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Roier estaba tranquilamente sentado en una de las mesas de la Sala Común de Gryffindor, jugando con su varita mientras intentaba terminar su tarea de Transformaciones. No había nada particularmente extraño en su día, no hasta que la puerta se abrió de golpe y Quackity entró corriendo, arrastrando a una preocupada Rivers y un confundido Ravenclaw detrás; Luzu.
—¡¿Hiciste Amortentia?! —soltó sin preámbulos, apuntándolo con el dedo.
Roier parpadeó.
—¿Qué?
—No te hagas pendejo —Quackity se acercó y lo miró con acusación—. ¿Preparaste Amortentia? ¿Sí o no?
Roier soltó una carcajada que se extendió varios segundos, poniendo su mano en su pecho como si tratara de recuperar el aliento.
—Wey, reprobé esa clase. Literal casi explotó el caldero en la práctica. No hice ni una gota de Amortentia —se veía tan extrañado—. ¿Por?
Quackity suspiró y pasó su mano por su cabello, murmurando insultos. Rivers decidió intervenir entonces.
—Ro, tenemos un problema.
Roier dejó su varita sobre su muslo y los miró con los ojos entrecerrados.
—¿Qué?
—Spreen.
Roier se enderezó, visiblemente tenso ante la mención del chico.
—¿Qué chingados le pasó a Spreen?
Quackity se pasó una mano por la cara como si necesitara reunir paciencia. Luzu le acarició el hombro.
—Está actuando… raro. Raro incluso para ser él desde la mañana. Carrera está bien pinche preocupado.
—Es Spreen, siempre actúa raro —dijo con obviedad.
—Sí, pero no raro como siempre.
No lo entendía. Rivers suspiró, sintiéndose cada vez más desesperada.
—Tiene una confianza de la chingada, hoy en la mañana trató de golpear a Foolish porque dijo que estaba terminando tu regalo de cumpleaños —presionó sus labios antes de volver a hablar—. Dice que está enamorado de ti.
Roier se quedó completamente inmóvil.
—Mierda.
Rivers asintió.
—Ajá. Así que tenemos que esconderte de él antes de que haga una locura. Creo que quiere confesarse.
—¡¿Confesarse?! —Roier se levantó de golpe—. ¿¡Cómo?!
—¿Crees que nosotros sabemos? —Quackity seguía demasiado alterado—. Por eso decimos que hay que esconderte antes de que intente recitarte un poema o algo peor.
—¿¡Esconderme donde chingados?!
Quackity y Rivers empezaron a hablar uno sobre el otro mientras Roier se lamentaba de su situación en voz baja. Luzu bufó.
—Basta. Todos respiren que de nada sirve hacer algo así de alterados —no tuvo que gritar, al escucharlo todos se quedaron callados—. Roier aún tiene clases a las que ir, entonces vamos a llevarte, nos aseguraremos de que Spreen no intente una locura y ojalá para el final del día se pase el efecto, ¿bien?
Los tres, sin otra alternativa, asintieron ante la idea de Luzu. Roier aún se notaba nervioso, pero cómo Luzu decía, lo único que podían hacer era esperar a que pasara el efecto y ya.
Sería un día largo.
***
Su amigo de Hufflepuff, Missa, se les unió poco tiempo después de que salieran a su primera casa. Historia de la Magia, no la compartían con otra casa, así que estuvo todo bien. Claro que tuvieron que esconderse en uno de los pasillos para evitarse problemas.
Missa cargaba con un pesado libro de pociones y varias notas propias.
—Cualquiera podría haberle dado a Spreen Amortentia con el nombre de Roier, aunque él no la haya preparado —explicó pasándole su cuaderno de notas a Luzu—. Depende de cuanto haya tomado, pero es probable que el efecto desaparezca por completo para mañana.
Todo un día de huir, que maravilla.
—¿No hay forma de revertirlo? —preguntó Roier desesperanzado.
