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Mil divorcios y una boda

Summary:

Una Sora absurda, tímida, descarnada y contradictoria sobrevive en un mundo en el que todos los hombres se han vuelto gais. Repito: todos los hombres se han vuelo gais.

Notes:

Mar !! Obviamente no podía quedarme de brazos cruzados y no obsequiarte algo. Este es la primera parte de un two-shot que... bueno, es lo que es. Quizá hubiese sido mejor no obsequiarte nada, simplemente.

Este fic tiene soundtrack (?) les dejo los links de la playlist de spotify y youtube.

Chapter 1: Los Divorcios

Chapter Text

Primera parte: los divorcios

 

Que terrible cuando alguien que conoces se casa de pronto sin que nadie lo viese venir, y esa boda se convierta en el evento más esperado del año.

Peor si se trata de la boda de tu exmarido, ese desagraciado inútil que te dejó dos hijos más una hipoteca por pagar porque supo ganar el divorcio (y seamos claras: tú se lo permitiste).

Ni hablar si el que sostendrá el ramo será tu exnovio de la secundaria, ese flacuchento espinilludo con el que saliste una breve temporada, a tus dieciséis. Fue un romance fugaz que no te dejó ni hijos ni hipotecas, aunque tampoco nada demasiado reseñable, y la verdad no te molestaría si se estuviese casando con otra persona diferente a tu exmarido.

Pero la guinda de todo este pastel es que te hayan invitado a su boda, para joderte. Para sacarte en cara lo bien que les va sin ti, lo fácil que es rehacer la vida cuando no estás tú para incordiar. Ridículo, dirías. Una especie de sátira que no sabe a qué apunta. Una venganza sin pies ni cabeza. Un guion hollywoodense protagonizado por Chalamet y Paul Mescal. Tú, tristemente, verías esa película.

—Pero, ¿quién sería Jou-senpai? —te pregunta Mimi, recostada en la reposadera junto a la tuya—. Piénsalo: a su modo tanto Chalamet como Paul Mescal ambos dan un aire muy a Yamato.

—Obviamente Chalamet sería Jou-senpai.

—Te equivocas, imposible. Chalamet tiene los ojos claros, es imposible.

—Si nos vamos por ahí, casi ningún actor americano podría interpretar a Jou-senpai. Mimi, solo imagínate a Chalamet con gafas. Solo imagínatelo por tres segundos. Es flacucho, es paliducho, y con gafas quedaría como el rey de los nerds: es Jou-senpai y no se discuta más.

—¿Quién te interpretaría? ¿Zendaya? ¿Ariana Grande?

—Me gustaría que fuera Margaret Qualley.

—Esa película sí la vería.

Mimi alza los brazos a los cielos, estirándose.

—Bueno, tú sabes que mis dos exmaridos ahora viven en una suerte de concubinato también para joder —nótese allí el juego de palabras—. Qué horror. ¿Por qué será que ahora todos los hombres se han hecho gay? ¿Siempre fueron así? ¿Nosotras los volvimos de esa manera? ¿O es que en realidad los hombres no pueden amar a nadie más que a otros hombres?

—Quizá las mujeres solo podemos amar a otras mujeres.

—O quizá no podemos amar a nadie, ni a nosotras mismas.

Tu mirada barre la pileta. Tus dos hijos nadan siguiendo las instrucciones de Ben, el hijo de Mimi, quien lleva colgada al cuello la medalla de su primer lugar en los 100 metros espalda. No se quita la medalla por nada, Mimi ya no batalla. Estadísticamente hablando, es muy probable que tanto Ben como tu niño menor sean gais a estas alturas.

Hay otros niños zambulléndose en la pileta, las reposaderas están ocupadas por madres que levantan la cabeza cada tanto, para cerciorarse que no faltan pollos en el gallinero. Por supuesto, solo hay madres, los padres brillan por su ausencia. Te preguntas cuantas de ellas también estarán divorciadas o en proceso de divorcio, como tú y Mimi, y cuántos de esos padres ausentes se revuelcan en este momento con sus novios gais, como supones que hacen Yamato y Jou-senpai. Te sabes amargada. A Jou-senpai puedes perdonárselo porque no te dejó ni hijos ni hipotecas, pero lo de Yamato no se explica.

Miras la pileta y tus memorias te transportan al jacuzzi de bordes marmolados donde tú y Yamato se desposaron. Es imposible que Yamato haya fingido aquella vez. Sentiste en tus dedos cómo las fibras de su espalda primero se contraían y luego se arqueaban, como si bajo su piel estuviera a punto de emerger un Weregarurumon. Te enterró sus uñas que eran garras de lobo y junto a su aullido de lobo llenó el jacuzzi con mecos de lobo. Es imposible que lo haya fingido, no hay razón, pero sin dudas, aquella actuación tan peculiar debió darte alguna pista de su furro interior.

Tú sí fingiste varias veces, la mayoría para ocultar la risa que te entraba al verle la cara cuando se corría dentro de ti. O sobre de ti, el último tiempo su precocidad te daba lástima, y tu responsabilidad matrimonial te llevó a convertirte en una actriz formidable, a lo Meryl Streep.

Ahora no te da risa ni lástima. Es extraño que esos recuerdos sean tuyos y puedas revisitarlos con tanta distancia. Quizá sea así porque llevas un tiempo de abstinencia tan largo que, a estas alturas, el celibato se ha vuelto una costumbre agradable, una suerte de amigo fiel te gustaría para toda la vida. Amas estar a sola en tu cama y ser la única responsable de tus orgasmos. Son tuyos. Tú te los das a ti misma, como símbolo de amor propio.

Hasta que no llegó el celibato a tu vida, lo normal era que fingieras tus orgasmos, ya sea por risa o por lástima. ¿A qué se debe tu actual amargura? ¿Por qué no te sientes, por fin, liberada de las responsabilidades conyugales?

—Sora —la voz de Mimi te regresa al presente—, Sora, tomaré esta llamada, vigílame al niño —continúa enseñándote su smartphone.

