Actions

Work Header

no mucho, sólo para siempre

Summary:

Lisandro no dejaría a Cristian por nada del mundo. Cada beso, cada suspiro, cada pensamiento sobre él, cada palabra dedicada, cada canción que les pertenecía. Todo aquello que hacía a su relación era inigualable e irremplazable. Nunca imaginó que, en algún momento, su noviazgo podría cambiar.

 

Inspirado en "not a lot, just forever" de Adrianne Lenker.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Lisandro no cambiaría a Cristian por nada del mundo. Cada beso, cada suspiro, cada pensamiento sobre él, cada palabra dedicada, cada canción que les pertenecía. Todo aquello que hacía a su relación era inigualable e irremplazable.

 

Por mucho tiempo, creyó que no había nada que se interpusiera entre ellos; ni siquiera los fantasmas del pasado que merodeaban de vez en cuando, abrazando su delgado cuerpo y aislándolo del mundo. No, Cristian conocía muy bien la forma de sacarlo de ahí, de cuidarlo y arrullarlo hasta que, finalmente, se fueran. Lisandro no podía pedir a nadie más en el lugar de aquel morocho de suaves rulos y risa infantil.

 

Los años juntos le generaron una seguridad que sólo sentía estando junto a él, una confianza que fue remendando viejas heridas que ya no valían la pena recordar. Cristian cosió cada costura rota de su alma, con todo el cariño que sus ásperas manos podían darle, uniéndolo a su vida. Poco a poco, Lisandro fue bajando la guardia, como un cachorro abandonado que por fin encuentra su hogar para el resto de su vida, y ese hogar era junto a Cristian. Sabía que tal vez no era mucho, pero era para siempre.

 

Lisandro nunca imaginó que, en algún momento, su relación podría cambiar.

 

Quiero ser papá.

 

Habrá sido un sábado por la mañana, con la frescura del otoño entrando por la ventana. Apenas se estaba desperezando cuando esos ojos marrones lo observaron con seriedad y esa frase salió de los rechonchos labios que tanto amaba.

 

— ¿Querés un nene?— Se sonrió Lisandro, la calidez de la idea subiendo a sus mejillas a pesar de una duda merodeando en su mente.— Una nena también te quedaría bien. 

 

Por alguna razón, podía notar la incertidumbre en el rostro del moreno, algo que no le caía bien en lo absoluto. No le daba buena espina.

 

— Lo que sea.— Cristian se acomodó en la cama, apoyando el codo en el colchón mientras acariciaba el abdomen de su novio.— Siempre mientras sea con vos.

 

La sonrisa que le siguió a su respuesta fue suficiente para que Lisandro decidiera no hacerse mucho la cabeza respecto a su reacción, optando por inclinarse hacia su pareja y robarle un cariñoso beso.

 

— Dale. Puedo ser un buen papá. Y un buen marido para vos también.

 

— Eso ni lo dudo, mi amor. Aunque todavía no hablamos de casarnos.

 

Los pequeños besos y las risas cómplices disiparon el gesto confuso del rostro de Cristian, cambiando por una mirada más suave y comprensiva hacia su compañero; pasando sus dudas peligrosamente hacia un segundo plano, sin saber lo que el destino les deparaba.

 

 

 

 

 

Aquella propuesta quedó retumbando en la cabeza de ambos; cada uno reflexionando el gran paso que significaría armar una familia. Cristian lo deseaba, lo anhelaba, sabía que lo quería desde que empezó con su vida amorosa. Sin embargo, para Lisandro era… Complicado. Partiendo del hecho de que un nene sería una gran responsabilidad para los dos, no podía tampoco tener hijos biológicos; es decir, no podía embarazarse y tampoco podían usar su esperma. Lisandro era un hombre infértil, y no podía darle a su novio lo que él quería.

 

Lamentablemente, Cristian sólo lo quería de esa manera.

