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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-03-04
Updated:
2025-03-12
Words:
2,909
Chapters:
2/3
Comments:
2
Kudos:
9
Hits:
84

Seis Secuencias

Summary:

Santos dijo que iban a pensar en alguien para conformar la nueva Brigada B ese fin de semana. Efectivamente terminaría por encontrarlo.

Cómo me imagino que Javier Loyola se unió a la Brigada B.

Notes:

el resto de capítulos serán publicados en el correr de la semana. disfruten y déjenme saber qué les pareció :)

recordatorio: "lorenzo" es el nombre que santos le dio a loyola aquella vez

Chapter 1: Silueta

Chapter Text

I.

Ocurrió cuando la silueta de Lorenzo se vio eclipsada detrás de aquella mampara. Parecía haber sufrido la más rápida de las metamorfosis: adoptó una postura levemente encorvada, introspectiva, luciendo aquél inconfundible sombrero de doble visera y fumando en pipa. Loyola no pudo pestañear. De repente el perfil espigado de Lorenzo parecía no ser suyo, o mejor dicho no pertenecer solamente a él, pues estaba encarnando la perfecta imágen de su héroe de la infancia Sherlock Holmes. Era un calco, como si el mismo Conan Doyle se hubiera levantado de la tumba para pintar su figura frente a él.

Las esporádicas nubes de humo rodaron fuera de sus labios mientras Loyola, congelado, no podía hacer nada más que mirar. Ya había pensado en su claro parecido con Holmes anteriormente, con su agudo intelecto, su vocabulario perspicaz, su mirada analítica que parecía ver mucho más allá… Por esto y mucho más ya había cultivado una gran admiración por él, pero verlo transfigurado en el detective le fue demasiado. El mero hecho de que logró resolver el crimen en tan poco tiempo parecía sacado de una de sus ficciones. La realidad se le hizo más aparente que nunca: Lorenzo no era un hombre normal.

Se marchó tal como había aparecido: lista y misteriosamente, dejando más preguntas que respuestas. Incluso después de que cruzara el umbral Loyola continuaba viéndose igual de ensimismado y confundido, aún procesando su silueta, reteniéndola en su memoria. ¿Qué había sido todo ese despliegue? Ese hombre se las había arreglado para humillar a los que Loyola consideraba sus superiores con toda la serenidad del mundo, confiando plenamente en su instinto y desvelando la verdadera naturaleza de un caso que aparentaba ser obvio. Nunca dijo palabras de más ni de menos. Nunca hizo algo sin pensar. Pero más impresionantemente, nunca se equivocó.

Todo eso sin revelar casi nada de sí mismo. Incluso sus tres socios eran igual de misteriosos, sino más, que seguían a Lorenzo a todos lados y colaboraban con él incondicionalmente. ¿Qué estaba haciendo al darles «marcas de actuación», como lo llamó uno de sus compañeros? Loyola no tenía ni idea, pero de lo que estaba seguro era que probablemente no hubiera podido resolver el crímen sin su ayuda.

Entonces se dio vuelta, aún con los labios entreabiertos, y observó la oficina a su alrededor con sentimientos encontrados.

Había sido testigo de algo increíble.

II.

Pasaron los días y para su sorpresa las cosas cambiaron. Su jefe, el inspector Panchino, pareció sufrir un cambio de comportamiento importante por la humillación que sufrió a manos de Lorenzo.

»—Creyeron que los idiotas de los policías iban a hacer exactamente lo que ellos pensaron.

»—En ese caso tuvieron razón, Panchino —arremetió Lorenzo—. De hecho, su orden fue que hicieran un interrogatorio de rutina y definir rápidamente que se trató de un accidente.

»El rostro del inspector era un poema.

»—Donde se equivocaron fue con los testigos.

»—Ajá —masculló.

»—Deme fuego, Panchino.

Estaba haciendo que todos trabajaran el doble. Su usual desinterés fue reemplazado por una entusiasta necesidad de cuestionar absolutamente todo, buscándole la quinta pata al gato en cada mísero caso que caía en sus manos. Llegaba a bordear la paranoia. No había duda de que Lorenzo le había devuelto la humildad, cosa que para Loyola, que desde que había empezado a trabajar como policía tenía que aguantar los despectivos tratos de Panchino, era un alivio. Le seguía arrancando algunos insultos de vez en cuando («Sos opa Loyola, es impresionante»), pero lo cierto es que habían disminuído.

Sus compañeros seguían siendo los mismos, sin embargo. Haya pasado una mente maestra por la comisaría o no, Loyola sabía que iban a continuar trabajando desganadamente, aceptando coimas y dándole la razón a Lorenzo: «ser policía es un oficio, no una profesión». También lo iban a continuar ignorando y subestimando.

