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Era un buen día en Isla Quesadilla. Los pájaros cantan y no había nadie cerca para joderlo. Roier aspiró el aire calientito, disfrutando del sol directamente en su piel.
Estaba a punto de ir recolectar aguacates de sus arbolitos, cuando miró la sospechosa tierra fresca a los pies de su porche.
—Hijo de puta.
Volvió dentro por una pala y el artefacto necesario para quitar la obvia mina. Ya estaba cansado de estos intentos inútiles de provocación.
Sabe bien quien le colocó el explosivo; es exactamente la misma persona que le ha intentado tirar por un acantilado, le secuestró por dos días a su perro y le dispara flechas cada que tiene oportunidad. Sin olvidar que le busca pelea por pequeñas cosas.
El maldito Spreen.
Cada intento por hacerlo enojar era más ridículo que el anterior, se comportaba como un bully mediocre de escuela primaria.
Cuando terminó de desenterrar la mina, la guardó en uno de sus cofres reforzados y le envió un mensaje.
“Ya dejaste de ser disimulado, pendejo”
Volvió a lo suyo; recolectó sus aguacates, silbando una cancioncilla y disfrutando de su soledad. Usualmente no le gusta estar tanto tiempo solo pero ese día era la excepción.
Roier verdaderamente amaría que nadie le explotara su burbuja de paz. Sin embargo, sabía que sería imposible.
Escuchó los apresurados pasos de Spreen a su espalda. El chico estaba acabando con la inmensa paciencia que Roier le ha permitido.
—¡Por Dios! ¿Qué tengo que hacer para que me aceptes un uno versus uno?
Ahí va de nuevo. La repetida pregunta que le persigue desde hace semanas. Rodó los ojos, ignorando la mirada profunda clavada en todos sus movimientos— Déjame en paz.
—Estoy seguro que vos también querés, Roier. Vamos, acéptame una pelea —Roier no volteo a verlo, pero podía sentir sus exhalaciones en su nuca descubierta.
—Yo no quiero pelear, solo quiero ser feliz con mis taquitos, rascarme los huevos y cuidar de mis cultivos. Ya intentaste de todo, cabrón. ¿No te cansas?
Escuchó un quejido que cambió a un gruñido; sus vellos se pusieron en punta, causando una rara sensación en su interior, parecido a la electricidad. Spreen se acercó a él, cruzando su brazo y casi abrazando a Roier por su espalda en un intento de tomar la canasta de aguacates y ayudarle, pero le causó un nerviosismo que le aceleró el corazón de forma descontrolada, Roier dio un brinco lejos de él.
Spreen se irritó. No le gustaba cuando Roier se alejaba.
Volvieron a la casa, donde de inmediato Roier se puso a cocinar, tratando de alejar ese nerviosismo que el otro le causa. Lo confunde. Revuelve el estómago y le hace apretar sus piernas tratando de contener algo desconocido.
Maldito Spreen, pensó con las mejillas coloradas, puto híbrido de mierda; puto, puto, puto ciego.
¡Ese es otro problema! Roier es consciente que Spreen, en el pasado, jamás atrapó ninguna de sus señales; cada broma, chiste o insinuación la ignoraba o lo mandaba a volar sin pensarlo. Y él entendió, por Dios, él supo que no tenía ni una sola oportunidad, pero era tan real el "entre broma y broma..." que incluso sus tontos tiros al aire estaban expectantes de algún tipo de reciprocidad.
Sin embargo, ahora todo estaba en su contra; Spreen tiene un fuerte capricho con él y sus ganas de pelear. Lo sigue, lo acecha. Se le acerca demasiado.
Lo provoca de una forma errónea.
Estaba tan ensimismado en su sentir, que tardó en notar el silencio que se apoderó de la cocina. Miró a Spreen, captando su mirada fija y calculadora en las paredes de su hogar…
Su bonita casa de madera. Bastante flamable.
—No vas a quemar mi casa, loco esquizofrénico.
