Work Text:
El aire estaba denso. Una pesadez invisible parecía envolver la habitación, un peso que no podía sacar de mis hombros. El reloj en la pared hacía su eterno tic-tac, pero el sonido no hacía nada para aligerar la quietud de la oficina. Una constante presión, todo el tiempo . El tiempo... ese concepto que antes me era tan tangible y lleno de propósito, ahora se escurría entre mis dedos, irrelevante. La sensación de estar atrapado en un bucle interminable, incapaz de moverse, de actuar.
A veces me pregunto si todo esto es una ilusión, un sueño del que no puedo despertar. Todo lo que me rodea me es ajeno. Incluso las personas, aquellas a las que prometí proteger, a quienes alguna vez serví con orgullo, ahora son solo sombras en mi mente. ¿Por qué me sigo aferrando a todo esto? Es como si me estuviera ahogando en un mar de responsabilidades y expectativas. Y, sin embargo, mis manos siguen vacías. Mis llamas... desaparecieron.
Sé que debo manifestarlas, lo entiendo. Es una cuestión de supervivencia, de poder mantener el control, de seguir adelante. Cada vez que intento enfocarme, cada vez que intento conectar con esa llama interna que me ha sostenido durante tanto tiempo, todo se desvanece. No es que no quiera. Ya no sé ni qué quiero. Mi mente es una maraña de pensamientos rotos y mis emociones se han convertido en ecos lejanos. Intento concentrarme, pero al final todo es solo vacío.
A veces, cuando logro sentir algo de calor en mi pecho, el esfuerzo por mantenerme estable se hace insoportable. La calidez se convierte en una presión que no puedo sostener, y en lugar de darme paz, lo único que siento es angustia. El sudor frío recorre mi espalda y mi respiración se vuelve irregular. Mi cuerpo ya no responde como antes. El calor de la llama, que alguna vez fue reconfortante y poderoso, ahora me quema desde adentro. Un solo segundo de llamas que se encienden, y enseguida se apagan, dejándome vacío, exhausto.
Mi visión se nubla, se vuelve borrosa, y en ese instante, todo se desvanece. Soy consciente de mi alrededor, el peso de la quietud en el aire, el paso lento e implacable del tiempo, pero no soy capaz de moverme. Estoy atrapado en este espacio suspendido, entre la conciencia y la parálisis.
Vuelvo a mis sentidos solo para darme cuenta de que ya ha caído la noche, de que el día se ha ido, arrastrando tras de sí todas las oportunidades que tuve de hacer algo. De actuar. No pude avanzar. No pude hacer nada. Sin mis llamas, sin esa calidez que me daba la fuerza para moverme, no soy capaz de poner ni siquiera una máscara que oculte lo que realmente soy ahora: una persona rota, agobiada, vulnerable. Cualquier ataque puede derribarme. No tengo más defensas.
Estoy atrapado. Atrapado en una lucha interna sin fin. Mis llamas ya no existen, y con ellas, todo lo que alguna vez representaron: la protección, la fortaleza, el propósito. Soy consciente de que mi familia está ahí, que se preocupan por mí. Pero, ¿cómo podría pedirles ayuda? Ellos merecen algo más que este líder roto. El peso de sus expectativas me aplasta, y la verdad, me asusta pensar en lo que sucedería si supieran la magnitud de lo que estoy enfrentando. Si llegaran a descubrir mi debilidad... No quiero ser la causa de su sufrimiento.
Expuesto, pero incapaz de hacer algo al respecto.
Abrumado, pero incapaz de sentir algo concreto.
No soy capaz de buscar sus manos, de pedirles que me auxilien. Todo lo que me dicen, todo lo que me ofrecen, no puedo asimilarlo. Reborn lo sabe. Es imposible ocultarlo. No podía seguir inventando excusas para faltar a los entrenamientos, no podía seguir ignorando que me perdía en mis propios pensamientos. Lo ha notado. Lo ha visto en mis ojos vacíos, en mis manos que ya no tiemblan por la emoción, sino por la fatiga.
Pero me ocupo de mi propia carga. Solo yo . No puedo dejar que nadie más se vea arrastrado por esto, no después de todo lo que hemos pasado juntos.
Sé que está preocupado. Aunque lo oculte tras su actitud fría y violenta, lo sé. Siempre me ha dado ternura esa "violencia protectora", ese cuidado crudo que nunca supe cómo aceptar del todo. Pero ahora… su preocupación se siente como una carga. Cada palabra, cada mirada, cada expectativa que tiene sobre mí pesa sobre mi pecho, oprimiéndome. No quiero imaginar lo que ocurriría si todos se enteraran de lo que realmente soy ahora.
