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Cap 1: Érase una vez nosotros
En el monte Olimpo, lugar donde se reunían las distintas divinidades, se estaba llevando a cabo una fuerte disputa entre dos niños. A juzgar por su apariencia cualquiera que los viera pensaría que tenían doce años. Mas sólo era una ilusión visual, pues ambos tenían siglos de vida y habían transcurrido en su haber más años que los de cualquier mortal. Aunque por la forma en la cual se estaban comportando quedaba claro que los años acumulados no eran necesariamente símbolo de sabiduría o madurez. Incluso en la forma de pelear eran infantiles; jalándose mutuamente el cabello, dándose empujones y profiriendo diversos insultos.
Su madre descansaba sentado en la comodidad del sofá rojizo entre las ninfas encargadas de atender todos sus caprichos, desde servirle ambrosía hasta pelar frutas para que degustara. Observó con un rostro indiferente la pelea entre sus dos pequeños. Esta situación se repetía tan a menudo que ni siquiera le sorprendía. No se molestó en dejar de beber el vino en su copa. Aun no era momento de que interviniera. Lo haría cuando esos dos estuvieran agotados y no tuvieran suficientes fuerzas para huir del largo sermón que les daría. ¿Serviría de algo? No, varias veces les había intentado ya y cada cierto tiempo repetían las mismas peleas reiterando insultos y palabras que se había memorizado en contra de su voluntad por la reiteración.
Ambos niños estaban insultándose frente a su “madre”. Los jóvenes se estuvieron jalando mutuamente los cabellos y rodando por el suelo con enojo sin dejar de intercambiar insultos y algunos golpes de poca importancia. La disputa llegó a su fin cuando el padre de ambos los sujetó por las alas y con su fuerza sobrehumana elevó a ambos en el aire y manteniéndolos quietos frente a los ojos oscuros de su pareja.
―¿Qué está sucediendo aquí? ―interrogó Naruto, o mejor conocido por los mortales como Ares, el dios de la guerra―. ¿Ahora por qué se pelean nuestros hijos? ―interrogó a su esposo.
―Charasuke volvió a disparar sus flechas doradas y Menma fue a vengar el amor que quedó sin corresponder ―explicó la diosa del amor Afrodita, o como se llamaba ahora, Sasuke.
En el pasado había sido una hermosa diosa codiciada por muchos. Alguien con fama de haberse acostado con cuanto Dios o mortal se le ofreciera. Eran ridículas habladurías de gente que no alcanzó a tocarle ni un sólo cabello. Jamás había sido de su gusto darle oportunidad a gente que iba a presumir haber estado en su lecho. Daba igual si eran mortales o seres divinos, todos se jactaban de usarlo como si fuera una vulgar prostituta para darse placer. El gran rey de los dioses temiendo las disputas que pudieran suscitarse por culpa suya buscó controlarlo. Le impuso un esposo que no fue de su elección y se le impidió negarse a esa unión unilateral. Todo por “la paz común” entre todos los dioses.
Hefesto, cegado por sus deseos carnales hacia su persona, le había forzado a contraer matrimonio con él. Nunca le amó, ni deseó estar a su lado, pero Zeus, decidió bendecir esa estúpida unión. A causa de ello, adoptó su apariencia actual. La cual le provocó asco a su esposo, asegurándose así de jamás ser tocado. Pues el dios de la herrería sólo mostraba interés por las bellas mujeres. Incluso había llegado a codiciar a las deidades vírgenes. Sus miradas llenas de lujuria fueron motivo de ofensa para Atena, Artemisa y otras más que no se molestó en contar por mero desinterés. No le interesaba si Hefesto saciaba sus deseos con otro ser, mientras no fuera él.
Sin embargo, a su sobrino el dios de la guerra, su apariencia no le resultó problema. Incluso como hombre la diosa del amor se veía hermosa a su parecer. Pese a haber cambiado por completo su cuerpo y hasta su nombre aún seguía atrayéndolo como la primera vez que lo vio. Sasuke pensó que su personalidad sería entonces lo que finalmente lo ahuyentaría. Su actitud ácida, algo aburrida y arisca no impidió a ese rubio amarlo y luchar por ganarse su corazón. Cosa que consiguió con su perseverancia.