 

La conversación se repetía varias veces a medida que pasaba el tiempo. Por el bien de ambos, Lisandro le propuso a Cristian la opción de adoptar, ya fuera un bebé o un nene grande, comenzando así a armar su pequeña familia y, también, dándole la oportunidad al niño que lo necesitara de tener una propia. Pero no importaba qué tantos argumentos le pusiera al morocho, este se negaba a adoptar. Quería que buscaran la forma posible de tener un bebé biológico, hablándole de surrogacion y formas de fertilización que no hacían sentir para nada cómodo a Lisandro por más que deseara lo mismo, ya que no quería sentirse un experimento, conociendo lo que implicaba un tratamiento de esos.

 

¿Por qué no sería suficiente? Lisandro trataba de no darle mucha pelota al tema, pensando que pronto su pareja llegaría a una conclusión al respecto y que, de alguna manera, el amor entre ellos sería suficiente para disipar la tensión y llegar a un acuerdo justo. Incluso intentaba darle la seguridad de que haría todo lo posible para que un proceso de adopción fuera más fácil, queriendo convencerlo de que sería exactamente lo mismo que tener un hijo biológico. No estaba pidiendo mucho, simplemente quería asegurar el para siempre.

 

Las semanas pasaban y el gesto de duda en el rostro de Cristian se volvía cada vez más recurrente, presentándose antes de cada beso y de cada abrazo. El interrogante que tuviera en su mente Lisandro no lo podía adivinar, siendo inconsciente del cambio que aparecía lentamente entre los dos. El gualeyo se seguía aferrando de la misma manera al cuerpo ajeno, sus besos seguían dulces y sus palabras sinceras, en un intento de ignorar la falta de sentimiento en los gestos del cordobés. Con su propio amor, se esforzaba para seguir arreglando las costuras que los unían y amenazaban con romperse, sin siquiera importarle si en el proceso se hincaba con las agujas en las yemas de sus dedos, con tal de sentirse suficiente.

 

La insistencia de Cristian no dejaba de ser la misma, querer ser papá con Lisandro era su plan de vida desde que lo conoció. La incomodidad se volvió una visita constante, llegando a un punto en el que Lisandro no podía evitarla ni echarla de la casa en que vivían. Después de diez años a su lado, construyendo lo que tenían en el presente, era como si un sismo imprevisible e inevitable sacudiera su hogar sin cesar, tirando abajo el esfuerzo de su última década juntos. Y así, al cabo de unos meses, la distancia creció entre ambos al igual que la angustia en el abdomen de Lisandro. Sus propias manos ya no eran suficientes para seguir remendando, mucho menos para soportar el despertar de aquello que el mismo Cristian había acurrucado hasta sanarlo tiempo atrás.

 

Ningún esfuerzo, por mucho que fuera, era suficiente.

 

— ¿Cómo te tengo que explicar? No puedo, Cristian. No puedo hacerlo. ¿No ves que no soy una mujer? Te lo repetí mil veces cuando empezamos y vos estabas seguro de quedarte conmigo.

 

Por más que quisiera, Lisandro no podía aguantar. Lo que alguna vez fue el soporte de su propia animalidad, ya no existía. Quiso hacer ojos ciegos a la perdida de la ternura y la comprensión del morocho, quién no podía y no sabía cómo equilibrar sus deseos y la realidad.

 

— Lisandro, ¡Tiene que haber una forma! Sabés que te dije que…

 

— No, no quiero eso. ¡Cuti, no puedo! Es un montón de plata, es un gasto y yo no soy ningún perro para que me metan algo que ni los médicos saben qué es. ¡No puedo hacer lo que vos quieras!

 

Evitaba escupir odio en sus palabras, sabiendo en su cabeza de que él no era suficiente para lo que fuera que Cristian tenía planeado. Estaba defectuoso, como lo estuvo toda la vida, y sin las caricias de esas manos que lo cuidaban y protegían, se dió cuenta de que nunca dejó de ser un perro callejero, un perro herido que ladraba y mordía cuando sentía el peligro cerca suyo. Lisandro se sentía un farsante cuando esos ojos marrones lo miraban con miedo y tristeza, con decepción.

