Chapter Text
La primavera ha llegado antes de lo previsto.
Los pétalos de las flores, suaves y pintorescos, golpean con delicadeza el cristal de la ventana. La ciudad italiana parece un paisaje sacado de un cuadro colgado en la pared de la casa de un desconocido. El árbol de cerezo, sutilmente salpicado con tonos rosas más intensos, tiñe de color las veredas y las calles grises adoquinadas. Las personas siguen su camino con rostros estoicos, que parecen competir con las estatuas del centro de la ciudad. Algunos van rumbo al trabajo, otros al mercado a comprar el pan de la mañana, y otros más pasan trotando, revisando su muñeca cada cinco minutos, como si pudieran retrasar el tiempo, aunque fuera solo un segundo. Cada uno tiene su manera de vivir la vida, de aprovechar cada minuto en este viaje sin retorno que es el mundo.
Él no es diferente. Cuando el reloj marca las siete de la mañana, su cuerpo responde con una puntualidad asombrosa. La inconsciencia de sus sueños, que muchas veces no logra recordar, se disuelve y la conciencia se adueña de sus sentidos. Entonces siente el aroma de la mañana, cálida en el verano, obligándolo a abrir las ventanas y encender el ventilador para ajustar la temperatura de su cuerpo. En el otoño las cosas son más fáciles, aunque el viento sea su enemigo, desordenando los papeles acumulados en su escritorio cada vez que una ráfaga atraviesa el espacio entre los cristales. Es una estación que invita a caminar por las calles cubiertas de hojas marrones y amarillas, marchitas por el desprendimiento de su hogar. El crujir de las zapatillas sobre ellas, acompañado del cielo grisáceo, acelera el llanto de la lluvia, que acecha el día con sus gotas. Aunque deba estar atento al pronóstico del tiempo, disfruta de caminar sin estar completamente abrigado, como en invierno. En esta estación, las noches no son tan duras. La calefacción hace su trabajo cuando llega a casa, y el verdadero problema es salir. La nieve no es frecuente, pero cuando cae, el frío sube hasta los huesos, enrojeciendo las yemas de sus dedos y su rostro, especialmente su nariz. Las veredas cubiertas de un manto blanco quedan marcadas por un efímero rastro de huellas humanas, hasta que una nueva nevada desaparece todo rastro de vida.
Hoy, las persianas están completamente abiertas, algo que hizo apenas despertó, dejando entrever las casas adosadas al otro lado de la calle. Se toma su tiempo para contemplar este nuevo día. Luego, cuando considera que ha sido suficiente, retrocede la silla junto a la ventana y se levanta.
El baño es lo más minimalista de su casa, recubierto con cerámica blanca y pequeñas incrustaciones de piedras que le otorgan un toque rústico y elegante al mismo tiempo. Tiene todo lo necesario: jabones aromatizantes, champú con diferentes propósitos para la suavidad de su cabello negro, pasta dental recién comprada y un montón de productos para la piel que rara vez usa.
El espejo sobre el lavabo es de tamaño mediano, lo suficiente para reflejar todo su rostro y una parte de su cuello hasta las clavículas.
Su piel blanca se refleja en él, aún marcada por los vestigios de la somnolencia, los ojos y los párpados aún pesados. Se apresura a lavarse la cara con agua fría y, luego, cepilla sus dientes con la rutina monótona de todas las mañanas. Pero hoy es diferente. Entre la esponjosidad de su cabello negro, con pequeñas hebras onduladas que caen con rebeldía sobre su frente, un pequeño hilo brilla entre el sepia de sus cabellos. Con los ojos entrecerrados y la boca cubierta de espuma blanca mentolada, inclina ligeramente el rostro hacia abajo. Ahí está: una línea blanca oculta en el lado derecho de su cabeza, intentando pasar desapercibida. Con su mano libre, trata de sujetarla entre los dedos, y cuando lo consigue, tira de ella hacia arriba hasta sentir un pequeño pinchazo en su cuero cabelludo al arrancarla de raíz.
Entre su palma reposa, con parsimonia actuada, su primer rastro visible del tiempo, blanco e inmutable como la nieve que cubre los días de invierno.
No era algo inesperado. La vida ha sido condescendiente al darle un aspecto juvenil a pesar de los años, pareciendo aún en sus veinte cuando la realidad es diferente. Pero al tiempo no se le puede engañar, las apariencias son a menudo fútiles frente al verdugo implacable que avanza sin distinguir a nadie.
Encierra en su mano el cabello blanco, termina de enjuagarse la boca con abundante agua antes de salir al pasillo, dirigiendo sus pasos calmados hacia el escritorio de su habitación. Ahí, sentado como todas las mañanas sobre su silla de oficina giratoria, lo sostiene a contraluz. Lo observa con una minuciosidad estudiada, ladeando la cabeza de derecha a izquierda, como buscando letras pequeñas escondidas. Pero la única palabra que puede encontrar es su propio nombre.
Una pequeña ráfaga de viento, sin saber de dónde ha salido, lo arranca de sus dedos en pinza, haciéndolo volar como una pluma antes de caer en algún lugar desconocido para sus ojos. Tan pronto como lo pierde de vista, ladea una sonrisa austera.
