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Viernes, 14:30
Arturo estaba muy nervioso. Le había preguntado a Agustín si lo quería acompañar por el fin de semana largo, de viernes a lunes, a una casa que tenía su familia en el campo y el argentino había aceptado.
Esto había sido el miércoles. Estaban a viernes a la tarde y al español todavía le faltaba terminar de armar el bolso que había empezado hacía 30 minutos cuando había terminado de almorzar después de haber salido del colegio.
-Pero me cago en mis muertos- dijo por lo bajo -Mamá!!
-¿Qué necesitas?- le respondió su madre.
-¿Has visto mi camisa negra?-Arturo necesitaba llevar esa camisa. Según él, resaltaba su atractivo y eso iba a necesitar hacerlo si quería lograr algo con Agustín.
Ya hacía demasiado tiempo que el vallisoletano estaba detrás del catamarqueño. Cuando él se mudó a Argentina entrando al colegio recién en 3er año le costó adaptarse, además de que por su acento se comió varias burlas, pero logró acercarse a Tapia y su grupo después de un tiempo y ahora son todos muy buenos amigos.
Aunque Arturo esperaba ser un poco más que amigos con Agustín.
Se habían conocido a partir de un trabajo práctico en parejas de biología. Arturo estaba sentado en su banco, habiéndose decidido de ir a hablarle a la profesora para preguntarle si lo podía hacer solo ya que no tenía pareja, pero justo se le acercó Agustín, con una sonrisa bonita y amable, con su pelo un poco bastante despeinado y con esos ojos que lo miraban con mucha intensidad, preguntando si podía estar con él en el trabajo porque eran impares en su grupo de amigos y había quedado solo.
Y él no había podido decirle que no.
Ahora ya estaban en 5to año, casi con un pie adentro en la facultad y el español decidió que ya a estas alturas del partido tenía que hacer algo con estos sentimientos hacia su amigo y compañero. Ya había aceptado el hecho de que le gustaba, que le encantaría poder abrazarlo, besarlo, agarrarle la mano, hacerlo reír (aunque ya lo hacía pero estaba obsesionado con su sonrisa), entre otras.
Había decidido que lo haría la última noche de ese fin de semana en el campo, porque imaginate que lo hacía en la primera (o sea dentro de unas horas) o en la segunda y lo rechazaba? Arturo ni quería pensar en que se iba a transformar la convivencia si sus sentimientos no eran recíprocos.
-¡No lo sé Arturo, fíjate si no está secándose fuera!- su madre lo sacó de sus pensamientos.
El vallisoletano bajó las escaleras a la velocidad de un rayo, salió al patio a buscar su camisa y efectivamente ahí estaba secándose al rayo del sol. La tocó un poco y supuso que estaba seca así que la agarró y se la guardó en el bolso. Tendría que encontrar una plancha para sacarle las arrugas allá en la casa.
-¡¿Arturo estás listo?, ya estamos subiendo las cosas al coche!- le avisó su madre.
-¡Voy, voy!- agarró un par de calzones más, unas medias, el pijama, cerró todo y bajó al living con el bolso.
-Te has tardado, eh- le dijo su padre -apúrate que todavía tenemos que pasar a buscar a tu amiguito-
-Yo diría noviecito- bromeó su madre. Arturo ya había salido del closet con ellos y les había contado de Agustín (su madre también le había dicho que era bastante obvio y que no sabía como el argentino todavía no se había dado cuenta), cosa que ahora se estaba arrepintiendo un poquito.
-Mamá como digas unas de esas cosas enfrente de Agustín yo te juro que me tiro del coche en el medio de la carretera.
-Ay, Ay Arturo no seas así con tu madre, que es un pequeño chiste. Venga, todos arriba.
Y ahí fue cuando emprendieron viaje, no sin antes pasar por lo de Agustín, que cuando llegaron lo obligaron a Arturo a que vaya y toque el timbre.
-¿Quién es?- preguntó la voz de una mujer.
-Hola, Laura. Soy Arturo, vengo por Agus.
-Ahh sisi, ahí le digo que baje.
