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Dos caras de la misma moneda que han sido tiradas a una fuente, con la esperanza de ser encontradas o quizá al contrario; desechadas, para siempre olvidadas. Un pequeño símbolo que guarda un sueño, un deseo. Un objeto que puede caer de cara o de cruz, una decisión, basada en la probabilidad, o en una suerte manufacturada, porque las apuestas también son racionales. ¿Acaso no son números? ¿Son los números exactos? ¿Se puede predecir el futuro? ¿Es posible deducir cuando saldrá cara? Hay algo que Viktor ha entendido con el tiempo, con los errores, con la experimentación y la experiencia. Cara o cruz, sigue siendo la misma moneda, y si esta se halla oxidada y roída, al igual que un engranaje, romperá todo el mecanismo. El destino, de una forma u otra, ya ha quedado inscrito en sus bordes y en las cavidades del cobre. Es una visión pesimista, tal vez, el reducir el resultado a la propia sustancia de algo; el no ver los matices, abandonar lo que se lee como perdido a primera vista, la derrota de cualquier científico. Desechar lo imperfecto y lo roto, dejar de agarrarse a los números y a la ciencia como lo hace un devoto a su religión.
Hay algo inequívocamente humano en la esperanza, y eso, para Viktor, es un palpitante recuerdo de que ya casi no queda nada de aquello que lo hacía persona. Siempre ha pensado que el hexcore fue lo que le despojó de su humanidad, pero ahora, tras más reflexión, acompañado únicamente por el silencio y la suave brisa del viento que azota en lo más alto, tiene otra teoría.
Es una contradicción, el sentir todo con tanta intensidad y aún así, ahogarlo en lo más hondo de tu corazón. Calar tus emociones tan adentro hasta olvidarse de cómo hacerlas salir, hasta no saber ponerles nombre, solidificándose, convirtiéndote en este hueco, este vacío. Puede que, en aquellos treinta y pocos años de vida, Viktor haya pecado de ignorante al reprimirlos. Debe ser un castigo por sentir tanto y mostrar tan poco, por no dar todo ese amor que sabe que tiene, por ser tan egoísta e iluso de quedárselo únicamente para sí mismo, por ser tan idiota por creer que no merecía ser visto.
Viktor ha amado mucho, y tantas cosas; el fluir del agua, los días nublados, los paseos por el puerto, el aleteo de una mariposa, los rayos de sol que se cuelan entre las cortinas por la mañana, el café, la infinidad del conocimiento, su hogar, los desconocidos y sus caras—algunas tan graciosas, diferentes, únicas, bonitas—, el rostro de su madre, el cual no recuerda, pero que añora de todas formas.
Y lo ha amado a él, ferozmente. Ha lanzado miles de monedas al vacío por él.
Lo ha observado en los pasillos de la academia, despreciándolo por las esquinas, por ser tan elocuente con las palabras, por la perfecta curvatura de sus labios al sonreír, —yo también sonreiría más, si mi sonrisa fuese tan bonita como la suya—, o su variante, —sería muy sencillo ser feliz si fuese como él—. Quizá la base de su infelicidad residía en el hecho de que no era Jayce Talis, y por enfermizo y obsesivo que suene, así era como Viktor se auto convencía de que el problema era la fragilidad de su cuerpo, la fealdad de su alma.
Cuando comenzaron a trabajar juntos, Viktor no tardó mucho en darse cuenta de que no odiaba a su compañero, sino que sentía una profunda envidia por todo lo que él poseía, aunque eso ya lo sabía. Había bastado una sola sonrisa suya para deshacerse de ese personaje adjudicado, ese villano hueco que Viktor había imaginado que Jayce era. Luego llegó la culpabilidad. ¿Como había podido repugnar tanto a alguien como él, tan amable, paciente, tan buena persona? Quizá el malo era Viktor. Quizá la luz ciega a aquellos que no son capaces de desprenderla, ese instinto casi de supervivencia que le lleva a taparse los ojos con el dorso de la mano, a negarse a comprender a personas como Jayce para evitar percatarse de lo rota y oscura que es en realidad su alma, y en que hay almas mejores que la suya ahí fuera, más comprensivas, brillantes o incluso más inteligentes. Eso fue algo que le costó digerir, algo que a su ego le costó aceptar. Viktor no era el único genio. Jayce también era enormemente listo, — y, según esa pequeña vocecilla dentro de su cabeza que aparecía con la frustración, o con el burbujeo de un alcohol tibio; lo era incluso más que él, mucho más—.
