Chapter Text
—Limpia la cocina, ¿entendido? Así como te enseñé, volveré en unos minutos mientras tiendo la ropa. No molestes a Dudley ni a sus amigos; si te piden algo, ¿qué haces?
Ella le extendió un pequeño trapo sucio y viejo, casi como la ropa que llevaba puesta el pequeño Harry.
—Se los doy, tía Petunia. —Harry agarró el trapo entre sus manos con algo de fuerza, exprimiéndolo un poco en el proceso; su tía no lo miraba para nada feliz y Harry apenas entendía por qué.
—No me vuelvas a llamar tía, solo eres una molestia en esta casa.
Harry asintió y despidió al ver a su tía marcharse. Harry, en esos 5 años de vida, todo lo que debía saber en esa casa era no ser una molestia para sus tíos y su primo más de lo que ya era por estar en esa casa.
Harry abrió algunos armarios de la cocina, encontrando los productos de limpieza; los sacó e identificó cada uno por colores para saber cuál debía usar. Lo principal en su tarea al ayudar en la casa era seguir las reglas de cómo su tía le enseñó a limpiar y a cocinar. Lo principal en la limpieza era saber cuáles productos usar y siempre usar guantes: "No dejes que Dudley los toque". Con solo esa advertencia, entendido que él tampoco debía tocarlos o pasaría algo malo, aunque algunos olían dulce y rico. Cuando sus tíos le negaban comida, a veces tenía tanta hambre que se había pensado mucho el beber el líquido de alguna de esas botellas, pero no debía; tenía miedo a las consecuencias de qué le harían sus tíos si se enteraban.
Harry abrió una de las botellas blancas, acercó su nariz y la olió, retrocedió un paso y hizo una mueca asqueada: "Cloro". Tiró un poco de cloro sobre la encimera de la cocina y, con ayuda de unas sillas, comenzó a limpiar.
Gritos y risas resonaban por la casa; los amigos de Dudley estaban jugando en casa de los Dursley. Todo iba bastante tranquilo ese día: Vernon se encontraba cambiando el aceite a su amado carro; Dudley y sus amigos pensaron que era un asombroso día para molestar al raro fenómeno que tenían viviendo en la casa los Dursley.
—Por aquí.
Se escuchaban murmullos y risillas de entre los pasillos de la casa, muy callado en comparación a las risas de antes. Harry, por otro lado, no ponía atención a mucho de su alrededor; estaba haciendo planes para robar un pan de la alacena para poder desayunar, aunque ya era bastante tarde. Sin previo aviso, un fuerte empujón lo desequilibró de su silla y cayó al suelo golpeando su trasero.
—¡JAJAJAJA! ¡Les dije que ni se enteraría! —los niños comenzaron a reír de nuevo mientras salían corriendo de la escena.
—¡Deja de molestar, Duddy! —gritó Harry muy enojado, intentando levantarse del suelo, sobando su trasero y su espalda; aunque se quejara con su tía, ella jamás haría nada. Siempre tenía que soportar a ese enorme niño glotón, feo y gordo.
Harry volvió a subir a su silla para limpiar la cocina. Estaba muy concentrado en quitar algunas manchas de grasa de la cocina que no salían; sabía que su tía le negaría la cena si no las podía quitar, así que decidió usar una de las botellas que su tía le dijo que servían para quitar grasa. Se bajó de su silla y se sentó en el piso, apartó dos botellas blancas con letras y símbolos rojos: "No uses mucho, unas gotas quitan toda la grasa pegada". Harry ya había visto a su tía usar una de esas botellas, pero él no sabía diferenciar cuál de las dos quitaba la grasa. Abrió ambas y, por los símbolos, entendió que la que tenía un triángulo rojo debía ser más fuerte que la otra que no tenía.
Por la casa se volvieron a escuchar balbuceos y risillas. Harry ya sabía que lo volverían a molestar, pero ya no estaba en la silla; lo mucho que podían hacer era golpearlo o escupirle, pero podía esconderse entre la silla de la cocina. Se volvió todo silencioso y Harry quedó viendo el pasillo de la casa, esperando una señal para esconderse bajo la silla. Al escuchar unos pasos detrás suyo, tembló.
—¡Agárrenlo!
Harry intentó forcejear; no había prevenido una emboscada por atrás. Sus nervios comenzaron a inundarlo. Por más que gritara, ¿su tía vendría a ayudar? No, ha estado solo desde siempre, pero ¿eso lo detendría en gritar por ayuda y miedo? Tal vez sí vendría esta vez.
—¡Duddy, para!
Dudley corrió desde el pasillo hasta Harry, agarró una de las botellas que Harry tenía en el suelo y se la tiró en la cara.
Silencio, todo pasó tan lento; los amigos de Dudley ya no estaban riéndose, Dudley estaba horrorizado. Un horrible ardor invadió todo su sistema nervioso, al igual que su mente; dolía, ardía tanto a morir. Quería correr y huir, pero todo a lo que pudo recurrir fue a gritar, gritar por el dolor, por el miedo y por la incertidumbre.
