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¡Pillados!

Summary:

Después de diez años, Sherlock y Mycroft vuelven a pasar la Navidad en la casa familiar junto a John y Mary. Todo está bien, solo son dos días fingiendo que solo son hermanos y luego serán libres hasta año nuevo. Hasta que alguien los pilla juntos. Esas vacaciones en familia no fueron buena idea.

Notes:

No se preocupen, todo sale bien al final. Solo es un poco de fluff.

Work Text:

Sherlock y Mycroft llevaban diez años sin pasar las navidades con sus padres. Durante todo ese tiempo fue bastante sencillo alejarse de las fiestas. Sus padres solían viajar alrededor del mundo durante esa época porque les encantaba ver como pasaban las navidades en otros países y bueno, con unos trabajos como tenían Mycroft y Sherlock no era seguro tener unas fiestas tranquilas.

Pero todo se truncó ese año.

A mediados de octubre, durante la persecución de un sospechoso, Sherlock se cayó por unas escaleras rompiéndose el tobillo izquierdo y sometiéndose a una pequeña cirugía de apenas una hora que lo mantuvo en reposo dos semanas.

Su madre había decidido en ese momento que la familia era lo único que tenían y decidió celebrar unas Navidades como cuando eran niños. Decoró toda la casa y puso regalos bajo el árbol para todos. Incluso había decidido invitar a Mary, John y a Rosie a pasar las fiestas.

Llegaron desde Londres a la casa de sus padres la mañana del día 24. El coche que Mycroft y Sherlock compartían iba cargado de sus maletas y de una ingesta cantidad de regalos de Navidad. Llevaban también los de Mery y John ya que estos llevaban su coche lleno de cosas de su ropa, toda la que podría necesitar Rosie de aquí a que hiciera la comunión, y algunos juguetes más la cuna de viaje.

Sus padres le esperaban en la puerta cuando llegaron, les saludaron con besos en las mejillas y le instaron a dejar las maletas en los dormitorios.

—Sherlock, tu dormirás con Mycroft —anunció su madre —. Hemos dejado tu cuarto para John, Mary y la pequeña ya que es mayor.

Sherlock gruñó de forma audible ante esa información. Sujetaba su maleta con una mano y se apoyaba en la pared con la otra mientras subían las escaleras.

—Espero que no tenga que venir el inspector Lestrade porque uno de los dos ha decidido matar al otro —les regañó la mujer —. Bajad cuando estéis listos. Tú Sherlock puedes sentarte en el sofá, papá te ha hecho chocolate caliente. Mycroft, tú ayudarás con los regalos y en la cocina, la cena de esta noche aún no está lista.

—¿No hay chocolate para mí? —se quejó Mycroft sonando particularmente ofendido.

—¡Sherlock se está recuperando de su cirugía Mike!

—¡Mamá operaron a Sherlock en octubre! ¡Está perfectamente recuperado! —se quejó.

Sherlock rio entre dientes mientras su madre señalaba con un dedo acusador a Mycroft.

—No me levantes la voz, jovencito —le dijo ella mientras abría la puerta del dormitorio —. Os espero abajo, no remoloneéis.

El dormitorio apenas había cambiado en ese tiempo, salvo que su madre había sustituido la cama individual de Mycroft por una cama doble y había cambiado el armario por uno mayor. Pero los diplomas, los libros y algunos juguetes del político seguían allí.

Sherlock dejó la maleta a los pies de la cama y se sentó en el borde, suspiró aliviado y estiró la pierna. Mycroft dejó con cuidado la maleta, cerró la puerta y se paró frente a su hermano. Se agachó hasta quedar de rodillas y sujetó el pie que había sido operado, le quitó la zapatilla de deporte y luego el calcetín.

—¿Estás bien? —le preguntó sujetando el pie con delicadeza —. ¿Te duele? —preguntó con preocupación mientras lo examinaba.

Sherlock flexionó los dedos varias veces, haciendo una mueca.

—Un poco —murmuró —. Creo que han sido por esas horas en coche.

Mycroft chasqueó la lengua.