—Estoy buscando, pero lo dudo. Nunca vimos un antídoto en clase y no hay ninguno en ese libro —casi parecía una disculpa—. Tal vez en la sección prohibida haya uno, no lo sé.
—Podemos buscar —sugirió Luzu—. ¿Están bien quedándose solos?
Roier iba a responder que no, pero los dos tontos a su lado le aseguraron al novio de Quackity que estarían perfectamente bien solo ellos tres y que no debían preocuparse.
Estaba jodido.
—A ver si nos encontramos a Philza, se quedó con Spreen en el salón de Encantamientos —el recuerdo puso una mueca en su rostro—. Discutió con el profesor toda la clase, ¿pueden creerlo?
Luzu y Missa desaparecieron por el pasillo. Roier se apoyó en la pared y respiró.
—Vámonos, ya casi es la siguiente clase —Quackity les dejó saber—. Ven, vamos a esconderte.
***
Las ideas de Rivers siempre eran una locura, sin embargo, en una situación desesperada como esa, no tenía de otra que escuchara y hacer lo que sugería.
Se habían cansado de tratar de ocultar a Roier detrás de tres personas y varios suéteres cada vez que cruzaban los pasillos. Los miraban raro, se tropezaban, era todo un martirio. Así, la chica tuvo la brillante idea de esconderlo detrás de otra identidad. Cambiar sus facciones, hacerlo ver distinto.
—Si Spreen ve a cualquier chico parecido a Roier, va a enloquecer —advirtió Luzu.
—Entonces que no sea un chico, que sea una chica.
Tendría que haber dicho que no, tuvo que decir que no. La presión social podía más que él.
Todo fue con glamours, maquillaje, un hechizo para que su cabello luciera más largo y el uniforme de chicas de Hufflepuff, cortesía de Tina. Rivers tuvo que enseñarle a caminar y lo detuvo cada vez que se aferraba a tratar de bajar la falda.
Roier estaba harto.
—Te ves increíble, nadie va a notar que eres tú. Ahora todos van a creer que eres Melissa.
Chasqueó la lengua sin estar seguro.
—Rivers, no sé si…
—Quackity.
La voz de Spreen los congeló a todos. Quackity sonrió, pasando su mano por su nuca con nerviosismo.
—Spreen, ¿qué pasó?
—¿Viste a Roier?
—No.
Roier se quedó quieto en su sitio, tanto que Rivers tuvo que pellizcarlo para que dejara de verse tan sospechoso. No funcionó y pronto los ojos de Spreen terminaron en él.
El chico frunció el ceño.
—¿Quién es esa?
—Mi amiga Melissa, ¿nunca te la había presentado? —Rivers lo abrazó por los hombros—. Es de Hufflepuff.
—Ah, ya veo… —su breve interés por ella se esfumó por completo—. No me importa. Si lo ves, ¿le decís que me busque?
—Claro, no sé para qué lo querrías, pero yo le digo.
Spreen soltó una suave risa nasal.
—Para decirle que estoy enamorado de él, obvio —lo dijo completamente en serio—. Estoy re enamorado desde tercer año. Se lo voy a confesar —buscó en su bolsillo—. Esto le va a gustar.
Extendió su mano y Quackity tomó lo que sostenía. Los tres se asomaron para mirar que era y Roier por poco y se ahoga. Un anillo.
—¡¿Le vas a pedir matrimonio?!
Spreen lo observó como si fuera algo obvio.
—Sí, ¿para qué esperar? No es que me vaya a decir que no —miró a su alrededor—. Bueno, avisame si lo ves, ¿dale? Nos vemos.
Al verlo marcharse a Roier le fallaron las piernas. Era la Amortentia hablando, lo sabía, era tan obvio, pero eso no quitaba la sensación de cosquilleo por todo su cuerpo. Joder, quería entender por qué el universo lo estaba castigando con eso.
—¡Carre! —escuchó a Rivers gritar a su lado cuando lo soltó—. ¡Carre, ven acá!
Ese día sería su perdición.