No podía evitar sentirse ingenuo. La situación lo estaba haciendo reflexionar sobre la naturaleza de su trabajo y las personas que lo rodeaban, de las cuales había llegado a justificar los comportamientos que en algún momento repudió. Era cierto que a los policías les pagaban muy mal y que trabajaban para lidiar con la porquería de la sociedad todos los días. Además de ser duro, consumidor y deprimente, no tenía ni la más mínima pizca de emoción con la que lo pintan en las novelas.

Esforzarse parecía no tener ningún mérito, pues después de atrapar criminales el ineficiente sistema judicial se encargaba de darles una condena laxa e inapropiada. Loyola no quería recordar la cantidad de veces que Panchino le ordenó no multar ni perseguir a ciertos individuos privilegiados, también. ¿Como policía, en nombre de quién pones tu vida en juego? Ciertamente no de la justicia.

Así, era más fácil ser corrupto y aprovecharse del privilegio. Generalmente los ingresos más nuevos llegaban con ansias de convertirse en agentes del bien y la justicia solo para ser machacados y decepcionados por un sistema que no funciona bajo ninguna de las dos virtudes, como el caso de Loyola. La llegada de Lorenzo fue un baldazo de agua fría en la ineptitud e indiferencia del cuerpo policial. Si él no los hubiera movilizado, la muerte de una mujer inocente hubiera sido declarada accidente, y dos asesinos gozarían de su seguro de vida.

Se necesitó esa humillación para que su jefe, quien debería ser el más aplicado de todos, empezara a trabajar como debía. Loyola tampoco quería pensar en cuántos casos tratados burocráticamente se escondía una verdad mucho más oscura. Cuántos monstruos dejaron sueltos. Cuánta sangre inocente tenían en sus manos.

Contempló parte del asunto sentado en un pasillo de la comisaría, ausente, masticando una medialuna con la vista clavada en un punto fijo. El hecho de que no lograba entenderlo por completo lo atormentaba de sobremanera. De repente sentía que estaba perdiendo la estima que tenía en la importancia de su trabajo, en su validez. Pero más devastadoramente, lo hacía sentir de lo más cándido: ¿cómo nunca se detuvo a evaluar esto antes? Se le ocurrían un par de razones. Primero, toda su vida había soñado con hacer el bien y ayudar a la gente, entendiéndolo como su propósito. Soñó con la idea de ser un detective, justamente como Sherlock Holmes o Hércules Poirot, hasta que maduró para entender que no existía algo así. Le quedaba ser policía. Segundo, al entender eso como su propósito, Loyola aguantó toda posible crueldad, tolerando los malos tratos de sus compañeros y el propio hecho de que el sistema está mal.

Pero ahora que había venido alguien a dejárselo en claro, este Lorenzo… alguien que engloba todo lo que Loyola admira y quiso ser, alguien que pensaba que no podía llegar a existir, no tenía forma de ignorar su propia ingenuidad. No podía continuar como si nada hubiera pasado.

Sin embargo, de algo tenía que vivir, ¿no? Había de ser realista: era un hombre de 33 años que después de vagar por ahí sin saber muy bien qué hacer, decidió revivir el sueño de su infancia, dedicándole 5 tortuosos años a la Escuela de Policía y egresando sin pena ni gloria. ¿No llevaba ni un año en la comisaría de Campana y ya se lo estaba cuestionando? Loyola resopló. La aparición de aquél misterioso hombre no tenía que deshilarle la vida, pero…

Sus pensamientos se vieron interrumpidos.

—¡Javier!

De inmediato se puso de pie como un animal sobresaltado. Era Mateo, el oficial que nunca llegaba a acordarse de su nombre. Se estaba colocando el cinturón con el arma reglamentaria.

—Detuvieron a dos tipos en Ruta 9, cerca del Río Luján. Me dijo Panchino que me acompañes. Apurate.

—Ah, dale. Bueno.

Se hizo con sus pertenencias apuradamente. Cuando se dispuso a ponerse su campera, derramó el café que olvidó tomar por estar tan absorto en sus pensamientos, y maldiciendo en voz alta, intentó evitar que estropeara la mesa y parte de la moquette inútilmente. Terminó arruinando las mangas de su camisa y quemándose.

—¡Ay, la puta madre! —quería que la tierra se lo tragara. Miró alrededor sin saber qué hacer, y después a Mateo— Perdón.

—Arreglás eso después, ¡dale que nos tenemos que ir! —demandó, irritado.

Tragándose la desagradable sensación de sentirse como un inútil, Loyola se acomodó su abrigo y echó a trotar al final del pasillo.