Habían comenzado como un romance a espaldas de su esposo, quien se enteró del mismo por culpa del molesto dios del sol. Ese maldito Apolo no tenía nada mejor que hacer que meterse en los asuntos ajenos de otras personas. Si tanto sabía acerca de la intimidad de las vidas ajenas, ya debería de haber estado enterado de la falta de amor en su matrimonio. Así como también debería estar consciente del asco que Hefesto tenía hacia su cuerpo masculino. Su vida sexual había quedado completamente muerta. ¿Y querían pedirle lealtad? No es como si le hubiera prohibido al dios de la herrería que no consiguiera sus propios amantes. Qué no pudiera lograrlo era otra cuestión completamente diferente.
Pese a todo lo anterior, debido a la falta de respeto, Hefesto se vengó de ellos exponiéndolos delante de los demás dioses. Les había tendido una trampa en su propio lecho. Mientras ellos estaban en medio de su rito de pasión sin previo aviso se vieron atrapados por hilos dorados en forma de red. La cama en la que estaban se elevó hasta lo alto del hogar y el techo se abrió. El dios de la guerra y él quedaron totalmente expuestos ante la mirada de todos los dioses. Las risas y palabras mordaces resonaron en todas direcciones.
Un momento muy vergonzoso, mas mentiría si dijera que no encontró cierta satisfacción en ver el rostro de Hefesto expresando sufrimiento por lo que acontecía a diario en su propio lecho. Lejos de verse regocijado por la venganza, Hefesto se mostró dolido y decepcionado. Ni teniéndolo esposado a él, fue capaz de lograr nada. Su marido por cuenta propia se había expuesto como un “cornudo” ante todos. La humillación fue peor para Hefesto que para ellos.
Tras las burlas de los dioses, ―ignoradas con facilidad por los amantes―, se largaron a otro sitio donde se establecieron con nuevos nombres. Siendo ahora conocidos como Naruto y Sasuke. La vida de Afrodita había mejorado con creces desde que se fugó y adoptó esa nueva identidad, llegando a tener incluso cinco hijos con un hombre al que verdaderamente amaba. Y ahí tenía el problema actual: sus hijos. Los cuales estaban relacionados precisamente con el tema del amor.
―Él ―señaló Charasuke con su dedo índice a su hermano―, ha estado metiéndose en mi camino.
―Tú provocaste que una chica tuviera el corazón roto al perder al hombre que amaba ―se quejó Menma defendiéndose de aquella acusación.
―Él no la amaba ―rebatió el dios del amor con un puchero―, hice mi trabajo y le di el amor que merecía.
―Como el dios del amor correspondido yo vengaré a los que les rompan el corazón a otros ―aseguró su hermano viéndolo con desafío.
―Menma no… ―musitó su padre intentando aliviar la tensión del ambiente.
―Digno hijo mío ―felicitó Sasuke cerrando los ojos con una sonrisa orgullosa por su pequeño.
―Eres el Dios del amor, ¿cómo puedes apoyarlo? ―cuestionó Charasuke mirando incrédulo a su madre.
―Cariño ―dijo el azabache mayor con un tono claramente condescendiente con su prole―, yo estoy en favor de todo aquel que desee hacer pagar una herida del corazón.
―Dile a Menma que no interfiera con las parejas que yo he formado ―pidió Charasuke suplicante―. Conseguí unir a una pareja mortal y él le ayudó a una idiota furiosa a maldecirlos.
Charasuke era el dios del amor conocido por todos como Eros. Su tarea era unir a las personas de acuerdo con quienes sentía que se querían. Es decir, buscaba indicios de sentimientos en las parejas y al usar sus flechas simplemente incrementarlos. En la mayoría de los casos, no se metía donde notaba que una de las partes era demasiado indiferente a su enamorado/a. Confiaba en su instinto acerca de las cuestiones sentimentales. Aunque algunas veces sí obró de mala fe. En su defensa siempre alegaba que sólo seguía las enseñanzas de sus padres y se defendía de quienes lo atacaban primero, como fue el caso de Apolo. A quien múltiples veces le estropeó sus romances por haberse burlado de sus habilidades de arquería.
