Chapter Text
Estaba haciendo mi recorrido por el cielo con el carro del sol, como debía hacer todos los viernes y fines de semana. Lo andaba observando todo, sin tener nada mejor que hacer más que escuchar la música a todo volumen de mi radio. Estaba sonando Every Breath You Take, de The Police, una canción que no saldría hasta dentro de unos cuatro mil o tres mil años, pero bueno, privilegios de ser un dios.
Entonces pasé por Tracia; específicamente, por su castillo, donde habitaba Ares, uno de los tantos bastardos de Zeus como yo. Era un rey bastante interesante, debo decirlo: era bondadoso con las mujeres y cruel con los hombres. Aunque habían algunas excepciones de esto último, como lo eran los hijos que tuvo con la mismísima Afrodita, la diosa del amor y la belleza: Eros, Anteros, Hímeros, Fobos y Deimos. Sí, sí, el tipo era tan guapo que no sólo sedujo a Afrodita, sinó que también tuvo siete hijos con ella, y digo ocho porque no mencioné a las hembras: Adrestia y Harmonía.
¡Cielos, Harmonía, que guapa era! Había cumplido la mayoría de edad hace unos meses y desde entonces (bueno, desde mucho antes que eso, en realidad) no le he quitado el ojo de encima. Ni a ella ni a su padre, por si se le ocurre querer casarla. Es amable, cariñosa, guapa, elegante... Se nota quién es su madre, vamos.
Actualmente, estaba intentando que el par menor de gemelos (Deimos y Fobos), de unos once años, dejaran de pelear.
—Va, chicos, dejad de pelear —decía. Miró a uno de los gemelos. Fobos, ¿no? —. Deimos, —okay, no, era Deimos. ¡Maldita sea! —, ¿por qué golpeaste a tu hermano?
—¡Se estaba burlando de mí! —se excusó el chiquillo.
—¿Y eso?
—Es que le gusta una chica. ¡Ja, ja, ja! —intervino el otro gemelo —. Cráteis, se llama, la desafortunada.
Ay, el amor... Bueno, que no se queje, que cuando crezca envidiará el amor, en vez de burlarse de él. ¡A ver, niño, que tu madre es diosa del amor!
—A ver, Fobos... Primero que nada, no hay nada de malo con que le guste una chica. Es de hecho muy bueno, para que comience a experimentar. Además, ¿qué dirá mamá si se entera de que te burlas de su dominio?
—Pero yo lo molesto porque es feo y no tiene oportunidad.
—Fobos.
—Ay, ya, vale... Perdón, Deimos, por burlarme de que eres feo y no tienes oportunidad con Cráteis.
No parecía decirlo con muchas ganas.
—Perdón por haberme enfadado contigo y haber intentado meterte un palo por los ojos —se disculpó Deimos, sin más ganas que su hermano.
—¡Bien! —celebró la hermosa Nía —. Ahora daros un abrazo.
Los chicos, de mala gana, se dieron un abrazo. La mayor sonrió y se fue al enorme jardín a pasear. Si no fuera porque estoy en mi turno, ahora mismo habría bajado a coquetearle, como hago siempre. Y diréis que eso no me importó con Jacinto, pero es que es precisamente por él: papá me dijo que si volvía a distraerme de mis tareas por un mortal, me mandaba al Tártaro con el Comunista come bebés.
Entonces vi que alguien se le acercaba: era su padre, que andaba sin camiseta porque soy muy hot y derrito el chocolate con solo tocarlo. Sí, ya sé, soy hermoso. Y él también. Y su hija. Como se notan los genes de ambos padres, ¿eh?
—Hija, —dijo, con esa voz grave, pero no demasiado —, mi querida Harmonía, hay algo de lo que quisiera hablarte.
Ella sonrió.
—¿Sí, padre? —preguntó. No lo dije, pero su voz era más dulce que la miel.
—Verás, ya que ya has cumplido la mayoría de edad, hay muchos hombres que desean tomar tu mano en matrimonio, cosa sobre la cual yo no tengo poder —suspiró. ¿Qué rayos significaba esto? ¡NO ES POSIBLE! Harmonía estaba callada, esperando a que su padre terminara de hablar—. Harmonía, hija, sabes que yo quiero lo mejor para ti, pero todos esos pretendientes no se quedarán de brazos cruzados. Cuando a un hombre se le mete algo en la cabeza, no hay quien lo detenga, a no ser que a otro se le ocurra algo mejor (o peor). Quiero que hagamos esto, ¿sí?: cuando vengan los pretendientes (que no son pocos), tú elegirás a quién creas más digno de tenerte. No te preocupes por si tiene más tierras o menos riquezas, quiero que elijas a alguien que te haga feliz. Y si no hay nadie que cumpla con tus requisitos, pues no pasa nada, pero no podemos no darles la oportunidad...