***
—Listo —Carrera jadeó—. Lo convencí de que vaya a la práctica de Quidditch. Tenemos más o menos una hora tranqui.
Rivers lo miró, parpadeando en su dirección un par de veces.
—¿Carre?
—¿Sí?
—¿Sabes cómo funciona la Amortentia?
El Slytherin frunció el ceño.
—Y sí… uno se enamora, ¿no?
Parecía que a la pobre chica le daría un tic en el ojo.
—La Amortentia genera obsesión porque la persona no puede dejar de pensar en el objeto de su amor. Si Spreen llega a recordar la existencia de Roier mientras está sobre una escoba a metros del suelo, va a caerse.
El color se drenó por completo del rostro de Carrera, quien tiró del brazo de Roier—aún vestido de Melissa—antes de empezar a correr. El resto los siguió.
—¡Tenemos que ir por él!
—¡¿Y yo que pinche culpa tengo?!
—Vos le diste la Amortentia, ¡vos arreglalo!
—¡Que yo no le di nada, chingados!
Varios alumnos los vieron correr despavoridos hacia el campo de Quidditch, por supuesto, nadie estuvo listo para intervenir. Para cuando llegaron, la práctica ya había comenzado y Roier pudo divisar perfectamente a Spreen en el aire. No lo admitiría, pero siempre había considerado que su amigo se veía demasiado bien en su elemento: en la ropa de Quidditch, buscando la snitch.
Quackity se sostuvo de su brazo.
—¿Cómo lo bajamos de ahí?
—No podemos —dijo Roier con una mueca—. Hay que observarlo, tengan sus varitas listas. Si llega a caerse de la escoba, tenemos que intervenir.
Aquella idea no relajó a absolutamente nadie, pero ese no era el punto. No estaban ahí para tener paz mental, estaban ahí para cuidar que Spreen no se matara.
Así, tomaron sus lugares en las gradas de Gryffindor. Roier no le quitó la vista de encima a su amigo al tiempo que este sobrevolaba el campo. Podía escuchar a Missa a su lado, buscando en cada libro de pociones junto a Philza y Carrera para encontrar el antídoto. No importaba. No cuando vio la manera en la que Spreen estaba jugando.
Nunca había hecho nada parecido, siempre era muy cuidadoso y apegado a las reglas, pero parecía que en ese instante se había vuelto más intrépido que nunca. Esquivaba las Bludgers con facilidad, dándole la oportunidad a su equipo de anotar una y otra vez. Manejaba la escoba como si fueran uno mismo. Rápido, sin una pizca de miedo. Roier mordió el interior de su mejilla y su cabeza comenzó a dar vueltas.
Ver a Spreen bajo esa luz lo mareaba.
—Qué pedo con él —Rivers murmuró a su lado.
—No tengo idea.
—¿Crees que está jugando así para impresionarte?
Roier se encogió de hombros. Lo estuviera haciendo o no, ya lo había impresionado.
La tensión no se marchó de sus hombros ni un segundo durante toda la práctica, no hasta que Spreen capturó la snitch y todo su cuerpo se desinfló con alivio. No se había caído, Merlín santo, estaba bien.
—¡Escóndete! —escuchó a Quackity gritarle antes de obligarlo a agacharse, escondiéndose de manera muy pobre detrás de las piernas de sus amigos en las gradas.
Supo la razón de su urgencia cuando observó la escoba del Slytherin acercarse.
—¿Dónde está Roier?
Su voz le puso los pelos de punta.
—Ni idea, creo que sigue en la biblioteca.
Spreen frunció el ceño, lo buscó con la mirada y se marchó. Roier salió de su escondite, quitándose en cabello de la cara.
Bufó con irritación.
—¿Pueden quitarme el glamour? No aguanto este pelo.
Rivers se entristeció, repitiéndole que se veía hermosa y que era el disfraz perfecto.
Volvieron a la sala común de Gryffindor con Roier siendo él, solo que usando una falda que ninguno de los inútiles de sus amigos pudo transfigurar.
