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I will light the world for you

Summary:

En un mundo donde el amor y el poder chocan, Lenore Vandernatch, una alfa fría y calculadora, regresa a casa después de años de ausencia para cumplir una misión que desafía su moral. Mientras tanto, Annabel Whitlock, una omega dulce y soñadora, se prepara para su primera temporada social, donde deberá elegir entre tres pretendientes que podrían cambiar su destino para siempre.

Ambas mujeres, atrapadas en las expectativas de sus familias y las trampas de la alta sociedad, deben decidir cuánto están dispuestas a sacrificar. Secretos, deseos reprimidos y decisiones imposibles las llevarán a un camino donde el amor y la traición se entrelazan. ¿Podrán escapar de los designios que otros han trazado para ellas, o estarán condenadas a vivir vidas que nunca quisieron?

Notes:

Otra vez yo? Sip damas y caballeros yo de nuevo, tomen sus palomitas pónganse cómodos y prepárense para leer una novela mexicana, litearalmente me vi una novela con mi abuela y esto salió lol

Chapter Text

Las damas de servicio entraron apresuradamente en la habitación, sus faldas crujiendo suavemente contra el suelo de madera pulida. El aire olía a cera de abejas y a lavanda, un aroma que intentaba enmascarar la tensión que flotaba en el ambiente como una niebla espesa. Lenore, de apenas ocho años, permanecía quieta en el centro de la habitación, su pequeño cuerpo envuelto en un silencio que contrastaba con el bullicio a su alrededor. Las manos de las sirvientas revoloteaban como mariposas nerviosas, seleccionando con cuidado las prendas que vestirían a la niña. Sedas, trajes caros y joyas que brillaban como estrellas capturadas en oro y plata. Cada pieza era un recordatorio de su lugar en el mundo: un adorno, un símbolo, un destino tallado en piedra.

Lenore no era tonta. A su corta edad, ya comprendía que su padre, Thaddeus Vandernatch, era el sol alrededor del cual giraba todo en aquella mansión dorada. Su voluntad era ley, su voz un trueno que resonaba en cada rincón de la casa. Y ella, como su hermano Theo, tenía un papel que desempeñar: ser un alfa, un líder, un reflejo perfecto de la grandeza de los Vandernatch. Desde los seis años, ese futuro había sido grabado en su mente con la precisión de un cincel. No había espacio para errores, ni para debilidades.

La mansión, con sus techos altos y ventanales que filtraban la luz del atardecer en tonos dorados, parecía sacada de un sueño. Pero Lenore sabía que aquella belleza era una fachada, un escenario cuidadosamente montado para impresionar a los visitantes. Detrás de las cortinas de terciopelo y los retratos de familia, se escondía una realidad más oscura. No era común que una familia tuviera dos hijos alfas, pero Thaddeus lo consideraba un privilegio divino, una prueba de su superioridad. Y cuando los elogios llovían sobre sus hijos, él se hinchaba de orgullo, como si su propia existencia dependiera de la perfección de aquellos niños prodigio.

“Auch”, Lenore se quejó débilmente cuando Agnes, su nana, tomó su muñeca con demasiada fuerza para levantar su brazo y colocarle la camisa. El dolor fue breve, pero suficiente para hacerla retroceder en su mente, hacia el recuerdo de la noche anterior.

“Perdóname, Lenore”, murmuró Agnes, su voz temblorosa mientras intentaba de nuevo ajustar la manga. Sus ojos, llenos de culpa y ternura, buscaron los de la niña, pero Lenore desvió la mirada. Agnes la amaba, eso lo sabía. La nana había estado allí desde que Lenore podía recordar, cuidándola, consolándola, protegiéndola tanto como le era posible. Pero incluso ella era impotente ante la ira de Thaddeus. Ayer lo había visto de nuevo, cómo su padre transformaba la música, algo que debería ser hermoso, en un instrumento de tortura.

La melodía que Lenore y Theo tocaban juntos era hipnótica, una danza perfecta entre el violín y el piano. Los dedos de Lenore se movían ágilmente sobre las teclas, intentando seguir el ritmo frenético del violín de Theo. Las notas emergían como suspiros, llenando la habitación con una belleza que parecía casi irreal. Pero Thaddeus no buscaba belleza. Buscaba perfección.

“Asqueroso”, dijo de repente, su voz cortando el aire como un cuchillo. Lenore sintió cómo su corazón se detenía por un instante antes de acelerarse, latiendo con tal fuerza que el sonido resonaba en sus oídos como tambores de guerra. Sus manos, que momentos antes habían danzado sobre el piano, comenzaron a temblar involuntariamente. Un frío glacial se apoderó de ella, como si la muerte misma hubiera entrado en la habitación.

“Manos”, pronunció Thaddeus, y esa sola palabra bastó para que el mundo de Lenore se desmoronara. Theo intentó hablar, su voz quebrada por el miedo, pero no hubo clemencia. “Manos, Theodore”, repitió su padre, y Lenore supo que no había escapatoria.

Ella bajó la mirada al suelo, concentrándose en las vetas de la madera, contando las líneas que se entrelazaban como un laberinto sin salida. “Uno”, gritó Theo, y el sonido retumbó en los oídos de Lenore, haciéndola encogerse. Cubrió sus orejas con las manos, pero no podía bloquear el ruido. “Dos”, la voz de Thaddeus era fría, calculadora. Lenore apretó los ojos, conteniendo las lágrimas. “Tres”, y supo que su padre había perdido el control de nuevo.

El sonido de la regla golpeando la piel de Theo fue como un trueno, seguido por los gritos desgarradores de su hermano. Lenore se encogió en su asiento, sintiendo cómo cada golpe resonaba en su propio cuerpo. Cuando llegó su turno, extendió sus brazos, mostrando las marcas rojas que aún no habían sanado del todo. Sabía que no había escapatoria.

