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Hey You!

Summary:

Jiang Cheng es uno de los peores pacientes que un dentista pueda tener en su consultorio.

Afortunadamente, su esposo Lan XiChen es muy considerado y atiende sus malestares con amorosa paciencia. Incluso cuando la anestesia hace de las suyas y termina descubriendo algo… maravilloso.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

«Tú me cambiaste la vida desde que llegaste a mí.

Eres el sol que ilumina todo mi existir»

-Me cambiaste la vida, Río Roma.  



La historia comienza así. 

 

El miércoles decide esperar a su esposo para que ambos regresen juntos a casa luego del trabajo, así que espera sentado en las banquitas metálicas del parque local a que Lan XiChen llegue. En eso, un amable vendedor se acerca con una nevera portátil y le ofrece un jugo de uva. Un jugo de uva bien frío. Jiang Cheng, siendo un simple mortal, sucumbe a la tentación y termina comprándolo. Son las 3:18 de la tarde cuando lo abre y lo bebe a grandes sorbos. 

 

Maldita sea, qué grave error. 

 

Inmediatamente, un dolor espantoso explota en sus dientes delanteros, subiendo estrepitosamente por su cara y se instala en su cabeza. Le arde. Jiang Cheng termina escupiendo el líquido, tirando la botella casi llena a la basura. Cuando Lan Huan llega a su encuentro, le da un beso en los labios y le toma la mano para empezar a caminar. Sin embargo, la molestia no se detiene. 

 

Solo empeora. Empeora y empeora con el pasar de los días. 

 

En un principio, Jiang Cheng pensó que se trataba de una incomodidad comun. Después de todo, los adultos descalcificados como él tiende a sufrir molestias similares de vez en cuando. Una pequeña advertencia de nuestro organismo para recordarnos que es hora de ingerir un cóctel de vitaminas. Jiang Cheng lo hizo obedientemente, pero el sufrimiento no cesó en lo absoluto. 

 

Cada hora que pasaba, el dolor aumentaba. Era espantoso. Jiang Cheng llegó al extremo de evitar hablar lo máximo que pudiese para evitar el latigazo desagradable que le recorría desde el diente hasta el maldito cerebro. Lo odiaba. 

 

Lo peor de la situación es que la solución estaba al alcance de su mano: Lan Huan. Su querido esposo dentista. Jiang Cheng sabía que si mencionaba en voz alta su queja, XiChen no dudaría ni un segundo en llevarlo al consultorio para resolver el problema. En un abrir y cerrar de ojos estaría como nuevo, olvidándose del tomentoso momento. 

 

Facilito. 

 

Sip. Pan comido. Lo haría después… muy después. 

 

¿Qué por qué no lo hace inmediatamente? Pff, ya saben. Tiene cosas de adulto qué hacer. Pagar cuentas. Llorar en la regadera antes de irse a trabajar. Leer funas en Facebook. Pelearse con sus compañeros de empresa por correo corporativo. Esas cosas. Está ocupado. 

 

Claramente no es que tenga miedo. Para nada. 

 

Porque Jiang Cheng no es un cobarde. No señores. 

 

 

¡Bueno, quizás lo es un poco! ¡Solo un poco! 

 

El dentista es… terrorífico. Le da muchísimo miedo. Listo, lo dijo y no se avergüenza en lo más mínimo. No cuando es un terror fundamentado por los gritos de agonía que los pobres pacientes de odontología emitían mientras les reparaban los dientes. Dios bendito. Cuando Jiang Cheng esperaba a su esposo en la sala de espera y escuchaba el taladro miniatura encenderse, todos los vellos de su cuerpo se erizaban como los de un gato. Los demás artilugios que veía entrando y saliendo de sus bocas a través del espejo no ayudaban a disminuir su nerviosismo. 

 

Jiang Cheng podía regocijarse todo lo que quisiera sobre su valentía y gallardearía; no le temía a las alturas ni a las películas de terror, cazaba los ratones y ninguna cucaracha voladora se le escapaba si la tenía en la mira. Eso estaba bien. Pero cuando se trataba de ir al dentista, era un completo perdedor. No importa si el dentista es el mismo hombre con el que se casó hace tantos años. La respuesta sigue siendo no. No y no. 