—Está un poco hinchado —murmuró rozando con cuidado la cicatriz de color rosa que había en el lado derecho del tobillo —. Lo siento. Deberíamos de haber parado a mitad de camino.

Sherlock negó con rapidez con la cabeza.

—No te preocupes —le dijo —. Hacía demasiado frío para parar igualmente.

Mycroft asintió ligeramente.

—¿Necesitas un analgésico? —preguntó.

—Creo que no, me sentaré a la chimenea con el pie en alto y un chocolate calentito entre mis manos —presumió.

Mycroft rio entre dientes, volvió a ponerle el calcetín y el zapato y se incorporó. Se sentó a su lado en la cama. Sherlock se dejó caer sobre él y suspiró pesadamente.

—Solo serán tres días —le dijo Mycroft, movió la mano y entrelazó los dedos con Sherlock —. Solo tres días y podremos regresar a casa. Donde estaremos solos hasta año nuevo.

—John hará una fiesta de disfraces, me invitó ir —le comentó Sherlock.

—¿Irás? —quiso saber Mycroft mirándole.

Sherlock negó con la cabeza y giró el rostro hacia él.

—Le he dicho que no me apetecía socializar durante horas y mucho menos disfrazado. No insistió.

Mycroft se rio, acortó el espacio que había entre ellos y le besó los labios con delicadeza. Sherlock se inclinó sobre él y enterró su mano derecha en el pelo corto de su hermano. Mycroft profundizó el beso durante un par de segundos, luego se separó lentamente.

—Vamos —le dijo —. No hagamos esperar a mamá.

Sherlock vio cómo se levantaba y le sonrió. Quizás hacía diez años que no pasaban las Navidades con sus padres, pero eso no significaba que la pasasen solos.

Bajaron al salón y Sherlock se sentó en un sillón frente a la chimenea. A su lado izquierdo tenía una mesita con una humeante taza de chocolate y varias pastas. Frente a él un reposapiés de color burdeos. Se descalzó y apoyó ambos pies, suspirando de alivio cuando el musculo se relajó.

—¿No vas a hacer nada? —preguntó Mary divertida mientras sujetaba a Rosie que le miraba fijamente.

—Estoy herido —respondió el frunciendo el labio para intentar dar pena.

Mary rio mientras negaba con la cabeza con diversión.

—¿Puedes cuidar de Rosie mientras yo ayudo a tu madre? —le preguntó —. Podrías leerle un rato.

Sherlock extendió los brazos hacia la pequeña y ella se agitó entusiasmada. Sherlock sentó a la niña sobre su regazo y se aseguró de que estaba bien sentada antes de coger el libro que le tendía Mary. La niña dio palmadas entusiasmada mientras succionaba el chupete con velocidad.

—Cuentos completos de Peter Rabbit —leyó Sherlock.

Durante las siguientes dos horas, Sherlock estuvo cuidando de Rosie. Primero leyeron el libro, en el que Sherlock puso voz a todos los personajes. Cuando ambos se aburrieron de la historia, Sherlock comenzó a contarle uno de los casos de John, haciendo una onomatopeya o algún ruido cada vez que la parte se ponía interesante.

Ni tan siquiera su madre pudo regañarle por decir la palabra desmembramiento ya que Rosie estaba bastante feliz y emocionada por lo que estaba contando. Mery cogió a la niña poco después, la llevó a la mesa de la cocina y le dio de comer.

Él aprovechó para levantarse, llevar la taza sucia y el plato al fregadero y dar paseos por la casa. El tobillo aún le molestaba. Si estaba mucho tiempo sentado al volver a caminar le dolía horrores y sucedía lo mismo si estaba mucho de pie, aún estaba intentando encontrar el equilibrio perfecto.

Antes de la cena subió al piso superior, se aseó un poco en el baño y luego se cambió de ropa a otras más formal. Incluso se puso los zapatos de vestir que no se ponía desde antes de caerse por las escaleras. Ayudó a su madre a servir las bebidas y se sentó al lado de su padre en la mesa.

—Estás raro —le comentó este mirándole.

Sherlock le miró con una ceja alzada.

—Estoy como siempre papá —le dijo.

