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BAT KISSES - JAYWON

Summary:

Jay, un chico de la alta sociedad inglesa, va a pasar las vacaiones de Navidad con los Yang, una familia de clase media Coreana. Jungwon será el encargado de hacerle de anfitrón, pero la vedad es que no lo tendra fácil: la personalidad excéntrica y sofisticada de Jay se desvelará muy pronto. Acostumbrado a un tipo de vida propio de las élites, no aprueba ni a los amigos, ni al hermano, ni la comida, ni la forma de vestir de Jungwon.

Jay extiende periódicos para sentarse en el autobús, compra los aimentos más caros y exclusivos del supermerdado, pide taxis cada día y humilla a Jungwon con sus comentarios impertinentes.

A pesar de las continuas peleas, de las ironías fuera de tono del inglés y de los cortes exasaperados de Jungwon, la convivencia les forzará a establecer pactos y, poco a poco, el abismo que hay entre ellos se irá estrechando.

¿Que pasará si una noche, con algunas copas de más y ante la sorpresa de Jungwon, Jay lo besara con la excusa del muérdago navideño?

Notes:

Esta historia es una adaptación. Aún así modifiqué/edité algunas cosas para que tenga más sentido gramatical.

Todo con fines de entretención, simplemente ficción!! nada que ver con ellos IRL, creo que eso es algo claro pero bueno.

Quizas me quede por el cap 26 solo pq no encuentro las partes que faltan, sorry ;c

Chapter 1: WHO IS THIS BOY ?

Chapter Text

 

 

 

La gente caminaba de un lado a otro arrastrando las maletas por el pulido y brillante suelo del aeropuerto. La multitud se mostraba desorientada y acudía a toda prisa a los pequeños puestos de información como si les fuese la vida en ello.

 

Un chico malhumorado, acompañado de sus padres, esperaba hastiado frente a la puerta de llegadas procedentes de Londres. Repiqueteó con el pie en el suelo con actitud desafiante, intentando mostrar sin tapujos su pésimo estado de ánimo. Su madre le dirigió una sonrisa encantadora, ella estaba eufórica.



— ¡Levanta más el cartel, Jungwon! no vaya a ser que no nos vea – dijo mientras su marido le rodeaba los hombros con un brazo.



“Ojalá no nos vea, eso sería un golpe de suerte”, pensó Jungwon.

 

Ladeó la cabeza y, sintiéndose estúpido, alzó las manos todo lo que pudo, se puso casi de puntillas y movió de un lado a otro aquel ridículo cartel, el que se leía en letras grandes y redondas: “Somos la familia Yang, ¡bienvenido a Corea del Sur!”

 

Debería haber estado celebrando el inicio de las vacaciones navideñas con sus amigos, sin embargo, se encontraba allí anclado con la ridícula pancarta, esperando la llegada de un completo desconocido, gracias a que sus adorables padres habían decidido acoger en casa a uno de esos aburridos estudiantes de intercambio. Un inglés-coreano, para ser más exactos.



Jungwon nunca había simpatizado con aquellos apasionados del té, se le hacían demasiado refinados, y él tendía a ser despreocupado y poco detallista.



— Como esperemos más, celebraremos el fin de año en el aeropuerto – reprochó con un deje de aburrimiento.



Su madre le dirigió una mirada de desaprobación. – Compórtate con nuestro invitado, Jungwon – ordenó respaldada por los continuos asentamientos del padre con la cabeza –. Pasará un mes con nosotros, así que, lo que quieras o no, tendrás que llevarte bien con él.

 

— Entonces, ¿se supone que el famoso inquilino queda bajo mi protección? Si es así no durará ni dos días con vida. Esto es Corea. – Espetó, y soltó un bufido.



— Chist… – El señor Yang le indicó que guardase silenció. Jungwon alzó su vista hacia la puerta de llegadas, por donde había comenzado a salir gente. Todos le parecieron raros, estrafalarios o indignos de entrar a su casa. 

 

El joven era bastante reservado — contrariamente a sus solidarios padres —, así que no simpatizaba con la idea de tener que convivir con un extraño; más bien le aterrorizaba. Estaba seguro de que, por callado e invisible que fuese aquel chico, se sentiría invadido e incómodo.


