Chapter Text
Desde jóvenes se le suele enseñar a los infantes sobre la importancia de la honestidad y las virtudes en su haber diario. Muggle o mago, las familias mantienen valores con los que se espera encaminar por el sendero de la virtud a la estrella en ascenso, y más aún al problema andante. El problema radica cuando los estímulos del mundo externo entran en acción, y con ellos nacen los sentimientos de anhelo y pertenencia, y entonces se da paso al estrés, la frustración, el miedo, la presión… esa amalgama consecuente al deseo de «ser parte de» que puede descarrilar a las jóvenes promesas una vez que descubren el mundo que existe fuera de su nicho familiar, y el costo para lograr encajar en un mar de diversidad abrumadora.
Hogwarts no era tan diferente en este aspecto a las miles de escuelas muggles alrededor del mundo. Forjando futuros magos y brujas desde que la pubertad se asoma como verdugo bochornoso, lidiar con los problemas típicos de adolescentes era parte de la formación mágica de sus alumnos. Sin embargo, Daniel Page no entraba por completo en dicha descripción. El chico lo había notado desde el momento en que se dio cuenta —o más bien se quiso convencer— de que no le importaba lo que la gente fuese a pensar de él si hacía o no hacía algo en específico, y por ello no solía buscar la aprobación de los demás, preocupándose más por aprovechar al máximo su estadía en el Colegio de Magia y Hechicería que en encajar en estándares tontos.
El por qué tenía amigos, ¡el por qué tenía novio, incluso! era una suerte de casualidad que aprendió a no cuestionar, sólo disfrutar, como beneficio colateral de su estilo de vida.
Pero no todo puede ser bueno todo el tiempo, aprendió Daniel tal vez más rápido de lo que hubiese querido. Entre las cosas buenas que le ofrecía su grupo de amigos y su querido Elliot, también había puntos negativos , y uno de esos eran los favores. No es que tuviera algo específico en su contra, pero había notado que le estresaban mucho, más de lo que era normal, tal vez porque se había vuelto una molestia persistente de forma tan gradual que no encontró la forma de ponerle un alto antes de que fuese muy tarde.
Y es que cada que pensaba en rechazar ayudar a cualquiera de su grupo de amigos —o peor, al propio Elliot— el recuerdo de no ayudar al Evers cuando éste había pedido su ayuda mientras los bullys lo molestaban fungía como una especie de recordatorio que le impedía volver a decepcionar a quien acudía específicamente a él.
Daniel había permitido que maltrataran a Elliot. Se había convencido de que no era su asunto, se había acostumbrado a despreciarlo porque su propia rivalidad y celos, que cuando la culpa de haber dejado que una injusticia se cometiera frente a sus ojos, el remordimiento y asco a sí mismo se volvió una sensación tan desagradable que el Page se negó a sentirla de nuevo.
Pero, aunque de alguna forma podría decirse que ser el amigo de los favores le ayudaba a limpiar su propia conciencia y le reconfortaba porque no era como esos alumnos que tanto le molestaban —como Cassandra, por ejemplo, o esa bola de bullys que se creían superiores por no tener sangre muggle, pero no eran más que idiotas con complejo de superioridad—, después de tres años de ser ese pobre idiota al que siempre se le acercaban para pedirle ayuda, la sensación de agobio y frustración ya eran una caldera a la que se le han agregado ingredientes de más y está lista para desbordarse y explotar en medio de un caos burbujeante.
El por qué no se sinceraba por completo con sus amigos, el por qué prefería seguir con esa farsa aunque al final del día terminase agotado y un poco más receloso, con el resentimiento royéndole la cabeza hasta que se forzaba a calmarse, sólo podía ser respondida con el peor de los males: la resignación. Ya habían pasado tres años con esa dinámica, ¿de qué serviría detenerla ahora? Dudaba que alguien fuese a entenderlo. Sentía que le habían tomado la medida y, de todos modos, no es que le pidieran cosas tan difíciles. ¡Los favores eran simples! ¿De verdad iba a hacer un lío porque tuviera planes extras de repente?
O tal vez podría tratarse de cobardía. Daniel se había resignado a esa vida, aferrándose en un acto contradictorio que hacía chocar su mente con sus acciones, que con el tiempo se le hizo costumbre mantener esa rutina, como si prefiriese seguir así si con ello podía evitar la confrontación que su mente maquinaba ansiosamente, intimidado no sólo de la posible reacción de sus amigos y de su novio, sino de la suya misma.
Era apenas la segunda semana después de volver de vacaciones de invierno, pero como un trabajo que no tiene fin, o un karma bastante agresivo tal vez, Daniel se vio rápidamente atacado por los inocentes favores que solían pedírsele desde el segundo año escolar en Hogwarts. Teniendo varios amigos, era normal que a menudo sintiera que sus amigos apenas le dejaban tiempo para sí mismo. Tiempo que se resumía a apenas poder completar sus tareas en tiempo y forma y dormir las horas que su insomnio y los pensamientos nocturnos le permitieran sin alterar tanto su ciclo de sueño.
—¡Oye Daniel! ¿Me podrías ayudar con estos ingredientes para la clase del jueves…? —Le preguntó Angelo el lunes, mostrándole su pergamino desde antes de llegar con él.
Las clases no tenían mucho de haber terminado y se suponía que Angelo estaba en la sala común de Hufflepuff. En realidad, se suponía que el grupito se había dividido después de la comida para atender sus diligencias, permitiendo que Daniel disfrutara de un poco de tiempo libre después de haber pasado las festividades con Esme y su novio antes de encontrarse con Elliot en su propia sala común, pero no, como un hechizo aturdidor la voz del joven Angelo Snape había roto con las cavilaciones del Page, aumentando el fastidio aglomerado en su pecho, especialmente por lo que añadió después, con tono abiertamente abochornado:
—Es que creo que los anoté mal…
Con un cansado asentimiento de cabeza, disimulado por supuesto al usar de excusa que los lunes eran los días más perezosos de la semana sólo porque no deseaba que su mente se fuera por ese escabroso camino con el cual a menudo luchaba internamente, el pelirrojo ayudó a su amigo dándole de sus propios ingredientes, interrumpiendo su agenda para ir a la sala común de Gryffindor mucho antes de lo esperado. No le gustaba la idea, de hecho se sintió más que irritado de que Angelo se volviese a despistar con lo que anotaba, pero le parecía más sencilla la opción de facilitarle las cosas que tener que acompañarlo a conseguirlas uno por uno —o peor, dejarlo por su cuenta y que la siguiente clase de pociones hiciera un desastre.
Eso no lo salvó de tener que reabastecer sus materiales, de todos modos.
—¡Gracias por ayudarme con la poción, Daniel! —Robyn suspiró durante la clase de pociones del jueves, dejando que su amigo se encargara de los toques finales, a escondidas de su profesor—. Es que ya decía yo que burbujear no era una buena señal, ja, ja —remató con una risita divertida que casi los delató.
Para Daniel no fue divertido que el profesor Sloghorn los mirara de reojo como si en cualquier momento fuese a reprenderlos por distraer a sus compañeros. O porque su alumno estrella estaba tonteando, lo cual era peor aún. Tampoco le sentó nada bien el haber sido el último en entregar su poción siendo que era el mejor de la clase —y qué decir de las otras clases, especialmente Transformaciones, en las que sentía que no estaba dando lo mejor de sí porque no podía concentrarse tanto como quisiera, lamentándose por haber regresado de vacaciones. Algo que realmente denotaba que estaba llegando a su punto de quiebre.