Ves a Mimi alejarse con dos dedos arreglando su calzón del bikini. Aunque el embarazo le dejó el vientre flácido y una cesárea mal cicatrizada, ella nunca ha renunciado a un verano mostrando el ombligo. Te gustaría un poco de esa confianza.

Por mucho que Mimi se queje de su situación, y pese a todas las diatribas proferidas hacia sus dos exmaridos, su cara la traiciona cuando habla con Koushiro, el segundo de los ex. Sigue enamorada, pese a todo, y se aferra a la esperanza de que, en su caso, lo gay será una etapa, nada más. Siempre hay una mujer así en cada grupo de amigas.

Sabes que Mimi habla precisamente con Koushirou por la manera en que cubre su boca con la mano, para que nadie pueda leerle los labios. Sus piernas se doblan con el nerviosismo de una colegiala, sus mejillas se han tornado escarlata. No importa cómo, siempre terminas envidiando a Mimi. Está en tu misma situación, tiene un vientre peor que el tuyo, y la envidias por esto y por aquello. Mimi encanta a todos con sus guiños y sus sonrisas, a los gais, sí, pero especialmente a las mujeres, a las que son madres y deben sacar adelante familias desarmadas, a las de vientre flácido pero también a las de vientre tonificado; a las mujeres despiertas y a las somnolientas, las que lo tienen todo organizado, las que se encuentran perdidas navegando por sus vidas, a las mujeres de nombre Hikari, Miyako y Sora; Mimi se encuentra en ese punto exacto de perfección sin ser perfecta, en cuyo espejo se ven reflejados todos los defectos de su interlocutor. La envidias porque la admiras, y muy en el fondo, no puedes ni quieres dejarla ir de tu lado. La adoras. La amas con todas las acepciones que admite la palabra. Si te la comes, estás segura de que te convertirás en ella. Esa idea te vuelve agua.

Sin embargo, aquella mujer perfecta ya lleva dos exmaridos en sus registros. Puede que ese sea el correcto estilo de vida: saltar de marido en marido, de divorcio en divorcio. Siendo así, vas por buen camino con un ex en tu lista.

Vuelves la mirada nuevamente a la pileta. Tu niño menor flota sobre su espalda asistido por Ben. Tienen cuatro años de diferencia. A esa edad se trata de una brecha insalvable.

En algún momento de tu vida, cuando se sucedían aquellas reuniones junto a Mimi y los hijos de ambos, se te cruzó un pensamiento, una idea, e incluso un futuro.

Tu niña mayor había encontrado un pajarito moribundo en el patio y decidió quedarse a su lado. Ben, de la edad de tu niña, llegó corriendo con una caja de zapatos. Entre ambos armaron un lecho con pasto, hojas y flores del jardín, donde depositaron a la pequeña avecita y se quedaron quietecitos aguardando a la muerte o el milagro, lo primero que ocurriese, con sus cabecitas pegadas y sus codos raspándose.

Resultó que la avecita se había quedado paralizada por algún motivo que no supieron explicar, y cuando recobró la movilidad de sus alas, emprendió vuelo muy alto, dejando atrás su lecho. El milagro había derrocado a la muerte, y tu pequeña, radiante de alegría, cogió a Ben de la mano.

No puedes negarlo, lo pensaste y también lo deseaste: que tu pequeña y Ben se hubiesen enamorado aquel momento. Estuviste a nada de abrir una cuenta de ahorros para la futura boda.

Actualmente todo indica que esa boda será imposible. Seguramente sea tu pequeño quien acabará enamorado perdido de su senpai Ben, pero ojalá no todavía. A esa edad, cuatro años es una enorme diferencia.

Mimi suelta una carcajada que captura la atención de todas las madres y de todos los hijos. Sientes envidia. Siempre la sientes. Cómo te gustaría a ti seguir tan enamorada, aunque se trate de un caso perdido. Te gustaría sentirte ilusa y enamorada, no amargada.

 

 

Todo empezó hace un par de años, de forma gradual y silenciosa, y se fue extendiendo como una suerte de secreto que ignoras si los demás conocen, que sospechas que sí lo hacen, y te gustaría comentárselo a alguien (a Mimi), pero te aguantas las ganas, te muerdes los labios, piensas que estás sacando las cosas de contexto, de quicio y de su cajón. Es de prudentes mantener la boca bien sellada.

En tu caso, Yamato desistió de encimarse sobre ti cada vez que llegaba ebrio y fogoso a casa, y tu actriz interior, cansada de tanto fingir por mínimas recompensas, agradeció desde lo profundo del alma.

Pero poco a poco, en la medida que crecía tu periodo de abstinencia, comenzaron a crecer también tus dudas. ¿Por qué ahora llegaría solamente ebrio, no fogoso? ¿Acaso se le ha agotado la pasión? Pero si Yamato jamás hizo el trabajo, tú ejecutabas toda la performance. Quizá por fin se avergonzó de su precocidad y ha empezado un tratamiento, el que incluye un periodo de abstinencia y no te lo comentó porque nunca te comenta nada. Está bien, es perfectamente normal, todos los matrimonios necesitan secretos para subsistir. Quizá quiera sorprenderte. Faltan dos semanas para tu cumpleaños. Seguramente va a sorprenderte.

Tu empolvado yo feminista se ve en la necesidad de refutar a esa esposa republicana que habita en ti desde el matrimonio. Tampoco eres amiga de las falsas esperanzas, y con el afán de poner a prueba tus hipótesis, acabas googleando «tratamientos para la eyaculación precoz». Descubres que la mayoría de estos tratamientos son en base a medicamentos, no abstinencia, pero sigues investigando más y más, en páginas cada vez más dudosas, y sí, encuentras lo que quieres encontrar: existen tratamientos basados en ejercicios para aumentar el autocontrol, técnicas de relajación, e incluso terapias de hipnosis.

