Chapter Text
La pequeña Powder, quien ahora se hacía llamar Jinx , se dejaba arrullar por la cuna de Silco, la misma que su madre les cantaba a ella y a Vi cuando no podían conciliar el sueño por el ruido de la calle, mientras él acomodaba su cabello en trenzas para la noche.
Amigo, cruza el río.
Dame limosna, la aceptaré.
A pesar de toda la tragedia y del hecho de que él era, en parte, responsable de su sufrimiento, ella sabía que su vida sería mil veces peor sin él. ¿Quién más la habría acogido en su regazo después de lo que hizo? ¡Mató a su familia! ¡Sus estúpidas invenciones mataron a su familia! ¡Su propia hermana, sangre de su sangre, la abandonó por ello! Y ahora Vi también estaba muerta, por su culpa. Y murió odiándola, maldiciendo su existencia. Jinx, por ello, hubiera deseado morir allí mismo.
Tan solo dame un centavo.
Fortuna yo tendré.
Te pido sin envidia.
Pero en su lugar, Silco no solo la recibió, sino que la consoló, la mimó y la protegió en todos los sentidos desde el primer día. A diferencia de Vander y Vi, que apoyaban desde la incomprensión su pasión por inventar cosas, Silco parecía maravillado por su creatividad. A pesar de su renuencia inicial, él logró convencerla de retomar sus experimentos, proporcionándole materiales y libros para que aprendiera más y mejorara constantemente.
Aquí no alzamos torres.
De piedra es nuestro hogar.
A diferencia de ellos, él no cortaba su cabello para mantenerlo fácil de peinar. Todas las noches lo cepillaba y trenzaba cuidadosamente, dejándolo crecer largo, como lo recordaba en su madre. Las pocas veces en que ella se permitía chiflarse y recriminarle todo, lejos de enojarse o reprenderla, él la contenía hasta que terminaba llorando y buscando consuelo. Su vida estaba mal, pero sin él sería mil veces peor...
Ya ven, ya cruza el río.
Y ve…
Pero eso no significaba que él reemplazara todas sus pérdidas.
—¿Qué quieres por tu cumpleaños, Powder?
—Mi nombre es Jinx, y no sé de qué hablas.
—Tu cumpleaños es en una semana, es un día especial. ¿Qué quieres que te regale?
—No tienes que regalarme nada, porque no hay nada que celebrar.
—¿Antes no celebraban tu cumpleaños?
—Ni siquiera sé cómo sabes cuándo cumplo años. Yo por poco lo olvido.
—Tengo mis formas de saberlo todo —Jinx rió a pesar de sí misma, complaciendo al hombre a su lado—. Y no respondiste mi pregunta.
—No quiero celebrar nada nunca más —dijo con desgana, pero para Silco fue evidente que era una mentira a medias.
—La vida sigue, Jinx. Créeme, los momentos felices son pocos como para desaprovecharlos de ese modo. Sé que hay cosas que deseas pero que son imposibles de recuperar... pero eso no significa que no haya maneras de encontrar dicha en la desdicha. ¿Qué te haría ilusión?
El hombre contó hasta diez para no perder la paciencia ante su silencio. Sabía que la niña no tenía malas intenciones con su actitud: estaba herida, y al aceptarla, también asumió la responsabilidad de no renunciar a ella, por más difícil que fuera mantenerla a su lado. Él no sería el monstruo que odió durante tantos años.
—¿Te gusta mi globo terráqueo, no? Y mis mapas. Si lo pides, podríamos viajar lejos.
—Creí que siempre estabas ocupado.
—Será un día especial, puedo tomarme un descanso. Varios, de ser necesario.
—Me gusta imaginar otros lugares, pero no sé si me guste conocerlos. Podrían decepcionarme.
—¿Algún material extraño para tus inventos? Sé que normalmente te limito, pero si fuera un regalo de cumpleaños, podrías pedir lo que quisieras.
—Mi ingenio es hacer mucho con poco. No necesito materiales finos.
—¿Algún juguete, tal vez? Te gusta hacerlos.
—Exacto, hacerlos . Lo que me des, lo desarmaré para hacer algo más divertido.
—¿Te divierte hacerte la difícil?
—Pues sí, es divertido verte batallar por algo tan pequeño —admitió descaradamente, sacándole una carcajada—, pero lo digo en serio: que te tomes el día y lo pases conmigo sería más que suficiente, pero no tienes por qué hacerlo. No es un día especial. No quiero celebrar nada.
