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Él era un dragón. La representación del poder y la magia en esta mundanidad. El futuro Rey, un Príncipe.
Aún así, no pudo evitar sentirse como un niño pequeño cuando oyó las palabras "Lo hiciste excelente, que orgullo" salir de los labios del joven regente de Invernalia, halagándolo por haber acertado en la caza de un ciervo.
Estuvo callado todo el camino de regreso al castillo, cosa bastante rara para él, andando en automático a lomas de la bonita yegua de crines blancas que se le había obsequiado. Su cuerpo se sintió entumecido y trató de echarle la culpa al frío, pero él no era estúpido sobre sus emociones.
Cregan había preguntado qué le ocurría con la tosca ternura que lo caracterizaba, y él lo había evadido argumentando sentir un ligero malestar debido al clima, sonriéndole con flaqueza.
Entró a sus aposentos tras darse un baño humeante, con las distraídas y juguetonas palabras del otro chico taladrando su psique, arremolinándose como los rizos castaños que en ese momento trataba de peinar.
Salió a cenar, tratando de mantener su boca llena a pesar de la falta de apetito para no ser obligado a participar de la conversación, sin perderse la mirada fija e inquisidora de Cregan, la cual trató de eludir.
Tras la velada más callada que de costumbre, el príncipe volvió a la habitación que se le había asignado y, más temprano que tarde se había acostado en la espaciosa cama, acurrucándose entre las cobijas mientras exhalaba una respiración temblorosa. "Lo hiciste excelente, que orgullo", resonó con fuerza, y no pudo evitar los recuerdos de sus padres agolpándose como las lágrimas en las esquinas de sus ojos.
Pudo haber sido un niño de papá si no se los hubieran arrebatado, pudo oír esas palabras salir de Sir Harwin o de Sir Laenor en una situación parecida si ellos no hubieran sido reducidos a cenizas.
Sin darse cuenta un penoso sollozo se le escapó de los labios, el cual tapó con ambas manos que sirvieron para ahogar la ola que vino después. Abrasadora, titubeante y degradante.
Cuando escuchó la puerta abrirse se sobresaltó bajo las sábanas, tratando de estabilizarse alzó el rostro para ver quién había sido el indecoroso que entró sin avisar. Y cuando vio a Cregan mirándolo con los ojos llenos de preocupación, solo pudo devolver la visita nublada y borrosa. Totalmente avergonzado, trató de excusarse: —Creg, yo-
El mayor sacudió la cabeza, sentándose en la cama junto a él y atrayéndolo en un rústico pero cálido abrazo, apretando su pequeño ser en sus brazos y desatando otro lloviznar de lágrimas amargas.
Fue entonces el comienzo de una interminable noche de lloriqueos quebrados que el Protector del Norte se encargó de arrullar con murmullos cálidos. Murmullos etéreos, protectores, calmantes.
«Ve, llora, pequeño niño. Nadie lo hace como tú»
Cuando la tenue luminosidad del sol empezó a colarse por las gruesas cortinas, posándose en su rostro como una caricia cálida, el príncipe se removió entre las sábanas, soltando un ruidito que pareció un zumbido mientras trataba de esconder la cara de la fastidiosa claridad.
Cregan, perceptivo como él solo, sintió el ligero movimiento en la cama, abriendo cuidadosamente sus ojos grises para encontrar al príncipe haciendo un mohín claramente huyendo del sol. Dejó salir un ligero suspiro, permitiéndose por un momento detallarlo.
Los bucles pardos estaban desordenados aplastados contra la almohada, desparramados como un charco de bronce fundido. Las cejas pobladas estaban un poco fruncidas y la nariz respingada se arrugaba un poco, tuvo que reprimir el deseo de pasar su índice por allí para arrullarlo como a un niño pequeño.
El príncipe Jacaerys tal vez no era la viva imagen de la belleza valyria, pero no es como que careciera de alguna. Tenía pecas que parecían besos de las estrellas adornando sus pómulos marcados, labios rosados prominentes y largas pestañas oscuras. No había duda de que había sangre de los primeros hombres corriendo por sus venas. A pesar de eso, quien se atreviera a dudar de su atractivo era invidente, o un mendaz.
