Chapter Text
RAFE CAMERON
—Señor, el desayuno ya está servido —anunció uno de los sirvientes al otro lado de la puerta.
—Enseguida bajo —respondí, mientras terminaba de abotonarme la camisa azul de la última colección de Fendi.
Hoy era un día especial. Papá había llegado de su último viaje de negocios la noche anterior y en cuanto nos cruzamos me dijo que tenía que hablar conmigo seriamente. Simplemente asentí con la cabeza y continúe con lo que estaba haciendo porque sabía perfectamente a lo que se estaba refiriendo. Había llegado mi momento.
Bajé las escaleras de mármol blanco con una mezcla de anticipación y orgullo. Las luces de la araña de cristal sobre mi cabeza reflejaban destellos en cada peldaño, como si se hubiera abrillantado más de la cuenta para hacerme un recorrido en el que se me permitiera ser exhibido. Parecía que todo el entorno conspiraba para dar un brillo especial para remarcar este día.
Los cuadros de artistas renombrados adornaban las paredes del pasillo, testigos silenciosos de generaciones de éxito y fortuna en la familia, recordatorios constantes del legado que estaba a punto de asumir. Sentí el peso de sus miradas, como si las figuras en los lienzos, con sus expresiones de dignidad y poder, estuvieran evaluando mi valía y preparación para esta nueva etapa de mi vida. Cada detalle de la casa exudaba lujo y refinamiento. El aroma del café recién hecho y el suave murmullo de la actividad matutina de los sirvientes añadían una sensación de rutina a un momento que estaba lejos de serlo para mí. Las cortinas de terciopelo se movían ligeramente con la brisa, revelando vistas parciales de los extensos jardines que rodeaban la propiedad, símbolo del estatus y la prosperidad que nuestra familia había mantenido a lo largo de los años.
Mientras me acercaba al comedor, mi mente repasaba las innumerables lecciones y consejos que mi padre me había dado a lo largo de los años. Recordé los momentos en que me llevaba a su despacho para mostrarme cómo se tomaban las decisiones importantes, las noches en las que discutíamos estrategias empresariales, y las veces que me enseñó el valor de la disciplina y la dedicación. Todo había llevado a este momento. Había llegado mi oportunidad para demostrar que estaba listo para seguir sus pasos y, algún día, tomar su lugar.
Al llegar al comedor, la vista no era menos impresionante. La mesa de roble macizo estaba perfectamente dispuesta con un servicio de porcelana fina y cubertería de plata. Las flores frescas y el aroma del café recién hecho llenaban el aire. Rose, elegantemente vestida en un conjunto de Chanel, leía tranquilamente el periódico financiero mientras mi hermana Sarah, sentada a su lado, hojeaba una revista de moda. Wheezie, la más pequeña, comía de su plato y asentía de vez en cuando cuando Sarah le mostraba algún conjunto que le parecía bonito de la revista.
—Buenos días, familia —saludé, tomando asiento frente a mi padre, que se encontraba revisando algunos documentos en su tablet.
—Buenos días, Rafe —respondió mi madre con una sonrisa, levantando la vista del periódico.
Mi padre, un hombre imponente con una presencia que llenaba la habitación, me observó con una mirada que mezclaba severidad y orgullo. Su porte erguido y su semblante serio irradiaban autoridad, un reflejo de los años dedicados a construir y dirigir nuestro imperio familiar. Llevaba un traje a medida, como siempre, impecable en cada detalle. La tela fina de su chaqueta se ajustaba a su cuerpo como si de una segunda piel se tratase, mostrando sutilmente los puños de su camisa blanca con una precisión perfecta. Cada línea y pliegue de su vestimenta estaba en su lugar, proyectando una imagen de éxito y control absoluto.
Dejó la tablet a un lado, despidiendo el último vestigio de sus preocupaciones laborales matutinas, y me hizo un gesto para que comenzara a comer. Como si de un acto reflejo se tratase, imité su postura, ajustándome la manga de la camisa y colocándome el pelo. Mi hermana Sarah me dedicó una mirada y puso sus ojos en blanco, ni siquiera respondí. No era el momento de montar un numerito.