—No… Pareces cansado, ¿estarías más cómodo en casa? Quizás debería de haber convencido a tu madre para hacer lo que hacemos todos los años… —murmuró para sí.

Sherlock suspiró profundamente. Normalmente, Mycroft y él preparaban juntos la cena en Nochebuena, tomaban un postre casero que normalmente hacía el político y luego se quedaban jugando a las cartas o viendo algún programa en la televisión mientras se abrazaban en el sofá.

La mayoría de las veces hacían el amor hasta tarde. El día de Navidad no madrugaban, se quedaban en la cama hasta que sus estómagos exigían algo de alimento. Bajaban, abrían los regalos y retozaban juntos en el sofá.

Ese año esperaba que fuera igual, hasta que su madre los invitó y todos sus planes cambiaron. Y bueno, en otras circunstancias no le habría importado, pero desde que John se mudó con Mary y tuvieron a Rosie él se había sentido algo más apegado a Mycroft. Como si le faltara algo.

Levantó la vista para mirar a Mycroft que en ese momento estaba sacando el pavo del horno. El político alzó la cabeza y le sonrió ligeramente.

—Espero que comas tu parte Sherlock, no hagas como todos los años y muevas la comida de un lado a otro porque no tienes hambre después de haberte comido todos los entrantes.

Sherlock puso los ojos en blanco.

—Si me dejas algo lo comeré —se burló.

Mycroft le lanzó una mirada asesina y Sherlock sonrió con orgullo. Su padre suspiró exasperado a su lado, pero no comentó nada.

Todos se sentaron a la mesa y tras unas breves palabras de sus padres en las que agradecían a todos estar allí con ellos y que esperaban que la familia estuviera unida un año más comenzaron a comer. Rosie no aguantó mucho más despierta y tras un par de villancicos Mary la puso a dormir en su cuna de viaje. Sherlock comió todo lo que pudo, acompañándolo con vino que hacía que mente se nublase y su risa aumentara con los chistes de su padre y John.

Tras el postre tomaron un par de copas de algo más fuerte y se fueron a dormir. Mary sujetaba a John y Mycroft le sujetaba a él. Cuando llegó al dormitorio se dejó caer sobre el centro de la cama con las piernas abiertas.

—Sherlock, ¡déjame sitio! —exclamó Mycroft ofendido.

—No. Duerme en el sofá —gruñó Sherlock contra las almohadas.

—Niños… —regañó su madre mientras pasaba por el pasillo hacia su dormitorio.

Sherlock bufó y rodó hasta un extremo del colchón.

—¿Contento? —gruñó.

—Mucho. Gracias, hermano —dijo Mycroft con voz amenazante —. Buenas noches, familia —se despidió hacia el pasillo.

Los demás adultos le respondieron a la despedida y Mycroft cerró la puerta del dormitorio. Se sentó en su lado del colchón y comenzó a desnudarse para ponerse el pijama. Sherlock se movió por la cama, se colocó de rodillas detrás de Mycroft y rodeó los hombros de este con sus brazos.

—Feliz Navidad, Mycroft —susurró contra su oído antes de besar su cuello.

Mycroft apretó los labios en una fina línea y movió la cabeza hacia los labios de Sherlock.

—Sherlock… —murmuró —. No debemos. No aquí.

Las manos de Sherlock se arrastraron desde los hombros hasta el torso de su hermano, pasando por sus pezones. Apretó el izquierdo ligeramente antes de continuar su camino hacia el vientre.

—Joder… —suspiró Mycroft echando la cabeza hacia atrás —. Por favor, Lock. Aquí no.

Sherlock apoyó la frente contra la nuca de su hermano y dio un beso allí, separó las manos y se retiró lentamente. Mycroft suspiró aliviado y continuó vistiéndose. Sherlock a su lado hizo lo mismo, se puso el pijama y se metió bajo las sábanas. Mycroft puso el teléfono en silencio y también lo hizo.

Inglaterra podía caer, él lo atendería mañana.

Sherlock se acurrucó contra Mycroft, lo rodeó con los brazos y dejó que el político enredara una pierna contra las suyas, atrayéndolo más contra él.

—Estás duro —comentó Sherlock.