Entonces tu esperanza al principio ingenua toma un cariz real. Es muy probable que, en secreto, Yamato esté llevando a cabo esos ejercicios para alargar el tiempo de la eyaculación. Puede que, incluso, haya adquirido ese curso que encontraste en Udemy llamado Soluciones que sí solucionan la eyaculación precoz. No lo compraste (todavía), pero revisaste la tabla de contenidos del curso, y sacando cuentas, de verdad que es muy probable que Yamato esté preparándote un sabroso regalo de cumpleaños. Bien sea, si es así, podrías acceder a dejar a un lado el celibato.

Llega tu ansiado cumpleaños y tu niño menor te regala un portalápiz hecho con macarrones crudos (otro más), tú niña mayor te regala una tarjeta pintada a crayolas (otra más, pero hermosa, derrocha mil veces más creatividad que el portalápiz), mientras que tu flamante marido precoz, precozmente fue a comprarte un chocolate en la tienda que hay a la vuelta de la esquina porque todavía no capta las sutilizas del matrimonio.

Obviamente prefieres una barra de chocolate a otro portalápiz de macarrones (¿es que tu niño no tiene más habilidades?), pero al menos el portalápiz refleja una dedicación que el chocolate no. Abrazas a tu pequeño que se esfuerza; a tu pequeña que pese a su talento sabes que cargará con todas tus frustraciones; y a Yamato, tu marido Yamato, ese al que le juraste amor frente a un altar con todos tus amigos de testigos, pero que desde un tiempo a esta parte no lo acaricias porque no es posible para ninguno de los dos hacer tal cosa.

Como la buena esposa republicana que eres, ignoras, callas, aguantas y te dedicas a tus hijos aunque no tengan futuro porque uno carece de talento y la otra ha heredado tus genes, y sigues adelante, día sí y día también. Tu esposo llega ebrio a la cama, normalízalo. Es bueno para ti, a fin de cuentas. ¿No que estabas cansada de fingir? ¿No que te sentías orgullosa de ser responsable de tus propios orgasmos? Te gusta la abstinencia porque es disciplinada y limpia; es, ante todo, sagrada. Empiezas a trotar por las mañanas, antes de despertar a tus niños para que vayan al colegio. Tomas un curso para elaborar tus propios encurtidos, repartes frasquitos con tus torpes resultados a tus conocidos. Mimi, la cocinera profesional, es quien más te alaba. Adoras a Mimi, es un ángel que habita entre los mortales. Te prometes leer más, y lo cumples. Todos esos panoramas que hacían Yamato y tú cuando eran novios pero que los hijos dejaron atrás, como ir al cine, hacer picnic en el parque, acudir a conciertos, comer en restoranes, en fin, todo aquello que creías que solo podía hacerse en pareja; o aquello a lo que ya no le dedicabas tiempo precisamente porque tenías pareja, todo eso vuelve a tu vida. Estás renaciendo. Solo ves a tu esposo por la noche, ebrio. No es suficiente. Sigues trotando, sigues preparando encurtidos. Lees más y vas más al cine. Mimi te alaba todo, Yamato nada. ¿Por qué sigue importándote lo que opine el tarado de Yamato?

Esos raros almuerzos de fines de semana en que comen en familia, miras a tu marido de reojo. Una duda ha surgido en ti. Ahora que regresaste a los libros y acudes al cine sola, eres una mujer que se da el lujo de pensar críticamente, lejos de la doctrina republicana. Tu marido apenas te mira, solo tiene ojos para su teléfono. Sabes que platica con alguien más, ¿quién será? También sabes perfectamente lo que acabará diciendo: «ha surgido un imprevisto en el trabajo», entonces agarrará su gabardina y se irá. Volverá tarde, atravesará la habitación en puntillas, se desplomará a tu lado mientras tú finges dormir. Quizá huela alcohol, quizá ya no. Siempre sucede que, cuando están los cuatro juntos, algo sucede en el trabajo. Pero hoy no. Te aferras a que «hoy no».

—Ha surgido un imprevisto en el trabajo —te dice, agarra la gabardina.

¿Cómo no te diste cuenta antes?

Te está engañando, estúpida.

 

 

Odias la imbecilidad esa de que las mujeres son de venus y los hombres de marte, es sexista en sus cimientos, retrógrada en su contenido, simplista en el detalle, pero no puedes negar lo que te indican tus instintos venusianos de mujer, algo que ningún hombre de marte detectaría, y es que te das cuentas que no eres la única mujer de venus atrapada en esta situación que atraviesas con el marciano de Yamato.

Al principio piensas: «los problemas dentro de los matrimonios son más comunes de lo que me imaginaba». Esto te lo corrobora inmediatamente la terapeuta a la que comenzaste a visitar apenas sospechaste que tus cuernos eran más largos que los antílopes.

Esa mujer terapeuta, con lentes en delicado equilibrio sobre la punta de su nariz, te dijo con toda la solemnidad de quien se sabe respaldada por una infinidad de títulos enmarcados y colgados en las paredes de su impecable oficina, la frase más obvia pero no por ello la más conocida: «ninguna familia es perfecta, por mucho que varias de ellas te lo parezcan».

Al principio le arrugas la nariz. La familia de Mimi siempre te ha parecido perfecta, es imposible que los Izumi pasen por alguna dificultad, de la índole que sea… pero estás desembolsando bastante por esta terapeuta llena de títulos como para entrar a cuestionarla. Tú precisamente, que solo tienes un título de diseñadora que nunca enmarcaste. Y mira a dónde te ha llevado eso: a tener dos hijos con un eyaculador precoz, a desembolsar una millonada para que una charlatana que te dijeran una obviedad.

—Sí, tiene razón —te ves obligada a asumir. La obviedad de tu terapeuta no es sino otro error tuyo.

Lo curioso fue que, unas semanas después, mientras hablabas de esto y aquello con Mimi, ella te recitó las mismas palabras que tu terapeuta te dijo, entonces sospechaste otra vez.