Lo que terminó por confirmar esto último fue cuando Lottie apareció llorando en la noche porque sentía que había hecho una abominación, y, por supuesto, Daniel tuvo que consolarla junto con el resto del grupo de amigos, pues la chica tomaba muy en serio el arte—su arte en específico.
Lo único positivo de esa situación fue que, como Lottie dibujaba demasiado, todos los días desde que la venían conociendo, pronto olvidó ese dibujo… y dejó en paz a sus amigos por un rato, mientras perfeccionaba sus habilidades antes de hacer algo en serio.
Para su fortuna sólo faltaba otro día antes de que la semana pudiera considerarse completada y él pudiera ser libre del estrés escolar. Sin embargo, cuando su tan ansiado día llegó —ese que desde que él y Elliot habían formalizado su relación se había vuelto su día especial porque después de clase salían a pasear, se divertían, se relajaban después de sobrevivir otra semana en el temible quinto año, con la inquietud de cómo les iría en los últimos dos años respirándoles en la nuca— Daniel no se sintió tan motivado como creyó. El agobio que venía arrastrando ya era una amenaza considerable que parecía estar lista para estropear lo mejor de su vida escolar. De su propia vida, se animaba a admitir, y el fin de semana no parecía ser suficiente para menguar dicha sensación.
Los lloriqueos de Ivy durante el desayuno fueron una especie de muestra de que quizá el karma por sus acciones pasadas —quizá hasta la de su propio padre y hermano— estaba tomándoselo muy personal contra él y los años de pagar por ello no parecía ser suficiente.
—Otra vez peleé con Winnifred. ¡Es tan…ingenua! —Lanzó los brazos al aire, soltando un bufido exasperado—. Creyendo que Cassandra es su amiga… ¿por qué no me escucha?
Angelo no supo qué decir—o no quiso hacerlo más bien. En su lugar miró a Daniel, porque del grupo él e Ivy eran los únicos que tenían hermanos, así que seguramente él sabría qué decir para consolarla.
Daniel sólo rodó los ojos internamente, cansado de ese drama. Pero no podía decirle a su amiga que mandara al diablo a su hermana y que la dejara aprender por las malas: aunque le picaba la lengua, no era lo más adecuado porque no quería excesos de drama estando tan cerca del fin de semana… y ah, también en su día de cita. Le amargaría todavía más el genio.
—Tal vez debas permitir que ella misma vea si su amistad con Cassandra le conviene —murmuró, repitiéndose mentalmente: «no digas que la mande al diablo, no digas que la mande al diablo…» mientras mantenía una expresión neutra. Vio el chispazo de rebeldía en Ivy, esa expresión de que se iba a indignar porque, claro, estaba preocupada por una gemela que había perdido por años y hace un año apenas había recuperado, pero no dejó que la misma actitud que a veces chocaba con la de ella sacara lo peor de él—. A veces los hermanos no hacen caso a sus hermanos mayores, ¿sabes? Tal vez sean gemelas, pero los minutos pueden significar mucho entre ustedes. Yo a veces no escucho a Esme, por ejemplo, y estoy segura de que ella no escuchaba a nuestro hermano mayor tampoco.
Angelo asintió, como si de repente el camino que tanteaba Daniel fuese más sólido y, tal cual si lo hubiese usado inconscientemente como chivo expiatorio, al fin encontraba cómo apoyar a Ivy sin estropearlo en el proceso.
La Warrington al final sólo soltó un largo suspiro, recargando su mentón en el dorso de su mano. Su falta de respuesta fue tomada como una victoria hacia el sentido común y la sensatez, la madurez misma, y oh, el día parecía que finalmente sería el primer día decente de esa semana, dándole una pequeña esperanza a Daniel de que al menos podría terminar la semana de buena manera.
Desgraciadamente la credulidad es una ilusión efímera: un hechizo fallido que explota en la cara del mago cuando más confianza ha agarrado, y es que debido a su preocupación acerca de las amistades de su hermana Ivy falló durante la clase de Defensa contra las Artes Oscuras, acarreando burlas de parte de Cassandra y sus compañeros en Slytherin, incluyendo, por supuesto, a Winnifred.
Daniel supo en ese momento, mientras la chica se coloraba de un rojo como la sangre, que su salida con Elliot corría peligro—no, peor aún, ¡que su fin de semana corría peligro! Y estuvo en lo correcto, porque después de ser humillada en público el grupo de amigos se encargó de apoyar a Ivy ahora, y por ende Daniel tenía que estar allí también. Angelo lo convenció, de hecho, pues eran amigos, eran un equipo desde el primer año, y cuando uno de ellos la estaba pasando mal los demás temían que estar para éste.
«¿No es eso lo que se supone que hacen los amigos, Daniel?» Fue la carta de la victoria que usó el joven Snape a su favor.
Daniel resopló, pero cedió, pues que él no aceptara el consuelo de sus amigos no significaba que todos iban a reaccionar igual de frívolos, ¿no? Que a él le costara ser un amigo presente porque en el fondo seguía desconfiando de la gente después de lo que pasó con su familia y de cómo la gente lo trató al inicio —como si fuese un criminal más que un bicho raro— era sólo su problema, no el de ellos.
¡Pero por Merlín! ¡Aun así ya estaba harto de que no lo dejaran en paz! No importaba si las intenciones de sus amigos no eran malas, él ya estaba cansado de ellas.
Cansado de fingir estar bien estando siempre para los demás, de no saber negarse y terminar peleando consigo mismo en silencio, de resentir a sus amigos, lamentando seguir con ellos, de no poner límites porque cada que la idea pasaba por su mente, la imagen de Elliot siendo maltratado por sus bullys saltaba como un recordatorio de por qué no podía permitirse enfocarse sólo en él.
La comprensión de Elliot durante esa tarde, después de explicarle por qué había llegado tarde—no, por qué simplemente no había podido ir a su cita —como si no hubiera bastado que él sí decidiese tomar sus vacaciones de invierno, dejando a su novio en Hogwarts— fue como un golpe en el ego. El castaño era tan amable y comprensivo con sus amigos, tan humilde… ¿cómo era posible que alguien tan bueno como él pudiera ser menospreciado como si fuese la peor criatura del mundo mágico?
¿Cómo alguien como el Evers era su novio, en primer lugar?
Sí… por esa razón el Page tampoco podía negarse a ayudar a sus amigos. Es decir, su novio era la persona más amable y optimista del mundo a pesar de que parecía que la mala suerte —o la muerte misma— lo perseguía; también se había vuelto, incluso, algo parecido a su ejemplo a seguir una vez que la rivalidad estúpida durante sus clases de Transformación quedó atrás, así que negarse a ayudar a sus amigos con favores que eran, nuevamente, inofensivos e inocentes, sería como defraudar a la grandiosa persona que tenía de pareja. Sería demostrar que él no se lo merecía.
Daniel no quería seguir pensando que no se merecía a Elliot por lo que —no— había hecho en el pasado. El problema es que para no pensar en eso se exigía más de lo que podía. Y como se sabe, cuando una poción explota, no suele hacerlo con suavidad.
Lo mismo advertía ser con Daniel.
Finalmente era sábado: ese fin de semana con el que Daniel esperaba terminar de buen modo otra semana de favores. Para su desgracia, las cosas no parecían mejorar realmente, sin importar si se esforzaba en no escuchar a sus amigos —o al menos intentando no hacerlo, pues Ivy seguía furiosa.
—Ya, ya, Ivy, estás apuñalando ese pobre huevo… ugh, olvídalo, ya no parece huevo.
—¡No puedes decirme que me calme después de lo que me hicieron!
