Work Text:
Hay tres chicos sentados en las gradas del anfiteatro, observando a Aiolos y a Saga entrenar a los aspirantes a caballeros de plata. Un puñado de niños de unos cinco o seis años, junto con niñas enmascaradas, entrenan por parejas.
Dos de esos tres chicos no pierden detalle. El tercero, sentado entre los otros dos, solo presta atención cuando el chico moreno y delgado a su lado le da un codazo y le recuerda:
—Estamos aquí para aprender cómo entrenar a los aspirantes a caballero de plata. Deja de rascarte los oídos.
—¡Me pican! —exclama Máscara de la Muerte, metiendo el meñique en su oído una vez más, como para probar un punto—. No es como si no pudiera hacerlo y prestar atención.
—No estás prestando atención —replica Shura, volviéndose hacia Afrodita, que observa lo que pasa más abajo sin parpadear siquiera—. Afrodita, ¿no le piensas decir nada tú? A ti te hace caso algo más a menudo.
Afrodita no parece estar escuchando. Máscara de la Muerte ríe por la nariz.
—No te escucha, está ocupado mirando a su novio —dice Máscara de la Muerte, burlón—. ¿No es así, Afro?
Afrodita asiente, sin apartar la vista de la arena.
—Mmm.
Máscara de la Muerte suelta una carcajada. Shura sacude la cabeza, pero no puede evitar reír también.
—¿Así que es tu novio y no nos lo habías dicho? —prosigue Máscara—. Oye, ¿y ya lo has besado?
—Mmm.
Ambos vuelven a reír. Shura silba, haciendo que Máscara se ría aún más fuerte.
—¿Con lengua? —pregunta Shura con fingido entusiasmo.
—Mmm.
Eso empeora la risa de Máscara, que se dobla sobre sí mismo para aliviar el dolor.
—Ey, Afro, ¿me regalas veinte mil dracmas? —dice, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
Afrodita parpadea, como si se hubiera despertado de un trance.
—¿Qué? —dice, y se vuelve hacia Máscara de la Muerte, cuya cara está completamente roja de tanto reír—. ¿De qué te ríes?
—Oh, no es nada. Solo queríamos saber cuándo es la boda —dice Shura con total naturalidad.
Afrodita entrecierra los ojos.
—¿Cuál boda?
Máscara de la Muerte intenta hablar, pero la risa le impide articular palabra. Afrodita no logra entender nada.
—La tuya con Saga de Géminis, por supuesto —dice Shura.
Afrodita se queda sin habla por un par de segundos. Después, su corazón se acelera y vuelve la cabeza hacia el lado contrario.
—No sé de dónde has sacado esa tontería.
Máscara de la Muerte parece estar más calmado ahora.
—Tú nos lo dijiste mientras mirabas a Saga.
—Dijiste que os ibais a ir a Tenerife de luna de miel —añade Shura.
—¿Cómo pudiste ocultar a tus amigos que tenías novio? —añade Máscara, y Afrodita lo golpea en la nuca.
—¡Agh! ¿Dije alguna mentira? —protesta Máscara, devolviéndole el golpe.
—Saga no es mi novio —dice Afrodita con firmeza.
—Pero llevas mirándolo desde que llegamos —señala Shura.
Afrodita rueda los ojos.
—Estoy tomando nota de cómo hacer el entrenamiento. Pronto nosotros tendremos que hacerlo.
—Pero fingiste que tu nivel de griego era peor de lo que en realidad era para tener más clases con él —canturrea Máscara de la Muerte, dándole un codazo.
Afrodita intenta golpearlo otra vez, pero Máscara lo esquiva.
—Cállate.
—¿En serio hacías eso? —pregunta Shura—. Qué mala idea. ¿No caíste en que Saga podría pensar que tienes pocas luces?
—Ahí no deberías hablar —interviene Máscara de la Muerte, agitando un dedo en el aire—. Tú tomabas clases particulares a escondidas para aprenderlo más rápido e impresionar a Aiolos.
Shura se cruza de brazos, inclinándose un poco hacia ellos con una ceja levantada.
—No hay nada de malo en querer tener como contacto al caballero de oro más fuerte de todos. Aiolos de Sagitario, por supuesto.
Afrodita, que estaba a punto de relajarse, se tensa de inmediato y le dirige una mirada afilada.
—Aiolos es muy fuerte, sí, pero Saga de Géminis es más fuerte que él.
Antes de que Shura pueda responder, Máscara de la Muerte deja caer los hombros y suspira con pesadez.
