Chapter Text
Prólogo
—Ha pasado mucho tiempo desde que he estado aquí.
Childe observa con atención la enorme cabaña frente a él. A su lado, Lumine levanta la mirada después de conseguir desenterrar sus botas de la gruesa capa de nieve. Ambos parecen estatuas, llevando sus ojos de un lado a otro para asegurarse de que todo esté en orden a su alrededor. Lumine sonríe con alivio. Es invierno y hace mucho frío, por lo que el techo de la casa está teñido del más helado blanco que ella jamás haya visto. Childe, por otro lado, no está sorprendido en lo más mínimo. Demasiados años viviendo en Snezhnaya lo hicieron inmune a las sorpresas del clima.
—¡Paimon está congelándose! ¿Qué esperan ustedes dos? ¡Abran la puerta!
La pequeña hada, envuelta en un abrigo, grita con su voz chillona mientras vuela alrededor de la pareja como un mosquito que ama zumbar en sus oídos. Lumine la sostiene de su ropa para detenerla y la obliga a callar con un tenue shh salido de sus labios. Childe apenas les presta atención, pues sus ojos están ocupados observando la puerta de la cabaña con tenebrosa atención. Siente un escalofrío recorrer su cuerpo, producto de una inseguridad que le resulta imposible de describir.
—Childe —lo llama Lumine.
El heraldo tarda unos eternos segundos en devolver su cabeza a Teyvat y en voltear la vista hacia su novia, cuyos labios están comenzando a resecarse luego de estar tanto tiempo expuestos al frío árido de Snezhnaya. «Se ve adorable», no puede evitar pensar.
—Lo siento —responde agitando su cabeza—. Entremos.
Childe camina hacia adelante y busca las llaves de su casa en los bolsillos de su enorme abrigo. Falla en encajarla dentro de la cerradura, siendo la imprecisión un rasgo atípico de sus movimientos. Finalmente consigue desbloquear la entrada y abrir la puerta, y la pequeña compañera de viaje de Lumine no tarda en volar por sobre sus cabezas en busca de una chimenea que alivie el temblor de su cuerpo. Ambos ríen levemente por la rapidez con la que el hada busca el calor del fuego sin pensar. Jamás podrían aburrirse con ella.
Todos son recibidos por una apariencia casi inesperada: parece que nadie ha estado en esa casa por meses. Los muebles están cubiertos de sábanas; el polvo, impregnado en el suelo y en las encimeras de la cocina.
—Está un poco sucia, lo siento —Childe se disculpa después de ver a Lumine con las cejas alzadas, incapaz de procesar lo que está viendo. Le sienta mal la idea de que su novia espere algo mucho mejor y él la reciba con una casa llena de polvo y telarañas pegadas en las esquinas del techo. «Un “poco” solo si lo ves con un ojo», piensa Lumine.
—Creí que contratarías a alguien para que limpie. —La viajera oculta su disgusto cuando se da cuenta de la suciedad en cada rincón del salón: probablemente, serán ellos quienes tengan que limpiar todo el lugar si quieren pasar unas vacaciones sin tener que preocuparse de la pelusa pegándose a sus pies descalzos.
—Me arrepentí a último momento. No quiero que ningún desconocido hurgue en mis cosas.
Por más que Lumine quiera decirle que es un idiota y que debió habérselo dicho antes, no puede evitar entenderlo, así que sonríe cálidamente para no dejar que el espíritu optimista se derrumbe solo por su culpa. Se da la vuelta y cierra la puerta detrás de ella, y seguido a eso, cuelga su abrigo en el perchero más cercano.
—Tiene sentido —responde. Childe cruza miradas con ella y se siente tranquilo de que Lumine no cuestione su decisión de no dejar que un desconocido entre a su hogar. Suspira con alivio y vuelve a aspirar el aire estancado de la casa. Tose una, dos, y hasta tres veces. Maldice en silencio. El hedor a encierro es mucho más incómodo cuando viene acompañado de partículas de polvo. «Lumine va a matarme», se dice a sí mismo.
—Pónganse cómodas. Las habitaciones están subiendo la escalera.
Paimon chilló un poco más sobre el estado de la casa, taladrando los oídos de Childe hasta que Lumine la manda a volar de un empujón en dirección al segundo piso de la cabaña. El silencio reina una vez que su pequeña compañera desaparece en una de las tantas puertas que hay en el pasillo. Ellos, finalmente solos, se miran el uno al otro.
—¿Necesitas ayuda? Esta casa no se limpiará sola —Lumine rompe ese temido silencio, al cual Childe responde casi inmediatamente.
—Viniste a descansar, no a ser mi sirvienta.
—¿Y quién dijo que seré tu sirvienta? —le replica ella con desdén—. Se supone que ambos estamos de vacaciones. Si piensas limpiar todo esto solo, yo lo haré contigo.
—¿No te molesta? No quiero-
—No, Childe. Solo dime dónde está la escoba. —Lumine no da lugar a más discusiones y lo interrumpe con un tono firme pero suave al mismo tiempo. Se voltea y camina hacia la cocina, esperando encontrar cualquier objeto que sea útil para comenzar con la tarea.
—Tan testaruda como siempre.
Lumine puede sentir que la actitud de Childe es un poco más tosca de lo habitual. Ella es consciente de que su amante no parecía convencido de volver a habitar esa cabaña cuando se lo propuso, pero no cree que sea por alguna razón específica. Quizás simplemente le aburre la idea de dejar de lado su trabajo para solamente vivir como una pareja que lleva casada más de treinta años, o tal vez solo se arrepiente de no haber contratado a nadie para limpiar la casa. La pregunta no deja de causar un desastre en su cabeza a medida que la viajera barre el polvo y quita las telarañas que cuelgan del techo y las paredes.
Childe se quita su abrigo y arroja a un lado las sábanas que cubren los muebles. Él observa atentamente el estado de estos: solo un poco de suciedad que no llevará más de cinco minutos limpiar con un paño húmedo y el poder Anemo que Lumine esté dispuesta a prestarle. Se mantiene en silencio, inmerso en su tarea de borrar todo rastro de abandono o del lento paso del tiempo. Durante la limpieza, Childe se siente incapaz de formular alguna frase optimista para evitar que la quietud en el aire no lo distancie de Lumine, así que prefiere, simplemente, concentrarse en su tarea de volver a hacer brillar su casa como alguna vez lo hizo.
Pasada una hora, el lugar comienza a tomar color una vez que Childe enciende la chimenea y Paimon regresa con sus amigos para recuperar el calor y hablar desaforadamente durante todo el proceso de limpieza. Lumine hace uso ágil del trapeador mientras que él lustra todos los muebles que encuentra en el camino.
—Lumine, si tu mascota no se calla y no nos ayuda a limpiar, la arrojaré al fuego —responde Childe con una risa tenue que no pasa desapercibida por la viajera.
—No es mi mascota, es comida de emergencia.
—¡Ay, ustedes dos!¡Paimon NO es una mascota y NO es comida de emergencia! —La pareja carcajea al unísono de tan solo ver las mejillas del hada tornarse rojas por la furia. Ambos no pueden creer que un ser tan pequeño sea capaz de deslumbrar reacciones tan explosivas en tan poco tiempo. Es adorable, pero asusta al mismo tiempo.
