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Las Fiestas eran la excusa perfecta para la familia Targaryen de alardear de sus lujos. Tras la tranquila Nochebuena, todos se preparaban para su elegante cena navideña.
—Jace, ¿Puedes pasarme los vinos que ha traído tu tía Laena? —la voz de Rhaenyra resonó, el largo vestido purpura se ceñía a su figura, no parecía que había dado a luz hace menos de medio año a la pequeña que estaba riéndose en los brazos de su padre.
El mencionado asintió, yendo por ambas botellas a la sala y dejándolas en el comedor. Ser el mayor lo responsabilizaba de hacerse cargo de la organización, y esa familiar aunque estresante noche solo iba a apaciguarse cuando su novio llegara.
En medio de una incómoda conversación sobre los terrenos familiares, el timbre de la casa hizo eco por toda la habitación, haciéndolo chillar mientras se levantaba del sofá.
— ¡Voy! —prácticamente gritó, avisándole antes de darse un último vistazo en el espejo.
Pantalón y chaleco negros, camisa vinotinto y zapatos de vestir. Los rizos castaños estaban perfectamente peinados, cayendo sobre sus hombros. En su cuello, el dije de un delicado pero feroz dragón dorado reposaba junto al maximalista lobo gris con relieves caobas. Había dejado que Rhaena le aplicara rubor y delineador, y por sugerencia de su tía un poco de tinta de labios. Se ajustó el traje, sonriendo antes de abrir la puerta.
— ¡Cre... Oh! —el rostro de Jace se desencajó por completo. Su bonito novio de campantes y anchos hombros estaba usando una pijama.
Una. Jodida. Pijama.
— ¿Es navidad o una boda? —Cregan bromeó, agitando una bolsa de regalo.
Jacaerys lo miró de arriba a abajo, cerrando la puerta tras de sí. Pijamas. Un 25 de diciembre. Era un sacrilegio.
— ¿Qué demonios estás usando? —la voz le salió casi estrangulada.
—Ropa de navidad —Cregan contestó con obviedad, cruzándose de brazos— ¿Qué demonios estás usando tú? ¿Quién se va a casar? —alzó las cejas. No se quejaba al ver a su novio vestido tan exótico, adoraba la forma en la que ese traje abrazaba su cuerpo. Y los bonitos labios que tenían un tono distinto... Más brillante.
— ¡Nadie se casa! Es... Ropa de fiesta —el castaño agarró el puente de su nariz—. Dios, Cregan, toda mi familia está aquí.
— ¿Y todos están vestidos como si fueran a una pasarela junto a Angelina Jolie? —Tom se burló, y como señal divina la puerta principal se abrió, mostrando a una morena.
—Erys, mi tía dice que... Oh —su cabello plateado estaba perfectamente trenzado en forma de corona, el vestido que usaba era de un tono escarlata con detalles dorados, escote en forma de corazón y un collar con un dije de dragón idéntico al de su primo, estando maquillada de forma espectacular.
—Bien, dile a mamá que estoy yendo, Bae —el elegante señorito empujó a la chica hacia adentro con un gruñido, luego volvió su vista a su novio— ¿Ya ves?
—Okay, si, ya veo —Cregan siseó, sintiendo su rostro ruborizarse por completo.
¿Qué clase de familia se vestía en navidad de punta en blanco? Claro, los ostentosos Targaryen, ¿Quien más?
¿Y qué clase de familia pasaba su navidad envueltos en ridículas pijamas? Los ermitaños Stark, por supuesto.
Cuando ambos fueron obligados por los gritos de Joffrey a entrar, las miradas cayeron de golpe en ambos, pero específicamente en el suéter del recién llegado, que tenía uno exactamente igual en sus manos, unas tallas más pequeño, siendo un regalo para el primogénito abnegado.
Todo apuntaba al desastre. Un frío y roji-verde desastre.
