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floriografía para principantes.

Summary:

Ulises trabaja en una florería en Buenos Aires. Renato es un cliente.

Notes:

miren yo consulté una (1) fuente de floriografía así que yo considero que lo di todo de mí.

Work Text:

El lado bueno de trabajar en una florería era que Ulises sentía que estaba rodeado de belleza todo el día.

Una vez que se podía atravesar la primera impresión, que generalmente se reducía a “ah, son flores, que lindas”, el mundo de las mismas estaba lleno de mensajes. Cada pétalo, una palabra. Cada color, un significado. Cada arreglo floral, una oración compuesta. Era un arte.

Otro punto a favor es que la mayoría de los días eran bastante tranquilos, y eso era algo que Ulises a veces necesitaba. Sabía que aunque su vida fuera un quilombo, podía cruzar la puerta de la florería y todos sus problemas quedarían ahogados por los dulces aromas, al menos por algunas horas.

Sin embargo, eso no implica que todo fueran aspectos positivos. Ulises siempre había tenido en su interior un pequeño sentimiento, una voz que intentó callar de mil maneras, primero concentrándose en sus estudios, en su militancia política, en sus trabajos. Nunca fue del todo exitoso, porque este deseo siempre se hacía presente de una forma u otra, y era innegable: deseaba una historia de romance.

No estaba interesado en vínculos pasajeros o vacíos —había rechazado muchas ofertas, tomado algunas otras aunque estas solían terminar en situaciones donde no se sentía pleno—, no, estaba interesado en una auténtica historia de amor. Claro que también era realista y sabía que probablemente jamás le pasaría.

Lo malo es que ver diariamente a parejas acercarse con brillos en los ojos buscando las flores exactas para aquella persona que querían era… complicado. Dificultaban su vida porque le daban esperanzas. Esperá un poco más, quizás sí, uno nunca sabe.

Todos sus esfuerzos por mantener sus expectativas a raya se veían frustrados con la presencia de aquellas parejas cuyo cariño se les escapaba por los poros, un agente que se manifestaba en cada sonrisa compartida, cada pequeña risita, cada movimiento nervioso. Ulises estaba feliz por ellos, y a la vez le daban ganas de matarlos, o morirse, cualquiera le servía.

Como todos los días, Ulises detrás de un pequeño mostrador con una caja registradora y algunas flores secas con sus significados en display, boludeando con su celular ya que era una tarde donde no habían llegado muchos clientes, cuando el sonido de la campanita unida a la puerta anunció la llegada de un nuevo cliente.

Dirigió la mirada hacia la entrada y vio allí a un muchacho bastante alto, de complexión musculosa, cabello desordenado que daba la impresión de que se levantó en la mañana y se peleó con el peine, de pero alguna manera le sentaba bien. El hombre estaba vestido de manera medianamente formal, con unos pantalones negros, zapatos, y una camisa blanca que no hacía nada para ocultar sus músculos.

Ulises sintió que estaba ante la presencia de uno de los chicos más lindos que se cruzó jamás. Suspiró de manera algo pesada, intentando que no se escuche, y cuando el chico por fin posó sus ojos sobre él una sonrisa enorme se pintó en el rostro ajeno y Ulises sentía que este chico era peligroso, porque parecía literalmente un golden retriever, feliz de verlo aunque era su primer encuentro en toda la vida.

—¡Hola, hermano!

El acento del muchacho era algo extraño, se podía notar que era extranjero, pero también había cierta ternura y calidez en sus palabras, que solo agregaban razones por las que Ulises seguramente de quedaría pensando en este desconocido que probablemente no volvería a ver en su vida.

—Buenas, ¿cómo va? ¿Buscabas algo en particular?

Cuando arrancó a laburar, Ulises se prometió que jamás dejaría que se volviera un robot que daba respuestas automáticas. Su jefa le había confesado que uno de los mayores puntos a su favor era su carisma y ocurrencias, porque eran apropiadas para un espacio laboral y le daban confianza a los clientes pero muy a su pesar, con cada día que pasaba sentía cómo iba perdiendo un poco más su chispa, en pos de la eficiencia al momento de atender.

La sonrisa de aquella persona no disminuyó, sino que por el contrario pareció agrandarse aún más al oír su voz. Sin saber muy bien por qué, se encontró a sí mismo devolviendo el gesto.