Cuando Childe y Lumine cruzan miradas, el ambiente se siente más liviano. Él sonríe y ella también, logrando seguirle el ritmo a la extraña tranquilidad del hogar. Aunque Paimon podía ser difícil de acallar en ciertos momentos, es innegable que la compañera de viajes suele ser de gran ayuda para resolver esa silenciosa tensión causada por el inconveniente de la limpieza.
Cuando todo el aire del salón logra templarse, Childe se quita su chaqueta gris, quedando al descubierto su camisa bordó con los arreglos dorados y el arnés que intenta mantener su postura erguida. Luego, su máscara de Fatui cae sobre el sofá limpio, al igual que sus guantes negros ahora cuelgan del apoyabrazos. Está relajado, más de lo que él esperaba de sí mismo. Lo considera una victoria, aunque una muy pequeña.
Lumine le sigue el paso, quitándose sus botas y los largos guantes que rodean la delicada piel de sus brazos después de asegurarse que el suelo ya está barrido y trapeado en su totalidad. Algunas cicatrices de batalla quedan al descubierto, llamando la atención de Childe. Él está seguro de que ella no tenía tantas marcas la última vez que la vio, lo que hace que sus alarmas suenen brevemente, pero no se atreve a decir nada, solo a observar la profundidad de esas heridas dibujadas bruscamente en su piel. Sabe que no debe preocuparse, que es tonto desconfiar de la guerrera que le hizo frente a múltiples amenazas y salió victoriosa de muchas de ellas. Pero ¿cómo no preocuparse? Después de todo, ella es la mujer que él más ama en este mundo.
Y porque la ama, Childe fuerza una sonrisa en su rostro y le dice “hoy te ves preciosa” .
Ese mismo día, luego del exhaustivo trabajo de limpieza que les llevó una tarde entera finalizar con éxito, el heraldo prepara una deliciosa cena al mejor estilo de Snezhnaya que deja a Lumine y a Paimon más que satisfechas. Él se felicita a sí mismo por semejante logro: alimentar a la bestia voladora cuyo estómago parece no tener fondo. Un problema menos en su lista. Ahora la pequeña hada roncará sin parar hasta el día siguiente y no les dará más dolores de cabeza con su voz chillona por el resto de la noche.
Al llegar la hora de dormir, la pareja se instala en la habitación principal de la casa y se preparan para descansar después de un largo día. Toman un baño corto juntos, hacen su rutina nocturna, y una vez que ambos se calzan sus pijamas, sus cuerpos se derriten bajo las mantas.
Ese instante en el que Childe abraza a Lumine por detrás y la resguarda del frío se siente como un sueño del que desearía no despertar. Por un momento, ella quiere que el tiempo se detenga. «Podría morir aquí», se repite una y otra vez en su cabeza. Los brazos de su novio la protegen de cualquier gota de frío que amenace con penetrar sus huesos y provocarle escalofríos. Su respiración se siente cálida al chocar con su cabello despeinado. Es perfecto.
Lo único que la devuelve al mundo real ocurre cuando Lumine entrelaza sus propias manos con las de Childe. Están heladas. Tan heladas que duele. Es extraño, aún más cuando ella toma en cuenta lo mucho que esa frialdad contrasta con la calidez del resto de su cuerpo. A él parece no importarle y no dice nada al respecto. Ella tampoco. En vez de eso, Lumine aprovecha la tan dulce cercanía para intentar compartirle un poco de su calor: sostiene sus manos entre las suyas y acaricia con cuidado las cicatrices de batalla que atraviesan su piel helada. Hace lo posible por mantener los ojos abiertos y no dejar que el sueño le impida terminar con su misión, pero la viajera se vuelve inútil cuando está encerrada en los brazos de su amado. Poco a poco, sus movimientos se detienen y sus párpados caen lentamente, dando lugar al profundo sueño que la estaba acechando desde que entró a la cama.
Esa noche, ambos duermen plácidamente hasta la mañana siguiente.
Bueno, eso es lo que Lumine cree.
En su segundo día viviendo en ese encantador hogar, la viajera nota que los ánimos cambian ligeramente. La única que parece disfrutar sus vacaciones al máximo es Paimon, quien desayuna con una energía nunca antes vista. Lumine se toma el tiempo de saborear cada bocado de su comida y respirar el aire fresco que entra por la ventana entreabierta. Se siente cómoda, más de lo que creyó que podría estar después de haber viajado por tanto tiempo. Oye, mas no escucha, la incesante voz de su compañera hablando sobre lo que le gustaría almorzar y cenar ese mismo día. Su mirada se clava en Childe: él juega con su comida como un niño pequeño que está molesto con sus padres, con la cabeza baja y los codos sobre la mesa. Luce más apagado que de costumbre, sin el ánimo que días antes hacía su rostro brillar con fuerza.
—¿Todo bien, Childe? —Lumine le pregunta con preocupación.
El heraldo voltea hacia ella y sonríe. No muestra los dientes, evita el contacto visual, parpadea como si su vida dependiera de ello. Childe la mira, pero no la observa. Hay una distancia intangible entre ellos que va más allá del espacio físico que los separa.
—Claro, Lumi. Solo pensaba un poco.
Sus secas palabras solo lo confirman. Childe habla, mueve la boca instintivamente, pero no dice nada: Nada que importe, nada que realmente responda sus dudas. «Algo ocurre con él», piensa ella. Su voz no sale de sus labios, incapaz de responderle o de cuestionarlo. Prefiere que el silencio se extienda un poco más hasta que ella encuentre la manera de hacerlo hablar sin que Paimon los interrumpa con un comentario estúpido. Por ahora, lo deja pasar. Sin embargo, ni siquiera Lumine logra dimensionar la cantidad de tiempo que pasa delante de sus ojos mientras ella piensa en qué decir y qué hacer al respecto.
—Bien.
En su tercer día libre, Childe rechaza una invitación a una sesión de entrenamiento. Eso definitivamente es extraño. El undécimo heraldo jamás desaprovecha una oportunidad de luchar con su persona favorita, y ni siquiera el retiro y el descanso suelen detenerlo. ¿Qué lo obliga ahora a abstenerse de saciar esas ansias de batalla que lo invaden al menos una vez al día? ¿En qué mundo preferiría él recostarse sobre la nieve junto con Paimon antes que chocar espadas en un combate con su novia?
Lumine ve a Childe hundir su cuerpo en la nieve que cubre todo el jardín de la casa. Está abrigado, pero no lo suficiente como para resistir el frío arrasador del invierno en Snezhnaya. Ella imagina que él ya debe estar acostumbrado a las bajas temperaturas, pues ha vivido toda su vida rodeado de nieve y hielo. Incluso así, Lumine no entiende por qué Childe no es capaz de siquiera ponerse un abrigo más grueso que lo proteja mejor. Por un momento, ella llega a pensar que él está intentando congelarse a propósito.
«¿Por qué haría eso? ¿Acaso es una de las formas exóticas que tiene de volverse más fuerte o resistente?»
A pesar de las dudas que rodean a Lumine respecto a las acciones de Childe, ella también termina sucumbiendo ante la tentadora propuesta de pasar el día jugando con la nieve que pinta de blanco todo el jardín delantero. Para cuando se da cuenta, ya están dándole los últimos detalles a sus muñecos de nieve.
—Están quedando bien —festeja.
—Te dije que era divertido, Lu.
