Chapter Text
Lo que tienes que entender de las leyendas es que estas nunca terminan. Siempre están vivas, y hoy te contaré la historia del Rey Mono, porque no hay que meterse con lo más preciado que posee.
¿Su bastón? —preguntó una pequeña voz, expectante al relato.
No, su bastón no es lo más importante, aunque muchos cuentan que solo él puede levantarlo. No tendría miedo de perderlo, porque el bastón siempre regresa a él, sin importar las circunstancias.
¿Entonces cuál es su temor? —volvió a preguntar el pequeño ser.
Su guerrero. El Rey Mono tiene miedo de perder a su guerrero. Porque más allá de cualquier arma, su guerrero ha sido su aliado más confiable, la sombra que estuvo con él desde el principio, cuando la leyenda del Gran Sabio comenzó. Si alguien intentara quitarle eso, sería el fin de ese ser. —El narrador movió las sombras a su alrededor, formando figuras. —Te contaré la historia de por qué nadie es capaz de poner en peligro ese vínculo.
Hace mucho, mucho tiempo, cuando el Rey Mono era joven y el mundo apenas comenzaba a conocer su nombre, encontró a su guerrero más leal. No era un simple subordinado; era Macaque, el dios de las sombras y los secretos, alguien que igualaba su fuerza y superaba su astucia.
no solo fue un aliado en la batalla, sino también el único que siempre estuvo dispuesto a enfrentarse al peligro para proteger al Rey Mono. Juntos enfrentaron innumerables desafíos, y aunque el mundo veía a Sun Wukong como invencible, aquellos que lo conocían de verdad sabían que su verdadero poder residía en la conexión con su guerrero.
"¿Por qué Macaque es tan importante?" —interrumpió el pequeño ser, intrigado.
Porque Macaque no solo era el más fuerte después del Rey, sino también quien entendía lo que significaba llevar el peso de un reino y una leyenda. Si alguien intentara tocar uno solo de sus cabellos , Sun Wukong no dudaría en convertir al mundo entero en cenizas.
Y eso es lo que te voy a contar: cómo los dioses entendieron, a un precio muy alto, que no se debe tocar a la familia del Rey Mono.
Hace mucho, mucho tiempo, en una de las travesías del Rey Mono, Sun Wukong, su osadía y desafío constante despertaron la furia del Reino Celestial y de Buda mismo. Su naturaleza rebelde, su negativa a inclinarse ante la autoridad divina, y su habilidad para alterar el equilibrio del mundo hicieron que los cielos lo consideraran una amenaza demasiado grande para ignorarla.
Buda, con su infinita paciencia finalmente agotada, decidió imponer un castigo que no solo humillaría al Gran Sabio, sino que también pondría a prueba su fuerza y su determinación. El castigo fue claro y devastador: Sun Wukong no podría regresar a su hogar ni a su familia.
Encerrado bajo una montaña durante quinientos años, la roca celestial que lo aprisionaba era un símbolo del peso de sus transgresiones. Pero esta vez, el castigo no era simplemente una prueba de fuerza; era una condena a la soledad, una separación forzada de lo que más amaba: su reino, su guerrero, y, lo más doloroso de todo, su hijo.
En su ausencia, el reino de las flores y frutas quedó vulnerable. Los demonios, siempre ansiosos por un reino sin su protector, comenzaron a invadir las tierras. Macaque, el dios de las sombras y secretos, tomó la responsabilidad de mantener el reino a salvo y de criar a su hijo, MK.
Un joven con el espíritu indomable de su padre, no entendía del todo por qué Sun Wukong había desaparecido. Cada noche, miraba las estrellas, preguntándose si algún día regresaría. Macaque, cargado de responsabilidades, se esforzaba por ser tanto padre como mentor. A pesar de la adversidad, protegía a su hijo asegurándose de que los demonios nunca pudieran alcanzarlo.
Los años pasaron, y aunque MK comenzó a mostrar destellos del poder que había heredado de su padre, aún era joven y vulnerable. Los demonios, conscientes de que atacar al niño podría quebrar a al guerrero, redoblaron sus intentos de invadir el reino.
Un día, los dioses del Reino Celestial descendieron al reino de las flores y frutas, trayendo consigo un ultimátum que resonó como un trueno en el corazón de Macaque permanecieron en el aire, rodeados de un resplandor dorado que iluminaba la sala. Uno de ellos alzó la voz con un tono cargado de frialdad:
"Tu Rey no regresará jamás. Busca otro protector y rey, demonio, porque si no lo haces, tu hijo enfrentará un destino que ni tú podrás evitar."
Antes de que pudiera reaccionar, uno de los emisarios extendió su mano y un poder abrasador envolvió al joven principe . La luz celestial hizo que el pequeño gritara, mientras su cuerpo parecía encogerse y cambiar. Ante el peligro macaque lanzó hacia adelante las sombras que controlaba , pero fue retenido por un campo de energía que lo apartó de su hijo.
Cuando la luz se disipó, el silencio invadió la sala. Macaque, jadeando, vio a su pequeño príncipe en el suelo. Su forma había cambiado. Ya no era el joven de 500 años con la inocencia brillante y las trazas de divinidad en sus ojos. Ahora parecía un niño de apenas 10 años, pequeño y frágil, con una energía mucho más tenue.
"¿Qué le han hecho?", rugió Macaque, su voz temblando de rabia mientras las sombras alrededor de él se agitaban violentamente.
El emisario que había lanzado el hechizo dio un paso adelante, mirándolo con desprecio.
"Le hemos otorgado un castigo acorde a la arrogancia de su linaje. A partir de este momento, tu hijo crecerá y envejecerá como un humano mortal. Vivirá las miserias de los mortales, y si no encuentras un remplazo para tu rey , lo verás perecer ante tus propios ojos. Mientras tú, inmortal, continúas existiendo, él sufrirá la condena del tiempo."
Macque sintió que su corazón se detenía. La idea de perder a su hijo, de verlo morir, era un tormento que ni siquiera él, un guerrero forjado en la batalla, podía soportar. Su mirada se posó en el niño ahora mortal , quien estaba de pie tambaleándose, mirándolo con ojos llenos de confusión.
"Papá... ¿Qué está pasando?", preguntó el pequeño con voz débil, mientras extendía una mano hacia él.
Macaque lo levantó en sus brazos, apretándole contra su pecho mientras sus sombras los envolvían como un capullo protector. Miró a los emisarios con una furia que parecía incendiar el aire a su alrededor.
"No voy a someterme a su voluntad. No encontraré otro rey. Si creen que pueden usar a mi hijo como arma contra mí, han cometido el peor error de sus miserables existencias. Esto no termina aquí."
Los emisarios intercambiaron miradas y, satisfechos con su castigo, desaparecieron en un destello de luz dorada.
Macaque, con el niño aún en sus brazos, sintió cómo el peso de la mortalidad de su hijo lo aplastaba. Pero mientras observaba al pequeño, su determinación creció.
"No dejaré que esto te pase. No importa lo que cueste, no importa quién esté en mi camino. Eres mi hijo, MK. Nadie te arrebatará de mí, ni siquiera el tiempo."
Desde ese día, juró luchar hasta el final para salvar a hijo, sin importar los sacrificios ni los enemigos que se interpusieran en su camino.