El español se quedó pensando en cómo haría para confesarle sus sentimientos al argentino. Sabía que no se podía presionar a hacerlo pero tampoco tenía ganas de que sea un sentimiento pasajero. Ya se daba una idea de que, si bien están ambos estudiando lo mismo en la secundaria, iban a terminar estudiando cosas distintas en la facultad y seguramente no sean tan cercanos como lo están siendo en esta etapa de sus vidas. Así que su mejor opción era hacerlo ahora, abriendo así 2 caminos:
1- Felices para siempre: Arturo se declara en la última noche a Agustín. Agustín le dice que siente lo mismo y empiezan a salir. Se enganchan aún más y se vuelven novios. Ambos se egresan y siguen viéndose. En el medio de sus carreras, Arturo propone que se muden juntos. Agus acepta. Después de unos años se casan y adoptan un perrito (va a ser un border collie y se va a llamar Roco) (si Arturo ya pensó esto). Cuando se vean preparados, adoptan una nena y son felices para siempre, valga la redundancia.
2- Se une al club de los 27: Arturo se declara y Agustín lo rechaza. Le dice que es un loco de mierda y que no lo quiere ver más. Al otro día, Agustín busca volverse en alguno de los autos de sus familiares porque no quiere compartir auto con Arturo. Lo ignora por los pocos meses que les quedan de secundaria y una vez egresados no le dirige más la palabra. Arturo se mete en las drogas y el alcohol porque no se lo puede sacar de la cabeza. Él muere joven y Agustín ni se gasta en ir a su funeral.
Puede que Arturo esté sobrepensando un poco bastante las cosas pero él sabe que lo que va a hacer es a todo o nada. El sonido de unas llaves y la puerta enfrente suyo abriéndose lo sacan de sus pensamientos.
-Buenas, Artur, cuanto tiempo sin vernos, eh- dijo Agustín en un tono sarcástico mientras lo saludaba con un beso en el cachete.
-Uf, verdad que sí, eh?- respondió Arturo con una sonrisa en la cara.
-Ay, Arturo gracias por invitarlo a Agus. A ver si lo ayudas a salir un poco de casa- dijo Laura, la mamá del catamarqueño, que se ve que había bajado con él.
-Mamá- le reprochó Tapia.
-Bueno, bueno, ya está, los dejo irse- y justo cuando se estaban por subir al auto les gritó -¡Que la pasen lindo!
-¡Chau ma!
-¡Adiós Laura!
Y ahí partieron viaje.
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En algún momento del viaje de 3 horas, cuando ya los adolescentes estaban ambos medio callados, escuchando cada uno su propia música y estando en su propio mundo, Arturo sintió un peso en su hombro. Giró la cabeza solo para encontrarse con una cabeza apoyada en él. Al principio se quedó como una estatua. Tenía miedo de mover un solo músculo y hacer que ese momento desaparezca, que en un respiro el otro se despertara y solo haya durado unos segundos. Pero después se relajó, apoyando su cabeza sobre la de Agustín y dejándose llevar por el sueño.
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Viernes, 18:00
-Chicos… Chicos, venga, despiertense que hemos llegado- los despertaba Carla, la mamá de Arturo.
El español se movió en su lugar antes de abrir los ojos, solo para encontrarse con que la cabeza de Agustín se había desplazado a su pecho. Sonrió y sintió que su corazón se inflaba con una sensación de calidez y paz, que no quería que terminara. Lamentablemente tenían que salir del auto para acomodar sus cosas y saludar a su familia.
-Agus despiertate, que ya llegamos- dijo suavemente, mientras pasaba sus dedos entre los rulos del Argentino.
-Mmm, uy me re dormí, perdón- una vez se dió cuenta que había estado durmiendo sobre Arturo gran parte del viaje, se levantó rápidamente y su cara tomó un tinte rosado. Arturo vió esto como algo tierno.
Luego, ambos se bajaron del auto y agarraron sus bolsos del baúl. En lo que estaban juntando sus cosas apareció Juan, el primo más cercano del español y el más grande, que se acercó a saludarlos con un gran abrazo a ambos.
-Y supongo que tu debes ser el famoso Agustín, o no?- dijo mientras saludaba al argentino.
-¿Famoso?- preguntó Agustín con una risita. Arturo quería que lo trague la tierra.
-Si bueno, Arturo habla bastante de ti.
-Uhh- y con eso se giró hacia su amigo, hablando con un tono pícaro-¿Qué andas diciendo de mí?
-No te preocupes que no es nada malo- agregó Juan
-Bueno, ¿vamos dentro?- cortó el intercambio Arturo, ya habiendo sido humillado lo suficiente.
Con un simple asentimiento de parte del argentino, se dirigieron a la casa donde los estaban esperando los demás familiares del vallisoletano.