—No, no era eso…¿Aldo, tu amigo, sigue de visita en la Isla?
—Eh…si. ¿Por qué?
—¿Vive con Mariana por mientras, no? —sonrió sospechoso, demasiado interesado. Claramente una idea se clavó en su cerebrito de depredador. Roier podía imaginarse qué.
—No te atrevas, cabrón. No metas a terceros en tus pendejadas.
—¿Qué? Yo no dije nada —inclinó su cabeza, fingiendo inocencia— solo los quiero visitar.
Roier apretó los labios. No debía caer en sus jueguitos. Spreen solo quiere hacerlo enojar para que pelearan y así obtener lo que tanto desea. No debe caer. No quiere darle el gusto. Confiando, soltó el aire acumulado en su pecho por su pequeño arrebato de enojo en un suspiro— No te atreverías.
Apagó la estufa y sirvió dos platos de comida. Tomó asiento ignorando de nuevo la mirada pesada del depredador. Así era como se sentía cada momento en que estaban solos: Roier es la presa de Spreen. Por más que trate de ser él quién lleve las riendas de la situación, termina siendo su juguetito.
El negarle el pvp ha sido lo más lejos que ha llegado de no ser a quién manipula a su gusto.
Se disponía a comer, pero la cercanía de Spreen en su lateral le interrumpió el apetito. No lo miró, se concentró en su plato— Ya te serví, se te va a enfriar— se calló porque sintió la mano apresando su hombro.
Luego, tenía a Spreen hablándole al oído— ¿Qué harías si me acercara a la casa de Mariana? No sería difícil, él confía en mí…—susurraba sin prisas— Sabes que no es bueno defendiéndose y Aldo no será un problema.
—Spreen, no.
—¿"No" qué? Vos te niegas a luchar conmigo, tengo que buscar entretenimiento. Vos me hiciste llegar a esta decisión.
Fue suficiente. La mínima sensación de excitación entre la nube de su nerviosismo desapareció. Echó la silla para atrás y lo enfrentó— Júrame que no volverás a insistir después de esto.
Spreen sonrió en grande, mostrando sus colmillos. Levantó su palma y la colocó en su corazón— Nunca más. —saltó de su asiento, tan feliz como nunca lo vió antes.
—Bien. ¿Con o sin armadura?
—No lo sé. ¿Te gusta la protección? No se siente igual, sinceramente.
Roier cerró sus ojos para ignorar sus lascivos pensamientos— Depende de cuanto quieras durar.
Bien, eso no mejoró nada.
—Con; quiero romperte el orto.
Ay, Dios, pensó Roier, líbrame, perdóname y quítame los pensamientos impuros.
Bajó a su sala de cofres a prepararse, apenas pensando que armadura tomaba de su almacén.
¡Se supone que no caería! Pero su cercanía, sus palabras y la amenaza... Lo trató. Maldita sea, lo intentó tanto; se contuvo pero también está cansado de huir, y si para detener todo esa locura, necesita luchar contra Spreen, Roier se dará lo que quiere para su tranquilidad.
Agh. Roier quería darse de golpes contra la pared. Por idiota, por debil. Para quitarse esa terrible electricidad que siente cuando lo ve; cuando lo toca, cuando lo tiene cerca.
Subió de vuelta a la cocina— Vamos a luchar, pendejo. Vente —lo tomó del peto y lo arrastró hasta el segundo piso, donde apenas era una habitación vacía, perfecta para la ocasión.
Spreen estaba extasiado. Se notaba en sus ojos atentos y calculadores; descubiertos al no llevar sus gafas oscuras que dejó olvidadas en el comedor del primer piso. Tenía meses tras Roier; quería un enfrentamiento con el mejor de la isla. Y está seguro que aquella pelea será memorable, algo que definitivamente querrá repetir aunque prometió no volver a insistir.
Está completamente seguro que Roier estará igual de ansioso por un nuevo encuentro como él. Debe estarlo. Spreen no está dispuesto a probar lo que más desea y dejarlo ir así como así.