“Uno”, la regla cayó sobre su piel, y el dolor fue tan intenso que apenas pudo contener un grito. “Dos”, las lágrimas brotaron sin control, quemando sus mejillas. “Tres”, y luego no hubo más números, solo golpes interminables, cada uno más brutal que el anterior. Lenore colapsó en el suelo, su cuerpo temblando como una hoja en la tormenta. La sangre brotaba de sus heridas, mezclándose con las lágrimas que caían al suelo.

“Patético”, escupió Thaddeus antes de arrojar la regla manchada de sangre y salir de la habitación. Lenore se quedó allí, tendida en el suelo, sintiendo cómo el dolor y la humillación la consumían. Theo sollozaba a su lado, pero ella no podía consolarlo. No podía hacer nada más que respirar, luchar por mantenerse consciente en un mundo que parecía decidido a destruirla.

El silencio que siguió al estruendo de la regla cayendo al suelo fue tan denso que pareció ahogar incluso el eco de los sollozos de Theo. Lenore, tendida en el suelo, sentía el frío de la madera pulida contra su mejilla, un contraste cruel con el fuego que ardía en sus antebrazos. Las lágrimas caían sin control, mezclándose con el sudor y la sangre que manchaban sus mangas de seda. Cada respiración era un esfuerzo, como si el aire mismo se hubiera vuelto pesado, cargado con el peso de las expectativas y el dolor.

Agnes, la nana, se acercó sigilosamente, sus manos temblorosas extendidas hacia Lenore. "Mi pequeña dama", susurró, su voz quebrada por la culpa y la impotencia. Sus dedos rozaron suavemente el cabello dorado de Lenore, intentando consolarla, pero sabía que no había palabras que pudieran sanar las heridas que Thaddeus había infligido. No solo las marcas en su piel, sino las cicatrices invisibles que se acumulaban en su corazón.

Lenore no respondió. Sus ojos azules, normalmente brillantes como el cielo de verano, ahora estaban opacos, como si una tormenta hubiera arrasado con toda la luz que alguna vez contuvieron. Miró hacia Theo, quien aún se aferraba a su mano herida, su rostro pálido y demacrado. Él era su refugio, su único aliado en aquella mansión dorada que parecía más una prisión que un hogar. Pero incluso él, con su fuerza de alfa, no podía protegerla de la ira de su padre.

"Lo siento, Lenore", murmuró Theo, su voz apenas audible. "No pude detenerlo."

Lenore asintió débilmente, sin fuerzas para hablar. Sabía que Theo lo había intentado, como siempre lo hacía. Pero Thaddeus era una fuerza imparable, un torbellino de perfección y crueldad que devoraba todo a su paso. Y ellos, sus hijos, no eran más que piezas en su juego, herramientas para mantener el legado de los Vandernatch.

Agnes ayudó a Lenore a sentarse, sus manos expertas desabrochando las mangas ensangrentadas de su camisa. Las heridas eran profundas, líneas rojas y moradas que cruzaban su piel como ríos de dolor. Cada movimiento era una agonía, pero Lenore no emitió un solo sonido. Había aprendido a soportar el dolor en silencio, a guardar sus lágrimas para cuando nadie pudiera verla.

Mientras Agnes limpiaba las heridas con un paño húmedo, Lenore cerró los ojos y se sumergió en su mundo interior. Un lugar donde la música no era una obligación, sino un escape. Donde las notas del piano y el violín no eran instrumentos de tortura, sino alas que la llevaban lejos de aquella mansión, lejos de su padre, lejos de todo. Soñaba con un lugar donde pudiera ser libre, donde su destino no estuviera tallado en piedra.

Pero la realidad siempre la alcanzaba. El sonido de los pasos de Thaddeus resonando en el pasillo, el crujir de las hojas secas fuera de la ventana, el susurro de los sirvientes que murmuraban entre sí. Todo le recordaba que no había escapatoria. Que su vida ya estaba decidida, escrita en las páginas de un libro que no podía cerrar.

"Terminemos con esto", dijo Agnes con voz suave, envolviendo los antebrazos de Lenore con vendas limpias. "Debes descansar, pequeña dama."

Lenore asintió, pero sabía que el descanso no vendría. Las pesadillas la esperaban, como siempre lo hacían. Visiones de reglas que caían, de sangre que manchaba las teclas del piano, de miradas frías que la juzgaban sin piedad. Y, en el centro de todo, la figura imponente de su padre, observándola con esos ojos que parecían verlo todo y no verla a ella.

Theo se acercó y tomó su mano sana, apretándola con fuerza. "Estaré aquí", prometió, su voz firme a pesar del dolor que aún brillaba en sus ojos. "No importa lo que pase, Lenore, siempre estaré aquí."

 

“¿Por qué demonios debo usar traje hoy?” La voz de Lenore, aguda pero cargada de una frustración que parecía demasiado grande para su pequeño cuerpo, sacó a Agnes de sus pensamientos. La nana estaba arrodillada frente a la niña, ajustando con cuidado la camisa de seda blanca a los pantalones de lino negro. Las manos de Agnes, callosas pero suaves en su trato, trabajaban con precisión, como si cada pliegue de la tela fuera una pieza de un rompecabezas que solo ella podía resolver.

“Lenore, lenguaje”, reprendió Agnes con un suspiro, aunque su voz carecía de severidad. Terminó de fajar la camisa y le indicó a Lenore que extendiera sus brazos para abrocharle los botones de las mangas. “Ya te lo he dicho, pequeña dama. Hoy tu padre recibirá a un nuevo inversionista, y debes lucir perfecta.” El pequeño saco rojo, bordado con hilos dorados que brillaban bajo la luz de la lámpara de aceite, fue el toque final. Agnes lo colocó sobre los hombros de Lenore con una reverencia casi ceremonial, como si estuviera vistiendo a una reina en miniatura.

