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El tango, tal como el Uruguay, no es una melodía fácil de tratar, es rebelde, irrespetuosa y desafiante.
Cuando Luciano mostró interés en querer aprender sobre esta danza supuso que lo mejor sería buscar en su cuna de origen, el lugar que le dio vida. Al menos eso es lo que él dice en cuanto tiene tiempo para una charla casual y ordinaria con el uruguayo. «Quiero aprender a bailar tango y me gustaría que tú me enseñaras», fue su pedido, dicho con la misma simpleza de quien habla sobre el clima soleado que se sentía en Montevideo ese noviembre. Iba vestido con un traje para la ocasión, como los que usaban en los años ‘20, dejaba ver que en sus planes no había espacio para que alguien se negara.
Sebastián sin problema alguno aceptó ser su compañero —quizás porque siempre caería en los ojos encantadores del brasileño o porque era fácil de convencer, vaya uno a saber—. Además, era algo que quería ver, de lo que le encantaría ser parte. Bailar lo que fuera con Luciano era una delicia, pero antes siquiera de buscar una ropa más adecuada para bailar junto a él, debieron pasar un buen rato moviendo muebles de una de las tantas salas en la casa del uruguayo, abarrotada tanto en decoraciones como en memorias.
En el centro había un sillón de tonalidad roja, muy bordo, aterciopelado. A Sebastián siempre le gustó, Luciano tardó un poco más para admitirlo. Un día cualquiera en el que, mientras el uruguayo se levantaba para calentar nuevamente el agua para el mate, el brasileño se le acercó por detrás y lo besó en su nuca. Sebas no pudo agarrarlo y seguirle el beso al mismo ritmo porque las manos las tenía ocupadas, una en el termo y otra apoyada en el respaldo del sillón. Fue entonces que Luciano dijo que era un lindo sillón y propuso, nada discretamente, que seguir con el asunto ahí mismo.
Cuando el sillón queda contra la pared Sebastián mira sus almohadones, después de aquella vez evita enrollarse con Luciano ahí para evitar ensuciarlo al terminar. No pasaría una segunda vez.
El piso era de madera, aún reflejaba algo y hacía años había dejado de ser resbaladizo —piensa que con una pulida bastaría, pero solo se preocupa por todos los muebles que debería sacar de allí para liberar el espacio—, en el centro, una mesita que reubican en la cocina y debajo suyo una alfombra redonda que simplemente dejan ahí, esta última tenía una mancha rojiza resultado de una discusión con Martín que escaló demasiado mientras tomaban algo de vino.
Hay una lámpara alta que compró hace algunos años en un viaje a Asunción. No iluminaba nada en comparación a las luces del candelabro colgante, otra excentricidad conseguida en Río de Janeiro. La lámpara, aún ahí, jamás la movía por miedo a que se desarme con cualquier sacudida brusca. La tulipa era de tela y aunque desteñida aún conserva los dibujos de flores y fauna nativas del Paraguay, razón por la que la compró en primer lugar.
Todas estas cosas viejas y que solo tomaban polvo porque muy de vez en cuando eran bien tratadas por Luciano, mientras escucha alguna de sus historias y comenta sobre pasos de baile que vio antes le gustaría probar.
Cuando el espacio estuvo libre, contagiado por la emoción de su vecino, se fue a buscar ropa más típica para la ocasión. Una camisa negra, en contraste con la blanca de Luciano, pantalones de vestir a juego y unos zapatos bien lustrados.
El brasileño mostró ser un buen aprendiz, atento a las indicaciones dadas y que se dejaba guiar sin rigidez alguna. Contaba con la suerte de tener un vago conocimiento previo, lo que volvió las cosas mucho más fáciles. No tardaron demasiado en aventurarse a un baile improvisado para demostrar las obviedades del baile: sin pasos efusivos o frenéticos, en la sencillez de caminar frente a frente, lado a lado, escuchando el golpeteo de los zapatos contra la madera o el más sutil movimiento de sus ropas. Con las respiraciones sincronizadas, mirándose a los ojos y esperando no pisarse entre ellos.
Sebastián entrelazó su mano con la del brasileño mientras apoya la otra en su espalda baja, atrayéndolo.
