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Persistencia

Summary:

AddOn o Gapfiller en la 3T. Una escena sucedida en algún punto entre la entrada de Justin como becario en Vangard y su vuelta con Brian en el 3x08. No sé por qué los Cowlip omitieron este momento, pero juro por DiosKinney que pasó.

Notes:

Contexto, por si alguien no conoce el cannon:
Al final de la segunda temporada de la serie, Justin abandona a Brian por otro chico, Ethan. En la tercera temporada, Justin e Ethan están juntos un tiempo y, tras su ruptura, Justin pone en marcha un plan para recuperar a Brian. El plan incluye trabajar como becario en Vangard, la empresa en la que Brian es ejecutivo de publicidad. Cuando Brian le encuentra en su trabajo, su primera reacción es echarle, pero finalmente admite que se quede. Este gapfiller se inserta en el período en que Justin ejerce como becario en Vangard, pero Brian y él aún no han retomado su pareja.
Sunshine es un apodo de Justin.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

El piloto rojo sobre el botón de llamada indica que el ascensor va ocupado, así que Justin no se extraña cuando la puerta corredera se abre y revela su alargada silueta. ¿Quién más estaría en la oficina tan tarde en Nochebuena? Sin embargo, él sí parece sorprendido.

—¿Qué haces aquí a estas horas?

—Vangard explota a los becarios.

—Los becarios deberían apreciar el honor de ser explotados por una empresa tan prestigiosa.

Justin intuye malestar tras la sorna, como si tramara despedir a alguien por retener a Justin en una velada de confetis y celebraciones familiares, porque sabe que a Justin le encantan esas chorradas. Incluso maldice entre dientes o…

Justin piensa que quizás está fantanseando y tira de sus pies hacia el suelo.

—Salí del trabajo a las cinco. Regresé porque olvidé la cartera.

Entra en el ascensor preparado para un chiste de Brian sobre su endémico despiste.

—Un artista no está diseñado para concentrarse en cuestiones mundanas.

A Justin le parece muy benévolo como pulla Kinney.

El ascensor baja. En el silencio hierve el olor almizclado de Brian tras la nicotina y su colonia ámbar, la marca concreta de suavizante de ropa que exige en la tintorería como el maniático que es, a Jim Beam porque no afrontará en cruda sobriedad el suplicio navideño.

Brian anota que Justin lleva vaqueros. Nunca acude a la agencia en vaqueros, así que es cierto que ha pasado por casa. Justin acertaba en que habría pateado el culo a quien le hiciera trabajar en exceso, aunque se equivocaba en los motivos: no era porque le acaparasen en época navideña, sino porque vigilaba con ojo de halcón los sobresfuerzos de su mano dañada. Su mirada furtiva constata que el tembleque en el brazo es producto únicamente de los nervios. Sonríe con labios inmóviles, enternecido porque el chico muestra esos atisbos de flaqueza en las distancias cortas, ya que aguanta estoicamente el tipo en su contacto laboral diario. Mejor que Brian (o eso cree Brian) que nunca acaba de estar seguro de que su pose de póker disfrace el torbellino que la cercanía de Justin enciende. Teme estallar. Cualquier mala hora lo hará. Por eso su primera reacción fue evitar que se quedara en Vangard. No quiere escatimarle oportunidades profesionales, pero esto es como pedir a un ex alcohólico desengancharse en una destilería.

Ahora se siente en pleno síndrome de abstinencia.

Late ese algo que respira entre ellos cuando por casualidad se quedan a solas. El ascensor es pequeño, muy pequeño, por segundos más pequeño.

Chirrido metálico y rebote bajo las suelas de sus zapatos. Ascensor parado. Oscuridad. Enseguida una penumbra anaranjada, merced del dispositivo de luz de emergencia alimentado a pilas.

—Un apagón.

—¿En serio? Creía que sería un ardid de los duendecillos para que los niños no vean la gorda barriga de Papá Noel— refunfuña Brian, mientras un vistazo a su móvil le confirma que no hay cobertura.