Lenore frunció el ceño, sus ojos azules, tan claros como el cielo de invierno, reflejaban una mezcla de irritación y resignación. “Odio las visitas”, murmuró, cruzando los brazos sobre su pecho. “Me impiden jugar, y siempre debo estar al lado de mi madre.” No había nada malo en convivir con su madre, al menos en teoría. Pero Lenore sabía que esas reuniones eran una farsa. Su madre, elegantemente vestida y con una sonrisa pintada en el rostro, parecía estar en otro lugar, como si su mente flotara en un mundo lejano. Solo se sentaba, sonreía y bebía ese jugo raro que ella y Theo tenían prohibido probar. Lenore no entendía por qué, pero algo en esa bebida la inquietaba.

Agnes se arrodilló frente a Lenore, sus manos cálidas tomando las pequeñas de la niña. “Esta vez será diferente, Lenore”, dijo con una sonrisa suave, aunque sus ojos reflejaban una preocupación que no podía ocultar. “Creo que los Whitlock tienen una hija de tu edad. Podrás jugar con ella.”

Lenore arqueó una ceja, intrigada pero escéptica. Su padre no le permitía hablar con otros niños, menos aún con otros alfas. La idea de tener a alguien con quien jugar, alguien que no fuera Theo, era tan tentadora como extraña. “¿Cuál es su nombre?”, preguntó, su voz llena de curiosidad.

“Annabel Lee, creo”, respondió Agnes, aunque su tono denotaba duda. “No lo recuerdo bien.” Se levantó y guió a Lenore hacia el tocador, indicándole que se sentara frente al espejo. La superficie plateada reflejaba el rostro de la niña, sus mejillas sonrosadas y su cabello negro profundo, que Agnes comenzó a recoger con cuidado. “Listo”, dijo finalmente, atando una pequeña cola de caballo con un lazo de seda roja. “Quedaste tan guapa como tu padre.”

Lenore frunció el ceño de inmediato, su reflejo en el espejo mostrando una expresión de desaprobación. “Yo no soy como él, Agnes”, dijo con firmeza, su voz temblando ligeramente. “Yo nunca podría dañar a alguien que amo.” Las palabras salieron cargadas de un dolor que no debería pertenecer a una niña de su edad. Lenore había escuchado mil veces a su padre perder el control, su voz transformándose en un rugido animal, mientras su madre rogaba misericordia en vano. Era un ciclo que parecía no tener fin, y Lenore sabía, en lo más profundo de su ser, que solo empeoraría con el tiempo. “Es por eso que yo nunca me enamoraré”, añadió, como si esa decisión pudiera protegerla de un futuro que la aterraba.

Agnes suspiró, arrodillándose de nuevo frente a Lenore para colocarle los zapatos. “Lenore, algún día tendrás que casarte con un omega, ya sea un hombre o una mujer”, dijo con suavidad, aunque sus palabras sonaban a un destino inevitable.

“Pero odio a los hombres, Agnes”, protestó Lenore, su voz llena de una determinación que contrastaba con su edad. “El único hombre que tolero es Theo, y las niñas no me gustan. Ya te lo digo, yo nunca me enamoraré.” Negó con la cabeza, alzando la barbilla con un gesto de desafío que hacía que Agnes sonriera a pesar de todo.

“Las cosas no se planean, Lenore”, dijo Agnes, levantándose y colocando una mano sobre el hombro de la niña. “Y el amor menos.” Le indicó a Lenore que ya podía salir de la habitación, pero no sin antes recordarle, con una mirada seria, que no causara problemas.

Lenore asintió, aunque su expresión decía lo contrario. Con un último vistazo al espejo, respiró hondo y salió de la habitación, sintiendo el peso del saco rojo sobre sus hombros como si fuera una armadura que la protegiera de un mundo que no entendía, pero que estaba decidida a desafiar.


Lenore había recibido una única indicación de su padre: comportarse. No es que Lenore no lo intentara, pero era una niña pequeña, llena de energía y curiosidad, a diferencia de su hermano Theo, de doce años, a quien ya consideraban un adulto y obligaban a escuchar las tediosas conversaciones de negocios. Lenore era diferente. Ella quería jugar, explorar, sentir el mundo en sus manos, incluso si eso significaba arruinar su traje impecable. Pero su último arrebato había llevado al cochero de los Vandernatch al hospital. Nada grave, solo un brazo dislocado, pero suficiente para que su padre le impusiera una nueva regla: comportarse y verse bien. Y eso era lo que hacía ahora, sosteniendo la mano de su madre con una mezcla de resignación y fastidio.

Su madre, Lucille, aún no había empezado a beber ese extraño jugo que siempre la sumía en un estado de ensueño. Pero incluso sobria, Lucille parecía ausente, como si su alma estuviera en otro lugar. Lenore la miró de reojo, preguntándose si alguna vez había visto a su madre sonreír de verdad. No recordaba ninguna sonrisa que no fuera forzada, como las que Lucille mostraba en las cenas formales, cuando los invitados elogiaban la elegancia de la familia Vandernatch. Pero detrás de esa sonrisa, Lenore solo veía vacío.

“La familia Whitlock está aquí”, anunció el portero con una voz que resonó en la sala principal. Todos los sirvientes y la familia se alinearon en formación impecable, como soldados listos para la batalla. Thaddeus, con su traje oscuro y su mirada gélida, revisó a sus hijos con una mirada crítica. Theo, alto y serio, parecía un joven lord en ciernes. Lenore, con su traje rojo y su cabello recogido, era la imagen de la obediencia, aunque sus ojos azules brillaban con una chispa de rebelión.

Thaddeus se agachó a la altura de Lenore, sus ojos fríos clavados en los de ella. “Te comportarás, Lenore”, susurró, su voz baja pero cargada de una amenaza que hizo que la niña se estremeciera. “Cualquier acto estúpido que cometas será castigado con una semana en el ático.” Terminó el mensaje ajustándole la corbata a Lenore y corrigiendo su postura con un gesto brusco. Lenore apretó los puños, sintiendo cómo la rabia hervía en su interior, pero mantuvo la compostura, mirando hacia la puerta con una expresión que intentaba ser neutral.

