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La vida de Julián estaba muy tranquila desde que llegó a Buenos Aires. Ya habían pasado dos años de su arribo a la capital del país. Al principio había sido difícil, pasar de vivir en un pueblo de Córdoba a la gran ciudad fue todo un cambio para él.
El ritmo de vida de la gente era distinto, todo el mundo estaba siempre apurado, a diferencia de su pueblo, donde todos caminaban tranquilos y con calma.
Lo que más lo había asombrado, era el caudal de gente que caminaba por las calles a cualquier hora del día. Todos caminaban en la suya, mirando el celular, mirando el piso, o al medio de la calle a ver si justo venía el colectivo que necesitaban tomarse.
Un poco extrañaba la calidez de Calchín, el pueblo de Córdoba donde nació. Extrañaba esa sonrisa que podía regalarle cualquier persona que se cruzara por la calle, aunque sean dos desconocidos.
Por suerte, sabía que la vida en Buenos Aires no era absolutamente gris. Adentro de la facultad, estudiando la misma carrera que él, había conocido a los que hoy en día eran sus dos mejores amigos, los hermanos Martínez: Lisandro, también conocido como Licha y Lautaro, alias "El toro".
De por sí la mayoría de los estudiantes de abogacía de la UBA eran de familias de plata. Tenían padres exitosos que habían triunfado en el ámbito judicial y para no abandonar el legado de la familia, continuaban con la tradición. Como si recibir el título fuese parte de un ritual que tenían que continuar sólo porque sus padres lo habían hecho.
Este no era el caso de Julián ni de sus dos amigos, ellos habían decidido estudiar esa carrera por motus propio, no para seguir con una fantasía familiar. No pertenecían al grupo de boludos que iban a la facultad vestidos de traje y con un portafolio. La mayoría iban así vestidos porque al cursar de noche, iban directamente desde los tribunales donde trabajaban a la facultad. Puestos que obviamente habían conseguido por contactos, pero eso no los privaba de bañarse con aires de superioridad.
Una superioridad que tenía cero validez moral para ellos. Sabían que la ropa elegante que presumían, con relojes y celulares de marca, se lo habían comprado sus papás, o en su defecto, el trabajo que tenían gracias a ellos.
Julián y los Martínez no tenían la vida resuelta como ellos, los tres trabajaban por las tardes para poder solventar sus gastos. El trabajo a medio tiempo en una cafetería no les dejaba grandes ganancias, pero era suficiente para el alquiler, la comida, y algún que otro permitido.
Los tres estaban hablando mientras esperaban que arranque la clase, ya empezaba a llenarse el aula.
—Si hoy nos vamos de nuevo a las diez de la noche me pego un tiro. —dijo Lisandro mientras dejaba caer de lleno su cabeza sobre la mesa, apoyando la frente.
—Sos un exagerado, vivís a cinco cuadras. —respondió Julián, rodando los ojos.
Él tenía que hacer combinación de subte todos los días para ir a cursar. Lo peor sin duda era la vuelta. Volver a las diez de la noche en la línea A no es para cualquiera. Solamente faltaba la bruma en el piso, porque sin duda el resto del panorama era terrorífico.
—Yo tengo que volver todos los días a las diez de la noche en subte y no me ando quejando, vos no sabes el miedo que da eso.
—Vos también sos un exagerado. —acotó Lautaro, estirando sus brazos detrás de su nuca, dejando a la vista dos brazos con bíceps definidos, apretados por una remera negra de manga corta.
Julián giró su cabeza 180 grados hacia su izquierda, donde estaba sentado Lautaro.
—¿Vos no hiciste nunca combinación en Plaza Miserere, no? —preguntó con la voz seria y sus dos ojos bien abiertos, como si su pregunta llevara consigo recuerdos que prefería olvidar de las cosas que había vivido en ese lugar del terror.
Lautaro se quedó un par de segundos en silencio cruzando miradas con el cordobés, replanteándose si esa estación de subte era realmente tan temible como Julián la hacía parecer.
Las historias de terror se cortaron de golpe con un comentario de Lisandro.
—Ah bue, llegó el príncipe. —dijo con desagrado y sarcasmo, haciendo referencia al chico que acababa de entrar por la puerta del aula.