Contrario a él, su hermano Anteros no creía en eso. Si él veía que una de las partes amaba a alguien, a parecer de Menma, debían estar juntos. Los romances unilaterales eran algo que odiaba y gustosamente participaba en arruinar la vida de quien negara a otro su afecto. Eso frustraba a Eros, pues sentía que estaban forzando sentimientos inexistentes entre las parejas. No importaba cuanto le explicara que eso no debía hacerse de esa manera, Anteros siempre comenzaba a enumerar los beneficios y cuantas acciones hizo la persona enamorada, usándolo cada mérito para su argumento.
―No puedo permitirles ser felices cuando alguien más está sufriendo ―aseguró Menma con el ceño fruncido―. La mortal que me ha rezado estuvo durante toda su vida enamorada, siempre estuvo apoyando al hombre de sus sueños y ha hecho muchas buenas acciones por él. Merece ser correspondida por su devoción ―explicó con seriedad.
―¡Eso no tiene nada que ver con el amor! ―exclamó Charasuke ofendido por esas palabras―. No puedes contabilizar el amor como si se pudiera medir. Es un sentimiento, algo que sientes o no. Es grotesco que creas que una persona merece a otra en base a sus acciones. Si no le ama, ni siquiera importa si está dispuesta a entregar su vida por él, no es no ―se quejó frunciendo el ceño―. El amor verdadero no es como tú crees.
―¿Tú qué sabes de amor verdadero? ―preguntó Menma con sus ojos azules puestos en su hermano―. Fuiste criado entre bestias, no tienes idea de lo que es el amor verdadero y sobre todo, maduro.
Eros gruñó por lo bajo una maldición. Él era el dios de la atracción sexual, el amor y el sexo. Según sus padres, Zeus, —padre de todos los dioses y de la luz—, sospechando todo el mal que él haría al universo, pretendía fulminarlo al nacer. Pero su madre consiguió salvarlo escondiéndole en los bosques, donde fue amamantado por fieras. Y allí creció, hermoso como su madre, y audaz como su padre, pero incapaz de ser guiado por la razón, como las fieras que le cuidaron. Era puro instinto y se movía de acuerdo con el mismo para sobrevivir. Era todo lo que conocía estando allí.
Algún tiempo después, Sasuke le regaló un arco y unas flechas, unas con la punta de oro, para conceder el amor y otras con la punta de plomo, para sembrar el olvido y la ingratitud en los corazones. Y así comenzó la leyenda, con unas flechas y un poder ante el que todos los dioses y todos los hombres nada podían hacer, indefensos ante las flechas de Cupido, es decir, ante el amor o el olvido. El azabache había confiado ciegamente en el talento natural de su pequeño. Después de todo, su erastes compartía el mismo poder que él de ofrecer amor. Y no existía fuerza más poderosa en el mundo que esa. Pues su poder era tal que el mismismo Zeus temía lo que pudieran hacer.
Mucho menos conocido era su hermano Menma, Anteros para los mortales, dios del amor correspondido. Cupido representaba el amor ciego y que no atiende a la razón. Por su parte Anteros, era el dios del amor correspondido (y de la pasión). Él era muy similar en su físico a su padre el Dios de la guerra y en actitud era tan calculador como Sasuke. Tenía fuertes sentimientos arraigados hacia el amor, no toleraba a la gente malagradecida. A aquellos capaces de despreciar un amor sincero ofrecido de corazón. Contrario a Eros, quien se la pasaba lanzando flechas a diestra y siniestra.