 

— …Lisandro, yo ya estoy grande. Estamos pisando los treinta y tenemos que buscar algo más, amor. No quiero que se me pase la vida sin formar una familia, y cada año… Cada año se hace más complicado y se acaba el tiempo, Licha. Por favor, pensalo bien.

 

Al final, nada de lo que hiciera, por mucho que fuera, le serviría para asegurar un para siempre. Por más energía que pusiera, sus heridas manos no servían para mantener a los dos juntos.

 

— …Yo no te lo puedo dar, Cuti. Perdón, pero no te puedo dar el hijo que vos querés. Estoy podrido de pensar, de reflexionar qué tenemos que hacer. El que corre el riesgo soy yo, no vos. Vos te vas a quedar sentado viendo y yo voy a sufrir. No quiero tener un hijo. No estoy listo. Y… Si eso no te gusta, lo lamento mucho. 

 

Y entonces, el silencio marcó el fin de una hermosa década, sentenciando a la pareja a romper sus costuras y tirar los retazos de una pieza que, tristemente, no podía durar para siempre.

 

 

 

 

 

Lisandro no tiene muchos recuerdos de cuando Cristian se fue, dejándolo solo en la casa que supieron compartir. Su mente es una nube oscura atormentando su memoria, acompañada por una angustia que no sabe cómo quitar o reparar. Habrán pasados apenas meses de aquella discusión en el living, desde la cual intenta no pensar en el morocho ni en sus abrazos, sus besos, ni en sus carcajadas escandalosas ni en su acento tan especial. La vida sigue en automático, buscando una manera de acomodarse a su nueva realidad, dejando atrás la rutina de tantos años que servía de contención a su yo adulto y su yo pequeño que sólo querían ser suficientes, que solo querían ser amados.

 

Sus amigos eran su pequeña red de apoyo desde la ruptura, motivándolo a salir de la casa y, aunque sea, tomar un poco de aire fresco. Fueron varias veces en que le dieron la misma propuesta, hasta que finalmente accedió cuando Manuel lo invitó a tomar un café sólo entre los dos, para que no tuviera la presión de tanta gente encima suyo en un contexto social.

 

Con pesar en su corazón, Lisandro se levanta de la cama después de días sin ir ni a trabajar, cepillándose los dientes y lavandose la cara sin animarse a ver al espejo, sin ganas de observar al causante de su propia miseria. Se pone la mejor ropa que le queda, ignorando un estante especial en el placard donde aún quedan retazos de tela del amor que supo tener, y pide un Uber que lo lleve hasta el bar donde tendría su encuentro.

 

Una vez en el auto, respira lento, profundo, observando la calle y el clima lluvioso del exterior. Siente su mirada pesada, inventandose respuestas para las esperadas preguntas sobre su estado físico, temiendo que, de seguro, tenía las ojeras más marcadas del mundo. Trae sus manos escondidas entre sus piernas, evitando llevarlas al otro lado del asiento, sabiendo que no encontrará el agarre áspero de quien, no hace mucho, solía acompañarlo a todos lados.

 

Por suerte el clima combinaba con los sentimientos guardados en su corazón, el frío del ambiente sirviendole de consuelo a su tristeza. Después de pagar el viaje, entra al bar y elige una mesa para dos cerca de la ventana por puro instinto, pero sin ánimos de cambiarla al darse cuenta de su acción. Siente un dejavú pasar por su mente, y, de repente, una ansiedad lo invade y le genera la necesidad de mirar el rostro que tanto había extrañado y que tanto deseaba que fuera su cita en esa tarde. Las palmas de las manos le pican, por lo que no le queda de otra que sacar su teléfono y entrar a Instagram, escribiendo el usuario que hace unos meses dejó de seguir por su propio bien.

 

No nota muchos cambios, más allá del álbum de historias destacadas eliminado del perfil. Cristian se veía bien, sano, feliz, todo lo contrario a Lisandro. Tan solo verlo le generaba envidia e incluso rencor, hasta que bajó en las publicaciones y vió una foto con una mujer.

 

Desliza el conjunto de fotos con su pulgar y lee atentamente el texto de la publicación.