—¿Mimi no me digas que estás en terapia?

—Ah, sí... ¿cómo lo has descubierto?

—No lo sé, lo he presentido —mentiste—. ¿Por qué acudes a terapia? ¿Algo te ha sucedido?

—No, nada realmente. Todo está bien, pero… No, nada. Todo está bien. Solo me pasa que necesito que alguien me lo recuerde cada tanto. Es un poco bobo, ¿cierto?

—Te comprendo perfectamente.

Te habría gustado sincerarte con Mimi y hablarle de la impotencia de Yamato, de tu largo y cada vez más irremediable periodo de abstinencia, que si bien te agrada a partes porque el celibato es disciplinado y limpio, de no ser por el deporte, tus necesidades ya te habrían orillado a venderte en las esquinas de los semáforos (o regalarte, qué importa). Pero corres porque si tú no tienes sexo, por una cosa matemática Yamato tampoco debería estar teniéndolo, y en el matrimonio se comparten las alegrías y los sufrimientos. Solo que de un tiempo a esta parte sospechas que las matemáticas te fallan, porque sospechas (sabes) que Yamato no está cumpliendo con el celibato y cada vez que te miras al espejo sientes que tu parecido con los antílopes se acrecienta, y no es una cosa de celos, no es eso, pero... pero quizá sí sea algo como celos. De otros celos. Una cosa de orgullo, de amor propio. Una cosa de amor. Dejaste de amarte porque te bastaba con el amor de tu marido. Si te privan de eso, ¿qué te queda?

Se lo dirías, sí, le soltarías todos esos agujeros matrimoniales que te consumen. En tu pecho hay una Sora diminuta que se ahoga. Si solo Mimi sacara el tema primero, podrías darle algún desahogo a tu pequeña niña interna.

Cosa que no sucedió, por supuesto, y tu reunión con Mimi no se extendió más allá. Sin embargo, sus palabras te abrieron los ojos, y tras aquella pequeña coincidencia, comenzaste a fijarte en los patrones.

Las mujeres del mundo estaban haciendo más deporte. Estaban especializándose en la cocina. Estaban moviéndose. Veías mujeres reservando para uno en algún restorán de buena pinta, mujeres comprando solo un boleto en las taquillas de los cines y de los teatros.

Veías mujeres solas, aquí y allá, deslizándose por una ciudad sin hombres. Entonces te cuestionabas si efectivamente las mujeres habían recuperado su autonomía (como te gustaría creer), o no sería que las mujeres se habían encontrado de cara con la soledad, que no les hubo quedado más remedio que aceptarla, abrazarla, asumirla como una cualidad, porque las mujeres, de venus o de marte o de mercurio, solo hacían lo que debían hacer, a fin de no generar cargas en sus hijos, pero especialmente en sus maridos.

Y los maridos, curiosamente, se escondían. No fue como si hubiesen desaparecido, pero era evidente que andaban a hurtadillas, escabulléndose de sus mujeres. Entraban a los mismos cines y restoranes que las mujeres, pero ellos se movían de a dos, se hablaban en susurros, se miraban a los ojos, se tocaban las caras, se limpiaban los restos de nata de los labios, y luego de largos silencios que eran cómplices y cómodos, abordaban los mismos taxis de ventanas polarizadas y, a veces, esos taxis entraban al estacionamiento privado de una tienda de artículos navideños que todos sabían era la tapadera de un love hotel.

Yamato juraba que, cada vez que debía salir de casa, era por motivos laborales, y tú querías creerle eso de que era el empleado del año. Te levantaba el orgullo y de alguna manera justificaba todos los malos ratos que te hacía pasar, los sacrificios que asumiste para mantener aquel matrimonio. De acuerdo, era precoz, pero también era el número uno de su empresa. Cada uno paga su precio. Él se mataba trabajando y tú aplacabas tus insatisfacciones corriendo en las mañanas, preocupándote de tus hijos. De eso se trataba el matrimonio. Entonces, ¿por qué te atrevías a seguir dudando?

Porque has visto como esos hombres sin nombre, furtivamente, se coqueteaban cuando creían que nadie los veía, y especialmente cuando estaban demasiado borrachos como para acordarse que los estaban mirando, los has visto darse besitos cerca de los labios. Te prometiste que lo encararías, en la cena justo después de despachar a los niños a la cama; o en el almuerzo, antes de los postres, prepararías el café y que Dios reparta suerte. No te atreviste. Ninguna familia es perfecta, te lo dijo Mimi y tu terapeuta, pero para qué saber qué tan imperfecta es la tuya. Pagaste a una terapeuta para que te subiera la moral, no para hundirte en el pozo de las desgracias.

Y por un momento, allí se quedó el tema.

 

 

No fue hasta que te juntaste con Miyako que comenzaste a sospechar de lo generalizada que estaba la situación de los secretos de los hombres versus la negación de las mujeres.

Miyako era la típica esposa que se creía recatada de republicana, que se tuvo que ligar las trompas para dejar de tener hijos. Estuvo muy gorda un tiempo, y aunque una parte tuya sentía lástima de la gorda de Miyako con los tobillos inflados como los de un elefante, sí te subía la autoestima ver a una amiga tan estropeada. Siempre hay una amiga cuya circunferencia le devuelve la autoestima a las demás, y en tu grupo esa se suponía que era Miyako, hasta que tuvo la desfachatez de volverse toda regia, bubis grandes y cintura de avispa, empinada en unas hermosas y carísimas sandalias que destacaban sus perfectos tobillos de cigüeña.

—¿Cómo lo conseguiste? Miyako, quiero decirte que estás estupenda. Sé que en este mundo actual feminista y empoderado una no debería darle tanta importancia al físico, pero... bueno, es que estás estupenda, no tiene sentido negarlo.