—Yo estoy muy bien, ¿y tú?

Ulises parpadeó un par de veces. Esperaba que la oración continuara, que le dijera qué necesitaba y luego se retirara una vez que lo consiguiera, pero el chico parecía no tener intenciones de decir nada más hasta no obtener una respuesta, todo con aquella sonrisa perfecta en sus labios. Ulises quería morirse.

—Muy bien, muy tranquilo todo, por suerte. ¿Qué buscabas?

—Qué bueno. Mira, estaba buscando algunas flores.

Ulises tuvo que contenerse para no hacer comentarios del estilo “Y sí, flaco, entraste a una florería. No vas a venir buscando bondiola”, ya que no sabía si el cliente se lo tomaría mal o no y aunque su jefa amaba algunos de sus chistes, si le costaba algo de clientela seguramente ya no le harían tanta gracia.

—Sí, ¿es para alguna ocasión en especial?

—Mmm… —el hombre, con movimiento exagerados, se llevó la mano al mentón en un gesto que simulaba pensar. Todo su comportamiento parecía sacado de una serie animada, como un estereotipo norteamericano quizás de jugador de rugby popular. Ulises batalló para contener la risa—Me gustarían flores que queden bonitas en una mesa, ¿sabes? De colores claros. La persona a la que se las quiero dar sabe de algunos significados, entonces si puedes poner cosas que tengan mensajes lindos, mejor, ¿va?

Ah. Una persona. Ulises era un tipo algo suicida, y pensó que su destino era quedar flechado y nunca más volver a ver a este pibe. No estaba seguro de si prefería quedarse siempre con la duda del “quizás si…” o encontrarse con una situación como esta, donde estaba completamente seguro de que no tenía chance.

Sacudió todos estos pensamientos —acompañado también de un sacudón corporal, que hizo reír al cliente— para alejar estos pensamientos y observó las distintas flores que tenían actualmente, considerando las más apropiadas. Él era orgulloso, y su trabajo no debería ser menos que excelente.

—Bueno, perfecto. Sí. ¿Te parece si hacemos un ramo de algunas flores blancas? Suelen representar pureza, tranquilidad. Elegancia también. Quedan muy buenas en casas.

—Tú haz tu magia, amigo, confío en ti.

—Perfectoo. Manos a la obra entonces.

Ulises se puso a buscar diferentes flores. En poco tiempo tenía delante suyo armado un bouquet que, siendo sinceros y modestos, era bastante bonito. Consistía de una variedad de plantas, como rosas blancas, magnolias, jazmines blancos, orquídeas blancas, entre otras.

Los ojos del cliente jamás lo abandonaron mientras recorría la tienda en un frenesí, ya que no había nadie más aparte de ellos podía dedicar toda su concentración a la tarea, se dirigía de un lugar a otro a paso apurado murmurando palabras para sí. Suponía que para un extraño se debía ver como un show algo particular, pero le funcionaba bien, así que podrán criticar sus métodos pero no sus resultados.

El hombre alto soltó un silbido al ver el arreglo, asintiendo levemente con la cabeza. —Hermano, te pasaste. Están buenísimas.

Ulises le sonrió. Cobró las mismas y el muchacho le pagó en efectivo, dejando incluso una considerable propina. Incluso Ulises trató de decirle que le parecía demasiado.

—Déjalo. Realmente te luciste.

—Pero es mucho, realmente. Te agradezco pero hasta me siento mal.

—Hmm… mira, te propongo algo. Tú te quedas con esa propina, y a cambio me respondes una pregunta.

Y Ulises estaba muy tentado. Realmente, cada peso le servía para ahorrar al menos un poco —una mentira que intentaba mantener hace varios meses pero terminaba gastando la plata en boludeces—, así que tras pensarlo aproximadamente dos segundos, un tiempo totalmente prudente, aceptó. De todas formas, si era una información demasiado privada, siempre podía negarse.

—Bueno, mandale mecha. Decime.

—¿Cuál es tu nombre?

La sorpresa de Ulises debió ser evidente en su cara, ya que el chico soltó una carcajada. Pestañeó un par de veces, anonadado, pero de todas formas le respondió: —Ulises.

—Bueno, Ulises. Uli. Muchas gracias por las flores, de verdad que están divinas. Quédate con la propina, te lo mereces.