“Ira Whitlock y su hija, Annabel Lee Whitlock, están aquí”, anunció el portero mientras las puertas se abrían de par en par. Un hombre robusto, con una barba bien recortada y un monóculo que parecía sacado de una caricatura, entró con paso firme. A su lado, una pequeña niña vestida con un vestido beige adornado con lazos caminaba con timidez, sus ojos curiosos pero asustados escudriñando la habitación. Lenore la miró con escepticismo, preguntándose si aquella niña sería tan aburrida como parecía.

“Thaddeus Vandernatch, el hombre del momento”, dijo el hombre con un acento británico que sonaba ridículo en los oídos de Lenore. Se acercó a Thaddeus con una sonrisa amplia, extendiendo su mano con un gesto exagerado.

“Whitlock, un placer”, respondió Thaddeus con una sonrisa falsa que no llegaba a sus ojos. Tomó la mano de Ira con un apretón firme antes de retroceder a su posición. “Permíteme presentarte a los Vandernatch. En primer lugar, mi preciosa esposa, Lucille, mi joya.” Lucille hizo una reverencia perfecta, su rostro inexpresivo como una máscara. Lenore miró con rabia a su padre, recordando las noches en las que su madre suplicaba misericordia mientras su padre descargaba su ira en ella. Forzó una sonrisa, sintiendo cómo el odio hacia su padre crecía en su pecho.

“Mi hijo mayor y primer heredero, Theodore Vandernatch”, continuó Thaddeus. Theo, con la elegancia de quien ha sido entrenado para esto desde que tenía uso de razón, extendió su mano para saludar a Ira.

“Una fuerza increíble, muchacho. Ya veo por qué eres el primero en la línea”, dijo Ira con una risa. Los presentes rieron cortésmente, aunque Lenore notó cómo Theo apretaba la mandíbula, como si estuviera conteniendo un suspiro.

“Y por último, mi hija pequeña, Lenore”, dijo Thaddeus, su voz ligeramente más fría al pronunciar su nombre. Lenore recibió una mirada de advertencia de su padre que la hizo reaccionar de inmediato. Extendió su mano para saludar a Ira, apretando con firmeza, como le habían enseñado.

“Cómo no escuchar de ella. Una de las pocas alfas”, comentó Ira, su tono lleno de admiración. “En Inglaterra, y hasta donde sé, también en Estados Unidos, solo existen muy pocas mujeres que sean alfas. Lenore es una de ellas.” Lenore no supo si sentirse halagada o incómoda. Bajó la mirada, sintiendo cómo el peso de las expectativas de su padre caía sobre sus hombros.

“Les presentaré a mi pequeña, mi hija Annabel Lee”, dijo Ira, haciendo un gesto hacia la niña que había permanecido en silencio hasta ahora. Annabel dio un paso adelante, temblorosa pero decidida, y realizó una reverencia perfecta. Sus ojos, grandes y llenos de curiosidad, se encontraron con los de Lenore, y por un momento, ambas niñas se miraron con una mezcla de escepticismo y curiosidad.
“He pedido el mejor banquete especialmente para ustedes”, anunció Thaddeus con una sonrisa que pretendía ser cálida pero que solo lograba parecer calculadora. Las dos familias comenzaron a caminar hacia el gran comedor, un espacio imponente con techos altos y candelabros que arrojaban una luz dorada sobre la mesa larga y elegantemente decorada. Lenore, sin embargo, apenas podía disimular su aburrimiento. Suspiró profundamente, deseando poder escapar de aquella tortura. Sabía que la cena sería interminable, una sucesión de conversaciones aburridas que la harían querer golpear su cabeza contra la mesa.

Y así fue. Los minutos se convirtieron en horas mientras Lenore se veía obligada a escuchar al señor Whitlock y a su padre hablar de trenes, barcos y negocios que no le interesaban en lo más mínimo. Al parecer, el señor Whitlock era dueño de varios barcos transportistas, y Thaddeus no perdía la oportunidad de halagarlo con comentarios que sonaban más a adulación que a genuino interés. Lenore jugueteaba con su comida, moviendo los guisantes de un lado a otro del plato con el tenedor, mientras su mente vagaba lejos de aquella mesa.

“Es por eso que tengo la escopeta”, dijo Thaddeus en un tono que pretendía ser casual, aunque Lenore notó cómo su voz se endurecía ligeramente. Lo que al inicio había sido una conversación forzada, ahora fluía con una naturalidad que solo podía surgir de años de práctica en el arte de la falsedad. Lenore miró a su padre de reojo, preguntándose cómo podía hablar con tanta facilidad de cosas que no le importaban.

“Lenore”, dijo Thaddeus de repente, volviéndose hacia ella con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. “¿Por qué no llevas a la pequeña Annabel a explorar la casa? Seguro se divertirán.”

Lenore parpadeó, sorprendida por la sugerencia. Por un momento, sintió un destello de esperanza. Cualquier cosa era mejor que seguir escuchando aquella conversación interminable. Pero luego recordó que Annabel era una invitada, una extraña, y que tendría que ser amable con ella. Lenore no estaba segura de estar preparada para eso.

“Adelante, Annabel”, dijo el señor Whitlock, mirando a su hija con una expresión que pretendía ser alentadora. “Estoy seguro de que te agradará Lenore.”

Ambas niñas se miraron a los ojos. El azul claro de Lenore se encontró con el rosado pálido de los ojos de Annabel, y por un momento, el mundo pareció detenerse. Annabel parecía tímida, casi asustada, pero había algo en su mirada que despertó la curiosidad de Lenore.

“Sí, padre”, respondió Lenore con una voz que sonó más firme de lo que esperaba. Se levantó de su asiento, rodeó la mesa con pasos cuidadosos y se detuvo frente a Annabel. Alzó la mirada y se encontró con los ojos furiosos de su padre. Ah, claro. Annabel era una dama, y Lenore, como alfa, debía ser caballeroso. Respiró hondo y extendió su mano hacia Annabel, un gesto que le resultó extraño pero necesario.

