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Maktub

Summary:

Jayce debió morir durante esa tormenta, pero algo -o alguien- lo salvó.

Desde entonces su consciencia se pierde en un vago recuerdo, de ojos ambarinos y aletas escamosas, ¿Fue aquello un milagro o una fantasía? ¿Estaba acaso perdiendo la razón?

Viktor no podría arrepentirse, en contra de todo lo correcto para su especie, quería volver a verlo.

¿Era acaso obra del destino?

O

Donde Viktor salva a Jayce de morir en una tormenta, y ahora están obsesionados con reencontrarse. Aún si el matrimonio por conveniencia le respira en la nuca al barón Talis.

Notes:

Tomé inspiración de la película de Disney y del cuento original de La sirenita para escribir esto, pero recalco que me tomé varias libertades que probablemente serán más notorias conforme la historia avance, ¡Disfruten!

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Naufragio

Chapter Text

El primer respiro fuera del agua se sintió como una apuñalada directa en su pecho. Viktor se alzó sobre la superficie, emergiendo en un mundo completamente nuevo, y, sin embargo, y para su pesar, no tenía tiempo de admirarlo. El mundo a su alrededor pareció desfallecer. El cielo rugía con fiereza mientras la lluvia caía sobre él, golpeándolo sin remordimiento. A lo lejos, logró divisar un coloso marrón; una embarcación, si su memoria no fallaba.

 

La embarcación se balanceaba con fuerza sobre las imponentes olas, que jugaban con la masiva construcción como si se tratara tan sólo de un juguete, y así mismo lo hizo con Viktor.

 

El mar rugía airado, levantándose en olas gigantescas,salvajes titanes de agua que golpearon a Viktor una y otra vez, no importó si el tritón intentó esconderse bajo el agua, todavía pudo sentir el impacto de las olas sobre su cuerpo mancillado.

 

¿Así se veía la superficie? ¿Era esa la verdadera naturaleza del cielo, tan hostil?

 

El anciano que vio en la gruta le contó historias de un cielo azul, reinado por un astro llamado sol, cuya superficie era surcada por criaturas alados con un dulce canto que evocaba la nostalgia de los marineros, ante sus ojos, lamentablemente, se presentó una realidad diferente.

 

 

—¡Rio! ¡¿Dónde estas!? —gritó con todas sus fuerzas, pero el estruendo del oleaje ahogó su voz en el viento—. ¡Rio!

 

Viktor barrió su mirada alrededor, buscando entre las masivas olas, algún punto rosa que resaltara. Gritó, llamando a su nombre varias veces más, nadando alrededor, buscándola con la mirada. Luego de un tiempo que pareció una eternidad, finalmente la vio; su rosada figura nadaba con dificultad hacia la embarcación de antes, probablemente en búsqueda un punto firme al cuál aferrarse.

 

El pecho de Viktor se apretó al verla, nadando inadvertidamente hacia lo que podría ser su perdición. Se apresuró hacia ella, pero por más que movía sus aletas con más fuerza de la que jamás había usado, no parecía moverse de su posición.

 

—¡Rio! —exclamó antes de que el agua de mar le entrara por la boca.

 

Sus músculos gimieron por el esfuerzo. En las profundidades de Zaun, las corrientes marinas eran rara vez un problema. El cuerpo de Viktor era demasiado débil a comparación de los constantes empujes que el mar le daba. Llamó otra vez, pero no obtuvo respuesta, el ajolote lo ignoraba. Los ojos de Viktor se movieron más allá de ella, hacia el barco, que se seguía tambaleando impotente contra el oleaje. En cierto punto, vio que algo se asomaba, carecía de aletas y se erguía sobre dos pies ¡Un humano!