Te explicaba Miyako, quien creía en otro tipo de empoderamiento:

—Después que los niños se fueran a la escuela, me dirigí a hacer unas diligencias al centro, esto hará casi medio año; y te crees que justo pasé por fuera de una piscina a la que solía acudir antes del matrimonio. No lo sé por qué me asaltó la inspiración, que decidí inscribirme a clases. El primer día, por supuesto, fue el peor. Desde que empecé a engordar, me había negado a pensar en ello y evitaba mirarme en el espejo. Me intentaba de convencer de que yo, a fin de cuentas, era una mujer intelectual, que hacer dieta era muy trabajoso, y que no tenía ganas de cambiar las cosas. Cuando tuviera ganas, lo haría, pero no tenía ganas, y fin. Pero ahí en el camerino batallando por meterme en el traje de baño, tomé consciencia de cómo me había descuidado. Parecía una ballena, Sora, una ballena orca. Pero no lloré, evité hacerlo. En cambio, me prometí aplicarme con todo. Y aquí me ves, no solo con un cuerpazo, sino que con tobillos divinos.

—Realmente estoy impresionada de tus tobillos.

—No he dejado de comprarme zapatos.

—Me imagino que Ken debe estar alucinando, ¿eh?

Fue un comentario que no pensaste mucho y que Miyako rodeó hábilmente, cambió de tema, y acabó preguntando por ti. Le comentaste que también habías regresado no solo al deporte, también a los libros y al cine. Miyako te confesó que ella había vuelto a rolear en línea, tenía un grupo en Discord conformado exclusivamente de madres como ella, y juntas estaban por derrotar a un dragón o algo así. Sus vidas parecían seguir rumbos semejantes, y cuando Miyako te preguntó por Yamato y los niños, solo respondiste la parte de los niños.

Los niños estaban bien y ya debías pasar por ellos a la escuela: el menor tenía cita con el ortodoncista.

Mientras esperabas a tus niños, te preguntabas si Miyako no te había querido hablar de Ken por las mismas razones que tú ya no hablabas de Yamato con tus amigas. Si acaso habría comenzado a nadar por las mismas necesidades tuyas. Y mientras pensabas en eso, te preguntabas si Mimi estaría acudiendo a terapia porque también veía en el reflejo del espejo unos cuernos más largos que los antílopes. Entonces te dedicaste a mirar a las mujeres que esperaban a sus niños fuera de la escuela.

Fue como un extraño presentimiento. Estaban todas pasando por lo mismo.

 

 

Era, en definitiva, como un gran secreto a voces. Cuando te juntaste con Hikari, la historia fue muy parecida. Había comenzado a practicar yoga, estaba a punto de lograr la bhujapidasana, sea lo que sea eso, y luego la escuchaste hablar de cómo había retomado sus antiguos pasatiempos de cantar y escribir poesía. Evitó mencionar a su marido, pero era evidente que quería preguntarte por el tuyo, y al final, acabó hablándote de su niño y sus nuevas preocupaciones.

—Tiene un amiguito en la escuela, es un chico que ingresó a mitad de curso porque sus padres se divorciaron. Pasan casi todo el día juntos, pero yo no lo conozco, y no quiere invitarlo a casa. Me costó mucho conseguir que me mostrara una foto…

—Oh… es un poco raro, ¿no? Pero al menos lo conoces de rostro.

—Sí, supongo que eso ya es algo…

—¿Qué te preocupa exactamente? Es un chico de su edad, ¿cierto?

—Sí, sí, es de su edad...

—¿Entonces?

No supo explicártelo.

 

 

Luego de eso comenzó la temporada de divorcios. Hikari fue la primera del grupo en volver a su apellido de soltera, no quiso entrar en muchos detalles, salvo eso de que «su marido estaba interesado en otra persona». Le siguió Miyako, al parecer Ken fue quien le pidió el divorcio porque ni sus bellos tobillos lograron mantenerlo a su lado, al contrario. Entonces, el 24 de julio, a eso del medio día, mientras tú te retocabas el pelirrojo en la peluquería, un escándalo remeció a la nación en sus cimientos.

El primer ministro ultraconservador de derecha se acababa de divorciar de su esposa trofeo y ahora vivía en concubinato con un joven veinte años menor, estrella del cine pop.

A eso le siguió una avalancha, los medios no daban abasto. Salieron a la luz casos y casos de divorcios, de hombres famosillos que engañaban a sus mujeres con otros hombres. Estrellas del rock, del cine, del fútbol, de la política y de las letras todos engañaban a sus mujeres. Era chisme tras chismes tras chisme. Hombres pillados infraganti, mujeres humilladas exigiendo divorcios a destajo. Una catástrofe cristiana.

Y tú todavía en la peluquería mientras la moral abandonaba la tierra, pediste que te hicieran las uñas. Mientras elegías los colores, apareció un detallado reportaje de los hombres que engañan a sus mujeres con otros hombres, y cómo la tasa de divorcios iba en aumento.

Expertas en sociología, sexología, e incluso astrología anunciaban la extraña noticia que asolaba el país como si se tratase de una pandemia:

—Todos los hombres se han vuelto gais. Repito: Todos los hombres se han vuelto gais. Así es. Todos los hombros se han vuelo gais.

Pero, ¿eso también incluía a Yamato? —Le preguntaste a la manicurista.

Sí, estúpida.

 

 

Muchas mujeres enfrentaron a sus maridos ese día, y los abogados de divorcios se volvieron en la profesión más rentable de la noche a la mañana.

En contraste con los escándalos de la televisión, tu separación de Yamato fue diplomática y aparentemente dejó a todos contentos, salvo a ti. En el ocaso de tu matrimonio, habiendo interpretado el papel de la esposa republicana con un talento y una maestría solo equiparables a los dotes de Meryl Streep, pudiste haberte dado un gustito final; una puesta de escena dramática, con gritos y llantos ensalzando un último discurso de despedida el cual pondría, por fin, los puntos sobre las ies.