Annabel la miró con duda, sus ojos rosados titilando como si estuviera evaluando a Lenore. Por un momento, pareció que iba a rechazar la oferta, pero finalmente tomó la mano de Lenore con una suavidad que sorprendió a la niña alfa. Sus dedos eran fríos, casi temblorosos, pero había una firmeza en su agarre que Lenore no esperaba.

“Vamos”, dijo Lenore, tratando de sonar amable aunque su voz sonó más ruda de lo que pretendía. Annabel asintió levemente y se levantó de su asiento, ajustándose el vestido beige con un gesto que parecía más un hábito que una necesidad.

Las dos niñas salieron del comedor, dejando atrás el murmullo de las conversaciones de los adultos. Lenore sintió cómo el aire cambiaba a medida que se alejaban, como si un peso invisible se hubiera levantado de sus hombros. Annabel caminaba a su lado en silencio, sus ojos curiosos escudriñando cada detalle de la mansión.

Lenore no sabía qué decir. No estaba acostumbrada a tener compañía, menos aún de alguien como Annabel, que parecía tan diferente a ella. Pero algo en la presencia de la niña la intrigaba, como si detrás de esa timidez hubiera algo más, algo que Lenore no podía definir.

“¿Te gusta explorar?”, preguntó Lenore finalmente, rompiendo el silencio con una voz que sonó más alta de lo que esperaba.

Annabel la miró, sus ojos rosados brillando con una mezcla de sorpresa y curiosidad. “Sí”, respondió en un susurro casi imperceptible. “Pero no sé si debo.”

Lenore frunció el ceño. “¿Por qué no?”

Annabel bajó la mirada, jugueteando con uno de los lazos de su vestido. “Mi padre dice que debo ser cuidadosa. Que no debo causar problemas.”

Lenore sintió una oleada de familiaridad en esas palabras. Era como si Annabel estuviera describiendo su propia vida. “Bueno”, dijo Lenore, con una sonrisa que no era del todo amable pero que pretendía ser alentadora. “Aquí no hay problemas. Solo nosotros.”

Annabel la miró de nuevo, y por primera vez, Lenore vio una sonrisa tímida en su rostro. Era pequeña, casi imperceptible, pero estaba ahí. Y, de alguna manera, eso hizo que Lenore se sintiera un poco menos sola.
El jardín de la mansión Vandernatch era un lugar mágico, especialmente al atardecer, cuando los últimos rayos del sol teñían las flores de tonos dorados y rosados. Lenore llevó a Annabel por el sendero de piedra que serpenteaba entre los arbustos de lavanda y los rosales, cuyas flores desprendían un aroma dulce y embriagador. El aire estaba lleno del zumbido de las abejas y el canto de los pájaros, creando una sinfonía natural que contrastaba con el silencio tenso que habían dejado atrás en el comedor.

“Este es mi lugar favorito”, dijo Lenore, extendiendo los brazos como si quisiera abrazar todo el jardín. “Aquí nadie me molesta. Bueno, excepto Theo, pero él no cuenta.”

Annabel caminaba a su lado, sus ojos rosados brillando con curiosidad mientras observaba cada detalle del jardín. “Es hermoso”, murmuró, acercándose a un rosal para tocar suavemente los pétalos de una rosa roja. “Me encantan las rosas.”

Lenore se detuvo y la miró con una ceja levantada. “¿En serio? Las rosas son tan… comunes. Todo el mundo las ama.”

Annabel sonrió tímidamente, sus mejillas sonrojándose ligeramente. “Sí, lo sé. Pero son tan bonitas. Y huelen tan bien.” Tomó una rosa entre sus dedos y la olió, cerrando los ojos por un momento. “Cuando me case, mi prometido me regalará un montón de rosas. De todos los colores.”

Lenore no pudo evitar reírse, un sonido claro y sincero que resonó en el aire tranquilo del jardín. “¿En serio? ¿Eso es lo que quieres? Un montón de rosas y un prometido aburrido que te las regale?”

Annabel abrió los ojos y la miró, inicialmente sorprendida por la risa de Lenore, pero luego una sonrisa tímida se dibujó en sus labios. “Bueno, no tiene que ser aburrido”, dijo, jugueteando con el lazo de su vestido. “Pero las rosas son especiales. Son un símbolo de amor, ¿sabes?”

Lenore se acercó a Annabel y se inclinó para mirar la rosa que sostenía. “El amor”, repitió con un tono burlón, aunque sin malicia. “Eso suena a algo que diría mi madre. Pero supongo que si te gustan las rosas, está bien.” Hizo una pausa y luego añadió con una sonrisa traviesa: “Aunque yo preferiría que me regalaran un caballo. O una espada.”

Annabel rió suavemente, un sonido dulce y musical que hizo que Lenore se sintiera extrañamente orgullosa de haberla hecho reír. “Un caballo y una espada”, repitió Annabel, mirando a Lenore con una expresión divertida. “Eso sí que es diferente.”

Lenore se encogió de hombros, fingiendo indiferencia, pero no pudo evitar sonreír. “Bueno, al menos no soy aburrida como todos los demás.”

Annabel la miró con curiosidad, sus ojos rosados brillando con una mezcla de admiración y sorpresa. “No, no lo eres”, dijo en voz baja. “Eres… diferente. Pero en el buen sentido.”

Lenore se sintió extrañamente halagada por esas palabras. No estaba acostumbrada a recibir cumplidos, menos aún de alguien como Annabel, que parecía tan delicada y refinada. Pero había algo en la forma en que Annabel la miraba que la hacía sentir vista, como si por primera vez alguien la entendiera.

“Bueno, si te gustan tanto las rosas”, dijo Lenore, cambiando de tema con un gesto despreocupado, “¿por qué no te llevas una? Nadie se dará cuenta.”

Annabel miró la rosa que sostenía y luego a Lenore, como si estuviera considerando la idea. “¿De verdad? ¿No me regañarían?”

Lenore rió de nuevo, esta vez con un toque de picardía. “¿Regañarte por una rosa? Ni siquiera sabrían que falta. Además, si alguien dice algo, yo me encargaré de ello.”

