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Elliott estaba regresando a Stardew Valley. La gira de firmas de su libro había sido un éxito rotundo en la ciudad y el orgullo que sentía por su obra, en la que había trabajado tan duro durante los últimos años, solo era comparable con el dolor de no poder pasar una semana entera junto a su querida y reciente esposa Crystal, quién se había tenido que quedar en el pueblo haciéndose cargo de la granja “Aves del Paraíso”.
No había día en el que Elliott no se asegurara de escribirle y mandarle una carta, contándole todo lo que había visto y hecho, diciéndole cuánto la extrañaba y la amaba y lo mucho que esperaba el momento en el que pudieran reencontrarse. Por fortuna, los días pasaron rápido como las páginas de un libro dejado bajo una ventana abierta, y pronto ese momento llegó.
Elliott bajó del tren. Aunque aún faltaba un largo camino hacia su hogar, no le importó caminar. La ciudad lo había dejado contaminado con las vistas monótonas de los edificios cuadrados y el asfalto, y esta era la perfecta oportunidad para volver a conectar con la naturaleza, deleitándose con el paisaje de los bosques y el cielo despejado.
Estaba pasando por un sendero bastante solitario y silencioso, rodeado de árboles altos y arbustos, cuando unos metros adelante se encontró con un dúo de hombres desconocidos que le bloquearon el camino.
—Hey —dijo uno de ellos.
Elliott se detuvo. De inmediato sintió un mal presentimiento, como una espina molestándole dentro del zapato. Aunque Pueblo Pelícano es considerado un pueblo seguro, los alrededores rurales podían ser fácilmente guarida de bandidos o ladrones. De pronto se empezó a arrepentir de haber decidido viajar solo, ¡su maleta estaba llena de regalos para Crystal, no quería perderlos!
—Solo voy de paso —dijo Elliott en voz calma, tratando de mostrarse lo más pacífico posible. Él no era un guerrero, a diferencia de su adorable esposa, y si podía evitar cualquier tipo de enfrentamiento violento, mejor para él—. No quiero problemas.
Los dos hombres intercambiaron miradas. De pronto se escucharon pisadas y Elliott identificó que una tercera persona se había colocado tras sus espaldas, cerrándole el paso. Estaba rodeado.
Uno de los bandidos sacó entonces una navaja de su cinturón, mientras que el otro sostenía entre sus manos un rollo de cuerda.
—Va a venir con nosotros, caballero.
Elliott apretó la mandíbula.
—¿Es dinero lo que quieren? Puedo dárselos. No tenemos que recurrir a actos tan incivilizados.
En su maleta tenía el dinero que había ganado por la venta de sus libros. Si estas personas solo querían dinero fácil, tal vez eso sería suficiente para contentarlos y que lo dejaran en paz. Por supuesto, no le agradaba para nada la idea de que unos asaltantes se quedarán con los frutos de su trabajo, pero tampoco quería averiguar lo que pasaría si llegaba a enojarlos. Ellos tenían un arma y quién sabía qué otras intenciones. No quería poner en riesgo su vida, ni mucho menos preocupar a Crystal.
—Oh, no queremos tu dinero —dijo el bandido con la navaja, dando un paso al frente—. Queremos el dinero que nos darían por ti.
Fue entonces que Elliott lo entendió, y el miedo que había estado tratando de mantener alejado de su mente se apoderó pronto de su corazón, como hiedra venenosa. Con tal de salvarse de un destino funesto, tomó una decisión arriesgada y se arrojó hacia un lado, corriendo a toda velocidad en dirección al bosque.
—¡Atrápenlo! —dijo una voz detrás de él.
Elliott ni siquiera volteó a ver, centrado en alejarse lo más rápido posible del sendero y no chocar contra algún árbol en el proceso. Si aquellas personas querían usarlo para lastimar a su amada Crystal... Nunca se lo perdonaría. Su maleta y todas sus cosas podían esperar, pero en ese momento salvarse el pellejo era lo más importante.
