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Secreto de familia

Summary:

Aegon sabe que la familia de Jacaerys está escondiendo algo.

¡Aporte a la última weekend del grupo Jacegon!

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Desde el minuto uno que Aegon conoció a la familia Strong, sintió que había algo raro con toda esa gente, puesto que eran peculiares en muchos aspectos. En forma de hablar, en como parecían adictos al tacto, en su extraña perfección, su fascinación por el bosque y, sobre todas las cosas, sus recurrentes desapariciones. Suele pasar demasiado tiempo en casa de Jacaerys, haciendo cualquier cosa que pasara por su mente, pero cada cierto tiempo se le prohibía visitarlos y, en ocasiones cuando Aegon pasaba por la gran casa de los Strong (en días que no tenia permitido verlos), notaba como la casa parecía estar vacía, sin autos en la entrada, con las ventanas cerradas y solo con la luz de afuera encendida.

Por mucho tiempo se preguntó varias cosas. ¿A dónde iban? ¿Qué ocurría? Y más que nada, ¿por qué no era bienvenido a estar con ellos? Todos son amables con él, así que ser excluido de las actividades le resultaba extraño y lo llenaba de curiosidad.

Intentó sacarle información a Jacaerys, pero siempre era tenía excusas tan buenas, que Aegon creyó que se estaba volviendo loco. También habló con sus hermanos, y puede que haya estado cerca de sacarle algo a Joffrey, el más pequeño, pero fue interrumpido por Rhaenyra, la madre de los chicos.

Ella llegó en el momento justo, tocando la cabeza de su pequeño hijo y pidiéndole retirarse, estaban en la sala de su casa, esperando a que Jacaerys bajara para salir en el auto a la ciudad, donde comprarían helado. Cuando Joffrey se fue, Nyra tomó asiento junto a Aegon, quien se sintió un poco tenso por su presencia; ella le agrada, es amable y cálida, pero también imponente, como su esposo.

—No voy a regañarte, si es lo que piensas.

Aegon solo pensó que Rhaenyra es demasiado intuitiva.

—¿No?

—Entiendo tu curiosidad —respondió—. Hay cosas que no están claras, pero te aseguro que todas tus dudas serán resultas, Egg.

—¿Cuándo? Los conozco desde hace mucho, pero…

—Pronto —le dio una suave palmada en el hombro, antes de inclinarse para besar su mejilla—. Jace está bajando, dile que traiga helado de fresa para mí, por favor —pidió, con una voz suave; se puso de pie y se fue de la sala rumbo a la cocina, sin más que decir.

A los pocos segundos, Jacaerys apareció en la sala, tenía sus ojos puestos sobre Aegon, traía las llaves del auto en una mano. Miró hacia la cocina, curioso.

—¿Qué te ha dicho mi mamá?

—Que compres helado de fresa —respondió rápido, sonriéndole ligeramente.

—Eso lo he escuchado.

Aegon no respondió a la duda de Jacaerys, solo le mostró la lengua antes y caminó fuera de la casa, Jacaerys lo siguió de cerca, como siempre lo hacia (cual perro fiel). Antes de subir al auto, Jace lo acorraló contra la puerta del copiloto. Se miraron por varios segundos, Aegon siempre ha pensado que los ojos castaños de Jacaerys tiene un extraño brillo amarillo en ellos. Jace se acercó a él, con la nariz hundida en su cuello; parecía respirar el aroma que Aegon desprende, cosa que ya no le parece extraña en este punto de su relación.

Cruzó sus brazos por la espalda de Jace, apretando su camisa con suavidad y riendo un poco, la respiración de Jace le causaba cosquillas en el cuello.

Toda esa cercanía, esas miradas y su actuar era normal para ambos, han recorrido bastante para llegar a ese punto de confianza. Cuando Jace se separó volvieron a mirarse, con tanta intensidad que Aegon se sintió cohibido y se apresuró en separarse de él, abriendo la puerta del auto para entrar.

—Vamos, no hagamos esperar a tu mamá.

*

Algunos meses más después, Aegon fue despertado por una llamada a su celular, se levantó un poco desorientado, tanteando el buró de su cuarto para alcanzar su celular. No le interesó la hora cuando se dio cuenta que la llamada era de Rhaenyra; tenía el número de casi toda la familia de Jacaerys, pero nunca le hablaban. Al responder, la voz calmada de Nyra llegó a sus oídos.

—¿Tu madre duerme?

—¿Rhaenyra? ¿Qué pasa…?

—Te dije que pronto tendrías la respuesta a todas tus dudas.

—¿De qué…?

—Sal, que Alicent no te escuche —sonaba tan suave—. Estoy fuera de tu casa.

No recibió más explicaciones, Rhaenyra colgó el celular y Aegon demoró unos minutos en reaccionar. Se colocó unos pantalones y sus tenis, asomándose por la ventana de su cuarto; frente a su casa estaba Rhaenyra, de pie al vehículo de la madre de Aegon; en ese momento fue que se apresuró en salir. Bajo las escaleras con sigilo, tomo sus llaves y salió, mirando a Rhaenyra apoyada en el auto de Alicent. Vestía una bata delgada e iba descalza, Aegon se preguntó si la mujer no sentía frío, el invierno se acerca y el aire comienza a volverse helado entrada la noche.