El laboratorio carecía de luz natural, y de espacio. Era como un pequeño oasis, aunque a veces también se asemejaba a la celda de una prisión, en la que pasaban los días y las noches fabricando, buscando incesantemente un milagro. Jayce trabajaba a su lado, la luz intermitente y amarillenta de la lámpara perfilaba sus rasgos, su perfil. Cuando estaba concentrado se mordía el labio inferior, cuando estaba contento le nacía un hoyuelo, y el enfado le llevaba a morderse las uñas, con ansiedad.
Hablaban, de ciencia y de muchas otras cosas. Viktor lo apreciaba como persona, como compañero, más allá de la brillantez de su mente. Luego, ocurrió, como el zumbido de un mosquito que va aumentando hasta que es imposible ignorarlo, hasta que tu cabeza está plagada de su sonido y no queda espacio para nada más. Jayce colocaba su cálida mano sobre su hombro, o se acercaba de más, o golpeaba sin querer la punta de sus dedos con los suyos al pasarse una herramienta. Y Viktor notaba esa sensación, que amenazaba con explotar en cualquier momento.
Entonces, aquella mañana, Viktor se despertó con el suave canto de los pájaros y la luz artificial de un foco sobre su cara. Se había quedado dormido en el laboratorio, como muchas otras noches. Miró a su alrededor, adormilado, y ahí estaba su compañero, tomándose un café y revisando con concentración unos planos.
— He llegado hace un rato— anunció Jayce, dando un largo sorbo a su taza—. En serio, Vik, tienes que dejar de hacer eso.
— ¿A qué te refieres? — Viktor bostezó y parpadeó un par de veces, hasta acostumbrarse de nuevo a la luz de la lámpara.
— No deberías quedarte hasta tan tarde aquí, ni dormir aquí, ni, bueno, vivir aquí— señaló la manta y los cojines que Viktor usaba para acomodarse allí.
En el pecho de Viktor se instaló la incertidumbre, y la tristeza. No era un simple consejo. Sabía que su salud había empeorado y que trabajar tanto lo drenaría antes que la propia enfermedad, pero aún en negación, Viktor estaba fingiendo que nada de aquello estaba ocurriendo, y que, si bien muchos días le costaba moverse, y su pierna pesaba aún más, todo aquello era parte de su imaginación. Jayce debió notar ese cambio en su expresión, porque se acercó a él y lo rodeó con ambos brazos con cuidado, con precaución, como si temiese asustarlo, romperlo. Viktor estaba demasiado pendiente de los movimientos de Jayce, y de su olor, una mezcla de sudor y hierro de la forja, como para mostrarse ofendido. O puede que simplemente estuviese muy cansado como para pelear.
— Vas a estar bien, haré… — Jayce tragó saliva —. Haremos todo lo posible por encontrar una cura. Eres igual de importante que toda nuestra investigación, no te olvides de eso, por favor, Viktor.
No fue capaz de llorar, aun entonces. Con las manos temblorosas, se agarró a la camisa de su compañero y le devolvió el abrazo, porque algo le decía que Jayce necesitaba ese apoyo más que él. Viktor, realmente, solo deseaba que se acabara, esa incomodidad que bajaba por todas las extremidades de su cuerpo, necesitaba alejarse de él para que esa sensación desapareciera.
Se agarraron el uno al otro al menos un minuto, calculado, contado. Jayce había cerrado con fuerza sus párpados, y sus pestañas acariciaban el interior del cuello de Viktor, notaba el vaho de su respiración entrecortada, y se preguntó si Jayce había llorado.
Era extraño, y casi esperanzador, la forma en la que sus cuerpos encajaban a la perfección, aún siendo tan diferentes. Viktor no temía dañarlo con los agudos y pronunciados bordes de sus huesos, o con sus costillas. Jayce descansaba la cabeza en su hombro, pero no parecía estar incómodo.
El calor los envolvía, como una gran manta, y Viktor empezó a sumirse en él, con sueño, cerrando los ojos como un niño en el regazo de su madre.
Era extracorpóreo, pura comodidad, paz. Se olvidó de su rechazo inicial y sujetó a Jayce con más fuerza, olvidándose de todo, su cuerpo ya no era suyo, su dolor ya no le pertenecía. Todo lo que Viktor era era esta masa de piel que también era Jayce, dos almas que eran una sola.