Podía escuchar los gritos de los hombres y sus pisadas aplastando el césped y el suelo de hojas, cada vez más cerca. Elliott tenía la respiración agitada, mientras su larga melena anaranjada ondeaba tras de sí. Oh, definitivamente esos zapatos de cuero no estaban hechos para correr, y menos en un terreno tan accidentado como aquel.
De pronto, algo áspero se cerró alrededor de su cuello, tirando de él con fuerza hacia atrás. Elliott sintió que el aire le era arrebatado, mientras la soga apretaba su garganta. Trastabilló, sin poder mantener el equilibrio, y cayó de espaldas sobre el suelo del bosque con un golpe que lo dejó aturdido varios segundos.
—¿Creías que podías escapar tan fácil, principito? —dijo una voz burlona por sobre su cabeza.
Elliott no tuvo la fuerza para levantarse, mientras aún luchaba por recuperar el aliento. Los bandidos no tardaron en aprovechar su debilidad para hacer de las suyas, empezando por atar sus manos tras su espalda. La cuerda áspera lastimó su piel, y por más que forcejeó le fue imposible soltarse. Lo obligaron a levantarse tirando del lazo alrededor de su cuello. Elliott no pudo evitar sentirse ofendido. Él no era un caballo salvaje como para que lo estuvieran tratando de esa manera.
—Están cometiendo un gran error —soltó entre dientes, sintiéndose genuinamente molesto. ¿Quiénes se creían estas personas?—. Solo tomen mi dinero y váyanse. Si lo que quieren es que ella venga... Entonces más vale que estén preparados para sufrir las consecuencias.
Los bandidos soltaron una carcajada. Era claro que no sabían con quién se estaban metiendo.
—Cierra la boca, niño bonito.
Sin previo aviso, uno de los criminales sujetó con fuerza el rostro de Elliott y metió con brusquedad un pañuelo dentro de su boca. Alguien más desató su corbata y la usó para amordazarlo.
—Hemos oído de una reconocida granjera que se ha hecho de una gran fortuna en Stardew Valley. Estoy seguro de que ella vendrá a toda prisa con la cantidad de dinero que le digamos si descubre que tenemos a su noviecito. Puede que incluso podamos hacer "un trato” con ella, un poco de seguridad a cambio de un pago semanal...
Elliott no tenía palabras para describir lo que sintió en ese momento, y aunque las hubiera tenido, la mordaza de tela solo le permitió soltar un par de débiles e indignados quejidos. Los bandidos comenzaron a caminar en dirección a un lugar desconocido, arrastrando al escritor tras de sí por medio de la cuerda aún atada alrededor de su cuello, tirando de él sin importar las veces que se tropezara durante el recorrido. ¡Caminar con las manos atadas tampoco ayudaba para nada!
Mientras seguían avanzando a través del bosque, Elliott no dejó de temer por su propia vida, pero, sobre todo, deseó que Crystal estuviera a salvo y no fuera a caer también víctima de esta cruel trampa.
*
Crystal terminó de regar el invernadero. Había recogido muchas frutas y verduras ese día, incluyendo varias granadas. Serían un perfecto regalo de bienvenida para su esposo. Elliott le había dicho que esperaba volver al valle entre hoy en la tarde y mañana en la mañana, y la granjera no podía con la ansiedad, contando las horas para reencontrarse con su amado.
Elliott le había escrito sin falta todos los días. Sus largas y hermosas cartas casi la hacían sentir como si el joven escritor estuviera ahí presente, hablándole a su lado.
Cansada luego de otra jornada laboral exitosa, decidió dirigirse a la casa a descansar. Guardó las frutas y apartó aquellas que se iban a vender, antes de decidir relajarse un rato en el sillón y ver la televisión. ¡Oh, cómo deseaba unas vacaciones! Aun así, vivir en Stardew Valley era gratificante, y una decisión de la que no se arrepentía. De lo contrario, jamás habría vivido tantas maravillosas aventuras, conocido amigos increíbles y, sobre todo, casarse con el amor de su vida.
