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La lluvia golpeaba la ventana del apartamento mientras el reloj marcaba las 9:47 pm Bahiyyih estaba sentada en el sofá, mirando sin interés la televisión. El sonido de un programa cualquiera llenaba el silencio incómodo del lugar, un eco de lo que había sido su relación. A su lado, Youngeun revolvía una taza de té, sus ojos fijos en el líquido como si ahí encontrara las respuestas que ambas buscaban.
Habían pasado diez años desde aquella noche en el Black Dog. Diez años desde que sus miradas se cruzaron por primera vez, cuando Bahiyyih, con su risa despreocupada, movió el mundo entero de Youngeun. Todo había comenzado como una chispita, una de esas conexiones instantáneas que solo ocurren una vez en la vida.
Pero ahora... parecían dos extrañas atrapadas en un bucle interminable de silencios incómodos y reproches.
— ¿Podrías bajar el volumen? —pidió Youngeun de repente, su voz más cortante de lo que había planeado.
Bahiyyih tomó el control remoto y bajó el volumen sin decir nada. Sus ojos, antes llenos de vida y amor, estaban apagados.
—No es como si estuvieras prestando atención de todas las formas —respondió después de un largo silencio, con un tono más defensivo del que quería.
Youngeun dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco.
—Y ¿qué quieres que haga, Bahiyyih? ¿Que me siente a fingir que me importa lo que pasa en esa estúpida serie?
Bahiyyih se giró hacia ella, sus cejas fruncidas, sus labios temblando de frustración.
—No sé, Eun. Tal vez podrías intentar, no sé... hablar conmigo. Como antes.
Youngeun soltó una risa amarga.
—Hablar? ¿Sobre qué? Cada vez que hablamos, terminamos peleando.
—¡Porque no escuches! —estalló Bahiyyih, levantándose del sofá—. Siempre tienes que tener la razón, siempre minimizas lo que siento.
—¡Porque haces un drama por todo! —Youngeun también se puso de pie, su voz subiendo de tono—. Todo es una queja contigo, como si yo fuera la única culpable de esto, me haces sentir justo así.
El silencio que siguió fue peor que los gritos. Las palabras colgaban en el aire, pesadas, ineludibles.
Bahiyyih apartó la mirada, sus manos temblando mientras las apretaba en puños.
—Sabes qué es lo peor de todo? —susurró, con la voz quebrándose—. Que nunca pensé que llegaríamos a esto. Que la persona que fue mi todo, el amor de mi vida, ahora es alguien que no reconozco.
Youngeun cerró los ojos, sintiendo cómo algo en su interior se rompía.
—Yo tampoco te reconozco, Bahiyyih—respondió con un hilo de voz—. Tal vez porque ninguna de las dos es la misma de hace diez años.
El reloj marcó las 10:12 pm cuando Bahiyyih tomó su abrigo y se dirigió hacia la puerta.
—Voy a salir —anunció.
—¿A dónde?
—No lo sé. Pero no quiero estar aquí.
Youngeun no respondió. Se quedó inmóvil mientras la puerta se cerraba detrás de Bahiyyih.
Cuando el sonido de sus pasos se perdió en la distancia, Youngeun se dejó caer en el sofá. Sus ojos se desviaron hacia una vieja fotografía en el estante: ambas en el Black Dog, sonriendo con una felicidad que parecía de otro mundo.
En ese momento, entendió que no se trataba de sobrevivir a una rutina, una relación por costumbre. Se trataba de aceptar que no todas las historias están destinadas a tener un final feliz...
La lluvia seguía cayendo, como si el cielo compartiera su dolor. Y en ese pequeño apartamento, la ausencia de Bahiyyih pesaba más que cualquier grito, cualquier reclamo, cualquier amor que alguna vez compartieron.
Bahiyyih caminaba bajo la lluvia, su abrigo apenas protegiéndola del frío que calaba hasta los huesos. La noche estaba vacía, como ella. Con cada paso, sus pensamientos la arrastraban hacia el pasado, hacia una época que parecía sacada de un sueño.
Cerró los ojos por un momento, dejando que los recuerdos la envolvieran.
Era una noche de verano cuando entró por primera vez al Black Dog, un bar pequeño con luces cálidas y música suave. Bahiyyih no esperaba mucho; Hikaru la había convencido de salir para despejarse después de una semana agotadora.
Estaba de pie en la barra, revisando distraídamente su teléfono, cuando una voz alegre interrumpió sus pensamientos.
—La cerveza aquí es buena, pero el soju es mejor.
Bahiyyih levantó la mirada y la vio. Una chica de cabello corto, sonrisa despreocupada y ojos chispeantes la miraba desde el otro lado del mostrador.
—Ah, ¿sí? —respondió Bahiyyih, arqueando una ceja, tratando de esconder su nerviosismo.
—Claro. Pero si no me crees, te invitamos a comprobarlo. —Youngeun sonriendo, con esa confianza que parecía iluminar toda la habitación.
Bahiyyih soltó una carcajada, y antes de darse cuenta, estaban sentadas juntas en una de las mesas, riendo, hablando, como si se conocieran de toda la vida. Esa noche, Youngeun la hizo sentir especial de una forma que nadie más había logrado.
Después de eso, las citas comenzaron a fluir naturalmente, paseos al atardecer, películas bajo las mantas, noches enteras hablando hasta que salía el sol. Youngeun siempre tuvo una forma de convertir los días más ordinarios en algo extraordinario.