A pesar que Roier es más bajo que él, indudablemente le ganaba en flexibilidad y probablemente en rapidez. Su cuerpo ligero podía escurrirse cuando menos se lo esperaba.
No quería perder más tiempo. Quiere aprovechar cada segundo.
Lo observó. Roier tenía expresión seria y demasiado pensativa para su gusto. Su cabeza estaba en otro sitio. Spreen necesitaba que se concentrará en él, quería toda su atención.
Es por eso que lanzó el primer ataque. Levantó su espada y la picó directo a su costado izquierdo, Roier atajó, cortando el movimiento y chasqueando sus espadas. Dio una vuelta, levantó su pierna y lanzó una patada directa a su pecho para echarlo hacia atrás— Dime si te duele.
Spreen no lucía afectado por el golpe. Alzó la espada y le dio vueltas en su cuerpo, presumiendo su habilidad— Dime si quieres que pare, boludito.
Roier respiró profundo. No quería combinar su emoción, excitación y adrenalina. Él quería estar enojado hasta la muerte para acabar con él pero si continuaba prestando tanta atención en los ataques de Spreen por la forma en que sus músculos se flexionan, sabe que se pondrá tembloroso y duro en tiempo récord. Evitó mirarlo durante mucho tiempo. No quería prestar atención a sus fuertes brazos, sus piernas rápidas o sus manos lo suficientemente grandes para-
—Te voy a matar si sigues estando tan distraído —gruño Spreen— Préstame atención, Roier.
El extraño reclamo le devolvió a la pelea; en respuesta Roier lanzó un espadazo a su izquierda, obligándolo a moverse por la habitación. Dieron vueltas, rajaron algunas paredes y Spreen casi tira escaleras abajo a Roier, pero lo sujeta del peto antes de que perdiera el equilibrio.
—Demasiado torpe.
Lo lanzó al suelo, caminando en la dirección contraria mientras se regocijaba— Esperaba más…
Encendió la mecha de una bomba. Roier endureció la mandíbula y se levantó, más concentrado en la pelea— Tú fuiste el que no paraba de rogar. —lanzó un tajo a sus pies, causando que brincara, aprovechó la distracción para echarse al frente e intentar desequilibrar al otro pero Roier es pequeño a comparación de Spreen, por lo que apenas y logró moverlo. Quedaron en una posición similar a un abrazo, perfecta para que el híbrido levantará el mango de su espada y de un golpe derribará a Roier.
Un dolor agudo se extendió de su nuca hasta sus hombros. Gritó entre dientes, dejando caer la espada para apretar los puños. Spreen se agachó para jalar su cabello y hablarle pegado al rostro.
—¿Eso es todo lo que tenés, capo? Que decepción.
Ambos estaban con el pelo pegado en sus frentes por el sudor, sus pechos subían y bajan por la aceleración. Roier detestó con todas sus fuerzas tenerlo tan cerca; odia sus mejillas rojas y sus pupilas dilatadas. Sus colmillos lucían peligrosos pero la sonrisa era burlona.
Que humillación.
Aún así, no tendría otra oportunidad para apreciarlo tan claramente; Roier miró sus bonitos ojos siendo consumidos por su pupila negra. Bajó, notando su piel roja, sus rápidas respiraciones y la fuerza de su agarre. Bajó más para apreciar la cola negra que se movía de lado a lado, emocionada.
Spreen estaba temblando ligeramente; cómo quién consume su próxima adicción por primera vez. Absorto en Roier.
Ambos se analizaron. Parecía que una tela invisible que les impedía ver al otro había desaparecido. Fue bueno saber que no era él único demasiado atontado por la presencia del contrario.
Era el momento perfecto para un beso, si alguno se inclinará…sería tan fácil probar los labios ajenos.
Pero Spreen llamó boludito a Roier y eso le hizo sentir como un pendejo.