Estaba en el sillón acariciando a Cheeseburger, su gato amarillo, cuando alguien tocó a la puerta. Emocionada, Crystal se paró de inmediato y corrió a abrir; sin embargo, su alegría murió al instante cuando, en lugar de encontrarse con su esposo, se topó con el rostro preocupado de su amiga Leah.
—Leah, ¿qué pasó?
La chica pelirroja se veía tensa, sus cejas fruncidas en medio de su frente. Tenía las manos tras la espalda, ocultando algo con su cuerpo.
—Crystal —habló, nerviosa—. ¿Ya volvió Elliott de su viaje?
Aquello bastó para encender todas las alarmas dentro de la mente de la granjera.
—No, todavía no.
Leah pareció aún más preocupada. Se apartó y mostró lo que había estado ocultando tras sus espaldas: una maleta de viaje. La maleta de viaje de Elliott.
—Hoy me aventuré a pasear muy lejos en el bosque al norte de Pueblo Pelícano. La encontré tirada en medio del sendero.
Crystal sintió que se le hizo un nudo en el estómago. La maleta estaba cerrada y en perfecto estado, y su peso indicaba que seguía llena. Algo le había pasado entonces a Elliott.
Sin perder más tiempo, guardó la maleta y se dirigió al establo. Ella y Leah se subieron al lomo de Patroclo y cabalgaron a toda prisa en la dirección que la pelirroja señaló. Buscaron el bosque por mucho tiempo, gritando el nombre de Elliott. No encontraron pistas ni respuestas. Cuando el sol comenzó a descender en el firmamento, regresaron.
—Me quedaré un poco más en el pueblo —dijo la granjera, luego de dejar a Leah en su cabaña—. Tal vez alguien sabe algo del paradero de Elliott.
Aunque trató de sonar segura, la verdad era que Crystal se sentía angustiada. Leah le dirigió una mirada comprensiva.
—Muchos éxitos.
Crystal recorrió las calles del pueblo, preguntando a todos los habitantes con los que se encontraba si alguno de ellos había visto a su esposo.
—¿Elliott está desaparecido? —preguntó Jodie, luego de escuchar la noticia—. Estoy segura de que volverá sano y salvo. Oraré a Yoba para que así sea.
—Si quieres, podemos organizar un equipo de búsqueda —sugirió Sam. Abby y Sebastián, quienes lo acompañaban en el área de juegos del Salón Fruta Estelar, asintieron, determinados.
Ya se estaba haciendo cada vez más tarde y Crystal decidió regresar a la granja. Cabía la posibilidad de que Elliot pudiera haber regresado para esas alturas y se preocuparía mucho si ella no estaba. De lo contrario, y si para mañana en la mañana aún no había rastros de él, ella iría de inmediato a ver a Rasmodius. Tal vez él podría ayudarla.
Sin embargo, al momento de llegar a su casa, encontró un misterioso sobre abandonado frente a la puerta. Eso era extraño, pues por lo general el correo siempre era dejado en su buzón.
Era un sobre simple, algo arrugado. Las únicas palabras escritas con tinta negra decían "Para la Granjera". Crystal tomó el sobre entre sus manos como si temiera que en cualquier momento fuera a explotar. Lo abrió. Dentro vio una hoja de papel. La desdobló, y con solo leer las primeras palabras sintió como si su corazón se comprimiera de dolor:
Mi Amor:
Lamento comunicarme contigo de esta manera tan vergonzosa. ¡He sido secuestrado! Los criminales detrás de este vil acto están exigiendo un rescate con un valor de $500,000 en efectivo, que solicitan que entregues en la siguiente dirección para hoy en la noche antes de las 2 am.
Mi Amor, tu vida vale mucho más que la mía, te pido por favor que tengas cuidado, según oí en su conversación no piensan detenerse solo aquí, esta es una tra"
La carta terminaba de manera abrupta ahí, la última palabra escrita con prisa, la tinta derramada manchando el papel. Aunque Crystal hubiera querido creer que aquello no era más que una simple broma, reconocía la letra de Elliott como las líneas de su propia mano.