Quiero decir... Sora, mi estimada y queridísima pero estúpida gran Sora de corazón noble y bondadoso, ¿cuánto tiempo de tu vida la pasaste ocupándote de la casa y de los niños? ¿Cuánto tiempo has anhelado la proactividad de Yamato, que tomara la iniciativa alguna vez, que te sorprendiera con algo? Has perdido la cuenta de los meses que llevas responsabilizándote de tus propios orgasmos, y todavía no comprendes que está bien echarle la culpa a los demás de vez en cuando. Porque, definitivamente, no todo lo que sucede es tu culpa.

Pero no le levantaste la voz. No quebraste ningún plato. Con toda tu entereza, sin derramar lágrimas, le anunciaste a tus niños que sus padres se separaban. Con dignidad fingida te encaminaste hasta la alcoba para ayudar a Yamato a armar una maleta y, como eres tonta, rematada de tonta, le preparaste un sándwich para el camino y un termo con café. No lloraste. Te esperaste a que llegara a la noche, y mezclando un bote de helado con whisky, te pusiste El diario de Bridget Jones por enésima vez.

 

 

Mimi, te enteraste al día siguiente, sí le quebró varios platos a Koushirou. Por desgracia, uno de los trozos le hizo un corte de un centímetro de profundidad; aparentemente eso es muchísimo.

Fuiste a recoger a Mimi al hospital y juntas se desahogaron, al principio con timidez, hasta que llegaron las mimosas.

Lo perfecto de las mimosas es que son un coctel fresco, fácil de preparar, rebosante de vitamina C. Te nutre y te embriaga al mismo tiempo, sin dejar a un lado su elegancia. Es de esas bebidas que te hacen hablar y hablar, pero siempre manteniendo la virtud respetable de la élite acomodada.

—Koushirou es increíble —te decía Mimi, quien como había perdido bastante sangre, se emborrachó primero—. Obviamente nosotros estábamos destinados, siempre lo hemos estado, como que estaba escrito en las estrellas y todo eso ¿y de pronto se le ocurra hacerse maricón? ¿Como todos los demás? No puedo con mi mala suerte. ¿Acaso no era Koushirou esa clase de persona opuesta a «todos los demás»?

—Cuando eres hombre no eres «opuesto a todos los demás». Eres hombre y basta.

—Lo que más rabia me da es jamás haberlo sospechado. Porque no quise sospechar, la negación es un acto de voluntad pura. En retrospectiva, las señales de que algo andaba mal eran tan obvias, y yo en lugar de hacerles frente, se me ocurrió inscribirme a clases de pilates.

—Dicen que el pilates es muy bueno.

—Y ahora Ben no para de llorar el pobrecito, y una parte de mi todavía cree que la culpa es mía. Es que Ben se había encariñado mucho con Koushirou y con la pequeña Osen, hasta se trataban de hermanos. La casa se nos hace enorme para solo dos personas. Nunca nos debimos haber casado…

Mimi y Koushirou se habían casado luego que sus matrimonios anteriores se terminaran. En divorcio, en caso de Mimi; en un trágico accidente de coche, en el caso de Koushirou. Después de lanzarle toda la vajilla por la cabeza, Koushirou y su pequeña Osen migraron a un pequeño departamento a las afueras de Tokio.

—¿Tus hijos cómo están? —dijo Mimi, acordándose que no solo se trataban de sus problemas, también de los tuyos—. ¿Cómo se lo han tomado esto de que su padre sea gay?

—La mayor se ha volcado en el dibujo. El menor la imita, pero simplemente carece de talento.

—Ojalá Ben dejara de llorar. Lo meteré a clases de natación, Miyako hizo lo mismo con los suyos tras su divorcio y me ha dicho que les ha resultado muy terapéutico.

De alguna manera le funcionó a Ben. Ahora va a todos lados con su medalla de primer lugar en los 100 metros espalda.

 

 

Iori, que era abogado de divorcios y había comenzado a comprar propiedades a lo bestia, fue quien llevó tu caso.

Por supuesto tú no querías separarte de tus hijos, ni siquiera del menor. Creías que, si te hacían elegir, habrías luchado por quedarte con la mayor, pero a la hora de la verdad, los quería a ambos contigo. Y como los querías a ambos, obviamente no podías ceder la casa, ¿dónde si no meterías a tanta gente?

Pero Yamato, precoz y estúpido, accedió cederte los hijos y la casa, siempre y cuando accedieras también a pagar la hipoteca y todos los gastos.

—A fin de cuentas, será tu casa.

Firmaste porque no podías dejar de cumplir este estúpido rol de la esposa republicana que acepta todo lo que le dicta su marido, incluso cuando se están divorciando. Lo peor, es que también tuviste que pagarle al cretino de Iori sus desmesurados honorarios.

 

 

El divorcio no te separó completamente de Yamato, cada tanto volvías a verlo porque tus niños extrañaban a su padre, y tú en el fondo agradecías pues qué gustazo un fin de semana para ti y tus caprichos. Los llevabas en el carro hasta el piso que arrendaba, lo saludaba con cortesía, le dejabas los niños, y te ibas al cine o a leer libros.

Fueron tus niños los que te llegaron con el chisme de que «papá se ha echado novio». En concreto el menor, que es un bocazas y todavía no es consciente de que hay palabras que pueden herirte.

—Es el señor médico, el que nos daba chupachups a May y a mí.

—¿El señor médico? ¿Te refieres a Jou-senpai? ¿Mayumi, es eso verdad?

—Papá te dijo que te quedaras callado —retó May al pequeño. Ella que es lista, sabe a la perfección qué palabras se clavan como dagas en tu corazón.

Tu pequeño salió corriendo, gritando «Jou-senpai» como ditirámbico. No hay caso con el pequeño, déjalo gritar.

—Mamá, ¿te habría gustado no saberlo? —preguntó la mayor.

La abrazaste. Es feo tener favoritismos entre los hijos, pero qué le vas a hacer. La quieres porque sabes que ella te guarda un rencor que no logra identificar, el mismo rencor que tú le guardas a tu madre y que no sabes curar. La pobre May ha heredado todos tus defectos, y aunque te guarda rencor, no quiere herirte con palabras.

