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La tarde ha caído en el Viejo Oeste, fantasmales son las calles porque de ninguna de las casas nadie se asoma a ver lo que en ellas acontece, sepulcral es el silencio que ha reinado durante el último minuto porque duda que sea prudente hablar, y angustiante es la distancia de diez pasos con la que de repente forjó una brecha en sus vidas, ese abismo amenazándolo sin palabras con deshacer el mismo ser que por tanto tiempo habían sido, pues desconoce qué ha hecho para ganarse tal indiferencia de un momento a otro.
—Henry— El obstinado pelinegro que muchas veces es demasiado orgulloso para pedir ayuda, ahora se muestra vulnerable; en sus ojos hay un regaño, mas en su voz, hay una súplica. —¿En verdad me amas?
—Oh, Garret— Se asombra y entristece, su mano sobre su pecho delata su deseo de arrancarse el corazón para no sentir. —¿Lo preguntas en serio? —Sabe que su pregunta es retórica teniendo presente el hecho de que él siempre lo llamaba por su sobrenombre, a menos que quisiera hacerle entender que no bromeaba.
Garret solamente ladea el rostro inexpresivo al respecto, como si pensara que su dolor fuera algún tipo de preámbulo innecesario con el cual se escudaba para no hablar sobre el tema.
—Nunca te he mentido, Garret. —Su voz, aunque quebrada por la angustia, se compone para brindarle seguridad de sus palabras.
—Mientes cuando dices que nunca dejarás de amarme. —Espeta molesto al señalarle, negándose a caer en el engaño que sólo en su imaginación existía.
—Esa es la verdad ¿O no? —Da un paso al frente, pero Garret retrocede dos. —Al menos yo así lo creo.
—Pero en el fondo quisieras dejar de hacerlo, la soledad se vuelve tu verdugo ante el recuerdo de mi partida. —Su voz hizo eco, uno que hizo la tierra agrietarse al punto de abrirse un abismo entre los dos.
La muerte se interpuso, volviendo efímero aquello a lo que le deseaban eternidad, y la vida le ofrece continuar a pesar de todo, con la promesa de que no tenía por qué entregarse a la amargura a tan corta edad.
«¿Cuánto tiempo más vas a perseguirme de esta manera?» Reniega por dentro, frotándose los ojos para disipar toda somnolencia, junto con cualquier rastro de la pesadilla, una oscuridad que tomó por costumbre distorsionar la ciénaga de su pensamiento cada tanto. «Quizás me viste demasiado tranquilo y ya tocaba.» Se dijo con sarcasmo, dejando descansar ambas manos sobre su pecho.
Despierta nuevamente en Baker Street, puede darse cuenta que apenas serán las seis de la mañana por la claridad opaca del cielo, ese que únicamente se iluminará con la llegada del sol y traerá el inicio de un nuevo día. Extraño no es que Billy (apodo que con el tiempo sus nuevos compañeros y amigos pudieron asimilar al entrar en confianza) sea el primero en estar despierto, ya que acostumbraba a madrugar desde mucho antes de trabajar para la agencia de detectives Pinkerton, ya se había acostumbrado a lo que era su actual rutina en aquella residencia; la siguiente en despertarse un par de horas después sería la señorita Hudson, con quien compartiría el desayuno y sus vivencias en Nueva York, entre ellas, el atípico día en el que conoció a quienes todo Londres conocía como “el amo del crimen” y el gran detective consultor, Sherlock Holmes.
«Se molestó cuando le dije que su nombre suena parecido a “Charlotte”.» Billy contó con gracia, Hudson escondía su risa detrás de su taza de té al levantarla con ambas manos. «Pero creo que ni en ese momento, ni cuando me reí del nombre de su arte marcial, se molestó tanto como el día en que nos conocimos y le dije que posiblemente me “robé su primer beso”.» Hudson primeramente pareció no entender, a lo que bajó la taza despacio hasta dejarla sobre la mesa. «Tanto a él como al señor William tuve que hacerles respiración boca a boca cuando los encontré.» Billy se explicó, Hudson hizo un par de bromas al respecto que hizo al agente ponerse rojo de vergüenza, pero reírse inevitablemente porque así adoraba recordar todo conflicto que pudo solucionar por más complicado que haya sido. El siguiente en despertarse fue el doctor Watson y en cuanto a Sherlock… siempre era un misterio saber si se levantaría temprano, a veces afrontaba el día a día con pocas horas de sueño encima por desvelarse haciendo sus tan riesgosos experimentos, sin embargo, luego de saber de su antiguo hábito de dispararle a la pared cuando se frustraba, o de la vez que hizo estallar el piso de arriba como parte de un desesperado truco para llegar a la respuesta detrás de uno de los tantos misterios que ha resuelto, a Billy no le sorprende nada de lo que pueda suceder en esa casa desde entonces. Eso sí, ha prestado atención a dos cosas: en primer lugar, el Sherlock Holmes del que hablan Hudson y Watson no se parece en nada a la persona que hoy es el detective que todo Londres cree fallecido, y en segundo, puede darse cuenta fácilmente que a ninguna escena del crimen iría sin Watson, dejándolo en la duda de quién de los dos estaba más loco.
