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Creo que prefiero terapia de shock

Summary:

“Se llama terapia de feromonas. Y puede inducir a que me presente.”

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Ulises le cuenta a su mejor amigo Renato que va a someterse a un nuevo tipo de terapia para presentarse

Chapter Text

Esas palabras suelen ponerlo incómodo a Ulises. Como una reacción alérgica que le provoca una picazón en el cuerpo. Esas palabras hacen un tic de más en lo que es el reloj de su vida. 

Hoy, más que nunca, ese peso se duplica. 

Y el causante de todo no es nadie más que Renato. Todo por una pregunta suya hecha sin maldad, recurrente de todos los jueves, que sorprendería si un día no la hiciese. Ulises no lo culpa. Sabe perfectamente que no es malintencionado. Al contrario, Renato busca que Ulises pueda comunicar sus problemas de una manera sana y que no se guarde todo. ¿Cómo fue la terapia? preguntó él.

“Bien.” Toma mate sintiendo el hervor pasar por su garganta. “Bien para el orto.”

“Bichito,” dice Renato. El apodo debería sonar con cariño, pero se escucha más como un reto. No es un regaño cualquiera, él no reta como su madre lo haría. Renato nunca alza la voz ni pierde su dulzura, ni en los momentos más difíciles. Algo que nunca le deja de fascinar a Ulises, a quien la voz le delata sus saltos de ánimo. 

La caricia sobre su antebrazo obliga a que Ulises lo mire a los ojos. Ve comprensión. Es en ese pequeño momento en que cruzan miradas que toma la decisión de contarle. Todas las dudas que tenía al salir de su sesión se ven aclaradas en esos segundos, como una niebla disipándose y dejando a la vista el camino. Y una vez que Ulises se decide no hay vuelta atrás. 

“Laura me propuso una idea,” confiesa, porque se siente como un secreto. La vergüenza que le sube por las orejas le es ajena.

No tiene sentido seguir ocultándolo, sobretodo cuando no cree que haya tapado el pésimo humor que manejó desde que llegó de la psicóloga. Cerró la puerta con más fuerza de la necesaria, suspiró más de una vez. Cosas demasiadas obvias que incluso Renato se dió cuenta. “Es algo a lo que mucha gente como yo está recurriendo me dijo.” 

“Ajá. Te escucho.”

“Se llama terapia de feromonas. Y puede inducir a que me presente,” dice Ulises con el semblante serio. “Como crecí en un ambiente rodeado de betas y eso, quizás acercarme a otros géneros, exponerme a sus feromonas, me sirva y acabe con este cuento, que ya ha durado mucho.”

“¿Y es seguro?”

Lo mira a Renato. “Me lo recomendó mi terapeuta. No la amiga de la vecina de mi prima,” dice mientras recuerda la vez que compró por recomendación una crema esperando un milagro en su interminable búsqueda y obteniendo, en cambio, una reacción alérgica. Renato lo sigue retando por aquella vez. 

Ulises vuelve a hablar, trayendo finalidad con sus palabras. “No pierdo nada en intentarlo. Desde los 16 años que voy de profesional en profesional. De fracaso en fracaso. Y vos lo sabes mejor que nadie. Obvio que voy a agarrar cualquier opción que tenga.” 

Ruido de mate. 

Renato acerca su silla de forma que quedan uno al lado del otro y le pasa un brazo sobre su hombro. Ulises lo acepta fácilmente.

“Está bien bicho. Ya sabes que siempre vas a tener mi apoyo.”

Y Ulises lo sabe porque apoyo es lo único que ha sentido de parte de Renato desde que lo conoció. Una leve y triste sonrisa hace lugar en su cara sin darse cuenta. 

“Gracias.” Inclina su cabeza tocando su hombro, descomprimiendo. Renato no es como su familia u otros amigos. Nunca reaccionaría de forma que lo lastime. “Por todo. En serio, muchas gracias.” 





El próximo jueves es su amigo quien se ofrece a llevarlo hasta terapia él mismo. Van en su auto con música muy baja para poder escucharse. Hablan de todo y de nada a la vez. 

En un momento, Ulises cambia el tema de conversación sorprendiendose a sí mismo también. “Primero, voy a intentar con un especialista omega.” 

Renato lo mira por un segundo antes de fijar la vista en la calle. Está escuchando. 

Es entendible el cambio en la atmósfera, ya que desde la semana pasada ninguno ha mencionado algo sobre la terapia. La única insinuación fue hace un rato, cuando Renato pidió llevarlo. A Ulises lo tomó por sorpresa, pero aceptó contento pensando en no volver solo después de lo que sea que pase ahí adentro.

