Chapter Text
❝La verdad. Es una cosa terrible y hermosa, y por lo tanto debe ser tratada con gran cuidado.❞
— Albus Dumbledore.
Todo mundo conoce la historia del niño que vivió, el famoso Harry Potter, cuyos padres murieron para salvarlo y, solo de este modo, pudo derrotar al mago más tenebroso de todos los tiempos con solo un año de edad.
Sin embargo, la historia que se cuenta de boca en boca esconde un íntimo secreto que sólo un reducido grupo de personas conoce. Aquella noche, en el Valle de Godric, Lily y James Potter dieron su vida por no solo uno, sino dos bebés.
Y una carta, el último anhelo de vida de Lily Potter, fue aquello que cambió la vida de ambos niños a partir de entonces.
¡PIUUUUUM!
La bengala del doctor Filibuster salió disparada hacia la ventana, atravesándola y rompiendo el sucio vidrio a su paso. Con la cara contorsionada entre una mueca de diversión y miedo, corrí a esconderme debajo de mi vieja cama con la esperanza de que papá no me encontrara. Cubrí mi boca con mi mano derecha mientras que con la izquierda sujetaba el resto de las bengalas que los gemelos Fred y George Weasley me habían enviado aquella mañana veraniega. Un instante más tarde, mi puerta se abrió y vi un par de zapatos negros cruzar mi dormitorio hacia la –ahora rota– ventana.
—¡Adelaide! —gruñó papá y me mordí la palma de la mano para no reírme.
Los anteojos resbalaron por mi nariz y solté las bengalas para evitar que hicieran un ruido al caer y descubrieran así mi escondite; sin embargo, las bengalas hicieron aún más ruido y cayeron justamente sobre una mancha de humedad que se había hecho durante los últimos meses que no estuve aquí, encendiéndose al instante y volando en todas direcciones fuera de la cama. Escuché a papá gritar mientras las bengalas estallaban por todos lados dentro de la habitación. No pude evitarlo y comencé a reírme descontroladamente a carcajadas.
Al segundo siguiente, la cama se elevó en el aire y mis risas pararon en seco por el repentino movimiento. Papá me miraba con el rostro serio y un poco rojo, sus labios estaban hechos una fina línea y una explosión le había chamuscado la punta del cabello; con la varita en alto conjuraba un sencillo wingardium leviosa para sacarme de mi escondite. Aún tendida en el suelo, esbocé una inocente sonrisa.
—Te queda bien el nuevo peinado —le dije.
—Sal —ordenó, a lo que borré mi sonrisa—… ahora mismo.
Me arrastré por la madera del piso y papá bajó la cama con cuidado. Agitó la varita en el aire y todo lo que había sido destruido volvió a la normalidad, tan viejo como estaba antes del accidente de las bengalas.
—¿Podrías explicarme… dónde conseguiste las… bengalas? —inquirió pausadamente, como cada vez que estaba extremadamente furioso.
Eso era lo curioso de mi padre: siempre que se enojaba conmigo procuraba no gritarme, mientras que a todos sus alumnos en Hogwarts les regañaba sin pelos en la boca.
—¿Las encontré por ahí? —respondí, aunque sonó más como una pregunta que como afirmación. Papá alzó una ceja; su rostro había vuelto a ser del mismo tono cetrino de siempre—. Bien. Fue un regalo adelantado de cumpleaños.
—He de suponer que fueron los jóvenes Weasley quienes tuvieron esta… grandiosa idea, ¿no es así?
—¡Oh, vamos! Los chicos pueden ser bromistas y revoltosos y traviesos y… ya sabes —me interrumpí a mí misma, agitando la cabeza—; pero son mis mejores amigos y pensaron en mí, tu preciada y única hija, el pobre angelito que más amas con todo tu corazón, que cumplirá apenas diez años en una semana…
Papá suspiró.
—Sigo sin entender cómo he podido sobrevivir contigo —murmuró para sí mismo, a lo que lo miré indignada—. Sabes a lo que me refiero… Pero no más cosas explosivas en la casa, ¿de acuerdo? —No contesté—. ¿Adelaide?
Un estruendo se escuchó en la habitación de abajo y papá cerró los ojos, como si se arrepintiera de todas las decisiones que había tomado en la vida.
—¡Uf, qué caluroso día hace! —dije, dándome aire con la palma de mi mano—. Creo que iré a tomar el sol un poco, ya sabes, es bueno para la piel… ¡Adiós!
Sin esperar a que dijera nada, salí corriendo por las escaleras de caracol y cubrí mi nariz y boca para cruzar la minibiblioteca de papá que conectaba los dos pisos de la casa. Llegué al pasillo y salí corriendo por la puerta de madera hacia la calle, lejos de la bomba fétida que también me habían enviado los gemelos y que había explotado por alguna extraña razón.