Childe termina de darle el toque final a su creación, colocando un par de botones sobre la bola nieve para formar un rostro. Lumine, por otro lado, observa con atención ambos muñecos, en busca de otros accesorios que podrían faltarles. Tienen nariz, ojos, botones, brazos hechos con ramas de árbol…
—Oh, ¡mira! —Childe capta la atención de su novia y camina con lentitud hacia ella, despojándose de su bufanda roja con cada paso que da. El Fatui envuelve al muñeco de nieve como si se tratara de una persona real, dándole el detalle perfecto que tanto necesita—. Ahora sí está completo.
Una sonrisa se dibuja en el rostro de la viajera, totalmente encantada. El brillante color de la bufanda es perfecto para resaltar a su muñeco entre tanta pálida blancura que los rodea. Sin embargo, al voltear y mirar a Childe, ella comienza a darse cuenta del estado actual de su pareja. Lumine rápidamente lo atrae hacia él de un tirón de su brazo e intenta protegerlo del frío, abotonando su abrigo con torpeza. Su cuello está al descubierto y las telas de su atuendo son finas, no aptas para una tarde de invierno en la nación del hielo.
—Tonto, vas a morir de frío. —Childe la ignora, solo concentrado en la mirada de preocupación de Lumine. Ella continúa con su tarea diligentemente hasta que sus ojos se posan en su rostro: la punta de su nariz está enrojecida, sus ojos opacos se ven más apagados de lo normal y su sonrisa no tiene la misma fuerza que antes. Su piel está tan helada y escarchada por el frío que parece romperse con el más ligero tacto.
«¿Qué está intentando ocultar de mí?»
La viajera lo atrae aún más hacia ella, al punto de que sus cabezas se chocan. Childe se sorprende, pero no protesta cuando Lumine se quita su propia bufanda para envolverlo a él también; en realidad, se encorva un poco para que la diferencia de alturas no sea un impedimento. Ella busca desesperadamente cuidarlo de los copos de nieve que caen sobre ellos. Una vez unidos por la lana de la bufanda, él aprovecha la oportunidad y rompe por completo la distancia. Sus labios se entrelazan con los de su pareja muy suavemente, pero lo suficiente como para que el calor vuelva a fluir por sus venas, aun si es solo por segundos. Es corto pero dulce, efímero.
—Gracias, mylashka —susurra cerca de su oído.
Childe hunde su rostro en su hombro antes de que ella le pida separarse. Lumine puede sentir el peso de su cuerpo volverse más y más intenso. Luego, percibe sus brazos balancearse a sus costados. Es como si él ya no tuviera la fuerza para mantenerse de pie, y aun así confía en que ella lo sostendrá hasta el final.
—Childe, ¿estás…?
—¡Sí, sí! —El heraldo rápidamente la interrumpe. Con apuro, termina desenvolviéndose de la bufanda y se hace cargo de que Lumine no pierda el calor por su culpa. Sus manos cubiertas con guantes ponen delicadamente la lana alrededor de su cuello, y luego de eso, tiene el atrevimiento de acariciar su mejilla con ternura. Sonríe—. No pude evitarlo. Hueles bien.
Sonríe. Sonríe falsamente y Lumine es consciente de ello.
Pero por alguna razón, es incapaz de decir algo al respecto. Lo deja ir y continuar jugueteando con la nieve como si la situación no hubiera encendido lo suficiente sus alarmas. Un par de hombres de nieve y otro par de chillidos de Paimon después, la noche cae como cualquier otra. La pareja finalmente descansa una vez terminada la cena cocinada por Lumine y ella, confundida, no se atreve a preguntar nada más.
En el cuarto día libre, Childe le ofrece a Lumine tomar una siesta en el sofá después del almuerzo. De nuevo, en vez de elegir una actividad típica de él como la pesca o el combate, el Fatui se limita a recostarse en el sofá y esperar pacientemente a que su novia le siga la corriente. De nuevo.
Lumine está perpleja. Ella no recuerda ni una ocasión donde Childe haya preferido dormir una siesta antes que… hacer cualquier otra cosa. Él es hiperactivo, ansioso, no acostumbra a quedarse quieto por mucho tiempo. Es de esas personas que no paran de mover su pierna por debajo de la mesa cuando sus instintos le piden a gritos levantarse y buscar algo para hacer. Lumine se pregunta si ese cambio extraño en sus costumbres solo se debe a que Childe se está tomando muy en serio sus vacaciones. «Sí, seguramente es eso», afirma para sus adentros. Hasta el soldado más fiel de la Zarina merece un momento para disfrutar de las banalidades más comunes de la vida.
Después de pensarlo unos cortos segundos, Lumine se une a su pareja en el sofá de esa casa. Paimon se encuentra lejos, ocupada en su misión de gastar toda la Mora que Childe le dio esa mañana. No hay mejor momento para tener un poco de intimidad que este. Es su oportunidad de tener una tarde tranquila, en los brazos del hombre que ama, ¿por qué debería dudar?
Sin pensarlo mucho más, ella va a hacerse un espacio en el sofá junto a Childe. No le importa si la manta que él pone sobre ellos no es lo suficientemente gruesa. Ella prefiere aprovechar cada segundo que puede tener a su lado.
—¿Estás cómoda? —le pregunta Childe en voz baja.
—Más que nunca. —Lumine se mueve un poco, tratando de encontrar la posición perfecta. Dormir sobre su pecho es una costumbre que ella adora, pero que no es muy frecuente porque él siempre prefiere dormir abrazándola por detrás, como si su única misión fuera protegerla. Aunque esta vez, Childe parece no estar esforzándose por sostenerla como siempre lo hace.
Una vez que ambos están preparados para descansar, él cierra sus ojos y respira lentamente. Su pecho se mueve de arriba hacia abajo, contagiando esa misma tranquilidad a Lumine.
—Espero que duermas algo, eh —él suelta repentinamente con un tono burlón.
—Sabes que yo jamás rechazo una siesta. —Lumine le sigue el juego, fingiendo ingenuidad—. Aunque me sorprende que seas tú quien quiere dormir. ¿Qué tienes en mente?
Él no responde al instante. En vez de eso, lucha por levantar de nuevo su brazo, el cual estaba cayéndose hacia el costado del sofá, y acariciar gentilmente las hebras doradas de Lumine, enredando sus dedos en ellos.
—Estar contigo. ¿Acaso no puedo? —Su voz sale con dificultad de su boca. Lumine puede sentir cierta debilidad en su tono tranquilo pero inquietante, y la vista frente a ella solo termina por confirmar que el sueño está atacándolo: ni siquiera se molesta en abrir sus ojos mientras habla.
—Claro que puedes, pero…
Se detiene de repente. Childe murmura por lo bajo sonidos que no forman ninguna palabra existente en este planeta, como si balbuceara. Su sonrisa se desvanece tan rápido como el viento de Snezhnaya arrasa con cualquier pizca de calidez en el aire. Lumine se queda sin palabras por alguna razón, así que solo es capaz de llamar a su nombre una última vez.
—¿Childe?
Pero no obtiene respuesta. Es difícil para ella moverse en esa posición, aunque de todas formas intenta levantar un poco su cabeza para observarlo. Su rostro está lleno tanto de paz como de incertidumbre: Algo en él es distinto, aunque no sabe muy bien qué. Hay algo, una sensación, un presentimiento que le dice que debería preocuparse más. Sus ojos la inquietan incluso estando cerrados, como si cierta oscuridad se acercara a él peligrosamente.
Duerme. Extrañamente, duerme como un bebé. Lumine regresa a su lugar y espera a que esa siesta la haga darse cuenta de que solo está sobrepensando innecesariamente. Ella no dice nada. No lo despierta ni espera a que las horas pasen… solo cede al cansancio, rogando que las cosas mejoren más tarde.