Menma a menudo regañaba a su hermano por causar problemas de forma tan frecuente. En una ocasión llegó a flechar por accidente al Dios Hades. Alguien que amaba a una ninfa y por interferencia de su hermano, se había enamorado de Perséfone. He allí la razón del miedo de Zeus. El poder de Charasuke era capaz de doblegar el corazón de mortales y dioses. Por el tan aclamado “amor” se libraron guerras. Su madre Afrodita, Hera y Atenea en su pelea de egos por la manzana dorada ofrecieron diversos regalos al rey para ser elegidas la más hermosa. Y a pesar del poder y las riquezas, el rey se decidió por el amor y concedió a Afrodita el título de la más hermosa de todas las diosas. Ese amor desató la guerra de Troya.
El amor era peligroso. Llevaba a cometer locuras. A abandonar riquezas y tierras. Perderse así mismo por conseguir el afecto de la persona en su corazón. Tal poder era algo difícil de controlar y una bestia salvaje como Charasuke, —quien nunca había recibido la debida disciplina—, no era alguien confiable para mantener el orden. Él era el caos mismo.
―¡Él hace trampa! ―acusó Charasuke buscando ayuda en sus padres.
―Lo siento, cariño ―dijo Naruto bajando a sus hijos al suelo―, pero como siempre decimos el Teme y yo…
―En la guerra y en el amor todo se vale ―completó Sasuke con la mirada fija en sus hijos.
El azabache mayor estaba orgulloso de su propio poder y del que poseían sus hijos; Ino, la diosa Harmonía, Hinata y Neji también conocidos como Fobo (Miedo) y Deimo (Terror), quienes solían acompañar a Naruto en las guerras que libraba. Y sus pequeños querubines del amor Charasuke Eros (Amor) y Menma Anteros (Amor Correspondido), los que poseían un poder muy similar al de su madre. Debido a esto último, cuando surgían desacuerdos sobre el amor verdadero recurrían a él para pedir consejo.
Tenían miradas muy diferentes sobre aquello que podía considerarse amor verdadero. Charasuke creía en el sentimiento ciego e instintivo, aquel nacido de la nada e imposible de explicar por la razón. Mientras que Menma se basaba en la lógica. En un amor que pudiera describirse en palabras. Aquel capaz de enumerar de manera precisa todo aquello por lo cual alguien era amado.
―¡No es amor! ―renegó el azabache menor incapaz de dejar aquella discusión a medias―. Lo hace por venganza hacia mí. Mezcla sus asuntos personales con el trabajo y ni siquiera tienes motivos para amarme, pero dices hacerlo y estropeas mis enlaces sólo por un simple rechazo ―se quejó señalándolo con molestia―. Sólo te molesta lo irónico que es ser no correspondido siendo el dios del amor correspondido ―se burló con una media sonrisa muy similar a la de su progenitor.
Sus padres no se mostraron preocupados o sorprendidos por aquel comentario. Los querubines tenían peleas de enamorados desde hacía algunas décadas. Entre dioses era común practicar endogamia. Incluso entre humanos y semi dioses no era tan raro. No obstante, era un problema que sus adorados querubines se llevaran de aquella manera tan caótica, ya que sus pleitos llegaban hasta ellos impidiéndoles pasar tiempo a solas. Naruto y Sasuke adoraban a todos sus hijos, pero sus constantes peleas y tensiones podían resultar tan agotadoras e incluso aburridas por lo repetitivas que se tornaban.
Menma frunció el ceño ante aquel comentario. Era verdad que amaba al idiota de Eros, pero era increíblemente molesto su libertinaje en cuanto a relaciones. Cuando le declaró sus sentimientos, su hermano accedió a complacer sus deseos carnales mutuamente, pero se negaba a ir más lejos que eso. Sólo tendrían el éxtasis juntos, placentero, pero fugaz. Eso no era suficiente para Anteros. Deseaba más, quería que su hermano le perteneciera para la eternidad y no le importaba forzar dicha situación. Después de todo, su trabajo era vengarse de aquellos que no correspondían al amor verdadero. Y su hermano no sería la excepción ni siquiera por ser el dios del amor.