En ese pequeño momento, donde la luz diáfana del amanecer se cuela por la ventana y los pájaros de múltiples colores entonan su habitual canto mañanero, se ve arrastrado de regreso en el tiempo. Tal vez es porque ha estado muy pensativo en los últimos días, que la imagen de su juventud lo ha estado visitando cada noche y cada día.
Había escuchado, entre las tantas habladurías que nacen en las filas largas de los puestos de pan recién horneado, una plática no tan jovial entre unos señores adustos, con barba blanca y estómagos agrandados, cubiertos con abrigos negros corrientes y bufandas que les ocultaban el rostro hasta hacer casi imperceptibles los gruesos hilos blancos que adornaban su boca.
Uno de ellos decía, con el orgullo dibujado en la voz, que la generación de antes, específicamente la suya, no hacía tantas ridiculeces en el amor. Había visto, con terrible estupor, cómo los jóvenes de ahora rebajaban su dignidad con tal de poseer la mano deseada. Su amigo se había reído de sus ocurrencias, respondiéndole que era muy valiente por decir esos pensamientos en una calle tan transitada, y con jóvenes a su alrededor disfrutando su plenitud. El otro solo atinó a decir que lo que menos le importaban eran las miradas desconocidas, y que, de todos modos, muy pronto esta tierra se olvidaría de él; por lo tanto, le daba igual si sus comentarios no eran del agrado de todos.
El señor a su lado lo miró, y se le acabó la sonrisa. Probablemente, en sus ojos cruzó la realidad indiscutible que todos vivirán: la muerte.
Mientras la fila avanzaba con pasos lentos pero seguros, la conversación cesó por algunos minutos, contaminada por la pesadumbre que se instaló después del comentario impertinente. No solo afectó su ánimo mañanero; debido a la altivez de sus voces, las miradas delante y detrás también pesaban con incomodidad.
Entre el silencio mudo y el murmullo de las personas ajenas, creyó sentir que la vida le hablaba a través de aquellos señores barbudos. No muchas veces entendía a la perfección lo que decían los italianos veteranos, hablaban con tal rapidez y altivez que uno esperaría que se les trabara la lengua. Ese día, en cambio, entendió incluso las risas jocosas que soltaron después de una broma mal hecha por ellos mismos, tal vez intentando olvidar el sabor amargo que dejaron sus palabras antiguas.
Aunque ellos se olvidaron rápido del infortunio, ya fuera por los principios de la vejez o porque no era la primera vez que sucedía, lo cierto es que la agriedad no desapareció de su propia boca, ni siquiera cuando fue su turno de comprar el pan y meterse uno entre los dientes, buscando calmar esa incomodidad persistente.
El recuerdo de la conversación lo persiguió durante las horas restantes de ese día, y luego al día siguiente, y después al día siguiente de ese último, hasta que la primavera llegó y el primer cabello blanco reforzó aún más su idea. Era consciente de cuáles habían sido sus mayores logros en la vida, solo pensarlos lo hacía sentir orgulloso. Pero, a su vez, también sabía cuáles errores habían sido fatales en su adolescencia y juventud.
Recordó entonces lo que el señor había dicho, más allá de su extravagante modo de desligarse de refutaciones recitando a la muerte, había afirmado que, en la antigüedad, el amor no dejaba paso a ridiculeces. Qué bueno que no le importaran los comentarios ajenos, porque, de lo contrario, habría tenido que aguantarse una risa en la cara. No es de extrañar que existan amores imposibles en las novelas clásicas, donde casi siempre terminan en tragedia. O, más probablemente, cartas, seguro reinantes en su época lejana, en las que las flores marchitas se lavaban con lágrimas y las palabras se manchaban de sangre como muestra de amor.
No podía estar más en desacuerdo. El amor vuelve a las personas estúpidas y fieras, en cualquier tiempo y época.
En todo caso, las personas comparten un pasado convergente en el camino silencioso y cambiante del amor. Duda que alguien no haya atesorado la mirada de esa persona especial, y que, en los momentos de menor raciocinio, no haya cometido una tontería en nombre de su amada.
Él no está exento de los recuerdos cándidos de su vida amorosa, pero han pasado tantos años que tiene que buscar en los resquicios de su memoria el comienzo de lo que fue la época más turbulenta, llena de caídas y pérdidas, de su vida juvenil, esa que parecía irse deshaciendo a medida que más entendía el peso del amor.
De alguna manera, la brisa matutina que se filtra por la ventana, fresca y ligera, le recuerda aquel día en el que todo comenzó; su primer encuentro con la persona que sería destinada a encontrarse de nuevo en cada etapa consiguiente de la anterior.
Antes de que apareciera en su vida, todo era más predecible.
No necesariamente más fácil, pero si más ordenado, como una lista de tareas pendientes por terminar. Se levantaba a la misma hora, un hábito que ha arrastrado hasta la actualidad, comía con los mismos compañeros, respondía las mismas preguntas de los periodistas, entrenaba con la vitalidad que tienen los jóvenes de veinticuatro años que acaban de ganar un puesto importante en la línea del deporte. En aquel entonces, la ambición ardía en su pecho como una llama que no se extinguía, y la idea de detenerse siquiera a contemplar el tiempo era casi absurda. Vivía bajo la cómoda sombra de la disciplina engendrada por años, ese refugio que se sentía suyo sin que nadie lo molestara.