El que acababa de entrar era de estatura media, vestido con un saco y pantalón azules, acompañado de unos zapatos marrones muy brillantes. Tenía el pelo peinado perfectamente, con un tono pelirrojo muy llamativo, que combinaba con su barba apenas crecida. Parecía que el aire a su alrededor desprendía dólares.
El chico tenía una expresión seria, que se transformó en un gesto de desagrado al ver a los otros tres mirándolo fijo. Terminó apoyando su maletín a un costado de uno de los bancos y sentándose casi adelante de todo.
—Dios, como lo odio, con esa cara de boludo me dan ganas de cagarlo a piñas. —gruñó enojado Julián.
—¿A quién vas a cagar a piñas vos? Hace dos minutos estabas hablando de que te da miedo de que te roben en el subte. —dijo Lautaro, mordiéndose el labio inferior.
—Encima se pone ese traje azul con esos zapatos ridículos. Tendría que vestirse como Cristian, así casual. —dijo Lisandro, ignorando lo que acababa de decir su hermano. Su cabeza ahora reposaba sobre sus dos manos, con los codos apoyados en la mesa. Su mirada estaba dirigida a un chico de piel morena que estaba sentado en uno de los bancos de adelante de todo. Su expresión no dejaba dudas de nada, faltaba que se le dibujaran dos corazones rojos delante de los ojos.
—¿Todavía te gusta el negro ese? —dijo sin asco Lautaro, riéndose al ver la cara de orto que le devolvió el otro.
Lisandro le dio un golpe en la nuca, pasando su brazo por detrás del cuerpo de Julián, que estaba sentado entre medio de los dos. El otro Martinez respondió con otro golpe corto sobre su mano, y así comenzaron una guerra, con Julián en el medio tratando de esquivar los golpes que iban y venían.
—Paren, manga de boludos. —se quejó el cordobés, mientras seguía tapándose de los manotazos que se daban los otros dos, acompañados de puteadas el uno al otro. Parecían dos nenes chiquitos que peleaban por a quien le tocaba jugar a la Play.
Julián seguía quejándose, pero de un momento a otro, sus ojos terminaron posados en quien estaba entrando por la puerta del aula.
Era un chico de veinti-tantos, con el pelo negro. Sus cejas parecían milimétricamente arregladas, ya que acompañaban la armonía de las hermosas facciones que tenía. Sus ojos eran oscuros e intensos, iban de un lado a otro observando a todos y a todo mientras continuaba caminando.
Al igual que tantos otros, estaba vestido de traje, con un saco negro sobre una camisa blanca, decorada por una corbata violeta oscuro que caía sobre su pecho.
Parecía que las pestañas que acompañaban sus ojos lo iban a arrastrar hacia lo más profundo de la oscuridad que cargaban esas pupilas.
Su corazón empezó a palpitar con la mayor intensidad de su vida durante los segundos en los que los ojos oscuros que estaba observando con detalle se cruzaron con los suyos.
En ese momento sintió una mano que lo sacudió de uno de sus costados. Sin que se dé cuenta, sus amigos ya habían dejado de pelear y los dos lo estaban mirando.
—Se te está cayendo la baba, Juli. —dijo burlándose Lautaro, quien lo había sacudido con su mano.
Julián rodó los ojos, empujando suavemente al otro.
—Recién querías cagar a piñas a uno de los chetos estos y ahora andás acosando con la mirada a otro. —se quejó Lautaro.
—Callate que vos te comías a uno de estos hasta hace poco, no sos quien para juzgar. —le respondió indignado Julián, sin darse cuenta que lo que había dicho en voz alta era algo que Lautaro le había contado únicamente a él.
—¡¿Cómo que te comías a uno de acá?! —dijo casi gritando Lisandro, tirándose encima de Julián para acercarse a su hermano.
Lautaro miró a Julián entrecerrando los ojos. El otro respondió con una sonrisa nerviosa, sabiendo que se había mandado una cagada.
—Te juro que si es Cristian te mato, ¿me escuchaste? —volvió a increparlo, tratando de alcanzar su remera con su mano.
—No es el negro feo ese, no te voy a decir quien es. —dijo cruzándose de brazos su hermano.
—Volvele decir negro feo y te clavo la lapicera en el cuello.
—Listo, ahora por eso no te digo quien es.
—Dale, ¡por favor, decime! Quiero saber ahora Lautaro. —imploró el otro, simulando llanto.