Cuando se separaron y Viktor volvió a recaer en la individualidad de un cuerpo y en todas sus sensaciones, lo supo. Supo que lo amaba, que lo quería de todas las formas en las que se puede querer algo, que quería tenerlo y escribir su nombre junto al suyo en todos sus documentos, sus papeles, en su piel. Quería llevar sus brazos de bufanda y su ropa de trofeo. Quería poder olerlo y olerse a sí mismo.
Quería poseer y ser poseído.
Esa misma noche, Viktor volvió a quedarse en el laboratorio. Los planos que Jayce había traído esa mañana reposaban sobre su escritorio. Viktor no pudo evitarlo y se acercó a la mesa de su compañero para leerlos.
Un aparato ortopédico para su pierna, de metal, hierro, de color rojizo metálico y dorado. Cientos de apuntes y bocetos, esquemas, preguntas, datos y medidas. Tanto esfuerzo en una hoja de papel. Las lágrimas que brotaron de sus ojos mancharon los dibujos y corrieron la tinta, pero a Viktor no le importó. Se dejó caer al suelo, y lloró, lloró, se arrancó el corazón y lo dejó allí, entre los planos para que Jayce pudiera recogerlo a la mañana siguiente y quedárselo, tirarlo, cuidarlo, romperlo, realmente a Viktor ya no le importaba.
Así que, si diseccionas la envidia y te fijas en ella a distancia de microscopio, es posible que encuentres algo mucho más profundo y crudo en tus entrañas que lo que parece a primera vista.
Viktor se sentía un ser pequeño, despreciable, consumido por la envidia, la vergüenza, el dolor, la eterna pregunta que se había instalado en su cabeza, aquella que rezaba una y otra vez, —¿Soy buena persona, soy mala persona?—, y el deseo, el querer y no poder, el retorcer de su estómago, las mariposas cuando miraba a Jayce de más, la reacción involuntaria de su cuerpo, aquel que nunca había logrado hacer suyo por completo, que nunca había comprendido ni querido y que ahora lo traicionaba. El asco por sí mismo que se trasladaba a la boca de su garganta y que le hacía vomitar todos esos sentimientos por la taza del váter después.
—Es tu mejor amigo, es la persona que más te quiere en este mundo, y tú... tú te corres pensando en sus ojos, esos que te miran, esos que te sonríen, sus manos, que te tocan, su boca, que te habla. Y él no sabe nada. Él no sabe lo sucio que estás, no conoce tu deshonra—.
Deshonra. Viktor consideraba que ser amado por él era casi un insulto. Un querer contaminado y desagradable que debía ocultar, una necesidad que nunca podría saciar, algo que no confesaría en alto, y que moriría en sus labios. Y aun así, seguía soñando, continuaba albergando la esperanza de que algún día aquello se materializaría. Que Viktor encontraría el valor para besarle y él le correspondería, y le diría todas esas cosas que necesitaba escuchar, como un adicto, de su boca. —Eres buena persona. Eres la mente más brillante y especial de este mundo. Tu cuerpo no se descompone, no se muere. Eres perfecto, por dentro, por fuera. Tu alma no está rota—.
Unos dogmas que Viktor solo aceptaría si los enunciaba Jayce. Quizá él podría convencerle de todo ello, puede que fuese su única salvación.
Viktor tiraba una moneda que chapoteaba en el agua, y que luego se hundía, cerraba los ojos y pedía su deseo.
Esperanza. Cuando Viktor vuelve a encontrarse con la mirada confusa y determinada de Jayce, en lo alto de la colina donde descansa su cuerpo, algo que se ha convertido casi en rutina, esta alma desgarrada, esta figura divina que no es venerada por nadie, —ya no—, vuelve a olvidarse de la condena de su destino, de la moneda oxidada y se atreve a creer de nuevo en la humanidad; el amor, las oportunidades, la probabilidad, la ciencia, la religión. En todas las cosas que le devuelven ese brillo en los ojos, eso que le hace momentáneamente humano.
Siempre es así, todo cobra extrema importancia de repente, urgencia, cuando el amor está presente, cuando se encuentra frente a él y lo mira con esos ojos ámbar, esos que le prometen tantas cosas que seguramente no se cumplirán, pero en las que Viktor cree con todo su corazón simplemente por el deseo de querer creer.
Quizá, puede que esta moneda no esté condenada al fracaso.
— Déjame soñar, aunque solo sea por un momento—
