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Preludio
Mario Bezares se encontraba en su librería, que de alguna manera se había convertido en un refugio para las almas perdidas, y no solo las humanas. El ángel llevaba una vida tranquila, rodeado de libros, lecturas y algo de café. No es que le gustara estar solo, pero el Cielo tenía otras prioridades. Así que se dedicaba a hacer su trabajo a su manera: ayudar, guiar y, a veces, interferir en los eventos del mundo.
Por otro lado, Arath de la Torre, un demonio de ojos oscuros y actitud descarada, estaba tomando una taza de café en una esquina del establecimiento, con una sonrisa traviesa que contrastaba con el brillo dorado y celestial que se reflejaba en las estanterías. Eran un par de opuestos en todos los aspectos, y sin embargo, ambos compartían una cierta complicidad. Un entendimiento tácito, que, de ser honesto, ninguno de los dos quería admitir.
—Hay una guerra ahí fuera y tú estás más preocupado por dónde acomodar “Historia de dos ciudades” ¿Sabías que el Apocalipsis está cerca? —dijo Arath, observando el humo que salía de su taza con indiferencia.
Mario levantó la mirada del libro, su rostro de serenidad inquebrantable, pero con un brillo en los ojos que dejaba claro que no estaba tan tranquilo como intentaba aparentar.
—¿Acaso tienes alguna sugerencia? Ya hemos pasado por esto mil veces... —respondió Mario, sus manos suaves y delicadas, como siempre, arreglando un par de libros rebeldes fuera de lugar.
—Te lo digo en serio. Esta vez, ni siquiera tu colección de tomos viejos podrá salvarnos. —Arath se cruzó de brazos y soltó una pequeña risa. —Aunque dudo que importe. No es como si realmente tuvieras alguna intención de evitarlo. A ti solo te interesa que todo se mantenga... bueno... ordenado.
Mario lo miró, frunciendo el ceño, y con voz calmada pero firme contestó:
—El orden es esencial, Arath. Sin él, el caos tomaría las riendas, y ni tú ni yo sobreviviríamos a eso. Ya lo sabes.
Silencio.
Arath se encogió de hombros, sabiendo que, a pesar de todo, Mario tenía razón. Era cierto que el caos era divertido en sus propias medidas, pero la idea de que todo el mundo se derrumbara en un solo golpe... No, esa no era de su agrado.
—Podríamos quizás… hacer algo para evitarlo, ¿no crees? —insistió Arath, dejando la taza a un lado y mirando a Mario con una sonrisa torcida. —No sé, tal vez distraerlos, hacer un trato con los humanos o... ¿robar algún alma aquí y allá? A lo mejor con eso conseguimos un par de siglos extra. ¿Quién dice que el Apocalipsis no pueda esperar?
Mario lo miró con una mezcla de exasperación y diversión. ¿Por qué los demonios siempre pensaban que sus métodos eran la respuesta? En su mente, el Cielo aún tenía una posibilidad de hacer las cosas "a la antigua", con paciencia y diplomacia.
—Siempre eres tan dramático. Trayendo caos constantemente con tus absurdas ideas. —Mario sonrió, pero con una dulzura un poco melancólica. —Al final del día, siempre terminamos en la misma situación, ¿no?
Arath se levantó y dio un paso hacia él, mirando con una chispa de desafío.
—Quizá porque a pesar de todo, somos más parecidos de lo que pensamos, ¿no? Ambos preferimos evitar el fin del mundo, de alguna forma. Y no digas que no, porque sé que te lo has preguntado.
Mario guardó silencio, pero la respuesta estaba en su mirada. Una mirada que no necesitaba palabras para entenderse.
Fin del primer capítulo.