De esa conversación apenas pasaría una semana.
«Nosotros también éramos así.» Sonrió con nostalgia, para luego cerrar momentáneamente los ojos con el ceño fruncido. «Pero debo soltarte, Garret, debemos soltarnos.» Se sostuvo el tabique, quedándose de ese modo hasta que un par de picotazos contra su ventana lo hicieron volver abruptamente a la realidad, sonriendo cálidamente cuando abrió los ojos y vio de quién se trataba.
—Charles Dickens. —Mencionó serenamente al levantarse de la cama y deslizar hacia arriba la hoja de la ventana, permitiendo a la pequeña paloma volar hacia el interior de su recámara. —Pero tú y yo ya somos amigos ¿Verdad? —Cerró la ventana cuidando de no hacer algún ruido fuerte, acercándose a la mesita de noche sobre la cual el ave se hallaba parada. —¿Puedo llamarte “Charlie”? —Billy le arrimó el pequeño plato con agua que le tenía preparado y del cajón sacó una servilleta de tela, la cual desenvolvió sobre la mesa para revelar las semillas de alpiste que siempre le guardaba. El ave estiró su cabeza en dirección a la mano del agente, y no fue hasta que recibió sus caricias a lo largo de su emplumado lomo que se dedicó a comer.
Aquella paloma era nada más ni menos que la fiel compañera del mismísimo gobierno de Londres, Mycroft Holmes. Pudo intuir que era el hermano mayor de Sherlock antes de que él mismo se presentara como tal por el apellido y por los rasgos en común, porque si se hubiera basado en las personalidades no lo habría adivinado jamás; mientras que el detective es alguien mucho más libre en cuanto a su manera de ser se trata, Mycroft se ve más serio y estricto, no obstante, es respetuoso y de buenos modales, no podía negar que era todo un caballero inglés. Aun así, Billy prefirió tragarse toda actitud burlesca y despreocupada cuando llegó el momento de estrechar su mano, como si no fuera poco haberse ido a un país de costumbres completamente diferentes, también se las tuvo que arreglar para evitar decir o hacer algo tonto delante de alguien con tanta autoridad como la posee el mayor de los Holmes.
—Oh, es cierto. —Volvió por segunda vez a la realidad esa mañana tan sólo contemplando al ave, si bien la paloma desarrolló el hábito de visitarlo todos los días poco antes del amanecer, fue porque primero necesitó ayuda en cuanto a saber con qué alimentarla se trata ¿Y quién mejor que Fred? A medida que fueron conociéndose se dio cuenta que nadie tiene su mismo amor que él por los animales, juntos habían rescatado unos cuantos gatitos recién nacidos que fueron abandonados en la calle, ninguno de los dos se atrevió a avanzar como si nada y se llevaron la caja hacia el nuevo hogar de los Moriarty, donde los dejaron conservarlos con la condición de que ellos se harían cargo y así sucedió, se turnaban para alimentarlos, bajarlos de lugares donde no imaginaban que se iban a subir y arreglar cualquier desastre que hayan ocasionado antes de que alguno de los dueños de casa pudiera verlo. Sí, adoptarlos fue algo que hicieron sin pensar, pero no era una molestía en lo absoluto, sobretodo al pensar en ello como un vínculo que los hizo acercarse más.
Y hablando de Fred, Billy palmeó su frente al recordar que no le había respondido si aceptaría o no su invitación para pasar nochebuena y navidad juntos, no es que no quisiera, sino que a donde fuera que volteara había algo que le recordaba a Garret, ese espectro del pasado que apagaría todo lo que fuera lumbre en sus sueños para no ser olvidado, esa sombra de amargura que buscaba mantenerlo atado al pasado.