Cuando cumplió veinticuatro años, la celebración que tuvo fue sencilla, una pequeña reunión con su familia y otro día después con sus amigos. Aunque mantenía una buena relación con ellos y era cómplice de risas y cenas después de un partido o comentarios sarcásticos sobre las decisiones del entrenador, había una distancia invisible que lo separaba de todos. Un límite tácito que el mismo había impuesto sin saber cómo.
No se permitía distraerse demasiado, pues su enfoque estricto estaba destinado a cuestiones de su carrera deportiva y profesional. Las actividades mundanas y comunes no le eran indispensables y pensaba que no tenía caso malgastar su tiempo en cuestiones que no tuvieran una utilidad concreta. De vez en cuando, se atrevía a salir con sus amigos, a alguna fiesta de cumpleaños o eventos importantes como matrimonios, pero más allá de eso se regocijaba feliz en su monotonía y la a la vez emocionante vida como atleta.
En los viajes con la selección, miraba por la ventana del autobús en silencio, fingiendo dormir. Escuchaba música que no recordaba después. Observaba los paisajes pasar como si no tuvieran nada que ver con él. Había días buenos, por supuesto, momentos de alegría legítima: una victoria cerrada, una comida sabrosa. Pero incluso en la alegría había un límite. Como si la emoción tuviera que pasar por un filtro antes de poder quedarse.
Y así, su vida transcurría: como una línea recta bien trazada, sin sobresaltos, sin desvíos, sin necesidad de detenerse a pensar si esa recta acabaría algún día.
Con la llegada de la primavera del 2021, esa línea finalmente se curvó.
A principios de año, una noticia fue crucial para la extensión en su vida deportista; lo habían elegido capitán para los próximos Juegos Olímpicos que se realizarían ese año en su país.
Yanagida había visto en sus ojos el nerviosismo y miedo de la gran responsabilidad en sus hombros, responsabilidad que él conocía bien, por haberla llevado antes. Durante ese periodo de preparación exhaustiva, Yanagida Masahiro fue más que un soporte.
Siempre lo había sido.
Cuando ingresó a la selección nacional a una edad tan temprana, apenas entrando en su etapa juvenil, Masahiro lo guio de la mano durante todo el camino. Era tan condescendiente con él que, a veces, llegaba a incomodarlo. Recuerda que cuando eso sucedía, no dudaba en decírselo directamente: "No soy un niño". Masahiro se reía de su actitud pueril, o tal vez se reía por sus carrillos hinchados, intentando verse molesto y que solo conseguía verse patéticamente tierno. Luego, le daba una palmadita en la espalda y le decía que no se enojara, que, si seguía comportándose como un niño, lo trataría como uno. Y procedía a pellizcarle las mejillas hasta que su boca se alargaba y sus ojos se entrecerraban. Masahiro era así: más que un amigo, pero menos que un hermano. Con el tiempo, también se dio cuenta de lo consentido que se volvía a su lado, “lo estás malcriando” le decían con mofa cada vez que Masahiro se comportaba como un maestro fiel pero estricto en los entrenamientos. Y no era completamente mentira. Si tenía hambre, iba a cualquier lugar y le traía lo que quería. No tenía que buscar su botella de agua, porque siempre la tenía justo frente a él después de cada práctica. Cuando el sueño lo vencía, Masahiro ofrecía su hombro para que recostara su cabeza, y en algunas ocasiones, incluso sentía sus dedos acariciando su cabello.
Así que, cuando llegó la gran noticia, lo primero que hizo fue mirarlo. Por supuesto, Masahiro tenía en su rostro la sonrisa más indulgente que había visto jamás.
Es uno de los momentos que más recuerda, junto con el día en que esa línea perfectamente trazada empezó a desviarse.
Un lunes por la mañana, durante el entrenamiento diario, lo vio por primera vez. El olor a resina y el sonido del chirrido de las zapatillas siguen siendo nítidos en su memoria, incluso después de tantos años.
Un niño de apenas dieciocho años se presentó ante todos los jugadores con una reverencia que, seguro, estuvo practicando desde la noche anterior. A su lado, el entrenador se mantenía estoico, haciendo comentarios sobre la importancia de llevarse bien con el equipo y darle una buena bienvenida, porque ese sería su nuevo compañero. Todos habían pasado por lo mismo: presentarse ante sus mayores con la energía característica de la juventud, pero con los nervios instalados en cada hueso. Ese pensamiento casi lo hace reír. Pero sería descortés hacerlo frente al chico que lo miraba con un brillo descomunal en los ojos.
Era extraño. Él también lo observaba con la curiosidad de un gato. Su sonrisa era tímida, casi como si estuviera arrugando los labios, con las mejillas sonrojadas, ya fuera por la incomodidad o porque la temperatura dentro del gimnasio era un poco más alta que la del exterior. Se parecía a un pequeño hámster, con las mejillas regordetas y el cuerpo encogido. A Ishikawa Yuki le pareció tierno.
"Soy Takahashi Ran", dijo, intentando que su voz no sonara titubeante. "Espero llevarme bien con todos".
Y, de nuevo, otra reverencia.