—No… esto otra vez —dice, pasándose una mano por la cara. Ya ni siquiera parece molesto, solo resignado.
—Es la verdad —insiste Afrodita, ignorándolo—. La "Otra Dimensión" de Saga es la forma más eficiente de deshacerse de un enemigo. ¿Quién puede superar algo así?
—¿Mandar a alguien a otra dimensión es luchar? —replica Shura con firmeza, como si hubiera ensayado esa respuesta—. Es efectivo pero no me parece que deba considerarse una verdadera batalla.
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Lo importante es vencer, no la forma en la que se haga.
—¡Ah, pero ahí te equivocas! —Shura lo señala con un dedo, esbozando una sonrisa triunfal—. La flecha de oro de Aiolos no solo es un ataque letal, sino que requiere técnica, precisión, fuerza física y mental. Es un ataque respetable, legendario, temido por los espectros de Hades.
Afrodita no puede evitar la tentación de seguir discutiendo.
—Una flecha puede esquivarse o bloquearse. A diferencia de la "Otra Dimensión", que no da segundas oportunidades. Es un ataque absoluto.
—Es casi imposible de esquivar o bloquear —interrumpe Máscara, alzando ambas manos como si estuviera separando a dos niños en una pelea—. Aunque abrir un portal y empujar a alguien adentro cuenta como ganar. Eso también es verdad.
Afrodita no sabe si enojarse con él o darle la razón. Es posible que sí le haya quitado mérito al ataque de Aiolos para ganar una discusión que nunca llega a ninguna parte.
—Admito que la Flecha de Oro es un gran ataque. Pero hay algo que no se puede comprarar con nada: la Explosión Galáctica.
Shura frunce el ceño y cruza los brazos, confundido.
—¿La Explosión Galáctica?
Máscara de la Muerte inclina la cabeza hacia un lado, con un interés renovado en la conversación.
—He oído de eso antes. ¿No es ese ataque del que todos dicen que es un mito? Pertenece a los caballeros de Géminis, ¿verdad?
Afrodita asiente, con un brillo de entusiasmo en los ojos.
—No es un mito. Es el ataque definitivo, una técnica que solo los caballeros de Géminis más poderosos pueden dominar. Es tan destructivo que nadie lo ha visto en acción desde hace siglos.
Shura arquea una ceja.
—¿Y cómo estás tan seguro de que Saga puede hacerlo? Ni siquiera nosotros lo hemos visto usarlo.
Afrodita le dedica una mirada altiva, como si la respuesta fuera obvia.
—Porque yo sé leer la historia, Shura. Y porque tengo buen gusto en el arte.
Máscara de la Muerte parpadea, desconcertado.
—¿Qué tiene que ver eso con la Explosión Galáctica?
—En un cuadro de Rafael —empieza Afrodita con tono solemne—, vi representado a un guerrero de Géminis usando la Explosión Galáctica. Era un caballero del pasado, arrasando con el Ejército de Hades. Y no es solo eso: hay reportes históricos en los registros del Santuario. Otros caballeros de Géminis han usado esa técnica en guerras santas anteriores.
Shura frunce el ceño.
—¿Entonces crees que Saga también la tiene?
—Por supuesto que la tiene —responde Afrodita, a punto de perder la paciencia—. Saga no es un caballero de oro cualquiera. Es un genio. Si alguien puede ejecutar ese ataque, es él.
Máscara de la Muerte se rasca la barbilla, pensativo.
—¿Y si no la tiene? Quiero decir, podría ser algo que se perdió con el tiempo. ¿Y si la Explosión Galáctica es solo una leyenda?
Afrodita lo mira como si acabara de decir la mayor tontería del mundo.
—Saga tiene la técnica, estoy seguro. No lo ha usado porque no hay enemigo lo suficientemente fuerte como para que lo amerite.
Shura niega con la cabeza.
—No lo sabremos hasta la próxima guerra santa, si es que llega a usarlo. No voy a creer en chorradas de arte renacentista hasta que lo vea con mis propios ojos.
—Tú puedes creer lo que quieras, yo sé que es verdad—replica Afrodita con un deje de burla.
Máscara suspira.
—Bien, entonces el plan es esperar hasta la guerra santa para averiguar si Saga tiene la Explosión Galáctica porque se supone que es un arma secreta y no nos lo va a enseñar aunque preguntemos.
Afrodita sonríe, fantaseando con que Saga le enseña la técnica en exclusiva. Shura se encoge de hombros, sin dejar de observar a los aspirantes que entrenan abajo.