«Solo exagero.»
En el quinto día, Childe desaparece por la tarde después de haber estado extrañamente inquieto toda la mañana. Paimon y Lumine se rascan la cabeza cuando ven al heraldo calzarse sus botas y su abrigo sin dar muchos detalles sobre qué hará y a dónde irá. ¿Desde cuándo está presente esa necesidad suya de ocultarle cosas? No suele haber secretos entre ellos, no más de los necesarios. ¿Qué cambió ahora?
Lumine observa a Paimon dar vueltas por la habitación con cierta confusión. Ella está segura de que su amiga voladora tiene exactamente las mismas dudas que ella, pero tampoco se atreve a preguntarle si sabe algo, ¿por qué habría de? Childe no es tan confidente con Paimon como lo es con ella por obvias razones. Además, su compañera de viajes suele pasar sus días de vacaciones divagando en su propio mundo.
«Bueno, ella ya no es la única con la cabeza en las nubes.»
Aunque no quiere y no está segura de nada, Lumine se obliga a sí misma a mantener la calma y distraerse para ignorar el hecho de que su pareja no está ahí, quién sabe en dónde. La compañía de Paimon es un alivio para ella, ya que la hadita siempre tiene ideas útiles para matar el tiempo, incluso si no son las preferidas de Lumine.
Es así como la viajera termina estancada en la cocina, preparando una selección amplia de postres a pedido de su amiga. Muchas de esas recetas las aprendió en su viaje a Fontaine, por lo que, a pesar de no ser una amante de los dulces, cree que obligar a Childe a probar cada uno de ellos puede ser una actividad divertida que lo ayude a relajarse un poco. No está segura de lo que ocurre, ni siquiera puede decir con certeza que algo pasa realmente. La delgada línea entre su imaginación, la paranoia y la extraña realidad se debilita cada vez que Lumine cree ver actitudes que no parecen muy propias de su pareja.
Cuando menos se lo espera, Childe regresa cubierto de nieve justo a la hora de la cena. Ella se ve obligada a posponer esos pensamientos intrusivos para reanudar la normalidad en ese hogar. Cuando le pregunta por su ausencia, él le responde con un seco “olvidé hacer algo en el trabajo antes de empezar mis vacaciones.”
Lumine asiente y confía en que no hay nada más por decir. No es sino hasta la hora de dormir que Lumine distingue, otra vez, las señales que le indican que sus ideas pueden no ser tan descabelladas.
Childe se lanza a la cama semidesnudo, vistiendo únicamente sus pantalones de pijama. Sus ojos ya están cerrados desde el primer momento: la luz de la lámpara sobre la mesa de noche de Lumine parece molestarle, por lo que usa su antebrazo para cubrir su rostro y evitar que la claridad penetre sus pupilas. Con dificultad, el Fatui busca la manera de mover las mantas debajo de él para que su cuerpo quede completamente cubierto, pero la tarea se le dificulta.
—¿Por qué no te levantas y entras a la cama como una persona normal? —Lumine interfiere, acostándose a su lado.
Childe solo despega su brazo para mirarla de reojo. Intenta seguir su consejo y levantarse de la cama, pero falla: su cuerpo fuerte ahora parece hecho de gelatina, deteniéndose apenas consigue sentarse sobre la suave manta de algodón. Sacude su cabeza con fuerza, intentando algo que Lumine no consigue descifrar. Esa misma ignorancia la lleva a bromear cuando ella se acerca un poco a él para sostenerlo.
—¿Qué pasa? ¿El abuelo no quiere levantarse? —Una pequeña risa escapa de sus labios después de agarrar los hombros de su pareja para mantenerlo erguido y que no caiga hacia atrás nuevamente.
—Ja, estoy bien.
—Te ves tenso. ¿No quieres que te ayude a relajarte? —Las manos de la viajera caminan por sus músculos rígidos e intenta masajearlos con lentitud. Él se estremece súbitamente ante la fuerza que ella ejerce sobre él, incluso si no es demasiada. Su toque es tanto delicado como poderoso; sensual, lo suficientemente tentador como para hacer que Childe se rinda ante los encantos de su pareja.
—¿Ah? —se ríe nerviosamente, sin el espíritu necesario para dar una respuesta clara.
Lumine lo ayuda a recostarse nuevamente en la cama y lo observa fijamente: es un poco imposible poder apreciar todos los mil y un detalles de su rostro, porque su propia sombra provocada por la lámpara tras su espalda oscurece la pálida piel del heraldo. Solo puede ver una o dos pecas cerca de su nariz y algunas arrugas bajo sus ojos que ella no recordaba que tenía.
—Solo relájate, ¿sí? —susurra sugestivamente antes de capturar sus labios en un beso apasionado. Lumine es quien domina, tomando el rostro de Childe entre sus manos para guiarlo en ese sensual juego entre sus lenguas húmedas, con el objetivo de que eso termine en algo más.
No sabe exactamente por qué está dejándose llevar por su hambre de intimidad, por las ansias de hacer el amor con él en ese momento. El ambiente se siente tan tenso desde hace días que dejar atrás las inhibiciones se ha convertido en una necesidad mucho mayor para ella. Solo quiere tenerlo cerca, experimentar esa dulce y excitante sensación de tener acceso a su pareja en cuerpo y alma. Ser uno.
Todo sale bien por un momento. La mano de Childe la atrae más hacia él, trazando caminos a lo largo de su espalda y de sus muslos, en busca de los lugares más sensibles en su delicada piel. Su otra mano se detiene justo en su cintura, donde él presiona para no dejarla separarse de él ni siquiera un centímetro. Es entonces cuando Lumine decide atacar, bajando de igual manera sus dedos delgados para clavarlos suavemente en su espalda.
De repente, las cosas salen mal.
Entre suspiros y leves gemidos provenientes de la garganta de la viajera, el cuerpo de Childe se mueve nerviosamente, como si un escalofrío severo lo invadiera de repente, llegando a alcanzarla a ella también. Su única reacción es ignorarlo, continuando con su apasionado juego como si ese espasmo solo fuera producto de la excitación.
Los movimientos de su boca se ralentizan, sus manos aflojan su agarre sobre la piel de Lumine y eso la distrae, pero ella no se detiene. Se niega a creer que eso es raro, que las manos de Childe intentando apartarla de él no están ahí, que solo buscan reanudar la lujuria entre ellos. «Solo se distrajo», se convence a sí misma, intentando acallar las voces de su cabeza. No es suficiente.
—Alto, alto… Lu… —El Fatui impone un poco más de esfuerzo y consigue separarse de la viajera, pero ella, cegada por las ansias de llevar a cabo ese momento, intenta a toda costa aferrarse a sus labios y no dejar que nada los separe. Su ignorancia se vuelve la perdición de Childe. Él no consigue soportar la presión y la empuja hacia atrás sin medir correctamente su fuerza, dejándola en el otro extremo de la cama.
—¡Lumine! —exclama el pelirrojo.
—¿Qué sucede? —Lumine, respirando con dificultad, se toma un momento para recuperar el aliento y procesar lo que acaba de ocurrir.
La luz de la lámpara golpea contra la espalda de Childe, dejando su rostro dentro de la oscuridad de la habitación. Él se aparta y se sienta en el borde de la cama. Con la cabeza ahora baja, su mano derecha sube hacia su nuca para rascarla sin cuidado. Lumine puede notar el temblor en sus extremidades cuando él hunde sus uñas en su piel erizada.