No podía ponerse peor, pero al abrir la puerta de su dormitorio se lamentó siquiera pensar en eso.
¿Cómo había entrado Spreen en su dormitorio por el suficiente tiempo como para tapizarlo con rosas, dejar un montón de dulces sobre su cama y hacer un hechizo de música sin que nadie se diera cuenta? Quería que se lo tragara la tierra y lo escupiera en el bosque prohibido, a ver si así ya se desaparecía.
—¿No está aquí dentro, verdad? —su pregunta empujó a sus amigos a buscar por cada rincón de la habitación. Para cuando acabaron, Roier ya se había sentado sobre la cama de Quackity.
Spreen no estaba ahí dentro, por suerte, pero eso seguía sin explicar como había logrado entrar ahí en primer lugar.
—¿Pueden irse? Quiero ponerme mi uniforme.
Sus amigos le hicieron caso, dejándolo a solas por primera vez en todo el día. Roier buscó su ropa, se miró al espejo y se sintió tan triste que pudo ponerse a llorar en ese instante. Todo aquello era tan lindo, todas las palabras que Spreen había dicho sobre él sin saber que estaba cerca, era su sueño hecho realidad. Pero no era real. Spreen no lo amaba realmente.
Mordió sus labios cuando una lágrima descendió por su mejilla. La puerta se abrió y tuvo que limpiarse el rostro con rapidez.
—¿Ro?
La voz de Missa le dolió en el pecho.
—¿Estás bien?
Sacudió la cabeza. Su amigo cerró la puerta y caminó hasta él, permitiendo que Roier se girara y lo abrazara, mojando su hombro con lágrimas. Missa le acarició el cabello.
Era cruel la forma en la que la vida le estaba dando una prueba de lo que deseaba, solo para arrebatárselo como si no fuera nada. Era malvado y cruel, y le dolía directo en el corazón. Missa parecía entenderlo, así que no lo soltó.
—Solo quiero que se acabe este maldito día.
—Lo sé.
Roier dudaba que realmente lo supiera.
***
Conforme pasaban las horas y Spreen ya no aparecía, todos comenzaron a bajar la guardia de forma inconsciente. Roier, quien ya estaba cansado y todos habían visto lo triste que estaba, dejo de preocuparse por donde se estaría escondiendo Spreen y solo se rindió.
Cualquier cosa que saliera de la boca de Spreen no sería cierta de cualquier forma. No importaba.
—Ro —Rivers se sentó a su lado en el comedor. Habían terminado de cenar hacía pocos minutos—. Foolish dice que descubrió quién le dio la poción a Spreen. Iremos con él, ¿quieres acompañarnos?
Roier miró hacia sus manos. No tenía nada de energía.
—No, creo que iré a tomar una siesta, ¿está bien?
—Sí. ¿Quieres llevarte a Quackity?
Roier le sonrió con algo de tristeza.
—No. Gracias, Rivis.
La chica lo acercó a un abrazo y Roier tuvo que contenerse antes de llorar de nuevo. La Gryffindor se marchó junto con el resto y, después de unos minutos, Roier salió por su cuenta, caminando directo a los dormitorios.
Los pasillos estaban prácticamente vacíos por la hora. Solo podía escuchar sus pasos hacer eco por el castillo, aunque sus pensamientos eran más ruidosos que cualquier otra cosa.
—Ahí estás —escuchó a sus espaldas.
Se detuvo en seco, a punto de salir corriendo. No supo que era, pero algo lo empujó a girarse.
—Spreen.
—Roier —dio un par de pasos hacia él—. Tengo que hablar con vos.
Roier sintió su pecho dolerle.
—Spreen, no…
—Por favor, escuchame.
—Te estoy escuchando, pero yo… Yo no.
Spreen estuvo frente a él por completo y sostuvo sus manos, haciendo que tuviera que mirarlo a los ojos.
—Te amo, Ro.
Sintió su corazón quebrarse. Negó con la cabeza cuando las lágrimas comenzaron a picar en sus ojos.