—Niña necia —a pesar de las palabras, su tono fue dulce mientras la arropaba—. Tienes una semana para pensarlo o te tocará fingir alegría por lo que sea que termine regalándote a ciegas. ¿Entendido?
—Haz lo que quieras.
—Descansa, Pow... Jinx.
—Nos vemos mañana, Silco.
(...)
—¿Me necesitabas?
—Tú estuviste junto a Vander por mucho tiempo.
—Más bien, estuve espiando a Vander por estar de tu lado demasiado tiempo. Decirlo de otro modo implicaría que soy una traidora, pero mi lealtad siempre ha sido clara. ¿Por qué hablamos de Vander?
—¿Acaso no celebraba los cumpleaños de su cuartel de niños? El Vander que conocí era un pesado con ese tipo de ocasiones. Me parece imposible que no fuera así con sus hijos.
—¿Por qué hablamos de cumpleaños?
—Jinx cumplirá años pronto.
Si bien Sevika era una fiel servidora de Silco y lo seguiría hasta el fin del mundo, no pudo evitar reírse al escucharlo.
¿Quién le creería si dijera que la mayor preocupación del jefe Criminal de Zaun en ese momento era complacer los caprichos de una huérfana?
—Espero que, si te ríes, sea porque puedes disculparte con una respuesta.
—Me temo que mi espionaje se enfocó en temas más vitales que el cumpleaños de una niña. ¿Por qué no le preguntas? Nunca se ha cortado al pedirte cuanto le place.
—No me quiere decir nada porque no quiere celebrar nada. Entiendo su dolor, pero sigue siendo una niña. Merece saber que es importante, y si Vander la acostumbró a celebrar su cumpleaños, no dejará de hacerlo bajo mi cuidado.
—Deja de regalarle tantas cosas todo el tiempo y te prometo que el próximo año, cuando le preguntes si quiere algo, tendrá una lista. No sé nada de niños, pero creo que te estás enfrentando a un caso de "cría cuervos...".
—Jinx no es un cuervo —la cortó de tajo—, ni una malcriada: es una niña herida, una muy sensible y talentosa niña que, con el apoyo debido, llegará a crear y destruir a su antojo con sus invenciones. Si Vander forjó a la brillante de fuerza, ¿por qué no habría de apoyar a la brillante de mente? La inteligencia y la creatividad son dones invaluables que Jinx posee.
—Confías demasiado en ella —insistió Sevika, pero al ver que su postura sobre la niña era inamovible, suspiró—. Solo espero que hayas tenido el mismo tino al confiar en ella que al confiar en mí, porque, de hecho, puedo responderte, aunque no te va a gustar oírlo.
—Habla claro.
—Lo que Jinx quiere no se lo puedes dar, y no hablo de revivir a sus muertos… o al menos, eso creo. ¿Quieres apostar?
—Habla claro, Sevika.
—Vander no trabajaba en los cumpleaños de los mocosos, fuera el día que fuera. Lo pasaba con ellos y se hacía lo que el mocoso en cuestión quisiera. Si Jinx quería quedarse en casa a hornear un pastel, eso se hacía, por mucho que al resto no les gustara la idea. El menú constaba de la comida favorita del cumpleañero, sin importar cuán rara fuera. Y si bien nunca podía permitirse regalos muy costosos, siempre les daba algo útil y acorde a sus intereses: a Jinx casi siempre le daba juguetes y artilugios viejos, pues sabía que la niña desarmaba todo y no valía la pena gastar en algo nuevo o funcional. O libros, pues ella y Violet disfrutaban leer, y aunque son raros por aquí, son fáciles de conseguir en Piltover.
—¿Y qué de eso no se lo puedo dar?
—Que ella nunca celebró su cumpleaños sola, no con Vander, al menos. El hijo de Wyeth e Inna cumplía unos días después de Jinx y, como era el adoptado de Benzo y ambos niños eran uña y mugre desde los cinco años, preferían celebrarlo juntos con un festejo un poco más grande de lo habitual. Dos cumpleaños en uno, el doble de especial.
—¿Wyeth e Inna tuvieron un hijo?
—¿Y te sorprende? No es como si fuera sencillo prevenirlo cuando se ama al sexo opuesto.
—Nada, es solo… los pensé más listos que eso…
—¿No acabas de adoptar a una niña? El niño fue su error, pero tú cuidas el error de otros.
—Jinx no es un error. No lo fue nunca, y no lo es ahora.
Su voz se tornó fría, y como rara vez en todos esos años juntos, Sevika sintió miedo.
—Yo también soy leal, y por eso prefiero advertirte que, si sigues hablando así de ella, tendremos un problema. Piensa en ella como una extensión de mí: si la insultas, me insultas, con la diferencia de que, si es a ella, para mí es imperdonable.