¡RECHAZA, POR FAVOR! ¡RECHAZA, RECHAZA, RECHAZA!
No rechazó.
—Padre, no sabes lo afortunada que soy de ser tu hija. Cualquier otro me habría casado con el que tuviera más tierras, o el ejército más fuerte, pero tú no. No me extraña que mamá se enamorara de ti —le dio un abrazo del cual yo no pude evitar sentirme celoso —. Acepto tu propuesta con mucho gusto y espero realmente enamorarme de un hombre digno. ¿Cuándo llegan?
¿CÓMO PUDO? ¡Yo estuve intentando seducirla desde hace tanto tiempo y no me aceptó, a mí, A UN DIOS OLÍMPICO! ¿Pero sí piensa casarse con un simple mortal o, como máximo, semidiós? ¡Qué injusto! A ver, cuando llegan los "pretendientes" y por favor que sea de noche.
—Pues... esta noche.
Perfectísimo.
—¡¿QUË?!
—P-Perdón por no haber podido decírtelo antes, es que andaba ocupado.
—¿No podría haberle dicho a un sirviente que me lo dijera? O un guardia. Normalmente mandas a Alectrión.
—Te lo quería decir en persona... Y Alectrión también debe descansar, que el pobre se me duerme en el trabajo de lo mucho que lo hago trabajar incluso de noche.
Ambos suspiraron.
—Está bien, no pasa nada... Ve a prepararte, por favor. No te presentarás ante tu posible futuro marido con un simple quitón, ¿o sí? —rio, alborotando el cabello de su hija. Harmonía rio también ante el chiste de su padre y éste la acompañó a su cuarto.
¡Esto no podía ser! Ella no podía casarse. ¿Y por qué? ¡Pues porque la quería yo! Así que... tramé un plan: aplicarle la de Hades. La secuestraría por la noche, mientras todo el mundo estaba dormido, me la llevaría conmigo sin que nadie se diera cuenta y la tendría hasta que aceptara amarme.
Esa noche, por fin, me disfracé de una corneja gris para meterme en el palacio y sentarme en uno de los soportes de madera del techo, encima de los pretendientes, que comían tranquilos, ignorantes de la presencia del gran Apolo, y esperé a que llegara Harmonía. De momento, solo veía a su padre. En un momento, hicimos contacto visual, pues lo miraba embobado, y me frunció el ceño. Pude ver un destello rojo por sus ojos. Esto es común en semidioses, por cierto. De hecho, sería raro si un semidiós no tuviera un destello de algún color en sus ojos, que normalmente tiene algo que ver con su personalidad. Ya sabes, la psicología del color. Y sí, puede cambiar si tu personalidad sufre un cambio drástico. Pero ¿por qué me frunció el ceño? Tal vez porque supo que yo era un dios... O simplemente soy adorable en mi forma de pájaro. No voy a mentir, él también está bastante hermoso.
Le susurró algo al guardia pelirrojo que estaba a su lado y este salió del salón y el rey tracio dejó de mirarme para comer en paz. Yo bajé la mirada para ver que chismes había entre los guardias.
—Total, Dori, —comentó un moreno a un rubio —, que a mi primo le metieron cinco cuchilladas.
—¿Te refieres a César? Pues, si te soy sincero, se veía venir.
—Sí, un poco... Pero el cabrón sigue vivo.
—¿Es inmortal, acaso?
El moreno se encogió de hombros.
A la verga.
Eventualmente, el guardia regresó con la princesa siguiéndolo. ¡Joder, se veía hermosa! Llevaba un himatión púrpura que combinaba perfectamente con sus ojos azules con destellos del mismo morado y llevaba adornos de oro, los cuales se perdían en el dorado de su cabello, que estaba recogido en un moño con dos trenzas de cada lado de su cabeza unido a este. Y llevaba sandalias doradas también.
Se sentó en la mesa donde se sentaban su padre y todos sus hermanos (los que vivían ahí, porque, por ejemplo, Hipólita y sus hermanas las amazonas que vivían por ahí del Mar Negro, o Eros que se había ido a vivir con su esposa Psique. Menos mal, porque este último, por algún motivo, no me caía muy bien, digamos).
Pero sí habían el resto que mencioné: Fobos y Deimos estaban susurrando una discusión, Anteros hablaba con un primo suyo que había ido de visita llamado Alexiares mientras el hermano de este, Aniceto, los escuchaba; Hímeros miraba a una criada con una sonrisita picarona mientras Adrestia lo miraba mal por eso, no por celos, sinó por desaprobación. Si os lo preguntáis, Harmonía estaba viendo a los pretendientes, creo que se fijó en uno de pelo verde, pero me daba igual, pues iba a ser mía de todos modos.