La mirada asesina del Toro volvió a posarse sobre el cordobés. No sabía a quién tenía más ganas de cagar a trompadas, si a Julián por no saber cerrar el orto, o a su hermano por ser tan insoportable.
La conversación continuaba, pero sin ir a ningún lado, Licha insistía en saber y el otro se negaba. La pelea de los nenes chiquitos por la Play Station parecía continuar.
De repente una voz interrumpió la tonta pelea que estaban teniendo. Julián levantó su cabeza para mirar a quien se había parado en frente de él.
Los otros dos hermanos también se quedaron inmóviles ante la presencia inesperada.
—Disculpen que los joda, ¿esta es el aula de derecho penal?
Julián trató de abrir la boca para responder, pero las palabras simplemente no salían. El corazón palpitante de antes volvía a entrar en acción y ahora que la distancia era incluso más corta, era peor.
—Si, si, es acá. —dijo Licha, volviendo a acomodarse en su asiento después de haber pasado varios minutos tratando de alcanzar con sus manos a su hermano.
El morocho que estaba parado frente a ellos volvió su mirada hacia el del medio: Julián. Finalmente terminó mostrando una sonrisa deslumbrante ante el resto, en señal de agradecimiento.
Su dentadura era perfecta. Todas y cada una de las piezas dentales que componían esa sonrisa parecían hechas de porcelana, no sólo por la prolijidad, sino por el color blanco radiante que emanaban. Era como la vajilla más fina del oriente en combinación con un reflector de luz blanca que cegaba a quienes lo miraban.
El cordobés no pudo hacer otra cosa que sonrojarse y sonreír tímidamente ante tan hermosa sonrisa que acababa de presenciar.
El chico se dio media vuelta y se sentó en uno de los bancos, justo delante del trío.
Julián tragó saliva una vez que el otro se sentó, sintió que le volvía el alma al cuerpo.
Lautaro se acercó hasta el oído del cordobés.
—Cagaste, ahora que se sentó acá adelante nuestro se te va a caer la baba durante la cla...—dijo Lautaro al oído de Julián, pero sin poder terminar la oración por el codazo en el medio el estómago que le encajó quien escuchaba.
Mientras Lautaro se agarraba la panza del dolor del golpe, Julián acercó su cuerpo hacia Lisandro, que se reía de la situación que acababa de ver.
—¿Viste la sonrisa que tiene? —dijo en voz baja el cordobés, mientras miraba la nuca y el cuello tatuado del chico que acababa de hablarle, y que estaba sentado a menos de dos metros de distancia.
—Si, muy linda la sonrisa pero son demasiado lindos para ser reales esos dientes, seguro son de mentira.
—O capaz nada más se los cuida y tiene linda sonrisa... —dijo Julián, con la mirada aún puesta sobre el morocho.
El profesor, que recién había entrado al aula, anunció que iba a pasar lista.
—Alvarez Julián.
—Presente. —dijo el cordobés.
Mientras el profesor seguía nombrando gente, los dos amigos seguían con su conversación.
—Dale boludo, ¿No viste el traje que tiene puesto? Es importado. Mirá si va a tener esa sonrisa natural.
—O capaz nada más tiene parientes en otro país y se lo regalaron... —dijo Julián, ya casi sin ser consciente de que cualquier cosa que pudiera decir Lisandro, él inconscientemente la iba a retrucar.
—Fernández Enzo Jeremías.
—Presente. —dijo con la voz firme el chico que estaba sentado a poca distancia de ellos.
Julián sacó su celular del bolsillo ni bien terminó de escuchar el nombre, en un intento de buscar alguna red social del recién nombrado.
—Che, ¿será pariente del profe que le pegaba a la jermu? —dijo Lautaro, acercando su cabeza hacia la de los otros dos, que estaban casi pegados.
Julián no tardó en empujarlo a su lugar, para que deje de decir boludeces y poder seguir hablando tranquilo con Lisandro en voz baja.
—Dale cuéntenme, yo también quiero saber el chisme.
Los otros dos lo ignoraron.
—Mac Alister Alexis.
—Presente. —dijo un chico casi al frente de todo. Con un característico traje azul y el cabello pelirrojo.
—Este Enzo debe ser igual que Alexis, Julián. Debe estar forrado en guita. —dijo Licha, mientras miraba con el ceño fruncido al colorado que estaba sentado al frente.
—Martinez Lautaro Javier.
—Presente.
—Martinez Lisandro.