Al español siempre le emocionaba venir a la casa del campo porque, si bien no estaba tan alejada de cualquier forma de civilización ya que a unos 30 minutos había una manzana con un supermercado, un bar, un local de ropa y una heladería, era bastante diferente al ruido eterno de la ciudad. Ahí se podía despertar con el sonido de los pájaros, el sol pegándole suavemente en la cara y con el olor a jardín. Se podía dormir pacíficamente con el sonido del viento y de los grillos dejando la ventana abierta. A la noche, cuando todos apagaban las luces, podía salir al patio un rato, no más de 5 minutos, y podía tirarse en el pasto para simplemente mirar las estrellas. Esas que en la ciudad son difíciles de ver por los edificios altos y las grandes luces, relajándose lo suficiente para poder dormir bien.
Y estaba feliz de poder compartir tal nivel de tranquilidad con la gente que más ama.
Cuando entraron ya estaban todos esperando para saludarlos, que fue ahí cuando Arturo tuvo que hacerle una pequeña introducción de cada uno a Agustín:
La tía Josefina: algunos le dicen Jose o Jo. Madre de Juan y Álvaro, y hermana de Carla. Divorciada desde que su hijo tenía 5 años. Es la que mejor cocina.
La abuela Silvia: le dicen Sil o Silvi. Casada con Ernesto hace 50 años. Madre de Carla y Josefina. Puede parecer medio dura a veces pero es un amor con sus nietos.
El abuelo Ernesto: Papá de Carla y Josefina. Casado con Silvia hace 50 años. No es de muchas palabras pero escucha atentamente todo. Suele acotar en las conversaciones con chistes.
Álvaro: Hermano menor de Juan. Tiene 12 años. Le encanta jugar a la pelota y, si no está con ella, está jugando en el celular. Tiene momentos de hiperactividad pero es un buen chico.
-Vengan, les muestro donde dormirán- los llamó Jose.
Era una casa bastante acogedora, con muchos retratos familiares por los pasillos. Arturo veía como el argentino se quedaba observando algunas, la curiosidad invadiéndolo por no poder saber qué era lo que pensaba de ellas, luego le preguntaría.
-He aquí, la habitación Coello-Tapia.
Josefina abrió la puerta y se podía ver una habitación muy bonita. Con un armario lo suficientemente grande para que los 2 puedan poner su ropa, una puerta los llevaba a un baño, tenía una gran ventana que dejaba entrar una gran cantidad de luz y en el medio había una cama matrimonial.
-Jo- empezó Arturo -Hay una sola cama y somos 2.
-Bueno sobre eso, tu sabés que hay una sola habitación con 2 camas y pensamos que, tal vez, era mejor que ahí durmieramos Juan y yo, primero porque ya Juan es muy grande para andar durmiendo en la misma cama conmigo, y segundo tu primo Álvaro quiere dormir en el sillón ya que tiene el televisor. Así que quedaban las 3 matrimoniales: una para tus padres, una para tus abuelos y otra para vosotros.
Hubo un silencio, hasta que el catamarqueño habló.
-A mí no me molesta compartir, a menos que a vos te incomode- dijo, solo mirandolo a su amigo.
Al vallisoletano se le cortó la respiración. Una vez más, como aquella vez del trabajo de biología o como tantas otras veces, Agustín lo miraba como si fuera lo único que existe en ese instante, como si no hubiera nada más importante que él y solo él. Y a esa mirada no podía decirle que no.
-No, no. Si a ti te va bien, a mí me va bien- le respondió, mirándolo a los ojos por un rato más de lo que un amigo debería.
-Bueno, está hecho- interrumpió Jose -Los dejo tranquilos y acomodense. Agus, siéntete como en casa.
Y así como estaba se fue, dejándolos a los dos solos. El catamarqueño dejó su bolso sobre la cama, lo abrió y empezó a ordenar las cosas en el armario. Arturo todavía estaba duro como estatua en la puerta, medio en shock por la situación. Iba a tener que compartir cama con Agustin,el pibe que le gustaba desde hace más o menos 2 años, con 2 noches seguidas aseguradas durmiendo allí y una tercera que podía terminar con Arturo volviendo felizmente a esta habitación como no.
-Dale, bolas. ¿Te vas a quedar ahí parado todo el finde?- le dijo el argentino con una risa.
-Sabes que puedo pedirle a Jose que nos cambie y tu duermas con Juan y ella venga aquí conmigo, ¿no? ¿Seguro no te molesta?.