—B-baja el cuchillo, por favor. Daniel, d-di algo… ¿Daniel…? ¿Daniel?
El Page ya se sabía de memoria todas las quejas de Ivy desde la tarde pasada, y al darse cuenta de que no dejaría de lamentarse, como si su situación fuera realmente grave —cuando parecía más un simple berrinche que le había arruinado su anhelado viernes— había decidido que la opción más viable para no seguir con el tic nervioso que tenía por el estrés era simplemente desconectarse de todo, costara lo que le costara.
Ya ni siquiera sentía lastima por Angelo, dejado a merced de la furia femenina de la Warrington, porque simplemente no escuchaba ni sentía los suaves golpecitos en el costado que le pedían, para variar, ayuda.
Pero no bastando con forzar su mente a no sucumbir a las quejas de su amiga, los repentinos cuchicheos fueron otra amenaza que advertía algo que, a diferencia de con Ivy, no podía ignorar. No fue necesario prestar demasiado atención —tampoco es que pudiera hacerlo con los gimoteos de la Warrington a su lado— para notar la repentina crueldad, ese recordatorio necio de cuán despreciables podían ser los chicos sólo porque sí.
La inmadurez es un peligro andante e ignorante, si se lo preguntaban…
—Ugh, mira quién viene…
—¿El patito feo? No puede ser, me sorprende que siga asistiendo… ¿no se supone que lo habían apaleado para que se largara?
—Debería hacernos un favor y salirse de Hogwarts.
—Eso o nunca haber salido de la enfermería…
Rodando los ojos, harto de las mismas palabras hirientes que no lograba simplemente pasar por alto sin que su pecho se apretara porque seguía sin soportar que trataran tan mal a Elliot, Daniel vio entrar a los jugadores de Quidditch de su casa. Ginx, Jason y Elliot, quienes eran como hermanos inseparables, parecían haber aprendido el arte de ignorar los cuchicheos pues pasaron directamente a la mesa donde se encontraban varios alumnos de Ravenclaw. Sin embargo, dejando que sus amigos de adelantaran, Elliot pasó primero a la mesa donde estaba Daniel, sonriéndole con esa expresión que derretía el corazón del pelirrojo con un amor puro e intenso… claro, cuando no estaba de mal humor, porque de lo contrario sólo lo sonrojaría como si no quisiera suavizar su semblante y arriesgarse a estresarse de más cuando algo terminara saliendo mal —porque sabía que lo haría, y no, no era ansiedad, ¡era un maldito sexto sentido que casi siempre tenía razón!
—Hola Daniel, hoy habrá práctica de Quidditch a las cuatro, ¿crees que puedas…? —Antes de terminar de extenderle la invitación, el castaño notó la expresión cansina de su novio. Su semblante se suavizó con compasión, negando con la cabeza—. No, olvídalo. No necesitas ir. Te ves cansado, mejor descansa.
Para sorpresa hasta del propio Daniel, éste se encontró a sí mismo negando con la cabeza, tratando de forzar una sonrisa amable.
—No, no, está bien, Elliot. No te preocupes por mí, ¿sí?, allí estaré. —Respondió con un tono de voz que sonó convincente, como el Daniel que había aprendido a ser para sus amigos, aunque una parte de sí se sintió rápidamente fastidiada porque había esperado tener un fin de semana lejos de lo académico para intentar recompensar que toda la semana no le habían dado un verdadero descanso para sí mismo.
Aun así, la otra parte de sí mismo era más fuerte, y la obligación de enmendarse con su novio pudo más, aunque esto no evitó que internamente se maldijera de todos modos, y peor, que maldijera a su novio. Es que en serio no entendía el afán de nunca dejarlo descansar de responsabilidades que ni siquiera eran suyas. Es decir, ¿para qué quería Elliot su presencia durante la práctica? ¡Si la que más sabía de Quidditch era Robyn, no él!
—¿Estás seguro?
—Descuida, en serio lo estoy —insistió, como si su mente no estuviera refunfuñando en una especie de berrinche—. No podría perderme ninguna práctica si se trata de apoyar a mi novio, ¿no lo crees?
Elliot se sonrojó con esto, asintiendo con una cándida sonrisa asomándose en la comisura de sus labios. Aun le parecía un sueño salir con Daniel, pues para él el pelirrojo era la mejor persona del mundo, no viendo por completo cuando éste alzaba ese muro de falsedad para evitar confrontar sus propias culpas y temores. Saber que contaba con su apoyo y que, a diferencia de casi todos en Hogwarts, con él siempre habría bonitas palabras reconfortantes, le aliviaba el dolor que suponía ser el «patito feo» del castillo.
—Gracias, Daniel. —Para demostrar su gratitud y amor, Elliot le dio un beso en la mejilla a su novio, antes de retirarse contento hacia la mesa de los Ravenclaw, uniéndose prontamente a la discusión sobre una poción que debían tener lista para el lunes.
Una vez fuera de su vista, Daniel no pudo evitar dar un pesado suspiro, como si el cansancio acarreado por el constante insomnio le estuviese afectando más de lo que se podía ver a simple vista.
—¿Por qué siempre tienen que estarme molestando? —Se quejó entre dientes, pero con la suficiente claridad para que Ivy y Angelo lo entendieran.
—¿Daniel?
Por supuesto, esto fue una gran sorpresa para ambos chicos, pues jamás se le había pasado por la cabeza que su amigo pensara algo así de su novio. A fin de cuentas, si pensaba que Elliot molestaba, ¿qué no pensaría de ellos, sus amigos y con quienes tenía más tiempo conviviendo—o más bien, a quienes venía soportando más tiempo?
—Daniel, ¿estás bien…?
—No, no lo estoy —respondió secamente, con una frustración y repudio palpable, sin dejar que Angelo terminara su pregunta—. Toda la maldita semana me la he pasado haciéndoles favores y ya estoy harto —explotó, aun tratando de controlarse—. No me pueden dejar en paz nunca. Siempre tengo que ser yo, yo, yo. Y cuando por fin creo que voy a poder descansar, vienen a echarme más trabajo.
—Daniel, ¿por qué aceptaste ir a la práctica entonces? —Ivy frunció el ceño—. Elliot te dijo que no fueras, que mejor descansaras porque te veías cansado. Si aceptaste no es para que te quejes así.
—Es mi novio. —Daniel se cruzó de brazos, a la defensiva. Podía percibir la tensión elevándose, la mirada de sus amigos obviando su molestia.
—Y te dijo que no era necesario que asistieras —insistió Ivy.
—¡Tú qué vas a saber! Por tu culpa ayer le quedé mal.
—¿Y por eso vas a ir hoy a regañadientes? —Contrarrestó Angelo, visiblemente ofendido igual que la Warrington, defendiendo a su amiga—. ¿No crees que es injusto que hables así de tu novio sólo porque te sientes comprometido? Eso es grosero, Daniel. Las cosas se hacen por voluntad, no por…
—No me vengas a sermonear tú, Angelo. No tienes el derecho.
El susodicho se coloró de pura indignación.
—Bueno, ¿pues adivina qué? No voy a volver a pedirte nada si tanto te molesta ayudar a tus amigos —espetó furioso, torciendo la vista, como solía hacerlo cuando tenían discusiones acaloradas sobre las materias.
—¿Por qué eres así? —Ivy le miró con los labios apretados y la mirada endurecida—. Siempre parece que todo sobre nosotros te molesta de algún modo, Daniel, pero nunca dices nada. ¿Cómo esperas que sepamos—?