 

Por tal motivo, trató de no mostrar lo que ocurría y se aguantó el dolor. Algo verdaderamente difícil puesto que, como médico, tenía que hablar y hablar durante horas; dando informes, órdenes y checando pacientes. Un infierno.  

 

Lamentablemente, es imposible tapar el sol con un dedo. Ocho días más tarde (Jiang Cheng cree que es un récord y merece tener un trofeo en la sala. Lan Huan se negó, furioso) XiChen descubrió la mentira. Para ese punto, Jiang Cheng apenas se podía mantener de pie, tembloroso como una maldita gelatina después de no haber dormido varias noches seguidas. Siendo incapaz de masticar, cambió su comida por líquidos e intentaba caminar despacio para alivianar la presión. 

 

—¿Qué es? —Preguntó su esposo, dándole una mirada severa. 



Jiang Cheng pasó saliva y se encogió de hombros. 



—Tengo un… pequeño malestar. No es nada. Surgió hace tiempo. 



Los ojos broncíneos de Lan Huan se entrecerraron con sospecha. 



—¿Dónde?



—¿Eh?



—¿Dónde te molesta?



—Oh, pues… ¿Sabías que las saladitas son horneadas? —Trató de desviarse del tema. —¡Yo lo supe por un comercial!



—Jiang WanYin. 



Estaba en problemas. 



«Hola Dios, soy yo de nuevo»



Desinflándose como un globo, adoptó una postura relajada mientras decía:



—Mis dientes delanteros. 



—Del uno al diez, ¿qué tan intenso es tu dolor? 



Jiang Cheng suspiró, preparándose mentalmente para romper uno de sus votos matrimoniales. Maldita sea. Iba a hacer algo aborrecible e impensable. 



Mentirle a su marido en la cara. 



—Tres. 



—Tres. —Repitió Lan Huan, incrédulo. —¿Estás seguro? 



—Sí. 



—¿Muy seguro? 



—¡Claro que sí! —Gritó el Jiang, cruzándose de brazos. —¿O es que no me crees, bebé? 



Oh, que jugarreta más sucia la suya. Pero bien dicen que en la guerra y en el amor todo se vale. Hacer trampa también es aceptable. 



Hubo un minuto de completo silencio, hasta que la sonrisa soleada y alegremente brillante de XiChen apareció en su hermoso rostro. Jiang Cheng desconfió de ese precipitado gesto, así que esperó, deseando que la peligrosa corazonada que se asentó en su estómago desapareciera. 



No lo hizo. Bebiendo tranquilamente su taza de té, Lan Huan, el tesoro de su vida, lanzó un misil sumamente poderoso y destructivo. 



—Cómete una manzana, cariño. 



—No tengo ganas de una. 



—Oh, no es necesario que la termines, A-Cheng. —Su sonrisa se extendió. Jiang Cheng pasó saliva con dificultad. —Sólo muerdela. 



—Pero--



—Hazlo. 



«Estoy atrapado» se lamentó a sí mismo. 



Dudó, tomando la fruta del recipiente al centro de la mesa, mirándola como si hubiera ofendido a su abuela. Expectante, Lan Huan arqueó una ceja y se recostó cómodamente en el respaldo de la silla, dejando el desayuno de lado para centrar su atención en la reacción de su terco esposo. 



Jiang Cheng podía hacerlo. Sí, claro. Sólo tenía que darle una mordida insignificante para que su ser amado se olvidara del asunto, planeando su cita de aniversario en su lugar. 



Sólo tenía que morderla la manzana. 



Sólo eso. 



Otra vez, facilito… 



¡Oh, maldita sea! ¡Dolía como el infierno! 