Tenía miedo, tanto miedo que vomitó lo poco que había comido en días. Dudley se le tiró encima; su gigantesco peso aplastó los huesos y el cuerpo del pequeño Harry. Dudley tapó la boca de Harry con sus manos y presionó con fuerza para que no girara más.
Tenía miedo, no sabía qué pasaba, de repente todo estaba rojo y ahora, ¿nada? No entendía qué ocurría; el peso sobre él le impedía poder huir, ya no podía gritar y solo sentía dolor, un dolor incesante, tan pero tan corrosivo. Tanto miedo lo invadió que pudo sentir cómo sus piernas se mojaban de un líquido caliente. Debía sentirse avergonzado por eso, pero ahora mismo lo único que le importaba era que alguien lo viniera a salvar.
Petunia llegó a la cocina por no solo los gritos ahogados de Harry, si no de todos los niños en esa casa; algo debía estar ocurriendo y al ver las botellas en el suelo pudo entender o tener una vaga y muy visceral idea de lo ocurrido. No podía dejar que el monstruo que dejó su hermana muriera ese día; agarró a Harry y metió su cara en el fregadero, dejó caer el agua en su cara y en especial en sus ojos.
—¡Llama a tu padre ahora mismo! —¡Que arranque el auto! —gritó con firmeza, de una manera que jamás lo había hecho con su hijo.
—Pero... Mamá... y-yo no...
—¡Que lo hagas!
El niño asustado obedeció y corrió junto a sus amigos a la cochera a llamar a su padre. ¿Cómo un momento tan pacífico de un día tranquilo terminó en este evento? Ahora solo tenía que buscar ayuda médica lo más pronto posible.
Era un día monótono y tranquilo en el hospital, sin tantos casos de emergencias que atender, bastante callado. Algunas enfermeras y doctores regresaban de comer debido a la ajetreada vida de un médico de un hospital público; no siempre tenían lo necesario para tratar a los pacientes debido a los costos o al poco interés del gobierno en subsidiar a los servicios públicos.
Todo ese día se fue al carajo. Pisadas y respiraciones aceleradas comenzaron a interferir y romper con la calma del momento. Una enfermera corría por los pasillos con unos papeles muy desesperada, tanto que, con unos golpes frenéticos en la puerta del doctor cabecilla de turno, logró llamar su atención mientras aún revisaba una gran pila de papeles y expedientes.
—Lo necesitamos ahora. —Entre jaleos, la mujer comenzó a caminar confiada en que el doctor la seguiría.
El hombre, con solo notar su tono de voz y su desesperación, entendió que algo muy malo había pasado. ¿Un médico de emergencias no puede tener un día normal? Solo suspiró y comenzó a seguir a la mujer con su mismo trate tan acelerado. En solo unas oraciones, la mujer pudo darle a entender la gravedad del asunto y cómo tenían que tratarlo de inmediato. El hombre solo mostró un rostro impoluto, apretando sus nudillos con solo pensar cómo un niño podría haber pasado por tales quemaduras químicas.
La puerta de la consulta se abrió con un chirrido metálico y viejo; un hombre de mediana edad con una bata blanca entró, su rostro grave y serio, preparado para la noticia que tenía que dar. Miró a la pareja frente a él que lo esperaba agitada, pero más que preocupados se miraban ¿enojados? El único que de verdad se miraba sumamente afectado era el otro niño que se encontraba entre la pareja, tal vez de la misma edad del que había entrado a la sala de emergencias antes, pero este tenía demasiado sobrepeso, en comparación con el otro niño que tenía un nivel de desnutrición severo.
—Señora Dursley, señor Dursley. —El doctor apretó el bolígrafo entre sus manos, oculta una molestia que no dejaría que se refleje en su cara profesional.— Me temo que tengo malas noticias sobre la condición del paciente Harry Potter.
Petunia se inclinó hacia adelante, sosteniendo firmemente la mano de su hijo que se encontraba llorando a mares. —Como... ¿Cómo se encuentra él?
El médico suspiró hondo. —Harry ha sufrido una exposición severa a hidróxido de sodio, más conocido como sosa cáustica. Este químico es extremadamente corrosivo y ha causado un daño grave e irreversible en sus ojos.
Vernon frunció el ceño. —¿Qué quiere decir con "irreversible"? Solo es un rasguño, ¿no? ¿Cuánto tiempo le llevará recuperarse?
El doctor, apretando con más fuerza el bolígrafo entre sus manos debido a la nula o poca importancia que le daba a la situación severa del niño, lo hizo salirse un poco de sus casillas.
—Mire, señor Vernon Dursley, el daño no es superficial. La sosa cáustica destruye los tejidos de manera profunda. Harry presenta quemaduras químicas severas en ambas córneas, así como daño en las conjuntivas. Hicimos todo lo posible para detener el avance del deterioro, pero la necrosis del tejido ocular… —Hizo una pausa, aclarando su garganta ya tocada por la edad. — Su visión no podrá recuperarse. Harry ha quedado completamente ciego.