Aún muerto de curiosidad, no pregunto qué ocurría o a donde se dirigían, creyó que irían a la casa de ella, que quedaba a unos trescientos metros de la suya, pero pronto se encontraban pasando de esta, dirigiéndose al límite del bosque. Ella lo tenía tomado del brazo y lo dirigía entre los árboles y arbustos, aferrándose más y más al espeso bosque que los rodea. Ha entrado un sin número de veces con ellos, pero jamás de noche, puesto que existían rumores de osos en las profundidades del sitio; Aegon confía tanto en ellos que no se preocupó en preguntar qué sucedía.

Luego de unos minutos, llegaron a un claro. Aegon se sentía observado, pero no parecía haber nadie a su alrededor.

—Eres un chico inteligente, Egg. Desde el primer momento que nos conociste has sabido que hay algo distintos en nosotros. Has tenido paciencia, hasta hace poco, ¿verdad? —su voz era un poco burlona, pero no de mala manera, sino de la manera en la que hace sonrojar a Aegon de la vergüenza—. Te mostraremos.

—¿Mostrarme? ¿De qué estás…?

Antes de poder terminar, el sonido de los arbustos moviéndose captaron su atención. Detrás de Rhaenyra podía observar las hojas moverse, mientras ella caminaba hacia Aegon; de pronto, un destello café salió de uno de ellos, corriendo hacia él, parecía un perro muy peludo, que llegaba un poco más arriba de sus rodillas; corrió hacia él y lo empujó con sus patas delanteras, haciéndolo caer al suelo. Era un cachorro, que sacaba la lengua y llenaba de saliva el rostro de Aegon, quien no sabía como reaccionar a lo que estaba sucediendo.

Intentó sacárselo de encima, más se quedó atónito cuando Nyra habló en voz alta.

—Joff, deja respirar a Aegon —exclamó, primero siendo ignorada—. Jace se molestará sino te alejas.

El cachorro no se movía de encima de Aegon, una de sus patas presionaba el pecho ajeno. Un gruñido se escuchó por encima de los sonidos que emite el cachorro, quien bajó sus orejas en señal de sumisión. Cuando el lobo café se apartó de él, otro apareció. La gran cabeza de un lobo evidentemente mayor se elevaba sobre él, sus ojos amarillos brillaban con intensidad y lo olfateaba.

Quería gritar, pero todo sonido se había atorado en su garganta. El animal lo miró por unos momentos, antes de bajar la cabeza y golpear el cuello de Aegon con la punta húmeda de su nariz, olfateándolo profundamente y lamiendo la zona. Este era más grande que el lobo café y su pelaje era de un profundo color negro, que seguro podría camuflarse con facilidad en el bosque.

No sabe si se trata de su presencia, de su mirada o de su forma de saludar, pero solo una persona pasó por su mente y de sus labios salió un nombre en susurro.

—¿Jace?

El lobo negro movió las orejas y volvió a lamer a Aegon, esta vez sobre su cuello. El lobo café movía la cola, ladrando de forma que Aegon entendía como una expresión de felicidad, intentó acercarse, pero recibió un gruñido; el libro negro le mostraba todos los dientes.

—Jace, hablamos de eso —exclamó Rhaenyra—. Deja que Joffrey se acerque.

Jace Jace Jace

El más grande se alejó un poco, bajando las orejas, permitiendo que el cachorro se acercara más. Aegon tomó asiento sobre la hierba, dándose cuenta de que no solo eran dos lobos, sino más. Un pinto, negro y gris brillaban bajo la luna llena, tenía un tamaño intermedio entre el negro y el café; el otro era… Dios.

Un lobo del tamaño de un caballo, su pelaje negro con manchas grises está de pie junto a Rhaenyra, mirando hacia Aegon y los demás, con un par de ojos rojos que probablemente pondrían a temblar a cualquiera. La mujer tenía una mano sobre el espeso pelaje del animal, acariciándolo como si se tratara de un perro. El gran lobo soltó un bufido, que rápidamente hizo que Joffrey se echara junto a Aegon y que Jacaerys se sentara junto a él.

—Hay muchas cosas que debes saber —habló Nyra, sus manos se movieron sobre su vestido, bajando las tiras que lo sostenían sobre sus hombros—, pero te lo explicaremos más tarde.

Aegon miró con sorpresa a Rhaenyra, que sin vergüenza alguna dejó caer su ropa al suelo, quedando desnuda ante él. Y antes de que pudiera mirar a otra parte, sus ojos captaron como el cuerpo de aquella mujer, que lleva conociendo desde hace años, se transformaba. Sus extremidades cambiaban y se llenaba de un espeso pelaje blanco, tan blanco como su cabello. No era agradable de ver, parecían que sus huesos se rompían y reacomodaban, pero Aegon no sintió asco.

Un lobo blanco, con ojos amarillos y colmillos afilados. No tan grande como el lobo negro y gris, pero si más grande que el lobo negro junto a él.

Sintió movimiento a su lado, el lobo negro (JaceJaceJace) se inclinó hacia él, tocando su hombro con su hocico. Alzó una mano, tocando suavemente la cabeza del animal, temiendo un poco, hasta que este se acercó para comenzar el contacto. Aegon sonrió, acariciando la cabeza del lobo y luego detrás de sus orejas.

—Siempre pensé que buscabas atención como un cachorro.

El lobo negro bufó, sacudiendo su cuerpo y procediendo a empujar a Aegon de regreso al suelo, cosa que solo provocó que los demás se acercaran a olfatearlo y tocarlo. 

Aegon no entendía nada, no sabía qué mierda estaba sucediendo ni cómo era posible todo eso, pero en esos momentos se sentía tan pleno, que podía esperar hasta mañana para responder cada una de sus dudas.