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Las manecillas del reloj resuenan en esa aplastante oscuridad, tus ojos no pueden descansar, sabes que necesitas ese descanso, tu cuerpo te lo pide a gritos, necesitas que toda la tensión acumulada durante tanto tiempo vaya desapareciendo de ti. Pero has olvidado como descansar, te acuestas pero escuchas hasta el mínimo sonido, insectos, patrullas en las calles vecinas, el camión de la basura que pasa en la madrugada a vaciar los botes, el suave andar de los gatos paseando por las escaleras de emergencia y sobre todo, las manecillas del reloj anólogo que te niegas a tirar.
Nada puede retroceder el tiempo para evitar acciones que sabes, necesitas corregir; no eres aliado de un ser divino para que te conceda un deseo o un regalo celestial, hace años que perdiste esa oportunidad, y ahora tienes deudas con ese ser. Por qué hace mucho prometiste ensuciarte las manos para que otros no lo hicieran, decidiste pagar los platos rotos de todos si así disminuye la gente mala en esta ciudad. El precio que elegiste pagar la vida misma te presentó los intereses que vendrían por el pago de tus acciones, no hay lágrimas ni dolor que acompañe tu sentir, esas emociones decidiste guardarlas para evitar rastro de un posible camino que haga debilitar tus acciones.
No eres un príncipe ni mucho menos un héroe, si deseas que la gente que aprecias llegue a tener una vida de paz, vas a sacrificar eso único que te hacía feliz. El amor puede ser el mayor punto débil como el arma más letal. Una bendición para unos, una maldición para otros; amarlo había sido la mayor felicidad que te trajo después de saber que tú formarías parte de una familia. Su sonrisa y calidez humana era tan satisfactoria que sabías que regresar a casa, eran sus abrazos los que te hacían sentir como un hogar, sus besos íntimos en tu cabello o caricias cariñosas fraternales eran la cúspide de la tranquilidad para cualquier mal que pudieras padecer. Pero debías proteger esa sonrisa, y debía ser con la promesa integra de que las cosas jamás pasarían de un juego de curiosidad al que le diste el final. Ya no habría ese intercambio subidos de tonos que poco a poco iban incrementando el volumen.
Amar a Richard era un privilegio al cual no debías ambicionar, no cuando tus pasos te llevan a querer acabar con las escorias que contaminan las calles, escorias que ya no solo mueven drogas y armas, si no cosas más peligrosas que no deseas poner en riesgo, si tu camino como negociante y asesino de esas basuras era alejarte de Dick, ese camino era el que debías seguir.
El pensamiento y anhelo de querer una vida de casados se desmoronó como algodón de azúcar al contacto con el agua, por qué, cuando flaqueaste en tu decisión, y decidiste que era momento de confesar tus sentimientos, Richard presentaba a la familia, a la que sería su prometida. Y tú de nueva cuenta, quedaste como el hermano que nunca debía moverse de ese grado. Sentiste tu corazón apretarse, y en un acto de reflejo por esconder tu sentir, solo pudiste decir un mal chiste por la pena que lleva alguien al ser la pareja de Richard, nadie esperaba que fueras el más hablador esa noche.
Solo abrazaste a Tim, le acariciaste los cabellos y le hiciste jurar que iba a comer más que solo tazas de café, esa noche apenas estaba por empezar tu tormento.
Cerrar los ojos no significa que vas a dormir inmediatamente, solo deseas descansar y apagar tu cerebro, pero desde esa noche, el sonido de las manecillas tampoco te lo permitirá. Por qué otra vez, tu mente viaja a un recuerdo inexistente, a una vida que jamás pasará, a un que hubiera pasado si nos hubiéramos casado.