-No, Arturito, posta está todo bien. A menos que no quieras compartir por algo que no quieras decirme.
-¿Cómo qué?- Entre el apodo y la pregunta el corazón de Arturo en cualquier momento iba a dejar de latir de lo rápido que ya lo estaba haciendo.
-Y no sé- Agustín se le acerca -por ejemplo que te tires pedos mientras dormís.
Y el español, que realmente no se esperaba eso, se empezó a reír a carcajadas.
-Eu pero puede ser una realidad para alguien, Artur- le dijo el argentino mientras también se reía.
-Ay, pero por favor Agustín, ¿cómo no voy a querer dormir contigo porque me tiro pedos en las noches?- Arturo realmente no podía dejar de reír, nunca en mil años se le hubiera ocurrido que se cambiaría de habitación solo por tirarse pedos.
-Qué sé yo, boludo, son cosas que pasan, pero si te pasan a vos creo que ahí sí te acepto el cambio de habitación.
-Por favor, que estás pirado, eh. No, que yo sepa nadie me ha dicho que me tiro pedos en la noche. Tal vez tu vas a ser el primero.
-Mmm, ahora que lo pienso no, eh, dejame que la voy a buscar a la Jose- pero Agustín no llegó ni a acercarse a la puerta antes que Arturo lo agarre por las piernas y se lo cuelgue al hombro cual bolsa de papa.
-EUEU, SOLTAME ARTURO- se quejaba entre risas el catamarqueño.
-Nop- le contestó mientras soltaba alguna que otra risa.
-Dale boludo, que se me sube la sangre al cerebro y después me mareo.
Arturo fue y lo tiró en la cama, quedando él parado cerca del borde y, de cierta forma sobre Agustín, que quedó boca arriba en la cama, tratando de regular su respiración.
Habían quedado en una situación muy comprometedora. Al español se le frenó la respiración por unos segundos mientras sus ojos seguían clavados en un Agustín que intentaba regular su respiración, su pecho subiendo y bajando. Arturo tuvo que alejar su mirada lo más rápido posible para contenerse de imaginar cosas sobre su amigo que no debería. Se alejó del argentino, agarró su bolso y se puso a acomodar la ropa.
-Eh, bueno, ¿querés que arme unos mates?- dijo el catamarqueño mientras sacaba el mate, la yerba y el termo de su bolso.
-Está bien, en la cocina hay una pava para calentar agua. Ve y yo en un rato voy y agarramos algo para comer.
Agustín se levantó de la cama y salió de la habitación, no sin antes darle una pequeña palmada en el hombro a su amigo. Arturo todavía no se recupera de lo que acaba de pasar. Él juraba que había visto algo en los ojos de su amigo, un brillo, una duda, todavía no podía descifrar que era. Y si Agustín sentía lo mismo y no se lo decía por el mismo miedo que tenía Arturo de perder su amistad? Estaba muy desconcertado. Se sentó en el borde de la cama y enterró los talones de sus manos en los ojos, tratando de calmar sus pensamientos. Siempre sentía que recibía señales mixtas de parte de Agustín: estaban los toqueteos constantes, desde un abrazo hasta sentarse con sus piernas tocándose. Pero luego se levantaba como si nada o le vivía hablando de chicas que se había comido en un boliche, que siempre intentaba algo con ellas pero sentía que ninguna era la correcta. Alguna falla casi siempre tenían: no le divertían lo suficiente, eran personas muy mañaneras, se levantaban muy tarde, no les gustaba ver las películas con subtítulos, no les gustaba nada de comida, y así podría haber nombrado fácil 50 razones más.
Él realmente intentaba no carcomerse la cabeza, pero le era imposible. Ya habiendo sobrepensado mucho más de lo que le gustaría, se dispuso a levantarse e ir a buscarlo al argentino para tomar unos mates.
Apenas llegó a la cocina, se lo encontró hablando con su abuela.
-No sé, yo hago así para sacarle el polvo a la yerba, porque si no, siento que queda muy amargo- explicaba el catamarqueño.
-Bueno, yo seguiré lo que tú haces porque, según Ernesto, los primeros me quedan un poco amargos- le respondía Silvia -Ah aquí estás Arturo, los dejo tranquilos. Ya sabes que ahí arriba están las galletas- y con esas palabras se retiró de la cocina.
-Algún día nos tomamos unos mates, Silvia- le dijo Agustín antes de que salga por la puerta -Es un amor tu abuela.