 

El corazón de Viktor se apretó, recordando las palabras del anciano

 

“No te equivoques, muchacho. El mundo allá arriba puede ser hermoso, magnífico, incluso, pero sus habitantes no gozan de las mismas buenas costumbres de nuestra gente. Si alguna vez osas traspasar la barrera que nos protege, aléjate de los dos piernas, o te atraparán y servirán para comer”

 

 Se apresuró para alcanzarla, nadó con más fuerza que antes, y a pesar del desespero, no volvió a gritar su nombre, pues temía ser escuchado, no por Rio, sino por un humano. Después de una larga travesía, finalmente la alcanzó. Rio todavía lo ignoró y continuó nadando hasta llegar al barco, donde se aferró a las tablas de madera como si su vida dependiera de ello, y quizás, así era.

 

La tormenta que los rodeaba no parecía tener un fin próximo, en su lugar, la lluvia arreciaba con fuerza cada vez más desmedida.

 

—Tenemos que irnos, pronto —susurró a duras penas, aún a sabiendas de que su voz sería ahogada por la tormenta.

 

Rio volvió a ignorarlo, y en su lugar, comenzó a trepar, buscando refugio lejos de las olas. Viktor se sintió confundido, su amiga no solía ignorarlo de esa forma, siempre leal a su llamado, ahora, por otro lado, parecía hacer oídos sordos a cada una de sus palabras. Volvió a susurrar su nombre, otra vez, nada. La siguió sin mayor remedio, esperando hacerla entrar en razón. Trepar era difícil, claramente una actividad para la que no estaba hecho, por fortuna, sus dedos terminaban en largas garras que lo ayudaron a sujetarse de los percebes.

 

Siguió trepando, no dejó de susurrar el nombre de Rio, esperando convencerla de regresar a a Zaun, y quizás, volver a intentar este viaje a la superficie en otro momento. Una ola golpeó el casco de la embarcación, sacudiéndolos. Viktor se aferró con fuerza, esperando no caer y ser golpeado por el barco. Siguió subiendo y, conforme se acercó, varias voces comenzaron a llegar a sus oídos; eran gritos.

 

Los marineros corrían sobre la cubierta, con sogas en mano y gritos de ordenanza, acomodados en fila, los hombres tiraron de la vela mayor, intentando recogerla, pero con cada soplido del viento, sus botas resbalaban sobre la cubierta mojada. El oleaje tampoco les daba tregua, empujándolos de un lado al otro. Viktor observó la escena en silencio, escondido desde uno de los costados.

 

El aspecto de los marineros le pareció de lo más interesante, vestían de forma extraña y con colores extravagantes. Viktor no dejó pasar a un hombre de barba canosa al que le hacía falta una pierna y, en su lugar, usaba un trozo de madera como reemplazo.

 

—¡Señor Talis, regrese al camarote! —exclamó el hombre de la prótesis.

 

Viktor dirigió su mirada a la misma dirección que el anciano. Del dichoso camarote emergió un hombre que captó su atención. Distinto a los demás; vestía de blanco y dorado, su ropa lucía pulcra y ordenada, a diferencia de los marineros sobre la cubierta (que aún luchaban por enrollar las velas)

 

—¡Quiero ayudar! —exclamó Talis.

 

El anciano negó.

 

—¡Regrese a su camarote! —el anciano masticó antes de hablar—. ¡Su padre me pidió que lo cuidara, dios sabe que moriría si algo llegara a pasarle!

 

Viktor vio como el susodicho Talis intentó objetar, pero fue rápidamente interrumpido por una fuerte ráfaga de viento que levantó las velas del barco con un estruendo. Los hombres que las sujetaban gimieron al ser tironeados por la fuerza del viento y se esforzaron por volver a enrollar las velas, gritaron entre sí, tratando de elevar los ánimos. Otra ráfaga sopló, esta vez, mandándolos a volar. Algunos de ellos cayeron sobre la cubierta, pero la mayoría no corrió con la misma suerte; fueron arrojados contra las vergas o bien, fuera del barco.

 

—¡Hombre al agua! —gritó alguien. Pero no hubo tiempo de atender al llamado.

 

Pues en lo que fue una secuencia de una sola escena, el desastre tuvo lugar. El hombre a cargo del timón, cediendo ante el furor del mar, perdió el control, el timón giró sin control, sacudiéndolos y llevando al barco en cualquier dirección, y, como no había quién sujetara las velas, el viento las empujó con fuerza, llevándolas hasta su máxima capacidad, Viktor se aferró a las tablas, rezando para no salir volando como los pobres hombres de antes. El barco estaba ahora a la deriva.