Y efectivamente, la actitud de Takahashi Ran era tan fácil de llevar que, en tan solo una semana, ya correteaba con una alegría rebosante por los confines del gimnasio. Su felicidad desmesurada y la creciente fascinación por mejorar cada hora, contagiaba de éxtasis al equipo completo, que respondían con facilidad a las sonrisas que él ofrecía sin pensar. Tal vez fue eso lo que le atrajo en un principio: su bondad sin escalas, su mirada libre de prejuicios, solo queriendo ser él mismo.
O quizás fue la forma en que lo observaba, con un brillo particular en los ojos, como si todo a su alrededor fuera digno de admiración. Ran era transparente; su emoción se filtraba en cada palabra, en cada gesto, y Yuki lo encontraba… interesante.
El primer día, su pequeña vocecilla lo llamaba por su apellido. A Ishikawa Yuki le gustaba esa voz, tan liviana y clara, pero aún más la forma en que sonaba cuando se dirigía a él. Pensó, de forma casi automática, que sería más feliz si lo llamara por su nombre.
"Puedes llamarme por mi nombre".
"¿De verdad puedo hacerlo?" Sus ojos almendrados brillaban sin disimulo.
"Sí."
Ran sonrió, y aunque su voz seguía siendo tímida, pronunció su nombre por primera vez.
"Está bien… Yuki-san."
Ese día, Ishikawa Yuki sintió que la voz de Ran entreabría una puerta por donde cabía el mundo entero.
En los meses que siguieron, Ran lo saludaba cada mañana, entrenaban juntos hasta el cansancio, ignorando las preguntas curiosas de los demás.
Los Juegos Olímpicos estaban cerca, y todos se entregaban más que nunca. Esa era una excusa perfecta para pasar minutos, horas enteras, en el mismo espacio que él.
Bastaron unas horas para que su rutina comenzara a fallar: su concentración, su sentido del tiempo, su habitual indiferencia. Ran descolocó su mundo. Y varios días después, Yuki ya no podía engañarse: su presencia iba más allá de un simple encantamiento.
Se acostumbró a su voz sin darse cuenta. A la forma en que su risa resonaba en el vacío del gimnasio, como si el aire mismo se volviera más ligero con su sola presencia. A lo fácil que era para Ran dejar entrever que su alma pura era transparente a cualquier mirada.
Cuando se hubo complacido con esos momentos, no tardó en encontrar más razones para regocijarse.
Como cuando, entre los descansos de quince minutos, se acercaba a él en silencio, aprovechando que a su lado el espacio estaba vacío. Iniciaba una conversación sin un destino fijo, dejando que las palabras fluyeran libremente, riéndose juntos cuando una de sus anécdotas resultaba graciosa para ambos.
También apreciaba esos momentos en que sus ojos lo buscaban primero, después de un buen remate de juego, como si su aprobación valiera más que la del entrenador. O cómo, en los días más cansados, se apoyaba casualmente en su hombro, con su risa vibrando sobre su piel, compartiendo pequeños secretos sin valor que solo él escuchaba.
No se dio cuenta de cuánto se había acostumbrado a él hasta que, un día, su lugar quedó vacío.
Fue un reflejo, forjado durante varios días el hablarle a su costado y comentar una trivialidad.
Pero él no estaba ahí.
Lo buscó con la mirada entre los rincones más alejados del gimnasio, esperando ver su silueta agazapada junto a los demás, su sonrisa brillante a mitad de una charla. Pero no encontró nada.
Entonces, el entrenador le explicó: un dolor en el tobillo lo mantendría en reposo por unos días.
Yuki guardó silencio.
Sus ojos volvieron al banco vacío. El murmullo del gimnasio, sin su voz, sin su risa, fue tan frío que se le metió en los huesos. Sintió un hueco ridículo en el pecho.
Y comprendió, al fin, que los límites que había trazado entre ellos se desdibujaban como tinta en agua.
La comprensión de sus propios sentimientos frenó su corazón. ¿Cómo podía enamorarse de ese chiquillo? Si no era más que un adolescente que mostraba su alegría a todos.
Pensó incluso que algo estaba mal en él. Tal vez el estrés estaba finalmente detonando en síntomas que fácilmente podría confundir con los de un amor intenso. Y que Ran solo estaba actuando como lo que era: un joven ilusionado con devorar el mundo entero. Y lamentablemente, estaba devorando también las cuerdas que ataban a Yuki Ishikawa a la tierra.
Los síntomas siguieron, como una enfermedad que no cesaba: latidos descoordinados, pulsos acelerados, respiración errática que se asemejaba a suspiros suspendidos. Reía estúpidamente por cuestiones absolutamente triviales, cometía torpezas que antes no le eran propias. Más que estar enamorado, se sentía enfermo.
Y, aun así, a pesar de todo, seguía negándolo, devorando rosas con cada acercamiento de sus cuerpos.
Las hojas del almanaque fueron arrancadas a medida que los amaneceres aparecían y desparecían. Fue entonces que los Juegos Olímpicos 2020 llegaron en los meses calurosos del estío.