—¿Me harían caso? —La cortó él, crujiendo los dientes, como si se contuviera—. Ustedes creen que todo tiene que girar en torno a amigos y esas cosas, pero hay gente que no queremos que nuestra vida sea tan… ustedes se acercaron primero, y desde entonces no me dejan en paz. Yo… —sintiendo que las palabras se atoraban en su garganta, Daniel empuñó las manos y se levantó de golpe, agregando con dureza—: mejor me voy de aquí. No les debo explicaciones.
Ivy y Angelo lo observaron marcharse en silencio, sintiendo que la tensión menguaba y en su lugar el remordimiento se hacía paso. No era la primera vez que discutían, tampoco sería la última, pero sin duda se había sentido… mal, muy mal. En más de un sentido.
—… esto es tan injusto —murmuró Ivy, mirando hacia el plato de Daniel. apenas y había probado un bocado de su desayuno—. ¿Cuánto tiempo tiene mintiéndonos? No debería ser así… somos sus amigos, se supone que puede confiar en nosotros…
Ambos chicos se sumieron en un repentino silencio dubitativo. Desde que se había hecho pública la vida de los Page durante tercer grado, el chico había cambiado un poco, encerrándose en sí mismo con más ahínco que antes. Pero si eso era lo que le molestiaba, ¿no era mejor que lo dijera en lugar de guardárselo?
Esto hizo que la chica, con el rostro repentinamente serio, tuviera una idea.
Tal vez no era la mejor—no, en realidad definitivamente era una pésima idea de la cual se lamentarían más temprano que tarde, pero en ese momento ¿qué podían perder llevándola a cabo? Ya estaban peleados con Daniel, de todos modos, y las cosas entre ellos parecía no tener una solución menos drástica…
Daniel se sentía culpable. Había sido impertinente y grosero con sus amigos, quienes tenían razón con recriminarle sobre su actitud. Si Elliot le había asegurado que no había problema con no asistir a la práctica, ¿por qué se estaba quejando si él fue quien insistió en que estaba bien? ¿Por qué resentía a su novio de sus propias acciones? Su estómago le rugió mientras terminaba de verter los ingredientes en el caldero burbujeante. El chisporroteo y burbujeo resaltaban en las silenciosas paredes del baño del segundo piso, y sus pensamientos parecían volverse ecos que escapaban de su mente.
El repentino ruido de la puerta lo hizo mirar en dirección a la entrada, suavizando el semblante al ver que eran Angelo e Ivy. Ambos tenían una bandeja en sus manos con sus comidas favoritas —al menos las que debieron rescatar antes de que se retirara la comida del Gran Comedor. Una parte de sí se sintió más avergonzado por haberlos dejado atrás, por no haber desayunado propiamente, y forzarlos a ser ellos quienes dieran el paso como siempre cuando discutían.
Aunque un poco necios y tercos como cualquier adolescente lo es, sus amigos eran los mejores amigos que podía tener. Daniel se lamentaba a veces el no confiar por completo en ellos. Sentía que… que tampoco se los merecía.
—¿Cómo te va yendo la poción? —Preguntó Ivy, entregándole su almuerzo.
—Ya está casi lista.
—¿Tienes sed? —Angelo le pasó un vaso, tratando de disimular un temblor nervioso.
El pelirrojo se le quedó viendo a la bebida, como si sus ojos escudriñaran algo fuera de lugar. Para un experto en pociones nada se le escapaba, pero el hambre y la ternura mezcladas por el bien gesto de sus amigos hizo que simplemente aceptara el ofrecimiento. Antes de beber, miró a los ojos a ambos chicos.
—Yo… lo siento, por… ya saben, eh… por cómo me comporté. No he estado descansando muy bien que digamos, pero no es su culpa, sino mía —admitió, como si repentinamente tuviera una revelación sobre lo mal que le hacía no ser sincero con la gente que apreciaba.
Ivy y Angelo intercambiaron miradas casi apenadas, y el chico estuvo casi dispuesto a tirar la bebida con la poción, pero finalmente, sabiendo que no podían dejarse conmover por una mejoría que eventualmente sería ignorada porque Daniel podía llegar a ser así sin darse cuenta, le sonrió y dejó que tomara el vaso, luego le diera un buen sorbo al jugo de naranja.
Aunque las dudas estaban allí, sentían que lo correcto era seguir con su plan. Daniel tenía que aprender su lección sí o sí. Era su amigo y merecía saber que podía desahogarse sin miedo a nada, siempre y cuando, primeramente, admitiera que no estaba siendo sincero del todo con ninguno de ellos. Para ayudarlo, él tenía que dejarse ayudar primero. Pero… aun así, la culpa les retorció las tripas.
—Eh, esto está muy rico —Daniel sonrió, sorprendido.
—Sí… eh… bueno, te dejamos seguir trabajando.
Confundido, Daniel vio a sus amigos irse presurosos, pero no les dio tanta importancia, volviendo tanto a su poción como a su almuerzo. Para cuando faltaba un par de horas para la práctica de Quidditch el chico ya había terminado su poción y el mal humor por haber discutido con sus amigos, gracias a su reconciliación, menguó lo suficiente como para suavizar su rostro y dejar de pensar en ideas sombrías sobre cuánto miedo le daba perder a sus amigos —pensamientos que creía haber superado hace un tiempo, y no entendía por qué habían vuelto al asecho— mientras, paralelamente, esperaba que ya nadie más fuera a molestarlo porque tenía suficiente con su novio.
Mientras caminaba por el pasillo del ala norte del castillo, tomándose el descaro de tararear y dejar de preocuparse tanto por bajar la guardia un ratito, aun cuando su mirada bailaba nerviosa para no ser atrapado en una situación comprometedora, su momento de paz se vio rápidamente interrumpido, como una burbuja que explota, cuando vio a Kevin acercarse a él con una sonrisa amistosa, ajustándose los lentes mientras apuraba el paso para llegar a él.
El chico no vio la mueca de fastidio de Daniel, un gesto pasajero que se vio reemplazado por la sonrisa resignada de siempre porque «oh bueno, son sus amigos», por lo que no esperó la respuesta que terminaría deslizándose por su lengua. Daniel tampoco lo imaginaba:
—Oye Daniel, ¿crees que puedas ayudarme a encontrar «Animales fantásticos y dónde encontrarlos»? Ya busqué en la biblioteca, pero…
—¿Qué acaso tus lentes sólo sirven para que te veas como un nerd?
—… ¿e-eh?
Daniel sintió que se le congelaba la expresión por lo que acababa de decir, sonrojándose aun con la sonrisa amable. Kevin se le quedó viendo con cara de estupefacción, entreabriendo la boca como para reír, aunque no le había parecido gracioso. En realidad, su expresión pronto pasó a reflejar confusión y tristeza, pues de todos en Hogwarts jamás había esperado que Daniel se metiera con su físico. No teniendo a un novio que también parecía un nerd… y no cuando se supone que eran amigos desde primer año…
—Kevin yo…
—Perdón. Supongo que es verdad —intentó volver a sonreír—. ¿Por qué uso mis lentes si no les doy buen uso? —Trató de bromear para aligerar el ambiente.
—¿P-por qué buscas ese libro, de todos modos? ¿N-no lo has comprado, quiero decir?
—Quería investigar sobre una criatura…
—¡Ah, chicos! —Intervino Robyn, dándose cuenta rápidamente de que algo pasaba entre aquel par—. ¿Están bien? ¿De qué hablaban?
—Ah, sólo le estaba pidiendo a Daniel…
—Kevin me demostraba una vez más que los nerds pueden ser tontos aunque aparenten lo contrario —respondió el pelirrojo jocosamente.
