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No se sentía especialmente religiosa, a menos que Marta estuviera sentada ahorcajadas sobre su muslo.
Cuando eso ocurría, cuando su mujer estaba sobre ella completamente desnuda, con el cuello ligeramente inclinado hacia atrás, contoneando sus caderas en un ritmo angustiosamente lento y mordiéndose el labio inferior hasta casi hacerlo sangrar, para reprimir los gemidos que escapaban en forma de susurro, Fina entendía perfectamente la fe y la devoción con las que la gente elevaba sus clamores hacia el cielo.
Y cuando Marta se inclinaba sobre ella enredando sus dedos en su pelo oscuro, obligándola a mirarla fijamente, con un movimiento de caderas cada vez más rápido, cada vez más errático por la desesperación, y le preguntaba, con la voz ahogada, ‘¿en qué piensas, amor?’, Fina sólo podía gemir y decir, como si fuera una respuesta litúrgica, ‘en ti, Marta… solamente pienso en ti’.