Sintiéndose más audaz que de costumbre, Ulises decidió aprovechar que aún no se había ido. —¿No me vas a decir tu nombre también? No te puedo dejar esta propina pero me parece que es de buena educación, ¿no?

Esperaba que su nerviosismo no estuviera tan presente en su voz. El muchacho solo le sonrió, y le reveló que su nombre era Renato.

—Bueno, Renato, muchas gracias por venir. Espero que la persona a la que le regales las flores le gusten, y que sean felices.

Renato volvió a sonreír, y antes de irse, se volteó a darle una última mirada a Ulises, una última sonrisa, y cruzó la puerta. El empleado supuso que su historia se acabaría allí, que ahora Renato le llevaría esas flores a su novia y él se quedaría pensando en esa mínima interacción por un tiempo.

Sin embargo, Renato le sorprendió cuando un par de días más tarde, volvió a cruzar el umbral de la puerta, con su sonrisa radiante y ojos tiernos.

Se volvió casi una rutina, el hecho de que cada tanto apareciera para pedir un nuevo arreglo floral. Cuando no habían muchos clientes, él y Ulises podían darse el lujo de conversar.

 

 

Poco a poco empezó a surgir un vínculo, de manera extraña. Ulises siempre había amado la floriografía, y a veces sin darse cuenta se ponía a hablar, y hablar, y hablar, y no había quién lo pare. Cada tanto tenía que hacer una pausa y pensaba que se encontraría con una cara de aburrimiento en el rostro de Renato, pero gratamente esta jamás apareció, ya que él siempre lo miraba con mucha atención e incluso le daba aliento con sus palabras —en un día en el cual Renato parecía un poco más mandado que de costumbre, incluso le había dicho que le gustaba escucharlo hablar. Ulises había decidido no pensar mucho en las implicancias de esto—.

Durante una de las tardes, Ulises estaba explicando acerca de los significados de la gardenia, una flor blanca que representaba el amor secreto y que generalmente se regalaba a alguien por quien uno tenía sentimientos ocultos, como una forma de declararse. En ese momento, una vaquita de San Antonio se posó en una de las ramas, llamando la atención de ambos muchachos.

Renato rió levemente, miró al insecto y luego a Ulises: —¿Sabes? Me recuerda a tí.

—¿A mí? ¿Por qué, por mariquita?

No estaba seguro de en qué momento se dio el switch pero ahora estaba tan cómodo con Renato que no tenía miedo en dejar fluir sus chistes ácidos. El otro muchacho ya estaba medianamente acostumbrado, después de todo.

—No, tonto. Porque viaja de flor en flor, de la misma forma en que lo haces tú. Eres un bichito.

Ulises sintió sus mejillas enrojecer, ya que no era un comentario que estuviera en el terreno de los que solía recibir. Además, había algo en los ojos de Renato, que brillaban de una manera particular. Era en momentos como este que Ulises se forzaba a recordar que si bien era un hombre libre, esta no era la misma situación para Renato, quien tenía una novia que recibía flores varias veces por semana porque su novio estaba muy enamorado de ella.

Solamente negó con la cabeza, terminando de armar el ramo que le había pedido esta vez, aunque un poco más callado. Algo en el ambiente había cambiado, y no estaba muy seguro de cómo lidiar con ello.

Esa tarde, cuando Renato ya se estaba yendo, le gritó “¡Adiós, bichito!” y Ulises jamás lo admitiría a nadie, pero el apodo le hizo sentir mariposas en el estómago.

 

 

Luego de quizás un mes de estos encuentros regulares, Ulises podía admitir que los esperaba. Le gustaba compartir tiempo con Renato, en especial cuando eran solamente ellos dos en la florería. Había algo en la intimidad de armar ramos, explicar los significados de las flores, que amaba.

Una tarde de lluvia, Ulises se encontraba bastante aburrido ya que desde la mañana Buenos Aires había decidido que las calles serían intransitables por el agua, así que no había tenido ni un solo cliente. Fue entonces una sorpresa cuando escuchó la campanita sonar, y Renato cruzó la puerta, vistiendo un piloto amarillo.