Robyn endureció el rostro, ignorando la mueca de pánico que cruzó en el Page, quien pasó de parpadear varias veces, confundido, a sentir el remordimiento acrecentándose en su pecho por la forma en que, nuevamente, volvía a ser grosero sin motivo. No es que no haya pensado en algo así antes, pero…
—¿Qué diablos te pasa? ¡No puedes decirle eso a Kevin!
—Yo… lo siento, es que…
—Guárdate tus excusas mejor. Fuiste grosero y eso no tiene justificación —farfulló la chica, tomando de la mano a Kevin, pero éste, para más remordimiento para Daniel, intentó calmar a su amiga tomándola del hombro.
—Está bien, Robyn. No seas tan severa… Daniel estaba bromeando, ¿verdad?
El susodicho asintió, pero la mueca en su rostro no fue creíble para ninguno.
Sin nada más que decir después de aquel incómodo encuentro, la pareja se retiró, mientras que el Page se apresuró para perderse de vista, sintiendo que en cualquier momento Robyn podría patearlo por ser un idiota sin razón.
Mientras se alejaba de ese pasillo, Winnifred lo abordó repentinamente. Con el tiempo Daniel había aprendido a diferenciarla de Ivy —no sólo por su ropa de Slytherin, sino por su personalidad, por lo que su presencia no le supuso un alivio, sino todo lo contrario. Aunque la chica no era una mala persona, a veces adoptaba el mismo tono falsamente condescendiente de Cassandra. Verla después de ver a su amiga sufriendo por ella tampoco le ayudó a recibirla de buena manera cuando ésta le sonrió y, sin miramientos, preguntó:
—¡Daniel! Qué bueno que te encuentro. Verás, es que estaba redactando un pergamino para mi clase y…
—¿Qué? ¿Tu amiguita Cassandra no te puede ayudar y por eso vienes a molestar a los amigos de la gemela que ni siquiera escuchas? ¿Quién me asegura que me harás caso, de todos modos? —La interrumpió en una mezcla de sarcasmo y sorna.
Al inicio, ambos se sumieron en un silencio tenso y espeso, con el pelirrojo incrédulo de lo que había dicho y la albina carburando la pasivo-agresividad. Luego, Winnifred frunció el ceño, respondiendo firmemente:
—Cassandra tiene razón al decir que eres pedante y prepotente. Deberías agradecer de que sigues teniendo amigos en lugar de ser un idiota pretencioso. —Acto seguido, con un «¡hmph!» bastante indignado, se dio la vuelta y se marchó dando pisotones, sin intenciones de seguir escuchando más de él.
Daniel sólo pudo sentir como la vergüenza subía hasta su rostro y su pecho se apretaba con más fuerza. No podía entender por qué estaba diciendo esas cosas, por qué estaba actuando de esa manera, y por qué parecía que todo lo que cruzaba, o llegó a cruzar por su mente, era disparado con mordacidad sin pensársela dos veces. ¡Así no era él!
O más bien… ¿eso era lo que a menudo intentaba esconder? ¿Esa fea y cruel actitud suya era el verdadero Daniel Page? ¿Una caldera desbordada que arrasaba todo a su paso?
Asustado y confundido por lo que sea que le estaba pasando, temeroso de la posibilidad de que pudiera seguir ofendiendo a sus conocidos y amigos, el chico intentó escabullirse hasta la sala común de su casa, pero en el proceso se topó con Lottie, la cual se acercó a él con otro de sus dibujos en mano.
«No, no, no-no-no-no—»
—¡Daniel! Mira, ya practiqué más para mejorar mi estilo. —Ignorante al conflicto interno de su amigo, la chica le mostró el dibujo, sus ojos brillando emocionados, orgullosa del resultado—. ¿Qué me dices?
—Es… —el chico sintió que su sonrisa nerviosa se convertía en una mueca falsamente indulgente—. Como si ni siquiera te tomaras las cosas en serio. Dibujas tan mal como antes, sin proporción, colores feos y así no se ve una persona. ¿Es surrealismo o qué?
Sí… otro comentario excedente de innecesaria y cruel verdad.
El brillo en los ojos de Lottie se opacó súbitamente, para pavor del Page, y en lugar de llorar como lo había hecho antes, sintiéndose la peor artista del mundo, tan sólo cerró su cuaderno y se retiró en silencio, cabizbaja y apenada, intentando que su moqueo no fuese escuchado mientras se retiraba.
«¡¿Qué me está pasando?!» El chico se llevó las manos a la cabeza, presa de un pánico tan intenso como repentino que le apretó dolorosamente el nudo en su estómago. No podía creer que acababa de ser innecesariamente cruel con su amiga sólo porque, a su opinión, aún le faltaba mucho camino por mejorar.
Es decir, las críticas objetivas ayudan, pero ¿una opinión donde todo se resumía a que estaba mal? ¿Qué clase de ayuda estaba ofreciendo si sólo demeritaba el esfuerzo y hacía sentir mal a la chica, quien activamente buscaba mejorar?
Sabiendo que una disculpa no bastaría para enmendar las estupideces que estaba diciendo —¿qué importaba si eran ciertas o no? La verdad sin empatía es sólo crueldad—, Daniel trató de calmarse primeramente. Tenía que pensar claro, convencerse de que las cosas podían solucionarse y pensar en una solución obviamente.
No iba a perder a sus amigos. No podía… no quería hacerlo.
En lugar de gimotear asustado, debía de encontrar la razón por la cual estaba actuando como actuaba antes de que fuese demasiado tarde para él, así que corrió por los pasillos, evadiendo a todo conocido que se cruzara en su camino, ansiando esconderse en su dormitorio hasta despejar su mente —o vomitar la bilis atorada en su garganta: lo que pasara primero. Sentía que todo le daba vueltas por el montón de posibilidades y temores haciéndose cada vez más tangibles, temblaba intimidado, el pánico corriendo por sus temblorosas extremidades, pero cuando vio a los jugadores de Quidditch de Slytherin retirándose del campo, se frenó en seco y recordó que había quedado de apoyar a Elliot.
Aunque tenía miedo de alejar a todos por su actual actitud, no podía quedarle mal a su novio. Ya le había hecho no sólo el día anterior, sino muchas otras veces más, por lo que, incluso cuando su cuerpo se negó al inicio, se encaminó hacia el campo de Quidditch, rogando porque todo saliera bien. Porque lo que sea que le estuviera pasando no sucediera en frente del Evers.
Elliot Evers era un excelente cazador y buscador en su equipo, pero no se conformaba con dominar estas posiciones. Su objetivo desde inicios del año había sido el de perfeccionar todos los roles de Quidditch por si acaso su equipo necesitase de él en ocasiones especiales, y, no iba a negarlo también, parte de su ego jugaba un papel importante en dicha decisión.
No es que sólo buscase la aprobación y aceptación de los demás o peor; que la atención se dirigiese sólo a él, pero sentir que era relevante en algo, que era más que «el patito feo» de Hogwarts y que en las gradas la gente lo veía con otros ojos, le daba una gratificante sensación de pertenencia que a menudo fungía como una determinación inquebrantable por ser el mejor golpeador y guardián del equipo también. Un «todo en uno», de ser posible.
Por tal motivo, cuando pidió al líder del equipo si podía practicar como guardián y golpeador, no fue una sorpresa ni tampoco una petición descabellada. Ya tenía sus antecedentes, y, por supuesto, en respuesta recibió un elogio por su compromiso, de esos que a menudo le hacían sentir que valía la pena seguir esforzándose contra viento y marea.