En Tokio, el entusiasmo de la población se sentía palpable en cada esquina. Los noticieros mañaneros anunciaban los días en los que se darían el comienzo de cada uno de los deportes. Se sentía en el aire, casi vibrante, un pulso incesante de expectación, como si la ciudad misma estuviera esperando algo imposible, algo que solo los atletas podían alcanzar.
Yuki Ishikawa estaba al mando de la selección japonesa por primera vez. Los nervios aumentaban cada día, causando la absurda sensación de tener el estómago enredado. Sabía que las expectativas estaban puestas sobre sus hombros, el peso de una nación y una trayectoria deportiva que había llegado a su fin de manera inesperada para otros, y lo que él cargaba como una obligación sutil, casi silenciosa, ahora se había convertido en una responsabilidad aplastante.
Pero no era solo el peso incesante de cada mañana lo que lo mantenía en vilo. Un nombre y un apellido surcaban las riendas de su cordura, un rostro y una mirada tamborileaban su corazón con palpitaciones fuertes, y una voz que pronunciaba su nombre calmaba su ansiedad, incluso en sus sueños más profundos. Cada vez que sus ojos se cruzaban con los de Ran, algo resplandecía más allá de lo imaginable. Una chispa que no se había apagado, sino que se hundía en el fuego ardiente que persistía sin control. Ran, con su alegría incesante, con su presencia que transformaba todo lo que tocaba, estaba ahí, en medio de todo, transformándolo cruelmente en un hombre enamorado, poniendo sobre sus agudos ojos una venda que lo volvía ciego ante el mundo.
Entre los gritos de la multitud, los saltos de emoción y las horas interminables de entrenamiento, Ran seguía siendo un punto fijo en el horizonte de sus pensamientos. Un día, cuando las horas para el primer partido ya se contaban inconscientemente en su cabeza, Ran Takahashi apareció como una divinidad rodeada de una luz fluorescente, adivinando su lugar entre las bancas de los vestuarios, que se mantenía fresco en contraste con el tórrido clima de la ciudad.
Ran lo había estado buscando para resolver sus dudas sobre las jugadas que planeaban ejecutar contra el equipo al que se enfrentarían. Preguntó a sus compañeros, pero ninguno le dio una respuesta sólida. Cuando ya se le habían agotado las opciones y las horas indicaban que era tiempo de retirarse, una pequeña esperanza cruzó su mente. Caminó por los pasillos vacíos, buscando con la mirada y el oído algún indicio de vida entre las paredes monótonas del gimnasio, hasta que lo encontró. Yuki Ishikawa estaba sentado en una banquilla de un vestuario descontinuado, con la espalda encorvada, los codos apoyados en sus piernas y las palmas de sus manos sujetando su cabeza, arrugando la piel alrededor de sus ojos. Una imagen lastimosa en cualquier contexto.
Ran, tan benevolente como siempre, se acercó a pasos silenciosos hasta quedar a una distancia considerable. Dudó si llamarlo con una sonrisa o solo con una mirada de empatía. Al final, decidió lo segundo.
"Yuki-san" su voz creo ecos en el salón vació. Ishikawa levantó su cabeza casi adormilado, Ran está seguro de que Yuki pensó que estaba soñando porque lo vio entrecerrar sus ojos para lograr contestar.
"¿Ran?"
Ran asintió, y con la confianza que se había ganado en los últimos meses, se sentó a su lado con los brazos estirados, agarrando el filo de la banca. "Estaba buscándote. Pensé que ya te habías ido, pero vi tu bolso cerca de los casilleros" Ran levanto una mano y con ella el bolso de entrenamiento negro de Yuki. Fue casi como una imagen cómica de historietas antiguas. "Lo traje"
"Gracias"
"Mañana, después del partido...vayamos a caminar"
Yuki lo miró confundido. "¿A caminar? ¿A dónde?"
"No lo sé" Ran levanto sus hombros y luego los dejó caer "Pensé que sería una buena manera de despejar un poco la mente. Estás muy tenso ¿es por el partido de mañana?"
Yuki no respondió.
"Supongo que no es fácil, pero lo harás bien. Lo has estado haciendo muy bien Yuki-san, eres un gran capitán, incluso Nishida-san lo dice. ¿Sabes que tiene posters tuyos en su habitación?"
Ishikawa solo se había reído por la pregunta. Y sin darse cuenta, su cuerpo ya no pesaba como antes.
"Está bien, vayamos a caminar" Ran sonrío como era costumbre y su corazón se apaciguo cayendo en su sonrisa.
Al día siguiente del partido, salieron a caminar por las calles adoquinadas y calientes por el verano, bajo un cielo de un celeste pulcro, apenas manchado por las nubes albinas. Y luego siguieron los partidos, y las caminatas, y las risas, y los helados que se derretían en sus bocas; y después más partidos, hasta que todo se convirtió en un bucle incesante, en un ritmo vertiginoso de euforia y cansancio, de gritos ahogados en las gradas y el eco de los balones golpeando la madera del suelo. Y cuando todo parecía eterno, los Juegos Olímpicos acabaron para ellos.