Para colmo, y por si no fuera suficiente con la amenaza en la carta, dentro del sobre había algo más: una fotografía. La imagen mostraba una habitación oscura, iluminada por simples antorchas. En medio estaba Elliott, atado a una silla con cuerdas. Su ropa por lo general elegante e impoluta estaba arrugada y desordenada. Una mano sujetaba con fuerza su cabello, levantando su cabeza. Él estaba amordazado, y un moretón oscuro se dibujaba en su pómulo derecho. Observaba a la cámara con fijeza, manteniendo una expresión valiente, pero Crystal lo conocía demasiado bien como para saber que estaba asustado, lo podía ver en sus ojos.
Alguien se había atrevido a lastimar a su amado Elliott.
Y Crystal iba a asegurarse de que pagaran.
La granjera caminó por una zona desconocida del bosque. Incluso luego de más de tres años viviendo en aquel lugar, le sorprendía como siempre había nuevas zonas que descubrir en el valle. En una de sus manos cargaba un maletín lleno de dinero. En la otra mano llevaba su espada. Estaba dispuesta a negociar con los secuestradores, pero si las cosas se ponían feas no se iba a andar con cuentos. Iba a luchar sin detenerse. Nadie que tuviera el descaro de lastimar a su querido Elliott saldría impune de sus crímenes.
Luego de varios minutos buscando, guiándose únicamente gracias a la luz de la luna y al anillo de luz en su dedo, llegó a una cabaña. Parecía abandonada, pues al techo le faltaban varias tejas y las ventanas estaban tapadas con tablas de madera. Aun así, Crystal alcanzó a distinguir luz viniendo desde el interior del edificio.
Antes de tocar a la puerta, Crystal ocultó su espada en el inventario. Llevaba también un par de bombas pequeñas, solo por si acaso. Sería su as bajo la manga y último recurso, solo si las cosas se ponían en serio peligrosas.
La puerta de la cabaña se abrió solo un minuto después de llamar, y un hombre de aspecto malandro apareció. Su expresión de aburrimiento pronto se transformó en una sonrisa maliciosa cuando vio a la pequeña mujer de overol y botas llenas de barro.
La dejaron pasar adelante. La cabaña no era más que una sola y gran habitación con paredes de madera deterioradas y algunas antorchas en las esquinas; pero lo único que a ella le importó fue Elliott, amordazado y atado a la silla, a solo un par de metros de distancia. Al verla, Elliott se inclinó hacia adelante forcejeando contra sus ataduras. Sus ojos verdes estaban bien abiertos, aterrorizados. Verlos le rompió a Crystal el corazón.
—Aquí está el dinero —dijo la granjera con dureza, dejando caer al suelo el maletín lleno—. Ahora liberen a mi esposo.
Los secuestradores intercambiaron miradas cómplices y sonrisas siniestras.
—Ya que es tanto tu interés, estábamos pensando proponerte un trato, ya sabes, por seguridad...
Oh, a esto se refería Elliott. Crystal debió haber sospechado que este tipo de delincuentes no tendrían el honor de cumplir su palabra. Qué bien que vino preparada. Antes de que algo más pudiera pasar, Crystal sacó su espada y saltó sobre el primer bandido, tomándolo por sorpresa y noqueándolo con un golpe a la cabeza. El segundo bandido reaccionó y se lanzó a atacar a la granjera con su cuchillo, pero ella lo desarmó con facilidad, noqueándolo igual que a su compañero. Luego de recorrer las minas y la Caverna Calavera hasta su profundidad, enfrentarse a un par de delincuentes era pan comido.
—¡Mmmnh!
—Suelta el arma.