“Va a suceder en la oficina de Laura porque este chico trabaja de forma remota…”

Escucha a su corazón latir en sus oídos. Hace tiempo que no sentía la sensación en el pecho de que algo pueda llegar a salir bien. Es una posibilidad que lo aterra porque genera esperanza fácil de romper. Ha buscado y leído testimonios muy favorables sobre este tipo de terapia. 

“Dobla en la próxima y llegamos.”

“¿A la derecha?”

“Sí. Dura hora, hora y media. Así que si querés podés tomar un café a la vuelta o algo.” 

Balizas y estacionan. 

Antes de que Ulises pueda salir por la puerta, Renato lo para del brazo. No hace mucha fuerza. Ulises podría liberarse de su agarre si quisiese. 

“Se me hace tarde.”

Renato abre la boca y la cierra. Le sonríe. “Suerte.”

“Si no sale bien, me tiro en frente del auto y vos me pasas por encima.”

Renato se ríe y desordena sus pelos. Ulises camina hacia el edificio con un poco de vergüenza, acomodando sus rulos. Entra sin mirar atrás.




Una hora y media después, sale. El cielo está despejado, tal como estaba cuando lo vió la última vez. Hay gente en la calle, que quizás va a comprar o hacer trámites o visitar a sus amigos. La vida sigue. 

Ulises respira una vez más antes de cruzar la senda peatonal. Podía haber cruzado hace rato, algunas personas lo empujaron del hombro viendo que él no tenía intenciones de moverse. Camina lentamente hacia el auto estacionado. Renato está sentado en el asiento del conductor, con las ventanas bajas. No se ha dado cuenta que salió. Parece que tampoco se ha movido de ahí desde hace una hora. Ulises tiene ganas de llorar. 

Lo sorprende subiendo al auto y ve la pregunta antes de escucharla. Nota cómo su amigo intenta evitar decir algo que lo pueda incomodar. Tantos años juntos han calmado el carácter invasor de Renato. Lo observa tomar una respiración honda, intentando oler sus posibles feromonas. Observa también el momento en que un atisbo de felicidad se empieza a formar en sus ojos.

“No son mías,” dice rápidamente. “No funcionó.”

Y el brillo desaparece.

Ulises se arrepiente de no haberse tirado en medio de la avenida segundos antes.

Sumando otra derrota a la lista, Ulises deja caer la cabeza sobre el hombro de Renato. Es una petición no verbal entendida a la perfección cuando éste responde acariciándole los rulos con suavidad, apretujándolo contra su pecho. 

Se quedan así por un rato, con el ruido de sus latidos como música de fondo. Una escena repetida del pasado. Ya perdió la cuenta de las veces que Renato lo ha tenido que consolar. Pensó que ya para este momento, se había vuelto inmune al dolor ante el fracaso. Sin embargo, la presión sobre su pecho vuelve, una vez más, a presentarse. 

Con ayuda de Renato, Ulises se calma lentamente. Lo copia. Empieza a respirar mejor, relaja el agarre fuerte que tenía sobre la remera de su amigo. Como respuesta, las manos de Renato dejan de hacer círculos lentos sobre su cuello y espalda, percibiendo la tranquilidad recuperada en Ulises. 

Necesitaba un momento para volver a ser él mismo y lo obtuvo. 

Cuando el contacto se hace demasiado, Ulises impone distancia entre ambos, sacándolos de su ensoñación. Renato se queja del calor perdido, pero lo deja ir. No dice nada por un momento.  

“Gracias.” Ulises pasa una mano por su cara, intentando sacar cualquier rastro de emoción que le haya quedado. Se observa en el espejo retrovisor, carraspea con la garganta. Tiene los ojos rojos. 

“¿Por qué olías distinto?”

Es impropio de Renato hablar tan inseguro. Ulises lo mira curioso. 

“¿A qué huelo normalmente?”

Un beta no tiene olor propio y tampoco puede oler a los demás. En ese sentido, Ulises se parece a uno. Y la vida le sería más fácil si se hubiese quedado así, como cualquier integrante de su familia, pero su cuerpo decidió otra cosa y ahora sufre las consecuencias de un desastre hormonal en su interior. Las migrañas y los dolores musculares son su pan de cada día. 

“Limpio, a claridad.” Ulises se le quiere reír y decirle que es el shampoo. “Pero viniste con un olor extraño.” 

“Pensé que te había dicho. Capaz que se me escapó. La exposición a hormonas significa ser marcado, así que seguramente debo oler al omega. ¿A qué huele?”

“Feo.” Y dice rápidamente, pensando que hirió sus sentimientos “pero ya no hueles a él.”