Jiang Cheng pronunció silenciosamente una maldición bastante creativa dirigida a su estúpido orgullo, ya que en el instante en que sus sensibles dientes hicieron contacto con la corteza de la manzana, una punzada aguda y mortificante se extendió desde sus encías adormecidas hasta la mandíbula. Un latigazo de dolor restallando en su cara. Cerró los ojos con fuerza, ahogando una exclamación de sufrimiento detrás de una tos falsa. 



—Querido —musitó Lan Huan con tristeza—, tenemos que revisarte. 



Su esposo negó repetidas veces como un niño chiquito a punto de hacer un berrinche monumental y catastrófico. 



—No, no, por favor, A-Huan. Puedo soportarlo. 



—De que puedes, puedes. Pero yo no permitiré que lo hagas, A-Cheng. Iremos a mi consultorio ahora mismo. 



—¡No! 



—Por el amor de Dios, A-Cheng. Apresúrate. 



—No. ¡No dejaré que ese estúpido taladro esté cerca de mi boca! —Se negó. —¡Tendrás que sacarme con los pies por delante, porque yo no iré contigo! 



XiChen inhaló despacio, haciendo uso de su infinita y voluntariosa paciencia. Luego envió una mirada enojada a su bebé de treinta y tres años, sacándose el teléfono del bolsillo. 



—¿Es así como haremos esto, uhm? 



WanYin levantó el mentón en un claro y altanero desafío. 



—Sí. No iré al dentista, XiChen. 



—Llamaré a tu madre. 



—No te atreverías. —Entrecerró los ojos.



Su marido no dijo palabra alguna, simplemente se limitó a teclear con rapidez el número de la temible mujer y pulsar el botón de llamada, colocando el altavoz en el proceso. 



—¿Decías?



—¡Oh, por el…! ¡Cuélgale! ¡Bien, sí, iré contigo! ¡Iré, pero cuélgale! ¡No quiero una migraña tan temprano!  



Se lanzó hacia el dentista, casi derribando la mesa en su desesperación por apagar el dispositivo o terminar la llamada, cualquiera le servía. Una vez que la pantalla de oscureció se dirigió a la puerta de salida, refunfuñando sobre cómo el hombre que le prometió fidelidad eterna en el altar lo había traicionado de la peor manera, apuñalándolo por la espalda estando ya herido. Todavía se quejaba mientras abría la puerta del auto. 



XiChen lo siguió, sintiéndose increíblemente satisfecho consigo mismo. 



💙💜💙💜



El consultorio de Lan XiChen es un espacio bastante agradable y limpio, con muebles blancos y azules que mantiene la fachada profesional a la perfección. La entrada está decorada con el mostrador de recepción, la sala de espera con una televisión de tamaño considerable y un área especial para que los infantes no hagan travesuras mientras esperan su turno. Jiang Cheng ayudó a construirlo, y le gustaba apreciar el resultado… Sin embargo, justo ahora ese parecía el peor sitio del planeta. 



¿Por qué a él, uhm? ¡¿Qué había hecho para merecer eso?! 



En nudo en sus entrañas se apretó en cuando deslizó la puerta corrediza, encendiendo las incandescentes luces blancas que dejaron ver el sillón reclinable donde su marido le veía hasta los pensamientos a sus pacientes. 



Y donde él sería cruelmente torturado. 



—Puedes tomar asiento, cariño, en un momento regreso. 



Dicho eso, entró a una pequeña habitación lateral para desinfectarse y ponerse el traje de sanidad correspondiente. Jiang Cheng estaba muriéndose de ansiedad en el sillón. Realmente odiaba ir al dentista. Incluso si el dentista resultaba ser su marido.



El mencionado regresó unos minutos más tarde, ya ataviado con su uniforme quirúrgico de dos piezas en tonos lavanda. Por un breve instante, el corazón de Jiang Cheng se detuvo debido a lo lindo y adorable que lucía. 



Hasta que se le acercó y le indicó que se recueste. 



Ahí ya no le pareció lindo y adorable. 



—A-Huan… —Suplicó una última vez, esbozando el puchero más lamentable y bochornoso en su repertorio, siendo un tonto en letras mayúsculas. 