—Presente.
—Bueno pero todavía no sabemos si es como los otros, capaz tiene plata pero no es un pelotudo. —respondió Julián.
—No sé, a mi ya de verlos así vestidos me da malas vibras, voy a tener que prender un palo santo cuando vuelva.
—El único que vale la pena acá es... —la frase de Lisandro fue interrumpida por la voz del profesor, que todavía seguía tomando lista.
—Romero Cristian Gabriel.
La frase se completó sola.
—Presente. —dijo uno de los alumnos de adelante de todo, con el pelo oscuro y los brazos tatuados. Era el mismo que Licha había estado mirando con cara de enamorado un rato antes.
La clase transcurrió tranquila. Con algún que otro codazo entre los tres que estaban sentados casi al fondo, pero al fin y al cabo no era nada raro.
Cuando Julián sacó el celular de su bolsillo para mirar la hora ya eran pasadas las diez de la noche. Fue en ese momento que el profesor dio por finalizada la clase.
Los tres guardaron sus cosas tan rápido como pudieron, para evitar que se hiciera más tarde de lo que ya era. Mientras el cordobés metía las cosas en su mochila, levantó la vista para mirar hacia el banco en el que había estado sentado Enzo durante toda la clase. Para su sorpresa, el banco ya estaba vacío. Probablemente se había ido en los dos minutos que pasó sin prestar atención mientras guardaba sus cosas.
Los tres caminaron hacia la salida, donde las enormes columnas de la facultad de derecho los despedían en esa noche de invierno. El cielo estaba oscuro y casi totalmente cubierto por nubes. Las estrellas no iban a ser sus compañeras en su regreso a casa.
Los dos hermanos saludaron a Julián antes de emprender su viaje juntos hacia su casa, bajando las enormes escaleras de la facultad por el lado derecho.
—Que envidia, culiado... —dijo Julián para sí mismo mientras subía el cierre de su campera, para resguardarse del viento frío que soplaba.
—¿Envidia de qué? —dijo una voz de repente en su hombro derecho.
La presencia inesperada hizo que Julián pegue un salto de susto.
—Ay, culiado, no sabía que estabas ahí parado. —dijo asustado, llevándose una mano al pecho.
Enzo se rió, mostrando una vez más esos dientes perfectos y blancos.
—¿De qué tenés envidia? —volvió a preguntar el otro.
—Ah, estaba hablando solo... Lo decía por estos dos que tienen suerte de vivir a cinco cuadras, yo todavía tengo un rato de viaje.
—¿Volvés solo? —preguntó curioso el morocho.
—Si, ¿por?
—¿No te da miedo?
—¿De qué me roben? Sí, la verdad que sí, pero bueno, a veces tengo suerte y viajo con más gente. —dijo el cordobés mientras guardaba sus manos en los bolsillos, por el frío.
Enzo esbozó una sonrisa, como si la respuesta de Julián le provocara gracia.
La cara de Julián reveló una expresión de confusión, no sabía que parte de lo que dijo era lo que le había parecido gracioso.
El otro continuó sonriendo, inmovil, callado. Después de un par de segundos, sus labios volvieron a juntarse, tapando los dientes blancos que Julián no había podido dejar de mirar desde que lo vio por primera vez.
—Bueno, suerte en tu vuelta, cuídate de que no te roben y esas cosas... —dijo Enzo, pasando caminando a su lado y dando dos palmadas en su hombro al pasar.
Julián se quedó observando como el otro bajaba las escaleras. La escena que acababa de presenciar había sido muy rara. ¿Qué se supone que había querido decir con "y esas cosas"? Y en todo caso, ¿por qué le dirías eso a alguien que acabas de conocer? Su mente daba vueltas y las respuestas no llegaban por ninguna parte.
Cuando el frío golpeó su cara, se vio obligado a salir de sus pensamientos. Miró el celular sacándolo por el bolsillo de la campera.
Las diez y media. Mierda.
Si no se apuraba no iba a llegar a tomarse el último subte. Al guardar su celular, echó un vistazo a su alrededor. La escalera de la facultad se iluminaba por unas luces que tenía la facultad desde el techo, pero a la lejanía, la oscuridad era absoluta. De repente se dio cuenta que era el único que quedaba en el predio. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Mejor apurarse, ya no era sólo cuestión de llegar a tomarse el subte, era cuestión de LLEGAR al subte.