―Pero me corresponderás ―afirmó con seguridad mientras su cuerpo cambiaba al de un joven veinteañero para elevar a su hermano del suelo, alzándolo como el infante que era en esos momentos―. Tú ya eres mío, sólo que aún no lo aceptas ―murmuró a su oído con malicia.
―¡Aléjate! ―ordenó Eros empujándolo con sus manos frunciendo el ceño con molestia―. No te pertenezco a ti y a nadie, soy libre como el amor verdadero debe ser —afirmó Charasuke aleteando cual avecilla furiosa.
―El amor verdadero se trata de obtener a la persona que deseas y hacerla tuya para que nadie más pueda tenerla ―aseguró Menma con un gesto serio.
―¡Me está molestando! ―gritó Charasuke haciendo que su padre se acercara a separarlos.
Naruto se acercó a sus hijos y le arrebató a su querubín de los brazos de Anteros. Entendía que las visiones de sus hijos sobre el amor eran diferentes. Tanto Sasuke como él debían respetar lo que eligieran, ellos sólo tenían la misión de guiarlos a ambos lo mejor posible. Especialmente debían cuidar que su pequeño Eros no fuera corrompido debido a sus flechas del olvido. Aquel poder suyo era peligroso para los dioses en igual medida que las doradas, pero por motivos diferentes. Las flechas de plomo no eran capaces de asesinar por sí mismas, mas, al ser del olvido, el dios alcanzado por las mismas era olvidado entre los mortales. Sin rezos u ofrendas, los dioses se debilitaban hasta morir de manera lenta y dolorosa.
Entendían a su hijo Menma, pero no debía olvidarse de la historia de sus padres. En ocasiones, en nombre del amor correspondido, tomaba ideologías o actitudes similares a las de Hefesto en su tiempo. Y si algo debiera haber aprendido su retoño acerca del amor, era precisamente que la unión a la fuerza es incapaz de crearlo. Sasuke nunca habría abandonado a su esposo si mantener a alguien sujeto a tu lado te diera su amor con el tiempo. De seguir repitiendo los patrones del dios herrero, todo lo que Menma lograría sería perder a su hermano en manos de algún otro ser, desde dioses hasta mortales.
―Ya, ya, no peleen entre ustedes ―pidió Naruto arrullando a su hijo entre sus brazos.
―Lo estás consintiendo demasiado ―comentó Sasuke con tranquilidad y una pequeña sonrisa enternecido por verlo cuidando de sus hijos―. Para ser el Dios de la guerra no eres nada sanguinario con nuestros pequeños, Dobe.
―Una cosa es en el campo de batalla o la cama, Teme ―respondió el rubio sonriendo―. Con gusto te daré toda la guerra que quieras en nuestro lecho ttebayo ―insinuó con claros deseos de regresar a sus actividades amatorias.
―Es momento de irme ―anunció Charasuke separándose del pecho de su padre―. Me están rezando y debo atender ese asunto ―anunció queriendo alejarse por si sus padres empezaban con sus “guerras de sábanas”.
Eros desplegó sus alas y voló rumbo a la tierra lo más rápido posible. No quería que su hermano lo siguiera. Él sentía que amaba a Menma, realmente creía hacerlo, pero la idea de estar unido a él por toda la eternidad, le aterraba. Se veía monótono y aburrido. Y eso era justamente lo que deseaba su hermano, una unión eterna. Una entrega demasiado absoluta como para considerarla siquiera. Le gustaba ser libre, enamorar mortales y dioses. Divertirse con ellos según fuera su gusto. Eso había generado problemas entre ambos, ya que, a pesar de amarse mutuamente, no congeniaban en cómo debía ser el amor verdadero.
Sacudió su cabeza intentando olvidar aquellos pensamientos. Ahora mismo tenía trabajo que hacer y necesitaba concentrarse. Quién sabía cuánto tiempo le tomaría esta vez a Menma venir a arruinar una perfecta y romántica unión producto de su trabajo. Las nubes quedaron con su figura unos breves segundos tras atravesarlas. Observó a lo lejos el palacio en el que su presencia fue solicitada. Soltó un corto suspiro y retomó su actitud más profesional. Sus dramas con su hermano no tenían por qué afectar a sus fieles. Ingresó donde residía la joven princesa que había orado por él.