—Abre la boca para mí, cariño.



Jiang Cheng bufó, inconforme por la forma en que el mayor ignoró su jugarreta maestra. 



—Esa frase es más divertida cuando la dices en el dormitorio. 



XiChen se ahogó con su saliva, escandalizado. 



—¡Jiang Cheng! —Lo regañó. Él simplemente se rió. 



Feliz de poder regresar un poco de su propia mortificación a su contraparte, el menor siguió las indicaciones del médico dental en cuestión. Jiang Cheng permanece quieto y con la mandíbula desencajada por lo que parecen horas (¡Sus ojos están derritiéndose!) mientras su marido revisa aquí y allá, tarareando la pegajosa canción de un comercial del gobierno. 



Finalmente, XiChen se endereza sobre su banquito y dice, con una expresión desolada y culpable. 



—Sufriste un traumatismo dental, así que para salvar tu dientito tendré que hacerte una endodoncia. No dolerá mucho… pero aun así voy a anestesiarte. 



La breve oración apenas se registraba en el cerebro tardío del loto cuando su marido ya estaba sacando los materiales necesarios de su armario de cristal templado, listo para adormecerlo. 



—¿Cómo pondrás…? ¡Mierda, mierda! ¡¿Dónde vas a poner eso?! 



XiChen sonrió, un gesto que pretendía tranquilizar a su miedoso esposo, pero que teniendo una inyección en mano, no emitía precisamente ese dulce mensaje. Para tratar de apaciguar el nerviosismo del menor, procedió a explicarle como aplicaría la sedación, haciendo énfasis en que primer colocaría el gel anestésico antes de inyectar la verdadera anestesia local. 



Con cada palabra, la expresión del joven loto se oscurecía más y más, llegando al punto de querer levantarse de la silla reclinable. Lan Huan tuvo que volver a recostarlo, dándole un corto y suave beso a modo de consolación. 



—Respira profundo y relájate, cariño. 



—Esa línea es mía. —Bromeó, moviéndose impacientemente. —Otra vez del dormitorio, ¿recuerdas? 



—Cómo podría olvidarlo. 



Jiang Cheng intentó hacerlo. Realmente lo hizo. Pero no podía. La frialdad y el sabor de los guantes de látex se instalaron en su boca, uno de los dedos de su esposo untando una sustancia gelatinosa en sus encías superiores. Luego de un rato comenzó a sentir (¿O no sentir? ¡Estaba confundido!) la insensibilidad en dicha parte. 



—¿Sientes esto? —Preguntó su esposo, raspando ligeramente su uña en las encías del paciente.



—No. 



—Bien. Pondré la anestesia local ahora. 



De sus instrumentos esparcidos en la charola contigua (ahí estaba el taladro) sacó una aguja con un líquido transparente. La agarró y se giró a Jiang Cheng, dispuesto a… ¡Oh, Dios, iba a clavársela en el diente! 



No, no, no. Absolutamente no. 



¡Lo iban a dejar como coladera! 



—¡¿Espera, donde pondrás eso?!



—¡Ya te lo dije! ¡Lo inyectaré en uno de los troncos nerviosos de tu encía! 



—¡Demonios, no! ¡Suena doloroso! 



XiChen lo miró con incredulidad. 



—Amor, te acabo de aplicar un gel de sedación… ya no sentirás nada. 



—No. Ponme la mascarilla. Inhalaré óxido nitroso. 



—Estás demasiado nervioso para eso, A-Cheng, probablemente no hará efecto. Además, es un desperdicio de material porque ya preparé la jeringa. 



—Te pagaré el doble. —Ofreció el paciente. Su esposo frunció la nariz. 



—Ni siquiera iba a cobrarte. —Replicó Lan XiChen. —El cuádruple y una cena romántica o no hay trato.



—¡Hecho!



Lan Huan dejó de lado la jeringa y trajo el cilindro con el gas anestesiólogo, calibrándolo para utilizarlo en su amado hombre. Una vez hecho, le puso la mascarilla y ambos esperaron pacientemente a que la anestesia fuera a parar a los pulmones de Jiang Cheng. 