El rey empezó a dar un discurso que no sé muy bien sobre qué era porque no escuché, pero luego se sentó a comer con sus hijos. Y, hablando de hijos, ¿cómo es que Hera no intentó nada contra él? Después de todo, es hijo bastardo de su marido. ¿Será que lo escondió así como escondió a Dioniso? ¿Y cómo? No creo que su nombre sirva de nada para apaciguar la ira de Hera, pues Ares no tiene mucho que ver con ella. ¿Y por qué ahora tampoco hace nada, si ya se sabe que es hijo de Zeus? ¿Estará planeando algo contra él? No es que recién esté pensando sobre ello, pues estuve pensando en eso desde hace un tiempo.
Tarde o temprano, llegó la hora de dormir y los guardias guiaron a los pretendientes a las habitaciones para invitados. Yo volé a la ventana de la divina Harmonía, aún como pájaro y esperé a que llegara. Joder, mira si no es grande el palacio, porque tardó en llegar. ¿No podrían haberle dado una habitación más cerca? O tal vez era que yo estaba impaciente.
Al fin llegó, cerrando la puerta detrás de ella.
—Que lindo pajarito —sonrió ella, acercándose a mí y yo sonreí. Mi momento había llegado.
Me destransformé y me abalancé sobre ella abrazańdo su cadera para llevármela, pero ella forcejeó. Mira que tenía fuerza, la cabrona, al ser hija de Ares y Afrodita.
—¡Aah! ¡SUÉLTAME, SUÉLTAME! —chilló ella —. ¡AYUDA, AYUDA!
Iba a taparle la boca, pero su padre y unos tres guardias no tardaron en entrar. Joder, la habían acompañado de nuevo y no se habían ido aún.
—¡HIJA! —se preocupó al ver a Harmonía y más se preocupó al verme a mí —. Tú... ¡Dios Apolo!
Sonreí como un tiburón.
—¿Qué? ¿No te cae bien tu futuro yerno? —pregunté, dejando muy en claro mis intenciones con su hija.
Los guardias se pusieron en posición, pero el rey alzó la mano, indicándoles que se detuvieran. Ellos obedecieron y el rey se arrodilló, sabiendo que no tenía nada que hacer contra mí.
—Febo Apolo —dijo —, dios de las artes, te ruego que liberes a mi hija de tus garras. ¡Prometo que daré lo que pidas! Podría construirte cincuenta templos, si quisieras, o sacrificarte doscientos esclavos incluso, pero no me tortures separándome de mi inocente Harmonía! Daría incluso mi propia vida por ella...
—¡Padre, no! ¡No lo hagas! ¡No hagas esto por mí! —pidió ella.
—Calla, niña.
Fruncí el ceño. Este rey... ¿realmente iba a darlo todo por ella? Joder, mira que normalmente les vale verga, pero bueno, de él debí haberlo esperado... ¿Su propia vida, dice? Sonreí.
—Lo que sea, ¿dices? —pregunté. Pude ver lo que un rayo de esperanza pasar por sus ojos.
—Lo que sea... —dio unos pasos de rodillas hacia mí.
—Está bien.
Solté a la chica, que corrió a abrazar a su padre. Ares la abrazó fuertemente y se levantaron.
—¿Qué es lo que quiere? —preguntó.
—Te quiero a ti.
Todos se quedaron congelados.
—¿S-Señor? —preguntó uno de los guardias. Ese con el que había estado hablando en el banquete de bienvenida.
—Padre...
Ares dio un pequeño paso atrás y agarró los hombros de su hija, mirándola a los ojos.
—No tengo otra, Harmonía. Dile a Anteros que se ocupe del trono y a tus hermanos que no se preocupen, ¿sí? Estaré bien —le dio un beso en la frente —. Os quiero.
—¡No! ¡NO!
Se separó de ella y dio un paso al frente, listo para que me lo llevara. Le tomé la mano.
La joven se echó a llorar y quiso atrapar a su padre, pero los guardias, adivinando los deseos del rey, la retuvieron.
—¡Soltadme! ¡Papá, papá! —lloraba, pero a mi me dio igual. Salté de la ventana y subí al Olimpo tan rápido como una flecha, con un nuevo premio en manos. Me pregunto qué hará Afrodita cuando se entere. No creo que haga nada, pues Dioniso le hizo lo mismo a Adonis y ella no dijo ni hizo nada, solo se enfadó cuando mi hermana Artemisa lo mató.