Ulises larga una carcajada. Se le escapa. No pensaba reír tan pronto. 

“¡Renato! Hasta hace un momento pensabas que esas eran mis feromonas.”

Se imagina que dentro del auto se ha sentido mucho más intenso. De tanto juntarse con betas, a veces se olvida que su amigo Renato es un alfa.  El olor lo puso sensible, habrá despertado algún instinto en él que Ulises considera primitivo. Ellos aman marcar territorio como si fueran perros. 

“No sabía que te tenían que marcar para que haga efecto.”

“Es una marca temporal.” Ulises se recuesta sobre el asiento y cierra los ojos. Tiene muchas ganas de ir a su casa y dormir para no tener que pensar un segundo más en esto. Todavía le duele la mordida sobre su hombro, como si muchos mosquitos le hubieran picado al mismo tiempo. Aguanta las ganas de rascarse. “Igual no dió efecto.”

Siente la mirada pesada de Renato encima suyo. El auto todavía no arrancó. 

“¿Qué hacemos ahora?” 

“Primero, no hay un nosotros. El único que está enfermo acá soy yo.”

“No estás enfermo.”

“No presentado, enfermo, sinónimos. Perdón por ser defectuoso. Segundo,” respira, “seguramente pruebe otra vez, pero con un alfa la próxima.”

Ulises abre los ojos justo para observar la expresión de Renato cambiar en un instante. Como si le hubiera dicho que asesinó a alguien y que necesita de su ayuda para ocultar el cuerpo. 

“De ninguna manera.” 

Ulises se levanta del asiento, eyectado. Ahora sí se enojó. “¿Cómo que de ninguna manera? Vos no sos mi papá ni nadie para negarme esto."

“Más vale que no soy tu papá. Pero como tu amigo-”

“Como amigo me tendrías que apoyar como venís haciendo todos estos años. No más que eso.”

“¿No puedo dar mi opinión?”

“No en esto. Estás dando una opinión que nadie te pidió.”

“No quiero pelear.” Las palabras de Renato suenan ahogadas por las manos sobre su cara. Esto afecta a ambos. “No era mi intención negarte a hacer algo.”

Ulises se queda en silencio, espera a que Renato diga de una vez por todas lo que tiene en la cabeza para acabar con este circo. Le cuesta sacar las palabras de su sistema. Lo observa cómo mira por la ventana, se pasa la mano por la cabeza, se moja los labios.

Ante la interminable expectativa de Ulises, Renato finalmente hace la pregunta.

“¿Ese alfa no puede ser yo?” 

Ulises queda pasmado por unos segundos. “Absolutamente no,” responde horrorizado.

No esperaba este tipo de propuesta de parte de su amigo de años. Nada en el mundo lo hubiera preparado para escuchar a Renato pedir en un tono suplicante ser él quien lo marque. Intenta no imaginar la situación, pero las imágenes lo asaltan, de ellos dos más juntos que nunca, de su boca sobre su cuello. 

Ulises no puede ni siquiera ahora mirarlo a los ojos, y todavía no ha pasado nada. En cambio, Renato puede decirlo en voz alta, luego de haber pensado que puede ser una gran idea para que su amigo se presente. Porque Renato es así, tan diferente a él. Renato podría morderlo creyendo que eso no cambiaría en nada la dinámica entre ellos, que celebraría con él si sale bien y lo consolaría si ese no fuera el caso. En su mente infantil, al día siguiente tomarían mate como si nada hubiera pasado.  

Por más perdido que se sienta en este momento, Ulises se conoce a sí mismo y sabe que no podría actuar. Las emociones lo traicionarían y se mostrarían en su cara. 

“Pero-” 

“Me quiero ir a mi casa.”

Las palabras caen como un balde de agua fría, un rechazo definitivo, y Renato mira a su alrededor, con la respuesta muerta en su garganta. Se muerde los labios. Y luego de unos segundos largos, prende el auto en silencio. 

Ulises está decidido a no dirigirle la palabra ni verlo durante el viaje y está a punto de cumplir con su objetivo hasta que llegan y Renato habla por lo bajo cuando se está desabrochando el cinturón. Casi que no entiende la disculpa que ofrece.

El susurro llega a los oídos de Ulises, que debate entre ignorarlo o contestarle. Con la mano en la puerta del auto, lo mira. Renato parece un perro abandonado por su dueño. Le ablanda el corazón. "Después hablamos.”

No es hasta mucho después de entrar a su casa que escucha el motor del auto encenderse y desaparecer en la lejanía. Sin Renato cerca, Ulises se sienta en el piso y se queda ahí, con la espalda contra la pared y la cabeza entre sus rodillas.