—¿Me excedí? —ella pregunta tímidamente.
—Un poco. —Su mano ahora viaja hasta su cuero cabelludo, revolviendo sus mechones anaranjados en el proceso. Su ansiedad es evidente a pesar de sus intentos por ocultarse a sí mismo tras la sombra de su propio cuerpo.
Lumine ni siquiera sabe qué decir. Childe jamás había rechazado la intimidad de esa manera. Jamás había cambiado de opinión tan rápido. Las pocas veces que él se había visto en la obligación de dejar a un lado sus deseos carnales, él se encargaba de comunicarlo apropiadamente, mas esta vez… él simplemente la aparta como si sintiera asco o vergüenza. No se atreve a mirarla a los ojos o a darle una explicación clara.
—Childe… —Lumine pone un brazo alrededor de su vientre, intentando consolarse a sí misma de alguna manera. Estando de rodillas sobre la cama, la viajera extiende su otro brazo hacia su novio para tratar de dialogar con él y quitarse esa horrible sensación de la conciencia.
«¿Acaso hay algo malo conmigo?»
«¿Acaso el problema soy yo?»
—Lo siento, Lu. Hoy no estoy de humor para eso —Childe responde en un hilo de voz—. Yo… eh… ¿Podemos dejarlo para mañana?
El heraldo pone toda su voluntad en sonar despreocupado, pero falla en el intento. La distancia y ese pesado arsenal de dudas sobre sus hombros arrasa con el corazón de Lumine, quien está tanto confundida como dolida. Le cuesta entender el porqué de sus propios pensamientos: ¿qué demonios está pasando con él? ¿Por qué esta semana está siendo tan extraña? ¿Acaso hizo algo mal y no se ha dado cuenta de ello?
«¿Hay algo que no estoy viendo? ¿Qué puedo decirle? ¿Por qué no me habla? ¿Será que solo estoy paranoica? No, esto no puede ser normal… ¿Pero y si lo es? ¿Y si me apresuré?»
«¿Y si ya no me quiere?»
«Aún me quiere, ¿verdad?»
—Claro… Sí, está bien —lo acepta sin cuestionar. Childe procede a levantarse de la cama y caminar hacia la puerta del baño privado que hay dentro de la habitación.
Ella lo espera casi diez minutos oculta bajo las sábanas por la vergüenza, creyendo que quizás él querrá hablar un poco con ella antes de dormir, pero sus esperanzas se desvanecen cuando ella oye el sonido del agua de la ducha fluyendo. Lumine no resiste el cansancio y cae dormida antes de que Childe regrese a la cama.
En el sexto día, Childe desborda de mal humor. Parece imposible arrancarle una sonrisa o siquiera una respuesta que no suene cortante, rozando lo errático.
Luego de desayunar, Lumine lo observa dar vueltas por la casa sin rumbo, recargándose sobre los muebles y agitando la cabeza como si un extraño espasmo lo atacara cada cinco minutos. Su cabello revoltoso cubre parte de su rostro y sus manos se frotan nerviosamente contra la tela de su pantalón de pijama.
Por momentos sale afuera a caminar sospechosamente lento sobre la nieve con un abrigo ligero. A través de la ventana, su novia lo observa pararse frente al lago congelado. Su postura está más encorvada que nunca, sus pies apenas se separan de la nieve al caminar y sus manos se encuentran enrojecidas por el frío y la sequedad. Es una imagen completamente distinta al Childe que Lumine conoce desde su batalla en Liyue. Parece derrotado, y ella sabe que Tartaglia jamás lidiaría con una derrota de esa forma.
— Mr. Money Bag está un poco raro, ¿no crees?
Incluso Paimon murmura en el oído de la viajera sobre el comportamiento atípico del Fatui. ¿Cómo puede ser posible que una persona cambie tanto en cuestión de una semana? ¿Cómo es que Childe pasó de ser un joven hiperactivo a… eso? ¿Por qué? ¿Qué está pasando por su mente ahora mismo? ¿Qué está ocultándole?
Sea lo que sea, Lumine sabe que no puede quedarse mucho más tiempo observando desde lejos como su pareja se hunde en la nieve en busca de que su cuerpo se congele. No tiene idea de cómo acercarse a él sin que su irascible humor de ese día arrase con todo a su alrededor. Ni siquiera es seguro que él se sincere con ella tan fácilmente.
Es imposible hablar con él durante todo el día. El silencio acaba con Lumine poco a poco, pero cada vez que alguien en esa casa intenta iniciar una conversación casual, la hostilidad se vuelve mortal con cada comentario. Childe se comporta como un anciano cansado de vivir y que solo es capaz de ver el lado negativo de las cosas. La paciencia de todos, no solo la de él, se está acabando. Lumine ya no sabe hasta cuándo será capaz de guardarse sus preguntas.
La respuesta es clara y no tarda demasiado en llegar. Al comienzo del séptimo día, la situación finalmente se sale de control.
La mañana parece ser una como cualquier otra: cuando Lumine abre los ojos gracias a los tenues rayos de sol que se cuelan tras las cortinas de la habitación, no encuentra a Childe en su lado de la cama. No es hasta que se viste y baja las escaleras que encuentra a su novio frente a la cocina, calentando un poco de pan para el desayuno. El ambiente los sofoca a ambos incluso cuando nadie parece tener ganas de hablar. La mesa está llena de alimentos, pero ninguno se anima a llenar su plato como lo hicieron en los días anteriores.
—Oye, Lu. Lo siento. —Childe es el primero en romper el silencio y llamar la atención de Lumine, quien juguetea con su taza vacía mientras observa un punto fijo en la mesa.
—¿Por qué?
—Es que… Lamento haber sido grosero ayer… y anteayer también. Me pongo de mal humor cuando no trabajo.
Lumine no dice nada. Quiere, muere por responderle y decirle que está todo bien, o al contrario, insultarlo y decirle que es un idiota a cuerda, pero una parte de ella desea que sea él quien le diga qué es lo que realmente sucede. Lumine espera una respuesta que jamás llega a sus oídos. Childe esconde su rostro tras la taza de café pero no lo bebe. Ella no tiene forma de verlo fijamente y eso le molesta. «Deja de esperarlo, Lu, solo estás paranoica.»
—Está bien. No hay problema.
La viajera se levanta de la mesa y finge preparar una jarra de jugo. Realmente no quiere seguir pensando en eso, pero tampoco quiere irse sin asegurarse de que las cosas cambiarán. Su mano sostiene con dificultad la taza de café vacía, indecisa sobre lo que hará: llenarla con cualquier bebida y volver a la mesa, o dejarla en el lavabo y buscar llevar su atención en otra actividad estúpida que la haga olvidar el mal trago de la última semana. Confiar ciegamente y esperar a que Childe esté diciendo la verdad.
Si algo le enseñó Teyvat en todos sus años de viaje, es a desconfiar de todo y de todos a su alrededor, incluso de los que cree que jamás la apuñalarán por la espalda. Childe lo hizo una vez, y aunque ella sabe perfectamente que esa ocasión en Liyue fue un caso excepcional, no duda en que ese Fatui pelirrojo tiene un don para la manipulación. Así que no lo piensa más veces y se da la vuelta para regresar a la mesa y continuar con su desayuno.