—Un poco —admitió Mycroft —. Ah no, ni se te ocurra moverte —susurró deteniendo el balanceo de Sherlock al instante —. No deberías de haber bebido tanto, estarías menos desinhibido.

Sherlock alzó la cabeza y le besó. Mycroft respondió al beso inclinando la cabeza hacia su hermano.

—¿Qué me has regalado por Navidad? —preguntó entre besos.

—Ah… ¡Sorpresa! —susurró Mycroft antes de morder el labio inferior de Sherlock para separarlos y poder introducir su lengua.

Sherlock gimió y abrió la boca, dejando que su hermano la explorase. Movió las caderas hacia Mycroft, pero este lo retuvo apretando el agarre que le tenía en la pierna. El detective gimió frustrado, pero se retiró un poco.

—Puedo deducirlo, ¿sabes? —le dijo mientras apoyaba la cabeza en su pecho.

—Adelante —ofreció Mycroft.

Sherlock cogió aire como si fuera a dar un gran discurso con infinidad de deducciones y detalles, pero al final solo rio.

—Estoy demasiado borracho para deducir algo —dijo.

Mycroft le besó la frente.

—Buenas noches, Sherlock —murmuró Mycroft.

Sherlock respiró profundamente avisando de que ya se había quedado dormido. El político le siguió poco después, sin soltar su abrazo.

La relación romántica que ambos tenían, había hecho veinte años en noviembre de ese año. Y todo había comenzado de una manera tan natural como respirar.

Sherlock había besado a Mycroft mientras se recuperaba de su adicción a las drogas y el político no pudo hacer otra cosa que continuar el beso. No necesitaron explicarse nada. Estaban hechos el uno para el otro. Solo ellos se entendían, solo ellos sabían cómo sobrevivir en un mundo de peces dorados.

Sí. Su relación era un secreto para todos, pero a ninguno de los dos le gustaba compartir los aspectos de su vida privada.

Ninguno de los dos se despertó cuando los primeros rayos de sol comenzaron a entrar por la ventana. Estaban exhaustos por toda la comida y el alcohol que habían tomado el día anterior, por eso ambos seguían dormidos cuando el despertador de los señores Holmes resonó por toda la casa.

Casi una hora después, Sherlock comenzó a despertar lentamente. Le dolía la cabeza y tenía ganas de hacer ir al baño, pero estaba tan calentito y cómodo entre los brazos de su hermano que no quería moverse. Movió la cabeza y frotó su nariz contra el cuello de Mycroft antes de depositar un beso allí, haciéndole suspirar.

Fue entonces cuando escuchó un ruido que le heló la sangre. La puerta de su habitación se acababa de cerrar.

Tardó al menos un minuto en registrar lo que había lo que había oído. Se separó de un tirón de su hermano y abrió la puerta de la habitación de par en par. No se encontró a nadie. Su madre tatareaba un villancico en el piso inferior donde también se escuchaban los pasos arrastrados de su padre, John y Mary estaban en la habitación preparándose para él día.

—¿Qué haces? —preguntó Mycroft con la voz ronca.

Sherlock cerró la puerta y se apoyó contra ella.

­—Alguien abrió la puerta mientras dormíamos —murmuró.

Mycroft se incorporó, completamente despierto y con una mirada aterrorizada en el rostro.

—¿Quién? ­—preguntó.

El labio de Sherlock tembló ligeramente.

—N-No lo sé —tartamudeó —. Yo… Estaba medio dormido, me acurruqué un poco más y escuché la puerta cerrarse.

Mycroft se puso de pie y comenzó a vestirse con rapidez.  Sherlock se sentó en la cama, apoyó los brazos en las rodillas y se agarró las manos que temblaban.

—No puede haber sido John, ¿verdad? ¿Y mamá? ¿O papá? —dijo con un hilo de voz —. Por favor que haya sido Mary ella… Seguro que ella no diría nada.

—¡Sherlock! —interrumpió Mycroft —. Quien fuera. Tenemos que analizar la situación. ¿Cuándo ocurrió? ¿Has hecho algo impropio?

—Yo… Yo no lo sé —murmuró —. Yo estaba dormido, me apreté contra ti y escuché la puerta.