—Vaya, siempre estás pensando en cómo mejorar para el equipo —Leo Winslow sonrió con orgullo—. Eso es lo que hace a un verdadero jugador, Elliot. Veamos qué tal te va hoy. —Después de darle una palmadita en el hombro hizo un ademán para que Zara y Max se acercaran.
En las gradas, Daniel, en una mezcla entre nerviosismo y falsa quietud, como si luchara consigo mismo y el aparente «borrado de filtros en sus respuestas», observaba la repentina acción en el campo. Ivy y Angelo, recién llegando —ignorando que Connor y Akira se acercaban también—, no tardaron en cuestionarse qué estaba haciendo Elliot.
Angelo fue quien lo hizo en voz alta:
—¿Están cambiando de posiciones?
—Elliot lleva tiempo queriendo dominar todas las posiciones de Quidditch. Según él, nunca se sabe cuándo podría fallar un guardián o un golpeador y necesitarían a alguien que cubra el puesto. —Explicó Akira, acomodándose detrás de los chicos, sonriendo despreocupado.
Connor, a su lado, también se puso cómodo en su asiento.
—Seguramente será pan comido para él. Elliot es muy buen jugador. —Ivy, confiada en las habilidades de Elliot en el Quidditch, fue secundada rápidamente por el asentimiento de cabeza de Angelo y los amigos del Evers.
Daniel, no obstante, no compartía del todo dicho optimismo. Aunque sabía que su novio era increíble como cazador y buscador, no podía imaginarlo desempeñándose igual de bien como guardián o golpeador. Por supuesto, se negó a decirlo, mordiéndose la lengua para no abrir la boca y meterse en problemas por su hiriente sinceridad.
Desgraciadamente Akira era una alma curiosa, e ignorante de su conflicto interno se inclinó hacia Daniel, preguntándole con naturalidad:
—Entonces, Daniel, ¿qué piensas de que Elliot quiera probar algo tan diferente?
El susodicho titubeó, no deseando seguir comprometiéndose con respuestas que podrían ser perjudiciales para él. Intentó seleccionar sus palabras con cuidado porque sabía que Akira insistiría y no responderlo también podría ser un problema, pero, tal como en los casos anteriores con Kevin y Winnifred, su propia voz lo traicionó. Así, con un tono más sincero de lo que deseaba, respondió de manera grosera:
—Dudo que Elliot sirva como golpeador o guardián. A él se le da ser cazador y con eso debería de conformarse. No todos pueden ser buenos en todo. Sólo quedará en ridículo.
Un silencio incómodo se extendió entre los presentes, mientras Daniel palidecía por haberlo hecho de nuevo. La controversia chispeó en los presentes: Akira frunciendo el ceño, tratando de procesar lo que había escuchado, Connor desviando la mirada, claramente tenso, apretando la mandíbula en el proceso; Ivy y Angelo mirándose mutuamente con incredulidad.
—¿No usamos bien la poción…? —Susurró la chica con un nudo en el estómago, sus ojos en una repentina amalgama de inquietud, arrepentimiento y preocupación
—Decía tres cucharadas… ¿o eran gotas…?
La tensión se elevó ante la incertidumbre, y allí, en ese momento, ambos comprendieron que habían hecho algo terriblemente malo. ¡Habían usado mal la poción!
Es decir… no del todo, porque las palabras de Daniel obviaban que la poción funcionaba al hacerlo hablar con una sinceridad, pero no lo hacía cómo esperaban, pues ahora parecía no saber cómo mantenerse al margen sin ser hiriente al propósito…
—Bueno, uh… hacer el ridículo es parte del aprendizaje, ¿n-no? Además… eh… en el Quidditch… no creo que… —Aunque Akira intentó seguirle la corriente a Daniel para aminorar la creciente tensión, sus propias palabras parecían forzadas, así que finalmente optó por guardar silencio.
Daniel intentó corregirse, pero la expresión de los presentes no ayudó en sus ánimos para hacer el esfuerzo. Había metido la patada de nuevo, y tal como pasó con Kevin, cuando el daño está hecho no se puede ignorar y seguir como si nada. él también guardó silencio entonces, encogiéndose sobre sí mismo, recriminándose por cómo estaba actuando tan de repente…
Sus amigos se vieron nerviosos, como si quisieran hacer algo para arreglar el embrollo que ellos mismos habían causado, pero no sabían cómo manejarlo.
En el campo, por otro lado, el equipo ya había cambiado de posiciones dejando a Elliot como el guardián. La emoción del chico era palpable tanto como su determinación por dar todo de sí, pero por mucho que se esforzó para detener las quaffles, los fallos rebasaron a sus aciertos, calentándole las mejillas de pura vergüenza por el mediocre trabajo que estaba haciendo, aunque sus compañeros seguían dándole ánimos, no fijándose en la torpeza de sus movimientos sino en la convicción que tenía por mejorar.
Ver de reojo que Daniel y sus amigos estaban viendo la práctica desde las gradas —¿no estaban hablando hace un momento?— sólo lo hizo enrojecer más en una mezcla de humillación y pena, pero también lo motivó, junto al vitoreo de su equipo, a seguir esforzándose, a tomar los errores como aprendizaje y no cómo algo negativo, porque nadie nace sabiendo todo. Porque la práctica hace al maestro, y porque si había aprendido a ser cazador y buscador, ¿por qué no podría ser también guardián?
Aun así, Leo al final, notando que el Evers estuvo a punto de caerse en un par de ocasiones, decidió cambiar de posiciones. Como líder del equipo no podía permitir dejar que ninguno de sus muchachos se lastimara; menos el mejor cazador que tenía. De esta manera Elliot pasó a ser buscador, su resolución quebrándose un poco al sentir que no estaba al nivel que creía estar, pero no lo suficiente para desistir de seguir intentándolo.
«Sólo debes seguir practicando, hay que seguir practicando, Elliot. Todo está bien…» se animó a sí mismo, sopesando el bate con nerviosismo.
Pronto se daría cuenta, desgraciadamente, de lo difícil que era ser golpeador, pues de no ser por Zara, quien intervino para protegerlo, demostrando lo que era ser un verdadero golpeador, la bludger lo habría tumbado de la escoba más rápido de lo que él volvía a levantarse para continuar.
—No le tengas miedo, Elliot. La bludger te debe de temer a ti —lo aconsejaba la chica y Max, quien ahora fungía como buscador, sonriéndole para que no se desanimara.
—Puedes hacerlo, confiamos en ti. Recuerda que aquí no hay errores, sólo aprendizaje.
—¡Una vez más, chicos! —Gritó Leo, aplaudiendo para que todos volvieran a sus posiciones, luego miró a Elliot—. ¿Estás listo?
El Evers apretó el bate con fuerza, respiró hondo y asintió, preparándose para un nuevo intento. Observó la bludger dirigiéndose hacia él, entrecerró los ojos como si calculara la distancia a medida que se desplazaba él mismo por el campo, se acomodó en su escoba para una posición más preparada para el golpe, y justo cuando iba a dar el batazo, la bludger golpeó el palo de madera, tomándolo desprevenido.
El bate ni siquiera rozó a la pelota, la cual rápidamente fue interceptada por Zara a sus espaldas. En su lugar, Elliot se encontró a sí mismo bailoteando en el aire, tirando el bate para volver a estabilizar su escoba, antes de sonrojarse mientras el campo se sumía en un silencio casi tenso e inquieto.
—Eh… Elliot, ¿sí sabías que es pegarle a la bludger, no bailarle? —Bromeó Leo para alivianar la situación.
