una mirada compasiva y risita baja—, entiendo lo que dices, pero es que no creo--

—¡No! ¡No! —interrumpió el más bajo, sonriente—. ¡Es buenísimo!

Atrajo a Spreen en un abrazo amistoso por los hombros, encorvándolo hasta que quedó a su altura. En serio, la fuerza que tenía para ser tan chiquito no era ni medio normal.

—Escuchá, Spreen. Mañana, saliendo de clases, vas a ir hasta allá, te vas a parar frente al mostrador como todo un campeón y en voz fuerte y clara vas a decirle:

•┈┈┈┈┈┈┈┈┈ ☕︎☕︎

—Dos tazas de capuchino, por favor.

El ambiente en la cafetería esa tarde era muy diferente al de la mañana anterior. Apenas Spreen puso un pie dentro, fue inundado por aromas más dulces que solo el intenso café: postres, crema, chocolate. Pero todo quedó en segundo plano cuando confirmó con alivio que Roier estaba en turno en el mostrador.

Una vez que la persona que estaba delante suyo en la cola pagó por su orden y él finalmente volvió a estar frente a frente al castaño, lo vio mostrarle de nuevo una gran sonrisa, profesional, sí, pero igualmente bonita. Aunque por poco olvida todo y su plan se va al carajo cuando lo saludó:

—Spreen, ¿cierto?

Lo recordaba.

Sí, seguramente era por lo estúpido que se vio pidiendo el día anterior trabándose en sus palabras, pero lo recordaba.

Logró mantener la compostura para no parecer un maldito estudiante de secundaria enamorado frente suyo y recitó su orden, tal como lo sugirió Carre el día anterior.

El plan era simple: pedir dos capuchinos para beber aquí y cuando el castaño lo llevara a su mesa, pedirle que se sentara junto a él para compartirlo y charlar. Según el más bajo, el plan era a prueba de tontos, tan espontáneo que Roier quedaría encantado y no tendría más opción que aceptar.

¿Qué hacía confiando en Carre? La verdad, no tenía idea. Ni siquiera sabía por qué el plan ayer le pareció tan increíble si ahora que lo recordaba era una puta mierda.

Pero bueno, ya estaba aquí, y al menos la fase uno iba bien...

¿Verdad?

Spreen arqueó una ceja mientras veía a Roier anotar su pedido en una pequeña libreta con una expresión... extraña. Lo recordaba más sonriente.

—Va... —volvió a mirarlo por debajo de sus pestañas—. ¿Esperas a alguien?

—¡No! —contestó el pelinegro en un instante, sacudiendo su cabeza bruscamente—. ¡Digo, sí! ¡Digo—

Un chico alto apareció detrás de Roier y le dio un suave golpe en la cabeza con una carpeta antes de dirigirse a él. Spreen leyó el nombre de "Mariana" anotado en un pin dorado sobre su delantal.

—Disculpe a mi estúpido compañero por ser tan metiche. Y tú, Roier, trata de no molestar a los clientes. Ve a la barra.

—¡Pero! —dijeron ambos al unísono.

—Ah, ¿te rebelas? Bueno, cambio de planes, ve y ayuda a Aldo en el almacén entonces.

Sentenció Mariana, empujando al castaño hacia la puerta ante la mirada sorprendida del pelinegro.

•┈┈┈┈┈┈┈┈┈ ☕︎☕︎

Sentado en una pequeña mesa en la esquina más alejada de la cafetería, Spreen seguía dándole vueltas al asunto. Después de que el castaño desapareciera tras la puerta y el tal Mariana continuara con su pedido, el pelinegro se encargó de hacerle saber que el chico no había hecho nada malo.

Mariana lo miró unos segundos antes de sonreírle amablemente, asegurándole no solo que no lo castigaría por ello, sino que lo regresaría a su estación tan pronto volviera del almacén.

Confirmó lo último cuando, por el rabillo del ojo, vio al castaño entrar de nuevo junto a otro chico, llevando ambos un par de cajas hacia las repisas detrás del mostrador, justo en el momento en que una chica rubia colocaba dos tazas de capuchino sobre la barra de pedidos.

Desvió la mirada tras percatarse de que Roier hizo ademán de acercarse a tomar la charola y fingió ocuparse en su celular mientras repasaba el plan una vez más.

Roier llegaría a su mesa, colocaría las tazas sobre esta y justo cuando le preguntara "¿Algo más que necesite?" Spreen respondería un sencillo "Sí, a vos."

...

Sí... no diría eso, bufó divertido. De hacerlo, se lo pediría más casualmente.

¿Podés sentarte un segundo?

¿Sabes dónde queda esta dirección?

Cualquier cosa que pudiera desencadenar en una conversación.

Por el rabillo del ojo miró a alguien acercarse, era ahora o nunca. Tomó aire mientras levantaba la mirada para encontrarse de frente con--

—Dos capuchinos.

Spreen no fue consciente de la ridículamente evidente decepción que se reflejó en su rostro cuando al levantar la mirada se topó frente a un chico de gafas sosteniendo una charola junto a su mesa.

Aldo sí que lo notó, pero tampoco es que le importara realmente.

Con una sonrisa profesional, dejó una justo frente a Spreen y la otra frente al asiento vacío, terminando por agregar un centro de mesa lleno de sobres de endulzantes y crema.

—¿Algo más que necesite?

—...No.

Fase dos del plan: fallida. Con el ánimo decaído, Spreen dio un sorbo a su capuchino mientras miraba alrededor.

La cafetería estaba bastante menos concurrida, y tal como lo dijo Mariana, Roier había vuelto a su puesto detrás del mostrador, ocupado contando el dinero de la caja. La voz de Carre hizo eco en su mente mientras planteaba sus opciones.

Podía llamarlo sin problemas, captar su atención y continuar con el plan original de iniciar una conversación con una taza de café. Pero cada vez que intentaba hacerlo, se acobardaba en el último segundo.

Para cuando acordó, se había terminado su café, con un gruñido se estiró sobre la mesa para tomar la taza restante y beber de esta, tampoco iba a desperdiciarla.

En algún punto, la cafetería volvió a inundarse de personas, Roier seguía atendiendo a todos con una sonrisa, pasando pedidos por detrás del mostrador hacia sus compañeros. Spreen apoyó su codo sobre la superficie de madera y descansó la barbilla en la palma de su mano, cubriéndose la boca con los dedos mientras sus ojos seguían con cuidado los movimientos del castaño.

Esto había sido una pésima idea, pensó, estuvo por levantarse e irse cuando sus miradas se cruzaron.

Había terminado de atender al último cliente cuando sus ojos avellana lo miraron de reojo. Fue un breve instante, pero ahí estaba. Roier apartó la mirada en un segundo, diciéndole a una tal Rivers algo sobre ir a buscarle más leche antes de desaparecer tras la puerta de empleados.

¿En qué estaba pensando? dijo en su mente mientras de un último gran trago terminaba su ya segunda taza, mirando por un momento los restos de café antes de tomar una decisión.

Tal vez Robleis tenía razón y estaba siendo muy duro consigo mismo. Era solo su segundo encuentro, no era como que tenían que hablar ahora o estaría todo perdido, ¿verdad?

Spreen sonrió mientras apilaba la segunda taza sobre la primera y, asegurándose de dejar una propina sobre la mesa, se levantó y salió del lugar. Quizás hoy no fue su día, pero siempre podía volver a intentar.