En ese pequeño fragmento de tiempo, Yuki dejó de sentirse enfermo. La ansiedad seguía ahí, como una fiebre baja que nunca desaparecía del todo, pero poco a poco se disipó la idea de imposibilidad. Y entonces lo supo. Supo que no podía estar más embelesado por Ran Takahashi, y tan pronto como lo aceptó, pudo saborear el dulzor de un amor juvenil y tierno, de ese que se había prohibido sentir, de ese que había evitado con disciplina, con terquedad, con la absurda esperanza de que se disipara si no lo miraba de frente. Qué tonto le parecía ahora. Qué tonto y qué maravilloso.
Pero hubo alguien más que lo presenció. Masahiro Yanagida los miraba desde la lejanía.
Entre los grandes momentos que surgieron en la cancha, Masahiro sintió cómo una sombra espesa comenzaba a cubrir su propio tiempo. Japón había tomado decisiones, y apostaba todo por nuevas promesas, nuevos rostros, nuevas esperanzas. Yuki Ishikawa y Ran Takahashi brillaban con una luz cegadora, con la deslumbrante intensidad de quienes aún no conocen la fatiga del tiempo. A su lado, él se sentía como una estrella cuya luz ya había comenzado a extinguirse sin que nadie se diera cuenta.
Su nombre no estuvo en la lista final. Las lesiones habían hecho su trabajo silencioso, y la federación, con la mirada puesta en el futuro, lo dejó atrás. No hubo reclamos, ni súplicas, ni una última batalla por su lugar. Lo aceptó con la misma serenidad con la que había aprendido a aceptar la derrota en la cancha, con la dignidad de quien sabe que el mundo no se detiene por nadie. Pero la aceptación no impidió que doliera.
Su carrera estaba construida. No había más que añadir, ni más páginas por escribir. Era el turno de los jóvenes, de aquellos que aún tenían en la mirada un hambre insaciable de victoria, de los que creían que la vida se reducía al próximo partido y que se lanzaban al suelo sin pensar en las cicatrices del futuro. Esa era la generación que debía quedarse, la que debía seguir adelante, la que debía gritar hasta que la voz se extinguiera.
Se repetía esas palabras como un mantra, convencido de que la resignación era lo más noble que le quedaba. Pero más allá de esa resignación, más allá de su moralidad bien construida y su sentido del deber, algo rezumaba en su interior, oscuro y espeso como alquitrán. No era enojo. No era tristeza. Era envidia. Silenciosa, latente, sofocada por el peso de su propia racionalidad.
Yuki avanzaba. Ran avanzaba. Japón avanzaba.
Y él, aunque nadie se lo dijera en voz alta, aunque todos le sonrieran con amabilidad cuando lo veían en los pasillos, se estaba quedando atrás.
La primera vez que lo sintió de verdad fue en un vestuario vacío, semanas después de la última ovación. Para entonces, los Juegos Olímpicos ya eran solo un recuerdo empañado por la nostalgia, reducido a imágenes sueltas.
Afuera, el otoño daba inicio junto a las repentinas ráfagas de viento que arrastraban a su paso las hojas desteñidas. En su interior, Masahiro sentía un invierno prematuro.
No puede precisar en qué momento sucedió, pero un día se dio cuenta que ya no podía seguir el paso de Yuki. Durante años, lo había tenido a su lado, como compañero, como amigo, como una extensión más de su vida. En algún momento, Yuki comenzó a escurrirse de sus manos como arena en un puño y Masahiro no pudo hacer nada más que mirar y seguir contemplando como una figura se formaba a su lado, una figura juvenil y rebosante de alegría.
Se repetía que era natural. Era el curso lógico de las cosas, una consecuencia natural del tiempo. Ya no compartía el mismo espacio, las charlas antes incesantes se convirtieron en pequeños diálogos estudiados, ya no había viajes, ni una voz que le exigiera comprar un platillo dulce.
Aquel lazo que los unió en un pasado y que había sido fuerte y firme como un nudo bien atado, se aflojaba poco a poco. Masahiro lo sentía, y lo que más causaba un dolor tan físico como psicológico, era que Yuki parecía no darse cuenta.
Quizá porque está ocupado y porque tiene a alguien más.
Viendo pasar las nubes fueron pasando los meses y el otoño se fue transformando, con una rapidez desconcertante, en un invierno blanco.
Sin poder evitarlo Masahiro seguía ahí, estando a su lado como una sombra que no se desprendía ni en los días más nublados.
Fue una tarde de invierno cuando Masahiro lo invitó a una cena en un lugar cómodo y acogedor. Justo ese mismo día estaba nevando, por lo que sus manos estaban frías debajo de los guantes negros acolchonados, y su rostro se enrojecía con cada soplido del viento gélido. Cuando llegó al lugar, Masahiro ya lo esperaba en una mesa apartada de los demás, cerca de una esquina en el amplio restaurante, que brindaba una atención bastante decente. El frío aún llegaba hacia los comensales, pero era un frío soportable. Ishikawa Yuki se quitó los guantes antes de sentarse y, estando a la espalda de Masahiro, le hizo un pequeño saludo para hacerle saber que había llegado.
Tal vez era por el tiempo que había pasado desde la última vez que compartieron una cena juntos, o porque estaba más concentrado en frotarse las manos entre sí para generar calor, que Yuki no le dio importancia al semblante sereno de su superior. Le sonrió como de costumbre y hablaron de temas tan triviales como se puede hablar en una reunión sin ningún fin más que atiborrar sus carrillos de comida y disfrutar del vapor del ramen que había pedido de la amplia carta del lugar.