El susodicho rió divertido, con sus mejillas aún rojas, pero el estómago menos apretado y adolorido por la tensión. El resto también rió, Ginx y Jason imitando a Elliot, otros de los chicos cayéndose al intentarlo, convirtiendo el campo en un chiste que demostró nuevamente la camaradería que tenían los jugadores.
Así, cuando las risas se callaron y el buen ánimo resurgió, Elliot lo intentó de nuevo, sin darse cuenta de que, en las gradas, Daniel parecía estar a punto de colapsar, con un tic en el ojo y la mandíbula bien apretada, conteniéndose en gritarle que dejara de hacerse el tonto, no sólo preocupado de que algo le pudiese pasar mientras practicaba en algo en lo que evidentemente no era bueno, sino molesto porque ¿cómo o podía entender que lo suyo era ser cazador? ¿Qué necesidad tenía de querer demostrar de lo que era capaz, si al final del día todo se quedaba en el campo de Quidditch?
Nadie iba a respetarlo de verdad a menos que hiciera algo para cambiar su reputación entre los alumnos de Hogwarts, no sólo entre los jugadores de Quidditch, quienes eran una minoría en cuanto a la comunidad estudiantil y no hacía una verdadera diferencia, a su parecer. Y aun así, ahí estaba de nuevo, fallando otro golpe, causando que la bludger tumbara a Max de su escoba, y riéndose a carcajadas por otra broma estúpida que lo alentaba a seguir como si no hubiese pasado nada. Como si todo fuera un juego —porque bueno, ¿qué no lo era?
—¡¿Acaso no te das cuenta de que no sirves como guardián y golpeador, Elliot?! ¡Deja de perder mi tiempo! —Se encontró gritando de repente, sin pensárselo dos veces, con un fastidio palpable en su voz.
Cuando se dio cuenta de cómo lo había dicho, de lo que había implicado con su queja—no, con su insulto, fue cuando los jugadores voltearon a verlo boquiabiertos, mientras que Elliot, callándose en seco, le miró horrorizado, incrédulo. Para él era imposible que Daniel hubiese dicho algo tan hiriente, pero… pero ahí estaba, petrificado en su lugar y con una mueca de culpabilidad, así que ¿quién más podía ser?
Un punzante dolor en el pecho se hizo presente, pues jamás había recibido comentarios negativos en Quidditch, salvo en su primer partido, que aun así estuvo colmado de elogios por su desempeño. Darse cuenta de que su novio pensaba que ir a apoyarlo era una pérdida de tiempo lo hirió profundamente, pero se negó a llorar en frente de todos. Mordió sus labios, como si el dolor pudiera contener las lágrimas, miró el bate en su temblorosa mano, y luego bajó la mirada, sintiendo que, por la forma en que temblaba, caería de la escoba en cualquier momento. Si eso pasaba sería el colmo y juraba que nunca más volvería a intentar nada nuevo.
—Winslow, cambiemos de posición —murmuró acercándose al líder.
Leo aceptó su petición, haciendo lo posible por no empeorar la situación. De esta manera, en una tensión espesa, el partido de práctica continuó.
En las gradas, sin embargo, Akira y Connor no esperaron a que la práctica terminara para retirarse, apenas despidiéndose superficialmente de los chicos —de Ivy y Angelo, pues Daniel permaneció inmóvil en su lugar, con una sensación de desasosiego apretándole las entrañas a medida que el pánico crecía en él. Ver el cambio en Elliot, quien pasó de ser torpe y apenas decente a volverse la estrella del equipo, anotando una y otra vez, fue un claro ejemplo de cuál era su rol estrella en el Quidditch: la definición de victoria y éxito, ¿pero a qué costo?
El ambiente se había vuelto pesado e incómodo. Ginx estaba enfadado por cómo Daniel había tratado a su amigo: aunque intentaba disimularlo, su expresión no podía ocultar su frustración. Jason, por otro lado, mantenía un porte sereno y poco a poco lograba que el ambiente volviera a la normalidad, intentando no hacer más difíciles las cosas para el Evers. El resto del equipo también trataba de menguar la situación, aunque pronto se dieron cuenta de que Elliot aumentaba la velocidad de la escoba cada vez que anotaba, alejándose un poco más de su grupo entre cada anotación, como si intentara evitarlo. Como si quisiera disimular el llanto y encontrar la oportunidad de limpiarse las lágrimas pasando desapercibido, porque no era momento de lloriquear, sino de dar lo mejor de sí mismo.
Tal vez así Daniel ya no lo vería como una pérdida de tiempo.
—Ay Ivy… creo que lo estropeamos… —murmuró Angelo, profundamente arrepentido de haber robado el Veritaserum, y aún más, de no haberlo administrado cómo correspondía, pues Daniel lucía visiblemente agobiado y afectado por la cruda sinceridad de sus palabras.
Claro, querían que su amigo aprendiera una lección sobre la honestidad, ¡pero esa no era la manera correcta! Con razón su utilización era controlada por el Ministerio de Magia y Slughorn la tenía recelosamente guardada entre sus pertenencias… de verdad que la habían liado muy mal.
—Tenemos que encontrar cómo resolverlo —susurró Ivy en respuesta.
Al finalizar la partida, Daniel corrió para ir tras Elliot, para disculparse por lo que había dicho y explicarle que no lo hacía al propósito, mientras que Ivy y Angelo corrieron para ver si el propio Slughorn tenía algo para contrarrestar el Veritaserum. Desgraciadamente para el Page, Ginx no lo dejó acercarse al Evers, empujándolo con los dientes crujiendo del coraje.
—Ni se te ocurra acercarte, Page. Ya dijiste suficiente —le amenazó.
—Ey Elliot, estuviste estupendo, en serio. —Jason, por su parte, trató de animar a Elliot tomándolo por los hombros, evitando que viera que Ginx estaba reteniendo a Daniel a sus espaldas—. Vayamos a descansar. Fue una práctica muy intensa la de hoy, ¿no crees?
El castaño no dijo nada, sólo se dejó llevar hacia su dormitorio, viendo de reojo hacia las gradas vacías. En ningún momento se le ocurrió mirar a sus espaldas, y Jason no lo permitió. Daniel no se animó a llamarlo en voz alta, tampoco, empujado por Ginx hasta que se fue de sentón al suelo, comprendiendo las acciones de los amigos de su novio, y no culpándolos por su actuar. De alguna forma, era lo mejor, y aún más importante, él se había buscado ese resultado. Él había roto con la confianza del Evers, había hecho que el campo de Quidditch, que era para Elliot un escape hacia esa cruel realidad, su lugar seguro donde siempre era halagado, admirado y, sobre todo, respetado, se convirtiera en una ilusión resquebrajada que le recordaba que fuera de él no era nada más que el patito feo a menudo insultado, acosado, y burlado, un cero a la izquierda, un chico que no valía la pena…
¡Pero era todo lo contrario! Elliot era la persona más increíble del mundo… y Daniel, por no saber cómo sincerarse y cómo desahogarse antes de explotar, lo había arruinado todo. y lo peor: quizá para siempre.
… no. No, eso no iba a pasar.
Elliot salió de darse una ducha mucho más larga que la de sus amigos y compañeros. Su rostro seguía sumido en una profunda tristeza, por lo que nada más llegó a su dormitorio se sentó en la cama, cerró las cortinas del dosel y se acurrucó en sus sábanas. Tanto Ginx como Jason escucharon su llanto, pero no intervinieron. Sólo le hicieron una seña a Connor y Akira para que no hicieran ruido, conscientes de que no podían ayudar a su amigo, pero al menos le darían la privacidad para desahogar su pesar sin sentirse aún más avergonzado o cohibido de lo que ya debía de sentirse.