Delante de una enorme estatua de piedra estaba arrodillada una joven de cabellos rosados y tez blanca. El altar a su lado se encontraba vacío. Quizás aún no se decidía qué ofrenda hacerle. O tal vez era lo suficientemente confiada para pensar que él aparecería incluso sin sangre derramada. De todas maneras, lo prefería así. Había elegido ignorar a ciertos tipos de personas. Era alguien muy caprichoso en ocasiones. Detalle señalado tanto por su madre como por su hermano, pero no podía evitarlo. Cuando no tenía ganas de trabajar, no tenía ganas. Así de simple.
―Buenas tardes, princesa —saludó Charasuke para llamar su atención mientras se le acercaba por la espalda—. Mi nombre es… —intentó presentarse sin éxito.
―¡Una harpía shannaro! ―gritó ella entre sorprendida y asustada, dándole un fuerte puñetazo en el rostro haciéndolo estrellarse contra una de las paredes cercanas.
El dios del amor se vio sorprendido por aquella reacción. Cualquier mujer mortal, ante la sospecha de un ente peligroso como lo eran las harpías lo primero que harían sería llorar o gritar pidiendo ayuda. Sin embargo, la joven de cabellos rosados le dio un fuerte puñetazo. Ahora la veía sujetando un florero, lista para arrojárselo en cuanto hiciera algo sospechoso probablemente. El azabache se levantó de su sitio y se sacudió los restos de la pared adheridos a su ropa. Alzó las manos en señal de rendición para darle confianza y le sonrió con calma.
―Tranquila, soy Eros el dios del amor, pero puedes decirme Charasuke ―se presentó enseñando sus alas junto a su arco y flechas―. Has rezado pidiendo mi ayuda, ¿qué sucede? —preguntó con calma.
Sakura lo miró primero con cierta desconfianza, pero las alas no eran algo que se viera precisamente todos los días. Además, su presencia divina no daba lugar a dudas. Por lo cual, se aventuró a creer que se trataba de un Dios. Al reparar en ese hecho su miedo creció repentinamente. Era bien sabido por todos que las deidades eran, entre otras cosas, muy vengativas. Jamás toleraban faltas de respeto. Quien no mostrara sumisión terminaba muerto en el mejor de los casos y maldecido en el peor. Para nadie era secreto lo ocurrido con Mirra por haber ofendido a la diosa del amor. Su hijo, lógicamente, no podía ser demasiado diferente a su progenitora.
―Lamento haberte dado ese golpe ―se disculpó apenada sujetando el borde de su ropa temiendo un castigo de su parte, pues los castigos divinos a mortales insolentes eran por demás legendarios—. Merezco ser castigada por mi falta de respeto, pero sólo ruego que no sea demasiado severo —rogó arrodillándose en el suelo.
La cabeza de Sakura estaba apoyada en el suelo sin atreverse a observar al dios directamente. La realidad es que a Charasuke apenas si le había afectado el golpe. Un mortal jamás podría infringir daño real a un inmortal. A pesar de que lo había mandado a volar el mayor daño se lo llevó el propio palacio de la princesa, así como los objetos en su camino. Empero, a Charasuke sus padres le enseñaron que castigar mortales no se trataba del daño que pudieran hacerle, sino del respeto y miedo que debían tenerle como dios que era. La deidad del amor decidió ser un poco blando reconociendo que el error de la joven era sólo eso: un malentendido. Teniendo en cuenta la cantidad de mujeres que eran agredidas sexualmente por hombres, dioses y otras criaturas tampoco podía culparla por atacar primero antes de que se abalanzaran sobre ella.
—Por tu osadía de levantar tu mano contra un dios te costaría la vida en cualquier otra circunstancia —habló Charasuke imitando el tono solemne que usaba su madre.