Ulises lo miró como si le hubieran crecido dos cabezas, porque no se explicaba qué hacía allí. Y su extrañeza no hizo más que incrementar cuando vio que Renato tenía en sus manos, bajo la manga del piloto, un ramo de flores blancas que no alcanzaba a distinguir del todo.

—Bueno, eso es nuevo. Primero venís cuando habría falta ser Noé y tener un arca para llegar, y encima ya llegás con flores. Es como lo opuesto de siempre un poco, ¿no?

Renato rio, aunque Ulises pudo detectar que había cierto nerviosismo en su postura corporal.

—Sí, quizás el clima no es el mejor. Pero, mira, bichito, es que tenía que venir. Y esto es para ti, si tú lo quieres aceptar, por supuesto.

Con pasos que pretendían ser firmes, se acercó a Ulises y este al fin pudo distinguir la flor: una gardenia.

—¿Para mí? ¿Estás seguro?

—100%.

—Gardenia... esa flor significa...

—Sé lo que significa. —le cortó Renato—Es por eso mismo que te la traje.

Ulises quedó mudo. No podía estarle pasando esto. Lo único peor de sentirse atraído por Renato era la situación en la que se encontraba ahora: tener que rechazarlo porque sus valores no le permitirían estar con un pibe con novia.

-Renato... no puedo aceptarlo entonces...

El nerviosismo en las facciones de Renato se reemplazaron fue reemplazado por sentimientos que si Ulises tuviera que ponerles nombre, serían cercanos a la decepción y la tristeza.

—Va, bichito. No te preocupes. Pensé que teníamos una conexión, pero jamás quisiera hacerte sentir incómodo.

En circunstancias normales, quizás Ulises la hubiera dejado ahí, ya se odiaría a sí mismo más adelante. Sin embargo, algo dentro de sí le decía que la situación no era correcta, así que agregó: —No es por vos, tranquilo. Es solo que no me gustaría que pase nada mientras tengas novia, no me parece que sea honrado para nadie involucrado.

Ulises se preparó para varias reacciones, quizás enojo, quizás vergüenza, quizás simplemente aceptación. Pero sin embargo, cuando dirigió su mirada al rostro ajeno, se encontró con curiosidad y confusión.

—¿Novia?

—¿Sí? —preguntó Ulises, como fuera algo obvio y evidente— ¿La misma a la que le llevás flores siempre?

Pasaron un par de segundos. Tic, tac. Tic, tac. Y luego Renato soltó una carcajada, de esas que obligan a todo el cuerpo a acompañarlas, y Ulises definitivamente no entendía nada. Pasaron unos segundos para que el muchacho pudiera recuperar la compostura, y una sonrisa apareció en sus labios.

—No tengo novia, bichito. —Ahora era el turno de Ulises de estar confundido, y evidentemente esto se presentó en su cara, porque Renato rápidamente añadió—Las flores que llevo siempre son para mi mamá. Ella tiene un patio grande y ama todas las plantas, así que está encantadísima con tantas flores. Bueno, al comienzo eran solo para ella, luego ya se las regalaba a amigos y amigas porque incluso en casa de mi mamá ya no había espacio...

—¿Y para qué volvías?

—Para pasar tiempo contigo. —respondió, y Ulises sintió que se le dificultó un poco respirar al oír la sinceridad en sus palabras.—¿Quieres que te diga algo? En todo este vivero, con todas las cosas maravillosas, la más bella y dulce flor, eres tú.

Ulises sintió sus mejillas enrojecerse a más no poder. Decidió ser audaz, se acercó a Renato y tomó la flor de entre sus manos, para luego reemplazarla por la suya propia y entrelazar sus dedos.

—¿Así que a tu mamá le gustan las plantas? Bueno, ya tenemos un tema de conversación entonces. 

Ulises sintió cómo Renato le apretaba los dedos un poco, y le dedicaba una de las sonrisas más radiantes que le había visto jamás.

No importaba que afuera estuviera lloviendo a cántaros, se sentía completamente cálido. Sin importarle mucho que se mojara, retiró su mano de la ajena, rodeó con sus brazos por los hombros a Renato —quién a su vez posó sus manos en su cintura— mientras pensaba que jamás en la vida se hubiera imaginado situaciones así y menos que menos que lo tuvieran a él de protagonista.

Quién sabe, quizás su historia de romance soñada acababa de empezar un nuevo capítulo.