Mycroft cogió aire y se frotó la cara con fuerza.

—Vale, vamos a suponer que no han visto nada —dijo —. Nos comportaremos como si nada hubiese pasado hasta que descubramos quien es. Lo analizaremos todo. Si ha sido John o Mary será muy fácil abarcarlo. Papá y mamá sin embargo…

—Le puedes decir que tuve pesadillas —murmuró Sherlock —. Sobre Serbia, por eso me abrazaste…

Mycroft le miró fijamente. Estaba pálido como la cera y lo miraba de manera acusadora pero enseguida se suavizó. Se acercó a él y agarró sus manos que aún temblaban.

—Sherlock tienes que serenarte —susurró —. Si te ven comportándote así pensarán que le ocultamos algo.

—Le ocultamos algo —murmuró Sherlock.

—Sí, pero eso no tienen por qué saberlo. Vamos respira conmigo.

Sherlock cogió aire al mismo tiempo que su hermano y el temblor de las manos cesó lentamente. El corazón aún le latía con rapidez, pero no tenía ningún síntoma físico que detectara su angustia. Mycroft se separó y se puso el jersey.

—Voy a bajar yo —anunció —. Tu espera aquí durante una hora antes de bajar, ¿de acuerdo? Y fingirás que te acabas de despertar.

Sherlock asintió lentamente.

—Mycroft, lo siento… —murmuró.

El político le sonrió ligeramente, se acercó a él y le besó.

—No es culpa tuya —le dijo separándose.

Sherlock le vio manchar y se dejó caer en el colchón. Aquello no le estaba pasando. Veinte años de relación en secreto. ¡Veinte! Y de la noche a la mañana los habían descubierto. Sabía que no debería de haber bebido tanto, se volvía lento y demasiado cariñoso. Quizás si no hubiese tomado nada hubiera dormido en el borde del colchón.

Si John o Mary lo descubrían, sería sencillo persuadirlos. Al menos a John. El médico estaba tan sorprendido de que Sherlock tuviera algún tipo de sentimiento positivo, que se sentiría dichoso al descubrir que había tenido tanto miedo al despertar de una pesadilla que Mycroft le había tenido que abrazar.

Mary por otro lado era inteligente. Ella sabía de sobra que por mucho que intercambiaran palabras hirientes, la mayoría de las veces eran bromas y chistes oscuros. Quizás también colaría las pesadillas de Serbia. Ella le había preguntado directamente que había pasado en su ausencia y Sherlock se lo contó todo.

Se mostró compresiva tras eso y nunca hizo más preguntas.

Sus padres por otro lado… Dios. Esperaba que no fueran ninguno de sus padres.

Cuando pasó la hora que Mycroft le indicó esperar, se vistió con algo cómodo y bajó las escaleras en calcetines. Todos estaban reunidos en la mesa de la comida, con el desayuno ya terminado o a medio terminar frente a ellos. Mycroft le lanzó una mirada tranquilizadora, pero el agarre fuerte que tenía en su taza de café lo confundió.

—Mira quien ha decidido honrarnos con su presencia —dijo la señora Holmes.

—¿Café o té? —ofreció su padre.

—Café, por favor —murmuró Sherlock dejándose hacer en el sitio al lado de John.

—¿Con resaca? —preguntó John divertido.

Sherlock gruñó y movió la mano. John rio divertido y le dio unas palmaditas en el hombro. El desayuno transcurrió con normalidad. Sherlock analizó en silencio a cada uno de los presentes intentando ver una actitud diferente hacia ellos.

John estaba feliz, Rosie había logrado dormir toda la noche de un tirón y había tenido la oportunidad de compartir algo de intimidad con su esposa. Mary estaba igual de feliz. Rosie estaba en la trona de madera que su madre había comprado para la visita mientras desayunaba.

Su madre estaba cortando los ingredientes que pondría para el pescado al horno que cocinaría dentro de unas horas y su padre estaba concentrado en la tablet donde estaba resolviendo un crucigrama. Ninguno parecía nervioso.

Sherlock se atrevió a levantar la vista hacia su hermano.