Roier aprovechó la guardia baja y comenzó a lanzar puñetazos provocando que Spreen buscará cubrir su rostro. Ambos olvidaron las espadas e iniciaron una pelea a golpes secos y directos a hacer sangrar al otro.
Mientras Roier recibía todo en su cara, lastimando su mandíbula y pómulos, Spreen se quedaba sin aire por los certeros puñetazos en el mismo sitio.
Una y otra vez, Roier gritó con fuerza mientras lo lastimaba en su torso. Quería acabar con la pelea. Lleno de un coraje, se mantuvo golpeando el mismo punto.
Spreen intentó alejarse, pero Roier tomó impulso y lo derribó para caer sobre él— Estoy harto —a pesar de los movimientos bruscos de Spreen, Roier logró tomar sus manos sobre su cabeza para inmovilizarlo.
Era una completa ventaja que estuviera sin aliento. En otro momento nunca podría contra la fuerza del híbrido. Llevo uno de sus antebrazos a su cuello para cortar el aire. Presionó su rodilla contra las costillas de nuevo en el mismo sitio que antes magulló a golpes para hacerlo gritar.
—Roier, ba-basta.
—No.
Spreen se quejaba sin aire, moviéndose cada vez con menos fuerza bajo el cuerpo del otro— Ya, Roier…Roier.
Sintió la necesidad de seguir lastimando para que sus ganas de enfrentarlo no volvieran jamás.
—R-Ro —se quebró en un gemido de dolor— Por favor.
Algo hizo click en su cerebro.
Era Spreen, su mayor debilidad.
Dejó de presionar. En cambio, se sentó sobre su cintura con las piernas a los costados, subiendo y bajando con las desesperadas bocanadas de aire que intentaba dar— ¿Sigues pensando que soy un boludo? ¿Una decepción?
Spreen tenía los ojos cerrados,recuperando el aliento lentamente. No contestó.
—Eh, conchudo…—Roier apoyó sus manos sobre el pecho del contrario, sintiendo sus profundas respiraciones y su demasiado acelerado corazón. Se preocupó un poco, por lo que llevó su mano hasta su cuello para tomar las pulsaciones.
— ¿Qué porongas haces? —se quejó sin fuerzas.
—Revisando que no te vaya a dar un infarto, luces mal…—suspiró y murmuró con culpa— perdón.
Spreen gruñó— N-no podés hacerme esto.
—¿De qué hablas?—
—Me acabas de vencer y te preocupas por mí, ¿por qué carajos no me estás humillando?
Roier no lo entendía— ¿Quieres que te humille? Spreen, querías una pelea y te la dí…no voy a cumplir tus fetiches raros.
Rio intentando liberar un poco el ambiente. Spreen se quejó de su tonto intento.
—Que rompebolas —las dos manos que antes tenía presas, ahora le apretaban la cintura, inmovilizando a Roier en su lugar, justo sobre su cintura— Debes aprender a destruir a tu contrincante, a no dejarte llevar por las súplicas, a cogerlo hasta que no pueda más.
Bien. Roier es un enfermo pero está seguro que después de tantos comentarios de doble sentido, ya no era una coincidencia.
Sintió el cambio de ambiente, Spreen lo presionaba sobre el peto, ansioso por tocar más.
Roier lo miró, hizo un intento para levantarse pero sus piernas fallaron y volvió a caer sobre Spreen.
El silencio fue corto, interrumpido por Roier que quería probar algo— Enséñame, pues. Según tú eres todo un experto.
Spreen abrió sus ojos y miró el techo— Experto…mmh puedo mostrarte algunas cosas.
¿De verdad estaba considerándolo? No había duda que existían otras intenciones.
Los dedos de Spreen se abrieron paso en su armadura y ropa. Era suave y tentador. Fue precavido en cada centímetro de piel que tocaba.
Roier tembló, pero necesitaba algo más— Mírame —pidió. Spreen levantó la mirada, embriagado de la vista, sus ojos no cambiaron, la pupila seguía intacta. Tan consumida en la negrura de la pasión contenida.