El Guardián del Norte, con todo su estoicismo siendo desafiado por el pacífico rostro del joven a su lado y los ojos hinchados por las lágrimas de la noche, trató de levantarse para correr la cortina, encontrándose con el tierno hecho de que la mano del príncipe estaba agarrando su brazo con fuerza. Como buscando un ancla o algo de compañía, con toda su realeza prohibiéndole que se retirara.
Se rió entre dientes tratando de hacer el menor ruido posible, aceptando que ahora su brazo era cautivo, volviendo su mirada a su aprehensor.
¿Quién diría que el Digno Heredero, tan diestro, tan venerado y casi perfecto a los ojos del mundo y los Dioses, se vería tan vulnerable, aferrándose a su tacto casi desesperantemente? Peor aún, él quería quedarse ahí, propiciándole toda la seguridad que parecía anhelar la noche anterior.
Así que, contra todo lo que se esperaba de él, envolvió el cuerpo del príncipe en sus brazos, protegiéndolo del arrecido frío del norte, pasando la punta de su nariz por las ondas castañas.
Oh, su pequeño niño.
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Hacer que Jacaerys hablara sobre aquellas noche y mañana había sido una completa odisea, pero eventualmente lo logró media luna después, poco antes de la aurora.
—… Y no es como que se hayan ido, más bien me los arrebataron —el joven dragón no pudo evitar que su voz sonara con una punzada de dolor, la mano callosa de Cregan paseándose por su espalda mientras lo mantenía pegado contra su pecho—. Siento que nada es suficiente, para enorgullecerlos. No me veo en torneos, ni aprendiendo a dirigir a un barco.
—Estoy seguro de que ambos hubieran amado el príncipe en el que te convertiste —la mano viajó de su espalda a sus rizos, y ese gesto lo ponía en exceso sentimental, hundiéndose más si era posible en el torso de Lord Stark,
—Ni siquiera lloré cuando ambos murieron, y me estoy desgarrando por hacerles saber cómo he estado haciendo las cosas —un lloriqueo más que agudo frenó su charla.
Cregan sentía que su gélido corazón estaba siendo cortado con un picahielos al sentir el mínimo temblor en el cuerpo de Jace, «si fueras mi niño pequeño…»
— ¿Cuántos días del nombre habías cumplido? Cuando ellos…
—Seis —dioses, Antiguos y Nuevos—, no hubo un mes de diferencia cuando El Desconocido decidió-
Jacaerys recordaba perfectamente los llantos estruendosos de su madre y sus abuelos, a Joffrey haciendo pucheros sin entender la situación, a Lucerys lanzando al agua un caballito de mar hipando.
Y a él mismo solo pudiendo pregunta “¿A dónde se fue mi papi?”, sintiéndose como si no estuviera allí, como si la mitad de él hubiera desaparecido llevándose consigo a sus padres, suyos.
No se había dado cuenta de lo mucho que se le había quebrado la voz hasta que Cregan puso su mano en sus mejillas, secándole las lágrimas amargas que empezaban a fluir. Y se sentía como las olas furiosas golpeando la orilla, llevándose consigo cualquier cosa que encontraran con su sal y mar. O como fuego abrasador, quemando castillos de sangre y piedra, y por primera vez en su vida no se sintió a gusto con ser fuego, sangre, sal y mar.
—Adelante, mi niño pequeño —Cregan susurró arrullándolo con dulzura, escudándolo de sus sentimientos amargos—. Tienes que dejarlo salir, sólo déjalo salir.
Entre los relatos de Champiñón, Eustace o Gyldayn se habla mucho de qué hizo el príncipe en su encomienda de aliados, sobre que si hundió los labios en la feminidad de Lady Jeyne Arryn o tuvo un matrimonio con una supuesta bastarda descendiente de Stark. Nada más alejado de la realidad.
Tanto el Señor de Invernalia como el Príncipe de Rocadragón mantuvieron el secreto de su compañía, de cada noche donde compartieron lecho y el mayor susurraba en el oído del más joven dulces nimiedades en su oído para que pudiera conciliar el sueño.
—Y si fueras mi niño pequeño, haría todo lo que pudiera hacer. Correría y me escondería contigo.
Porque, además del peso de las grandes responsabilidades en sus hombros a tan corta edad, había otra cosa que compartían: Problemas paternales.