La tarde cae y el cielo se tiñe de tonos anaranjados. Afrodita está solo ahora, sentado aún en las gradas del anfiteatro y observando a Saga hablar con los niños. Sus risas le llegan hasta ahí, mientras Saga gesticula con entusiasmo, explicando algo con la paciencia que solo un caballero como él tiene.
A Afrodita le duele la cara de tanto sonreír, mientras los mira con algo de envidia. Le gustaría estar allí también, formando parte de esa conversación, escuchando la voz de Saga de cerca.
Cuando los niños finalmente se despiden y se dirigen hacia sus dormitorios, Saga levanta la mirada y encuentra a Afrodita en las gradas.
—¿Afrodita? —pregunta curioso, con una leve sonrisa en su rostro—. ¿Deseas algo?
Afrodita se sobresalta, sintiéndose descubierto, pero rápidamente se levanta y se acerca con pasos cautelosos.
—Saga... —dice, tratando de sonar relajado, aunque su corazón late con fuerza.
Saga inclina ligeramente la cabeza, observándolo con esos ojos verdes tan penetrantes. Afrodita vacila un momento, y luego, casi susurrando, se atreve a preguntar.
—¿Es cierto que tienes la Explosión Galáctica?
Saga parpadea, sorprendido por la pregunta.
—¿De dónde sacaste esa idea? —responde con una mezcla de curiosidad y diversión.
—Lo he leído en los registros del Santuario... y, bueno, hay rumores. También lo vi en un cuadro —dice Afrodita, sintiendo cómo el calor sube a su rostro.
Saga lo observa por un momento, antes de asentir lentamente.
—Sí, la tengo. Es un ataque muy poderoso... y peligroso. Solo lo he usado para practicar.
Afrodita contiene la respiración, su interés y emoción son imposibles de ocultar. Da un paso más cerca, con los ojos brillando.
—¿Me dejarías verlo algún día?
Saga lo mira con intensidad, evaluándolo. Luego extiende una mano hacia él.
—Ven conmigo.
Afrodita duda por un segundo, pero toma su mano con decisión. Saga cierra los ojos, y al siguiente instante, un portal comienza a formarse a su alrededor. Espirales de luz dorada y azul los envuelven a ambos, y antes de que Afrodita pueda reaccionar, ya no están en el anfiteatro.
Abren los ojos en un lugar completamente diferente: un desierto montañoso, con picos erosionados y valles cubiertos de rocas y arena. El viento sopla fuerte, meciendo sus cabellos. Afrodita mira alrededor, atónito.
—¿Dónde estamos?
Saga sonríe.
—Quiero que te quedes aquí —dice, señalando el lugar donde Afrodita está de pie—. No te muevas.
Afrodita asiente, incapaz de creer que eso esté pasando. La emoción y el nerviosismo se mezclan dentro de él.
Saga se aleja, colocándose en el centro del valle. Su expresión se vuelve seria, y con un movimiento fluido, levanta los brazos, posicionándolos de una forma precisa. Afrodita contiene el aliento. Es la misma postura que ha visto en el cuadro de Rafael.
De repente, la armadura de Géminis aparece, vistiendo su cuerpo parte por parte. Su cosmos comienza a elevarse, expandiéndose como una tormenta imparable. Afrodita siente el aire volverse pesado, cargado de energía, mientras una deslumbrante aura dorada rodea a Saga.
Con un grito que resuena por todo el lugar, Saga alza la voz:
—¡Explosión Galáctica!
El suelo tiembla bajo los pies de Afrodita. Grietas enormes se abren, y de ellas brotan rocas gigantescas que ascienden al cielo. El aire se llena de fragmentos de magma, y asteroides comienzan a llover del cielo, estrellándose contra los que suben del suelo con explosiones ensordecedoras. Fuego y luz envuelven el lugar, consumiendo todo a su paso.
Afrodita está inmóvil, completamente hechizado por la magnitud de la destrucción. Es un espectáculo glorioso y aterrador, imposible de describir con palabras. Cuando el humo comienza a disiparse, puede verlo de pie, en medio del caos.
Saga, despeinado, con la armadura resplandeciendo bajo los últimos rayos de luz dorada, lo mira. Hay en él una calma imperturbable, como si lo que acababa de hacer no fuera más que un simple ejercicio.
En ese momento, Afrodita sabe que nunca olvidará lo que ha visto. Y frente a esa figura gloriosa, hace una promesa silenciosa.
Voy a seguirlo hasta el fin del mundo.