—Lo siento. Cuidaré mi lengua. Es solo… nunca me gustaron los niños. Me ponen de los nervios. En especial esa niña: cómo siente el dolor no es normal para alguien tan pequeña.
—Lo que ha sufrido tampoco lo es. A mí tampoco me gustaban los niños. ¡Maldita sea, a Vander tampoco! Y, aun así, adoptó cuatro. Eso es cuatro veces más niños de lo que es sensato… pero él siempre era capaz de sacar lo mejor de sí mismo cuando la situación lo ameritaba. De ser compasivo con quien necesitaba compasión, y de ser un refugio para quien necesitaba un lugar seguro… hasta que no.
Sevika se removió incómoda al notar el dolor en la voz de su jefe. Era extraño recordar que él era un humano como cualquier otro, que sentía tanto o más que el resto, y que una mente y un cuerpo como el suyo no eran producto de una vida sin sufrimiento. Silco debió haber pasado por un dolor anormal para ser como era, y aunque no lo cambiaría por nada, preferiría no ahondar en ello. Después de todo, el responsable de ese dolor fue Vander y, al morir él, también murió cualquier oportunidad de enmendarlo. No valía la pena abrir heridas.
—Entonces, lo que crees que no puedo hacer es traer a ese mocoso de vuelta a su vida. El hijo de Wyeth, Inna y Benzo, quiero decir. ¿Acaso está muerto?
—Esa sería la apuesta: ¿el niño vive o no? Yo apostaría mis ganancias de un mes a que sí. Era una rata escurridiza, siempre espiando mejor que quienes lo hacían por diversión. Pero la vida de un huérfano en Zaun es difícil, como bien sabemos: morir es un destino piadoso comparado con los mil y un horrores a los que un niño está expuesto sin la protección de un tutor. Nadie ha sabido de él desde entonces. Aunque, bueno, tampoco han sabido de la pequeña Powder, y eso no significa que esté muerta. ¿Tú qué crees, Silco?
—Si es tan inteligente como lo fue su madre, seguro vive. De ser el caso, podría...
—No, no podrías hacer nada . A diferencia de Jinx, ese niño vio lo que el Brillo es capaz de hacer cuando mató a Benzo frente a él. A diferencia de Jinx, su necesidad de amar y ser amado no nubla su juicio ni ahoga su orgullo: la única forma en que vendría aquí sin pelear es muerto. Al igual que Jinx, es un niño que, si vive, llegará lejos... aunque dudo que eso nos convenga. Más que buscarlo para traerlo, yo lo buscaría para acabar con esa amenaza.
—¿En verdad crees que un huérfano podría ser una amenaza? ¿Vale la pena mandar a matar a un mocoso? Zaun es frágil, pero no tanto como para caer por un niño. No me gustan los niños, pero tampoco pienso mandar a matar a uno, menos al hijo de quienes fueron mis amigos... y alguien a quien Jinx apreció tanto. Además, una barbarie así no pasaría sin ser mentada, y si Jinx llegara a enterarse de que di una orden así... la perdería.
—¿Y no has pensado en lo que dejar ese cabo suelto podría significar para ella?
—Al parecer, tú sí. Dime, ¿qué no estoy viendo?
—No me considero una persona sensible, especialmente en comparación con la niña. Sin embargo, creo que podría estar lidiando con una de tres posibilidades. Primera: podría pensar que está muerto y estar de luto por él, imaginando cómo murió. Sabemos que Jinx está familiarizada con la violencia, la sangre y las vísceras, nos guste o no: su mente seguro la tortura imaginando lo peor. Segunda: podría pensar que sigue vivo y, en ese caso, su tortura sería imaginar cuánto ha de estar sufriendo solo, de luto, en las calles de Zaun. La niña es lista. Sabe lo peligroso que es. Por algo no dudó en aceptar el cobijo de un extraño tan fácilmente. Nadie quiere estar solo , menos a una edad tan vulnerable. Y tercera, y quizás la peor: si el niño vive y, por un milagro del azar, está bien, sano y salvo... ¿por qué no la ha buscado, como ella ha intentado hacer a tus espaldas?
—¿Disculpa?