—No tienes que cargar con los problemas de los adultos, Mayumi. Tu padre y yo estamos bien.

—Papá está bien —aceptó—, pero quizá tú deberías hacer lo mismo que él.

—Bah, bah, qué dices May. Todos los hombres son gais de todas formas, es imposible que encuentre novio.

—No me refiero a eso —dijo misteriosa pero no se explicó; como un críptido, se deslizó fuera de tus brazos, corriendo hasta el pequeño y obligándolo a callar de una buena vez.

 

 

En la siguiente ocasión que tus niños pasaron la noche en el piso de Yamato, le pediste hablar. Lo viste en la entrada del edificio, aguardando tu llegada. Obviamente, te diste cuenta, no quería hacerte pasar al piso. Seguramente su nuevo y reluciente novio Jou-senpai estaría arriba ahora mismo sirviéndole una cena saludable a tus niños, y deseaba saltarse las incomodidades.

No es eso —te dijiste, te auto convenciste, cuando viste la cara de asombro que se le puso y lo rápido que pisó el cigarrillo a medio fumar.

Bajaste la ventana.

—Yamato-san, ¿te he sorprendido?

—Te hacía más tarde —dijo escondiendo torpemente la cajetilla en el bolsillo del vaquero—. Dijiste que pasarías al anochecer por tus compromisos.

Vestía su cárdigan azul marino que rescataba el color de sus ojos. Solo parecía que había bajado a fumar. Sus leves ojeras y su cabello desordenado le daban ese aspecto grunge que te había enamorado en tu juventud. ¿Cuándo se les acabó el amor? ¿Dónde se quedó la magia? Hubo una época en la que realmente no concebías un futuro sin este hombre, y ahora resultaba que estaba con otro nombre.

—Terminé antes mis quehaceres —respondiste—. Yamato, uhmmm... ¿podemos hablar?

No te invitó a subir, en cambio se acomodó en el asiento del copiloto. Quizá sí estaba Jou arriba después de todo, ganándose la confianza de tus hijos.

—A Kotty se les escapó lo de Jou-senpai —se te escapó a ti: los padres también pueden adquirir defectos desde sus hijos.

—Ah…

—¿Planeabas decírmelo alguna vez?

—Obviamente sí.

—Cuándo.

—No lo sé, pero iba a hacerlo.

—Yamato, lo que hagas o cómo lleves tu vida no es de mi incumbencia, pero cuando te pones de novio con un amigo en común, uno que por cierto conocen todos nuestros otros amigos, debes decírmelo. No puedo ser la última en enterarme de estas cosas.

¿Acaso aquella era la causa de tu molestia?

Por supuesto que no.

Pero seguiste protestando por una fantasía que te importaba una mierda:

—¿Te imaginas si en lugar de Kotty hubiese sido Mimi la que me llegara con el chisme? ¿O Miyako? Por Dios, ni hablar si me hubiese enterado por Hikari, no podría volver a juntarme con toda esa gente en la vida.

—No exageres.

—Y si estoy exagerando ¿qué pasa? ¿Tampoco se me deja ser exagerada? ¿Los defectos solo los tienes permitido tú, no yo? Siempre es lo mismo contigo, tienes esa patológica necesidad de minimizar todo lo que yo pueda pensar o sentir, me tienes harta. No seré tan hipócrita como para echarte toda la culpa de que nuestro matrimonio no haya funcionado, pero tampoco te permitiré creerte ganador. ¿Acaso te importé alguna vez? ¿Te importaron nuestros hijos? No quisiste luchar por ellos ni un poco, dije que quería a nuestros hijos ¿y me los cediste así de fácil? ¿Y todavía me dejas la hipoteca? ¿Quieres que vivamos en un desastre financiero, al límite de la pobreza? Deberías al menos sentir una pizca de culpabilidad por este divorcio. Y más, joder: deberías estar revolcándote de remordimientos porque fue tu inacción, tu apatía, la que nos acabó distanciando incluso cuando seguíamos casados. No sabes todo lo que di, lo que aguanté por ti. ¿Te crees que lo de Jou-senpai te va a durar si no cambias de actitud? ¿Si no resuelves tus problemas de eyaculación? Te maldigo, Yamato. Te maldigo con toda el alma que esta nueva moda de la homosexualidad y esta aventura con Jou-senpai se te va a ir al CARAJO y se te va a caer el pene e hinchar los testículos porque no te mereces otra cosa que la humillación, la deshonra y la soledad eterna. —Todo esto que tenías atorado en realidad no se lo dijiste.

Dijiste esto otro:

—Sí, ya sé que estoy exagerando, discúlpame. En realidad, pasa que estoy muy feliz por ti, Yamato, de verdad. Qué bueno que hayas encontrado a alguien más, y que ese precisamente sea nuestro amigo Jou-senpai. Me duele que creas que no merezco saber estas cosas, porque si se trata de tu felicidad, yo también soy feliz.

Soltaste una lágrima que era completamente real, al mismo tiempo que completamente falsa, pero Yamato no lo vio así.

A él, tus palabras le quitaron un peso de encima.

—Yo entiendo que esto es como un fenómeno mundial —seguiste hablando porque, cuando juegas a ser la mártir, tu actriz interior se revoluciona—, y supongo que acabarías enamorándote de otro chico tarde o temprano. Lo importante es ser fiel a tus sentimientos, y estoy agradecida que sigas los tuyos, es un muy buen ejemplo para los niños.

La estupidez de tu pequeño también debe venirle de Yamato, concluiste al final, pues Yamato no solo se creyó todo lo que le dijiste, sino que sintió alivio y te invitó a subir al piso: efectivamente Jou-senpai estaba allí ganándose el corazón de tus hijos.