Mycroft tenía la mirada perdida en el servilletero. Sherlock pudo analizar que estaba tenso y tenía un sudor frío que le bajaba por la nuca. La punta de los dedos blancas. Suspiró ligeramente y se frotó la cara. 

—¿Estás bien? —preguntó John mirándole con preocupación.

Sherlock se encogió de hombros intentando parecer casual.

—Resaca —se limitó a responder —. ¿Habéis abierto los regalos de Navidad? 

—Nope, queríamos hacerlo todos juntos —dijo John —. Tu madre insistió —susurró.

—¿Vamos? —propuso Mery levantándose.

—¡Y después iremos a jugar a la nieve! —exclamó su madre.

Sherlock hizo una mueca, aunque no comentó nada mientras se levantaban. Fueron hasta el salón y se sentó en el suelo junto a John y a Rosie. Fue pasando regalos a los adultos y ayudó a la niña a abrir algunos.

De sus padres recibió varios libros de bioquímica y experimentación. De John y Mery recibió un diario para registrar sus experimentos forrado en piel con su nombre completo en la parte contraportada. Rosie le regaló, por decirlo de alguna manera, una hoja de cartulina donde estaban las huellas de sus manos y sus pies. Sonrió tontamente al verlo, decidido a enmarcarlo y colgarlo de la pared de su habitación. 

De Mycroft recibió un nuevo par de guantes y una bufanda nueva de color burdeos. Se la acercó a la nariz y la olió. Tomó aire para evitar sonrojarse. La bufanda olía a Mycroft, a su perfume o a él, no lo tenía claro, pero olía a Mycroft.

Rosie había recibido de su madre un abrigo, gorro y manoplas así que enfundaron a la niña en toda la ropa, cogieron sus abrigos y salieron al jardín trasero. La noche anterior había estado nevando y todo el jardín estaba cubierto de una capa esponjosa de nieve. Se abrieron camino arrastrando los pies y comenzaron a hacer un muñeco de nieve. 

Sherlock logró escaparse después de diez minutos, rodeó la casa mientras se frotaba las manos entumecidas. Se apoyó contra la pared y encendió un cigarrillo. Dio una larga calada y cerró los ojos.

Odiaba no saber las cosas, sobre todo aquellas que tenía delante. 

El miedo seguía en su interior, había tantas cosas terribles que podían pasar. La pérdida de confianza con sus padres, que sus amigos hablaran a sus espaldas, la exposición pública, la cárcel.

Se llevó el cigarrillo de nuevo a la boca con la esperanza de que el temblor en las manos cesara. Unos pasos vinieron desde su derecha y su hermano mayor le alcanzó, encendiendo su propio cigarrillo. Sherlock le miró de reojo y se puso rígido.

—¿Has averiguado algo? —murmuró.

Mycroft negó con la cabeza mientras se acercaba a él. 

—Todos están bien, actúan normal. ¿Estás seguro de que oíste la puerta cerrarse? ¿No sería un sueño? —preguntó el político antes de dar una calada al cigarrillo.

—Estoy seguro —murmuró Sherlock —. No estaba soñando ni nada, estaba medio dormido sí, pero lo recuerdo todo. Estaba acurrucado contra ti, alcé la cabeza y escuché la puerta cerrarse. 

Mycroft suspiró profundamente.

—No lo sé entonces —murmuró apoyándose contra la pared.

Escucharon la nieve crujir a través de los pasos y su padre apareció por el mismo lado que había aparecido Mycroft. Los hermanos rápidamente escondieron el cigarrillo detrás de su espalda, Sherlock tosiendo por culpa del humo mal inhalado.

William Holmes sonrió de medio lado diversión.

—¿No sois un poco mayores para esconder el cigarrillo? —preguntó alzando una ceja.

Sherlock bajó la cabeza, avergonzado. Después de su pasado con las drogas le seguía avergonzando que sus padres le descubrieran fumando. William suspiró profundamente y carraspeó.

—Tenía pensado no deciros nada —dijo en voz baja acercándose a ellos —. Pero estáis muy tensos y no dejáis de mirar a los lados como un par de animales asustados. Fui yo quien abrió la puerta de vuestro dormitorio esta mañana.