Se giró sorprendido cuando unos dedos firmes y seguros golpearon suavemente su hombro derecho. Miró de arriba abajo al muchacho que se encontraba frente a él y le dedicaba una mueca desagradable.


Tenía el cabello negro y lo llevaba perfectamente peinado hacia atrás — ni un solo mechón suelto rompía aquella inusual armonía — y en su rostro destacaban unos llamativos ojos llenos de brillo y penetrantes.



— Yo.. Soy Jay.

 

— ¿Tú eres el estudiante que…? — comenzó a preguntar Jungwon, pero fue interrumpido rápidamente por su efusiva madre.

 

— ¡Jay! ¡Ya pensábamos que no llegabas, cariño! — La señora Yang lo estrechó entre sus brazos, con lo que despertó de inmediato el desagrado del joven, que, un tanto arisco, no disfrutó demasiado aquel confiado contacto físico.

 

— Encantado. – Dijo el padre de Jungwon, al tiempo que le estrechaba calurosamente la mano. – Ya verás lo bien que te lo vas a pasar estas vacaciones; te hemos preparado una habitación, espero que te guste. Apenas tardaremos en llegar a casa, está a veinte minutos en coche.

 

Jungwon clavó la vista en el suelo, muerto de la vergüenza. ¿Por qué sus padres tenían que comportarse siempre como si estuviesen pirados? ¿Tan difícil era ser un poco normal? Ser normal significaba para él no abrazar al chico de intercambio, ni llamarle “cariño”, ni enrollarse hablándole de su nuevo hogar. Esperó impaciente, fingiendo que no estaba allí, hasta que el eufórico encuentro se calmó.

 

Jay había esbozado poco a poco una mueca de terror. No era de extrañar. Ni por asomo había esperado aquel recibimiento y, teniendo en cuenta que ambos padres hablaban a la vez, apenas entendía nada. Durante el trayecto en el coche asintió con la cabeza ante todo lo que le decían con la esperanza de acertar en algo.

 

— Bien, ya hemos llegado. – anunció cuando el señor Yang aparcó frente a una acogedora casa de dos pisos.

 

Jay bajó del coche sintiéndose asqueado. Hubiese dado cualquier cosa por no estar ahí en aquel instante. Observó los alrededores y deseó desaparecer de inmediato. La urbanización se encontraba en el campo, alejada de la ciudad. 

 

Él odiaba profundamente todo lo que tuviera que ver con la naturaleza: desde la más fina y tierna hierba que crecía en la tierra húmeda hasta los grandes abetos que invadían el terreno. Torció el gesto mientras comenzaba a planear mentalmente de qué modo podría huir de allí. Quizá si robase el coche del señor Yang en plena noche…

 

— ¿Jay? ¡Vamos, pasa! Aún tenemos que presentarte a nuestro otro hijo. – la señora Yang le sonrió de forma exagerada. – El pobre se quedó toda la noche haciendo un trabajo en casa de un amigo y hoy estaba tan cansado que no ha podido ir al aeropuerto.

 

¿Más gente? Ya tenía suficiente con aquel chico que le miraba de reojo constantemente como si fuera un bicho raro. Jungwon vestía realmente mal, bajo su punto de vista, con unos vaqueros desgastados y una sudadera deportiva vieja.


— ¡Heesung! – gritó la madre, jovial. – ¡Vamos a entrar! – Abrió la puerta de la habitación, despacio, como si esperase encontrar dentro a un oso enfurecido. Jay dio un paso atrás, temeroso ante la oscuridad que invadía aquella especie de búnker. Distinguió en la penumbra la silueta de Heesung, que tenía la cara adherida a la almohada, que aferraba con las manos.

 

— ¡Desaparece, Mamá! – exclamó con brusquedad.

 

— Ha llegado el chico de Londres – explicó la mujer.

 

— ¿Y a mí qué me importa? – espetó somnoliento.

 

A continuación, la señora Yang cerró la puerta suavemente. Jay la miró desconcertado, cuestionándose si acababa de ser testigo de una bienvenida habitual o su sorpresa se debía a que hacía mucho tiempo que no entraba en casas ajenas.

 

— Es un rebelde –aclaró la mujer sin perder aquel perpetuo positivism 

 

— Ya veo... – respondió Heeseung. 