-Si, si, menos mal que le has caído bien porque si no- y le hace un gesto de cortarse la cabeza.
-Naa, si es una masita tu abuela, hablamos re bien. Es más, me pidió ayuda para cebar unos ricos mates.
-¿Ahora eres un cebador profesional de mates?.
-No digo eso, pero es verdad que soy el único argentino en la casa.
-En ese caso, tendremos que enseñarte a hacer gastronomía española.
-Bueno, siempre y cuando se le pueda meter un toque argento en el medio- le dijo mientras le sonreía y le guiñaba un ojo.
-Ya lo veremos- dijo, devolviéndole la sonrisa. Era muy complicado decirle que no a Agustín.
Arturo se estiró para agarrar unas galletitas que tenían guardadas en las alacenas de arriba y salieron al patio para tomar unos mates.
-Che, es re linda esta casa, nunca me dijiste que la tenías- dijo el argentino mientras cebaba el primer mate.
-Es que no venimos mucho, a mí me gustaría venir más seguido.
-Y podrías venir más seguido si sacaras el registro- le había dicho con un leve tono burlón.
-Ya te dije que no estoy listo, tío, además de que mi padre es muy cuidadoso con el coche.
-Mmm, para mí todo eso es una excusa para que yo te siga manejando a todos lados.
-Exacto, si saco la licencia ya no voy a poder obligarte a ser mi chofer personal- dijo Arturo con una risita.
-En cualquier momento te empiezo a cobrar, eh, así que yo te recomendaría buscar donde sacarlo.
Arturo se rió con su comentario. Y así siguieron charlando por el poco tiempo que les quedaba de la tarde, hablando de los estudios, del futuro, Agustín le compartió anécdotas de los primeros años de secundaria y el español le contó sobre su vida en España, que a veces extrañaba. Es verdad que parte de su familia se había mudado con ellos, pero aún así había momentos en los que sentía que una parte suya faltaba, una parte que había quedado a 10.084 kilómetros. Pero había logrado conformar una parte nueva, con amigos y experiencias en otra parte del mundo que no podría replicar en España. Y eso no lo cambiaría por nada del mundo.
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Viernes, 20:00
Ya habían vuelto a la habitación hace un rato, y Arturo recién salía de bañarse. Se había puesto una remera que se había comprado una vez paseando por Avellaneda. Era negra y en el centro tenía un círculo con las letras PR en el medio, de color rojo ambas. Arriba de eso tenía una camisa leñadora con unos tonos medio beige, abajo unas bermudas de jean y de zapatillas unas que le hacían juego con la camisa.
Obviamente, apenas salió del baño, Agustín hizo un comentario sobre su vestimenta.
-Oaaa, terrible outfit, ¿y esa remera de los redondos?.
-¿Te gusta? La compré una vez que paseamos por Avellaneda con mi madre. Me gustó el diseño, aunque no sé que son estás letras.
-¿Cómo que no sabés quienes son los redondos? ¿Nunca escuchaste un tema de ellos?
Arturo se quedó en silencio un rato -Nop.
-¿Posta?.
-Ni uno solo.
-De lo que te perdés, Arturito. Después a la vuelta te presto los auris y escuchamos.
-Vale- sus mejillas se volvieron levemente un tono más rosado al pensar en la invitación que Agustín le hacía. Él siempre estaba dispuesto a descubrir nuevos ritmos, más aún si venían de parte del catamarqueño.
Después de un rato de silencio, el argentino volvió a hablar-Bueno, yo me voy a bañar- le dijo y, luego de haber agarrado su ropa, se dirigió al baño, no sin antes darle una pequeña palmada en el hombro a su amigo.
Ya el español se estaba poniendo loco. ¿Qué verga significaban esas palmaditas en el hombro? Cada vez que Tapia se iba de su lado, le daba unas palmadas en el hombro. ¿Qué quería decir con eso? ¿Que ya volvía? ¿Que se cuide? ¿Que lo espere donde estaba?, o simplemente no significaban nada, solo las hacía como un acto reflejo. Estaba cansado de sobrepensar las cosas y acciones que llevaba adelante el catamarqueño, quería simplemente terminar con todo esto. Si no le ganara el miedo, apenas cruce la puerta de ese baño estaría arriba suyo, sin poder despegarse de él y tratando de hacer de sus dos cuerpos uno solo, tratar de estar tan pegados que no se sepa donde empieza Arturo ni donde termina Agustín. Pero el miedo y la vergüenza de ser rechazado le carcomía la cabeza, no dejándolo seguir sus instintos por temor a que algo no salga como esperaba.