—No pasa nada. Pronto nos buscarán. Es Nochebuena y Debbie movilizará al ejército cuando no llegues a cenar.

—¿Hola? Tierra llamando a Sunshine. A nadie le parecerá raro que no aparezca. Asumirán que he preferido pasar esta entrañable noche en el cuarto oscuro.

—Como de hecho planeas, ¿verdad?

El reproche velado pende desoladoramente extemporáneo, choca con la demasiado seria respuesta de Brian:

—No. En Babylon solo hay presas de derribo en estas fechas. —Aunque tampoco piensa ir a casa de Debbie a jugar al teatrillo de "estoy jodidamente feliz y fabuloso". A pesar de sus más de tres décadas de experiencia interpretando ese papel, últimamente le resulta duro. Prefiere emborrachar su soledad y concertar por internet un polvo anónimo, ante el que será innecesario esconder el rictus amargado—. Pero no desesperes, mamá Taylor sí montará el dispositivo de búsqueda antes de que el pavo se enfríe.

—No voy a casa de mi madre. He quedado con Ethan. Decidí darle otra oportunidad.

La boca de Brian se abre más que en el mejor sueño húmedo colectivo de la Avenida Liberty.

—¡¿Qué?! ¡¿Eres imbécil o qué te pasa?! —El bramido hace campana contra las paredes metálicas optimizando el toque trágico—. Es alucinante que vuelvas a morder el anzuelo después de…

Risita que Justin deja de reprimir por compasión.

—Es broma. Mi glamurosa Nochebuena consistirá en cenar con mi madre, hermana y una tía lejana de unos ochocientos años.

La mirada asesina de Brian le taladra la sien. No gira la cabeza para enfrentarle, sería subrayar el arrebato de celos descontrolado. Arrebato que ha enfurecido hasta los tuétanos a su protagonista, como Justin sabe, pero necesitaba esa pequeña victoria. La necesitaba porque a veces duda. Cuando cursó su solicitud como becario supuso que sería más fácil, no que Brian fuera a ponérselo fácil, por supuesto, sino que le costaría menos mantenerse seguro. No es así y a veces duda. Duda de que vaya a conseguirlo, de si el hueco que una vez escarbó en quién sabe qué insondable parte del insondable Brian aún le pertenece. A veces duda. Por eso lanzó ese órdago para testar la reacción de Brian. Celos. Justin está seguro. Regocijantemente seguro.

Providencial la irrupción de una voz de ultratumba a través del interfono del ascensor.

—Habla John Servan, jefe de seguridad. ¿Hay alguien ahí atrapado?

Salvado por la campana, Justin se acerca a la rejilla y responde:

—Dos personas.

—Tomo nota. Hay una avería en el suministro eléctrico. Está afectada la manzana entera.

—¿Pueden sacarnos de aquí?

—Tendrán que armarse de paciencia. El ascensor está atascado entre dos plantas, por lo que no es viable sacarles forzando la puerta. Hay que esperar a que arreglen la avería.

—¿Cuánto tardarán?

—Imposible calcularlo. Los técnicos están en ello.

—¿Qué significa que están en ello? ¿Están cambiando un cable o pidiendo una pieza de recambio a China? ¿Qué…

Brian empuja a Justin y le sustituye frente al interfono. Justin cree que amenazará con demandar a la compañía eléctrica, al alcalde y al mismísimo Papa de Roma si sus mocasines de mil dólares no pisan el mármol del hall del edificio en treinta segundos, pero en lugar de eso dice en tono despreocupado:

—Buenas noches, John. Soy el señor Kinney. Comprendemos la situación. Por favor, que alguien llame al 607071092 —cita de memoria el teléfono de Jennifer— para informar de que su hijo se retrasará y que está sano y salvo. Aquí dentro los móviles no tienen cobertura.

—Por supuesto, señor Kinney. Me comunicaré con ustedes en cuanto sepamos más sobre la avería.