 

La señora Yang pareció algo incómoda y, tras morderse pensativa el labio inferior, le indicó a Jungwon que condujese a Jay a su habitación para dejar las maletas. 

 

— Claro, no te preocupes mamá, ya hago yo de guía turístico –le reprochó con desgana–. Vamos, sígueme. 

 

Cuando llegaron al dormitorio, Jungwon Explicó: 

 

— Pues este es la cama. –señaló un solitario colchón–. Y ahí tienes un armario, que sirve para guardar ropa. 

 

— Gracias por las aclaraciones – dijo Jay –. No habría podido deducir todo eso sin tu ayuda. 

 

Jungwon entornó los ojos y descubrió de inmediato que el nuevo inquilino le traería problemas.

 

— Oye, no te pases – le advirtió apuntándole con un dedo acusador – Mi actitud es de lo más comprensible, estoy siendo tolerante, pero a nadie le gusta pasar las vacaciones de Navidad con un desconocido.

 

— En eso estamos de acuerdo.

 

— Entonces, ¿por qué estás aquí, pudiendo haberte quedado en Londres bebiendo litros y litros de té? – le acusó.

 

— Me han obligado. – reconoció Jay frunciendo el ceño. – Cosas de padres. Piensan que me irá bien conocer mis otras culturas. Obviamente se equivocan. Lo único que podría lograr conociendo gente como ustedes es que mi ego crezca. Y no me interesa, lo tengo suficientemente alto.

 

— No  hace falta que lo jures. – Puso los ojos en blanco.

 

Jay se dirigió con resolución hacia la puesta de la habitación y la cerró bruscamente. Sus relucientes ojos se clavaron en los café de Jungwon como dos dagas afiladas.

 

— Hablemos de las normas. – exigió.



El joven parpadeó sorprendido. – ¿Qué normas?



— De las que fijaremos ahora mismo. – Le dedicó media sonrisa que a Jungwon se le hizo casi tenebrosa. – Tú no quieres que esté aquí, y yo no quiero estar aquí; en eso estamos de acuerdo. Bien, lo mejor será que nos ignoremos mutuamente durante el próximo mes – explicó. – No pìenso conocer a tus amiguitos coreanos, ni salir contigo a ver películas de lloriqueo al cine ni cortarles el césped del jardín a tu padre, ¿queda claro?

 

Jungwon necesitó un momento para procesar toda aquella información. Quedó asombrado ante el tono de voz del que Jay hacía uso; como si fuese un marqués recién llegado al nuevo continente.

 

— Oye, ¿Quién te has creído que eres? ¡No puedes poner normas nada más llegar! — Se quejó, indignado.

 

— ¿Intentas decirme que quieres pasar tiempo conmigo?

 

— No, pero…

 

— Sabía que era eso. — Chaqueño los dedos. — De verdad, siento decepcionarte, pero no eres mi tipo.

 

Jungwon rió con nerviosismo ante el nuevo rumbo que había tomado la conversación. — ¿Nos has mentido, verdad? Tú no eres de un colegio, sino de un psiquiátrico.

 

él sonrió con suficiencia. Entonces abrió su maleta, ignorando las palabras del chico, y comenzó a colgar la ropa (Toda impoluta) en el armario.

 

Jungwon estaba tan anonadado ante el desconcertante comportamiento del desconocido que permaneció unos instantes inmóvil, observándola y reflexionando sobre aquella primera impresión. Al cabo de un rato, Jay se giró hacia él.

 

— ¿Podrías respetar mi intimidad? — Dijo. — Acabo de llegar, me gustaría descansar un poco.

 

Jungwon, algo confuso, salió de la habitación con la impresión de que todo era un tanto irreal, como si no estuviese pasando y fuese cosa de su imaginación. Se apoyó en una pared y entonces empezó a sentirse furioso e indignado cuando advirtió que su huésped acababa de sacarlo de una habitación de su propia casa. Pensó en bajar corriendo al piso inferior en busca de sus padres, pues hubiese sido conveniente hablarles del extraño comportamiento del tal Jay, pero supuso que no le creerían, e inconscientemente sonrió al imaginar la cara que pondrían sus progenitores en cuanto descubriesen que habían invitado a un loco a pasar las navidades en casa.