Dejó de pensar todo cuando del baño salió un Agustín con los rulos un poco húmedos, solo vistiendo una bermuda de jean más oscura que la del español y unas adidas negras en los pies. Arturo quedó anonadado frente a esta vista. Sus ojos lo siguieron al salir del baño y, mientras el otro buscaba una remera para ponerse, apreciaron cómo se movían los músculos de su espalda. Se podría decir que quedó embobado ante semejante hombre enfrente suyo.
-¿Vos decís que esta remera queda bien?- le había preguntado mientras levantaba una remera blanca con un mini diseño sobre el corazón.
Pero había quedado tan embobado que su boca fue más rápida que su cerebro.
-A ti todo te queda bien.
Uy. Eso no lo tenía que decir. Antes de poder arreglar lo dicho, ya estaba viendo como la cara del argentino se tornaba de un color carmesí, mientras sentía como su propia cara, hasta sus orejas, se empezaban a calentar.
-Em, lo que quise decir es que tú tienes un gran estilo para la ropa y que cualquier outfit que decidas va a quedar bien porque tienes buen gusto- y se frenó ahí para no cagarla más.
Agustín soltó una risita -Está bien, Artur. No aclares que oscurece, pero gracias por el cumplido.
Todavía asombrado y avergonzado por lo que acababa de hacer, Arturo se limitó a asentir con la cabeza.
-Me parece que me dejo esta remera con- miró un rato el armario que estaba ordenado con la ropa de ambos -Este buzo- y sostuvo en el aire un buzo de Arturo.
-Eh, pero ese es mío.
-Ya sé, Artur ¿no me lo prestas? porfa- y le hizo esos ojitos de perrito mojado a los que no podía decirle que no.
-Está bien, pero después me lo devuelves, eh.
-Sisi, lo que digas, Artur, gracias.
Cuando el catamarqueño se puso su buzo, se le cortó la respiración por como quinta vez en el día. Verlo en su ropa le dio una sensación de calidez enorme, notar como el buzo le quedaba levemente más largo en las mangas y el torso le transmitió unas ganas de simplemente no ir a cenar con su familia y tirarse a dormir una siesta con él entre sus brazos. Se veía muy adorable y realmente creía que no iba a soportar 2 días más siendo simplemente amigos.
-¡Chicos, bajen que la cena está lista!- se escuchó el grito de la tía Jose desde abajo, probablemente de la cocina.
Ambos salieron de la habitación y se dirigieron al comedor. En el camino, Agustín se tomaba tiempo de mirar las fotos que estaban colgadas en los pasillos y apoyadas sobre muebles.
-Mira boludo, eras re chiquito acá.
-Si, ahí estábamos en la casa de mi abuela. Tenía una gran pileta e íbamos allí todos los veranos.
Se detuvieron a mirar una foto donde estaban un Arturo de 5 años y un Juan de 7 en la pileta con un par de flota-flotas cerca suyo. Los dos tenían las caras un poco coloradas por el sol del verano, pero se veían increíblemente felices.
-Estabas re bonito, ahora sos un poste de luz comparado a esta foto.
Se miraron a los ojos por unos segundos. Que. Carajo.
Agustín le había dicho bonito. Agustín le había dicho bonito genuinamente y le sonreía como si le hubiera bajado la luna y las estrellas para él. Era demasiado para el sensible corazón del español, que ya estaba latiendo a velocidades nunca registradas en el cuerpo humano. Tuvo que tomar una gran bocanada de aire antes de hablar.
-La verdad que sí. Bueno, ¿vamos al comedor?.
El argentino asintió y siguieron camino, parando de vez en cuando a ver otras fotos. Una vez que llegaron, se sentaron uno al lado del otro justo en el momento en que Jose trajo la comida.
-Bueno, aquí tenemos una tortilla de patatas, y por otro lado tenemos una tira de asado que hizo Ernesto junto con algunas provoletas y chorizos.
-Ah bueno, terrible asado se mandó Ernesto- interrumpió Agustín, mientras le tendía la mano al señor -Mis felicitaciones.
-No bueno, chico, estoy seguro de que has comido mejores asados en casas verdaderamente argentinas.
-Pero eso no tiene nada que ver, si usted hizo el asado con amor y voluntad, el asado siempre va a salir rico- y con esto le dirigió una sonrisa al mayor que podía hacer derretir a cualquiera.