Rasguñó un poco la piel, disfrutando de los pequeños saltos de sorpresa que Roier daba. Spreen comenzó a subir, haciendo un camino hasta su espalda— ¿Estás seguro? — preguntó.
Era una puerta. Debía decidir si la abría o rechazaba la oferta y se largaba de ahí.
Ellos son amigos. Spreen nunca aceptaba sus piropos y últimamente Roier no lo soportaba por todo lo que le hacía sentir.
Con un poco de duda, pero siguiendo su intención, Roier se deslizó un poco hacia abajo, llegando al borde de su cadera, se recostó pegando su vientre bajo contra su estómago. La fricción era imposible, pero la sugestión palpable— ¿No puedes, mi amor?
Spreen volvió a gruñir, tomando el suficiente impulso para lanzarlo hacia el costado e intercambiar las posiciones.
Sus entrepiernas chocaron, pero las sensaciones eran casi mínimas por las armaduras.
—Primero te voy a quitar todo.
Era un aviso, una exigencia; pero Roier asintió firmemente como si fuera una pregunta.
Se deshizo de la protección y la ropa. Recorría su piel con delicadeza pero apretando en lugares que le hacían agua la boca.
—Te quiero devorar.
Spreen es demasiado vocal. Roier se ahogaba en suspiros y gestos. Demasiado absorto en sensaciones que no podía negarse a dejarse ser.
—Te voy a partir en dos—dijo inclinado sobre su cuello, oliendo el sudor, el olor de Roier; su excitación en el aire, la adrenalina y algo frutal.
Solo para él. Enloquecía al pensar en Roier siendo exclusivamente suyo.
Pero algo cambió. Un atisbo de miedo se asomó en su rostro, perdió el color y un olor preocupante se coló entre el calor y excitación.
Por supuesto que lo notó, se preocupó— Respira, boludo. Aún no empezamos y ya te vas a desmayar.
Creyó que tal vez lo estaba abrumando y Roier se sentía encerrado debajo suyo.
Le dió un respiro al separarse para desnudarse. De paso, podría dar un pequeño show para embobar al otro.
Al terminar de sacarse la camisa, lo miró para asegurarse que estaba mejor, pero Roier miraba con pena a cualquier lado menos a él.
No le gustaba aquello. Era un cambio repentino en su actitud; hace apenas unos minutos le veía como un bocadillo listo para almorzar y ahora huye.
—¿Qué pasa? —seguía sin verlo— Roier…
—Y-yo…nunca he sido el de abajo.
Roier pensó que ahí acabaría todo, pero sintió un toque suave en sus piernas.
Spreen subió la caricia hasta su cadera, tomándose el tiempo de llegar hasta su entrepierna, movió la mano de arriba abajo.
Fue la primera vez que gimió en alto. Causando un reflejo de cubrirse la boca.
Spreen rió, encantado de ser quien le provocó ese grito. Se inclinó sobre él, le besó castamente el dorso de su mano— ¿Querés romperme el culo, Ro?
Su tono no era suave comparado con las caricias regaladas en toda su piel; era sucio y sexual.
Asintió y quitó la mano para recibir los labios rojos tan deseables que no paraban de hablar.
—Bien. Sé bueno y te daré lo que quieres.
—Si. Si. Si.
Buscó sus labios pero la boca de Spreen ya estaba ocupada en dejar un camino de besos hacia su entrepierna.
—Mío. —dijo mordiendo la piel de su muslo, apenas una marca roja donde se notaban sus colmillo.
Quería a Roier en rojo. Sonrojado, labios hinchados, lloroso o sangrando.
Su piel marcada por Spreen era un arte por contemplar. Su piel estaba demasiado vacía sin sus labios.
Siguió bajando hasta el semi erecto pene— No quiero que te calles ni el más mínimo jadeo. Son míos. Todos —besó su cadera— y cada —besó una vez más su muslo— uno.