Pero es en ese mismo momento que decide deshacerse del maleficio que lo atormenta desde la raíz, la grieta en la tierra árida que ahora es su alma será grande luego de eso, e igualmente, es el costo que está dispuesto a pagar con tal de que llueva y florezcan nuevos motivos de alegría dentro de él, su manera de suplicarle a los cielos que le permitan ser feliz.
Ese es su único deseo para navidad, si para lograrlo debe olvidar, que así sea.
“Para ser felices
se necesita eliminar dos cosas:
el temor de un mal futuro
y el recuerdo de un mal pasado.”
–Séneca.
Esa noche todos en Baker Street estaban invitados a asistir para la cena de nochebuena, pero más que familiarizado con la rutina que seguían todos en el hogar de los Moriarty, Billy decide ir mucho antes para ayudar a Fred en lo que hiciera falta. Estuvo callado todo el camino y sin saber cómo actuar estando en público; acostumbraba a ponerse las manos en los bolsillos a veces, siendo la excepción esa y otras ocasiones desde que está en Inglaterra por el mero hecho de que no quería dar una mala impresión acerca del resto de los estadounidenses haciendo algo que allí sería desubicado. Revisa su postura varias veces, el estar parado correctamente al hablar con otros y omitir las bromas (o al menos, no hacerlas con quien no tenga esa confianza), quedando como algo distinguible de él su actitud alegre y positiva para con cualquiera que se le acerca. En momentos así es cuando recuerda a la camarera de la taberna a la cual frecuentaba ir (ya fuera como cliente o como la autoridad que pondría todo en orden luego de que se armara algún escándalo), ella se quejaba de a ratos del corset, comentándole que no veía la hora de llegar a su casa y quitárselo para poder respirar sin sentir ningún tipo de presión en las costillas. Un poco se le parece a cómo se siente él desde que puso un pie en Londres, a veces no ve la hora de volver a estar con alguno de sus cercanos para poder ser él mismo sin la presión de generar una mala reputación.
Ensayaba en su mente con qué palabras le pedirá a Fred que lo perdone, como objeto de distracción para calmar los nervios que comenzó a sentir estando a tan pocos pasos de llegar a destino se centró en un pequeño felino avanzar lo más que la escasa nieve se lo permitiera, llegaba un punto en el cual quedaba enterrado debajo de ella y hacía lo posible para volver a estar en la superficie, pero de nuevo se hundía y maullaba por ayuda, era tan adorable, y tan parecido a-…
—¿Ebony? —Billy lo llamó, a lo cual el felino volvió a maullar en respuesta. Se dio cuenta de lo que estaba pasando cuando vio a otro rondar por la fría calle y la puerta de la residencia Moriarty se abrió, Fred salió del interior y la cerró detrás de sí para salir en busca de ellos.
No es que fueran parecidos, esos pequeños rufianes se le habían escapado una vez más.
Billy se apresuró a tomar entre sus manos al que estaba más cerca suyo, luego corrió para evitar que el que venía detrás huyera lejos.
—Llegaste. —Suspira Fred con alivio al acercarse, sonriendo al ver a ambos felinos en brazos del agente.
—Justo a tiempo por lo que veo. —Billy menciona con diversión, cosa que no dura mucho tiempo al recordar aquello que lo tenía con la cabeza en las nubes. —Oye… tú me propusiste algo y yo no te di una respuesta. —Desvía momentáneamente la mirada, avergonzado al respecto. —Lo siento.
—Eso es cierto— Fred alza los hombros, restándole importancia a lo mencionado. —, supuse que tendrías cosas que hacer— Su mano acariciaba a los felinos en los brazos del estadounidense. —, pero también creo que hasta un agente enviado por el mismísimo gobierno de los Estados Unidos puede hacer un espacio en su agenda o, de lo contrario, no estarías aquí ¿Cierto?
—Bueno, yo… —El rostro de Billy ardió inevitablemente al pensar que sus intenciones eran más que obvias. — …pensé que habría mucho por hacer y que necesitarías ayuda, entonces vine temprano ¿Sorpresa? —Alzó los hombros, haciendo reír a Fred en voz baja.
—Una muy grata sorpresa— El azabache buscó tomar una de las manos del agente, llevándolo consigo en dirección al interior de la residencia Moriarty. —, si eso es un sí entremos, nos vamos a congelar.
Billy tragó en seco mientras se dejaba guiar, le parecía un hecho casi imposible siquiera recordar el invierno que los rodea cuando una mano tan cálida como el sol en agosto rodea la suya.