 

—¡Regrese a su camarote, Señor Talis! —volvió a gritar el anciano de la prótesis.

 

Pero el hombre no obedeció. En su lugar, se arremangó las mangas de su traje y se unió a los pocos hombres que aún trataban de recoger la vela mayor.

 

—¡Capitán, sujete el timón! —exclamó el hombre en dorado.

 

Viktor vio el dolor en su expresión al momento de tirar la soga e intentar atarla a la mesana, sin embargo, el viento sopló de nuevo. Cada intento por recoger la vela pareció inútil. El barco se sacudió con fuerza una vez más, sin embargo, fue diferente de las otras veces, pues tanto Viktor como el resto de la tripulación sobre la cubierta sintieron algo diferente; habían impactado algo. El tritón llevó su mirada hacia abajo, buscando el objeto (o criatura) con la que se estrellaron, sus ojos se abrieron a más no poder cuando lo vio; el barco, en algún momento, entró en una formación rocosa y ahora, con cada segundo y cada sacudida, el casco del barco se agujeraba más y más.

 

—Rio, debemos irnos —suplicó al ajolote.

 

Por primera vez en ya un buen rato, la criatura lo escuchó, lo miró con sus enormes ojos, presos del terror. El tritón regresó la mirada a la formación de rocas. Se le formó un nudo en la garganta cuando fue consiente del masivo tamaño de las mismas, eran puntiagudas, escarpadas y además, estaban muy juntas una de la otra  ¿Cómo se suponía que escaparían?

 

Viktor regresó su mirada la cubierta del barco, esperando, y si es que podía, escuchar buenas noticias, tuvo la esperanza de que los marineros hubieran ya encontrado una solución para su problema. Para su pesar, los miembros de la tripulación se encontraban en el mismo estado de alerta y muchos de ellos habían aceptado ya la muerte.

 

—Estamos condenados —declaró resignado el capitán—. Señor Talis, fue un honor servir a su familia.

 

Y dicho eso, se regresó a su tripulación.

 

—¡Es hora de que se vayan, suban a las balsas de emergencia!

 

Talis quiso objetar, el capitán lo detuvo.

 

—Un buen capitán se hunde con su nave, ¡Llévenselo!

 

Y dicho esto, dos hombres de gran tamaño tomaron al hombre de dorado por los hombros, arrastrándolo hacia las balsas de emergencia. Talis se resistió, suplicando a su capitán para que se retirara con ellos, el anciano no lo escuchó. Se dio la media vuelta y se encerró en su camarote, para no volver a salir. El tritón, habiendo presenciado esto, se regresó a su amiga y, con ojos ahora inundados en terror, declaró:

 

—Rio, creo que tenemos que saltar.

 

Tritón y ajolote se vieron a los ojos, temiendo por lo peor. Se miraron entre sí y luego a las rocas, y repitieron el proceso una y otra vez. Hasta que Rio, probablemente aterrada de la inminente muerte, soltó las tablas de las que se sujetaba y saltó, Viktor la vio caer, su gran cuerpo rosado perdiéndose entre las olas, no pasó mucho para que él la siguiera. En un saltó de fe, se arrojó, esperando y rezando al mar, para sobrevivir a esa aventura.

 

Sintió un fuerte golpe en su cola, pero no tuvo tiempo de prestarle atención. Nadó hacia abajo, escapando de la fuerza del oleaje, vio a Rio a la distancia, no nadaba hacia abajo, en su lugar, nadaba hacia lo que parecían ser los hombres de antes.

 

Los marineros y el hombre de dorado, se hundían, presos de la completa inconsciencia, ¿Qué ocurrió en el breve instante en el que sus caminos se separaron? A Viktor no podía importarle menos, la única preocupación que lo llenó en ese momento fue huir, sin embargo, Rio parecía tener planes completamente diferentes, atraída por quién sabe que, se acercó al hombre de dorado.