Los sirvientes, vestidos con uniformes impecables, empezaron a moverse con eficiencia y discreción a nuestro alrededor. Nos sirvieron una variedad de platos exquisitos. La bandeja de frutas frescas brillaba con colores vibrantes: rodajas de mango, fresas jugosas, uvas, y kiwis perfectamente dispuestos. El aroma de los panes recién horneados llenaba el aire, y al partir uno, su corteza crujía revelando una miga suave y esponjosa. Los huevos, preparados a la perfección, tenían yemas doradas que se rompían con un toque de la cuchara, y la selección de embutidos finos —jamón ibérico, salami de trufa, y pavo— añadía un toque de sofisticación al desayuno.
Mi padre observó cómo los sirvientes colocaban cuidadosamente cada plato frente a nosotros, su expresión severa suavizándose momentáneamente al ver la disposición impecable de la comida. Este ritual matutino, tan meticulosamente orquestado, era un reflejo de los estándares que él había establecido no solo en nuestra casa, sino también en su vida profesional. No podía evitar sentir una mezcla de admiración y deseo de estar a la altura de sus expectativas.
Papá siempre había sido una figura de fuerza y determinación, y hoy más que nunca, esas cualidades parecían casi tangibles en el aire que nos rodeaba. Mientras masticaba lentamente, permitiéndome saborear cada detalle de la exquisita comida, también me preparaba mentalmente para la responsabilidad que estaba a punto de asumir. Ser como él había sido mi sueño, mi objetivo. Sabía que hoy iba a ser un paso decisivo en ese camino. Finalmente, mi padre dejó su taza de café y se inclinó ligeramente hacia mí.
—Rafe, quiero hablar contigo sobre algo importante —dijo con voz firme, pero con una calidez que pocas veces mostraba.
Asentí, dejando el tenedor a un lado y mirándolo directamente a los ojos. Sarah nos observó de reojo, pero no cerró la revista.
—Sabes, hijo —comenzó mi padre, jugando con la cuchara en su plato—, cuando tenía tu edad, también me encontraba en ese punto en el que tienes que elegir el camino adecuado para empezar a construir tu vida. Tu abuelo tenía grandes expectativas para mí, y recuerdo cómo me sentí en ese momento. La responsabilidad pesaba, pero también me llenaba de orgullo.
Lo miré atentamente, poniendo mis cinco sentidos en la conversación y no dejando que nada me distrajera. Papá rara vez hablaba de su juventud, y mucho menos de sus sentimientos.
—Siempre he admirado tu capacidad para manejar situaciones complicadas, Rafe. He visto cómo te has desarrollado, no solo como miembro de esta familia, sino también como individuo. Tu dedicación a tus estudios, tu pasión por los negocios... todo eso no ha pasado desapercibido.
Me sentí un poco abrumado por sus palabras. Este era un lado de mi padre que no veía a menudo, un lado que me mostraba cuán profundamente se preocupaba por mi futuro.
—Gracias, papá. He aprendido de ti —respondí, mi voz apenas un susurro.
Mi padre sonrió levemente, una rareza que siempre guardaba para momentos significativos.
—He llegado a una etapa en mi vida donde necesito pensar en el futuro, no solo el mío, sino el de nuestra familia y nuestra empresa. —Hizo una pausa, mirándome fijamente—. Me he dado cuenta de que es hora de empezar a delegar más responsabilidades.
Mi corazón empezó a latir más deprisa. Ahí estaba. Era mi momento.
—Quiero que comiences a involucrarte más activamente en las decisiones estratégicas de la empresa —continuó—. Sé que puedes hacerlo, Rafe. Tienes la determinación y la inteligencia necesarias. Pero quiero que entiendas algo importante: este no es solo un trabajo. Es un legado, nuestra historia. Y es fundamental que lo lleves con orgullo y responsabilidad.
Asentí nuevamente mientras una leve sonrisa se formaba en mi rostro. Tomar una parte del negocio familiar era una de las cosas que más ansiaba en mi vida. Desde bien pequeño había crecido en los despachos de las diferentes oficinas que mi padre tenía por todo el país. No tenía otros recuerdos que no fueran verlo reunido con un montón de gente y con grandes montones de papeles siempre en las manos.