—No te enojes con ella. Para bien o para mal, creció acostumbrada a la libertad de tránsito que Vander les daba durante el día. Aprendió a moverse en las calles gracias a sus hermanos mayores, y ese niño, vivo o muerto, representa la última esperanza de conservar algo de su antigua vida. ¿Puedes culparla por intentarlo? La he cuidado, por supuesto. No me gustarán los niños, pero comprendo que es tu niña, y eso nada lo va a cambiar. El punto es que, si el niño resulta estar vivo y coleando, su corazón podría romperse una vez más: si está vivo y salvo y no la ha buscado, es porque a él nunca le importó tanto como ella pensaba. Jinx lo ama , y amar duele, en especial cuando no es correspondido. Y lo sabes.
—Y, considerando que el niño es inteligente como sus padres y habilidoso como Benzo, ¿lo más probable es lo tercero? ¿Que simplemente sobrevivió y siguió con su vida sin Jinx?
—Esa sería mi apuesta, sí.
Jinx, que había encontrado un escondite en la oficina de Silco para espiar sus conversaciones con la ogresa de Sevika, empezó a morderse la mano con tal de contener el sonido de su llanto al escuchar tal declaración.
¿Y si no se equivocaban? ¿Y si Ekko la dejó?
"¿Por qué no te iba a dejar? ¡ERES UNA MALDICIÓN! ¡SALVÓ SU VIDA DEJÁNDOTE!"
La voz de Vi le escupió en su cabeza, iniciando un concierto de voces furiosas y burlonas de sus hermanos, culpándola una vez más por sus muertes y por toda desgracia...
—¿Qué es ese ruido? —notó Sevika, y antes de que pudieran encontrarla, la niña bajó de su escondite, llorosa, corriendo directamente al regazo de Silco, quien no tuvo corazón para regañarla por espiar y se limitó a consolarla, maldiciéndose por no haberlo notado antes.
—Lo siento —hipó mientras lo abrazaba. A pesar de que no era extraño que lo hiciera, Silco todavía no sabía muy bien cómo reaccionar. Tras años sin recibir cariño, lo confundía.
—No tienes nada por lo que disculparte, Jinx. Lamento que hayas escuchado todo eso.
—Ya sé qué quiero por mi cumpleaños —dijo después de un rato, sorprendiendo a ambos adultos—. Dos cosas, en realidad, si no es mucho pedir.
—Lo que sea, Jinx. Si es posible, lo haré.
—Quiero una flor morada. No una cortada, ni un ramo: una maceta con una flor morada, la que sea que no muera por no recibir tanto sol. Y lo segundo… dejen a Ekko en paz. Muerto o vivo, no quiero saberlo, menos por ustedes. Olvídense de que existe, y si lo encuentran, no me digan ni hagan nada al respecto.
Sevika alzó una ceja, observando a Jinx con una mezcla de incredulidad y respeto.
—¿Eso es todo? —preguntó Silco con cautela, igual de incrédulo.
Jinx negó con la cabeza.
Sus ojos todavía brillaban con lágrimas, pero su voz sonaba firme, determinada.
—Si tengo que descubrir qué fue de él, lo haré tarde o temprano —continuó, con la voz rasposa por el llanto —. No lo culparía del todo sí me dejó. Sé que soy de mala suerte. Siempre lo he sido. Y él… en el fondo, lo sabía, aunque me asegurara creer lo contrario…
Silco suspiró, pasándose una mano por la cara.
—Jinx…
—No —lo interrumpió, sus ojos encendidos de algo más que tristeza—. Si descubro que vivió, que prosperó, que no me buscó... que me abandonó a mi mala suerte … —exhaló temblorosa, con la sombra de una sonrisa torcida—. Entonces no habrá lugar en Zaun, Piltover o el maldito mundo donde pueda esconderse. Yo me encargaré de hacerlo pagar.
Su voz era apenas un susurro, pero en la habitación todo se sintió más frío.
Sevika frunció el ceño, y Silco entrecerró los ojos, evaluándola.
Jinx no esperó respuesta. Solo cerró los ojos y hundió el rostro en su pecho, como si el simple acto de existir la agotara. Silco apoyó la mano en su cabello, con un suspiro pesado.
—Descansa, niña —murmuró.
No era una orden, ni una petición. Era lo único que podía ofrecerle: un lugar seguro para descansar su corazón malherido. Sevika chasqueó la lengua, asimilando todo lo ocurrido…
—Un corazón roto hace cosas peores que el Brillo, Silco, como bien lo sabemos. Si ese mocoso sigue vivo, más le vale mantenerse lejos de ella, por su bien.
Silco no respondió.
Solo cerró los ojos por un instante, arrullando a la niña en sus brazos como llegó a hacer cuando tan solo era una bebé, sintiendo el peso de la decisión que acababan de tomar, de lo que acababan de prometer.
Jinx había hecho su apuesta.
Y ahora, solo quedaba esperar…