El primer "te amo" fue en un parque vacío, una madrugada durante el invierno justo después de un concierto. Bahiyyih, todavía con las mejillas sonrojadas de la emoción, miró a Youngeun y sintió que no podía contenerlo más.
—Te amo —dijo de golpe, sus ojos brillando con honestidad.
Youngeun se detuvo, como si el tiempo se hubiera congelado. Luego, con una sonrisa que Bahiyyih nunca olvidaría, respondió:
—Y yo a tí te amo muchísimo más princesa.
Lograron crear hermosos recuerdos, fueron como un sueño. Cocinaban juntas, planeaban viajes que casi nunca realizaban, y llenaban su apartamento pequeño de plantas que Youngeun siempre olvidaba regar. Había discusiones, pero nunca parecían lo suficientemente grandes como para quebrar lo que tenían.
Había amor.
Bahiyyih cruzó la calle y llegó sin darse cuenta, al Perro Negro. La fachada apenas había cambiado, pero al mirar el letrero iluminado, sintió un nudo en el pecho. Empujó la puerta y entró.
El bar estaba más vacío de lo que grababa, pero la atmósfera era la misma. Se sentó en la barra, pidiendo una cerveza, y dejó que los recuerdos la siguieran invadiendo.
En el apartamento, Youngeun seguía sentado frente a la fotografía. Sus dedos trazaban el borde del marco mientras su mente también viajaba a esos primeros años. Recordó cómo solían bailar en la cocina, cantando a todo pulmón canciones que no sabían de memoria. Recordó los días en los que Bahiyyih la abrazaba por la espalda, diciendo que no podía imaginar su vida sin ella.
Pero también recordó cómo, poco a poco, comenzó a perderse. El trabajo, la rutina, las expectativas no dichas. Las risas se volvieron suspiros, y los suspiros se convirtieron en silencios.
Sin pensarlo demasiado, Youngeun tomó su abrigo y salió del apartamento.
Cuando llegó a Black Dog, su corazón se aceleró al ver a Bahiyyih sentada en la barra, con la mirada perdida en su cerveza. Por un momento, dudó. Pero luego recordó la noche en que todo comenzó, cuando ella fue la primera en acercarse.
Se sentó a su lado, su presencia rompiendo el hechizo de los recuerdos.
—Nunca pensé que volveríamos aquí —dijo Youngeun, su voz suave.
Bahiyyih levantó la mirada, sorprendida. Por un instante, ninguna de las dos habló.
—No sé qué estamos haciendo, Eun —admitió Bahiyyih, con un suspiro cansado—. Todo se siente tan mal...
Youngeun asintió lentamente.
— ¿Podemos cambiarlo?
Bahiyyih miró a Youngeun fijamente, como si tratara de descifrar si quedaba algo de lo que habían sido. Su mente volvió a las promesas hechas bajo las estrellas, a las risas que llenaban el silencio, a ese amor que parecía eterno. Pero lo que sentía ahora no era lo mismo. Era puro agotamiento, tristeza... resignación.
—Eun, ¿qué estamos intentando salvar? —preguntó, su voz apenas en un susurro.
Youngeun apretó los labios, su corazón encogiéndose. No tenía una respuesta. Habían intentado tantas veces arreglar las grietas que al final habían olvidado lo que significaba ser felices juntas.
— No lo sé, Hiyyih por primera vez no sé que estamos haciendo.
Bahiyyih sintió una lágrima rodar por su mejilla. No se molestó en limpiarla.
—Te amé más que a nadie, Eun. —Su voz se quebró al pronunciar esas palabras— Y siempre vas a ser parte de mí, pero no podemos seguir lastimándonos así.
Youngeun bajó la mirada, asintiendo con un nudo en la garganta. Sabía que Bahiyyih tenía razón. Sabía que ambas lo sabían desde hacía tiempo, pero ninguna había tenido el valor de decirlo. Hasta ahora.
—Yo también te amé, Hiyyih. Más de lo que puedo amar algo.
Se miraron por lo que parecía una eternidad, dejando que las palabras no dichas llenaran el vacío. No había gritos esta vez, ni reproches. Solo una aceptación tranquila, de que había llegado el final.
Al salir del Black Dog, Bahiyyih tomó por primera vez un camino diferente al de Youngeun. Caminó sola bajo el cielo despejado, sintiendo cómo las lágrimas caían sobre sus mejillas.
Por primera vez en años, pudo respirar.
Youngeun, mientras tanto, tomó un taxi y se dejó caer en el asiento trasero. Cerró los ojos, dejando que las lágrimas fluyeran en silencio. No era lo que ella hubiera querido pero tampoco sentía que había tomado una decisión equivocada. Se habían amado intensamente, y aunque el amor había cambiado, siempre quedaría como un recuerdo de sus mejores años.
Ambas sabían que, al separarse, se estaban dando la oportunidad de encontrar algo más, algo que las harían felices y eso es realmente lo único que deseaban para la otra.
En los años que siguieron, nunca volvieron a hablar. No porque guardaran algún tipo de rencor, sino porque sabían que era mejor así. Aunque, de una vez en cuando, cada una pensaba en el Black Dog, en la chica que les había robado el corazón esa noche, y no podía evitar sonreír.
Porque a veces, el amor no es suficiente para avanzar, algunas ocasiones separarse es el mayor acto de amor que puedes hacer por tí y por la persona que amas.