Sherlock sintió cómo su estómago se retorcía y las náuseas se agolparon en su garganta. Los ojos le quemaban y se movió instintivamente hacia Mycroft, alejándose de su padre e intentando esconderse detrás de su hermano mayor.

—Tiene una explicación —dijo Mycroft con la voz tomada.

—Cualquier explicación que me vayas a dar sé que será mentira, Mycroft —dijo William con serenidad —. Sé que tenéis una relación sentimental desde hace… Quince años. Bueno, ahí es cuando yo me di cuenta, pero creo que desde hace más. 

Sherlock se atrevió a levantar la cabeza y mirar a su padre. El hombre no tenía ningún tipo de mirada de odio ni gestos de asco, los miraba como siempre. Aunque parecía algo aliviado.

—Papá yo… —murmuró Mycroft —. Puedo explicar cómo surgió, yo no quiero que pienses…

—Mycroft —interrumpió William —. Me resultaría mucho más raro que nunca hubiera ocurrido. Estáis hechos el uno para el otro, eso puede verlo hasta un ciego.

—Pero somos hermanos —se atrevió a decir Sherlock —. No está bien.

William alzó la mano y agarró la de Sherlock, apretándola. Las manos de su padre estaban frías por haber estado jugando con la nieve, pero el agarre era tan suave que se sintió cálido. 

—Hijo —le dijo —. Si el incesto es ilegal es para evitar la endogamia. No hay ninguna otra razón para que lo prohibieran. Hay más posibilidades de que encuentres el amor y el cariño dentro de tu núcleo familiar que fuera. 

Sherlock sintió como se relajaba ligeramente. Su padre no lo estaba juzgando y estaba dándole las mismas razones que él le había dado a Mycroft cuando, después de haber tenido sexo la primera vez, le entraron los remordimientos.

—¿Mamá lo sabe? —preguntó Mycroft.

—Sí —respondió William —. Tiene la misma opinión que yo, salvo que está algo molesta porque ninguno de los dos le ha contado cómo ha cambiado vuestra relación. Aunque también está algo enfadada contigo, Mycroft —le dijo sonriéndole ligeramente.

Mycroft tragó saliva y bajó la cabeza.

—Me imagino —murmuró —. Soy el mayor y debería de haber puesto distancia…

Williams soltó una carcajada y negó con la cabeza.

—No hijo, no —le dijo sonriéndole —. Está enfadada porque no puede creer como trabajando para el gobierno aún no se te ocurrió una manera de cambiar la ley del incesto.

Mycroft lo miró con sorpresa.

—¿Y cómo podría cambiarla? —preguntó sin entender.

William se encogió de hombros.

—Añade un apóstrofe que esa ley no es aplicable para las parejas del mismo sexo —le respondió.

Mycroft frunció los labios, molesto. Sherlock rio.

—¿En 20 años no se te había ocurrido esa idea? —le dijo con diversión. 

—Es evidente que no —gruñó Mycroft.

Sherlock no pudo evitar reírse de nuevo. Mycroft le lanzó una mirada asesina, aunque también sonreía un poco. William apretó la mano de Sherlock y sonrió.

—¿John y Mary lo saben? —preguntó. 

Sherlock negó con la cabeza. William asintió.

—Me gustaría que el sábado después de las fiestas, vinierais a casa y lo contarais oficialmente. Vuestra madre y yo no os juzgaremos, entendemos porque ha pasado y solo queremos que seáis felices. No quiero que tengáis que ocultaros cuando estéis en casa, ¿de acuerdo? 

Sherlock asintió con firmeza, al igual que Mycroft.

—Perfecto, voy a dentro. Supuestamente iba a buscar una de mis bufandas para ponérsela al mini muñeco de nieve —dijo antes de separarse de ellos y entrar en la casa por la puerta lateral.

Sherlock miró a su hermano mientras sonreía. El rostro de Mycroft seguía serio por la confusión, pero los ojos brillaban. Sherlock se apoyó en él y le empujó ligeramente. Mycroft le sonrió.

—Todo está bien, hermano mío —susurró el político.

—Todo está bien —repitió Sherlock —. Amor mío.