Click y el interfono enmudece.

Justin piensa que es una suerte que entre las secuelas del golpe del bate no esté la claustrofobia.

—Podrías haberle pedido que avisara también a Debbie.

—Prefiero que crean que les he plantado para darme a mis vicios. Se entretendrán poniéndome verde y aumentará el nivel de la conversación. Es mi buena acción de Nochebuena.

Justin se cuestiona si realmente el espíritu de la Navidad ha poseído a Brian (señal del apocalipsis) ya que en lugar de dar rienda suelta a su naturaleza cascarrabias, parece tranquilo, incluso ¿contento por quedar encerrado en un cubil de dos metros cuadrados a saber cuántas horas?

Brian se acoda contra la pared como si estuviera en la barra de Woody´s, afloja el nudo de la corbata y Justin es consciente de la línea del cuello que se estira suavemente ondulada en la nuez. Saca una petaca del bolsillo que huele como el picor subliminal que bailó en la pituitaria de Justin cuando entró en el ascensor. Inclina la cabeza para beber, estirando más la piel sobre la garganta. Los dientes de Justin libran una batalla pírrica para no clavarse ahí.

—¿Te apetece un brindis navideño, Sunshine? —Justin acepta la petaca y hay un milisegundo de contacto eléctrico entre los dedos de ambos. Está recubierta de cuero de calidad, tapón de plata con las iniciales BK grabadas. No la ha visto antes y le espolea el miedo de que sea un regalo de un ligue ascendiendo de categoría. Brian adelanta detalles antes de ser pedidos—: Viajé a Londres por negocios y me la compré en Harrods. Un capricho.

Justin ahoga su alivio en un trago. No repara en que la piel de su cuello también cobra protagonismo con ese movimiento, resplandece bajo el brillo macilento de las luces de emergencia.

El whisky incandescente en su estómago no evita que tirite. En ello hay algo de temblor por el entendimiento subyacente entre su cuerpo y el cuerpo de Brian, cuerpos de los que sus cerebros tiran hacia atrás. Tiembla y tirita. Tirita de veras.

—Hace un frío terrible. Tampoco hay calefacción hasta que vuelva la electricidad.

Justin se abraza frotando con cada mano el antebrazo contrario. Brian recuerda otra vez la mano dañada y se pregunta si el frío la perjudica

—Lógico que se te hielen los huevos con esa cazadora de rastrillo de beneficencia.

—¡No es de rastrillo de beneficencia! Y que algo sea barato no significa que sea malo.

—Guarda esas frases para los kumbayá del grupo de Boy Scouts.

De repente, el abrigo de Brian está sobre sus hombros. Cae pesado y expande un manto cálido por su espalda. Parte de ese calor es remanente del calor reciente del cuerpo de Brian y eso aporta a Justin sensación de hogar. Sin embargo…

—No, no, no. Te congelarás solo con la americana y la camisa.

Justin comienza a zafarse del abrigo, pero Brian lo sostiene donde está.

—¿Cómo sabes que solo llevo americana y camisa? Quizás me haya aficionado a las camisetas de franela. Hace mucho que no ves mi ropa interior.

El recuerdo de que su ropa interior solía ser ninguna prende de rojo las mejillas de Justin.

—¿Brian Kinney con camiseta de franela? Me habría enterado por los suicidios en Babylon.

Más forcejeo para quitar/no quitar el abrigo. Justin va perdiendo.

—Por eso no me la pongo. Soy un filántropo.

—¡Ajá! ¡Lo has reconocido! Tú también te estás helando. Necesitas tu abrigo.

—Puede que note un ligero frescor, pero a diferencia de ti, no soy Nancy Temblorcitos. Lo necesitas tú.

—No. ¡Tú!

—¡Tú!

—¡Tú!

Justin consigue al fin sacar todos sus miembros del abrazo de lana.