Conociendo la inquietud del paciente, XiChen guardó lejos las herramientas. Después se sentó cómodamente a su lado y entrelazó sus dedos, viendo que su marido no tenía intenciones de calmarse en lo absoluto. Si no lo hacía, la anestesia no surtiría efecto alguno. Así que opto por distraerlo, empezando una charla amena.



—Cariño. 



—¿Mhn?



—Mañana haré un pastel en mi clase de repostería con WangJi, pero todavía estoy indeciso sobre el relleno. ¿Qué prefieres, frutos rojos o duraznos? 



—Ambos. —Respondió sin dudarlo. 



—Debes elegir solo uno. —Se rió el mayor. 



—Duraznos. 



—¿Con crema pastelera, betún o chantilly? 



—Esa es una pregunta con trampa. 



—Posiblemente. —Volvió a reírse, mirando la expresión somnolienta que ponía su marido. 



—Crema de… crema de chantilly.



—Okey. ¿Qué hay de la decoración? 



—Frutas. Me gustan las frutas. Y el color morado.



—Lo sé, pero no recuerdo cuál es tu favorita. 



—Eso es ser un mal esposo. —Le acusó, adormilado. —Chocolate. 



—¿Algún dibujo en especial?



—Los personajes de Plaza Sésamo. 



XiChen se carcajeó del comentario. Evidentemente, la anestesia había surtido efecto, puesto que Jiang Cheng empezaba a soltar oraciones sin pies ni cabeza. Nada más por eso iba a pasar por alto que se le pasó ligeramente la dosis administrada, todo para que se sintiera bien el más joven. 



Demándenlo si quieren, pero él no iba a hacer sufrir a su miedoso esposo. 



—Comencemos con esto. 



WanYin levantó un dedo frente a él, casi picándole el ojo. 



—Unos minutos más, por favor.



El dentista decide darle su espacio para que se acostumbre a la sensación flotante de ir a la deriva dentro de su propia mente, encendiendo el reproductor de música con el control remoto. XiChen estaba tan ensimismado en la búsqueda del playlist correcto (Porque él es un ser humano que no funciona sin música y, al parecer, nadie ha creado una lista de reproducción para cuando vas a repararle el diente a tu esposo y lo han subido a las plataformas de streaming, que desilusión con esta sociedad), que no escuchó los siseos quejumbrosos del paciente recostado en el sillón. 



—¡Oye tú! 



Confundido, el Lan volteó a verlo. 



—¿Me hablas a mí, A-Cheng? 



El ceño del mencionado se frunció en señal de profunda desaprobación. 



—¡No me llames así! 



—… ¿Por qué no? A ti te gusta. 



—Sí, pero solo cuando lo dice mi esposo. ¡Y tú no eres mi esposo! Mi esposo es lindo. —Espetó, cruzándose de brazos.



Lan XiChen no sabía si indignarse por la implicación de que no es lo suficientemente lindo para el criterio de su anestesiado esposo, o desternillarse de la risa. Era una decisión difícil. 



—A propósito… ¿Quién eres tú? ¿Dónde está mi marido? 



Entendiendo que el Jiang estaba gozando del privilegiado mundo de la anestesia, el odontólogo le siguió la corriente. 



—Soy tu dentista, Jiang Cheng. Tu esposo está esperándote en la sala de espera. 



—Mhn, bien… ¿Y dónde estamos?



—En mi consultorio. 



—Ya veo… ¿Por qué?



—Eso es algo que me gustaría preguntarte a ti. ¿Por qué te duele el diente? 



—Me golpee la boca con la puerta de la nevera hace unas semanas. 



—Mhn. ¿Y no dijiste nada por…?



—No quería preocupar a mi esposo. Él se preocupa demasiado por mí. Es lindo. Tú no lo eres. 



XiChen se rió. 



—Entiendo. ¿Hay algo que pueda hacer por ti para que estés cómodo? 