—Aunque no soy digna de ser absuelta, al menos pido que mi castigo no involucre a mis seres queridos —suplicó temerosa de lo que podría suceder con ellos—. La afrenta fue cometida por mí y es justo que pague por ello, pero no así personas inocentes que sólo tuvieron la mala suerte de estar relacionadas conmigo.
Charasuke celebró internamente por esas palabras. Gracias a las mismas tenía una excusa para perdonarla sin verse como alguien sin autoridad. Si quería tener cierto grado de respeto debía de actuar para ganárselo. De lo contrario, incidentes como el de Apolo menoscabándolo se repetirían, pero empeorando si hasta los mortales lo volvían su chiste. A continuación, el dios del amor seleccionó cuidadosamente sus siguientes palabras.
—Me conmueve tu amor por tus seres queridos —dijo el azabache sin perder su expresión estoica—. Por tu sinceridad y desinterés por tu propio bienestar en pos de aquellos que llenan tu corazón seré considerado y el castigo será reducido —anunció resuelto—. Por tu grave falta se te exige organizar fiestas en mi honor cada año en esta misma fecha. Celebrarás por el amor hacia tu amante, familiares y amigos que fueron salvados de mi furia tras tu afrenta. Y todos aquellos que teman compartir un destino funesto se deberán de unir o el amor que reciben será negado por completo —instruyó.
La deidad se sentía satisfecha con su solución. Sin dudas gracias a su ingenio ahora se aseguraría de ser celebrado igual que sucedía con los grandes dioses. Ellos a menudo tenían a gente honrándolos cuando eran vísperas de eventos relacionados a ellos como los juegos Olímpicos o las fiestas de cosecha agradeciendo a Demeter. A él sólo se le rezaba cuando necesitaban su ayuda, pero era su oportunidad de instaurar una fiesta que lo recordara. Ya era hora de que le empezaran a dar las gracias por su excelente trabajo a diario. No deberían darlo por sentado tan fácilmente. No era su sirviente ni mucho menos, así que si no empezaban a adorarlo les podría dejar de ayudar.
—¡Cumpliré sin falla mi castigo! —exclamó Sakura emocionada de que su castigo hubiera sido reducido tan significativamente.
—Bien —aceptó Charasuke no queriendo seguir dando vuelta a ese asunto—. ¿Por qué me rezabas? —preguntó curioso.
―Necesito que me ayude a olvidar, o quizás que él o ella me olviden, no lo sé ―dijo cubriendo su rostro con ambas manos mostrándose completamente desesperada.
—No entiendo —admitió el azabache siendo sincero en que le era confuso lo que la joven quería de él.
—Yo tampoco entiendo qué quiero o qué sería lo mejor para todos —se sinceró la de ojos verdes mirando hacia una esquina llena de pesar.
―Cuéntame desde el inicio cuál es el problema ―pidió el azabache con paciencia.
Sakura entonces asintió e inició su relato. Ella era la princesa, única hija del gobernante actual y con el fin de enriquecer más sus tierras se pactó una alianza con un país vecino. El rey Rock Lee, se había enamorado de ella y solicitó su mano en matrimonio prometiendo traer prosperidad a su pueblo compartiendo todas sus riquezas. No obstante, Sakura se había enamorado de su fiel dama de compañía y amiga, Yamanaka Ino; una mujer de rubios cabellos, hermosa y amable. De carácter bastante fuerte e imponente en los momentos correctos. Ella también se le había confesado en secreto. De allí nació el conflicto de la princesa Haruno, ¿quedarse con la criada que siempre estuvo a su servicio o aceptar el amor y los beneficios ofrecidos por el rey?
―No sé si debería pedirte que me hagas olvidar mi amor por Ino, a Rock Lee de haberse fijado en mí o a Ino para que no sufra por mi matrimonio con otro ―suspiró con sus ojos verdes llenos de angustia.
―¿Y por qué no te casas con el rey y tienes a la rubia de amante? ―preguntó Charasuke ladeando la cabeza―. Si hicieras eso, tendrías todos los beneficios y todo el placer.