—Puede salir algo interesante de esto —ríe Luciano apoyando una mano en el hombro de Sebastián— ¿Entonces seré yo quien haga el papel femenino?
—Antes lo bailábamos entre hombres —comenta el uruguayo—, no había una parte para hombres o para mujeres. Nomás es mejor si yo nos guío por ahora.
Era inusual que fuera él quien tomara el papel de maestro, marcando el ritmo al que se movían y explicando sencillamente los orígenes de esta danza intentando no desincronizar demasiado. Aunque sus pies se movían con ligereza entre tantas vueltas que daban era fácil enredarse. Luego se inclina hacía el frente y Luciano tarda un momento en retroceder, quedando quietos por unos segundos antes de retomar.
Este era su tango atontado. Hecho para sonreír todo el tiempo, para que se rieran cuando trataban de ir por caminos diferentes —y Luciano, con su fuerza y tamaño, arrastraba a Sebas en su dirección todo el tiempo—. Sebastián no podía estar más que contento cuando el brasileño preguntaba, cuando quería saber más y él le podía responder por su largo historial viviendo del baile.
Al tango lo que lo hacía resaltar, además de un origen barriobajero, es que había encontrado su lugar en sitios de mala nota, bailes de soldados, cafetines de suburbios y prostíbulos. Mal visto por evocar la relación sexual hasta que llegó a los parisinos y ganó el interés europeo. Fue entonces que los pasos antes vulgares se volvieron una forma de mostrar sensualidad. Uruguay, que convivió tanto con bailarines como cantantes, había aprendido a interpretarlo de una manera distinta, la manera más propia de quienes conviven con él. Francis, por ejemplo, no lo veía muy diferente a cómo veía la salsa, la samba, el merengue, algo exótico y ajeno, un entretenimiento.
Aquello que decían sensual no era más que el melancólico sentir que inundaba las calles rioplatenses en cuanto la música comenzaba a sonar, Uruguay recordaba sus letras y comenzó a cantar en un tono bajo, tarareando a veces. El tango, alguien había dicho, era el pedido de un alma triste por una última pasión, por volver a sentir la intensidad de un viejo amor o como el comienzo de una fuerte esperanza.
Era fácil que entre tantas cosas se quedara atrapado por su propia explicación, sería contradictorio, hasta tonto, definir el tango como algo nostálgico si no fuera él mismo quien sintiera aquello hasta en los rincones más profundos de su piel. Un sentimiento enterrado en el pecho que apagaba su voz y lo hacía sentir hundido.
—Agregaría, ahora que lo pienso, que es también una despedida.
— ¿Eso qué quiere decir? ¿Como un adiós? —Luciano sigue su nuevo ritmo, lento, dudoso.
—Más parecido a un hasta luego. En muchas canciones suelen despedirse de la vida que llevaban antes, de las personas que conocían, de quienes se separaron o que ya murieron. —explicó él— Pero pienso que si murieras, para mí sería un hasta luego, porque tu espíritu me seguiría probablemente. Entonces te vería de vuelta.
Estás declaraciones turbaron al brasileño un segundo, que así de insignificante como se veía bastó para que mil cosas más vinieran a la mente del uruguayo. Un segundo en el que ambos quedaban congelados.
La inevitable pérdida. Lo mismo, pero que cada uno sentía diferente.
Las llanuras en las que corrió libre, las costas, los soldados, las armas, el sol ardiente contra la piel desnuda, el manto de estrellas, las ciudades, los rayos dorados que se filtraban entre sus mechones de pelo, que tenían los más bellos atardeceres. ¿Qué otra cosa haría sino atesorar aquella infancia que ya perdió hace años? Lo tocó, perteneció allí, corrió en aquellas tierras, aspiró el húmedo aroma, pesado y frío, el eterno invierno, la tierra de la que viene, la magia que conoció de joven, los espíritus, el miedo, la soledad, el campo, la familia que había tenido. Lo perdió todo, pero con muchas cosas Sebastián esperaba reencontrarse.