—Eres el ser más irritante y cabezota del universo. —Entorna los ojos hacia el cielo que debe haber tras el techo de zinc. Un movimiento fugaz de pantera y el costado de Justin está pegado al suyo, el brazo sobre sus hombros y el abrigo cobijándoles a los dos—. ¿Su alteza está conforme así?

Justin asiente. En shock. No se lo esperaba. Se derretirá. Se imagina a sí mismo licuado y acabando su vida como un charco a los pies de Brian en un ascensor.

Brian tampoco puede hablar, ni realizar ninguna función vital no refleja. Todas sus neuronas están centradas en las yemas de los dedos de su derecha, que apenas tocan las puntas del pelo de Justin. De las múltiples tentaciones a las que se resiste a diario desde que él se pasea por Vangard, su pelo es la más tortuosa. Cuando podía sobarlo libremente lo tenía corto y ahora fantasea con cómo será su tacto, cómo se deslizaría entre sus falanges, si le gustaría que tirasen de él mientras es penetrado. Por lo último apostaría su alma. Lo que queda de ella. La obsesión por esa cabellera le ha empujado a límites hilarantes, como urdir planes para propiciar un choque casual que le obligue a tocar su cabeza “sin quererlo”. Planes que ha desechado por patéticos o por no estar seguro de poder parar después.

Con férrea voluntad, Brian desliza su mano unos centímetros. Lo suficiente para que el pelo de Justin quede fuera de su rango táctil. Necesita cordura, cree.

No está preparado todavía.

—Aún estoy enfadado contigo— suelta y Justin olvida respirar, no por la información, que ya sabía, sino por la confesión.

—Sé que irme con Ethan fue un error y…

—Ni es por eso, ni fue un error. —Justin oscila entre la sorpresa y el pánico porque la conversación se precipita hacia el abismo de lo inexplorado—. Convivo conmigo veinticuatro horas al día, sé quién soy. Sé que fui un capullo integral contigo e hiciste bien en irte. Aunque podrías haber elegido un sustituto más digno. ¿Has sopesado incluir lavarse el pelo como requisito para novios?

—¡Ethan se lava el pelo! No es su culpa que se le engrase enseguida por un problema hormonal.

—¡Argh! Calla, por dios. Necesitaré una lobotomía para no morir de asco. —Aprecia el codazo camarada de Justin. Están bien los chistes sobre la parte más amarga de su vida. Si hay humor en Brian, es negro. A veces, en la apoteosis etílica, se pone filosófico y piensa que todo en él es tiniebla, por eso necesita tanto a Justin, que es luz.

—Entonces estás enfadado porque te mentí. Me arrepiento, si sirve de algo.

—Arrepentirse es una mierda. Y tampoco es por eso. Me cabreó que me engañaras, pero ya se me ha pasado.

—¿Por qué estás enfadado entonces?— tienta, desorientado.

El brazo de Justin queda huérfano de la presión de los dedos de Brian y le avergüenza estar a punto de gimotear por la pérdida, hasta que se da cuenta de que Brian precisa de ambas manos para abrir la petaca, tomar y devolverla al bolsillo. La mano regresa y le empuja levísimamente más contra él, pero su boca no se mueve para pronunciar respuesta. Justin es paciente en eso, consciente del camino pedregoso que las palabras Kinney penan de cerebro a labios; muchas mueren en la travesía. Ameniza la espera buscando la petaca entre la tela peligrosamente cerca del pecho de Brian y vaciando el último sorbo para contener el infarto que esto suscita.

Silencio. Más silencio enredado en el ceño de Brian que se frunce y se frunce, hasta que:

—Estoy enfadado porque creía que me conocías. ¡Creía que me conocías! —El brazo de Brian sobre sus hombros aprieta de golpe y Justin no sabe si es un zarandeo o un remedo extraño de abrazo. Luego, como si eso esclareciese todo—: No como me conocen Michael, Lindsay y los otros. Me refiero a conocer de verdad, a ser capaz de ver.