 

—¡Rio, no es momento de jugar!

 

Viktor la tomó de la cabeza, tratando de separarla, pero Rio se negó a dejarlo ir. Rebuscaba incansable entre sus ropas, buscando algo. Viktor veía a su amiga con desespero, cada intento por alejarla era inútil, pues aunque consiguiera separarla del cuerpo inconsciente, ella volvería y rebuscaría entre su ropa.

 

—Maldición

 

Rio se negó, no estando dispuesta a soltarlo, continuó con su acción sin mayor cuidado. Viktor maldijo para sus adentros. Mientras estuvieran cerca de las rocas, estaban en peligro.

 

—Vámonos —exclamó.

 

 

Tomó entonces al hombre por el cuello de la camisa, listo para llevarse si aquello era necesario para que Rio se fuera con él y así, sacarlos a ambos del peligro. Afianzó su agarre sobre el hombre y cuando estuvo listo para arrastrarlo, un punzón de dolor recorrió su cuerpo desde su cola hasta la coronilla. Al bajar la mirada al origen, su quijada se dejó caer en asombro; probablemente producto del impacto con alguna roca, su aleta estaba desgarrada y, no contento con eso, parte de su cola también lo estaba, una profunda herida dejaba salir su sangre al exterior. Viktor se alarmó aún más, temiendo por la presencia de tiburones.

 

—Rio, ayúdame —dijo a la criatura. Colocó al hombre sobre ella, y la guió dulcemente, tratando de no asustarla más, lejos del lugar.

 

Intentó, por todos los medios, que la atención de Rio no se desviara y esta quisiera escarbar entre la ropa del hombre moribundo sobre ella. “Esta bien, puedes comértelo después” le dijo mientras nadaban lejos.

 

Los cuerpos moribundos de otros marineros aparecieron en el campo de visión de Viktor, sangraban, seguramente se golpearon contra las rocas. El tritón sintió pesar en su corazón al verlos desfallecer, no obstante, ni su amabilidad era suficiente para rescatarlos, ni Rio estaba interesada en cargar a más de una persona a la vez, por lo que, sin más remedio, el tritón y el ajolote ignoraron a los moribundos hombres a su alrededor.

 

Escapar del laberinto rocoso no fue una tarea sencilla, sin embargo, luego de lo que pareció una eternidad dando vueltas sin rumbo, finalmente dieron con cambo abierto. Viktor se sintió aliviado, por fin consiguieron escapar. Ambos subieron a la superficie. El hombre a espaldas de Rio seguía inconsciente, no obstante, el tritón tenía la certeza de que aún estaba vivo.

 

La tormenta de antes, si bien aún no acababa, había mermado, aunque fuera un poco.  Las gotas de lluvia fueron mucho más dulces al golpear el rostro de Viktor y el oleaje, si bien aún los sacudía, era más un arrullo en comparación. Sólo quedó el recuerdo del estrépito del cielo y la furia del mar.  Viktor se dio un momento para apreciarlo, si bien no era igual que las historias que había oído, no dejó de sentirse fascinado.

 

Arrastraron al hombre hasta la orilla, donde el mar suavemente acariciaba la arena, Viktor se arrastró sobre ella, Rio lo seguía de cerca.

 

—Bien, déjalo por aquí —ordenó el tritón.

 

Rio se detuvo y permitió que Viktor tomara al hombre de su espalda. El tritón lo dejó sobre la arena y, ni bien pasó un segundo, el ajolote volvió a rebuscar entre su ropa.

 

—¿Qué es lo que buscas tanto? —masculló el tritón.

 

Curioso, también comenzó a hurgar entre la ropa del hombre. No necesitó de rebuscar por demasiado tiempo, pues pronto encontró una bolsita de tela escondida entre la chaqueta y la camisa del sujeto, el contenido de la misma estaba asegurado gracias a un nudo, el cual no le tomó demasiado tiempo en deshacer. Revisó el interior de la bolsa, esperando encontrar alguna maravilla, mas se decepcionó al encontrar... Hongos marinos.