—… ¿Puedes subirle a esa canción, por favor? 



—Claro. 

 

La melódica voz del artista inundó la habitación en un dos por tres. Todavía sentado en el taburete de metal a escasos centímetros del loto, Lan Huan sonrió a la tierna imagen de su esposo, quién cantaba la alegre melodía mientras gesticulaba una y otra vez. Es un espectáculo bonito, mágicamente dulce y especial. Lan Huan sabe que se acaba de enamorar otra vez del mismo sujeto con el que se casó hace siete años. 



—Esa canción me recuerda a mi esposo. —Luego añadió como un pensamiento tardío. —Estoy casado. —Le mostró orgullosamente el anillo en su dedo anular. 



—Felicidades, Jiang Cheng. Les deseo un matrimonio muy próspero y lleno de cariño.



—Llevamos siete increíbles años casados, cuatro siendo novios y cada día siento que me enamoro más de él. —Volvió a hablar, suspirando. XiChen tuvo las irremediables y nada éticas ganas de besarlo. 



—¿En serio?



—Sí. 



—Debes decírselo muy a menudo, ya que parece que lo amas demasiado. 



—Lo amo mucho, pero casi no lo menciono. —Admitió Jiang Cheng, algo cabizbajo. —Me gustaría cambiar eso… ya sabes, ser más amoroso para él. Quiero decírselo a todas horas del día; cada mañana al despertar, cada tarde al ver esa sonrisa encantadora y justo antes de dormir con él en mis brazos. 



—¿Y por qué no lo haces? —Lan Huan se inclinó hacia él, interesado en la conversación. Su paciente retrocedió, derrotado. 



—No lo sé. 



—Hay muchas cosas que no sabes. —Bromea el dentista, encendiendo el taladro. Jiang Cheng se estremeció, pero no aminoró el ritmo de la charla.



—Todo es incierto cuando se trata del amor. Es… como un misterio que vamos resolviendo con el pasar del tiempo. 



—¿Y tú ya lo resolviste? 



Esa oración ofendió al hombre recostado en el sillón. 



—¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Por supuesto que sí! —gritó, exasperado. —Si no lo hubiera hecho, no me habría casado con mi alma gemela. 



Esta vez, Lan XiChen lo arrulló, completamente enternecido. 



—¡Eres muy lindo, Jiang Cheng! —Dijo contento y con el corazón desbordando de calidez. Oh, cuánto amaba a este hombre. 



Sin embargo, el menor se alejó de su toque como si éste fuera terriblemente contagioso y repugnante. 



—No te atrevas a coquetearme. ¡Te acabo de decir que estoy casado y amo mucho a mi pareja! Respétame. 



Muriendo de ternura por dentro, el dentista reconoció su error solemnemente. 



—Lo siento, no fue mi intención incomodarte. ¿Podemos comenzar con la intervención? 



—Todavía no —se rehusó el loto. —¿Quieres saber un secreto? —Tarareó. 



—Sí, claro. Dímelo. 



Jiang Cheng tiró de la muñeca del especialista hasta que el cuerpo de Lan Huan estuvo prácticamente recostado encima de él en el sillón reclinable. El aliento del paciente anestesiado le dio escalofríos, pero el dentista escuchó cada palabra saliendo de su boca. 



Y fue simplemente… wow



—Mi hermoso esposo y yo estamos esperando un bebé. Está embarazado. 



Lan XiChen se congeló como un ciervo frente a los faros de un automóvil. Mirando de hito a hito al médico acostado en el respaldo dental, cuestionó con cierto nivel de frenesí. 



—¡¿Qué dijiste?! 



—Lo que escuchaste. En este preciso momento, mi A-Huan está cargando a nuestro pequeño brote de loto… ¡Y ni siquiera lo sabe! —Se puso a reír como un infante que oculta una travesura de los adultos. 



La mete del joven dentista está completamente en blanco, una maraña de absolutamente nada. Tal parece que todas sus neuronas se han hecho puré, y por un segundo, su mano cae a su vientre plano, imaginándose la fantasía que su marido acaba de revelarle. 