Cuando terminó el segundo platillo, alzó la mirada en respuesta a una pregunta que Masahiro le había hecho.
"¿Aún entrenas hasta tarde?" Los palillos resbalaban entre los fideos y volvían a su punto de inicio una vez que no tenían nada enredado.
"Sí. Ran me ayuda con los entrenamientos. A pesar de su edad, es muy disciplinado." Una pareja se levantó de sus asientos después de pagar la cuenta y pasó por su lado, hablando de su día. "Deberías unirte a nosotros, Masahiro-san. Podemos practicar algunas jugadas que he estado pensando." Masahiro no respondió de inmediato. Parecía más concentrado en dibujar círculos invisibles con sus palillos en el líquido condimentado.
"Yuki." Yuki detuvo la acción de sorber sus fideos y lo miró, aún con los fideos en la boca y el vapor golpeando su rostro.
Masahiro no lo miró de inmediato. Se dio el tiempo de dejar los palillos a la derecha de su plato, sobre la mesa, y acomodar los antebrazos al borde del rellano. Solo así, con la mirada apagada que se cubría bajo el manto del vapor, fue capaz de mirarlo.
"He estado queriendo hacerte una pregunta, pero no encontraba una buena ocasión."
En un momento, cuando sus ojos se encontraron, Yuki tuvo la sensación de que Masahiro se veía distante. Con la postura de alguien que va a confesar su mayor secreto, pero siendo silenciado por la incertidumbre, sus ojos viajaron de ida y vuelta entre los platillos y sus manos.
Por donde se mire, Masahiro poseía la mirada de un hombre que había guardado demasiado sin decirlo. No era común en él. Pero ahora mismo, Yuki Ishikawa no podía decir con total certeza que nunca la hubiera tenido, por la sencilla razón de que no lo veía tan seguido como antes, específicamente, antes de que Ran apareciera en su vida. Masahiro se había diluido en sus días monótonos, tan imperceptible como el azúcar en agua. Había estado tan eclipsado por la presencia de Ran que notar otra más veterana no significaba nada.
De algún modo, Masahiro estaba ahí, aunque Yuki no lo mirara. Los días en los que compartían más conversaciones que con cualquier otro, las bromas, el cuidado esmerado que muchas veces lograba confundirlo, y el tiempo en compañía del otro, se convirtieron en solo manchas de recuerdo en el manto de sus días. Todos los minutos que antes eran suyos, ahora los compartía con otra persona, y lo hacía sin remordimiento, porque esperaba que Masahiro se desligara de esa monotonía y alzara la vista hacia el mundo que lo rodeaba.
Pero, contrario a lo que pensaba, la sombra de Masahiro lo seguía con la mirada antes de que Yuki siquiera volteara a verlo.
Es por eso por lo que no esperó la pregunta tajante y sanguinaria que le hizo:
"¿Te gusta Ran Takahashi?"
Ishikawa Yuki nunca supo en qué momento dejó de nevar. Sus recuerdos son vagos, casi ilusorios, sobre esa tarde de invierno que, con el devenir del tiempo, se han ido disipando con lentitud.
No estaba seguro de si el recuerdo de sus manos entumecidas, más por el estupor que por el frío, había sucedido en la realidad o si era una extensión de su mente intentando rellenar los huecos vacíos. Tampoco sabía si la mirada nerviosa e infausta de Masahiro había sido solo una imaginación suya. En todo caso, Ishikawa Yuki se quedó inmóvil, sin mover un solo dedo. Ni siquiera la necesidad involuntaria de respirar funcionó en ese instante. Pasaron, lo que él deduce, algunos minutos antes de poder reaccionar ante la parálisis súbita que había invadido su cuerpo. Esos minutos fueron para Masahiro, tiempo suficiente para esbozar una pequeña sonrisa lastimera, dirigida hacia su yo ingenuo que creía que podía recibir una respuesta negativa. Tampoco obtuvo una respuesta positiva directamente, más bien fue una respuesta tácita, expresada en el silencio. Y él lo entendió, porque en cualquier parte del mundo, el silencio se convierte en sinónimo de verdad para un corazón desventurado.
Masahiro agarró nuevamente sus palillos y, esta vez, atiborró su boca de comida, ignorando con gran ímpetu el rostro descolocado de su amigo. Los comensales de las mesas vecinas, alentados por el cese de la nevada, decidieron que era buen momento para salir, dejando las sillas vacías. En la esquina del local, dos personas aún mantenían el calor del asiento con sus presencias. Masahiro había avanzado hasta la mitad de su plato, mientras que Yuki había dejado enfriar sus palillos, sin ganas de terminar la sopa tibia. Masahiro mantenía su mirada en sus propios palillos, pestañeando con frecuencia, como si cada segundo fuera un esfuerzo. Ishikawa Yuki quiere pensar, hasta el día de hoy, que lo hacía por el humo de los platillos y no porque intentara evitar el derrame de alguna lágrima.
En el fondo, cree recordar que los platillos ya estaban fríos.
Cuando Masahiro terminó, lo miró. Sonriente como siempre, pero con los dedos crispados sobre la mesa, le dijo palabras que, incluso en ese momento, se sintieron más como una mentira a medias, pintada por la empatía.