Recuerdo cuando tenía solo seis años y papá me llevó por primera vez a su oficina principal en Nueva York. La magnitud del edificio, con sus enormes ventanales y su elegante arquitectura, me dejó boquiabierto. Me agarraba con fuerza de su mano mientras caminábamos por los pasillos impecablemente pulidos, donde cada paso resonaba con una autoridad que solo él podía proyectar. Los empleados, siempre ocupados, se detenían brevemente para saludarlo con respeto y admiración.
En esa primera visita, me llevó a su despacho, una impresionante habitación con vistas panorámicas de la ciudad. Desde allí, el mundo parecía pequeño, y yo la persona que tenía todo su control. Papá me dejó sentarme en su gran silla de cuero detrás del escritorio, y yo me balanceé ligeramente, sintiendo una mezcla de emoción y un poco de miedo. Me mostró algunos de los documentos que estaba revisando, explicándome con paciencia los conceptos básicos de los negocios, usando palabras simples que pudiera entender. Fue en ese momento que supe que quería ser como él. La forma en que manejaba las situaciones, su capacidad para tomar decisiones rápidas y eficientes, y la manera en que todos lo respetaban me impresionaron profundamente.
A lo largo de los años, esas visitas se hicieron más frecuentes. A veces, después de la escuela, pasaba tiempo en su oficina, observándolo trabajar. Aprendí a quedarme quieto y callado, absorbiendo todo lo que podía. Las reuniones de la junta directiva, aunque a veces tediosas para un niño, se convirtieron en una especie de espectáculo fascinante para mí. Observaba cómo mi padre negociaba con los miembros del consejo, cómo defendía sus ideas y estrategias, y cómo siempre encontraba una solución, no importaba cuán complicada fuera la situación.
También recuerdo las tardes en las que me permitía acompañarlo a sus viajes de negocios. Me llevaba a sus reuniones en diferentes ciudades y, mientras él discutía con socios y clientes, yo exploraba los edificios corporativos, maravillado por la magnitud de todo. Siempre había algo nuevo que aprender, algo nuevo que admirar. Me enseñó a ser observador, a prestar atención a los detalles, y a entender la importancia de cada decisión que se tomaba.
Cuando cumplí dieciséis años, papá decidió que era hora de que comenzara a entender más a fondo el negocio. Me asignó un mentor dentro de la empresa, alguien que me guiara y me enseñara los aspectos técnicos y prácticos del trabajo. Esa experiencia fue invaluable. Comencé a trabajar en proyectos pequeños, asistiendo en investigaciones de mercado, y ayudando a preparar presentaciones. Cada tarea, por pequeña que fuera, me acercaba un paso más a mi objetivo.
—Siempre has sido mi orgullo, Rafe. Ver cómo te has convertido en el hombre que eres hoy me llena de satisfacción. Sé que harás un trabajo excelente.
—No te defraudaré, papá. Prometo dar lo mejor de mí y honrar el legado de nuestra familia.
Él asintió, satisfecho con mi respuesta.
—Eso es todo lo que puedo pedir, hijo. Ahora, terminemos el desayuno. Hoy tenemos una reunión importante en la oficina, y quiero que estés allí conmigo.
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Figure Eight era el paraíso. Las mansiones de ensueño se alineaban a lo largo de la costa, con sus jardines meticulosamente cuidados y piscinas infinitas que se fundían con el horizonte del océano. Las calles estaban llenas de coches de lujo y las tiendas de alta gama ofrecían los últimos gritos de la moda. La vida aquí era un perpetuo desfile de opulencia y privilegios, un constante recordatorio de la fortuna y el poder que la familia Cameron ostentaba con orgullo.
Sarah y yo íbamos en el coche, me había pedido que la llevase a casa de Topper antes de que fuera a las oficinas de papá a las afueras de la isla. Mi hermana miraba por la ventana mientras yo no podía parar de pensar en la reunión que su padre iba a tener hoy con los directivos de la empresa.
—¿Puedes creerlo, Sarah? —dije con una sonrisa triunfal mientras giraba el volante del Porsche—. Papá va a ser aún más grande. Y yo estoy un paso más cerca de ser como él.
Sarah soltó un suspiro. No compartía el mismo entusiasmo que yo, y no me entraba en la cabeza el por qué de no querer estar en el negocio familiar cuando era lo único que mantiene viva esta isla.