Roier asintió. Echando la cabeza hacia atrás cuando el primer lengüetazo llegó. Controló sus impulsos de cerrar las piernas. Estaba inquieto y no podía controlar los espasmos.
Quería tocar algo de él. Por lo que tomó su cabello y acarició sus orejas— Por favor —besaba y lamía pero no le daba lo que quería— ¡Spreen!
Fue una estocada profunda hasta su garganta. Roier lloriqueó ahora inmovilizado por las grandes manos de su pareja.
Los movimientos comenzaron suaves, arriba y abajo, Spreen succionaba y ahuecaba las mejillas mientras su mano viajaba entre la cadera y la parte de la erección que no estaba dentro.
—¡Uh! —gimió cuando sintió un nuevo rasguño en su piel. El ardor era soportable y lo excitaba más. Las manos de Roier buscaban algo qué agarrar. No quería lastimar sus sensibles orejas, por lo que apretó sus hombros, encajando las uñas. Spreen gruñó, enviando una deliciosa vibración por su cuerpo. Volvió a apretar sus hombros, ahora más cerca de su cuello, recibiendo un nuevo gruñido.
—¿Te gusta? —preguntó sin aliento. Succionó con más fuerza, raspando su lengua por la vena más resaltante en respuesta.
En un claro "por supuesto, sigue haciéndolo" Roier presionó su nuca y los costados de su garganta con los pulgares.
Spreen gimió y Roier supo que quería escucharlo siempre. Cerró los ojos, sintiendo el fin más cerca. Se acercaba al borde; el cosquilleo en su vientre y la extraña necesidad de quitarlo aumentó.
Como si le leyera la mente, Spreen se retiró— Aún no, capo.
No entendía porque paraba, pero su boca fue reclamada en un beso; la lengua exigente de su acompañante le obligaba a ceder.
Roier solo cedía, dejando que Spreen tomara todo lo que quisiera de él. Se lo daría todo.
—Abre.
Dos dedos y muchos jadeos pasivos. Succionó los falanges, mirando con ojos de cordero al depredador que esperaba la suficiente lubricación.
Estaba disfrutando de la nueva sensación de ser dominado; nunca creyó tomar esa posición, pero ver la firmeza, decisión y confianza del otro al moverse, solo lo hacía babear y gemir por más.
Chorreó de saliva, acelerando las lamidas y sosteniendo la muñeca ajena para llegar más profundo. Spreen presionó los dedos contra su lengua, deteniendo sus lascivos movimientos.
—Para o te cojo ahora mismo.
No lo decía en serio, pero Roier por un segundo contempló la posibilidad. Confiaba en él. Sabía que no lo obligaría a nada, pero verdaderamente lo provocó tanto que se dejaría follar.
Profundo y lento. Spreen dejaría sus dedos marcados en Roier. Dolería como el infierno pero sería bueno.
Roier quiere ser todo para Spreen.
Notando su nueva disposición, Spreen jaló su mano y le reclamó otro beso— Eso será después.
Spreen se colocó de cuatro sobre él, tomando impulso con sus rodillas y una mano. Comenzó; no pidió ayuda, no suplicó por más. Él solo lo haría.
Roier lo contempló, encerrado por su cuerpo contra el suelo; el bonito rostro de Spreen se deformaba en gestos sensuales. Se preparaba sin ayuda, dándole un verdadero espectáculo de todas sus facciones de placer. Habló con la voz quebrada. Lloriqueo por hacer algo— Déjame…Spreen-
Negó, añadiendo otro dedo a su interior, quejándose y moviendo su trasero hacia atrás para más— M-me estoy alistando para ti. Solo para ti, Roier…
Sus callados jadeos aumentaron; el castaño sintió las manos picar y su boca moría por ocuparse.
Necesitaba-
Quería-
Él iba a-
No podía pensar claro. Todo era SpreenSpreen y Porfavor.
Lo veía con ojos suplicantes. Más que tocarlo, quería su aprobación. Necesitaba que Spreen lo dejara marcarlo.