Un bebé. Ellos tendrán un bebé. 



—P-pero cómo. 



Otra vez, el ceño de Jiang Cheng se frunce en un gesto juzgador. 



—¿Qué acaso no sabes cómo se hacen los bebés? ¿Has visto pornografía…? 



—M-me refiero a ti… ¿Cómo sabes que tu marido está embarazado? 



—Soy médico general —explicó sencillamente. —Hace unas semanas nos hicimos el chequeo de salud anual y… las pruebas son irrefutables. 



—¡¿Y por qué no se lo has dicho?! 



Haciendo caso omiso del pánico en la voz de XiChen, Jiang WanYin esbozó una sonrisa soñadora y se recostó cómodamente en el sillón, como si estuviera disfrutando del calor en la playa. 



—Tú… no lo entenderías. 



—¿A qué te refieres con eso? —Exigió el dentista. 



—Brilla. Dios mío… Lan Huan brilla; precioso y cautivante, arrebatador. Su belleza me deja sin aliento como siempre, pero ahora hay algo más. Es él. El símbolo más hermoso de nuestro amor está ahí, recordándome la promesa que hicimos y la vida que estamos construyendo juntos. Sus ojos brillan con una luz suave, como la luna llena, y su sonrisa es el sol que ilumina mi mundo entero. Cuando lo miro, XiChen no solo es mi esposo, también es el hogar donde mi corazón encuentra paz y felicidad. Su embarazo es un recordatorio de que nuestro amor fue suficiente para dar vida, de que podemos hacer cualquier cosa en el universo mientras estemos juntos. Y es magnífico. Como ver una obra de arte en movimiento, ya que cada día su belleza se transforma y se vuelve más radiante, más mía. Yo simplemente lo amo más que ayer, pero menos que mañana. —Prometió, luciendo enamorado hasta las nubes. —La simpleza con la que las cosas más comunes se volvieron brillantes es brillante . Único. Todo brilla. Todo es hermoso, inigualable y-y… me encanta mirarlo, ¿sabes? Porque cuando sonríe, hace a las estrellas envidiarle. Lo amo. 



XiChen reprimió un sollozo, emocionado por el emotivo discurso. Jiang Cheng se desplomó deshuesado, balbuceando más y más alabanzas para el esposo ausente que lo estaba escuchando con atención. Con una vorágine de sentimientos en el pecho, el dentista aceptó la noticia con los brazos abiertos, feliz con la dulce espera. 



Serían padres. Tendría un bebé del hombre que eligió amar para toda la vida. 



De su alma gemela. 



Dejando atrás el propósito inicial de su ida al consultorio, Lan Huan recargó los codos en el borde del reposabrazos, sus ocelos broncíneos iluminados por las llamas de un amor infinito que era dirigido al sujeto borracho que dormitaba breves instantes, pero que seguía parloteando a diestra y siniestra. 



—Desde que me enteré de la noticia, he tenido algunos sueños alusivos. Nada grande, pero sí emotivo; ambos tumbados en la cama, acariciando y hablando con nuestro pequeño, demostrándole que lo amamos incluso antes de conocerlo. Otras veces lo llevamos a la escuela, o jugamos en el parque. Una vez… soñé que escuchábamos los pequeños latidos de su corazón en mi consultorio. Fue bonito y me hizo anhelarlo aún más. 



—Es un sueño muy precioso. —Soltó, con lágrimas deslizándose silenciosamente por sus mejillas. —¿Has pensado en un nombre para nuestro– quiero decir, su hijo?



—JingYi. —Susurró, maravillado. 



Sin poder resistirse más a la tentación, Lan Huan cortó la distancia que los separaba y reclamó sus labios en un beso. Su beso fue un acto de reverencia, una ofrenda de amor y gratitud. Jiang Cheng se resistió al principio, forcejeando levemente con el otro hombre hasta que correspondió al contacto, afianzando sus manos en la cintura del mayor. Sus labios se acariciaron con dulzura, transmitiendo los sentimientos albergados en ambos corazones. XiChen se sentía estallar de emoción mientras Jiang Cheng profundizaba el contacto con su lengua, acariciando la de XiChen con una suavidad devastadora. 