—No entiendo por qué te emociona tanto seguir sus pasos, Rafe. Todo esto, la empresa, el dinero… es tan vacío. Papá vive para el trabajo y mira cómo eso nos ha afectado a todos.
Fruncí el ceño ante sus palabras, no quería que mi hermana me estropeara el buen humor que tenía.
—¿Qué quieres decir con eso? Todo lo que tenemos es gracias a su esfuerzo. ¿Por qué no puedes ver lo bueno en ello?
Sarah suspiró de nuevo, volviendo su mirada hacia mí.
—Lo veo, pero también veo lo que hemos perdido. La familia no significa nada para él si no está relacionada con sus negocios. ¿Realmente quieres ser así? ¿No te das cuenta de cómo nos ha afectado?
Apreté el volante, intentando mantener la calma. Mi hermana no era consciente de que todo lo que teníamos era gracias a papá y al esfuerzo de generaciones de nuestra familia. Ella era la primera que siempre ponía mala cara en todo y la que se mostraba más desagradecida.
—No es solo negocio, Sarah. Es poder, es respeto. Papá ha trabajado toda su vida para darnos esto. No puedes simplemente tirarlo todo a la basura.
Sarah negó con la cabeza, decepcionada.
—Rafe, la vida es más que poder y respeto. Esas cosas no te darán felicidad. Míranos, estamos rodeados de lujos y aún así estamos rotos por dentro.
Un silencio tenso se instaló entre nosotros. Mientras conducía, no podía evitar sentir una oleada de frustración y confusión. ¿Por qué Sarah no veía lo mismo que yo? El negocio familiar no era solo un medio para ganar dinero, era nuestra identidad, nuestro legado. Crecimos rodeados de éxito y grandeza, y todo eso era gracias al trabajo incansable de nuestro padre. ¿Por qué no entendía eso? Cada vez que papá lograba un nuevo contrato o subía un peldaño más en la escalera corporativa, yo lo veía como una victoria para todos nosotros. No era solo su triunfo, era nuestro. Cada logro suyo era un reflejo de nuestro apellido, un testimonio de la fuerza y la determinación de los Cameron.
Sí, a veces papá estaba ausente, y sí, quizás no teníamos las cenas familiares típicas que otros tenían, pero teníamos algo más grande: teníamos prestigio. Cada vez que alguien mencionaba el nombre Cameron, lo hacían con respeto. Y eso no se conseguía sin sacrificio. Sarah hablaba de estar "rotos por dentro". ¿Cómo podía estar rota cuando tenía todo lo que alguien podría desear? Tal vez no veía las cosas de la misma manera porque nunca tuvo que luchar por nada. No entendía la presión de ser el heredero, de llevar la carga de mantener y expandir lo que papá había construido.
La idea de que la vida pudiera ser más que poder y respeto me parecía ingenua. Claro, había momentos difíciles, pero eso era parte del precio a pagar por ser los mejores. Sarah parecía pensar que podíamos simplemente alejarnos de todo esto, vivir una vida sencilla y aún así ser felices. Pero yo sabía que el mundo real no funcionaba así.
Mientras conducía, llegamos a la casa de Topper. Sarah salió del coche sin decir una palabra, todavía visiblemente molesta. No me importaba lo que pensara en ese momento; tenía otras cosas en mente. Topper salió de su casa y se acercó al coche con una sonrisa despreocupada.
—Hey, Rafe. ¿Puedes hacerme un favor? Necesito que vayamos a The Cut a recoger algo que he encargado —fruncí el ceño, irritado.
The cut era la zona pobre de la isla. Allí la vida era muy distinta, era un contraste brutal con el lujo de Figure Eight. Las casas eran pequeñas y desgastadas, las calles estaban llenas de baches y las tiendas apenas lograban mantener sus estanterías llenas. Para mí, The Cut no era más que un recordatorio de todo lo que había que evitar, un destino al que nunca debía permitir que su familia cayera.
—¿Ahora? Tengo que estar listo para la reunión de papá. No puedo perder tiempo en The Cut.
Topper se encogió de hombros, sin dejar de sonreír.
—Vamos, hombre. No tardaremos mucho. Es solo una vuelta rápida. Además, no puedes dejarme colgado. Sabes que necesito eso —finalizó, bajando el tono de voz.