 

Cristian consiguió una nueva pareja y, finalmente, será padre. Padre de una nena.

 

Su mirada se queda clavada en la imagen de una ecografía, las arcadas subiéndole por la garganta. El aire no le llega al pecho, pero tiene que mantener la compostura al estar en un lugar público. Por su cabeza pasan miles de cosas, apenas siendo capaz de pedirle a la moza que lo espere cuando se acerca a su mesa.

 

La realidad le cae encima como un baldazo de agua fría, convenciéndose de que nada de lo que hizo por Cristian, por su relación, ni un poco del amor que tuvo, fueron suficientes para mantenerlos juntos. Porque Lisandro no servía, estaba defectuoso tanto física como mentalmente. Porque no podía cumplir el deseo más importante para el morocho, porque no podía convencerlo de seguir juntos ni le alcanzaba el tiempo para coser y coser esas costuras hartas de ser atravesadas por la aguja. Porque el amor que le daba Cristian no sirvió para que olvidaran algo fundamental: que Lisandro no estaba hecho para ser padre.

 

Sus acciones fueron en vano. Terminó con las manos lastimadas, con un corazón roto y con el alma herida y pesada, por creer que todo se pondría mejor y que no era algo tan serio. Por insistir en que duraría para siempre, cuando por mucho que fuera su trabajo, no servía. Porque alguna vez cuando era un pibito soñó con que en un futuro tendría a alguien que lo querría a pesar de todos sus problemas y lastimaduras; sólo para llegar a la adultez y darse cuenta de que no era así, que no importaría ni el tiempo ni el esfuerzo cuando no podía darle un para siempre al amor de su vida.

 

Siente sus ojos llenarse de lágrimas a medida que observa las fotos, una y otra vez, en un estado de shock. No entiende qué es lo que debe sentir exactamente más allá del dolor inmenso que crece en su estómago, mirando a la bella mujer en la imagen, a quien Cristian sostiene entre sus brazos mientras sonríe con alegría. Con felicidad. Algo que ellos dos habían perdido meses antes de terminar la relación.

 

Claro, cómo no iba a estar feliz si por fin encontró a alguien que cumpla su deseo, alguien a quien no tendría que remendar desde cero ni aguantar sus palabras llenas de rechazo cuando las cosas estuvieran mal. Lisandro pensaba que el alivio de Cristian debía ser enorme al no estar más al lado de una persona rota. Lisandro no le podía dar mucho, porque siempre sería un perro callejero pobremente domesticado, que no sirve para nada más que compañía y que no dura más que sólo un momento, por mucho que quisiera ser el perro faldero que todos desean tener para aparentar y presumir. Y eso le rompía el corazón.

 

Otra vez, a sus treinta años de edad, la vida le demuestra que siempre dejaría algo que desear a los demás, que nunca alcanzaría la meta, que sus manos heridas no servirían para aferrarse a la felicidad y, tarde o temprano, terminaría cayendo en ese pozo de miseria al que nunca dejaría de llegar por su propia culpa.

 

Licha, amigo, ¿Estás bien?

 

La voz del uruguayo lo saca de su crisis, haciéndole levantar la mirada de la pantalla de su celular, mostrándole sus ojos llenos de tristeza. No sabe qué decir o qué modular, emitiendo un sollozo por primera vez en media hora. No tiene tiempo ni para enojarse por su tardanza, viéndose inmediatamente interrumpido por un abrazo del menor.

 

Así, en los brazos de su amigo, deja que el dolor y la angustia se fundan en su corazón, sacando todo lo que perturbó su cabeza en los últimos meses, con la esperanza de que los recuerdos de diez años de su vida se vayan con las lágrimas. 

 

 

 

Notes:

Algo que venía escribiendo desde anoche porque escuché la canción y dije: aquí pertenezco. No hay mucha explicación que hacer más que las ganas que tenía de hacer algo con full sentimiento aunque fuera cortito, sólo como una manera de entrenarme a mí mismo. Espero que lo hayan disfrutado. <3