 

 

Cuando tu exmarido te presenta a su nuevo novio, que también es tu ex, tú sonríes y sueltas palabras amables y les deseas una vida larga, próspera, llena de amor, que es lo que corresponde en estos casos. Nadie allí presente puede saber lo que verdaderamente habita en tu corazón, ni tu misma. Así las cosas.

Privada de sentimientos, luego de mucha lisonjería barata, te llevaste corriendo a tus niños hasta tu piso, donde les diste de comer, al menor le lavaste la cara y lo ayudaste con el pijama, y los mandaste a dormir. Refugiada en tu habitación, sin niños de testigos, te pusiste Orgullo y Prejuicio por enésima vez (Bridget Jones la tenías muy reciente), esperando que Mr. Darcy te rescatara de esta situación que no comprendes hasta qué punto te afecta, ni por qué.

Cosa que no hizo ni nunca hará: la verdad que no te cuentan en el libro ni en la película es que Mr. Darcy acabará enamorándose de Mr. Bingley, y ambos se establecerán felices de contentos en la finca Pemberley, dejando solas y amargadas a sus respectivas esposas, because Yaoi wins.

 

 

La vida se encausa de maneras que no habrías podido prever. Tu exmarido y tu exnovio anunciaron su relación a todos tus amigos, contigo allí presente obligándote a sonreír. Tus hijos se llevan tremendo con Doguen-kun, el hijo mimado de Jou-senpai. No te puedes creer que se traten de “hermanos”, con lo apestoso que es el Doguen. Sí, es un niño pequeño, pero te cae mal, es posible.

Y así, el romance brota por doquier. Tu amigo Koushirou, que es el ex de Mimi, se instala en un para-nada-modesto pisito en Tokio junto a su nuevo fichaje: el empresario Michael, también conocido como el ex de Mimi y el padre Ben. A Ben le sentó especialmente mal, te confidenció Mimi luego:

—Estamos todos enamorados de Koushirou, eso es lo que nos pasa: yo, Michael, Ben, somos una familia que se armó para enamorarse de Koushirou y se desintegró cuando todos quisimos su amor. Es porque su inteligencia a nosotros nos parece sexy, raro ¿no? Cuando estás con él, cuando lo escuchas hablar cosas complicadas y nuevas que solo vienen de su cabeza, inevitablemente piensas que es un hombre maravilloso. Que es maravilloso compartir el tiempo (su tiempo) a su lado. Pero lo que nos parece todavía más sexy, es que él no se da cuenta, porque siempre ha catalogado su forma de ser como un defecto, ¿puedes creerlo? Y bien, yo de cierta forma soy capaz de sobrellevar un desamor, para algo se inventaron las mimosas, ¿pero mi Ben?

—¿Estás completamente segura de que Ben se enamoró de su expadrastro y su llanto no se debe a que toda esta rotativa de padres lo traiga alterado, angustiado, lobotomizado?

—¿Lobotomizado? —se rio Mimi.

—Las separaciones duelen a los hijos. A mí me dolió cuando mis padres se separaron, y tu Ben ha tenido que pasar por dos divorcios.

—Imagino que al iniciomi Ben llegó a querer a Koushirou porque lo valoró como el padre que por fin todo niño se merece (francamente, Michael dejó el listón muy bajo), pero luego se ha vuelto gay como todos y se enamoró de su padrastro. Simplemente lo sé, Sora. Es la manera en que se estanca contemplando la ventana, la manera en que lagrimea cuando revisita los álbumes de fotos. Todavía no está en edad de presentarle el alcohol (a mí siempre me funciona), pero afortunadamente la natación está dando sus resultados: el próximo año pasa a secundaria y varias escuelas le han ofrecido becas deportivas.

—Entonces sí le está yendo muy bien —te sorprendiste.

—Está averiguando con la hija de Miyako, con Kurumi-chan, quien también se le está dando la natación de perlas, cuales son aquellas escuelas con clubes de natación fuertes. Ah, es que esto no te lo he dicho, ¿adivina con quien se ha liado Ken? Te daré una pista: también es alguien del grupo.

Resultaba que Ken, el ex de Miyako, había renunciado a su trabajo y tomado un vuelo sin retorno hasta los Estados Unidos, donde vivía tu amigo Daisuke, su nuevo novio.

—Honestamente, no puedo creer los tiempos que vivimos —exhalaste; rellenaste tu copa y la de Mimi con más mimosa—. El otro día me ha llamado mi madre. Mis padres llevan separados mucho antes de todo esto, tú sabes, yo era niña todavía. Ninguno hizo algún intento por rehacer sus vidas, pero ahora mi padre se ha echado novio, ¿te figuras quién? No es del grupo, pero cerca.

La llamada tardía de tu madre no te sorprendió en lo más mínimo, se podría decir que la estabas esperando, pero sin dudas no te esperaste que el nuevo novio de tu padre fuese uno de los hermanos mayores de Jou-senpai. ¿La familia Kido no tenían nada más que hacer que robarse a los hombres de las mujeres Takenouchi? Solo podías pensar en tu querida hijita conviviendo con el mimado de Doguen. Te gustaría decirle: «aléjate de ese malcriado, May, aléjate de él. La maldición corre por nuestras venas. Te va a robar al amor de tu vida, dejándote sola y amargada».

Pero ¿acaso Ben era el amor de la vida de Mayumi? ¿Yamato fue el amor de tu vida? ¿Y tu padre el de tu madre?

Las películas románticas no te preparan para el mundo real, aunque siguen representado un consuelo cuando dudas de ti. No quieres (no puedes) enfrentarte a esas preguntas todavía. Quizá la tengas reciente, quizá no, pero quieres (necesitas) volver a ver El Diario de Bridget Jones.

Y estás muy acomodada en tu cama, aferrada a tu balde de helado bañado en whisky, cuando recibes una llamada de Yamato. La llamada decidora, dirían algunos.

Quiere que te enteres de las primeras, por él, no por los niños ni nadie más, de aquello que se convertirá en el evento más esperado del año:

—Me caso, Sora. Me caso con Jou-senpai.

No. No estás preparada.