(…)
Puede percibir la alegría del ambiente, y con mucha razón; esas serían las primeras fiestas a celebrar luego de los tres años de ausencia de William y Sherlock, a quien tomó por costumbre decirle “cola de caballo” por su cabello recogido, aunque el propio Billy le dijo que traía el cabello demasiado largo para llamarlo como tal, lo hace de todas maneras, al fin y al cabo, es un hábito ya muy normalizado entre ambos. Por lo que puede entender, ellos no fueron los únicos desaparecidos durante aquel tiempo, sino que Albert, el mayor de los Moriarty, se aisló como castigo autoimpuesto por el supuesto fallecimiento de William y todo el martirio por el cual tuvo que pasar, abandonó todo cargo por el que era reconocido en la sociedad para autoconfinarse en una Torre de Londres. Luego estaba aquel ex-militar que en su momento fue la mano derecha de William, Sebastian Moran, quien desapareció tras hacer estallar el puente durante el problema final, a Billy sólo le queda suponer que el cargo de consciencia fue el suficiente para no volver junto al MI6 hasta el catastrófico día en que se reencontraron, por lo poco que sabe, el coronel atacó al menor de los Moriarty y estuvo a nada de asesinar accidentalmente a Fred.
—Eso explica por qué el ambiente está algo tenso. —Billy susurró. —Es como si aún tuvieran una conversación pendiente.
—Créeme— Fred rodó los ojos. —, en realidad están mejor que hace unos meses atrás.
—¿Esto es “estar mejor”? —Cuestiona el agente en voz baja, dando un nuevo vistazo a su alrededor.
Aunque todo el lugar se resumía en conversaciones ocurriendo en diferentes sitios de la casa y el aire se llenaba con el aroma de los postres recién hechos, también podía darse cuenta de que, mientras ciertos matemático y detective estaban tan melosos como “la parejita del salón”, el nuevo rostro de M actuaba distante hacia el coronel, su intercambio de palabras no era más del necesario. En cuanto al que alguna vez fue el conde de los Moriarty, parecía cohibirse cada vez que el mayor de los Holmes estaba cerca suyo, con suerte podía mirarlo a los ojos cuando hablaban, no por timidez, mas bien parecía como si en su mirada hubiese una constante disculpa por todo lo ocurrido en el pasado, siendo que nadie lo señalaba por nada en absoluto.
—Tampoco a mí me gusta cómo se ve esto.
—Es lo que intentaba decirte, Fred. —Billy susurra una vez más.
—Uh… yo no dije eso. —Fred interrumpe tocándole el hombro. Billy gira a verlo confundido, luego hacia el lado contrario y le da un pequeño sobresalto cuando encuentra a una tercera persona susurrando con ellos.
—¡Bond! —Mencionan ambos al verlo.
—¿Qué sucedió, chicos? —El aludido les despeina el cabello. —Denme un segundo, tengo una idea que podría funcionar. —Confiado de sus propias intenciones, Bond les guiña un ojo antes de irse en busca de las personas que no estaban en la sala.
Fred y Billy se miraron confundidos, alzando los hombros. No se trataba de Moran creyendo repentinamente en Dios porque a Albert se le ocurrió cocinar, ni de Von Herder trayendo alguna máquina extraña que reproducía música más fuerte de lo necesario, por ende, y porque Bond nunca tenía ideas malas, creían que serviría seguirle la corriente en… lo que sea que fuera a hacer.
Pese a las situaciones en las que se habían estado fijando hace tan sólo unos minutos atrás, la atmósfera pudo volverse más relajada y amistosa que al principio una vez que todos se reunieron en la sala, algunos sentados en el sofá, hubo algún que otro suertudo que logró apartarse los sillones individuales para sí mismo, y el resto acercaron las sillas para acomodarlas de manera que formaran una ronda. Los que impedían que el silencio incómodo regrese eran Moran y sus relatos que iban desde sus días en Oxford hasta pequeñas anécdotas acerca de sus compañeros del frente de guerra en Afganistán, el doctor Watson no se quedaba atrás en eso, si bien no logró quedarse por más tiempo a causa de sus lesiones en aquel momento, también tenía de qué hablar. Billy, por su parte, meditaba en el posible lado trágico de la historia que podía estar omitiendo el coronel al observar el guante que cubría su mano derecha todo el tiempo.
«La soledad se vuelve tu verdugo ante el recuerdo de mi partida.» Susurró el pasado en su mente, impidiendo que olvide lo cruel que el mundo puede ser a veces.