Se queda paralizada con lo que ve. No por enojo ni por tristeza, ¿sino por confusión?
Childe sigue sentado en su lugar frente a su comida y a su taza a medio terminar, pero su cabeza se encuentra inclinada hacia abajo; sus brazos, caídos a cada lado de la silla. Respira lento, pasando casi desapercibido el hecho de que también ronca muy levemente. Duerme como un bebé, como si nada le importara, ¡como si nadie lo estuviera viendo en ese momento!
Lumine se inclina un poco, todavía atónita por lo que está viendo. A pesar de la sombra en su rostro, consigue ver cierta humedad en sus ojos y mejillas. Parece estar desmayado. ¿Cómo es posible que se quede dormido tan profundamente de forma tan rápida? Y en esa posición tan incómoda… Lumine no estuvo más de dos minutos jugando con la jarra de jugo en la cocina.
—Childe —lo llama una vez. Él no responde, apenas y mueve su pecho para continuar respirando—. Childe —repite.
«Pero si ayer se fue a dormir temprano…»
—¡Childe, despierta!
El golpe sobre la mesa le provoca a Childe un susto que queda atorado en la boca de su estómago. El heraldo pasa una mano por su rostro con fuerza y abre los ojos en grande, como si intentara mostrarse energético.
—Estoy bien, estoy bien… —Childe responde con voz ronca y se aclara la garganta una vez que recupera la compostura.
—¿Dormiste algo anoche? —lo interroga tajantemente. Lumine frunce el ceño en cuanto su novio intenta disimular y pretender que todo está bien.
—Sí, sí —Childe se levanta de la silla con el impulso de sus manos sobre la mesa y se aleja de Lumine unos centímetros, lo suficiente como para que ella no consiga ver su rostro cómodamente—. Me desperté muy temprano.
La viajera se mantiene firme ante él y su rostro ya no posee ni una pizca de compasión. Lo ama, pero ella cree que se está comportando como un idiota al intentar engañarla con sus excusas absurdas. Childe solo sonríe y aparta la mirada, siendo cegado por la blancura de la nieve que se observa del otro lado de la ventana.
—¿Tiene que ver con tu actitud? —continúa preguntando Lumine con insistencia.
—¿Ah? No, no, ¿qué dices? Estoy bien… —Mira sus manos con confusión antes de limpiarse el rostro y darse cuenta de que sus ojos aún están húmedos. En las puntas de sus dedos queda esparcido cierto extraño color que no concuerda con el tono de la piel de sus manos.
—¿Qué tienes ahí? —Lumine ve sus movimientos extraños que, de forma errática, intentan deshacerse de cualquier evidencia posible. Él está muy distraído intentando palpar su rostro con desesperación—. Childe.
—Nada. —responde con molestia—. El estúpido maquillaje de Tonia…
«¿Maquillaje? ¿Por qué está usando maquillaje?»
Lumine se detiene en seco cuando se propone a encontrarle alguna lógica a lo que está pasando. ¿Desde cuándo usa maquillaje? ¿Siquiera sabe cómo usarlo? ¿Para qué lo usa? ¿Su hermana Tonia realmente tiene algo que ver en esto? En su memoria no hay ningún recuerdo que le indique que Childe siquiera ha tenido contacto con su familia. ¿Cómo es que de repente él puede surgir con una cosa así?
—Déjame ver.
—No, iré a lavarme. —Childe busca levantarse de la silla y escapar hacia el baño para deshacerse del cosmético en su rostro, sin embargo, Lumine lo toma del brazo y le impide moverse más de un paso. De un tirón, lo devuelve a su asiento y rápidamente se hace con un paño húmedo en sus manos, con el cual intenta remover las capas del maquillaje de su rostro.
—Quieto —susurra. Poco a poco se va dando cuenta de que no consigue limpiar nada en sus mejillas, nariz, mentón o frente. El único lugar donde logra quitar algo es debajo de sus pestañas.
Finalmente lo ve tal y como es: dos enormes y oscuras ojeras se dibujan bajo sus ojos, apagando su mirada y siendo la clara prueba de una realidad que Childe ha estado viviendo a espaldas de su pareja. Lumine, con sorpresa, arrastra las yemas de sus dedos por encima de su piel arrugada y se deshace de las últimas manchas de maquillaje que están impregnadas en sus poros. «Parece otra persona.»
No tiene palabras para describir lo que siente al ver el rostro demacrado de Childe. Miles de preguntas quedan volando dentro de su cabeza, intentando recordar cualquier señal que pudiera explicar lo que está viendo: no consigue encontrar nada porque se siente incapaz de pensar con claridad. No lo entiende. Simplemente no lo entiende.
—¿Hace cuánto que no duermes? —pregunta en un hilo de voz.
Childe claramente se ve molesto. La viajera puede ver su ceño fruncirse cada vez más y no ignora su incapacidad de mirarla a los ojos. Ella quiere presionarlo lo suficiente para entender lo que ocurre, mas él no parece dispuesto a hablar.
—Olvídalo. —Childe se quita de encima las manos de Lumine y se levanta bruscamente de la silla, alejándose de ella a medida que se acerca al salón principal.
El hartazgo es extremo y la confusión está alcanzando un punto de quiebre en la mente de Lumine. De repente siente que no conoce a la persona que tiene frente a ella: cada mínima actitud, cada singular mirada y cada extraña idea de Childe parece explicarse gracias a las enormes bolsas debajo de sus ojos, las mismas que él ha estado ocultando de ella por casi una semana.
—¡¿Hace cuánto que no duermes?! Pareces un zombi, Childe —Lumine arremete contra él, siguiéndole el paso hasta el salón—. ¿Qué has estado haciendo?
—Nada, Lumine, nada. —El tono de voz de Childe se oscurece cada vez más, dejando en claro que él no está contento con esta situación, sino más bien irritado hasta la médula—. No hablemos de esto, no estoy humor.
—Sí, lo noté —replica con sarcasmo—. Llevas una semana entera de mal humor, distraído, distante, misterioso… Creí que no había secretos entre nosotros.
Después de comenzar a calzarse sus botas negras, el heraldo respira profundo para contener sus emociones encapsuladas dentro de sí mismo. La misma actitud atípica de él desborda de su cuerpo cuando ella intenta presionarlo en busca de respuestas. La rabia está escapándose de su control.
—No te estoy ocultando nada, Lumine, deja el drama y solo… cállate.
—¿Lo ves? ¿Ves cómo actúas? ¡Este no eres tú! Tú jamás me habrías hablado así. —Lumine levanta la voz considerablemente, desesperándose con cada pregunta que Childe no se molesta en responder. Luego, se detiene de repente, dejándose llevar por la frustración—. Oh, ya lo entiendo. No has parado de trabajar.
—¿Eh? —él ríe por lo bajo con una sonrisa burlona plantada en su rostro—. No digas tonterías.
Mientras más habla y responde de forma despreocupada, más es la desesperación que brota en sus movimientos rápidos y descuidados. Su voz temblorosa se vuelve demandante a medida que miles de pensamientos recorren su mente a velocidades incalculables.
—No, no, tengo razón, ¿verdad? Por eso te rehusaste a venir aquí en primer lugar, ¡por eso tan inquieto! Sales de casa mientras duermo y luego finges que nada ocurre. —Lumine no consigue pensar con claridad, pero siente que debe apegarse a una teoría, incluso si el corazón le duele de solo pensar en que quizás esté en lo correcto.