Entonces aquello vuelve a él, la imagen borrosa de lo que fueron los días junto a sus tíos, fantasmas que extrañaba tocar como toca las manos del brasileño ahora, cuyas voces no volvería a oír y apenas eran un eco en sus memorias. Hace algún tiempo compartía este mismo baile con alguien, tomados de las manos de esa misma forma, mirándose a los ojos y sabiéndose cómplices de algo mucho más allá que nadie debería conocer. Toda su vida en un instante solo para terminar recordándolo. Lo invade la nostalgia, la sentía en sus venas y con cada respiración solo puede recordar. Así como Uruguay vivía de la nostalgia el tango se alimentaba de ella, he allí la razón de su gran relación con el baile.
Luciano, sin embargo, encontró en esta distracción una jugosa oportunidad y con un gesto juguetón sorprendió al uruguayo con un beso rápido, exento de justificación alguna más que la diversión del momento, de sentir más cercanía que antes y un poco de consuelo. Vuelven a encontrar sus miradas y con este simple gesto su mente se aclara. Sus pasos se reconectan sin perder la torpeza de hace rato, caminando de una esquina a otra con el humor risueño igual a un par de niños que juegan en el campo. Ya era costumbre que Uruguay dijera cosas, cuanto menos, muy curiosas. Luciano, ajeno al buen juicio, ya se había acostumbrado.
—¿Por qué no marcas vos el ritmo esta vez y yo te sigo? —propone Sebastián.
—Es algo que me gustaría intentar —responde su contraparte confiado y con una sonrisa ligera. Volviéndose a acomodar frente a frente dan comienzo a esta nueva etapa del baile.
Luciano, lamentablemente para quienes encontraban ternura en su torpeza, aprendía muy rápido. Fue cuestión de volver sobre sus pasos las veces suficientes como para que él pudiera memorizar estos movimientos y se hiciera dueño de los mismos, para mostrar con alarde su agilidad corporal. Ambos se detuvieron frente a frente, en silencio se soltaron del cuerpo ajeno. Con una sonrisa renovada se juntan, otro ritmo, otra canción, esta vez las partes bajas de su cuerpo quedan más juntas, Sebastián se apoya en el hombro del brasileño y este último apoya una mano en la espalda baja del uruguayo.
Luciano juega, más que cualquier otra cosa. Por eso es difícil verlo tan concentrado en una actividad que le guste, puede darse el gusto de experimentar, de explorar algo nuevo. Por eso era buen artista y buen amante. Cualquiera dejaría pasar el hecho de que arruga un poco la entreceja cuando piensa mucho en lo que hará, la forma que sus labios se ensanchan o cómo sus manos se agarran con fuerza a lo que tenga más cerca, pero Sebastián, que lo conocía relajado y preocupado, ansioso, se daba cuenta.
Pero Sebastián no había hecho hasta ese momento más que repetir cosas ya escuchadas: lo que pensó antes, hace años. Ahora, siendo alguien un poco diferente y con otra compañía, podría decir que el tango es divertido.
Bailar con Luciano era caminar sobre las nubes, era sentir el dolor en sus pies porque podrían estar así por horas, era tener una energía inagotable para hacerlo todo con él. Estaban aprendiendo y era algo torpe, ¿entonces quién juzgaría si por querer mostrar más pasos cruzaba su pierna entre las del brasileño y lo hacía tropezar?
—Error mío —Sebas contuvo una risita.
—Eso lo hiciste a propósito —se recompone Luciano—, espero que te haya divertido porque no pasará una segunda vez.
—No, no, quedate tranquilo. No vuelve a pasar.
Luciano sonríe con las cejas arqueadas— Hm, claaaro.
—No sonas muy convencido.
—Ah, ¿y por qué será eso?
Sebastián esconde la cabeza en el pecho de Luciano, lo abrazó en la cintura, acariciando con sus dedos la tela, apenas sintiendo los relieves y el calor de su piel. Respiró profundamente contra su ropa, Luciano usaba una colonia fuerte que quedaba en la ropa por días, que podría impregnarse en las sábanas, que anunciaba su presencia.
Luciano responde al abrazo sin pensarlo mucho.
—Ya te enseñé mucho por hoy —Sebas levantó la cabeza para ver a Luciano— hagamos otra cosa.
Estando tan cerca el primer pensamiento de Luciano fue besar a Sebas. Largo y tendido.
Al separarse Sebastián miró detrás suyo, al sillón, y Luciano no necesitó nada más para entender en lo que estaba pensando.