—No lo haces.
—Lo hago. Te amo desde tercero. Sos todo lo que quiero.
—Deja de hablar —una mano subió a su mejilla y por poco suelta un sollozo—. No me amas, es la Amortentia hablando. Solo deja de… Por favor.
Cerró los ojos por un segundo y cuando volvió a abrirlos, Spreen seguía mirándolo, ahora con el ceño fruncido.
—¿Amortentia?
—Alguien te dio Amortentia, Spreen. Te prometo que yo no fui, ni siquiera sé cómo mierda preparar eso, pero yo… —no sabía por qué no retrocedía aún, no podía hacerlo—. Perdóname. Quisiera poder revertirlo, yo sé que no sientes eso por mí.
La confusión en el rostro de su amigo se volvió en una sonrisa seguida de una risa. Roier frunció el ceño antes de pisar el pie del contrario.
—¡No te rías!
—Perdón, yo… —no dejó de reírse.
Roier lo pisó de nuevo.
—¡Spreen! Eres grosero —sorbió su nariz, tratando de alejarse—. Eres cruel.
—Roier, espera. Ro —sostuvo su rostro con un poco más de fuerza—. Roier, ¿podés escucharme?
Estuvo a punto de negarse y retroceder, pero la suplica en los ojos de Spreen lo hizo detenerse. Dejó de luchar y lo miró, esperando que sería lo que diría ahora.
—Gracias —Spreen respiró hondo—. No tomé Amortentia.
—Eso no lo sabes…
—Sí, lo sé, y no lo hice —sonrió—. Tomé algo esta mañana, pero no era Amortentia. Vegetta encontró un frasco de Suerte Líquida en el aula de pociones.
Suerte Líquida, ¿eso no era lo que…?
—Oh.
—Oh —Spreen lo imitó—. Te amo, Ro.
El pecho de Roier se llenó de algo cálido.
—Spreen…
—Sé que no sentís lo mismo, está bien. Te busqué todo el día por el subidón de confianza y no…
—También te amo, Spreen —confesó—. No desde tercero, pero cuarto se acerca, ¿no?
La sonrisa amplia de Spreen lo dejó débil. Sostuvo su rostro con ambas manos ahora y Roier se puso de puntitas. Sus labios se rozaron por un momento y, sin esperar más, se besaron. La sensación fue tan hipnótica que Roier sintió que flotaba. Tal vez el destino si lo quería después de todo.
Sonrió contra los labios de Spreen después de pasar sus brazos detrás de su cuello, haciendo que el contrario lo tomara de la cintura.
—¡Roier! Spreen no tomó Amortentia, se bebió… —Quackity se quedó en silencio.
Rivers soltó una suave risa a su lado.
—Creo que ya lo sabe.
La pareja no se separó ni un momento, ajeno a su público.
—Mariana adorará escuchar sobre esto cuando se cure de la viruela de dragón —dijo Rivers divertida—. Vámonos, dales espacio.
Quackity tuvo que recomponerse antes de ser arrastrado lejos por Rivers.
Spreen se separó primero, apoyando su frente contra la de Roier.
—¿Por eso me evitaste todo el día? ¿Creíste que había bebido Amortentia?
Roier asintió avergonzado.
—No quería escuchar una confesión tuya pensando que no era verdad.
Spreen se inclinó para dejar un beso corto en sus labios.
—Espero que sepas entonces que te adoro, y no es mentira.
—Mientras no me pidas matrimonio ahora, está bien.
Spreen soltó una carcajada.
—Eso fue demasiado, ¿no? La poción me hizo mandarme cualquiera.
—Volaste como nunca. Tal vez debas beberla todo el tiempo.
Spreen rodó los ojos.
—Dale, no me arruines el momento.
Roier guardó silencio y volvieron a besarse. Su corazón fácilmente podía estallar en su pecho de lo feliz que estaba. Eso era todo lo que había soñado y más.
Le enviaría una carta de agradecimiento a Vegetta más tarde.