—No entiendo por qué no puedes ir tú solo. Sabes que odio ir allí —suspiré.
—Sí, lo sé —dijo Topper, encogiendo los hombros—. Pero sabes que tú tienes más influencia allí. La gente te respeta, o al menos te teme. No es lo mismo para mí. Vamos, solo será un momento. Te lo prometo.
Miré el reloj, calculando cuánto tiempo tenía antes de la reunión. Estaba justo, pero tal vez podría hacerlo rápido…
—Está bien, pero tenemos que hacerlo rápido. No puedo llegar tarde.
—Eres el mejor, Rafe. Vamos, te lo debo —Topper me dio una palmadita en la espalda y ocupó el lugar en el que mi hermana estaba sentada hace apenas unos minutos.
Nos subimos al coche y conduje hacia The Cut, sintiendo una creciente incomodidad a medida que nos adentrábamos en la parte menos favorecida de la isla. Finalmente, llegamos al lugar indicado. Topper me señaló una casa desvencijada al final de la calle.
—Es ahí. Solo espera aquí, volveré en un segundo.
Lo observé salir del coche y caminar hacia la casa, sintiéndome cada vez más nervioso. Tenía que estar listo para la reunión de papá, no podía permitirme retrasos. Cada minuto que pasaba en este lugar me parecía una eternidad. Después de lo que pareció una eternidad, Topper regresó, llevando una pequeña bolsa.
—Listo, ya está. Te dije que sería rápido.
Encendí el motor de nuevo, sintiendo una mezcla de alivio y frustración.
—Sí, rápido. Pero no podemos hacer esto de nuevo. No tengo tiempo para tus encargos, Topper.
—Ya me lo agradecerás luego.
Conduje de vuelta a Figure Eight, más decidido que nunca a evitar cualquier cosa que me distrajera del negocio familiar. La reunión de papá era demasiado importante, y no podía permitirme fallar. Las calles estrechas y mal pavimentadas de The Cut eran un laberinto que no soportaba, un recordatorio constante de la diferencia entre mi mundo y el de ellos.
Justo cuando estaba a punto de salir de The Cut y volver a las carreteras más amplias y bien mantenidas, un coche destartalado salió de una esquina sin previo aviso. Pisé el freno con fuerza, pero no pude evitar el impacto. El ruido del choque resonó en mis oídos mientras el coche se sacudía violentamente.
—¡Mierda! —grité, saliendo del coche, revisando rápidamente si había daños graves. La parte delantera de mi coche estaba abollada, y el otro coche no parecía estar en mejor estado.
Del otro coche salió una joven, claramente molesta. Su cabello castaño caía desordenado sobre su rostro, y sus ojos ardían de indignación.
—¿Qué demonios te pasa? —gritó, acercándose a mí con expresión enfadada—. ¿No sabes conducir?
La miré con desprecio.
—¿Yo? ¡Has sido tú quien salió de la nada! ¿Quién te ha enseñado a conducir? ¿O acaso no sabes lo significa una señal de “stop”?
Ella entrecerró los ojos, su rostro endureciéndose.
—Claro, como si tú fueras un santo al volante. ¿Quién eres, el rey de la carretera? Ah, espera, ya lo entiendo —dijo, mirando mi coche con una expresión de reconocimiento y desdén—. Tienes pinta de ser uno de esos Kooks que se creen los reyes de todo.
El comentario me hizo hervir la sangre.
—¿Y qué si lo soy? Al menos no conduzco un trasto que debería estar en el desguace.
Ella dio un paso hacia adelante, sus ojos centelleando de rabia.
—Tu dinero no te da derecho a tratar a la gente así. Ni mejor persona, por cierto. De hecho, parece que piensas que el mundo gira a tu alrededor solo porque tienes un coche caro y ropa de marca.
—¿Y tienes algún problema con eso? Es un hecho. Mira a tu alrededor —dije, señalando las calles deterioradas que nos rodeaban—. No es mi culpa que vosotros viváis así. Quizás si pusierais más empeño en salir de aquí en lugar de quejaros…
Antes de que pudiera terminar, me interrumpió con una risa sarcástica.