Capaz de ver incluye interpretar esas palabras, porque Brian no añadirá más. Confía en que Justin entienda que por encima del abandono, de las mentiras, de su corazón en carne viva cuando se fue, la peor de las traiciones es que no viera que le amaba. Brian comprende que es un amor agridulce sin el dulce, que le pilló tan de sorpresa que se atrincheró dentro de sus vísceras y se parapetó entre púas; que fue un imbécil, insoportable, que no cedió ni medio milímetro. Comprende que lo que le dio fue insuficiente, aunque fuera infinitamente más de lo que había dado a nadie jamás. Ve lógico que diera el portazo, que se buscara a otro. Es condescendiente incluso con que le mintiera; escoció, por supuesto, pero comprende que era casi un niño bregando con demasiadas cosas, bregando con secuelas de un ataque que pudo ser mortal, bregando con el rechazo de su padre y bregando, para colmo de males, con la montaña rusa de Brian, ¿qué más podía pedírsele? En esas mimbres el engaño puede rebajarse a pecado venial. Comprende todo eso y se asombra de que no le mandase a la mierda antes. Brian se habría mandado a sí mismo a la mierda antes de lo que Justin lo hizo.

Brian comprende todo menos que dudara de lo intensa, perdida, dramáticamente que le amaba, que le sigue amando. No le perdona que no lo supiera aún antes que el propio Brian y a pesar de sus esfuerzos por ocultarlo. Es injusto, pero es como se siente. Ni dios ni el diablo ni Brian son justos. Es lo que hay.

Nota a Justin temblar de nuevo, aunque está sudando bajo su cazadora y el abrigo de forro térmico que comparte con Brian.

—Fui capaz de verte desde la primera noche. Solo me cegué una temporada.

—Que esté enfadado no implica que te culpe. No te culpo.

—La parte positiva es que me he curado de la ceguera transitoria. De lo contrario, no estaría persiguiéndote por Vangard.

El alma de Brian se expande y algo sana en su interior.

Que Justin sea capaz de ver a través de la armadura es aterrador a la par que vital: sin él, esa parte estaría condenada a la invisibilidad crónica, cada vez más enterrada por el propio Brian, eternamente sin luz.

Como reconocimiento estrecha más el círculo dentro del abrigo, ahora sin reducto de duda de que es un abrazo.

Ruido como si estrujasen papel de aluminio contra el interfono.

—Hola. Soy John Servan. Buenas noticias: el suministro eléctrico está restablecido. El ascensor se moverá enseguida. Podrán llegar a los postres de sus cenas de Nochebuena.

La comunicación se corta y los neones sustituyen a los luminosos de emergencia. Ojos achinados y parpadeos.

Justin abandona el cobijo del abrigo compartido. Listos para el regreso. Entonces Brian irrumpe en un hablar atropellado, con voz ahogada y ansiosa, necesitando decirlo antes de que acabe el tiempo:

—Cuando te presentaste aquí, en mi trabajo, e intenté impedir que te quedaras… Es que es difícil para mí, ¿sabes? No es que no quiera, sí quiero, pero es difícil. —Con esperanza de que la recuperada clarividencia de Justin descifrara que no es que no quiera, es que está deseando, que no está haciéndole esperar aposta, ni por venganza, ni nada por el estilo, es solo ese maldito impulso de huir que le sabotea. Se siente como un paracaidista. Quiere saltar, llega al borde, pero necesita la ayuda del empujón definitivo para no echarse atrás como un cobarde—. Es posible que vuelva a hacerlo. Que vuelva a intentar echarte de la empresa, dejar de tenerte por aquí.

El ascensor traquetea, recuperado su rumbo.

—¿Posible? Yo cuento cien por cien con ello. —Brian le arroja una mirada desesperada—. No te preocupes, cuando suceda no tiraré la toalla. Como sabes, una de mis características destacadas es la persistencia.

Amplía la sonrisa que es otra de sus características destacadas.

—Bien— murmura Brian con un inmenso gracias implícito, justo cuando la puerta del ascensor se abre en el vestíbulo.

Notes:

Los personajes no son míos.