Annabel sonrió, esta vez con más confianza, y cortó suavemente la rosa del arbusto teniendo extremo cuidado con las espinas. “Gracias, Lenore”, dijo, oliendo la flor nuevamente. “Es muy amable de tu parte.”

Lenore se encogió de hombros, tratando de parecer indiferente, pero no pudo evitar sentirse un poco orgullosa de haber hecho feliz a Annabel, aunque fuera con algo tan simple como una rosa. “Bueno, no es para tanto”, dijo, mirando hacia otro lado. “Pero si quieres, podemos seguir explorando. Hay un estanque al final del jardín donde a veces veo ranas.”

Annabel asintió entusiasmada, sosteniendo su rosa con cuidado mientras seguía a Lenore por el sendero. Las dos niñas comenzaron a hablar y reír, compartiendo historias y descubriendo pequeñas cosas que tenían en común. Aunque eran muy diferentes, en ese momento, en el jardín bañado por la luz dorada del atardecer, Lenore y Annabel encontraron algo que ninguna de las dos esperaba: una amistad que comenzaba a florecer, tan delicada y prometedora como las rosas que las rodeaban.

El estanque al final del jardín era un lugar mágico, rodeado de juncos y nenúfares que flotaban sobre el agua tranquila. El sol, ya bajo en el horizonte, pintaba el cielo de tonos naranjas y rosados, reflejándose en la superficie del agua como si fuera un espejo dorado. Lenore se detuvo al borde del estanque, señalando con entusiasmo hacia las ranas que saltaban entre los nenúfares.

“Mira, ahí hay una”, dijo Lenore en voz baja, agachándose con cuidado para no asustar a la rana que descansaba sobre una hoja grande. Annabel se quedó atrás, observando con una mezcla de curiosidad y nerviosismo.

“¿Vas a atraparla?”, preguntó Annabel, sus ojos rosados abiertos con expectación.

Lenore asintió con una sonrisa traviesa. “Claro. Pero no te asustes, ¿de acuerdo?”

Antes de que Annabel pudiera responder, Lenore extendió su mano con movimientos lentos y precisos, atrapando la rana con suavidad. La pequeña criadora se agitó por un momento, pero Lenore la sostuvo con cuidado, asegurándose de no lastimarla.

“¡Ahí está!”, dijo Lenore, levantándose y mostrando la rana a Annabel con orgullo.

Annabel dio un pequeño grito y retrocedió un paso, cubriéndose la boca con las manos. “¡Lenore! ¡Eso es asqueroso!”

Lenore rió, disfrutando de la reacción de Annabel. “¿Asqueroso? Es solo una rana. Mira, es inofensiva.” Acercó la rana a Annabel, quien retrocedió aún más, riendo nerviosamente.

“¡Por favor, aléjala!”, suplicó Annabel, aunque su risa delataba que no estaba tan asustada como pretendía.

Lenore bajó la rana, sosteniéndola con cuidado mientras se acercaba a Annabel. “¿Sabes qué dicen sobre las ranas?”, preguntó con un tono juguetón. “Dicen que si besas una, se convierte en un príncipe.”

Annabel la miró con incredulidad, aunque una sonrisa asomaba en sus labios. “Eso es solo un cuento, Lenore. Las ranas son solo ranas.”

Lenore se encogió de hombros, sosteniendo la rana frente a ella. “Bueno, nunca se sabe. ¿Quieres intentarlo? Podrías conseguir un príncipe encantador.”

Annabel rió, esta vez con más confianza, y sacudió la cabeza. “No, gracias. Guardaré mi primer beso para alguien que ame con toda mi alma.”

Lenore la miró con curiosidad, sorprendida por la seriedad en la voz de Annabel. “¿En serio? ¿Un beso es tan importante para ti?”

Annabel asintió, sus mejillas sonrojándose ligeramente. “Sí. Mi madre siempre decía que un beso es algo especial, algo que solo debes compartir con alguien que realmente ames.”

Lenore bajó la rana al suelo, dejándola saltar de regreso al estanque, y se sentó en la hierba, mirando a Annabel con interés. “Eso suena muy romántico”, dijo, aunque su tono era ligeramente burlón. “Pero ¿y si nunca encuentras a alguien así?”

Annabel se sentó a su lado, jugueteando con el lazo de su vestido. “Lo encontraré”, dijo con una convicción que sorprendió a Lenore. “Y cuando lo haga, será perfecto. Como en los cuentos de hadas.”

Lenore rió suavemente, pero esta vez sin burla. “Bueno, supongo que tienes suerte. Yo no creo en los cuentos de hadas.”

Annabel la miró con una sonrisa tímida. “Tal vez algún día encuentres a alguien que te haga creer en ellos.”

Lenore se encogió de hombros, mirando hacia el estanque donde la rana había desaparecido entre los nenúfares. “Tal vez”, dijo en voz baja, aunque no estaba segura de creerlo.

Las dos niñas se quedaron sentadas en silencio por un momento, disfrutando de la tranquilidad del jardín y la compañía del otro. Aunque eran muy diferentes, en ese momento, bajo el cielo teñido de colores cálidos, Lenore y Annabel encontraron un vínculo que ninguna de las dos esperaba. Y tal vez, solo tal vez, ese vínculo era el comienzo de algo especial, algo que ni los cuentos de hadas ni las rosas podían describir.

El tiempo pasó, y desde aquel día en el jardín, Annabel y Lenore se volvieron inseparables. Los días que antes parecían largos y monótonos ahora estaban llenos de risas, juegos y complicidad. Annabel, con su amor por las rosas y su delicadeza, y Lenore, con su espíritu rebelde y su amor por la aventura, formaban un contraste perfecto. Juntas, encontraban un equilibrio que ninguna de las dos había conocido antes.