Cuando el oxígeno se hizo insuficiente y sus pulmones protestaron, el odontólogo se separó, saludando al consternado loto debajo suyo. 



—Hola, A-Cheng. 



—A-Huan… ¿Ya terminaste de arreglar este maldito diente? 



—Ni siquiera he comenzado. 



—¡¿QUÉ?! ¡¿Y ENTONCES QUE…?!



—Tengo una sorpresa para ti. 



Jiang Cheng lo miró desconfiado. 



—¿Qué clase de sorpresa? 



—Una que cambiará nuestras vidas para siempre. ¿Estás listo? 



—Supongo que sí. Dispara. 



Una expresión de lo más sublime apareció en el bonito rostro de Lan Huan mientras gritaba:



—¡Seremos padres! 



Oh, eso. 



ESPERA. OH, ESO. 



Contraria a la explosiva felicidad abrumadora que experimentan los padres primerizos al escuchar la buena noticia, Jiang Cheng terminó pasando de la consternación a la irritación. 



—¡¿CÓMO LO SUPISTE?! 



—Me lo dijo un médico chismoso. —Reconoció el dentista felizmente. 



—¿Cuándo?



—Hace cinco minutos. 



—Jodida mierda. —El Jiang chistó molesto. 



—Fueron los mejores cinco minutos de nuestra historia de amor. 



—Creí que esos habían sido nuestra primera vez. —Se burló Jiang Cheng, admirándolo cariñosamente. Lan huan sonrió y asintió, pellizcándole la mejilla. 



—Ahora tenemos unos nuevos que añadir a la lista. —Le siguió el juego. —Te amo, A-Cheng.

 

Irguiéndose en su asiento, Jiang Cheng depositó un casto beso en los labios de su esposo. 



—Yo también te amo, A-Huan. Los amo con todo mi corazón. 



Sí. Esa es una promesa que Lan Huan creerá ciegamente por el resto de sus días. 



XiChen no intentó describir las emociones que burbujeaban dentro de sí, simplemente disfrutó de la incomprensible calidez que lo embargó de pies a cabeza. La idea de una familia asentándose en su corazón, en su alma. Le gustaba. 



—Gracias por la noticia. Y también por la declaración. 



—¿Cuál declaración? 



—Luego lo sabrás. 



Jiang Cheng estuvo de acuerdo, volviendo a su postura original desparramado en la incómoda silla plastificada. 



—¿Fue romántico? —Indagó, preocupado por el estado de su dignidad. 



XiChen tarareó afirmativamente. 



—Bastante. Me hizo volver a enamorarme de ti. 



—Eso es bueno. Tienes que amarme con la misma enferma intensidad con la que yo te amo.  



—Eso es muy dulce, A-Cheng.



—Lo sé. —Satisfecho, cuestionó. —¿Eso quiere decir que ya no me harás nada? 

 

Soltando una risa ahogada, XiChen encendió el mini taladro y exclamó:



—Eso quiere decir que sufrirás el doble, mi amor. Porque no volveré a anestesiarte. 

Notes:

¡Hola, estrellitas! ¿Cómo han estado? ¡Ha pasado un tiempo desde la última vez que publiqué un ChengXi!

Sinceramente, espero que les haya gustado tanto como me gustó a mí. Fue una historia romántica y divertida de nuestros tórtolos favoritos. Además de que está basada en hechos reales porque escribí este borrador hace un año mientras estaba agonizando de dolor dental JAJAJA

Como no soy una experta en el tema, tuve que investigar demasiado sobre términos odontológicos para darle sentido. Ignoremos el hecho de que la anestesia dura mínimo tres horas, porque esto es ficción, no el mundo real.

Sin más por el momento, me despido de ustedes.

Abrazos a todos.