La Hilandera era una calle muy larga y deprimente, pero en aquel momento parecía recibirme con los brazos abiertos como si fuera mi mejor amiga. Todas las casas eran iguales: de ladrillos viejos, puertas de madera, ventanas grises y un aspecto abandonado; igual que mi casa, al final de la calle. La gente no solía salir mucho y los pocos niños que vivían aquí tenían la costumbre de quedarse adentro viendo televisión. Pero no podía quejarme mucho, puesto que todos ellos eran muggles y yo tenía el maravilloso don de la magia. Lo único que no era tan malo del lugar en el que vivía era el cercano campo a unos pocos minutos de mi hogar. Allí había un viejo árbol que nunca había soltado más que un mísero par de hojas, pero todo a su alrededor estaba lleno de un verde césped.
Me escondí adentro del tronco, como siempre, alumbrada por la poca luz que se colaba por un hoyo en lo más alto del interior del árbol; según papá, el árbol había permanecido así desde hacía más de veinte años. En el suelo seguía la ramita alargada y gruesa que había elegido especialmente para simular que era mi varita mágica, así que la tomé y jugué un buen rato a que era la bruja más poderosa de todos los tiempos.
Tendría que esperar todo un año antes de que siquiera mi carta de Hogwarts llegara, pero lo bueno era que mi familia tenía un permiso especial para que yo fuera con mi padre todos los años a Hogwarts, aunque no estudiara. Como no teníamos más familia que pudiera cuidarme mientras papá trabajaba, él me solía llevar a Hogwarts todos los años con la condición de que no interrumpiera ninguna de las clases y no causara tantos problemas… aunque esto último me costaba mucho. Por fortuna, no era formalmente una alumna aún, así que no podían quitarle puntos a mi Casa, la cual suponía que sería Slytherin, igual que la de mi papá y toda la familia de mi abuela paterna. De hecho, había crecido para ser una Slytherin; no quería decepcionar a papá.
《• • •》
Cuando el sol ya me indicaba que había pasado el mediodía y se acercaba el almuerzo, decidí que sería mejor regresar con papá. Él me esperaba sentado en un viejo sofá con un libro frente a sus ojos, en una esquina de la minibiblioteca que teníamos. Pensé que se le había olvidado por completo mi desastre de la mañana, así que crucé por el pasillo hacia la cocina para buscar alguna golosina.
—Espera un segundo —pronunció y me detuve, encogiendo mi cabeza entre mis hombros.
—¿Sí? —pregunté y me asomé con inocencia por el marco de la entrada de la minibiblioteca.
—¿No dirás nada acerca de lo que sucedió por la mañana?
—¿De qué hablas?
Él suspiró.
—Estás castigada…
—¡¿Qué?!
—… por una semana…
—¡En una semana es mi cumpleaños!
—… cuando estemos en Hogwarts.
—Espera, ¿qué?
Papá estiró el brazo a un costado de su sillón y tomó lo que parecía un trapo sucio y viejo junto con un rectángulo amarillento.
—Poco después de que te fuiste, llegó esto —dijo, tomando con la punta de sus dedos el trapo sucio.
Hice una mueca y me quité mis gafas para limpiarlas, ya que por accidente me había caído a medio camino y éstas se estrellaron sobre la tierra con los cristales hacia abajo. Cuando volví a ponérmelos, una amplia sonrisa se extendió en mi rostro.
—¡Errol!
Corrí a tomarlo entre mis manos y a tranquilizarlo, puesto que seguía agotado de su largo viaje y parecía temerle a mi papá. Lo acaricié con la punta de mis dedos y él comenzó a relajarse, restregando su cabeza contra la palma de mis manos, haciéndome reír.
—Como el último año, creo que sé… por qué esta lechuza llegó aquí —dijo con desaprobación, mientras me extendía la carta que había traído la lechuza.
Le di las gracias a papá por no matar a Errol y subí a mi dormitorio con la lechuza aún en mis brazos, mientras papá se encargaba de hacer el almuerzo. Me acosté boca abajo y Errol se acomodó en mi cabeza; quizás mi cabello sería un perfecto nido para sus crías, si algún día se conseguía pareja. Desdoblé la carta:
Queridísima Llamitas:
Esperamos que nuestro regalo te haya gustado y hayas aprovechado para hacerle una travesura al profesor Snape de nuestra parte, ya que a ti nunca te castigaría con las torturas que nos hace a nosotros.