Al levantar la mirada, Crystal vio al último de los bandidos sujetar con brusquedad el cabello de Elliott y apuntar el filo de una navaja contra su cuello. La manzana de Adán de Elliott rebotó nerviosa contra la hoja metálica, y un delgado hilo de sangre comenzó a deslizarse por su garganta.
Crystal frunció el ceño, pero dejó caer su espada al suelo, el arma haciendo eco al rebotar contra el suelo de piedra.
—Muy bien —dijo el bandido, en tono confiado—. Ahora...
Pero antes de que pudiera terminar de hablar, la granjera metió su mano en su bolsillo y sacó un objeto redondo, que levantó por sobre su cabeza.
—¡Libera a mi esposo o todos haremos kaboom!
La imagen de la bomba entre sus manos finalmente hizo que la expresión del bandido cambiara de una sonrisa llena de seguridad a una mueca de espanto.
—¡E-estás loca, no lo harías!
—Pruébame, pendejo —declaró Crystal, haciendo además de encender la mecha.
—¡No!
El bandido corrió hacia ella, y eso bastó para que la mujer recogiera su espada y lanzara un ataque hacia adelante, cortando la palma de la mano en la que su enemigo portaba la navaja y luego golpeándolo con todas sus fuerzas en plena cara con el mango de su arma. El delincuente cayó al suelo como un muñeco de trapo, sin volver a levantarse.
—¡Elliott!
Crystal no perdió ni un segundo más en correr hacia su amado.
—Mi Amor —dijo él con voz rasposa, una vez ella le quitó la mordaza. Crystal cortó las ataduras que lo inmovilizaban y lo primero que hizo él fue darle un abrazo—. ¡Estoy tan feliz de que estés bien! Tenía tanto miedo de que te lastimaran...
—Oh, Elliott… lamento tanto que hayas tenido que pasar por algo así de horrible —respondió ella, devolviéndole el abrazo. Ella también había estado muy asustada, pero ahora, entre los brazos de su esposo, se sintió mucho mejor.
Antes de partir de regreso para la granja, se aseguraron de atar bien a los maleantes. Mañana temprano se asegurarían de llamar a las autoridades para que se hicieran cargo de ellos.
El viaje no fue largo, pues Crystal se había asegurado de llevar un tótem que los devolvió sanos y salvos a su hogar.
—Déjame ver eso —dijo Crystal, observando el moretón en el rostro de Elliott, la herida en su cuello y las marcas de quemaduras en sus muñecas. Fue por el botiquín y se puso a tratar con delicadeza y cuidado las heridas. Era una suerte que no fueran tan graves, o tendrían que haber ido a despertar a Harvey a la clínica. De pronto, Elliot se inclinó hacia adelante, abrazando la cintura de su esposa y enterrando el rostro en su abdomen.
—Elliott, te vas a quitar la pomada que te acabo de poner...
—Te amo tanto —murmuró él. Levantó el rostro. Sus ojos verdes brillaban—. Te amo tanto. Antes de ti estaba perdido como una barca solitaria a la deriva. Tú me trajiste de regreso a la costa, me enseñaste lo que es un hogar, me ayudaste a encontrar el camino para alcanzar mis sueños —Tomó una de las manos de ella y la besó con ternura—. Me has salvado una vez más.
Crystal sintió su corazón agitarse y sus mejillas enrojecerse. Con un dedo bajo su barbilla levantó el rostro de Elliott y depositó un beso sobre sus labios.
—Yo también te amo tanto, y siempre lo haré.
Era avanzada la noche. Los dos esposos se acostaron a dormir, dejando que sus cuerpos y mentes al fin pudieran tomar el descanso que merecían luego de tan agitado día. Elliott fue el primero en quedarse dormido. Crystal observó su rostro pacífico, rodeado de su largo cabello anaranjado, como el halo de una estrella.
Tal vez la vida no siempre pudiera ser pacífica y agradable, tal vez siempre habría peligros rodeándola; pero por más egoísta que pareciera, se alegraba de poder tener a alguien como Elliott a su lado, dándole luz y alegría incluso a las noches más oscuras.