—Qué fácil es juzgar desde tu burbuja de privilegio. No tienes ni idea de lo que es vivir aquí, de las dificultades a las que nos enfrentamos todos los días.
Me llevé los dedos al puente de la nariz y miré la hora en el reloj de muñeca. El tiempo pasaba y la reunión se acercaba. Todavía tenía que dejar a Topper en casa y dirigirme a las afueras de la isla. No podía permitirme llegar tarde.
—Mira, no tengo tiempo para discutir. Tengo asuntos que resolver. Espero que estés bien y todo eso —dije, dándome la vuelta y poniendo rumbo hacia mi coche de nuevo.
—¿De qué estás hablando? —preguntó, enfadada—. No puedes simplemente irte como si no hubiera pasado nada. Alguien tiene que solucionar este problema.
Me detuve y me volví hacia ella, estaba demasiado nervioso y mi paciencia estaba al límite.
—¿Y qué sugieres que haga? ¿Te dé una limosna para que arregles tu coche? Tengo cosas importantes que hacer.
Ella se cruzó de brazos y abrió la boca, indignada.
—No necesito tu caridad. Lo que necesito es que te hagas responsable. Llama a la policía, a un mecánico, lo que sea. Pero no puedes irte de rositas.
—¿La policía? ¿En serio? No tengo tiempo para eso. Mira, si es un asunto de dinero, puedo darte algo para que lo arregles y terminamos con esto.
Me llevé la mano al bolsillo de mis pantalones de traje y saqué unos cuantos billetes que llevaba encima.
—No quiero tu dinero. Quiero que entiendas que no puedes seguir por la vida pensando que puedes hacer lo que te plazca solo porque vienes de Figure Eight.
Topper, que había estado observando en silencio, se acercó y puso una mano en mi hombro.
—Rafe, tal vez deberíamos hacer lo que dice. No podemos meternos en más problemas justo antes de la reunión con tu padre.
Suspiré, sintiendo la presión de todos lados.
—Está bien, llamaré a un mecánico. Pero esto tiene que ser rápido —dije, sacando el teléfono del bolsillo y marcando el número del taller más cercano.
Mientras esperaba que contestaran, la chica me miraba con desconfianza, como si no pudiera creer que finalmente estuviera haciendo algo.
—Gracias, por fin estás haciendo algo razonable —dijo, cruzando los brazos.
—No lo hago por ti —respondí, sin mirarla—. Lo hago porque necesito solucionar esto y seguir con mi vida.
Después de unos minutos de conversación con el mecánico, conseguí que alguien viniera lo antes posible. Cerré el teléfono y la miré.
—Viene un mecánico. Esperaremos y arreglaremos esto. Pero te aviso, no tengo mucho tiempo.
—Lo sé. Y asegúrate de quedarte hasta que llegue. No pienso dejarte ir sin más.
Nos quedamos allí, en medio de la calle, esperando en un tenso silencio. Cada minuto que pasaba sentía cómo la reunión se acercaba y la necesidad de estar allí cuanto antes solo me hacía sentir más nervioso. Poco tiempo después, el mecánico llegó hasta donde estábamos. La chica se acercó a él y empezó a contarle lo que había pasado. Obviamente, desde su punto de vista. Él la escuchó atentamente y, en cuanto terminó de hablar, se puso a evaluar los daños de los dos coches.
Mientras él trabajaba, la chica y yo nos mantuvimos en silencio, intercambiando miradas ocasionales llenas de desdén. Topper me miraba de vez en cuando, pero había decidido ignorarlo porque por su culpa, ahora estaba metido en este maldito lío. Intenté mantener la calma y pensar en otra cosa que no fuera en que iba a decepcionar a mi padre el primer día.
Volví a mirar hacia la chica que estaba a mi lado. Su ceño estaba fruncido y no paraba de juguetear con el collar de estrella de mar que tenía colgado en el cuello. Ella me pilló mirándola pero no hice el amago de apartar la vista. Ella tampoco lo hizo y los dos nos quedamos mirándonos, retándonos con la mirada. Era evidente que este no sería el último encuentro tenso entre nosotros. Y aunque todavía no sabía quién era ella, algo me decía que nuestras vidas estaban a punto de entrelazarse de maneras que ni siquiera podía imaginar.