"No te preocupes, no se lo diré a nadie. Estoy feliz por ti, porque estás viviendo la vida un poco más semejante a lo que deben vivir los chicos de tu edad. Eres joven, así que vive tu vida, sin importar lo que los demás piensen. Ran es un chico muy alegre y entiendo por qué te gusta. De verdad, me alegro por ti."
Fue lo único que dijo, y lo último que escuchó salir de su boca esa tarde.
El aire seguía helado cuando salieron después de pagar el servicio. Se despidieron en la puerta, sin más gestos que un ademán de despedida y palabras cortas de agradecimiento que pesaban más que cualquier otra palabra.
Desde ese día, no volvieron a verse hasta después de muchos meses, cuando el invierno llegó a su fin, las estaciones pasaron como días de la semana, y luego nevó de nuevo, para desaparecer una vez más.
En el día de Navidad a finales del 2021, Tokio se vestía de gala, con los árboles enredados en luces amarillas y blancas y las casas adornadas con las mejores combinaciones de rojo y verde se presentaban para la festividad más feliz del año.
Yuki caminaba solo por las calles iluminadas, con las manos enterradas en los bolsillos del abrigo y la bufanda bien ajustada sobre la boca. La gente reía a su alrededor, cargada de bolsas, de guirnaldas, de pequeños regalos. Era difícil encontrar un rincón de la ciudad que no estuviera vestido para celebrar. Por instinto, sacó del bolsillo su celular y revisó el mensaje de Ran una vez más, todavía con la sonrisa colgada en la comisura de los labios. Luego deslizó los dedos hasta otra conversación y escribió con rapidez:
“Estoy llegando. Te veo en diez.”
Guardó el teléfono y apretó el paso, mientras el peso del pequeño paquete en la bolsa que llevaba colgada del brazo le recordaba que no solo se trataba de un encuentro casual. Había elegido ese regalo con una mezcla de cuidado y torpeza que no reconocía en sí mismo. Era un suéter azul marino. No era solo un suéter cualquiera; las iniciales de Ran estaban bordadas en el borde del cuello, discretamente, casi imperceptibles, como un pequeño secreto que solo él podría conocer.
Caminó hasta el lugar acordado: una esquina tranquila cerca de un café que aún tenía luces cálidas en la vitrina y donde un viejo altavoz reproducía villancicos pasados de moda. Se detuvo allí, mirando el reflejo de las luces navideñas en el vidrio de la tienda, y se acomodó la bufanda.
Fue entonces que el celular vibró de nuevo.
“Feliz Navidad, Yuki. Cuídate mucho.” Un mensaje de Masahiro.
Fueron solo esas palabras. Nada más. Masahiro era así: elegante incluso en el silencio, capaz de decir tanto con tan poco. Yuki tardó unos segundos antes de responder. Miró la pantalla como si estuviera esperando algo más. No llegó. Así que escribió:
“Gracias, Masahiro-san. También te deseo lo mejor. Espero que estés bien.”
No hubo respuesta. Yuki no la esperaba. Guardó el celular con cuidado, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo se cerraba sin dejar una herida abierta.
Y justo cuando el teléfono desaparecía en su abrigo, escuchó una voz tras de sí llamando su nombre.
Yuki giró sobre sus talones. Ran estaba allí, con una bufanda mal enrollada, la nariz roja por el frío y los ojos brillantes observando la bolsita que colgaba de su mano. Le preguntó si era para él. Yuki no pudo evitar reír un poco, negando con la cabeza mientras se lo tendía.
"Depende... si te portas bien."
Ran lo tomó con ambas manos, fingiendo sorpresa exagerada. De su bolso, sacó un paquete cuidadosamente envuelto en un papel brillante. A Yuki le causaba gracia lo semejante que era todo en el estilo de Ran. Ran era brillante, así que todo lo que usaba era luminoso y colorido. Pensó entonces que su propio regalo, tan diferente en su sencillez, podría no ser del agrado de Ran. Entonces, Ishikawa Yuki le preguntó qué pasaría si no le gustaba el regalo que le había dado.
Ran respondió con la sonrisa más dulce que pudo brindarle esa noche.
"Eso es imposible. Me gusta todo lo que venga de Yuki-san."
La calidez de su sonrisa llenó su corazón y disipó las dudas. Con más confianza, Yuki aceptó su propio regalo y le dio las gracias. Ran, a su vez, le agradeció en voz baja, confesando que había pensado mucho en él al elegirlo, y esperando que realmente le gustara. Yuki sintió como si el suelo bajo sus pies se moviera, y con una sonrisa tímida, le repitió las mismas palabras que Ran le había dicho, solo cambiando su nombre por el suyo. Ran no pudo evitar reírse, sonrojándose aún más que por el frío.
Caminaron juntos por las calles iluminadas, entre luces temblorosas y canciones lejanas, mientras la ciudad celebraba. No se tomaron de la mano, pero el calor que compartían iba mucho más allá del contacto. Era una promesa que todavía no tenía nombre, pero que ya existía.
Y esa Navidad, sin que nadie lo supiera, Yuki Ishikawa se permitió pensar en el futuro sin miedo.