-Bueno, muchas gracias por el cumplido.
Sigilosamente, Arturo acercó su boca al oído del argentino en un movimiento atrevido y le susurró.
-¿Ahora te empeñas en seducir a mi familia?
Notó cómo el cuerpo del otro se tensaba y se le paraban los pelos en la nuca. Nunca lo había visto tan nervioso como ahora, y mentiría si no dijera que le gustaba un poco ser el que iniciara todo esto en Agustín. Quien solo lo miró a los ojos y luego, dándose cuenta de la evidente cercanía entre ellos dos, se alejó un poco, solo para acercarse de nuevo al oído de Arturo y decir:
-Pensé que ya lo había logrado.
Ahora era el español quien se encontraba sin palabras. Volvieron a cruzar miradas y Arturo volvió a ver ese brillo, esa duda. Como si el argentino estuviera diciendo en su mente “¿y si?”, ¿y si decía todo ahora? ¿Y si mandaba todo a la mierda y le comía la boca ahí, enfrente de toda su familia?
-Vamos, chicos, sírvanse, que si no, no les vamos a guardar nada, eh- dijo entre risas Juan, cortando el momento.
La cena siguió tranquila. Sus familiares le hicieron casi una interrogación a Agustín de su vida: que le gustaba hacer en su tiempo libre, que tenía pensado estudiar, si tenía novia (o novio, se atrevió a preguntar Carla, haciendo que Arturo le dirija una mirada fulminante), de que club era (eso lo preguntó Álvaro), entre otras. Se había armado un clima cálido y acogedor que duró hasta después del postre, siempre charlando un rato más. Cuando ya sentían que habían contado todo, levantaron la mesa y cada uno se fue a su habitación.
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Viernes 23:30
Una vez que dejó de escuchar murmullos en los pasillos y, luego de estar acostado al lado de Agustín por un largo tiempo, confirmó que este estaba dormido, intentó levantarse de la cama, pero un brazo agarrandolo de la muñeca se lo impidió.
-¿Qué hacés, Artur?- le preguntó con los ojos entrecerrados, medio adormecido.
-Nada, salgo a ver las estrellas. Me relaja para dormir mejor, pero tú vuelve a dormir, ya vuelvo.
-Pará, te acompaño- ya se estaba levantando de la cama.
-No hace falta, Agus.
-No, no, dale voy con vos. Total hace mucho no las veo- y le dirigió esa sonrisa. Arturo estaba seguro de que ya se había dado cuenta de que a esa cara no podía decirle que no.
Agustín agarró el buzo del español, que ya había usado más temprano, mientras que el vallisoletano agarraba otro buzo y salieron al patio. Corría una leve brisa, sin ser necesariamente fría. La noche estaba despejada, dejando ver todas y cada una de sus estrellas con claridad. Era una de las noches estrelladas más lindas que Arturo había visto.
-Fuaaa, yo también vendría más seguido por esto- dijo el argentino mientras se sentaba en el pasto.
-Si, es precioso- le respondió el español, acomodándose a su lado.
Y así se quedaron unos minutos, en silencio, simplemente admirando el cielo estrellado frente a sus ojos. Había un gran ambiente de paz alrededor suyo, en donde las palabras no hacían falta y la compañía era suficiente para poder apreciar la tranquilidad del momento.
Eso hasta que Agustín habló:
-Mirá que linda la luna.
Arturo se tensó en el lugar. Había leído en una página web (habiendo hecho una pequeña búsqueda de gestos románticos antes de su confesión) que esa frase, o algo parecido, significaba que alguien te estaba confesando su amor. De ahí había como 2 frases para responder: una para decir que era recíproco y otra para rechazarla. En ese instante, el vallisoletano estaba buscando por todos los lugares de su memoria cuál era la frase para decir que el sentimiento era recíproco. Encima Agustín se le adelantó al plan, la idea era hacerlo en la última noche, no en la primera. Todavía no se podía acordar la puta frase de los nervios.
-Mierda- murmuró por lo bajo.
-¿Pasa algo, Artur?
-No, no es nada, solo que..- el miedo lo carcomía. No sabía qué responderle, y cada segundo que pasaba lo hacía ponerse más nervioso. Además que el argentino estaba como si nada, como si no le hubiera confesado sus sentimientos hace 2 minutos.
-Estás todo pálido, Artur. ¿Seguro no te sentís mal?