―¡No podría hacer eso! ―exclamó la joven ofendida por dicha propuesta―. Me niego a herirlos de esa manera.
―¿Herirlos? ―cuestionó el azabache ladeando la cabeza hacia el lado contrario como si estuviera aprendiendo dicha palabra.
―¿Tú nunca has amado a nadie? ―interrogó la princesa viéndolo incrédula―. ¿Sabes cómo se siente ver a la persona que amas en brazos de otros? ¿Saber que está contigo, pero a la vez no? ―continuó preguntando―. Me dolería ver a Ino siendo sólo mi amante teniendo que rebajarse por mi culpa y sería injusto para el rey quererme de manera sincera mientras yo me burlo de sus sentimientos teniendo una amante. No puedo ser tan cruel con el amor que me profesan ―explicó.
Eros, en toda su vida inmortal nunca se había planteado que quizás estuvo juzgando mal al amor. Él tendía a disparar sus flechas sin cuidado uniendo a quienes le parecía y obligando a olvidar a quienes no eran de su agrado. Una simple mortal estaba velando por el corazón de quienes la amaban. Alguien terminaría con el corazón roto inevitablemente y eso sólo significaba que pronto su hermano haría su aparición. Mas, Charasuke desconocía acerca de la presencia de Anteros no muy lejos de allí, pues Ino había invocado al Dios del amor correspondido. Menma se presentó desplegando sus alas de mariposa delante de la fémina y demandó saber la causa de su invocación. Sin embargo, no estaba preparado para las siguientes palabras.
―Por favor, Anteros, has que el amor de Sakura sea correspondido ―pidió en tono de súplica.
―¿No quieres ser correspondida por ella? ―interrogó con confusión mientras alzaba una ceja―. Teniendo toda una vida a su lado y una vida llena de devoción por ella, no tendría ningún problema en hacer que te corresponda.
―No quiero eso ―negó con amabilidad negando con la cabeza―. Yo la amo. Mi amor por ella es tal que sólo quiero su felicidad, aun si no es conmigo quiero que la persona dueña de su corazón la ame tanto como lo hago yo. Si eso sucede me sentiré satisfecha ―explicó con algunas traviesas lágrimas corriendo por sus ojos.
Yamanaka la amaba demasiado como para negarle la felicidad. Ella no tenía nada que ofrecerle, se sentía nada al compararse con el rey Rock Lee. Ese hombre podía otorgarle una vida segura, llena de riquezas, poder y una prospera unión entre reinos. ¿Y ella? Si la escogiera como pareja sólo podía ofrecer una vida de deshonra y eso, si no las ejecutaban por faltarle al respeto al gobernante. En un caso más extremo podrían desatar una guerra por el rechazo de la princesa. Si se diera el caso entonces no sólo ellas sino todas las personas que conocían se verían involucradas en una guerra cruenta. Les sería imposible vivir plenamente su amor sabiendo que causaron la muerte de cientos para ello.
―¿Cómo puedes decir que amas a una persona si no estás dispuesta a luchar por ella? ―interrogó el dios casi con indignación.
―Porque amar no es poseer, es procurar que alguien sea feliz ―afirmó Ino dándole una sonrisa―. Por favor, si es posible cumplir mi petición, es todo lo que deseo en esta vida. Sin importar el precio a pagar.
―Veré qué puedo hacer ―resolvió Menma mientras desplegaba de nuevo sus alas.
―¡Muchas gracias! ¡Muchas gracias! ―gritó agradecida mientras lo veía alejarse perdiéndose entre las nubes.
Ambos erastes tenían una misión que no sabían cómo debería de completarse. Charasuke quien siempre había actuado acorde a sus instintos por primera vez debía poner su cabeza a trabajar para minimizar los daños y guiar a la joven princesa a su final feliz. Menma por su lado debía estar atento y descubrir quién era el amor verdadero de la princesa antes de ejecutar una venganza si determinaba que era necesaria alguna.
En un juego de tres es inevitable que uno salga perdiendo.
CONTINUARÁ…