—Sabes bien que no me interesa ocultarte mi trabajo. —Childe toma el largo abrigo gris del perchero y se lo coloca por encima de sus hombros mientras arremanga las mangas de su camisa bordó. El disgusto es obvio en su forma tan ruda de hablar.
—¡¿Y entonces por qué recurres al maquillaje?! —Lumine explota en respuesta—. ¿Cuál es tu siguiente misión? ¿Matarme?
—Ay, por favor, no puedes estar hablando en serio —Childe, incrédulo por las conclusiones de la viajera, vuelve a carcajear exageradamente—. Tienes que estar mal de la cabeza para creer que yo podría hacerte algo así. ¡Despierta! —Se acerca a ella con brusquedad, provocándole un susto que la deja sin aliento. Su rostro solo transmite terror, uno que ella nunca había visto antes. Está irreconocible, poseído.
—¡Tú despierta, Childe! ¿Es que ya no me quieres? ¡Dime cuál es tu maldito problema!
—¡¿Mi problema?! ¡¿Quieres saber lo que me pasa?!
«Ese no es Childe.»
Lumine espera con el corazón en la boca mientras Childe termina de ponerse sus guantes de invierno. Mira hacia sus ojos apagados, sin brillo, sin ninguna pizca de humanidad que ella siempre había podido ver con facilidad. No encuentra nada, solo el azul de sus iris mezclándose con la oscuridad que devora la piel de su cara poco a poco.
—Me tienes harto, Viatrix. Harto.
«No, ese no es Childe.»
Por un momento cree ver sus ojos cambiar de color, pero ya no consigue distinguir la realidad de sus emociones tan descontroladas. Sus palabras crean un hueco irreparable en su corazón. Su voz fría y tajante duele como si él hubiera clavado un puñal en la boca de su estómago para llenar el vacío tan desolador que siente.
«Ese no es Childe.»
—Bien. No esperes que esté aquí cuando regreses.
—Idi na khuy. —Con el sonido de un fuerte portazo, la discusión finalmente termina. En vez de alivio, la única incomodidad sensación que recorre su cuerpo son las náuseas que amenazan fuertemente con hacerla vomitar en ese mismo lugar. Se tambalea en su lugar y su cabeza da vueltas continuamente hasta hacerla correr y buscar apoyo en el lavabo de la cocina a tan solo unos pocos metros de ella.
«Ese NO es Childe.»
Dos manos pequeñas sostienen a Lumine de los hombros e intentan consolarla. Paimon no sabe muy bien qué decir ni cómo reaccionar ante la terrible pelea que acaba de presenciar, pero solo se enfoca en lo más importante: cuidar a su amiga antes de que se quiebre en mil pedazos.
Lumine da vueltas durante horas en la silenciosa cabaña una vez que se recupera. Le cuesta trabajo asimilar las dolorosas palabras y hacer un recuento de todas las señales que, durante el transcurso de esta semana, indicaban que esta situación ocurriría tarde o temprano. No tiene idea de donde está Childe, ni de lo que está haciendo, ni de lo que hará al llegar a casa.
No entiende por qué, pero algo le dice que irse no es una opción. En lo absoluto.
Lumine se niega a perderlo tan fácilmente por una pelea nacida por algo tan estúpido como un par de enormes ojeras bajo su rostro. Paimon le insiste en que es mejor irse, que no es sano estancarse con una persona que evidentemente acaba de lastimarla. La viajera está a punto de darle la razón, porque sí, la tiene: lo mínimo que Childe se merece es una paliza.
Pero esa es la parte graciosa de todo este circo: esa persona que acaba de irse por la puerta no es Childe. Al menos no para Lumine. Ni siquiera en sus peores momentos él era capaz de arremeter contra ella de esa manera. El campo de batalla es el único momento de sus vidas en el que tanto Fatui como forastera se dejan llevar por las emociones intensas.
Lumine ahora sabe exactamente lo que va a hacer. Algo en su corazón, aunque quizás irracional, le dice que es muy pronto para rendirse. Tiene que averiguar lo que hay detrás de esos ojos cansados antes de que se apaguen en su totalidad.
—Paimon, dormirás en la tetera esta noche.
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En la noche del séptimo día, Childe regresa a casa luego de estar todo el día dando vueltas tratando de matar el tiempo. La cabaña está a oscuras, en completo silencio como él se lo esperaba. Busca rápidamente encender una vela para ubicarse en su espacio y quitarse sus botas cubiertas de nieve. Al voltear la mirada hacia el perchero, sus ojos se abren con sorpresa al ver que el calzado y el abrigo de la viajera aún están ahí.
Aún no se fue.
—¡Lumine! —Childe vuelve a erguirse y camina por todo el primer piso de la casa, esperando encontrar a su preciosa novia en algún sitio. Luego, sube sin cuidado las escaleras y se dirige directamente a su habitación, donde ella está sentada en la cama con la mitad de su cuerpo bajo las sábanas, en pleno silencio, inmóvil.
—Creí que no volverías —ella susurra con una expresión de tristeza dibujada en su rostro.
—Y yo creí que no estarías aquí —le responde con vergüenza. Realmente no se esperaba que Lumine aún esté en la casa después de todas las cosas que dijo, y ahora que tiene la oportunidad de arreglar las cosas, él no sabe muy bien qué decir.
—¿Vas a echarme?
—¿Q-Qué? No… Nada de eso. —Su corazón se rompe en mil pedazos de tan solo escuchar la tenue voz de Lumine y su retraído lenguaje corporal. Tiene que decir algo, al menos intentar arreglar el corazón que él mismo rompió—. Lumine… Lo siento. Fui un idiota, ¿sí? Dije cosas que no pienso, cosas que no son ciertas… Sé que fui grosero, es solo que estaba de mal humor y… Lo siento, en serio.
«Gracias, arcontes, ese es mi novio». La viajera voltea a verlo con una mirada más iluminada. Puede ver el arrepentimiento y la vergüenza desprenderse de él con cada pestañeo de sus ojos cansados. Siente que algo cambió en las horas que él estuvo fuera de casa. Es como si Childe hubiera vuelto a ser él mismo después de un momento de locura. Poco a poco, ella sonríe con ingenuidad ante las palabras de su novio, aliviada.
—Está bien… Solo necesitaba escuchar eso. —Un enorme peso cae de los hombros de Childe cuando contempla a Lumine sonreír otra vez. Impulsivamente, él corre hacia ella y aprovecha su espacio de la cama para acortar la distancia y envolverla en sus brazos. La calidez de su cuerpo contrasta significativamente con el frío que cala sus extremidades. Es desesperante para ambos, pero ninguno lo menciona.
—Gracias, Lu. No te merezco.
—No, no me mereces —Lumine responde con una risa que finalmente aligera el ambiente. Childe también carcajea, siguiéndole el juego en completa ignorancia. “Ignorancia”, porque él aún no es consciente de que su novia no se conformará solo con una simple disculpa. En vez de eso, ella está a la espera del momento adecuado para actuar.
—¿Y si dormimos abrazados? Estás helado —pregunta la viajera con un tono calmado, intentando levantar las mantas para hacerle un espacio justo a su lado. Childe observa la cama con duda e intenta comerse los nervios para no levantar sospechas.
—Claro, Lu, pero… Creo que primero iré a comer algo. No he cenado —responde con dificultad —. Tú duerme. No me esperes, vendré a acostarme cuando termine.