De lo que he llegado a ser.
Estoy solo en mi oficina, con todas las luces encendidas y todas las ventanas cerradas. El aire viciado me asfixia. Se siente como si el aire estuviera tan denso que me impide respirar, me sofoca, me ahoga. Miro mis manos, como si eso pudiera hacer que algo cambiara. Intento manifestar las llamas, buscando un mínimo de calor, un poco de consuelo. Pero en lugar de la calidez que anhelo, una llamarada abrasadora explota dentro de mí, quemándome por dentro. El calor se extiende como un pozo sin fin, atrapándome, aprisionándome. La presión en mi pecho es insoportable. Un dolor constante, punzante, como si mis propias entrañas se retorcieran.
Sé que solo fue un segundo, pero en ese breve lapso de tiempo, me sentí como si todo el fuego que alguna vez me impulsó, todo el poder que alguna vez me hizo sentir invencible, me estuviera aplastando. El calor me envuelve, apretando mi pecho, como si estuviera atrapado. Cada centella, cada chispa de esa llamarada no es reconfortante, sino una prueba de mi debilidad. De mi incapacidad.
Quiero gritar. Quiero llorar. Pero no puedo. Solo puedo retorcerme en mi silla, sintiendo la angustia apoderarse de mi ser. No aguanto más. Me levanto de golpe, arrastrando los pies hasta la ventana. Con manos temblorosas, consigo abrirla y asomarme hacia el exterior. El aire frío golpea mi rostro, despertándome de todo trance. Está tan oscuro afuera…
¿Por qué?
¿Por qué ya no puedo hacer lo que antes hacía tan naturalmente? ¿Por qué ya no siento esa calidez que me guiaba, que me impulsaba a seguir adelante ? Me alejo de la ventana, el frío de la noche sigue mordiendo mi piel, pero ya no siento nada. Todo me resulta ajeno, lejano. El calor se ha ido, y con él, una parte de mí se ha extinguido. Soy consciente de todo lo que está sucediendo, pero no puedo moverme. Me siento atrapado, como si la esencia misma de mi ser se hubiera desvanecido.
Mi gente depende de mí. Ellos… mi familia, ellos siempre han dependido de mí.
Tengo responsabilidades. La familia Vongola está en crisis, todo se está desmoronando a mi alrededor. Pero yo… yo ya no puedo con esto. No puedo mantenerme de pie.
Al principio, esas llamas fueron una condena, una cadena invisible que me ató a este mundo del cual nunca pedí ser parte. Pero con el paso de los años, esas llamas se convirtieron en mi refugio. En algo reconfortante. Su calor me daba certeza. Me daba poder. Poder para proteger a los que amo. Poder para hacer lo que creía justo. Fueron mi fuerza, mi luz para poder para forjar mi propio camino. Ahora, sin ellas, me siento como un espectro de lo que era. El vacío que dejaron no es solo físico, sino emocional. El frío eterno que ha congelado mis pensamientos, mi voluntad. Todo se mueve tan lentamente, pero el tiempo se me escapa de las manos. Estoy atrapado en un limbo donde no soy capaz de avanzar ni retroceder.
Me aparto de la ventana lentamente, regresando a mi lugar, a mi silla. La oscuridad de afuera me consume, pero me doy cuenta de que quizás la luz de mi oficina es la que me está cegando. Todo es tan brillante…
Todo me abruma. Pero nada me inmuta.
Tal vez… tal vez este vacío, esta falta de sensibilidad, es el eco de mis llamas apagadas. Esta ausencia de voluntad, este frío que recorre cada rincón de mis pensamientos.
Un constante ir y venir entre la lucidez y la desesperación.
Las llamas ya no están. Y, tal vez… yo tampoco. Y sin embargo, sé que hay algo dentro de mí que aún queda. Algo que resiste. Algo que no está completamente extinguido.
Reborn apareció en la puerta, silencioso, observando desde la entrada con una mirada que reflejaba una mezcla de frustración y preocupación. No dijo nada, solo se quedó allí, viéndome. Tal vez no necesitaba decir nada. Tal vez él también sabía que había algo más en mí que aún podía resurgir. Un resquicio de la voluntad que alguna vez poseí.
Mi lucha no estaba terminada. Aunque las llamas ya no ardan, quizás, algún día, pueda volver a encenderlas.