Aceptar llevar sus besos violentos y-
—Podés hacerlo —le dio permiso, incluso cambió un poco de posición para darle acceso a su cuello.
Roier no dudo en comenzar a besar la piel. Probó el sudor, encajó los dientes y rasguñaba su espalda. Quería dejar marcas. Algo similar a sus muslos.
—Eres hermoso —dijo abrumado. El híbrido amó sus susurros ahogados.
Sus caderas se elevaban, buscando una fricción contra el estómago de Spreen, y conseguía muy poco comparado a todo lo que quería sentir.
Estaba ansioso y dolía. Roier quería correrse ya.
Besó su rostro— Amor —volvió a suplicar— por favor.
El apodo hizo eco en la cabeza de Spreen, quien paró y cambiaron de posición.
—Te daré lo que quieres —dijo mientras lo ayudaba a sentarse con la espalda recargada en la pared.
Acarició los muslos de Roier, contemplando su caliente cuerpo sudado.
Temblaba con necesidad, pero lo esperaba con una paciencia que pronto se acabaría.
—Muérdeme —pidió— hazlo de nuevo —dijo mientras apretaba la marca en el interior de su muslo.
Spreen se lo concedió. Se agachó para lamer la piel de su cadera; su instinto le pedía preparar antes de encajar los dientes.
Su traviesa mano izquierda masturbaba su erección, manteniendo ocupado al castaño, deshaciéndose en gemidos y pidiendo por más.
—¡Ah! ¡Spreen! —gritó cuando sintió la presión de la mordida.
—Tan bueno para mí —murmuró tras recompensarlo con besitos alrededor de los dientes marcados— Mío. Mi Roier.
Sin querer esperar más, Spreen se enderezó y volvió a tomar espacio en el regazo de Roier, se impulsó un poco, aceptando la ayuda para guiar la erección a su interior.
—Mírame —exigió el híbrido. Por supuesto que hizo caso de inmediato, mordiendo sus labios cuando era insoportable la lentitud y necesidad de empujar sus caderas.
Quería ir profundo; sentir ese calor sofocante y única sensación mientras chocaba contra el cuerpo de Spreen. Sin embargo, iban lento. A pesar de estar estirado, dilatado y listo para Roier, Spreen se tomó su tiempo para llenar de más besos y mordidas en sus hombros mientras bajaba y subía a su ritmo.
Debía asegurarse que Roier le perteneciera.
Era completamente suyo, y lo tiene a su merced. Lo sabía cuando el chico lo veía con estrellas en los ojos; cuando a pesar de ser el hombre más fastidioso y grosero de la isla, Roier aún ríe de sus chistes, lo recibe en su casa y le regala esas hermosas sonrisas.
Siempre le ha pertenecido. Incluso antes que Roier quisiera ser suyo.
—Me vuelves loco.
Estaban delirando. En un momento dado, Spreen permitió que Roier levantara sus caderas, recibiendo estocadas más profundas, más rápidas.
Un grito ahogado en la boca del otro. Se besaron sintiendo la liberación que tanto buscaban.
No era suficiente. Spreen consiguió lo que buscaba; un enfrentamiento de dos encuentros muy diferentes.
Roier quería másmásmás.
Incluso corriéndose dentro de él; sintiendo el semen caliente del otro en su estómago; y recibiendo más besos en su rostro para mantenerlo cuerdo, Roier supo que no quería detenerse. No podía dejarlo escapar.
Lo tomó fuertemente de la cadera, clavándose en su interior, causando que se erizara por la sensación y chillara de sorpresa.
Estaba sensible, pero entendió el gesto; las manos posesivas del castaño no parecían querer abandonar su cintura, abrazándolo para mantenerlo en su lugar.
Sonrió— Tranquilo, flaco. No me iré.
Roier inclinó la cabeza, exigiendo más besos; Spreen se los permitió, feliz de tener por fin lo que siempre quiso y seguro que jamás lo dejará ir.