Y entre las nobles luces que lo rodean esa noche, Sherlock es la lumbrera que le enseña el camino de regreso a la realidad cuando lo incluye en la conversación, le costó entender de qué se trataba, sin embargo, al cabo de unos minutos recordó que prácticamente él era el nuevo del equipo, significando esto que, por más que el detective hubiera hablado anteriormente acerca de cómo habían sobrevivido, no había tenido la oportunidad de relatar su versión de los hechos, tampoco lo consideró algo relevante hasta que John se mostró intrigado al respecto ¿Y cómo no? Si se trata de la misma persona que vuelve inmortal al gran Sherlock Holmes y sus hazañas en cada página escrita bajo el seudónimo de “Conan Doyle”. Teniendo eso en mente, Billy hizo una pausa, pensando desde qué punto empezar a contar su perspectiva de la historia, y entonces habló: comenzó con una introducción breve acerca de su trabajo en Estados Unidos, su rutina del día a día hasta el momento en el que tuvo que salvar a los que hoy lo consideran su aliado y un muy buen amigo. Muchos quisieron saber si tal acto fue por algún motivo en especial, pero el agente negó en respuesta, argumentando con la simple verdad de que no necesitaba nada a cambio de ayudar a quien lo necesitara.
—A todo esto— Intervino MoneyPenny, la secretaria de Mycroft. —, Bond dijo que tenía en mente un… ¿Juego?
—Prefiero llamarle “dinámica”. —Corrige el blondo, y todos hacen silencio para escucharlo. —Es algo que comúnmente se hace en nochevieja, pero no hay reglamento alguno que nos prohíba hacerlo antes. —Bromeó. —Se trata de contar algo que les haya salido mal y después contar qué aprendieron de eso, por ejemplo… —Se frotó la barbilla con el índice hasta que se le ocurrió de qué hablar. —Intenté cocinar varias veces, y en una de esas ocasiones casi incendié la cocina. —Bond confiesa con algo de gracia, algunos se asombran, otros esconden su risa detrás de sus manos o volteando el rostro. —Pero aprendí a cocinar. —Entre bajas risas, los demás le aplaudieron.
—No me hagas acordar— Louis sonreía, cubriéndose medio rostro al negar con la cabeza. —, de todas maneras eres uno de los exiliados de la cocina, estás en la lista negra.
—Por supuesto que esa lista es negra— Intervino Herder. —¡Era una lista normal hasta que Bond la carbonizó! —Las risas de todos fueron más altas, no era inusual que el inventor detrás de las armas y herramientas que utiliza el MI6 para cada misión fuera ocurrente de comentarios así.
—¡Me descubriste! —Bond le sigue el juego con diversión, alzando las manos en el aire. —¿Tú no tienes nada para contar?
—¿Yo? —Herder se puso una mano en el pecho, aparentando indignación. —¿El licenciado de los fracasos y la ciencia de las desgracias? —Enfatiza, sarcástico y divertido. —Como todos saben, yo no puedo ver. — Señaló la venda en sus ojos. —Una vez me tocó vigilar el sótano de la mansión para que ninguno de los invitados pudiera husmear lo que había allí, estaba confiado de que las escaleras estaban más adelante y rodé por ellas al dar un paso en falso. —Pausó, conteniendo la risa. —Pero aprendí en dónde estaban las escaleras.
—¿Fue el día de la fiesta en la mansión? —MoneyPenny intervino. —¡Sabía que escuché algo! —Se cubrió los labios con asombro. —Cuando fui a verte fingiste estar haciendo lagartijas.
—En su momento me dio mucha pena, Penny. —Herder confiesa con gracia. El primero en soltar la carcajada fue Moran, provocando que segundos más tarde los demás soltaran la risa que probablemente estaban aguantando desde que Herder terminó de hablar.
Poco a poco, el resto tomaba confianza para participar y compartir aquello que en su momento pudo ser vergonzoso, pero que hoy les daba risa, también se trataban de sucesos que consideraron un fracaso o un paso hacia atrás, e igualmente, admitían que fue algo necesario para poder superarse a sí mismos en el futuro. Así continuaron un momento más hasta que fue hora de reacomodar las sillas cerca de las mesas para sentarse a cenar.
Y Billy, con la sensación de que su alma era reparada con oro del más puro, se había dado cuenta de que estaba a millas de distancia de todo aquello que le causó dolor alguna vez.
Su deseo de navidad se había cumplido.