Lo que no se esperaron fue la repentina intromisión de Daniel en el dormitorio, quien, aun con la amenaza de Ginx presente, había decidido ir hasta allí para disculparse. No podía permitirse dejar pasar ni un solo momento si eso suponía empeorar la situación. Prefería que Elliot le gritase si eso lo ayudaba, a que cargara con todo él solo… lo cual era irónico, de hecho, considerando que él hacía justo eso…
—¡Oye! ¡¿Qué…?!
Daniel empujó a Ginx y Jason, Connor y Akira quitándose por su cuenta, dejándolo pasar. La sucesión de acontecimientos haciendo que Elliot se tragara las lágrimas, viendo por encima de su hombro segundos antes de que Daniel corriera el dosel y le mirara con ojos brillosos: la culpa y la determinación chispeando en ellos.
—¡Elliot! Elliot… —bajó la voz, sintiendo que se le quebraba por el remordimiento—, yo… perdóname por lo que dije. Perdóname por no ser el novio que te mereces… yo… —las lágrimas se amontonaron en sus ojos, sin entender por qué se sentía repentinamente tan… tan vulnerable. Se hincó en la cama, con los labios apretados y las mejillas rojas, viendo al Evers a través de sus lágrimas—. No sé qué me está pasando. No sé por qué de repente digo todo lo que pienso y… ¡pero no es que piense eso de ti! No… no de esa manera tan cruel… sé que no es excusa pero estoy tan harto de todo, tan cansado y frustrado… y aun así eso no es excusa para mi comportamiento…
—Daniel —Elliot le tomó de las mejillas, moqueando discretamente, como si ver a su novio de esa manera le partiera el corazón peor que sentir que era una molestia para él—, está bien, está bien, Daniel. Cálmate. No te estoy entendiendo…
—¡Sólo déjame decírtelo! —Chilló el pelirrojo—. ¡¿Por qué cuando nunca digo nada me dicen que hable y cuando quiero hablar sin saber por qué—!
—Estás actuando raro, Daniel… espera —Elliot pareció comprender algo de repente, mientras su novio seguía lloriqueando incómodo.
Afortunadamente para ellos, el resto de los Gryffindor se habían retirado, aunque el Evers estaba seguro de que buscarían una razón para no dejar que una de sus bludger le golpeara en la cara al Page.
Con un chispazo de resolución, Elliot miró a Daniel a los ojos.
—Daniel, dices que no sabes por qué dices todo lo que piensas…
—No pienso que me quitas el…
—No, cállate y déjame hablar —lo interrumpió, no queriendo ser brusco, pero si lo que pensaba era cierto, lo mejor era que su novio no hablara demasiado o se podría arrepentir de muchas más cosas—. ¿Tomaste algo raro últimamente? Podría ser que… no me gusta suponer, ¡pero podría tratarse de Veritaserum, Daniel!
El susodicho se quedó callado en un silencio aplastante, respirando con más calma, hasta que sus ojos se abrieron con sorpresa, como si hubiera caído en cuenta de algo tan obvio que era insultante no haberlo intuido antes.
—¡Angelo e Ivy—ugh, esos idiotas me las van a pagar! —Rugió hecho una furia, pero al ver a Elliot rápidamente su mirada se tiñó de suplicia—. ¿E-entonces no estás enojado conmigo por lo que dije…? ¿Incluso si es cierto…?
El Evers le hizo un gesto para que se sentara a su lado, tomándole las manos, ignorando su último comentario.
—Tú mismo dijiste que te sientes muy harto. Me dolió mucho que pienses que soy una pérdida de tiempo…
—Las prácticas de golpeador y guardián —lo corrigió Daniel sin dudarlo, luego se cubrió la boca para no seguir diciendo de más, aterrado de que nuevamente pudiera liarla.
—… a lo que voy —continuó, casi sonriendo de lado por lo rápido que se había resuelto el malentendido— es que entiendo que hayas explotado. O en este caso, que la poción te hiciera decir todo lo que sientes… ¿lo que te has guardado por cuánto tiempo? Porque todos tenemos un límite, Daniel. tú ya rebasaste el tuyo. ¡Eres como una caldera desbordada!
—Yo… tenía miedo de decir lo que de verdad pensaba precisamente por eso —admitió, cabizbajo—. No quería que pasara justo esto y aún así pasó y… yo… lo siento tanto… —suspiró, con los hombros caídos.
—¿Por cuánto tiempo lo has aguantado, Daniel?
—Después de que te mandaran a la enfermería —admitió con voz llorosa—. Pensé que si no los ayudaba a todos ustedes, otra vez pasaría algo así… así que desde entonces yo… al inicio no me molestaba, pero luego…
—¿Desde el segundo año? —La respuesta sorprendió a Elliot, también lo enterneció un poco, pero, sobre todo, le dio tristeza—. Eso es mucho… no tenías que cargar con todo eso por tanto tiempo, Daniel…
—Me lo merezco por todo lo que…
El Evers lo calló con un abrazo, un gesto tan reconfortante como inesperado que Daniel no sabía que había estado necesitando por tantísimo tiempo; la espontaneidad de aquel gesto derribando las pocas barreras que aún se aferraban a su pecho, de modo que no pudo contenerse más y abrazó con fuerza a su novio, lloriqueando sin saber exactamente por qué. Elliot también lloró, dividido entre sentirse aún un poco resentido por la actitud de su novio o por verlo de esa manera, finalmente sacando —aunque a fuerzas— todo lo que por años contuvo como un castigo que aún después de tres años seguía atormentándolo.
—No te lo mereces. Nadie merece esto, ni tú ni todos nosotros, a quienes nos lastimaste en el proceso.
—Eso fue culpa de Ivy y Angelo —Daniel hipó—. En verdad me las van a pagar…
Elliot rió entre moqueos, sin romper con el abrazo.
—Primero tenemos que encontrar el antídoto del Veritaserum.
—Más les vale que ya lo estén buscando. —El pelirrojo se alejó un poco, viendo con ojos brillosos a su novio—. En serio lamento tanto haberte gritado. Es muy noble lo que buscas, aunque no tienes que seguir buscando aprobación a través del Quidditch…
—Mejor no digas mucho hasta que se te pase el efecto de la poción —sonrió Elliot, callándole con el dedo.
Daniel se sonrojó, pero asintió.
Aun así, no pudo evitar agregar:
—Para mí eres el mejor, Elliot. Y que se jodan quienes no lo ven así. No les debes nada. mejor deberías agarrar la escoba y golpearlos si te insultan de nuevo…
—Daniel.
—… bien, bien… —hizo un mohín—. Entonces lo haré yo —susurró de repente—. Y de paso golpearé a esos dos idiotas por meterme en este lío…
—Creo que era una buena idea, pero mal ejecutada. Para que aprendieras una lección.
—¡Ginx me iba a golpear! Aunque me lo merezco por ser un idiota…
—Bueno, si eso hubiera pasado, yo te habría visitado en la enfermería. Como lo hiciste conmigo en aquel entonces.
—No debías terminar allí.
—Pero está bien, porque gracias a eso ahora estamos en donde estamos.
El Page asintió agradecido.
—Siempre sabes cómo verles el lado bueno a las tragedias, Elliot. Con razón te fijaste en mí… ugh, sí ya mejor me callo antes de que diga más cosas… —se interrumpió, con sus mejillas bien enrojecidas.
El castaño sólo soltó otra risita, sin negar ni confirmar nada, considerando seriamente convertir esa frase en un chiste interno, y un recordatorio menos agresivo de cómo darle una lección a Daniel si volvía a sus viejos y autodestructivos hábitos.