Un silencio invadió la sala, ya no un silencio pacífico y relajante, un silencio sepulcral. Petunia sintió que la habitación daba vueltas. Su corazón latía con fuerza, y su estómago se encogió de horror.
—¿Ciego? —balbuceó, su voz temblando tanto como sus manos. Su hijo no dejaba de llorar y temblaba al igual que su madre. — ¿Para siempre?
¿Cómo podía estar pasando esto? Su mente no la dejaba de atormentar: el hijo de su hermana ahora estaba ciego para siempre, ¿por culpa suya? Odiaba a ese niño, pero... ¿Tanto para dejarlo ciego?
El doctor asintió solemnemente. —No habrá mejoría. El daño es permanente. Intentaremos rehabilitarlo con recursos para niños ciegos y intentaremos proporcionarle la ayuda necesaria, pero su vida cambiará para siempre y necesitará educación especial.
Dudley soltó violentamente la mano de su madre y corrió hacia el doctor, intentando agarrarlo de la bata. —¡N-No fue m-mi culpa! —Solo... solo estaba jugando. ¡No sabía que le haría eso! —sollozó, escondiendo la cara en los brazos de su madre.
Petunia abrazó a su hijo, incapaz de mirar al doctor. Su mente estaba atrapada entre la culpa y la ira; no dejaba de repetirle el dolor que eso le hubiera afectado a su hermana si hubiera seguido viva para esos momentos, pero el niño era diferente, el niño debía de ser un fenómeno al igual que su hermana; él podía hacer lo que iba en contra de la naturaleza y la religión y podría salir bien de ese incidente... pero, ¿y si no ocurría?
También quiero ser claro: este tipo de lesiones no son accidentes comunes. Los servicios sociales están al tanto del caso y harán una investigación. Me temo que esto no puede ignorarse. —El hombre se tomó un tiempo antes de proseguir. ¿Cómo podía incriminar a una pareja de tal negligencia? Pues así. —Ni yo ni las enfermeras ignoramos el estado tan grave de desnutrición en el que se encuentra el pequeño Harry; está tan grave que eso ha retrasado su crecimiento y retrasará su recuperación. El nivel de negligencia que presenta es preocupante y tanto mi testimonio como el de las enfermeras que me ayudaron a atender al niño hoy servirán de testigos. ¿Acaso no comer en días? ¿O me van a decir que esos golpes y moretones en su cuerpo se los hace solo? O "son solo juegos de niños".
La mención de las autoridades hizo que Vernon apretara los puños, su mandíbula temblando de furia contenida; si no estuviera en un hospital público, a la vista y opinión de todos, le partiría la cara a ese viejo ahí mismo. —¡Fue un accidente! ¡Dudley es solo un niño! ¡¿Me está acusando falsamente de abusar de él... del niño que está a mi cargo?! ¡¿Que no le doy comida, dice?! ¡Yo le doy más de lo que merece ese pequeño monstruo!
El doctor lo miró con la misma gravedad. —Un niño que tuvo acceso a una sustancia altamente peligrosa y cuyo estado de abandono es sumamente preocupante, señor Dursley. ¡Lo siento mucho, pero las normas son muy claras! Y si se encontraran más evidentes de mis "incriminaciones falsas", le aseguro que usted podría pasar años en la cárcel.
A punto de que Vernon explotara, se abrió la puerta del consultorio, entró una enfermera y le susurró algo al doctor, algo tan asombroso o importante que hizo abrir completamente sus ojos. Ambos salieron de la sala dejando a unos muy alterados Dursley en esa habitación.
Entraron al la ala en la que tenían ingresado y monitoreado a Harry. Todos en la habitación estaban sorprendidos y llenos de gozo, como si por arte de magia se tratara. El niño se estaba recuperando, lento pero estable; algunas quemaduras parecían que se habían recuperado mínimamente en un 20%… Pero el doctor sabía que, aunque los milagros fueran tan increíbles como el que estaba presenciando, los ojos de aquel niño jamás volverían a ver.
Harry ahora estaba solo, pero no tenía miedo. No sabía dónde estaba o si tenía abiertos los ojos, pero donde estaba tenía un olor a medicinas. Su cuerpo sentía algo suave, escuchaba la brisa y hojas moverse muy cerca de él. Su cuerpo ya no dolía tanto y sus ojos ya no eran una agonía; se sentía tan calmado, pero al mismo tiempo tan... solo. Se sentía más que perdido y desorientado; quería moverse, pero el peso del cansancio no lo dejaba. A su mente llegaron fragmentos de recuerdos de ese día y, como si de una película de terror se tratara, también llegaron recuperando a tu tío y sus golpes, recuerdos de su tía y sus palabras dolorosas, recuerdo de su primo y sus "juegos" tan violentos y bruscos que lo hacían llorar. Se preguntaba si de verdad su primo quería jugar con él o solo torturarlo. Algo le decía que no estaba en esa casa, pero al mismo tiempo tampoco sabía dónde estaba... Perdido y solo, ¿qué podía hacer? Tal vez imaginar un escenario mejor.