Una de sus actividades favoritas era jugar al ajedrez en la biblioteca de la mansión, rodeadas de estanterías llenas de libros antiguos y el aroma a papel y madera envejecida. Lenore siempre decía que el ajedrez era aburrido, pero en realidad disfrutaba cada partida, especialmente cuando Annabel se frustraba por sus movimientos aparentemente sin sentido.

“¡Lenore, eso no es un movimiento válido!”, protestaba Annabel, frunciendo el ceño mientras Lenore movía un peón de manera completamente aleatoria.

“¿Por qué no? Es mi estrategia”, respondía Lenore con una sonrisa traviesa, reclinándose en su silla y cruzando los brazos. “Además, ¿quién dice que hay reglas en el ajedrez?”

Annabel la miraba con exasperación, pero no podía evitar reír. “Tú eres imposible”, decía, aunque su tono estaba lleno de cariño.

Los Whitlock se habían mudado definitivamente a Estados Unidos, estableciéndose cerca de la mansión Vandernatch. Para Lenore, eso significaba noches de pijamadas interminables, escapadas a caballo al amanecer y tardes enteras explorando los alrededores de la propiedad. Todo era perfecto, o al menos lo parecía.

Pero había algo que ensombrecía aquella amistad: las marcas rojas en los antebrazos de Lenore. Eran constantes, como un recordatorio silencioso de algo que Annabel no podía comprender del todo. Cada vez que las veía, sentía un nudo en el estómago, una mezcla de preocupación y miedo. “¿Qué te pasó, Pet?”, preguntaba en voz baja, sus ojos rosados llenos de inquietud.

Lenore siempre daba largas, desviando la mirada y respondiendo con evasivas. “No importa, Annabel. Solo son rasguños.” Pero Annabel no era tonta. Sabía que había algo más, algo que Lenore no quería contarle. Y aunque le dolía no poder ayudarla, prefería no insistir. Tenía miedo de que, si preguntaba demasiado, Lenore se alejara de ella.

Además, estaban los días en los que Lenore desaparecía sin explicación. Annabel sabía que eran sus “citas de juego”, como Lenore las llamaba, aunque nunca entendió del todo qué significaba eso. Lo único que sabía era que, después de esos días, Lenore volvía con un ramo de rosas en las manos y una sonrisa forzada en el rostro.

Annabel aceptaba las rosas con una sonrisa tímida, aunque en su interior sentía una mezcla de alivio y tristeza. No preguntaba adónde había ido Lenore ni qué había hecho. Prefería no saber, aunque en el fondo sospechaba que esos días estaban relacionados con las marcas en sus brazos. Tal vez la encerraban, tal vez la castigaban. Pero Annabel no decía nada. Tenía miedo de que, si hablaba, Lenore se alejara para siempre.

Una tarde, mientras paseaban por el jardín, Annabel decidió romper el silencio que siempre rodeaba esos temas. “Lenore”, comenzó, jugueteando con el lazo de su vestido. “¿Por qué nunca me cuentas lo que pasa? Sabes que puedes confiar en mí.”

Lenore se detuvo, mirando a Annabel con una expresión que era difícil de descifrar. Por un momento, pareció que iba a decir algo, pero luego bajó la mirada y sacudió la cabeza. “No quiero que te preocupes por mí, Annabel. Además, no es nada importante.”

Annabel sintió cómo el nudo en su estómago se hacía más fuerte. “Eres importante para mí, Lenore. Y si algo te duele, quiero ayudarte.”

Lenore la miró, y por primera vez, Annabel vio algo en sus ojos que no había visto antes: vulnerabilidad. Pero solo duró un instante. Lenore sonrió, aunque su sonrisa no llegaba a sus ojos. “No te preocupes por mí, Annabel. Todo está bien.”

Annabel asintió, aunque no estaba convencida. Sabía que Lenore llevaba un peso que no quería compartir, y aunque le dolía no poder ayudarla, decidió respetar su silencio. Después de todo, Lenore era su mejor amiga, y no quería perderla.

Todo se derrumbó cuando Annabel cumplió quince años. El primer celo de Annabel llegó como una tormenta inesperada, trayendo consigo una serie de reglas y restricciones que ninguna de las dos había anticipado. A Lenore le prohibieron verla, algo que nunca antes había sucedido. Annabel estaba confinada en su habitación, rodeada de sirvientas que la atendían con miradas compasivas y susurros que Lenore no podía escuchar pero que imaginaba llenos de condescendencia.

Lenore esperó pacientemente al principio, confiando en que todo volvería a la normalidad. Pero aquel día fue diferente. Thaddeus Vandernatch, con su voz fría y autoritaria, anunció que Lenore y Annabel debían alejarse. Annabel, según él, debía comenzar a estudiar para convertirse en una "esposa adecuada", mientras que Lenore era considerada una "distracción" que debía ser eliminada de su vida. Ambas se negaron, pero a los quince años, sus voces eran como susurros en medio de un huracán. Thaddeus ya había tomado una decisión: dejaría a Theo a cargo de los negocios en Estados Unidos, mientras él y Lenore viajarían a los Países Bajos para expandir el imperio Vandernatch.

Lenore se negó con furia, pero fue advertida con una mirada que heló su sangre. "Esta es tu última noche aquí", le dijo Thaddeus, su voz tan fría como el acero. "Mañana nos vamos, y no habrá discusión."

Esa noche, Lenore no pudo quedarse quieta. La idea de dejar atrás a Annabel, de abandonar la única amistad verdadera que había conocido, era insoportable. Así que, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho, decidió tomar el asunto en sus propias manos. Se escapó de su habitación, saltando paredes y esquivando a los sirvientes con la agilidad de quien había pasado años explorando cada rincón de la mansión y sus alrededores. Corrió por el jardín, sintiendo cómo el viento nocturno le azotaba el rostro, hasta llegar al patio de los Whitlock.

El balcón de Annabel estaba en el segundo piso, pero eso no detuvo a Lenore. Trepó por la enredadera que crecía junto a la pared, sus manos temblorosas pero firmes, hasta llegar al balcón. Con el corazón en la garganta, dio tres golpes precisos en la ventana, un código que solo ellas conocían.