 

—¿Tenías hambre, eso era? —enarcó una ceja.

 

Con su mano libre tomó uno de los hongos y se lo entregó a Rio.

 

—No tienes remedio —murmuró, y acto seguido, arrojó los hongos lejos.

 

Rio corrió en busca de la comida, mientras que Viktor permaneció cerca del hombre. Analizándolo con paciencia, se sorprendió de encontrar que su aspecto no distaba mucho del de un tritón, al menos no de la cintura hacia arriba, pues más abajo del ombligo, en lugar de una larga y escamosa cola, lo que había eran dos extremidades que él recordaba se llamaban “piernas”, útiles para caminar sobre la tierra.

 

Las examinó con detenimiento. No eran como las de los cangrejos, ni tampoco eran blandas como los tentáculos de un pulpo, eran de carne y terminaban en pies. Apretó su carne, era firme, de nuevo, no se asemejaba a un pulpo, de la rodilla hacia abajo era mucho más dura, supuso que tendría una estructura similar a su antebrazo, que también era mucho más rígido que su brazo.

 

Continuó examinando el resto del cuerpo.

 

Tanteó su cuello en busca de branquias, no se sorprendió al no encontrarlas. Entonces, los humanos, a diferencia de los tritones y sirenas, eran mamíferos, como las ballenas, ¿Dónde estaba el espiráculo? No estaría en su espalda, seguramente, ya que estaba cubierta, no estaba en sus manos ni tampoco en su nuca. Comenzó a tantear su rostro, al pasar sus manos cerca de la nariz ajena, se sobresaltó al sentirlo respirar.

 

“¡Los humanos respiran por la nariz!” pensó con sorpresa. Él mismo tenía una nariz, que no le era de ninguna utilidad, pues siempre y desde que tenía uso de razón, respiró desde sus branquias. Confundido, tanteó su propia nariz, sólo para descubrir que él, al igual que el dos piernas frente suyo, estaba respirando por la nariz.

 

¡Aquel era un descubrimiento increíble! ¡El descubrimiento del siglo, sin duda! No podría esperar para contarle a los demás.

 

Su emoción, sin embargo, fue rápidamente interrumpida por una tos, y si no era él ni tampoco era Rio, sólo podía ser el humano. Dirigió la mirada rápidamente hacia él, estaba despertando. El corazón de Viktor se aceleró con emoción, ¡Un humano, vivo y consciente! Tenía muchas preguntas que hacerle, tanto que quería saber.

 

Vio como sus párpados se estremecieron, luchando por abrirse, Viktor se acercó, ansiando ver el evento sin perder un sólo detalle, esperó hasta que finalmente el humano abrió los ojos, eran de color miel con vetas verdosas, un color interesante. El hombre tenía la vista desenfocada, o eso quería creer Viktor, pues no obtuvo reacción alguna.

 

Chasqueó la lengua y apartó la mirada por un instante, fue entonces que sus ojos cayeron en un barco, estaba atado a la orilla, pero no era la pequeña balsa lo que llamó su atención, sino su contenido; pescado.

 

Recordó por fin las palabras del anciano: Si alguna vez osas traspasar la barrera que nos protege, aléjate de los dos piernas, o te atraparán y servirán para comer.

 

No podría dudar de sus palabras al ver la barbarie frente a él. Su corazón se apretó. Muchos de esos peces seguían vivos, luchando por escapar. Viktor deseó liberarlos pero se contuvo, pues recordó al hombre que ahora despertaba, si este llegaba a verlo... Ahora temía ser atrapado.

 

—¡Rio! Ven, vámonos —exclamó, y sin perder el tiempo, regresó al mar, arrastrándose.

 

Rio lo siguió, ya satisfecha luego de comer.

 

Jayce sintió su cabeza dando vueltas, y al abrir los ojos, quedó pasmado al ver a una extraña criatura inclinada sobre él. Los detalles eran difusos, pues, entre el sol que lo cegó y el mareo del que era preso, sus ojos muy apenas consiguieron captar una imagen clara. Pero si consiguió recordar algo, y