Sus ojeras aún están ahí, oscureciendo su mirada al igual que esa misma mañana. Sigue derrotado, cansado y fingiendo que puede mantenerse parado con firmeza. Pero Lumine, a diferencia del resto de días instalada en ese hogar, no se mantiene callada. Decide insistir, presionar lo que más pueda hasta que Childe se digne a afrontar la situación.
—¡Oh, no! Comerás mañana, ya es tarde.
—No, no, en serio, tengo hambre, Lumi… —Childe intenta apegarse a su decisión y se endereza para levantarse de la cama, pero un tirón en su brazo lo trae de nuevo hacia ella.
—Oh, vamos, si duermes no sentirás hambre, ven —murmura su pareja de forma sugestiva. Sus dedos comienzan a caminar por encima de su chaqueta gris, invitándolo a quedarse a su lado.
—Lumine, no.
—¿Por qué no? —La viajera se muestra sorprendida, a pesar de que solo se trate de una fachada para acorralarlo mientras tiene la guardia baja—. Estás haciéndolo otra vez.
—Carajo… —Childe quita la mano de Lumine de su pecho y se sienta en el borde de la cama —. ¿Y qué si no tengo sueño? No me voy a quedar mirando el techo toda la noche acostado aquí.
—¿Entonces prefieres ir al salón y mirar la pared toda la noche?
—¡Sí! ¿Y qué? —se muerde el labio impulsivamente después de gritar de más. No quiere volver a explotar contra ella y hacerle daño, así que contiene su rabia—. No volví aquí para discutir, Lumine.
Decidido a no perder más tiempo en otra pelea absurda, Childe se levanta de un salto de la cama y busca en su armario unos pantalones más cómodos para pasar la noche en vela, tal y como lo dictan los planes escritos en las paredes de su mente. Un sonido suave pero áspero de las sábanas de la cama moviéndose lo alertan. Se voltea abruptamente.
—¿Qué haces?
—Me levanto de la cama.
Lumine se endereza en su lugar y sus pies ansiosos buscan el calor de las pantuflas. Se sienta y le da la espalda a Childe casi descaradamente, buscando evitar su mirada atónita. Él solo rueda los ojos con molestia y camina hacia la puerta de la habitación, dispuesto a no continuar con esa conversación bajo ningún término.
—Ve a dormir, Lumine, por Los Siete. No fastidies.
—Entonces ven conmigo —ella insiste, levantándose de la cama y siguiéndole el paso hasta que ambos quedan de pie entre las paredes de la cocina. Ella no puede creer que su pareja solamente la evite para no tener que hablar de una realidad más evidente que el frío de Snezhnaya. El heraldo no se voltea a verla y la viajera sostiene, extrañamente, una sonrisa casi radiante en su rostro que él no es capaz de apreciar. Si está segura de lo que hace, solo hay una manera de hacerlo hablar sin necesidad de hacer preguntas intrusivas.
—¡No dormiré, Lu!¡Punto final! —Childe reitera con la frustración brotando junto al sudor de su frente. Una mano nerviosa intenta limpiar sin éxito el calor de su piel, como si pudiera tranquilizarse con solo una caricia.
—¡Bien!¡Entonces yo tampoco lo haré! —Lumine se detiene y, de un fugaz movimiento, se sienta en la silla más cercana de la cocina y cruza sus brazos con determinación. El sonido de la madera deslizándose dolorosamente sobre el suelo es lo suficientemente llamativo como para que el pelirrojo se voltee a ver lo que ocurre. Ambas miradas finalmente chocan entre sí. Ella, manteniendo su actitud burlona, sonríe con confianza. Él no puede evitar levantar una ceja, incrédulo ante la situación.
—¿Por qué habrías de-?
—Si prefieres quedarte despierto en vez de ir a la cama conmigo, entonces te haré compañía. —Las palabras de Lumine salen disparadas directo a la moral de Childe. Está desafiándolo, y ella es consciente de que él entiende muy bien sus palabras. Es como si disfrutara presionarlo.
—Solo cállate y ve a acostarte, iré en una hora o dos —él exige con disgusto esforzándose al máximo por contener su enojo, pero ella no responde. Espera por unos segundos con la esperanza de que ella se arrepienta y vuelva a la cama. Quiere acabar con esa tontería de una vez por todas, sin embargo, la indiferencia de su novia solo termina por provocarlo aún más—. No vas a aguantar, lo sabes, ¿verdad?
—No me subestimes, Childe. Podría esperarte toda la noche.
Lumine se observa sus uñas de forma altanera y cruza sus piernas elegantemente, mostrándose desinteresada ante los intentos de Childe para obligarla a volver a la habitación. La confianza desborda de su ser cuando él aclara su garganta para llamar atención, sin lograr ningún avance. Ambos lo saben: ella no se moverá de su lugar a menos que él vuelva a la cama con ella. No aceptará un no por respuesta.
Childe, comprendiendo a la perfección el mensaje que Lumine envía simplemente con su actitud, asiente con la cabeza y borra la mueca de su rostro. Totalmente inexpresivo, coloca la palma de su mano sobre la mesa y se inclina hacia adelante para verla desde cerca. Él cree firmemente en la testarudez de la viajera tanto como cree en su propio orgullo. Si ella quiere que las cosas fueran de esa manera, entonces él responderá de la misma manera.
—¿Y si quiero quedarme despierto toda la noche? ¿Eh? ¿Qué harás?
Ella levanta la cabeza e intenta quemarlo con su intensa mirada de color ámbar. Una pequeña sonrisa de lado se desprende, mas sus ojos solo expresan decisión por sobre todas las cosas. Ninguno de los dos cede, pero Lumine está segura de que es capaz de jugar al gato y al ratón si se trata de demostrar quién de los dos es más obstinado, incluso si solo se trata de ver quien soporta más tiempo despierto.
—¿Tienes juegos de mesa? —pregunta Lumine levantándose de la silla—. Moriré de aburrimiento si tengo que fingir estar enfadada contigo durante las próximas… ocho horas.
«Carajo, ella no está jugando», piensa Childe inmediatamente. Imaginarla aguantando el cansancio durante tanto tiempo solo le provoca malestar. Él solo piensa en el propósito de ese viaje, de su estancia en esa desolada cabaña y en las supuestas “vacaciones” a la que ambos habían accedido en primer lugar. Ese estúpido descanso del que ambos están privándose por voluntad propia solo contradice cualquier intención anteriormente expresada.
—¿No hay nada que pueda hacer para convencerte de que vayas a dormir? —Childe flaquea cuando suaviza su tono de voz con la esperanza de que Lumine deje de jugar ese tonto juego, pero ella solo da un paso hacia adelante y levanta sus cejas para mostrarse dura frente a él. «No, ella definitivamente no piensa ceder.»
—Sí, hay algo. Duerme conmigo.
Dormir. Las reglas de su insistente juego parecen bastante claras para él cuando su novia se planta en el suelo de la cocina, decidida a quedarse con él, incluso si eso perjudica su tan anhelado descanso.
La disciplina de un arma de guerra de La Zarina trasciende cualquier tipo de barrera cuando el orgullo se ve quebrado por la poderosa mirada de la mujer a la que ama con tanta fuerza. Está cansado, sí, pero aún tiene un par de horas más hasta que su cuerpo le pida urgentemente una almohada suave para descansar cuando sus energías se agoten.
Si ella es testaruda, él puede serlo aún más.
—Bien… Creo que hay juegos de mesa en la estantería del salón.