-No, no, es que- tomó una gran bocanada de aire y empezó a hablar, mirándolo a los ojos a su amigo -Mira, yo tenía todo esto planeado, mi idea era hacerlo la última noche, te llevaría al bar que está aquí a 30 minutos, más bien yo te daría las direcciones para ir en el auto, tomaríamos algo y cuando volviéramos te lo diría- Agustín lo estuvo por interrumpir pero Arturo siguió hablando -Pero te me has adelantado y yo la verdad es que no sé qué decir. A mí también me gustas, Agus. Me has gustado desde ese trabajo práctico que hicimos juntos en 3er año, y mi cabeza piensa todos los días en tí. Tuve miedo la mayor parte de la secundaria de decírtelo porque no sabía si ibas a sentir lo mismo. Esperé hasta este momento porque, si algo salía mal, solo nos veríamos por un par de meses hasta que nos egresemos y listo, pero ahora que me lo dices te lo tengo que confesar- terminó de hablar el español.
Se sostuvieron la mirada por unos segundos que parecieron una eternidad. Agustín no se movía, no se acercaba ni se alejaba, llenándolo de incertidumbre a Arturo. No decía nada. Estaba paralizado en el lugar, solo sus ojos recorriendo la cara de su compañero como buscando algo.
-¿Es enserio lo que me decís?- le preguntó, su voz baja, casi un susurro, intentando no cortar la tranquilidad del momento.
Arturo se limitó a asentir, sentía que no podían salirle palabras en la boca. Agustín todavía no hacía nada, solo se quedaba mirándolo, cosa que al español lo ponía con los pelos de punta.
-Mirá, Arturo- le dijo con un tono más serio. La había cagado, había entendido mal el momento, el argentino realmente se había referido a la belleza de la luna -No entiendo a qué te referís con que me adelanté a vos, pero me alegra que me lo hayas confesado ahora porque a mí también me gustas. Aunque todo esto se haya hecho antes de tu plan de llevarme al bar a tomar algo, todavía te acepto la oferta.
El español se quedó en silencio, luego habló -O sea que realmente estabas hablando de la luna cuando dijiste eso de “mira que bonita que está la luna”.
-Si, bolas- le respondió Tapia entre risas -¿Qué pensaste que te estaba diciendo?
-No, bueno- sentía como sus mejillas se volvían más rosadas que antes -es que yo había leído en una página web que si alguien te decía una frase parecida a esa, es que te estaban confesando su amor- lo último lo dijo en voz baja, todavía con un poco de vergüenza por su confusión.
Agustín se empezó a reír, y si bien Arturo se sentía avergonzado, una leve sonrisa apareció en su cara al haber logrado que el argentino se ría.
-Bueno, hombre, no te rías, que todos cometemos errores.
Cuando se le pasó un poco la risa le contestó -Ay, sos un tierno vos.
Y con eso le agarró ambos lados de la cara para darle un buen beso. Arturo se lo correspondió al instante, habiendo soñado bastante tiempo con este momento. Los labios de Agustín se sentían exactamente como se veían, suaves. Apoyó una mano en la mejilla del argentino y con la otra lo acercó de la nuca, intentando profundizar el beso. Las manos del catamarqueño viajaron desde su cara, pasando por su pecho, hasta su cintura, donde apretó levemente, sacándole un suspiro al español que le permitió meter su lengua en la boca de este. A los pocos minutos, escucharon un sonido de adentro de la casa, lo que los hizo separarse, aunque solo había sido una ventana que se abrió por el viento. Ambos se miraron a los ojos, respirando fuertemente en un intento de calmarse. Arturo vió el estado de Agustín y se imaginó que estaría algo parecido: el pelo desarreglado, las pupilas más grandes, los labios rosados y brillantes con saliva de ambos.
-Dios no sabes por cuánto tiempo quise hacer eso- dijo el argentino después de un rato.
-Ahora lo puedes hacer cuando quieras- le respondió, con una leve sonrisa formándose en sus labios.
-¿Seguro? Mira que me estás dando demasiado poder con eso.
-Segurísimo- su mirada se dirigió a los labios de Agustín antes de volver a besarlo.
Y así pasaron una parte de su noche, siendo la luna y las estrellas las únicas testigos de su amor. Si a la mañana siguiente ambos se levantaron tarde a desayunar, con olor a pasto y Agustín todavía con el buzo de Arturo puesto, nadie dijo nada.