Si el Murciélago Gigante te da permiso, mamá nos ha dejado que pases el resto de las vacaciones con nosotros. Avísanos pronto, así puedes venir el próximo jueves, porque el viernes iremos al callejón Diagon. Obviamente, Ginny está de acuerdo con esto, pero Percy y Ron no. Ya sabes cómo es Percy, pero Ron no quiere admitir que está enamorado de ti.
Como sea, cuida un poco a Errol y devuélvelo con tu respuesta.
Nos vemos pronto. Con cariño,
Fred y George
Un poco más abajo, con letra apurada y un doblez accidental en la esquina del pergamino, había una nota:
Tú eres solo de nosotros, tal vez un poco más de mí, Llamitas.
George
Sonreí tontamente y doblé la carta de nuevo, guardándola en el cajón más alto de mi mesita de noche. Con Errol todavía sobre mi cabeza, bajé hacia la cocina y le pregunté a papá si podía pasar el resto de las vacaciones con los Weasley. Tal como había pasado el último año, gruñó, aceptó y me pidió que pasara más tiempo con Ginny que con los chicos; fingí prometérselo. No me quitaría tiempo preciado con mis mejores amigos.
Volví a subir a mi dormitorio y saqué un pedazo de pergamino arrugado que encontré entre mis libros y una pluma un poco descuidada, y corrí al dormitorio de papá para robarle tinta. Cuando regresé a mi cama, Errol ya estaba dormido, todavía sobre mi cabeza. Me acomodé los lentes antes de escribir, porque parecían seguir cayéndoseme de la nariz; tal vez se habían aflojado los tornillos con la caída…
Queridos Original y Clon (ustedes deciden quién es quién):
Código verde: el Murciélago Gigante me dejó pasar el resto de las vacaciones con ustedes. Viajaré con los polvos flu, a ver si esta vez no me ahogo. Llegaré el jueves, como me pidieron, y no me compren otra cosa solo porque ahora pasaremos mi cumpleaños juntos.
Vayan dándole las gracias a su mamá de mi parte y cuiden también a Errol cuando llegue. Preparen una gran broma para Percy; incluyan a Ginny. Y dejen de molestar a Ronald, no es su culpa haberse enamorado de la diosa que soy.
Con cariño,
Adelaide
Doblé la carta y bajé a Errol de mi cabeza, despertándolo con cuidado.
—Lo siento, pequeño, pero es hora de que vueles a casa —le dije, entregándole la carta. Errol ululó con tristeza y tomó el pergamino en su pico—. Ya lo sé, pero es el último viaje.
Lo tomé con cuidado y abrí la ventana con un poco de trabajo, ya que le faltaba aceite. Acaricié a Errol una vez más y le di un empujoncito para que comenzara a volar.
《• • •》
Aquella noche golpearon a mi puerta con suavidad y me alteré un segundo ya que pensé que era de madrugada, pero luego noté que la vela seguía casi de su tamaño original y me tranquilicé. Cerré el libro de Pociones peligrosas: cómo no morir haciéndolas y caminé para abrir la puerta. Papá seguía vistiendo su túnica negra y me miraba sereno, algo que pocas veces notaba en él, por lo que deduje que estaba feliz.
—Te traje un obsequio —me dijo, extendiendo un cuadrito blanco hacia mí—. Quería dártelo el día de tu décimo cumpleaños, pero como no te veré hasta el día después, aquí lo tienes.
—Gracias —dije, sonriéndole.
Tomé el cuadrito y noté que tenía algo escrito en una esquina: «Hogwarts, 1971». Al girar el cuadrito me di cuenta de que se trataba de una fotografía. Había dos niños en la foto: una niña de cabello tan rojo como el mío, que sonreía a la cámara, y un niño pálido y de cabello negro, que tenía una mueca en el rostro, como si estuviera incómodo. Fue fácil reconocerlos, o suponer quiénes eran.
—¿Son tú y mamá? —inquirí, alzando la cabeza para mirarlo.
—Así es.
—Fueron amigos desde pequeños… Ja… Qué lindo —murmuré, incapaz de decir otra cosa. Mis ojos se llenaron de lágrimas y me acerqué para rodear su cintura con mis brazos—. Muchas gracias, papá.
Me dio las buenas noches y me volvió a dejar sola en el cuarto. Me arropé en mi cama y observé la fotografía unos segundos más, notando todas las similitudes que tenía con mamá. Ella había fallecido cuando yo tenía solo dos meses, así que no tenía ningún recuerdo de ella, lo que siempre me ponía triste. No solíamos hablar de ella porque a ambos nos entristecía mucho, pero cuando lo hacíamos era muy lindo.
Aquella noche me dormí con una sonrisa en el rostro.