Por un momento, no hubo respuesta. Lenore sintió cómo el pánico comenzaba a apoderarse de ella, pero entonces la cortina se movió, y allí estaba Annabel, su rostro iluminado por la luz tenue de la luna. Sus ojos rosados, normalmente llenos de vida, ahora reflejaban tristeza y desesperación.

“Lenore”, susurró Annabel, abriendo la ventana con cuidado. “¿Qué haces aquí? Si te descubren…”

“No me importa”, interrumpió Lenore, entrando al balcón y tomando las manos de Annabel entre las suyas. “No puedo irme sin verte. No puedo dejarte así.”

Annabel bajó la mirada, sus lágrimas cayendo sobre sus manos entrelazadas. “Mi padre dice que ya no puedo verte. Que debo prepararme para… para casarme. Y tu padre…”

“Mi padre no entiende”, dijo Lenore con firmeza, aunque su voz temblaba. “No entiende que tú eres lo único que me importa. No puedo irme a los Países Bajos, Annabel. No sin ti.”

Annabel la miró, sus ojos llenos de una mezcla de amor y dolor. “No tenemos elección, Lenore. Somos solo niñas. No podemos luchar contra ellos.”

Lenore apretó las manos de Annabel con más fuerza, como si pudiera transmitirle toda su determinación a través de ese gesto. “No importa. No importa cuánto intenten separarnos. Prométeme que no olvidarás esto.”

Annabel asintió, sus lágrimas cayendo libremente ahora. “Lo prometo, Lenore. Nunca te olvidaré.”

Las dos niñas se abrazaron, sintiendo cómo el mundo a su alrededor se desmoronaba. En ese momento, bajo la luz plateada de la luna, juraron en silencio que, sin importar lo que pasara, su amistad sería eterna. Pero ambas sabían que, a partir de ese día, nada volvería a ser igual.
Annabel no lo supo en ese momento. No supo si era el calor del momento, la desesperación de la despedida, o tal vez su celo, que aún no había terminado, lo que la impulsó a actuar. Lo único que sabía era que no podía dejar ir a Lenore sin decirle, sin mostrarle, lo que realmente sentía. Así que, antes de que su mente pudiera detenerla, se separó del abrazo y, con un movimiento rápido pero suave, inclinó su rostro hacia Lenore.

Sus labios se encontraron en un beso tierno pero lleno de significado. Era el primer beso de ambas, aquel que Annabel había jurado guardar para el amor de su vida. Y ahora, en ese momento de despedida, se lo regalaba a Lenore. El mundo pareció detenerse mientras sus labios se conectaban, un instante fugaz pero eterno, como si el tiempo mismo hubiera decidido hacer una pausa para presenciar aquel acto de amor puro y desesperado.

Lenore se quedó inmóvil por un segundo, sorprendida por la acción de Annabel. Pero luego, como si algo dentro de ella hubiera despertado, respondió al beso con una intensidad que sorprendió incluso a Annabel. Sus manos se aferraron a los hombros de Lenore, mientras que Lenore, casi instintivamente, rodeó la cintura de Annabel con sus brazos, acercándola más. El beso era dulce pero apasionado, lleno de todas las palabras que no habían podido decir, de todos los sentimientos que habían guardado en silencio.

Cuando finalmente se separaron, ambas estaban sin aliento, sus rostros separados por apenas unos centímetros. Annabel miró a Lenore con ojos brillantes, llenos de lágrimas y algo más, algo que Lenore no podía definir pero que la hacía sentir como si su corazón estuviera a punto de estallar.

“Lo siento”, susurró Annabel, su voz temblorosa. “No pude evitarlo. No quería que te fueras sin… sin saber lo que siento.”

Lenore la miró, sus ojos azules brillando con una mezcla de sorpresa, alegría y tristeza. “No te disculpes”, dijo en voz baja, acariciando suavemente la mejilla de Annabel con los dedos. “Ese beso… fue el más hermoso que he sentido.”

Annabel sonrió tímidamente, sus lágrimas cayendo sobre las manos de Lenore. “Lo guardé para ti”, admitió, su voz apenas un susurro. “Siempre supe que eras especial, Lenore. Siempre supe que eras… mi amor.”

Lenore sintió cómo su corazón se aceleraba, como si esas palabras hubieran desbloqueado algo dentro de ella. “Annabel”, comenzó, pero no pudo continuar. En lugar de eso, la abrazó con fuerza, como si pudiera protegerla del mundo, de las decisiones de sus padres, de todo lo que las separaba.

“No quiero irme”, confesó Lenore, su voz quebrada por la emoción. “No quiero dejarte.”

Annabel apretó los ojos, abrazando a Lenore con la misma fuerza. “No tenemos elección”, dijo, aunque sus palabras sonaban vacías incluso para ella. “Pero esto no es un adiós, Lenore. Esto es solo… un hasta luego.”

Lenore asintió, aunque no estaba segura de creerlo. Sabía que, una vez que se fueran, nada sería igual. Pero en ese momento, bajo la luz de la luna y con el sabor del beso de Annabel aún en sus labios, decidió aferrarse a la esperanza. Aferrarse a la promesa de que, algún día, volverían a estar juntas.

“Te escribiré”, prometió Lenore, separándose lo suficiente para mirar a Annabel a los ojos. “Cada día. Cada semana. No importa dónde esté, tú serás lo primero en lo que piense.”

Annabel sonrió, aunque sus lágrimas no cesaban. “Y yo te esperaré”, respondió. “No importa cuánto tiempo pase, Lenore. Tú eres mi amor. Mi primer beso. Mi todo.”

Las dos niñas se abrazaron de nuevo, sintiendo cómo el mundo a su alrededor se desvanecía. En ese momento, bajo la luz plateada de la luna y con el eco de su beso aún resonando en el aire, juraron en silencio que, sin importar lo que pasara, su amor sería eterno. Pero ambas sabían que, a partir de ese día, nada volvería a ser igual.